Part 2
--¡Caráspitis, que no dice usté lo que siente! El mal te pese, que el bien nunca estorba á los ojos de Dios. Con más ó menos recua, arrieros somos todos, que en el mundo nos encontramos; y el bien que aquí se nos cae de la mano porque no nos hace falta, á lo mejor florece donde nos viene de perlas... Pues á lo que le iba, y usté perdone. Escrita la carta, faltaba traérsela á usté. Los buenos andadores no abundan en el pueblo; la nube asomaba por la cumbre de los Milanos... ¡mala señal! el trueno no podía faltar; la noche había cerrado... Pero ¡qué caráspitis! los hombres son para las ocasiones: soy de buen andar, conozco la hoz como si la hubiera parido; con un farol y un palo, lo mesmo es para mí el día que la noche; y por último, la caridá es caridá, y si está de Dios que me ha de matar un rayo, igual me ha de caer encima metido en casa que andando á la santimperie... Y ¡caráspitis! vivos estamos á la presente, y con el recado á medio hacer.
--Cuando yo te decía, Macabeo, que eres todo un valiente...
--Hombre, tanto como valiente, no digamos; pero leal y agradecido al pan, ya es otra cosa.
--Por las trazas, ¿eres sirviente de esas señoras?
--Punto menos que si lo fuera. Mi padre y mi madre de su pan comían, porque sus tierras trabajaban; y yo, al amparo de ellos, no salía de aquella casa. Muriéronse los buenos de Dios, y la plaza de entrambos la ocupo yo solo.
--¿Qué familia tienes?
--Ni padre ni madre, ni perruco que me ladre.
--Pero tendrás quien te ayude...
--Naide. Soy Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.
--¿Viudo, acaso?
--¡Calle usté, señor! soy mozo soltero.
--Vamos, no te hace gracia el matrimonio.
--Lo que es relative á eso, bien me gusta. ¡Caráspitis si me gusta!
--Entonces, ¿para cuándo lo dejas?
--¿Pues qué edá me echa usté?
--Á juzgar por las trazas, más de treinta y cinco.
--Cumplílos por febrero.
--¿De qué año?
--Del que corre, señor; pues ¿de qué otro?... Y sépase que en lo tocante á proporciones, así las he tenido, sin alabanza.
Y esto lo decía Macabeo apiñando los dedos de ambas manos, no sin riesgo de soltar el palo y el farol.
--No lo dudo --dijo el caballero, á quien hacían suma gracia las genialidades del espolique--; basta con verte para presumirlo.
--Sólo que --continuó Macabeo--, á quien le dan á escoger, le dan en qué entender... Pero creo que ahora va de veras.
--¡Hola, hola!
--Sí, señor; lo he pensado despacio, y ¡qué caráspitis! sobre que ha de ser. Porque es pura verdá que la soltería da muy malos ratos... ¡malos!
No obteniendo réplica Macabeo á estas palabras, por estar entretenido el caballero en bajarse la capucha del capote sobre la espalda, continuaron en silencio los dos caminantes un buen trecho. De pronto dijo el de á pie, que indudablemente era comunicativo y locuaz por temperamento:
--Hombre, y aunque sea mala pregunta, ¿qué es del señorito don Fernando? No le he visto un año hace.
--Le espero de un momento á otro --respondió el de á caballo, acomodándose mejor sobre la silla; pues, por las trazas, le iba molestando no poco la jornada.
--Córrese que es ya un medicazo como una loma.
--Dicen que no lo entiende del todo mal.
--Ya ve usté... el que sale á los suyos...
--¡Adulador!... Y ¿de qué le conoces tú?
--Pues de verle por allá muy á menudo. En eso tiene mejor gusto que su padre. ¡Caráspitis! aunque me diera usté todo lo que tiene, no me pasaba yo la vida, como usté se la pasa, metido en aquel palación, solo que solo, á más de media legua de toda persona humana.
--Amigo Macabeo, nada hay que estorbe tanto como la gente desde que se habitúa uno á la soledad.
--Podrá ser, porque usté lo asegura y al consonante obra; pero no alcanzo á entenderlo... ¡Ea! ya estamos afuera. ¡Gracias á Dios!... Vea usté el río: adentro queriéndose tragar al mundo mientras diluviaba, y aquí le cabe la hacienda en una escudilla... Ahora, por el llano de esta sierra; y á la bajada, Valdecines... Dios quiera que lleguemos á tiempo... ¡Buena señal! Vuélvase un poco á la izquierda, y verá asomar la luna entre nubarrones. Se acabó la ira de Dios por esta noche. ¡Caráspitis! crea usté que si no fuera por el clavo que llevo en el corazón, echaba ahora mismo una relinchada que hacía saltar de la cama á todas las mozas del valle.
--¡Y todavía me negarás que tenías miedo en la hoz!
--¿Por lo del relincho al salir de ella? Cá, señor: esas ganas me entran á mí siempre que vuelvo á ver á mi pueblo, aunque haga dos horas que falto de él. Pequeñuco y escaso de borona es; pero el demonio me lleve si no me parece el mejor de la Montaña. ¡Qué campanas las suyas! ¿Pues en lo relative á mozas?... ¡Caráspitis, caráspitis!... Ya verá usté qué verbena de San Juan tenemos... Digo, si no se malogra con la pesadumbre que barrunto.
Mientras hablaba de esta suerte el excelente Macabeo, los dos caminantes atravesaban el llano de la sierra, dejando casi á la espalda la mole de la cordillera, por una de cuyas vértebras, partida por el río, acababan de salir. Los pesados nubarrones comenzaban á disgregarse, y dejaban al descubierto fajas de transparente azul, sobre el que titilaba la luz de algunas estrellas; aprovechábase la luna de las mismas ventanas para lanzar por ellas tal cual rayo mortecino; y aunque no muy distintos, se dibujaban en el brumoso horizonte los contornos de los montes lejanos. Hasta entonces, desde que entraron en la hoz, nuestros caminantes no habían visto otra porción del mundo que el pedazo de senda, mal alumbrado por el farol de Macabeo.
Andando, andando, atravesaron la sierra; y como el cielo se iba despejando por instantes, la luna alumbró de lleno el extenso paisaje que desde aquella altura se descubría. Como detalle de él, apareció Valdecines á la bajada de la sierra, con sus casitas diseminadas y medio ocultas entre huertos y arboledas.
--Allí es --dijo Macabeo señalando con el palo á la más grande de todas, y la única en que se veía la luz por las ventanas.
--¡Ya era hora! --respondió el de á caballo.
Y ambos comenzaron á bajar el suave recuesto que los separaba del lugar.
Pisado habían apenas los morrillos de sus callejones, cuando un perro, habiéndolos olfateado, latió como si le robaran las _cerojas_ á su amo; otro respondió en el acto al grito de alarma con más recios ladridos; y otro y otro, y otros cien, en otros tantos rincones del lugar, se unieron al vocerío; y armaron tal baraúnda y alboroto, que el señor de á caballo no las tuvo todas consigo.
--No hay cuidado --díjole Macabeo--. Son moros de paz y amigos que nos saludan. Esto sucede cada noche con cada mosca que se mueve en el pueblo.
--Si están amarrados, menos mal.
--Lo que están es muertos de hambre; y eso es lo que les quita el sueño.
--¿Y por qué están muertos de hambre?
--Porque no comen, señor.
--Ya lo supongo; pero ¿por qué no comen?
--Porque no lo hay en casa.
--¿Cómo viven entonces?
--De lo poco que roban en la del vecino... Pues, señor, ya estamos acá... Ahora falta que el reventón aproveche. ¡Caráspitis! de pensar lo más malo, me tiemblan las choquezuelas.
Estaban ambos personajes delante de los portones de una ancha corralada, ó, hablando en puro montañés, delante de una portalada.
Llamó Macabeo con el palo, y abriéronla al punto por dentro.
--Santas y buenas --dijo Macabeo entrando en el corral, mientras el caballero hacía otro tanto sin apearse ni chistar.
Preguntó el primero si había ocurrido alguna novedad particular desde que él faltaba del pueblo; dijéronle que no, y corrió á tener el estribo al de á caballo, que se estaba apeando ya junto al grueso poste del ancho y primorosamente encachado portalón.
Abrióse al mismo tiempo la puerta del _estragal_, que es el vestíbulo de las casas montañesas, y salió á alumbrar al recién venido una mocetona bien aliñada. Despojóse entonces el caballero del capote y de las polainas, que Macabeo recogió por de pronto, y siguió á la moza escalera arriba. En el último descanso de ella le esperaba, con otra luz en la mano, un sujeto de no buena catadura. Era ya viejo, corto de talla, cargado de hombros y vestido de negro.
--Por aquí --dijo con voz desagradable al recién llegado, sin alzar la enorme cabeza, y poniendo la palma de la mano entre la luz y su cara medio compungida y medio soñolienta.
El forastero le siguió á lo largo de un pasadizo, después de quitarse de la cabeza el casquete con que la había traído cubierta, para que no le molestara durante el viaje la capucha del impermeable.
Representaba el tantas veces mencionado personaje, sesenta años; y era alto y fornido, y muy calvo, con la barba entrecana, pero fuerte y espesa; tenía el cutis moreno, la mirada sagaz y penetrante, las facciones regulares y bien delineadas, y la expresión general de su fisonomía era risueña, aunque á la manera volteriana.
Después de atravesar un espacioso salón, le introdujeron en un gabinete, á cuya puerta apareció un señor bastante entrado en edad, enjuto, con patilla casi blanca, corrida por debajo de la papada; un poco chato, tierno de ojos, largo de orejas, muy angosto de frente y recio de pelo. Hizo una exagerada reverencia al recién llegado, y le preguntó:
--¿Tengo el honor de saludar al ilustre doctor Peñarrubia, gloria de la ciencia?...
--Soy, en efecto, el doctor Peñarrubia, y muy servidor de usted --respondió éste, con ánimo bien notorio de rechazar el sahumerio que el otro quería darle.
El de los ojos tiernos le tendió la diestra, diciendo:
--Lesmes Torunda, facultativo titular del pueblo.
--Muy señor mío --dijo el llamado Peñarrubia, estrechando la mano que se le tendía.
--¿Quiere usted --añadió don Lesmes--, descansar un ratito, ó hablar conmigo antes de?...
--Lo primero es lo primero --contestó el doctor--. Después me tomaré la libertad de pedir una cena y un lecho.
--Á todo se proveerá, insigne doctor --replicó don Lesmes--, que encargado estoy de hacerlo así.
--Pues adelante entonces.
Y juntos atravesaron el gabinete. Alumbraba á éste la luz de una bujía con pantalla, á cuya sombra dormía una niña como de ocho ó nueve años, apoyando la cabeza en sus brazos entrelazados, y éstos en lo alto del respaldo de la misma silla en que estaba sentada. Cogió don Lesmes la bujía, después de quitada la pantalla, y entró en la alcoba seguido de nuestro personaje, de quien ya sabemos que se apellidaba Peñarrubia, y tenía por mote _Pateta_; y habrá presumido el lector, por torpe que sea, que era médico y que como tal era llamado á aquella casa.
Pero de este asunto y de otros con él muy enlazados, hablaremos en el capítulo siguiente.
[Ilustración]
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II
LA COMISIÓN DEL DOCTOR
El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes, era poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque, á la sazón, alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo, con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises, desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire á los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado.
Sentada junto á la cabecera de la cama, estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo; con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta á los menores movimientos de su cuerpo.
Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde lejos se daban á conocer por lo subido de sus olores; y entre los jaropes, un reló de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía.
Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don Lesmes se la presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte, y hombre de buena sociedad.
Dióse comienzo á la inspección facultativa, que fué detenida y minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto á aquel lecho, que era casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno, los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no poder hacerlo la enferma, respondían á sus preguntas.
No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas investigaciones facultativas; porque ni son del caso, ni yo entiendo jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él corresponde á la figura de don Lesmes.
El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don Lesmes, como si no supiera qué iba á pasar allí, miraba de reojo la operación y el tubo.
Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del mercurio,
--Vea usted --dijo á don Lesmes poniéndole el aparato delante de la cara.
--Ya, ya... ya veo --respondió don Lesmes sin saber qué mirar en aquello que le parecía un alfiletero grande.
--¡Cuarenta y uno! --añadió el doctor en voz baja.
--Justos y cabales --repuso el otro por responder algo; pues, como no sabía de qué se trataba, lo mismo eran para él cuarenta y uno que cuarenta mil.
Después examinó el doctor los jaropes que había sobre la mesa, arrimando la nariz á todos ellos.
--Sin perjuicio --dijo á don Lesmes, sacando al mismo tiempo un lapicero y un papel de su cartera--, de lo que luégo acordemos los dos, conviene que inmediatamente se traiga el medicamento que voy á disponer.
Y escribió una fórmula en que entraba el almizcle como base.
Águeda recogió el papel escrito; pero no se atrevió á preguntar al médico una palabra acerca del estado de su madre. ¡Demasiado decían á su corazón la reserva del uno y la creciente postración de la otra!
--Cuando usted guste --dijo Peñarrubia á don Lesmes.
--Estoy á sus órdenes, ilustre doctor --respondió don Lesmes haciendo una reverencia.
Salieron de la alcoba. La niña seguía durmiendo profundamente; don Lesmes colocó la bujía en la mesa de donde la había tomado, y volvió á cubrir la luz con la pantalla. Entonces se fijó en un nuevo personaje que había en escena: el cura.
Junto á la puerta que daba á la sala, y con otra luz en la mano, estaba ya esperando á los médicos el hombre vestido de negro.
--Tengan ustedes la bondad de seguirme --les dijo.
Y siguiéndole, volvieron á atravesar la sala y entraron en un gabinete frontero al que acababan de dejar. El hombre gordo y vestido de negro puso la luz sobre una mesa con tapete y recado de escribir; arrimó á ella dos sillones, uno enfrente de otro, y dijo con la cabeza gacha y las manos cruzadas sobre la oronda barriga:
--¿Tienen ustedes algo que ordenarme?
--Que nos deje usted solos --contestó Peñarrubia, sin poder disimular lo antipático que le era aquel personaje.
Entre tanto, don Lesmes no cabía en su vestido. La idea de que iba á verse mano á mano con una de las celebridades médicas de la época, le espantaba; pero, al propio tiempo, considerando que nadie podía robarle la gloria de haberse hallado en consulta con autoridad de tanta resonancia, el alma se le mecía en un golfo de vanidad. Y así le entraban unos trasudores y unos hormigueos que no le dejaban sosegar.
Conoció el doctor algo de lo que le pasaba, y le brindó á que se sentara el primero. No lo consintió don Lesmes. Hízolo el otro con suelto desenfado; y habló de esta suerte, mientras don Lesmes buscaba en su sillón una postura que, sin dejar de ser majestuosa y solemne, fuera elegante y descuidada:
--Sería conveniente que me diera usted algunas noticias de la enferma.
--Como si la hubiera parido, señor doctor --se apresuró á replicar don Lesmes. Acomodóse de nuevo en el sillón, carraspeando mucho, y habló así--: Yo soy de Vitigudino, á once leguas de Salamanca, aunque le parezca mentira...
--¡Hombre!... ¡de ningún modo! --le interrumpió el doctor alegremente.
--Dígolo --rectificó don Lesmes--, porque me ve tan lejos de mi patria. Siendo de Vitigudino, tomé el título el año veintisiete; el veintiocho casé con una joven, parienta inmediata de los Veganzones de Cantalejo, á quienes acaso usted haya oído nombrar... porque son gente de viso... El treinta me hallaba desacomodado y con ánimos de revalidarme, para lo cual hice algunos estudios privados...
--¡Cómo que revalidarse? --preguntó el doctor, entre impaciente y curioso de oir á aquel notable personaje--. ¿No tomó usted el título el año veintisiete?
--Mucho que sí; pero yo aspiraba á licenciarme en medicina.
--Vamos, ya caigo. Es usted cirujano á secas.
--Esa es la palabra, señor doctor... salvo siempre los estudios privados de que he tenido el honor de hablarle... Pues, como iba diciendo, el año treinta me hallaba desocupado; vacó este partido, según pude ver en los anuncios; le pretendí y me le dieron. Desde entonces vengo asistiendo á este vecindario, señor doctor... Digo, ¿conoceré yo la naturaleza de estas gentes? Que entré en esta casa como en la mía propia, de por sí se entiende. ¡Y qué casa, señor doctor! ¡qué casa! ¡Sepa usted que aquí se apalean los ochentines!
--No lo dudo, señor don Lesmes; pero yo quisiera que habláramos un poquito de la enferma.
--Pues á ello voy caminando, señor de Peñarrubia, si usted tiene la bondad de oirme dos palabras más. Á esa señora que acaba usted de ver en la cama, la conocí yo así de pequeñita: era la única hija que le quedaba á un riquísimo mayorazgo de este pueblo, con fincas en media España, á quien usted estará cansado de oir nombrar... ¡pues ahí son poco sonados los Rubárcenas de Valdecines! Era hombre de saber y muy dado á viajar por el mundo; porque, como he dicho, le sobraba el dinero. En uno de estos viajes, recién llegado yo, llevó consigo á su hija y la puso en un colegio de Francia, en que dicen que había hasta hijas de reyes. La niña Marta era lista como la pimienta, y por su aire y su corte parecía que estaba pidiendo aquellos pulimentos de enseñanza. Por cansar menos, diré que cuando al cabo de los años volvió á la tierra, era un sol de buena moza y hablaba lenguas como agua; en lo tocante á pluma y estudios gramaticales, geografía y otros puntos de saber, ¿quién era el guapo que se le ponía delante? Nada le digo á usted de las obras de mano. Eran las suyas moldes de finuras y maravillas.
Que con estas cláusulas tuvo los pretendientes á rebaños, por entendido se calla; pero no era mujer dada á los extremos, y ya tenía veinticinco años cuando se decidió por un caballero, rico también y buen mozo si los había. Este tal caballero, don Dámaso Quincevillas, era de Treshigares, pueblo de lo último de la Montaña, donde empieza á nevar en septiembre y no lo deja hasta San Juan.
Un año después de casada doña Marta, murió su padre de una apoplegía; y como don Dámaso, al casarse, ya era huérfano, cátese usted que el matrimonio reunió un mar de riqueza, en fincas y sonante.
De este matrimonio nació primeramente Águeda, que es la joven que usted ha visto á la cabecera de la cama... El vivo retrato de su madre, señor doctor, en lo despierta, y un ángel de Dios en la figura y en los sentimientos. En hora conveniente tratóse de dar á la niña educación al consonante de sus talentos y posibles; pero doña Marta, que estaba entusiasmada con aquella criatura, opinó que el mejor colegio para una niña es una buena madre; y cátala cogiendo, como quien dice, con una mano, cuanto había aprendido en Francia con maestros y en su casa con la experiencia de los años, y pasándolo á su hija, que lo recibe sin perder miga, ni más ni menos que si para ella lo hubiera estudiado quien se lo enseñaba.
Vino después al mundo otra niña, que es la que dormía en el gabinete cerca de la luz que yo cogí; y doña Marta comenzó á educarla lo mismo que á Águeda... Y aquí empieza á nublarse la buena estrella. Un día me llamaron muy de prisa. Don Dámaso estaba muy malo. Con el afán en que le traía el cercado de esa gran posesión que rodea la casa, obra que había emprendido al asomar el verano, cogió una insolación; no la hizo caso; otro día se mojó los pies; resultóle un ataque cerebral... y se murió. En aquella hora puede decirse que murió también la mitad de su señora, que adoraba en él. Hasta entonces había sido alegre y risueña como unas pascuas, y fuerte como una encina; desde entonces se hizo triste y cavilosa, y quebradiza de salud. Fuése dejando poco á poco de las cosas del mundo, ¡y allí fué de ver á su hija cómo se puso al frente de todo, y llenó, hasta con sobras, los huecos de su padre muerto, y de su madre casi, casi! Encargóse, por de pronto, de la educación de su hermana; y ahí la tiene usted, á los nueve años de edad, sabiendo poco menos que su maestra. ¡Pasma, señor de Peñarrubia, el don de esa muchacha para hacer milagros de gobierno y enseñanzas! ¡No se explica uno cómo en una personita de mujer, tan rubia, tan tiernecita y adamada, caben tanto saber y tanto juicio!
--¿De manera --dijo el doctor, á quien iban interesando estos pormenores-- que toda esta familia queda reducida á la señora enferma y sus dos hijas?
--Queda también --repuso don Lesmes-- un hermano del difunto don Dámaso, que no ha estado aquí más que el día de la boda y el del entierro de éste. Se llama don Plácido, y no sale jamás de Treshigares, gastando su patrimonio en la manía de sacar gallinas de muchos colores.
--Pues entonces, ¿quién es ese personaje lúgubre y taciturno que nos alumbra á cada paso que damos?
--Ese --dijo aquí don Lesmes bajando la voz y frunciendo los ojos maliciosamente-- es don Sotero Barredera, mayordomo de la señora, por de pronto.
--¿Por de pronto?... Pues ¿qué otra cosa es?
--Oiga usted, y perdone. Don Sotero fué procurador; y llegó aquí, su pueblo natal, hace algunos años, con un gaznápiro á quien llama sobrino, y otros tienen por hijo ilegítimo. Según lenguas, don Sotero se retiró á comerse lo ganado honradamente; y según otras, porque fueron tales y tan gordas sus demasías ejerciendo el cargo, que le fué imposible la residencia en la capital del partido. Créese que es usurero, porque alguno que le ha necesitado dejó entre sus uñas hasta la camisa. La verdad es, señor doctor, que las trazas no le abonan por rumboso ni caritativo. Tomándole por sus obras que se ven, santo debe de ser; porque, desde que apareció en el pueblo, no sale de la iglesia si no es para entrar aquí.
--¿No me ha dicho usted que doña Marta tenía mucho talento?
--Y lo repito.
--¿Cómo se explica entonces la confianza que ha puesto en ese hombre?
--Porque doña Marta, que siempre fué piadosa, desde que murió su marido llevó la devoción á lo más extremo; y, á mi modo de ver, la claridad de su entendimiento se enturbió bastante en lo relativo á cosas que con su manía se acomodaban. Hízose don Sotero presente en horas oportunas; y como doña Marta le veía confesar cada ocho días, y, en su fe y su bondad, no podía creer que hubiera hombre nacido, de entraña tan perra que fuera capaz de valerse de la Hostia consagrada para engañar al mundo, siendo además listo y advertido el hombre... fué entrando, entrando; y ahí le tiene usted.
--Corriente; pero hasta aquí, no se ve sino al mayordomo: ¿y lo demás?
--Lo demás, señor de Peñarrubia, lo iremos viendo poco á poco. Por de pronto, dícese que en el testamento de la señora...
--¿Luego, ha testado ya?