Part 4
Con este acopio en las alforjas, sin escogerle ni depurarle, ingresó en la escuela de Medicina, adonde le llamaban sus aficiones, y no tardó en distinguirse entre todos sus camaradas de carrera por sus atrevimientos científicos, con más que puntas y ribetes de materialistas. Por entonces le asaltaron las mientes los recuerdos de aquellos poéticos relatos de su madre sobre la vida futura y los milagros de la fe, cosas tan opuestas á las _verdades_ que el dedo de la ciencia le iba señalando en las páginas que devoraba con creciente avidez; y sin detenerse á considerar si aquellas pequeñeces infantiles y candorosas eran el rayo tibio de la aurora, cuyo otro extremo llega hasta el sol, foco de la luz y del calor del mundo, y pálido reflejo y hechura de otra Luz más grande; si con esta Luz por guía y aquel rayo por senda se podría llegar á ver las cosas al revés de como él las contemplaba, ó, por lo menos, en perfecta conformidad las unas con las otras, arrojó de su memoria con burlesco desdén los candorosos recuerdos que, aunque de flores, parecíanle trabas puestas á su razón soberana, y se entregó por entero á la manía que á la sazón le subyugaba en el terreno de sus investigaciones. Esta manía era buscar el alma, ó el punto de su residencia, ó siquiera sus huellas, en el cuerpo humano; y no, ciertamente, porque le atormentase la sospecha de que en el suyo no la había, sino por tener la científica satisfacción de exclamar á la postre de sus ímprobas tareas: «¡Ven ustedes cómo todo esto es materia pura? ¡Se convencen ustedes de que el hombre no es otra cosa que una bestia, con mejor instinto que otras, por obra y gracia de un poco más de fósforo en la mollera?» Por eso no salía del anfiteatro; y allí cortaba, rajaba, pesaba y medía en los cadáveres de sus congéneres, como el ambicioso minero en las entrañas de la tierra, buscando el filón perdido; y luégo compraba gatos y perros, y los hacía añicos con el bisturí, y cotejaba sus organismos con el del hombre, para convencerse de que entre el uno y los otros no cabía el canto de una peseta.
Cada conquista que el estudiante hacía en estas regiones, la aseguraba en su razón con el dictamen del sabio más de su agrado; y así reunió en poco tiempo un caudal inapreciable de atrevidas negaciones, que le crearon una fama ruidosísima en aulas, ateneos y casinos.
En honor de la verdad, debo decir que no era Peñarrubia de los más llevados del aura popular _á todo trance_. Gustábale como á cualquiera; pero la quería merecida; y por merecerla, recorría y arañaba hasta los sótanos de la ciencia heterodoxa, por cuyas lobregueces y obscuridades llegó al extremo de sostener, á las barbas del Claustro, congregado para ceñirle la amarilla borla, que «_el pensamiento y la voluntad son funciones cerebrales_;» tesis que, impresa y repartida con profusión, dió mucho que hablar á las _Revistas_ científicas, á los papeles diarios, y algo que escribir á los tribunales de justicia; pues, por entonces, aunque esto sucedió ayer, como quien dice, el Código penal lo hilaba muy delgado en esas materias.
Que todo este ruido se resolvió en chaparrones de gloria para el atrevido sustentante, no hay que decirlo. La _Escuela_ le otorgó el diploma de sabio, y nadie se atrevió á dudar que lo fuese; nadie sino el mismo glorificado. Porque es de saberse que un hombre que tantas dificultades había vencido con una dialéctica bien manejada, en sus reposadas y tranquilas meditaciones no desconocía que había algo que no se dejaba vencer de sus armas, ni pactaba alianzas con lo fundamental de sus teorías; algo cuya vulgaridad misma hacía más irritante la resistencia. Este algo era el _buen sentido_, que no contento con reprobar las conclusiones del filósofo, complacíase en hacerle carantoñas y en remedar la voz de su conciencia para decirle, como ella diría si Peñarrubia se hubiera decidido alguna vez á llamar las cosas por sus nombres:
--«Hay fenómenos palpables, cuyas causas, por muy elevadas, no penetrará jamás la razón humana. El conocimiento de esta verdad deja al hombre subordinado á una fuerza superior é inteligente, de la cual es hechura. Pero como el hombre debe campar por sus respetos y vivir sin cortapisas, unos cuantos sabios y yo hemos convenido en dar por no hecho ó no existente, cuanto no explique la razón humana, ó se oculte á la investigación científica. No toco, no veo el alma, aunque la siento en mí; pues la niego. No concibo al Autor de las maravillas del universo, aunque las palpo y soy yo mismo una de ellas; pues le niego. Me repugna declarar que existe un Creador con poder tan asombroso; pues otorgo ese poder y esa sabiduría á la materia vil, al átomo imponderable; es decir, á algo que yo domine y esté bajo mis plantas, y no pueda meterse en mi conciencia para pedirme cuentas del uso que hago de una vida perecedera y de un espíritu inmortal que he recibido, sin saber de quién, pero que indudablemente yo no he creado.
»¡He aquí, ilustre sabio, toda tu ciencia, desbrozada del fárrago sectario! Ahora, pavonéate con la borla, y embriágate con el incienso de los aplausos.»
Á las cuales voces cerraba Peñarrubia los oídos, y saltaba por encima del obstáculo, no pudiendo separarle, y continuaba caminando sin volver los ojos atrás, para forjarse la ilusión de que no había en toda la senda un solo guijarro en qué tropezar.
Libre, pues, de lo que llamaba el flamante doctor la _tiranía del dogma_, y con una naturaleza agradecida y saludable, «Veamos --se dijo un día-- lo que dura un cuerpo bien tratado».
Y con estos propósitos, esas ideas y aquellos laureles, comenzó Peñarrubia á ejercer su profesión.
En breve le sobraron los quehaceres que ésta le daba; pues á lo popular de su nombre, por los citados motivos, uníase la circunstancia, y no fuera justo callarla, de que en el arte de curar pocos le igualaban y no le aventajaba ninguno. Pudo elegir, entre lo mucho, lo mejor, y se hizo médico de ricos. Pocas visitas y bien retribuídas; y como tenía _cosas_ también, porque su carácter era abierto, desengañado y hasta zumbón, logró en muy pocos años que los enfermos le visitaran á él, siempre que les fuera posible, y, por de contado, no pasar una mala noche, aunque le llamaran para asistir al Preste Juan de las Indias.
Los periódicos celebraban á menudo sus milagros; las Academias científicas le abrían sus puertas de par en par; en los procesos de ruido jamás faltaba su dictamen inapelable; y, por último, usaba carruajes de su invención con caballos de fantasía y cocheros de Guinea.
Ya para entonces era huérfano; y del caudal de sus padres sólo llegaron á él las rebañaduras de lo de Méjico y el solar de la Montaña; contratiempo que no le afligió gran cosa, porque con lo del oficio le sobraba para darse buena vida y acopiar para el invierno. No era tentado de la codicia, ni siquiera de la vanidad. Su complexión robusta y su carácter campechano le tenían á cubierto de todo género de tiranías, incluso la del amor.
La única mujer que le esclavizó un tantico fué una viuda joven, á quien asistió durante una larga, aunque no grave enfermedad. Era afable, ingeniosa y muy linda; dejóse arrastrar dulcemente hacia ella; y sin que pueda decirse quién amansó á quién, la viuda reclamó un día al doctor un nombre para el primer fruto, ya en flor, de sus mutuas simpatías. Peñarrubia no pensó llegar tan lejos en sus debilidades de puro entretenimiento; pero no era hombre de malas entrañas, y, en buena justicia, la reclamación de la viuda era pertinentísima. Declarólo así, y amparó á la querellante con su nombre, llevándosela á su casa después de formalizado el matrimonio.
No fué la cruz de éste muy pesada para el doctor; pues, con toda su ciencia, no logró averiguar si fué viudo antes que padre: ¡tan unidos anduvieron el suceso feliz y el desgraciado!
Lo que vino al mundo al salir de él la infortunada compañera de Peñarrubia, fué un niño, á quien se puso el nombre de Fernando. Una alcarreña le amamantó; luego le zagaleó un muchacho, y un mozo de pelo en pecho le acompañó después en sus juegos y travesuras. Su padre le curaba las indigestiones y le prescribía el régimen que más le convenía para ser robusto y fuerte; y como á la edad en que á otros niños se les enseña el «¿quién es Dios?» ya estaba él cansado de _saber_ que no existía, no tuvo que preocuparse lo más mínimo con _esas cosas_ que cuentan á los rapaces las dueñas _impertinentes_ y las madres _aprensivas_.
El ejemplo del padre forma el modo de ser de los hijos: lo que éstos ven, siendo niños, en el hogar, eso hacen en el mundo cuando hombres; porque lo que piensa, lo que dice y lo que hace un padre, siempre es lo mejor en concepto del hijo que á su lado crece, mayormente si lo que piensa, lo que dice y lo que hace el uno, halaga los instintos irreflexivos del otro.
Quiero decir que al modelo de su padre se ajustó Fernando cuando llegó la hora de dejar de ser niño y comenzar á ser hombre, con la ventaja de haber pasado éste como una seda por angosturas en que aquél se vió á punto de salir desollado. Y así tenía que suceder por la lógica irresistible de los hechos. En el doctor germinaban de vez en cuando, entre los recuerdos de su infancia, las enseñanzas de su madre; en la memoria de Fernando no había semillas de esa especie: nada podía brotar allí en daño de otro cultivo; lo que en el padre fueron dudas, en el hijo negaciones terminantes. Éste tomó las cosas donde y como el otro las dejó hechas, no sin fatigas y desvelos. El padre construyó la senda; el hijo no tuvo más que caminar sobre ella. Hallábase en aquel terreno como el pez en el agua, convencido de que en otro elemento no se podía vivir. Como no tuvo dudas, no estudió las cuestiones más que por una cara: la de sus simpatías; y así, sin obstáculos ni contradicciones que le detuvieran, antes bien, aguijoneado por el estímulo de los aplausos que nunca faltan á los atrevidos, si por contera son _brillantes_, como Fernando, llegó éste á ser en Madrid una de las glorias militantes de la secta que preparó en España el actual desbarajustado filosofismo que tanta saliva ha costado, y ha de costar, sin que sus propios adeptos se convenzan de que bien pudiera estudiarse á fondo lo de casa antes de proclamar como inconcuso lo de fuera. Pero es achaque muy viejo en el libre examen el empeño de contradecirse, no examinando sino lo de su gusto.
Una cuestión de etiqueta separó al doctor Peñarrubia del cuerpo profesional á que pertenecía en la Escuela; otro asunto de parecido género, relacionado con ella, fué causa de que se decidiera á ahorcar los libros y retirarse á vivir tranquilamente á expensas de lo ahorrado. La prensa, metiéndose, como siempre, en todo lo que no le importa, empezando por lamentarse del suceso, en nombre de la doliente humanidad y de la gloria de la ciencia, concluyó por llamarle ingrato, y hasta por poner en duda el derecho con que un hombre semejante hacía lo que le daba la gana. Pero el doctor supo reirse grandemente, así de los sahumerios como de las reconvenciones de esa oficiosa intercesora; y aprovechó los días en que el debate se hallaba en su grado máximo, para hacer un viaje á la Montaña y visitar su casa solariega. Le encantó el país, no le disgustó el solar, vió que podía realizarse allí el proyecto que tenía meditado, y se volvió á Madrid para liquidar sus cuentas con el mundo á que hasta entonces había pertenecido.
Pocos meses después, y bien pertrechado de cuanto un hombre de sus necesidades podía apetecer en la soledad, se estableció en la Montaña con el firme propósito de no salir de ella jamás.
Desde aquel rincón del mundo fué siguiendo paso á paso los de su hijo en la carrera que éste emprendió al dar él por terminada la suya. ¡Con qué ansia aguardaba en cada año el verano para abrazar al estudiante y tenerle algunos meses á su lado! Desde que había arrojado de sí el amor á la gloria, todo su corazón le ocupaba Fernando. ¡Con qué avidez observó las primeras evoluciones de su talento en el espacio de las ideas! ¡Con qué orgullo le veía más tarde batir las alas y cernerse descuidado en la región de las tempestades! Lo que no aseguraré es si al doctor le entusiasmaban, á la sazón, lo mismo la fuerza y el valor de su hijo, que el rumbo que llevaba; sólo Dios y él saben si alguna vez se estremeció viéndole tan atrevido; porque también en los sabios cabe el absurdo de romper los diques por sistema, y asustarse luégo al contemplar los estragos de las aguas desbordadas. Pudiera ser Peñarrubia uno de estos sabios imprudentes. Si lo fué, no lo confesó entonces; dato que nada resuelve tampoco; pues de sabios es también soplar en el fuego de una consecuencia que les horroriza, por respeto á los principios que proclaman.
Vivía, entre tanto, en su casa solar, sin trato alguno con las gentes del país. Si paseaba, á pie ó á caballo, hacíalo por montes y campos solitarios, ó dentro de sus propios dominios, en los cuales se entretenía mucho cultivando el arbolado y las flores. En su cuarto de estudio pasaba largas horas, ya con sus libros y papeles, ya haciendo experimentos de física ó de química, ya _in ánima vili_, para todo lo cual contaba con una hermosa colección de aparatos en su gabinete, y con un corral bien provisto de víctimas de pluma y de pelo.
Sabían algo de estas matanzas y de aquellas brujerías los vecinos de Perojales; y como se trataba de un Peñarrubia que, como todos los de su casta, nunca iba á misa, ni quería tratos con ningún cristiano, y además se veían por las vidrieras de sus balcones, en ciertas noches, luces muy raras, algunas de las cuales se escapaban en un rayo verdoso, largo, largo, largo, que llegaba hasta el campanario, á cuyo resplandor salían bufando todas las lechuzas de la iglesia, como si el diablo las llamara á capítulo; y otras veces se oían en el palacio, entre el cacareo de las gallinas ó el aullido lastimero de algún can sacrificado, inexplicables estampidos, no quedó la menor duda de que el último de la raza de aquellos señores misteriosos y abominados, era el mismísimo demonio. Pusiéronle por nombre _Pateta_[1], y aunque eran bien corridas sus habilidades de médico, ninguno de sus convecinos las solicitó jamás, teniéndolas por cosa reprobada por la ley de Dios. De otros pueblos más lejanos, donde la fama del doctor no olía tan mal como en Perojales, acudieron muchas veces en busca de su ciencia; pero siempre se resistió á prestarla. Tengo para mí que su mayor pesadumbre consistió en no poder extender por toda la provincia la fama que tenía en Perojales. Así hubiera vivido completamente aislado y á su gusto.
[1] _Pateta_ es, entre el vulgo de la Montaña, el prototipo de lo feo y de lo maléfico; peor que el mismo demonio.
Diez años iban corridos de esta suerte, cuando nosotros le vimos en la hoz, acompañado de Macabeo.
Y ahora que conocemos á los pájaros, digamos cuatro palabras del nido.
Era éste, y debe ser aún si no se ha desplomado en pocos años, un edificio cuadrado, más alto que ancho, con un torreón agregado en el ángulo del norte, y de mayor altura que la casa. Álzase este conjunto pesado y ennegrecido por el tiempo, en el centro de una meseta de suave acceso por todas partes, y á un cuarto de legua del caserío más próximo. Una viejísima y sólida muralla, coronada de cortos pilares, circunda el edificio. Entre éste y aquélla, á la parte de atrás, están las cuadras, la leñera y el gallinero. Sobre los pilares de la cerca tiéndese el rugoso tronco de una parra que dirige sus vástagos hacia adentro, donde son sostenidos por una armazón de hierro y madera, sostenida á su vez por altos postes paralelos al muro en todo su perímetro. Fuera de él corre una ancha faja de terreno destinado á huerta y jardín. La parte correspondiente á éste se enlaza, por el norte, con un bosque bravío que ocupa toda la vertiente del mismo lado, y algo de las dos contiguas. Lo restante de éstas, así como el espacio de la llanura, no cultivado, es una pradera natural, acá verde y lozana, allá áspera y pedregosa, con grupos de castaños á trechos, árgomas y bardales, tal cual álamo disperso y algún roble solitario; todo ello en caprichoso y artístico desorden, como obra de la naturaleza.
Exornan la fachada principal del palacio un balcón de _púlpito_ sobre el claro ojival de la puerta de ingreso; dos ventanas no grandes, y las armas de la familia debajo de la imposta del desván. Otra fachada es por el estilo; las dos restantes sólo tienen algunos ventanillos en desorden y menguados por respeto á las celliscas del invierno.
De la puerta que abre al patio en la muralla, sale un camino que en el mismo llano de la meseta se divide repentinamente en dos, echando el uno hacia la hoz, y el otro en dirección contraria; caminos que parecen los brazos de aquel gigante, extendidos para cerrar, por los términos de sus dominios, toda salida á la aldea, que le contempla desde allá abajo, á la sombra de la montaña, sobre rústico y fragante tapiz de flores y entre verdes maizales, con el oído atento á las murmuraciones del río que por detrás de ella se desliza alejándose, como si huyera de manchar sus aguas con las tierras de aquel abominable señorío.
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V
LA FAMILIA
Mientras el doctor se acercaba á su casa por el camino de la hoz, por el opuesto subía, con igual rumbo, otro viajero, también á caballo. Hubiéranse hallado frente á frente en lo alto de la meseta, pues casi á igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el recuesto que iba subiendo poco á poco. Así es que cuando apareció en lo despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del caserón, ó, como si dijéramos, dentro del rastrillo de la fortaleza. Era el tal viajero gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, de árabe de teatro, hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje de camino, y á la legua se echaba de ver que no eran las rústicas asperezas de Perojales las que producían tanto refinamiento y gallardía en una sola pieza.
Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció, arrojóse del caballo que montaba, no sin que el joven le viera y se lanzara á su encuentro. Abrazáronse estrechamente.
--Pero ¿qué milagro es éste? --dijo al punto el mozo--. ¡Tú viajando!... ¡y á estas horas!
--De vuelta ya... ¿Qué te parece, Fernando? --respondió el doctor sin acabar de desprenderse de los brazos de su hijo, pues no era otro el recién llegado. Luégo continuó--: ¿Y qué me dirás cuando sepas que anoche no he dormido en casa?
--¡Eso más, calaverón?
--¡Resabios, hijo, de la mala vida pasada!... Pero ya trataremos de esto. Por de pronto, subamos y hablemos, si es que acierto; pues te aseguro que desde que te marchaste, siete meses há, no he cambiado hasta anoche diez palabras con el género humano, en el supuesto de que no pertenece á él mi epicena servidumbre.
Subieron asidos del brazo padre é hijo, como dos alegres camaradas; entraron en la sala de estudio del doctor, único punto de la casa en que éste se hallaba completamente á gusto, por lo cual había reunido en él lo mejor y más útil de las cosas de abolengo, y mucho procedente de su casa de Madrid. Quiero decir que abundaban allí los tallados sillones de vaqueta, en estrecha amistad con las muelles butacas de tapicería; los cuadros vetustos de familia, interpolados con las flamantes acuarelas; las cornucopias tradicionales, reflejando mal en las empañadas lunas los _étagères_ de caoba y las ménsulas pulidas sosteniendo bustos de sabios de ogaño; y así lo demás. Ocupaba la bien provista librería uno de los lienzos de la sala, que era muy espaciosa; y en el centro de ésta había una ancha mesa sobrecargada de libros, periódicos, revistas y papeles de todas clases. En medio de aquel desorden estudiaba y escribía el doctor, y en otra mesita contigua se desayunaba cada día, y muy de continuo comía y cenaba. En invierno, porque la habitación, cuyo suelo cubría una alfombra, estaba muy abrigada; en verano, porque desde sus balcones se descubría un hermoso panorama, y porque era muy fresca con las puertas abiertas á los dos vientos á que correspondían sus fachadas.
Antes de sentarse, dijo á Fernando su padre:
--Supongo que no te habrás desayunado.
--Muy bien supuesto --contestó Fernando--, porque reservaba el hambre para quitarla en tu compañía.
--Delicada fineza, á la cual correspondo almorzando hoy dos veces. Arrostro una indigestión por tí. ¡Mira si te quiero!
Llamó el doctor, y pidió el almuerzo de costumbre para los dos. Sentáronse padre é hijo, y éste dijo al primero:
--Á lo que parece, te han tratado bien anoche.
--Á cuerpo de rey, hijo. ¡No lo hubiera creído á no verlo!
--¿Por qué?
--Por la fama que tengo en el país... digo, que tenemos. En virtud de esa fama, lo procedente era darme solimán, y servido con pala, desde lejos.
--¡Qué exageración!
--¿Lo crees así?
--Y lo pruebo con tu mismo testimonio: te han tratado á cuerpo de rey.
--Es que me necesitaban; y además, hay criterios y criterios...
--¿Sabes que estás excitando en alto grado mi curiosidad?
--¿Sí? Pues castigo tu pecado reservando la historia para después. Ahora, hijo mío, hablemos de tí... y de mí... de nosotros, ¿entiendes? de nosotros, ¡de lo único que me interesa en el mundo! Quédense sus miserias y sus pompas para las almas piadosas y las cabezas vacías... y, por de pronto, señor doctor, venga esa mano á estrechar la que te ofrece este viejo colega jubilado.
--La mano es poco --dijo Fernando levantándose y siguiendo el humor de su padre--; los brazos quiero, no del colega, sino del sabio maestro á quien respeto y admiro.
--¡Adulador! --respondió Peñarrubia, estrechando contra su pecho al joven--. Esa lisonja te honra; pero, al cabo, no pasa de lisonja.
--¡Remilgos, y á tus años! ¿Ahora te da por hacerte el pequeñito?
--Ó por no consentir en que te desprendas de lo que en justicia te pertenece.
--Ahora me adulas tú.
--Nada de eso. Estoy contentísimo de tí, y éste es el momento más oportuno para decírtelo. Lo mismo le aprovechara para reprenderte, si, en mi concepto, lo merecieras... ¡Por remate de tu carrera, dos campañas gloriosísimas!... ¡Napoleón sin Waterloo! Fué un hermoso atrevimiento tu tesis doctoral; pero la proeza del Ateneo, por más ruidosa, fué más radiante. ¡Y qué asunto para un orador de tus bríos, en los días que corremos! «_La conciencia es una serie de fenómenos en el tiempo... los hechos materiales y espirituales son producto de una fuerza única; todo se reduce á sensaciones: el milagro es imposible._» ¡Magnífico! Te admiré y te aplaudí, dudando si excedió á la magnitud de la causa la valentía de la defensa. ¡Dígote que honrarás el nombre que llevas, ó no habrá justicia en el mundo!
--¿Olvidas, lisonjero, lo que pesa ese nombre en la profesión que voy á ejercer?
--¡Vamos, señor modesto, que buenas espaldas tienes para pasearle en triunfo por la faz de la anchurosa tierra!... Te advierto, para tu tranquilidad, que no soy celoso.
--¡Gran virtud!
--¿Te burlas de ella? Pues no abunda.
--Conoces lo que vales, y te juzgas invencible.
--Respeta mi fuero interno, muchacho; que no es oro todo lo que reluce.
Siguió el diálogo todavía un buen rato sin elevarse á cosa de más importancia, hasta que entró en la sala un mocetón, exótico, por la traza, con el desayuno pedido, en amplia bandeja de latón que al oro remedaba por el color y lo reluciente. Sirviéronse mutuamente padre é hijo, en sendos tazones de porcelana, café y leche á la medida de los respectivos gustos; y mientras revocaban ambos con la dorada manteca del país las tibias rebanadas de pan, habló así el viejo doctor:
--Puesto que hemos convenido en que sea hoy para nosotros el día de las grandes claridades, dígote, hijo, que no fuí exacto al declarar hace un momento que estaba contentísimo de tí.
--¿Esas tenemos ahora, padre cruel?