Part 18
Tal era don Sotero en cuerpo y alma. Réstame añadir que tenía mucho dinero; no enterrado en la huerta ni en la cuadra, ni oculto entre las latas del tejado, como era versión corriente. Sobrábale apego al vil ochavo para no dejar los suyos tan indefensos é improductivos. Teníalos sembrados de modo que le produjeran buena y segura cosecha todos los años, y con un repuesto siempre disponible y á mano, aunque no en su casa, para sacar de apuros á un necesitado... con su cuenta y razón.
Excuso decir que este caudal era el fruto de sus rapiñas é iniquidades, desde que tuvo uso de razón.
--Pero, señor --decían las gentes de Valdecines que le miraban por el lado malo--: yo comprendo que la señora doña Marta, con las penas que la afligen, no caiga en lo pícaro que es ese hombre; pero el señor cura, tan listo, tan santo y con tanta experiencia, ¿cómo se deja engañar de él?
Á lo cual respondo yo que el cura de Valdecines no se dejaba engañar de don Sotero. Sospechaba que era un hipócrita siempre, y un sacrílego cada vez que comulgaba; pero esta sospecha no era bastante para echarle del confesonario cuando se arrimaba á él, lo menos una vez cada semana, ni de la iglesia todos los días, cuando en ella estaba reza que te reza y canta que te canta. Hincábase don Sotero delante del bondadoso párroco para acusarse de haber escupido en el templo sin necesidad, ó de haberse distraído dos veces rezando el rosario, ó de haber mordido un arenque después de comer un torrezno, sin acordarse de que en aquel día no era lícito promiscuar, ó de otras pequeñeces semejantes; y aunque el cura, sospechando lo muy gordo que el penitente se callaba, se entretenía un cuarto de hora en hablar del sacrilegio que cometen los que se acercan al comulgatorio con la conciencia impura, y del horrendo castigo que aguarda en la otra vida á los que en ésta tratan de engañar al mundo con un falso temor de Dios, el gazmoño bajaba la cabeza como si le escandalizara el peso de las ajenas culpas, y se iba á comulgar tan fresco y despreocupado. ¿Qué hacer con un pillo así? Ó matarle ó dejarle. Y el cura de Valdecines le dejaba, hasta el punto de no acordarse de él sino para pedir á Dios que le hiciera bueno, si sus sospechas de que no lo era no le engañaban.
Si en Valdecines hubiera habido _sectas_, ó siquiera _partidos_, ¡qué horrores se hubieran dicho de la comunión á que don Sotero parecía afiliado con tanto fervor!... porque el lector no ignora que en el mundo andan las cosas así.
En la mala fe de las disputas, tanto da el oro bruñido como la telaraña que sobre él cayó por casualidad. ¡Cuánto más á gusto y en paz viviríamos si cada cual se entretuviese en limpiar de telarañas el oro de sus devociones, en lugar de llamar al oro del vecino montón de telarañas, porque en él hay una que le ensucia!
Por lo que á mí hace, no dirá el lector que no predico con el ejemplo. Otro tanto sucedía en Valdecines, donde no se conocían los _partidos_ ni las _sectas_ á que he aludido. Los que tenían á don Sotero por un bribón, gloriábanse de señalarle como herrumbre del puro metal á que se había adherido, y jamás confundieron la una con el otro.
Continuando la interrumpida historia, digo que desde lugar conveniente pudo observar el muy tunante que el atentado por él dispuesto con diabólica astucia, no tuvo los testigos que se imaginó, porque en la barriada no quedó alma viviente que no fuera á la verbena. En cambio, vió llegar á don Plácido y á Macabeo, y subir á éste por el breval y los tejados contiguos á su casa, y salir de ella á las prisioneras bien escoltadas. La ira le embraveció entonces; y hay quien asegura que la desahogó sobre Bastián, á quien halló roncando en el sitio en que nosotros le dejamos tendido. ¡Como si el pedazo de bestia no hubiera extraído hasta la quinta esencia de la _moral_ que cabía en el caso que el _moralista_ le había pintado con tan vivos colores!
Lo que no dejó lugar á dudas fué que, puesto á considerar las consecuencias que el lance podía tener para él en casa de los Rubárcenas, se encogió de hombros y dijo, poseído de la mayor confianza en su serenidad y en sus recursos:
--Mañana nos veremos. ¡Lo que deploro --añadió, echando una mirada triste por suelos y paredes-- es el gasto ocioso hecho en la jaula en obsequio á esos pájaros que se me han escapado de ella sin dejar siquiera las plumas entre los hierros!
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XXV
DON PLÁCIDO
No podía darse hombre más insignificante, en la apariencia, que don Plácido Quincevillas. No había en toda su persona un solo rasgo digno de llamar la atención de nadie. Pertenecía al grupo innumerable de esos individuos con los cuales se codea uno toda la vida en la calle y en los paseos públicos, que nunca van á la moda, se asemejan á todo el mundo, y á quienes jamás llegamos á conocer, por no tomarnos la molestia de preguntar cómo se llaman. Ni en verano se aligeran de ropa, ni en invierno se abrigan con exceso. Parece que nunca cambian de traje, y siempre le tienen en buen uso; andan sin apresurarse, y pisan sin hacer ruido con los pies; nadie los ha conocido jóvenes, ni alcanza, por mucho que viva, á verlos enteramente viejos; siempre han sido y nunca dejan de ser _señores formales_; tienen bastante buena conversación, pero jamás hablan de cosa que valga dos cominos; son frugales en la comida, gozan de buena salud... y algunos de buena renta, cuyas tres cuartas partes ahorran, no por codicia, sino por falta de necesidades... y pare usted de contar. De estos últimos era don Plácido. Y es todo cuanto tengo que decir de su carácter y figura. En cuanto á sus aficiones y entretenimientos, ya sabemos por don Lesmes que estaban reducidos á la cría de las gallinas y estudiar sin descanso el modo de obtenerlas de muchos colores.
Con lo que le dijo Macabeo en Treshigares y andando el camino de Treshigares á Valdecines, y lo que sabía por la carta de Águeda, y lo que le refirió ésta tan pronto como se vió en su casa después de salir de la de don Sotero, en la cual ocasión también le hizo enterarse detenidamente de las consabidas cláusulas testamentarias, llegó á conocer al buen ex-procurador tan á fondo como le conocemos el lector y yo; tanto, que en un arrebato de indignación de que se vió poseído al referirle su sobrina los pormenores del secuestro, sin ocultarle el gran conflicto de su alma, arrebato que le llenó de asombro porque jamás se había indignado sino contra la desgracia que le hacía perder algunas veces las echaduras de mejores esperanzas, se creyó capaz de hacer una hombrada con don Sotero en cuanto le viera al alcance de su mano.
Habiendo preguntado Águeda cómo se obró el milagro de que tan á punto entrara Macabeo por la ventana de la casa de don Sotero, dijo así don Plácido:
--¡El demonio del hombre es una alhaja! Entramos en Valdecines haciendo un gran rodeo por no topar con la bulla de la hoguera, aunque yo jurara que por venir á tiempo á ella andaba Macabeo hasta cansar á mi cabalgadura, y llegamos á esta casa. ¡Juzga de nuestro asombro cuando supimos que horas antes os había sacado de ella ese bribón! La noticia que nos dieron tus criados de que habíais ido á pasar allí la noche por estar más lejos del ruido de la fiesta, sólo sirvió para aumentar nuestros recelos. Corrimos desalados á esa maldecida casa; y cuando estábamos debajo de su balcón, te oímos pedir socorro. Nos lanzamos á la puerta... Estaba cerrada por dentro. Llamamos en las casas de los vecinos. Cerradas también, y en silencio... Todo el mundo estaba en la hoguera. Entonces Macabeo ideó el recurso de trepar por el breval al tejado contiguo; de éste á otro un poco más alto, y, por último, al balcón... Lo demás ya lo sabes tú.
¡Y tan sabido como lo tenía Águeda! ¡Y tan agarrado á la memoria y al corazón, como espinas de hierro, que á la vez la enloquecían de espanto y la mataban de dolor y de vergüenza! ¿Quién era capaz de detener en sus justos límites la murmuración de la gente cuando el suceso se divulgase! Y ¿cómo andaría su honra entre tantas lenguas, si hasta para defenderla las más compasivas tenían que mancharla!
Comprendió don Plácido, al ver las impresiones que se pintaban en el rostro de su sobrina, que no era cuerdo tratar más del asunto, y mudó de conversación; pero ninguna conseguía sacar á Águeda de sus imaginaciones. Se habló poco y se cenó mucho menos. Recogiéronse todos, y ¡vaya usted á saber quién de ellos fué bastante afortunado que mereciera las caricias y consuelos de ese brujo de la noche, que no se los niega ni al mísero pordiosero que se tiende sobre sus andrajos en el abandonado rincón de una pocilga!
Al día siguiente, mientras las campanas repicaban á fiesta y el pueblo se echaba á la calle con los trapitos de cristianar, y Macabeo se tiraba de las greñas después de haber contado los ramos que las pícaras mozas pusieron en sus heredades sin sallar, desayunábanse don Plácido y sus sobrinas: Pilar, como si nada hubiera ocurrido, pues el bienestar presente la hacía olvidar los sustos pasados; Águeda, trémula todavía y espantada, parecía haber envejecido diez años en pocas horas. Don Plácido la miraba á menudo de soslayo, y hasta hubiera jurado que blanqueaban sus antes rubios y dorados cabellos. Dábale pena la luz de aquellos ojos, que sólo servía para alumbrar los surcos del dolor impresos en cara tan hermosa, y no sabía cómo encauzar la conversación para distraer un poco á su sobrina y hacerla sonreir. Al último, y por probar de todo, dijo así:
--En cuanto á la razón de que, falto de noticias directas tuyas, no me llegaran por otro conducto en tantos días las referentes al triste suceso que se ha hecho público en toda la provincia por la importancia y calidad de persona tan visible como tu difunta madre, has de saber que se explica muy fácilmente. Por aquel entonces acababa yo de hacer la quinta experiencia, no más feliz que las otras cuatro, de cruzar la casta _padua_ con la _cochinchina_, de tal modo y con precauciones tales, que me diera una nueva especie de siete moños rojos, dos charreteras amarillas y calzas de color de lagarto, cuando me dicen que el ejemplar que yo busco con tanto empeño le tiene el cura de Caminucos. Para llegar á Caminucos, que está peñas arriba, necesitaba yo, á un buen andar, dos días desde Treshigares; pero el asunto valía bien ese mal rato, y púseme en viaje. Hala, hala, y sube que te sube, aquí cayendo y allí resbalando, llego á Caminucos, doy con el cura, cuéntole el caso y háceseme de nuevas. ¡Todo su gallinero no valía cinco reales en buena venta! Por único regalo tenía dos _quiquiriquís_ habaneros que le había enviado un sobrino indiano la primavera pasada, y ya le habían dado cincuenta disgustos revolviendo todas las gallinas del lugar y robando el grano hasta del arcón de los vecinos. Yo tuve esa casta, por tener de todo, y me deshice de ella si quise vivir en paz con los míos. Pues, señor, díceme el cura que quien debe de tener algo de lo que yo busco, es el escribano de Pindiales. Otros dos días de viaje, siempre subiendo. Pero las cosas ó se hacen en regla ó no se hacen. Así me dije, y emprendí la marcha; y sábete que en aquellas alturas ya no había hondonada sin su tortillón de nieve, más dura que una peña. Al fin, llego á Pindiales y veo al escribano. Hínchase el hombre de vanidad, como un pavo cebado, al saber el intento que yo llevaba; condúceme al corral con mucho misterio, ¿y qué crees que me enseña como cosa del otro jueves? Pues una _papujona_ de la casta chica, de las que yo no quiero en mi casa porque las hay á patadas en toda la provincia. ¿Cómo habían de tener el escribano de Pindiales ni el cura de Caminucos ni el lucero del alba, casta que no había podido sacar yo! Esta reflexión me consoló un poco de lo infructuoso del viaje, y volvíme á Treshigares. En resumen, hija mía: entre idas, vueltas y descansos, pasé fuera de mi casa semana y media bien cumplida. Nadie se había movido de aquel pueblo, ni nadie había entrado en él en todo ese tiempo... ni siquiera el cartero de la comarca; pues no trayendo cartas para mí, única persona que allí escribe alguna vez, y sabiendo que me hallaba ausente, ¿á qué perder tiempo en aquella parada? Dos días después llegó Macabeo; dióme tu carta; añadió de palabra cuanto yo necesitaba saber; y sin echar siquiera un vistazo al gallinero, aunque dejándole bien recomendado, pusímonos en camino de este pueblo, y...
Aquí llegaba don Plácido con su relato, cuando le anunciaron que don Sotero deseaba hablar con él.
Águeda tembló de pies á cabeza al saber que se hallaba tan cerca del hombre que más terror y más repugnancia le infundía en el mundo, y huyó del comedor. Pilar salió tras ella, agarrándose á la falda de su vestido.
El solterón de Treshigares sintió que la sangre le hervía en las venas; que los dedos se le crispaban solos, y que la ira le ponía de punta los no muy abundantes cabellos de color de castaña.
--¡Que pase! --dijo, dominándose cuanto pudo.
Entró don Sotero con los resobeos, suavidades y reverencias de costumbre; y díjole don Plácido con una valentía inconcebible en hombre tan frío é indiferente á todo cuanto no fuera gallinas y modo mejor de criarlas:
--¡Usted es un infame, un hipócrita... un pillo redomado!
Don Sotero aguantó la descarga sobre el cogote, pues tan humillada tenía la cabeza, y quiso conjurar la tormenta con su táctica habitual de mansedumbre; pero don Plácido, más indignado cuanto más el otro se humillaba, atajó sus dulces palabras con éstas, que salían de su boca echando chispas:
--¡Mire usted que no soy lo que parezco! ¡Mire usted que cuando me atraganto con gazmoños, no respondo de mí... y que soy muy capaz de arrojarle á usted por el balcón, después de arrancarle á latigazos el pellejo!
El hombrecillo de Treshigares parecía haber crecido medio palmo al decir esto; y don Sotero no dejó de notarlo con el rabillo del ojo. Callóse como un muerto, y añadió don Plácido:
--Va usted á salir inmediatamente de esta casa, que jamás debió deshonrar con su presencia, después de elegir entre la renuncia solemne del cargo que con inicuos amaños obtuvo de la madre de sus inocentes víctimas, ó á dar cuenta de su atentado de anoche á los tribunales de justicia.
Convencido don Sotero de que en aquella ocasión era inútil todo fingimiento, se irguió poco á poco, y respondió con voz firme:
--El punto vale la pena de ser meditado... por mutua conveniencia. No tardará usted en conocer mi resolución.
Hizo una ligera reverencia, y se encaminó á la puerta por donde había entrado.
--Si tarda usted más de cuarenta y ocho horas en decidirse --díjole don Plácido--, saltaré por el único respeto que hoy me impide entregar el asunto al juez de primera instancia.
--Á todos nos conviene ser cautos en ese particular --respondió el pícaro volviendo la cetrina cara. Luégo, se fué.
Una hora después, las campanas volvieron á oirse; y el hinojo tendido alrededor de la iglesia y pisoteado por los chiquillos, que escogían las mejores entre las espadañas esparcidas con él, para hacer pitaderas, se olía desde los últimos rincones del barrio. La procesión iba á salir, y la misa, solemne y regorjeada, comenzaría luégo que el santo, llevado en andas por el alcalde y tres personas de viso, precedido del pendón y seguido del pueblo entero respondiendo _ora pro nobis_ á cada latín del señor cura, volviera á entrar en la iglesia.
Rodeada estaba ésta de vendedoras de rosquillas, caramelos encarnados, perojillos tempranos, cerezas algo tardías, agua de limón y avellanas tostadas. Los chicos andaban oliendo las unas, tentando los otros, regateándolo todo y no comprando nada. En esto se oyeron cohetes por los aires. Las afueras de la iglesia quedaron limpias de gente. Asomó el pendón por la puerta principal; después el santo, bamboleándose en las andas, según el paso de los que le conducían; luégo el cura, de capa pluvial, y la cruz alzada y los monaguillos con sendos ciriales; y, por último, los fieles. Si aquel día hubiera habido danzas, como otros años en igual ocasión, habrían ido entre el pendón y el santo; pero no pudieron arreglarse por no sé qué dificultades surgidas de pronto, y faltó ese detalle, que es la salsa de las grandes festividades montañesas, con harta pesadumbre de propios y colindantes.
Mientras la procesión salía por la puerta principal, entraban en la iglesia por la pequeña don Plácido y sus sobrinas. Águeda, desde el suceso de la víspera, tenía horror á la luz del día y á los ojos de la gente. Por eso había escogido aquel momento para entrar en el templo.
Cuando salió de él dos horas después, tuvo que pasar entre muchos y muy compactos grupos de personas alegres y desocupadas; y aunque no hubo cabeza con sombrero que no se descubriera delante de _los señores_, ni chico ni grande que no les diera los buenos días con el mayor respeto, Águeda se empeñó en que todos los ojos la miraban de distinto modo que otras veces; así se lo dijo en casa á Macabeo, que la había jurado que nadie sabía en el pueblo cosa alguna de lo ocurrido la noche antes. Como insistiera la joven en que tan extrañas miradas algo querían expresar, dijo Macabeo:
--Pues ¡caráspitis! sépalo usté, ya que en ello se empeña. Lo que es cosa corruta de dos días acá, es que el señorito Fernando (que, por la cuenta, fué mal visto de la difunta señora por sus herejías), con el aquél de que usté le mire con buenos ojos, se ha presentado en casa del señor cura á pedir iglesia y catecismo.
--¿Cuándo, Macabeo? --preguntó Águeda con ansia.
--Anteayer, por lo visto.
--¿Estás seguro de ello?
--¡Pues poco rute-rute se ha armado en el pueblo sobre el caso! Y como dicen que usté le ha movido á ello... ó que por usté hace lo que hace...
Águeda, olvidando con la noticia todas las pesadumbres que la abrumaban, y hasta la presencia de Macabeo, exclamó con el rostro bañado en una aureola de felicidad:
--Si la fe llega á iluminarle, ¿qué importa lo demás!... ¡Dios mío!... ¡qué ciego es el que no ve tu misericordia!
No pensó Macabeo limitarse, puesto ya á hablar, á la primera parte de la noticia, pues fué de los contagiados también de la pública indignación contra el hereje, cuando supo lo que había de impostura en la conversión de éste, según la pública voz; pero al ver el efecto causado en su ama por el lado bueno de la noticia, guardóse muy bien de añadirle la contera de las intenciones supuestas y el adorno inventado de los criminales antecedentes del neófito; que dureza de alma le pareció privar de aquel consuelo y alivio, tan baratos, á un corazón tan sin descanso combatido.
Retiróse Águeda pidiendo al cielo nuevas y mayores pesadumbres, si con su martirio llegaba á redimirse el alma de Fernando, y se echó Macabeo á la calle para acabar de saber (pues en los comienzos andaba desde muy temprano) quién era la desalmada moza que había puesto los ramos ignominiosos en sus heredades.
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XXVI
LA GOTA DE AGUA
Dejamos á Fernando en camino de su pueblo, más abatido con el peso de la última inclemencia de Águeda, que ufano con los frutos de su entrevista con el párroco de Valdecines. Según iba profundizándose la herida de su corazón, menos se prometía de los remedios para cicatrizarla. Cada paso que retrocedía, le alejaba una inmensidad del término de su jornada. Condición es ésta que se cumple con rigor extremo en las grandes fatigas del espíritu.
Como ya no era nuestro personaje el hombre de los ímpetus apasionados, hijos de las primeras contrariedades de la vida, sino un desdichado más, sujeto á la cadena de un imposible, iba arrastrándola poco á poco, atento sólo á medir las escasas fuerzas que le quedaban, no á buscar en el desierto de su imaginación un punto donde arrojar la pesada carga, refrescar las sedientas fauces y alentar el fatigado pecho con aguas cristalinas y aires embalsamados.
En tal grado de desaliento llegó á su casa. Continuaba huyendo de su padre; pero éste hallaba modo de observarle desde lejos, y medía con el diestro compás de su experiencia y de su amor los estragos producidos en su alma por la tempestad que la combatía. Rara vez conversaban; y en estos casos el doctor no respondía con chanzonetas á las escasas palabras de su hijo; antes medía y pesaba las suyas, como se pesa y se mide la substancia que así puede dar la vida como quitarla, según la dosis en que se emplee.
Con este tacto consiguió el padre que su hijo le refiriese cuanto acababa de sucederle en Valdecines.
--Ese modo de proceder --dijo el doctor, aludiendo al de Águeda-- te pone en el caso de no volver á llamar á aquellas puertas; pero no quiero decir con esto que desistas de tu empeño de que se te abran.
--No te comprendo --replicó Fernando.
--Yo llamaré y tú entrarás.
--¡Tú!
--Yo, sí, hijo mío. Y cuenta que días há lo hubiera hecho, si tú hubieras sido capaz de comprender la importancia de este acto, en el frenesí de tu pasión. Ahora que la veo más en reposo, te lo propongo. ¡Déjame llamar á aquella puerta, cerrada para tí! ¡Soy viejo, soy tu padre; hablaré sin pasión y con verdad; disputaré tu terreno palmo á palmo; y si no hay otro remedio, imploraré de rodillas la compasión del enemigo invencible; y lo que no consigan mis razones, lo alcanzarán mis canas!
Conmovíase el doctor al decir esto; y aunque trató de ocultarlo con la fuerza de su carácter, lo observó Fernando, y más bien por respeto á la pesadumbre que la emoción revelaba, que por confianza en el fruto del indicado propósito, respondió á su padre, después de reflexionar unos momentos:
--Hazlo en buen hora; pero déjame ver antes qué resultado me da la entrevista que debo tener mañana con ese humilde cura, cuya discreción excede á todo encarecimiento.
Al otro día sintió Fernando el cuerpo perezoso y quebrantado; se acordó del compromiso empeñado con el cura de Valdecines; pero la serenidad de su razón, después del breve sueño de la noche, le hizo ver la última repulsa de Águeda con tan sombríos colores, que apartó con espanto su consideración de aquel camino tantas veces y bajo tan diversas impresiones por él recorrido. Permaneció en la cama hasta muy entrado el día; y cuando horas después le halló su padre discurriendo maquinalmente por las arboledas del parque, se asombró de la profundidad que habían adquirido en su cara, en una sola noche, las huellas de aquel dolor sin consuelo.
Siguió el tiempo su inalterable marcha, y amaneció otro día, y Fernando oyó que las campanas de Perojales repicaban á fiesta. Esto le hizo recordar que en Valdecines se celebraba con gran solemnidad, por ser la del santo patrono del pueblo; juzgó la ocasión poco adecuada al objeto de su prometida visita al cura, y la aplazó hasta el día siguiente. Cuando el término de una jornada es obscuro y remoto, ¡qué grandes nos parecen los más pequeños estorbos del camino!
Al fin tomó Fernando el de Valdecines, poco á poco y á caballo, el día siguiente al de San Juan. Quien no le hubiera visto desde que andaba por aquellos mismos lugares suelto y vigoroso, con el calor de un alma juvenil y apasionada reflejándose en sus ojos negros y en la tersura de sus mejillas, no le conociera á la sazón, vencida la altiva cabeza al peso de las ideas, triste y ojeroso el semblante, desmayado el antes gallardo cuerpo, y abandonado al antojo de la bestia que, fiada en el escaso vigor de la mano que la regía, más se cuidaba de caminar á gusto que de llegar pronto. Pero llegó al cabo; no porque la espuela ni el freno le trazaran el rumbo, sino porque le tenía bien conocido; y preciso fué que diera con las narices en las primeras casas de Valdecines, para que el jinete se percatara de ello. ¡Y eso que no había arrojado un punto á Águeda de su memoria!