Part 3
--¡Á buena parte va usted! Anteayer, apenas vió que la calentura apretaba, confesó y comulgó como una santa. Desde entonces, y por orden suya, puede decirse que no sale el cura de esta casa. En cuanto despachó el negocio del alma, llamó al escribano. Anduvo traficando en la operación don Sotero... y se dice si quedaron las cosas muy amarradas á su mano. Será ó no será; pero bien puede ser; y si fuese, lo sentiría por Águeda, que no le puede ver ni en pintura.
Calló aquí don Lesmes, y no dijo una palabra el doctor.
--¿Le parece á usted, _compañero_ --manifestó éste al poco rato--, que tratemos exclusivamente de la enfermedad de doña Marta?
Don Lesmes se sintió crecer hasta las nubes al oirse llamar «compañero» por tales labios; pero le volvieron los trasudores al considerar que era llegado el trance negro. Hizo una solemnísima reverencia, y respondió:
--Los antecedentes que he tenido el honor de manifestar á usted, llevaban por objeto poner á su ilustrado criterio en condiciones de apreciar debidamente las circunstancias patológicas de la señora; circunstancias que pudiéramos llamar «de naturaleza» en ella. Ocho días hace, y estamos ya sobre el punto, me dijo doña Marta que su ordinario padecimiento se había agravado; el cual padecimiento era una dispepsia de carácter nervioso, como usted habrá comprendido por los antecedentes expuestos y el estado de la enferma.
Sonrióse el doctor, y continuó don Lesmes:
--Efectivamente; la enfermedad no había cambiado de naturaleza, aunque sí de intensidad: apetito nulo, pulso dicroto, sed ardiente y mucha pesadez de cabeza.
--¿Y cree usted que ese cuadro de síntomas acusaba el padecimiento ordinario?
--De fe, señor doctor, de fe. Dispuse inmediatamente la medicación: bebida á pasto.
--¿Qué bebida?
--Zaragatona: infusión reconcentrada, según mi fórmula número dos. Como era de esperar, cedió bastante la sed; pero quedaba en todo su auge la pesadez de cabeza, y, por consiguiente, la calentura no bajaba. La indicación era clara: fórmula número cuatro, en paños á las sienes y cataplasmas saturadas á la parte media posterior.
--¿Saturadas de qué?
--De zaragatona, señor doctor. Observé entonces que si bien el estado cerebral no mejoraba, el pulso se iba endureciendo, y la enferma comenzaba á encontrarse muy inquieta en la cama á consecuencia de un dolorcillo que se le presentó, pasante de pecho á espalda... Lo que tenía que suceder: aquel cuerpo no funcionaba en debida forma, y el flato dijo «aquí estoy;» pero yo, que conozco bien su táctica, le había tomado la delantera, y le salí al encuentro con toda la artillería de mis reservas, ó séase el clíster alternativo.
--No comprendo...
--Enemas del mucílago, alternadas.
--Por supuesto de...
--De zaragatona, señor doctor.
--¿Y con qué las alternaba usted?
--Con la poción... Y ya usted comprenderá que mi intento era coger al enemigo entre dos fuegos.
--Ó entre dos aguas; que para el caso es lo mismo.
--Exactamente; ó como llaman mis enfermos á este procedimiento, una de cal y otra de arena. ¡Ja, ja!...
Antójaseme que aquí se hubiera hecho el doctor unas cuantas cruces con los dedos, si hubiera podido acordarse de cómo se hacían: su expresión de asombro las estaba pidiendo como detalle necesario.
--Ya veo --dijo cuando don Lesmes acabó de reirse-- que es usted hombre de sistema.
--Diez y seis años de experiencias asombrosas, señor de Peñarrubia --exclamó don Lesmes irguiéndose conmovido--, y otros tantos de desvelos estudiando las virtudes de esa planta maravillosa, puedo ofrecer en abono de él al protomedicato español. Así levanta lo que tengo escrito sobre la materia... Pero --añadió trocando su exaltación en abatimiento-- un pobre cirujano de aldea, ya ve usted... ni influjos arriba, ni apoyos acá; ocho de familia; pocos recursos... ¡Ah! ¡si yo hubiera tenido la dicha de conocerle á usted cuando me hallaba en la flor de mis entusiasmos por el bien de la humanidad!...
--Señor don Lesmes --le interrumpió el doctor--, volvamos al asunto principal, que el tiempo apremia; y dígame qué resultado obtuvo usted con lo que llama su artillería.
--Á eso voy, señor de Peñarrubia --continuó don Lesmes, pasándose por los ojos un pañuelo de yerbas--. El resultado es precisamente el que yo no pude apreciar; porque habiéndosele presentado á la enferma una tosecilla con esputos sanguinolentos, y creciendo la calentura hasta el punto que usted ha visto, Águeda se alarmó, tiró al corral todos los preparados de mi específico, y tuve que recetar medicamentos más enérgicos, según la vulgar creencia. Quiso al mismo tiempo una consulta; propúsele varios facultativos, y para cada uno tuvo su tacha correspondiente. Como desde el primer instante puso el pensamiento en usted, todo le parecía poco. ¡Yo lo creo! Pero ella erre que erre, viendo cómo su madre se iba postrando; aventuróse, y felizmente le salió bien el intento. Verdad es que no hay modo de resistir el don de Dios que tiene esa criatura. Lo demás ya lo sabe usted. Sobre la mesa ha visto los medicamentos heróicos que dispuse al abandonar mi sistema, que para maldita de Dios la cosa han servido, si no es para infestar la casa. Conque, usted dirá.
--Pues digo, señor don Lesmes, respetando siempre su autorizado dictamen: primero, que la enferma tiene una pleuro-neumonía agudísima; y segundo, que sin uno de esos cambios súbitos, inesperados é inexplicables de la naturaleza, que ustedes llaman milagros, la enferma se muere.
--¿Cómo que se muere! --exclamó don Lesmes asombrado.
--Antes de dos horas.
El pobre cirujano, que quería mucho á doña Marta, se llevó las manos á la cabeza, diciendo al mismo tiempo con voz plañidera:
--¡Y yo que he estado entreteniéndole á usted con relatos del otro mundo!
--No le remuerda por eso la conciencia, señor don Lesmes --díjole el doctor con afabilidad--: lo único que podía disponerse, lo dispuse en la alcoba de la enferma. Aquí me ha dicho usted que lo relativo á su última voluntad está ya hecho. Ni un solo minuto ha perdido la ciencia desde que yo he llegado á esta casa.
Al decir esto el doctor, se oyeron en la sala pasos acelerados y sollozos comprimidos; se abrió la puerta del gabinete, y Águeda se lanzó dentro.
--¡Mi madre se muere! --exclamó con un acento que sólo cabe en un alma acongojada por el mayor de los dolores.
El doctor y don Lesmes se levantaron precipitadamente, y acudieron á la alcoba, no antes que Águeda.
El cura se vestía, acelerado, la sobrepelliz, y don Sotero le ayudaba; la niña, á quien despertaron los lamentos de Águeda y el ir y venir de las gentes, estaba aterrada y como presa de una espantosa pesadilla. Por consejo del doctor la sacó de allí don Lesmes. Los sirvientes de la casa iban llegando de puntillas y se apiñaban en la penumbra del gabinete, contemplando con asombrados ojos la triste escena que alumbraban las luces de la alcoba.
El doctor pulsó á la enferma, le levantó los párpados inertes, hizo, en fin, cuanto es de rúbrica en casos tales, y se retiró lentamente, como diciendo: «esta vida se acaba.» Entendiólo así el cura, y se dispuso á administrar á la moribunda el último sacramento con que la Iglesia ampara á los que espiran en su fe. Águeda cayó de hinojos ante el Crucifijo.
La cara de doña Marta se iba desfigurando por instantes. Lo rojo se trocaba en amarillo térreo y polvoriento; la nariz se afilaba; los ojos se hundían en sus cuencas, circuídas de una sombra plomiza; dibujábanse bajo la piel descarnada los pómulos y las mandíbulas; las ansias del pecho crecían, y el aire sonaba en él como si se agitara en la rugosa cavidad de un odre reseco.
Terminada la imponente ceremonia, el cura tomó otro libro que á prevención traía, y comenzó á leer con voz vibrante y solemne las oraciones para la recomendación del alma: acto más conmovedor aún é imponente que el anterior. Entre éste y el sepulcro, aunque cercano, cabe una esperanza de vida para el ungido; el otro tiene lugar sobre la fosa abierta, cuando el alma, desprendiéndose de su cárcel de barro, toca ya el pie de las gradas del Tribunal cuya justicia no se tuerce, y cuyos fallos se cumplen por los siglos de los siglos.
Á las palabras del sacerdote contestaban sollozos mal reprimidos. Águeda, decidida á recoger en su corazón el último suspiro de su madre, oraba reclinando su cabeza en el borde de la cama; don Sotero, hundiendo la cara entre las solapas del chaquetón, respondía en latín al cura.
Excuso decir que el doctor no se hallaba presente rato hacía.
Transcurrió otro no muy largo, y el cura leyó:
--_¡Requiem æternam dona ei, Domine!_
El estertor de la moribunda cesó por unos instantes; luego se oyó un quejido profundo y angustioso, como la explosión de un gran esfuerzo.
--_¡Requiescat in pace!_ --dijo el cura.
Al mismo tiempo lanzó Águeda un grito desgarrador, y se abrazó al cadáver de su madre. Los sollozos, hasta entonces comprimidos, trocáronse en llanto ruidoso; moviéronse en desconcertado tropel las figuras vivas del triste cuadro alrededor del fúnebre lecho... y yo dejo aquí los pinceles, lector, declarando, en alivio de mi conciencia, que ni uno solo de los tristes pormenores apuntados en este capítulo, son de rigorosa necesidad en la presente historia. ¡Mira tú si hemos perdido el tiempo!
[Ilustración]
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III
EL SOBRINO DE SU TÍO
Macabeo pasó la noche como un perro fiel á la vera de su amo. Ni siquiera se acercó á la lumbre para secar su ropa, ni se acordó de que no había cenado, ni el cansancio de la pasada caminata le pidió su medicina de sueño. La agonía de la señora, el dolor de sus hijas y el intento de servir de algo en aquéllas tan largas horas de desconsuelo, le absorbían la atención, y lloró como chiquillo cuando los lamentos de las huérfanas y de los criados le hicieron saber que el temido infortunio se había consumado. Después hincó sus rodillas en el duro suelo, y oró por el alma que estaba ya en presencia de Dios.
Calentaban los rayos del sol cuando el doctor bajó al portal con las polainas ceñidas y las espuelas calzadas; y ya Macabeo le aguardaba con el garrote en la mano, el caballo ensillado y el capote sobre el arzón. Con el desvelo y las lágrimas vertidas, tenía el pobre hombre los ojos como puños.
El doctor le miró con interés; y conociendo por las señales lo mucho que había padecido y lo poco que había descansado, dióle unas palmaditas en el hombro, y le dijo entre grave y chancero:
--Lo dicho, Macabeo: no sabes tú mismo lo que vales.
--¡Ni me lo miente, señor! --respondió Macabeo--; que cuando anoche andábamos en esas y otras tales, la señora estaba, aunque mal, entre los vivos; ¡mientras que á la presente!... Conque ¡arriba con el cuerpo, antes que el calor apriete!
Dijo esto asiendo con una mano el bocado del jamelgo, y con la otra el estribo del mismo lado, para que montara el doctor, y hasta creo que para que no le viera éste hacer pucheros.
Montó el doctor; y al ver que Macabeo se disponía á acompañarle, prohibióselo terminantemente.
--No lo consiento, amigo --le dijo--. Ni te necesito, ni aunque te necesitara lo consentiría.
--Tengo orden de acompañar á usté --insistió Macabeo.
--Y yo dispongo --replicó el otro-- que descanses de las fatigas de esta noche. Conque lo dicho, y daca la mano.
--¿Para qué, señor?
--Para que la estreche la mía... Vamos, hombre; y cuenta que no lo hago con todo el mundo.
Como Macabeo vacilase, añadió el doctor sonriendo:
--Te aseguro que no quema, ni huele á azufre.
Atrevióse Macabeo, y dijo, mientras cruzaba su mano callosa y morena con la fina y blanca del doctor:
--¡No iba yo tan allá con el recelo, caráspitis! sino que bien sabe Dios que más certera la hubiera querido yo anoche.
--También yo, buen Macabeo; pero el trance era apurado, y yo llegué muy tarde. Ahora, ábreme la portalada; y hasta la vista.
--¡No quiera Dios que con igual motivo sea! --murmuró Macabeo, dirigiéndose á complacer al doctor.
Salió después á la calle para indicar á éste la dirección que debía seguir para llegar sin extravío al camino de la sierra.
Apenas el doctor se perdió de vista, después de doblar el ángulo de una calleja entoldada de bardales, apareció en ella un muchachón alto y desgarbado, con los labios muy gruesos, las cejas espesas y corridas, la tez morena, los pies anchos, planos y en escuadra, las piernas largas y desmadejadas, y cargado de hombros. Vestía traje de buen género, no mal hecho, pero muy mal colocado. Por el garrote que llevaba en la mano, lo sucio de sus zapatos, lo reluciente del rostro y el andar inseguro y despeado, se conocía que traía hecha larga jornada.
Reparó en él Macabeo, y exclamó dando un garrotazo en los morrillos de la calleja:
--Esto sólo me faltaba hoy, ¡caráspitis!... ¡Si lo digo yo! cuando el año está de piojos, no hay que mudar la camisa.
--¡Hola, Macabeo! --gritó al mismo tiempo el caminante, blandiendo el palo sobre la cabeza--. Acá estamos todos y ¡viva Valdecines! ¡Dios!
--¡Mal rayo te parta, animal de bellota! --murmuró Macabeo; y luégo dijo en alta voz--: El demonio me lleve si me acordaba más de tí que de la hora en que me han de enterrar.
--Se estima el aprecio, hombre --respondió el otro, ya junto á Macabeo, con su voz cencerruna.
--Pues mira, Bastián: naide te espera en el pueblo.
--Lo sé; pero yo he venido porque quería venir, ¡Dios! y el que no me vea de buen ojo, que le cierre.
--¿Dónde has pasado la noche?
--En Perojales, tan guapamente. Caía la tarde cuando llegué; amenazaba el trueno, y díjeme «no paso la hoz.» Narices tuve, porque aquello fué de lo poco que se ha visto.
--¡Qué lástima, hombre!
--¿De qué, Macabeo?
--De que te hubiera cogido la tormenta en aquella santimperie.
--Eso digo yo. Una desgracia sucede en un credo; y luégo... ¡Dios!... esta mañana madrugué, y aquí me tienes.
--¿Á pie has venido?
--Desde el tren, tan guapamente. El ahorro me sirvió para el pienso de anoche, y aún me queda grano... para lo que yo me sé.
--¡Y también yo, caráspitis!... ¿Por qué no pasaste la hoz?
--¡Otra te pego!... ¿No te lo he dicho?... Porque olí la quema.
--¡Por vida de la nariz!... Pues mira, Bastián: tu tío no te espera.
--De voto de mi tío, no saldría yo de Santander hasta que pudiera entrar en Valdecines hecho un caballero. ¡Mira tú si es fantesía de hombre!... Conque, ya hablaremos, que me voy á verle.
--¿Á quién?
--Á mi tío.
--No está en su casa.
--¿Pues en dónde está?
--Aquí.
--Entonces, subiré...
--No se le puede ver ahora.
--¿Por qué?
--Porque... Pero, alma de cántaro, ¿tú no sabes lo que pasa?
--Ni pizca, Macabeo.
--¿No has oído las campanas?
--Sí que las he oído; pero, la verdá, no se me ha ocurrido preguntar por quién era el toque. ¿Quién se murió, Macabeo?
--Doña Marta.
--¡Dios! ¿Cuándo?
--Anoche.
--¡Dios! ¿Y de qué, hombre?
--¿Y á tí qué te importa?
--Es de razón, Macabeo: maldito lo qué.
--¡Conque figúrate la falta que haces acá, Bastián!
--Más de lo que tú piensas, Macabeo.
--La de los perros en misa... Vuélvete, Bastián, por donde has venido... ¡cuando yo te lo aconsejo!...
--Hombre, y á tí ¿qué te va ni qué te viene con que yo me vaya ó me quede? ¡Pues me he dado flojo trote desde ayer para que, sin más ni más, tome el consejo tuyo!... ¡Dios! ¡Vaya con el consejero de chanfaina!
--Miro por tí, Bastián... Y por último --añadió Macabeo en un cambio súbito de humor--, ¡que te quedes ó te marches, ó te parta un rayo por el medio, no se me importa una alubia!
Esto dijo, y se encaminó á la portalada, aunque no llegó á abrirla. En cuanto á Bastián, se encogió de hombros por toda despedida de Macabeo, y echó calle abajo. Pasó luégo por otras, también formadas por tapias de huertos y _solares_, cuáles revestidas de hiedra, cuáles exhalando la fragancia delicadísima de la ya florida madreselva; atravesó dos corraladas abiertas; ladráronle otros tantos perros, y entró, por último, en una casa que no era la de su tío.
Macabeo, que le había seguido con la vista desde lejos, exclamó entonces, hiriendo otra vez el suelo con su garrote:
--¡Caráspitis!... ¿No lo dije? ¡Anda, perro... gandul!... Pero no tienes tú la culpa, sino la... ¡Si no fuera por respeto á lo que está pasando aquí, y á lo mucho que me duele!... ¡Caráspitis, recaráspitis!
Y así entró en el corral, apaleando las piedras, y cerró los portones con estrépito.
[Ilustración]
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IV
LA RAZA
Decían las gentes de Perojales que los Peñarrubia eran como los vencejos: aparecía uno, arreglaba el nido, formaba una familia y desaparecía con ella, sin saberse adónde ni por qué. Al cabo de los tiempos, volvía un nuevo Peñarrubia, restauraba el caserón de abolengo y etc., etc. Así hasta nuestro doctor.
Todos los Peñarrubia, según la tradición perojaleña, parecían fundidos en un mismo troquel. Todos eran misteriosos, huraños, poco afectos á la tierra nativa, y señaladamente irreligiosos. Esta cualidad era la que podía llamarse, como ninguna de las otras, el sello de raza. De manera que no tenían número las horrendas historias y los pavorosos relatos que, á propósito de la insigne familia, pasaban de padres á hijos entre el vulgo del país, gente sencilla y cristiana, y, por contera, suspicaz y maliciosa.
Apenas hay aldea en la Montaña que no tenga su _Casa_ correspondiente; casa infanzona y de prosapia, no siempre rica, pero muy á menudo tan rica como empingorotada. Esa casa pertenece al pueblo, como el _son_ de las campanas de la iglesia, como la fama de ciertos frutos peculiares á su suelo, la de la altura del monte comunal, ó la de las truchas del río; y no porque provee de pan á los menesterosos, de consejos á los atribulados, de cartas á los que se van, de padrinos á casi todos los recién nacidos, y hasta de materia de difamación á los ingratos y malévolos; sino por cuestión de vanidad. Que diga un montañés: «¡Los Cuales de mi pueblo! ¡Gran casa, gente de lustre, de mucha hacienda y de buena entraña!» No faltará quien replique, royendo la colilla y echándose sobre el palo: «No diré que no; pero ¡cuidado con los Tales de mi lugar! Nada les debo, la verdad sea dicha; pero, sin ofensa de nadie, donde está esa casa, que no alce ninguna la chimenea. En punto á posibles y señorío, reyes pueden entroncar con ella, y saldrán muy honrados.»
Pues Perojales es la excepción de esta regla: «¡Los Peñarrubia! --dicen allí--. ¡El demonio que cargue con todos ellos! Ni un canto les deben estas callejas, ni un maquilero de borona los necesitados, ni una cabezada el nombre de Dios, ni los buenos días los hombres de bien. Si ese palación se arrasara, los males de este lugar daban fin y remate.»
Sobre lo que haya de disculpable en este deseo, y de cierto en los corrientes relatos, no he de hablar yo aquí una palabra. Mi jurisdicción no alcanza más allá de los Peñarrubia de mi cuento, y de ellos voy á tratar sin nuevas digresiones.
El padre del doctor á quien conocemos, llegó al caserón solariego en lo más crudo de una invernada que dejó nombre en los fastos montañeses. Acompañábanle su señora, muy próxima á dar á luz el primer fruto de su matrimonio; un médico viejo, y la necesaria servidumbre. Según unos, venía de las Indias; según otros, del infierno; y esta opinión fué la más aceptada, teniéndose en cuenta que los señores entraron en el pueblo entre rayos y centellas, y pisando una capa de nieve de media vara de espesor.
Á los pocos días llamó el señor al párroco para advertirle que por la tarde le enviaría su hijo primogénito, recién nacido, para que le bautizara. Serían padrinos el médico de la familia y la Iglesia. Se le pondrían los nombres de Augusto, César, Juan, Jacobo y Martín.
Así se hizo. Una sirvienta llevó el niño debajo del chal, y el médico la acompañó. Pagó éste los seis reales justos de derechos del cura, y dió cuatro cuartos á los muchachos ayudantes. Sentóse la partida de bautismo en los libros parroquiales; recogió el padrino una certificación de ella; pagóla según rezaba el arancel, ni ochavo más, ni ochavo menos; y agur del alma.
Mientras la señora se reponía, su marido, como si en ello cumpliera un precepto tradicional en los de su casta, hizo algunas reparaciones en las entrañas del caserón, no costosas ni de buena gana; y transcurrido un mes, desapareció la familia Peñarrubia con todos sus sirvientes y adherentes, cerrando los portones, que no habían de volver á abrirse en muchos años.
Nuevos comentarios: si se los llevó el demonio, ó si se fueron á ejercer por el mundo sus malas artes. Á mí me toca poner en claro la duda.
El misterioso personaje venía, en efecto, del otro mundo, cuando apareció en su pueblo natal. Había ido á Méjico con una comisión oficial, tan honorífica como lucrativa; y allí se casó con una mejicana. Era ésta, como casi todas las de por allá, muy devota y muy indolente; pero tenía buena dote; y su novio, de anchas tragaderas en materias religiosas, puso enfrente de ambos defectos (que á sus ojos eran á cual más gordo) la virtud de las sonoras _macuquinas_ de la dote, y halló que se podía vivir en tan mala compañía con tan buenas protectoras. En cuanto notó síntomas de primogenitura, activó las hasta entonces descuidadas comisiones, y se trajo á España la mujer y las talegas de su dote. Detúvose en Madrid el tiempo necesario, y vínose á la Montaña con el intento que le hemos visto realizar.
Cuando dejó su casa solariega, volvió á Madrid. Allí se estableció definitiva y ostentosamente, á expensas de lo propio y de lo aportado al matrimonio por la mejicana. Á decir verdad, las rentas de todo ello no alcanzaban á sostener el lujo de que se rodeó el vanidoso Peñarrubia; y hubo que comer de la olla grande, como dicen en mi tierra.
En medio de este fausto corrieron los primeros años de la vida de nuestro doctor.
Como la mejicana era devota, cuidaba de enseñar al rapazuelo piadosas leyendas y muchas oraciones; mandábale á la iglesia, y le cargaba de medallas y escapularios. Pero como también era indolente, no hacía maldito el caso de la doctrina que le imbuían el cochero, el ayuda de cámara, los marmitones y toda la legión de tunos que pululaban en aquella casa al amparo de la vanidad de su marido y de su propia dejadez.
Corrieron cinco años más, y con ellos lo mejor del caudal de la mejicana, que acabó por morirse, sin poder incomodarse con los despilfarros de su marido y las crecientes rebeldías del primogénito, muchacho, á la sazón, de diez años, sin conocer todavía la O, aunque le sobraba despejo natural.
No sé si por el bien de éste ó por librarse su padre del único cuidado que sobre sí tenía, púsole bajo la férula de un instructor de su gusto, con encargo de que, por de pronto, le domara, y después le enseñara lo que mejor le pareciese, ajustándose en lo posible á las inclinaciones libérrimas del educando.
Pronto conoció el joven Peñarrubia que eran inútiles sus protestas contra la esclavitud á que se le había sometido. Hallábase, como potro cerril, entre la espuela del padre y el freno del preceptor, y bajo el peso de cinco asignaturas. No podía moverse sin sentir, ó el hierro que le espoleaba, ó el hierro que le detenía. Resolvióse á llevar la carga del mejor modo posible, y acabó por aficionarse á ella. Estaba domado, y se le puso en libertad completa. Así pudo tomar en el campo de la enseñanza el rumbo más de su agrado.
Dicho se está con ello que se lanzó, con los bríos de la juventud, á lo nuevo y á lo cómodo, poniendo todo su empeño en romper trabas, en salvar obstáculos á la carrera y en desembarazar de estorbos á su razón y á sus pasiones, que se llevaban como la uña y la carne, aunque á él no le parecía así. Talento investigador y práctico, dióse á las ciencias físicas, y comenzó á escarbar en todas, atento sólo, como trapero en su oficio, á acumular en el cesto de su memoria cuanto coloreaba y relucía, lo mismo el trapo sucio, que el metal sospechoso, que el oro fino.