De tal palo, tal astilla

Part 20

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--Eso es lo que ha de averiguar la Justicia --replicó el alcalde--; y á buena cuenta, vamos á registrar al muerto, por si topamos algún aquél de luz sobre el particular.

Registrósele en el acto, y se hallaron en sus bolsillos tres cartas: una «para la Justicia;» otra «para el doctor Peñarrubia,» y otra «para la señorita doña Águeda Rubárcena.»

El juez abrió la primera, que decía así:

«Declaro que me quito la vida por mi propia voluntad; y ruego á la Justicia que recoja mi cadáver, que haga llegar á sus respectivos destinos las dos cartas que hallará con ésta en mi bolsillo.--_Fernando Peñarrubia._»

--Y la fecha es de ayer --añadió el juez--. Pues con esta declaración acabó la presente historia. Y bien mirado, más vale así.

Los circunstantes oyeron estupefactos la lectura del papel, y ni una palabra se oyó allí contra el desdichado á quien el día antes hubieran arrojado á pedradas de Valdecines.

Alguien, más en son de lástima que de vituperio, acertó á decir:

--Quien mal anda...

Pero no logró acabar el proverbio, pues el alcalde le atajó con estas expresiones:

--Esa es cuenta de Dios que le ha juzgado ya... Á nosotros no nos toca más que tenerle compasión, cumplir su última voluntad y darle sepultura. ¡Desventurado de él, que por su delito no puede recibirla sagrada!

Y no obstante, por un sentimiento de caridad, aquellos hombres rudos se descubrieron la cabeza, se hincaron de rodillas é imploraron, en fervorosa oración, la divina misericordia para el alma de aquel cuerpo manchado por el mayor de los crímenes.

--Falta --dijo luégo el alcalde, hablando siempre en nombre del juez, no muy ducho en tales procedimientos-- identificar la persona, vamos al decir, el cadáver.

Llamó al alguacil y al pedáneo.

--Tú --dijo al primero-- vas á ir volando ahora mismo á Perojales. Entregarás esta carta á quien reza el sobre, y dirás á esa persona que se le espera aquí, para... para los efectos consiguientes.

Hízose notar á la digna autoridad que era el golpe harto recio para dado sin advertencia ni contemplaciones.

--Cierto --respondió el alcalde--. Por dura que ese hombre tenga el alma, ha de llegarle muy adentro la noticia, y compasión me da de veras, aunque no la merezca; pero la justicia no debe tener entrañas, y la ley es ley... y ya estás andando... quiero decir, de vuelta, porque aquí queda esperando la autoridad.

Y el alguacil, sin chistar, echó á gatas por el sendero á cumplir lo mandado.

--Tú --dijo entonces el alcalde al pedáneo-- pica también monte arriba, y no pares hasta Valdecines con esta otra carta que entregarás en propia mano, con la finura y el aquél del caso respetive al genial y prosapia de la señora que ha de recibirla. Y ahora --añadió, volviéndose al juez mientras el pedáneo tomaba el mismo sendero que el alguacil--, hay que escribir todo esto que está pasando y ha pasado, con el item más de la declaración del señor facultativo, en la solfa conveniente al resultante; pero como el caso pide buena pluma y mucho sosiego, se hará la diligencia y competente sumaria en la casa consistorial, como si hubiera sido hecha de cuerpo presente, y procederemos en su hora al _sotierre_, que bien puede ser aquí, ya que está prohibido que sea en el campo santo... si otra cosa no dispone el interesado que ha de reconocer al muerto...

Habrá notado el lector que el bueno de don Lesmes habló muy poco durante las narradas ceremonias. No hay que extrañarlo. Andaba el hombre tan sin tino ni serenidad, que á pique estuvo de desmayarse cuando se le dijo que habría que proceder á la autopsia del cadáver. Disfrazó su natural repugnancia á semejantes carnicerías con el aserto de que le faltaba corazón para descuartizar al hijo de su muy querido amigo y condiscípulo el doctor Peñarrubia, y convínose en dar por cumplido ese requisito en el expediente que había de formarse. Con lo cual se tranquilizó no poco, y hasta comenzó un discurso sobre lo innecesarias que eran esas «barbaridades» en la mayor parte de los casos en que se empleaban; y perorando estaba, mientras los hombres agregados á la justicia abrían una fosa cerca del muerto, cuando apareció en lo alto del camino de Perojales, á todo correr del caballo que montaba, el infeliz doctor Peñarrubia.

Enmudeció el cirujano á la vista de aquel horrible dolor en cuerpo y alma, y hasta los que más le aborrecían por impío se condolieron de él por padre sin ventura.

No quiero atormentar al lector con el relato de lo que allí pasó poco después. Si no desea ignorarlo, imagíneselo; cosa no difícil para él, pues conoce al padre, ha visto lo que queda y ¡cómo queda! del hijo, y es cristiano y tiene corazón y caridad.

Debo, no obstante, y para ayudar á su imaginación, ofrecerle un dato importante. Cuando los criados del doctor le dijeron que habían hallado abiertas las puertas de la casa y la del corral, lanzóse el infeliz, en un movimiento instintivo de su amor, al cuarto de Fernando. Encontróle vacío, vió su cama intacta, y se estremeció. Sin atreverse á oir lo que le decían sus propios pensamientos, mandó á sus sirvientes en busca de su hijo en varias direcciones, y él mismo tomó la de Valdecines, por juzgarla más llena de esperanzas.

En la hoz estaba ya, y muy adentro, cuando le encontró el alguacil que le llevaba la carta consabida. Detúvole, entregósela sin miramientos ni precauciones; leyóla el otro, más con el corazón que con los ojos; pidió luégo, como deben pedir la muerte los que no pueden con la vida, _¡más noticias!_, y el alguacil le refirió cuanto sabía, que no era poco. ¡Tan reciente era la que llevaba el doctor clavada en el pecho como puñal de cien puntas, y tan inhumanamente se le había dado la puñalada! Ahora podrá ver el lector á su verdadera luz la escena que tuvo lugar poco después en el fondo del precipicio.

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XXIX

DE RECHAZO

Desde que don Sotero vió la obra de Bastián destruída por la inesperada venida de don Plácido á Valdecines, juzgó en descenso su fortuna. Alentábale, sin embargo, la esperanza que ponía en el carácter estrafalario, bonachón y docilote del solterón de Treshigares; pero cuando habló con él y le vió tan firme y resuelto, comprendió que principiaba el fin de sus iniquidades, y, lo que era más grave para él, que había quedado preso en la red tendida al caudal de los Rubárcenas. Ni sus atrevimientos hasta allí tenían fácil disculpa, ni el sesgo que tomaban las cosas se prestaba á imponerlos como ley por la fuerza de otros mayores. Meditó seriamente sobre el caso, y le vió muy negro por todas partes. Su mayor aspiración no podía exceder ya de que se le perdonara lo pasado. En cuanto á su intervención en la casa de los Rubárcenas, no ya como tutor y curador de las huérfanas, pero ni siquiera como administrador de sus bienes, era una insensatez no darla por concluída. De manera que no solamente tenía que renunciar á la posesión de aquel caudal, con tanta maña perseguido, sino también á lo que de él pudiera pegársele á fuerza de manosearle. Era la primera vez que se le escapaba de entre las uñas una presa señalada por sus ojos. Le costó mucho trabajo resignarse á verlo así; pero la necesidad le obligó á ello.

La mejor jugada de toda su vida había estado á punto de hacerla en la vejez, y aquella jugada la perdió al cabo. Probado está que á esa edad es cuando más estragos causan las grandes pesadumbres y las agudas enfermedades. No se asombre, pues, el lector si le digo que en menos de veinticuatro horas se abatió la entereza de don Sotero, como áspero y bravío roble herido por el hacha en sus raíces: quédase aún enhiesto; pero hasta las brisas le bambolean, y el primer viento le derriba.

Resuelto á implorar hasta la misericordia de sus víctimas para sacar el único partido que le ofrecían las dificultades de su situación, consagró el corto plazo que le dió el indignado señor de Quincevillas para optar entre los dos extremos que le propuso, á arreglar sus cuentas del mejor modo posible; y aun en aquella ocasión demostró el buen ex-procurador que, como el gitano del cuento, era una hormiguita para su casa. ¡Qué mano de _raspa_ tan admirable! ¡Qué primor de destreza aquella pluma para imitar recibos de doña Marta! ¡Qué instinto aritmético el suyo para obtener alcances en su favor allí donde no había sino rastros de sus ávidas manos, al sacarlas llenas de lo que no le pertenecía, durante tantos años de administración! Y todos estos milagros los hacía el pío varón en medio del mayor desconcierto cerebral. Porque es de saberse que á la sazón hablaba solo y deliraba; y hasta el escaso mendrugo que comía, menos le servía para alimento del cuerpo que para dar fuerzas á su pesadumbre. ¡Qué no hubiera hecho el santo hombre puesto á la misma tarea en sana salud!

Antojábasele poco cuanto sacaba en números de los libros de su administración; y cuando pasaba la vista por el inventario, bien ordenado y dispuesto, de su propio caudal, aunque éste era bueno y estaba bien asegurado, creíase pobre y á las puertas de la miseria. ¡Tan grande le parecía lo que se le había escapado de entre las uñas, y por tan suyo llegó á contarlo!

El único deudor que aparecía allí sin hipoteca sólida y á todas horas realizable, era Fernando. ¿Dónde tuvo él la cabeza; qué sensiblería estúpida se apoderó de su corazón; qué diabólica insensatez le cegó cuando hizo aquel desatinado negocio! ¡El ansia de tener cogido por ese lado al aspirante al caudal de Águeda; la convicción de que todo ello era un grano más en la semilla que había de darle tan abundante cosecha!... ¡Y la cosecha se perdió al menor soplo de la adversidad! ¡Mentecato, y mil veces mentecato!... ¿Dónde puede haber disculpa para el hombre que así aventura lo que más ama y necesita!... Si, bien mirado, el doctor se hallaba en lo mejor de la vida; y al ver cómo la traía de regalona y descuidada, el más lerdo comprendería que hasta los clavos de la puerta se habría comido ya para el día de su muerte. ¡Qué lucida hipoteca para sus seis mil duros! ¡Y el muy torpe hostigaba y perseguía á su deudor exponiéndole á coger una enfermedad, ó á cometer un desatino que le costara la vida antes de adquirir con qué pagarle! Afortunadamente, aún era tiempo de enmendar esa torpeza. Buscaría á Fernando, le hablaría al alma, le pediría perdón por sus pasadas inclemencias, y hasta se brindaría á ayudarle en sus proyectos. ¿Y por qué no? Al cabo y á la postre, ¿no era gallardo y excelente mozo? ¿No hacía con Águeda la pareja más hermosa que pudiera buscarse? Que era un tanto descreído... ¡Bah! ¿Quién se para en tales pequeñeces hoy? _Tener ó no tener_, ésta es la cuestión. Pero ¿aceptaría el vanidoso joven sus excusas y protestas, después de la guerra que le había hecho él?

Así discurría el santo varón según iba leyendo y manoseando el recibo que ya conocemos, tras de llorar las mal aprovechadas horas de su vida (con los cuales discursos sufría congojas mortales y sudaba hieles y borra de azufre por todos los poros de su lacio pellejo, pues es de saberse que ayuno estaba su estómago aquel día hasta del fementido chocolate con que entretenía al levantarse los asaltos del hambre), cuando llegaba á Valdecines el pedáneo con la carta para Águeda, y la noticia, que se propagó por el pueblo como la llama en un reguero de pólvora, de que el cadáver hallado en la hoz era el del hijo del doctor Peñarrubia.

Lo oyó Bastián á la puerta de su casa, subió las escaleras de cuatro zancadas, entró en la alcoba sin pedir permiso; y tal como lo cogió en la calle, se lo espetó en crudo á su tío, en la persuasión de que le daba la más sabrosa de las noticias.

No prestando crédito á sus oídos, que desde días atrás le zumbaban muy á menudo, don Sotero, sobresaltado y trémulo, hizo repetir á Bastián todas sus palabras; después le preguntó, con la voz medio extinguida, quién le había dado la noticia, y, por último, quién la había traído al pueblo; y cuando supo todo lo que sabía el alcalde pedáneo, encontróse sin fuerzas para moverse de la silla, y ni siquiera las tuvo para cerrar la boca y los ojos, que se le habían quedado desmesuradamente abiertos; las negras ideas se bamboleaban en su cerebro al mismo compás que el armario y la mesa, y la ventana, y las paredes de su cuarto; sentía que por toda su piel se deslizaba un sudor frío, como si la sangre, convertida en suero destilado, se le derramara por los poros; y tan amarillo y desmayado se le puso el color, que Bastián, transido de susto, corrió á avisar á Celsa.

Entre tanto, notó don Sotero, en medio de su modorra, que se le caía de las manos el papel que entre ellas tenía cuando entró en el cuarto su sobrino; y como ya no veía sino por los ojos de su perturbada imaginación, soñó que aquel documento se convertía en seis pesadísimas y repletas talegas con alas, las cuales seis talegas se alzaron volando y se le pusieron sobre el pecho. Como eran tan pesadas, ahogábase el hombre debajo de ellas; pero carecía de movimiento y de voz, y hubo de sufrir aquel suplicio hasta que las talegas volvieron á volar, todas á un mismo tiempo. Volaron muy alto, como pájaro que se va; pero detuviéronse allá arriba unos instantes en sosegado coloquio. Después se separaron unas de otras, tornaron á reunirse, y, por último, muy adheridas entre sí, casi formando una sola masa, dejáronse caer á plomo, con una velocidad vertiginosa, sobre la cabeza de don Sotero. Veíalas éste descender, y no podía separarse un punto para evitar el golpe que le esperaba. ¡Qué golpe! Hubiera jurado el mísero, al sufrirle, que le oyeron desde el otro hemisferio; que su propio cuerpo se había hundido en la tierra hasta el pescuezo, y que por el agujero abierto en su cabeza entraba toda el agua del regato del valle, alborotada y ruidosa, llenándole el cráneo y desalojando de él hasta el último de sus desquiciados pensamientos. Entonces perdió también la sensibilidad y toda noción de su existencia.

Cuando don Lesmes llegó de la hoz al mediodía, Bastián le aguardaba á la puerta de su casa. Díjole lo que ocurría en la de su tío, y el cirujano corrió á ella sin detenerse á descansar un instante; pero apuntando en su memoria aquel día como el más infausto de todos los de su larga carrera profesional.

Hallábase ya tendido sobre el lecho el enfermo, con el rostro amoratado y verde espumarajo entre los dientes, y rodeábanle Celsa y algunos vecinos que habían acudido á sus gritos y á los de Bastián cuando le vieron derribado en el suelo después de la referida visión de las talegas.

Don Lesmes le reconoció detenidamente, y dijo, volviéndose á los circunstantes:

--Es un _paralís_ de carácter apoplético.

Y como alguien le preguntara qué venían á ser en romance estos latines, añadió el cirujano:

--Una hemiplegia _lateral derecha_.

Tampoco esta explicación satisfizo la natural curiosidad de los presentes. Entonces preguntó Bastián á don Lesmes:

--¿Pero se muere ó no se muere?

--Tan cerca está de morirse --respondió el cirujano-- que vas á ir ahora mismo á buscar la unción mientras yo empleo los pocos recursos que caben en lo humano para tratar de volverle á la vida.

Bastián que tal oyó, echóse sobre el abotargado cuerpo de su tío, no para llorar ni mesarse las greñas en testimonio de su pesadumbre, sino para registrarle los bolsillos hasta dar con las llaves de aquellos cajones en que se guardaban los tesoros del avariento. Cuando las tuvo en la mano, recogió los libros y papeles que había sobre la mesa, los guardó en el arcón muy sosegadamente, y entonces salió á cumplir el encargo hecho por don Lesmes, entre las maldiciones de Celsa y el asombro de los demás.

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XXX

EL SOL DE TASIA

En las primeras horas de la tarde del día de San Juan, mientras las campanas repicaban al rosario, y las mozas se vestían y se adornaban para ir á rezarle y andar otra vez la procesión antes de dar comienzo la romería, y se dirigían á Valdecines por sierras, mieses y montañas las gentes de los pueblos circunvecinos, Águeda había llamado á Macabeo á su casa.

--Para que esta tarde --le dijo-- celebres la fiesta del santo Patrono más alegremente que lo poco que alcanzaste de la velada de anoche, quiero que sepas que he determinado, con el beneplácito de mi hermana y de mi tío, regalarte cuantas tierras llevas de esta casa en arriendo, sin perjuicio de manifestarte la estimación en que todos te tenemos, con otras dádivas, hasta hacer de tí uno de los mejor acomodados labradores del pueblo. En cuanto al servicio que anoche me prestaste, como no es de los que pueden pagarse con dinero, queremos que le vayas cobrando considerándote como persona allegada á nuestra familia... ¿Te satisface lo que te digo, Macabeo?

--¡No, señora! --respondió éste entre conmovido y entusiasmado--, y máteme Dios si dejo de agradecer en todo lo que vale esa riqueza que usté me ofrece; pero es el caso que, viéndome ya tan pagado, el día en que usté me pida la vida entera porque la necesite, yo mismo he de creer, al dársela, que la doy á cuenta de lo recibido; y eso no tendría gracia maldita.

--Pero como yo te aseguro --repuso Águeda, envolviendo sus palabras en una de aquellas celestiales sonrisas con que se imponía á cuantos la trataban--, que no has de hallarte jamás en ese trance, queda el trato hecho... y vete ahora á divertirte á la romería.

¿Querrán ustedes creer que por más esfuerzos que hizo Macabeo no pudo complacer á Águeda en lo de divertirse aquella tarde? Mucho le desazonaba el asunto de los ramos puestos en sus tierras, y el no poder averiguar qué manos habían andado en el juego; traíale, además, no poco preocupado lo que se decía en cada casa y en todos corrillos, de Fernando, de sus inicuos propósitos y de sus criminales antecedentes, noticias todas que tan mal se avenían con la idea que él tenía formada del campechano joven, y con el destino que se había atrevido á darle en sus oficiosas figuraciones; contrariábale también la misma bulla del día, que le hacía tan poco á propósito para presentarse en casa de Tasia y pedírsela á su padre, según lo acordado entre la moza y él al emprender su viaje á Treshigares; todo esto junto y cada cosa de por sí, era bastante motivo para aguarle la fiesta robándole el buen humor; pero lo que más le acongojaba y entristecía era el recuerdo de lo sucedido en casa de don Sotero al llegar él de Treshigares. Cuando en ello pensaba, y no lo echaba un punto del pensamiento, no comprendía cómo no estaba ya en la picota el consejero, y en presidio el aconsejado. ¡Ah! si no fuera por esparcir los sonidos del suceso, hasta entonces de todos ignorado en el pueblo, ¡qué solfa de palos no hubiera llovido ya sobre las costillas de los dos causantes!... ¡Y uno de ellos era el que le robaba de vez en cuando las preferencias de Tasia!... ¡Bestia dañina y estúpida!... ¡ahora lo vería; ahora que él era rico y preferido, y además le tenía cogido por las greñas de un delito abominable!

En éstas y otras meditaciones pasó la tarde culebreando por la romería, olisqueando las avellanas y chupando algunos caramelos; recibiendo las bromas de la gente, no de muy buen talante, y sin verse asaltado una sola vez de la tentación del baile... ¡y, cuidado, que le hubo hasta de tambor, que es cuanto puede pedirse de estimulante y provocativo!

Por más que registró con los ojos todos los rincones de la romería, no vió á Bastián en ninguno de ellos. Resueltamente era ya cosa muerta su enemigo, en lo tocante á pretender á Tasia.

Decidióse á pedirla al otro día; pero supo al ir á ponerlo en ejecución, que su padre había ido al monte. Bajó de él ya muy tarde, y según noticias, no de muy buen humor, por haber _mosqueado_ los bueyes con los tábanos, _entornado_ el carro y rótosele á la pértiga dos _trichorias_ y el _cabezón_. Aplazó el asunto hasta el día siguiente.

En el cual, como el lector sabe, desde muy temprano comenzó á hablarse en Valdecines del hombre muerto hallado en la hoz. Súpose luégo quién era, y Macabeo se consternó. Averiguó después que el pedáneo había traído una carta, encontrada en el bolsillo del difunto, para Águeda, y estuvo á pique de desmayarse. Corrió á la casa con las pocas fuerzas que le quedaban, á preguntar si le necesitaban para alguna cosa, y dijéronle que no. Quedóse, por lo que pudiera ocurrir, arrimado á la portalada; y allí supo que don Sotero se había puesto muy malo. No se lo tomara Dios en cuenta; pero se alegró con el suceso. Media hora después, y viendo que no le necesitaban en casa de sus señores, internóse en el lugar á caza de noticias, y oyó tocar á muerto. Pasaba don Lesmes muy cerca de él á la sazón, y preguntóle por quién tocaban.

--Por don Sotero Barredera --contestó el cirujano--. ¡El _paralís_ le agarró de firme! Dos horas he estado bregando con él, y como si bregara con una peña. Hace diez minutos que fué á dar á Dios cuenta de sus obras.

--¡Buena estará esa cuenta, caráspitis! --dijo Macabeo llevando hasta la boca sus manos entrelazadas.

--¡Buena de veras! --replicó don Lesmes, guiñando un ojo--. ¡Te digo que éste es día de órdago y quince á la mayor! ¡Ni piernas tengo ya que me lleven, con la faena que traigo desde que amaneció, Macabeo! ¡Y Dios quiera que con lo visto acabemos hoy! ¡Esta condenada secura de tantos días acá, tenía que dar sus frutos!

Y como Macabeo no le escuchaba ya, marchóse el cirujano. Y Macabeo no le escuchaba porque se había puesto á cavilar que la muerte de don Sotero, por más de una razón, podía influir mucho en las miras de Bastián y en los pareceres de Tasia.

--De todos modos --se dijo Macabeo--, á seguro llevan preso; y ahora que está el zorro metido en la cueva, salvemos la gallina.

Y enderezó sus pasos resueltos á casa de Tasia. Entró sin llamar hasta la cocina, alumbrada por la escasa luz que penetraba por la ventana que abría al portal. Sueño le pareció lo que veía; pero no tardó en convencerse de que era pura realidad: allí estaba Bastián en medio de la familia de Tasia, leyendo unos papelones, cuyo contenido causaba el más regocijado asombro en los oyentes.

--¡Á lo que vengo, vengo, Tasia! --dijo Macabeo, anunciando su llegada con estas palabras y un gesto de hiel y vinagre.

--Pues tú dirás á qué vienes --respondió Tasia, volviendo la cara muy desabrida y no poniéndosela su padre más risueña.

Bastián perdió un tantico el color al verse tan cerca de Macabeo; pero estaba bien protegido entonces, y esta reflexión le tranquilizó.

--Si lo ofrecido es deuda, algo me debes, ¡caráspitis! --añadió Macabeo--, y eso es lo que vengo á buscar.

Tasia, muy serena, preguntóle:

--¿Qué te he ofrecido yo, Macabeo?

--¿Qué me dijiste al despedirte de mí la última vez que hablamos juntos? --preguntó á la moza el preguntado--. Venir acá me mandastes.

--¿Díjete, por si acaso, lo que habían de responderte cuando llamaras á la puerta? Además, que de días á días, van muchas horas; y bien sabes tú que en cada hora mudan los pensamientos.

--De veleta floja fueron siempre los tuyos, ¡caráspitis!...

Alzóse en esto el padre con el papel que cogió de las manos á Bastián, y dijo así, mostrándosele á Macabeo:

--Ni entro ni salgo, ni tan siquiera sé por ónde van esos aires con que andáis ahí sopla que sopla; pero mira en este papel una pizca de lo que el señor ofrece á Tasia.

--El señor --respondió Macabeo señalando á Bastián-- haría mejor en dejar ese papel en el arcón en que estaba, siquiera por bien parecer, hasta que la tierra tapara al que apandó tantos caudales... sabe Dios cómo; y bueno fuera también, caráspitis, que antes de ofrecer esas grandezas supiera si eran suyas.

--¡Y mucho que lo son, Dios! --se atrevió á afirmar Bastián.

--Tocante á eso --añadió el padre de Tasia, tomando otros papelotes que le alargó Bastián--, aquí está el testamento que lo reza todo... y mucho más. Has de saberte que Bastián resulta, por estos ites y consonantes, hijo del finado y su heredero único.