De tal palo, tal astilla

Part 17

Chapter 174,009 wordsPublic domain

Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar á su casa á la inocente niña, reconociese por motivo el que él la había manifestado, estando para llegar de un momento á otro don Plácido, que nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Esto, aun creyendo á don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba á sí propio; pero teniendo de él la idea que Águeda tenía, y sabiendo los esfuerzos que había hecho para que el otro testamentario ignorase todo lo ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta? Aquí se perdía Águeda en un cúmulo de conjeturas y supuestos; pero temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella, á cometer un atropello que podía llegar á ser escándalo y motivo de una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para que ningún tormento le faltase, su conciencia la acusaba entonces de no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita. ¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo á la Justicia en demanda de amparo contra el atropello, se pondría su buena fama en tela de juicio? ¿No había quedado ella sirviendo de madre á la inocente huérfana? ¿No era ésta la amenazada y perseguida? Y siéndolo, ¿podía Águeda creer que cumplía con sus estrechos deberes sólo con resolverse á correr el mismo peligro que su hermana? ¿No debe una buena madre sacrificar honra y vida por salvar á su hija de un grave riesgo? Y ¿qué había hecho ella, en suma, sino conducir por su propia mano la oveja á la guarida del lobo?

Esta idea la aterró como ninguna otra; y por un instante se halló resuelta á salir á todo trance de aquel calabozo horrible con su hermana; pero oyó toser á don Sotero, y se sintió sin fuerzas para moverse de la silla.

Cuánto tiempo duraron estas meditaciones tumultuosas; cuándo las abandonaba un momento para consolar á su hermana, que á ratos la abrazaba, presa del mayor desconsuelo, ni ella misma lo supo. Volvió á perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco á poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla.

Comenzaba á anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras Pilar miraba á la calle, maquinalmente, por una rendijilla de la ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin obtener respuesta.

Entró el hombre, á una breve y nerviosa indicación de Águeda.

--Vengo --dijo, suave y humildemente-- á tomar las órdenes que tengan ustedes á bien darme.

--Nada se nos ofrece --respondió Águeda volviéndole la espalda, mientras la niña corría hacia ella y se agarraba á los pliegues de su vestido.

--En ese caso --añadió don Sotero--, réstame sólo advertir á ustedes para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo en ello mi vieja y piadosa costumbre, voy á la iglesia á rezar un poco. Celsa queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro Señor las acompañe á ustedes.

Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el ruido de sus pasos alejándose, después el de la puerta principal que rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla... y después, ni el aleteo de un mosquito. El silencio y la obscuridad reinaron en la casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no llegara á sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se encaminaba á la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas.

Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades de un calabozo subterráneo.

Pilar recordó á su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda, á tientas, dió con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero aquella luz sólo servía para hacer más patente á los ojos de las prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que estaba expuesta á pasar allí toda la noche, volvió á llorar amarga y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que no tenía cuando se resolvió en su casa á correr en la de don Sotero cuantos peligros pudieran amenazarla.

En esto vió la pililla colgada en la pared, y la cruz que tenía pintada en medio.

--Aunque profanada --dijo á su hermana--, aquí hay una cruz: hinquémonos delante de ella y recemos para pedir á Dios fuerzas y amparo... Ven, hija mía: arrodíllate junto á mí; cabalmente es la hora en que rezamos todas las noches el rosario á la Virgen.

Y uniendo la acción á la palabra, puso á Pilar á su lado; y ambas, después de arrodillarse, comenzaron á rezar, delante Águeda y respondiendo la niña. Pero ésta, en quien, por su edad, no penetraban las pesadumbres como en Águeda, trabajada por tantos y tan nuevos sobresaltos y cansada de llorar, respondiendo tarde y confusamente á su hermana, acabó por rendirse á los asaltos del sueño, que jamás se olvida de amparar á los niños con sus alas.

Cuando Águeda la vió plegarse sobre sus rodillas y abatir la rizosa cabecita, sentóse en el suelo y la acomodó en su regazo; y después de observar que estaba profundamente dormida, la cogió con sumo cuidado y, no sin dificultades, la tendió sobre la cama. Luégo volvió á arrodillarse y continuó rezando en silencio largo rato.

Entonces debía de hallarse la hoguera en su grado máximo de bureo, á juzgar por el ruido que de hacia allá venía, y el silencio que reinaba en la vecindad y, sobre todo, en la casa.

Éste era tan absoluto, que Águeda, cuando acabó de rezar, no se atrevió á moverse del sitio en que se hallaba. ¿Á quién llamar? ¿Quién la defendería si en aquella espantosa soledad se veía amenazada de algún peligro? Y si no había peligro que temer, ¿por qué y para qué estaban ellas encerradas allí?

De pronto oyó ruido en el portal; después en la cerradura; luégo el rechinar de la puerta.

--Será don Sotero --pensó tranquilizándose un poco--. Pero --se dijo en seguida temblando-- don Sotero á estas horas y en tal ocasión, ¿no es el mayor enemigo que yo puedo temer? ¿De qué no será capaz ese hombre!

Pronto conoció que no era don Sotero quien subía dando grandes golpes y haciendo mucho ruido en la escalera, como el que anda á tientas en camino extraño y escabroso.

--Será Bastián --pensó la joven--. Si es él, ¡cómo vendrá, Dios mío!

Además de los golpes, se oían interjecciones y bramidos. Águeda tiritaba de miedo. Los bramidos y los golpes iban acercándose á la sala poco á poco. ¡Y don Sotero no había vuelto todavía, y á Celsa no se la oía en casa! ¿Qué horrible conjunto de casualidades era aquél?

Las pisadas, los carraspeos y los bufidos, llegaron á oirse junto á la puerta de la alcoba. Águeda se abalanzó á ella y quiso trancarla; pero no tenía llave la cerradura; intentó afirmar el pestillo, y no vió á su alcance con qué. Ocurriósele amarrarle con el pañuelo al tosco retenedor, y así lo hizo con cuanta fuerza halló en sus trémulas manos. Hubo en la sala unos instantes de silencio. Águeda aprovechó aquella tregua para entreabrir la ventana que daba á la calle. Pilar, en tanto, dormía profundamente. Volvieron á oirse rugidos é interjecciones, y la puerta de la alcoba fué violentamente sacudida. Águeda creyó en aquel instante que se convertía en escarcha toda la sangre de sus venas. Pilar despertó con el ruido, y, al ver el espanto de su hermana, se arrojó del lecho y se abrazó á ella.

--¡Silencio, por Dios! --la dijo Águeda al oído mientras la estrechaba contra su corazón.

--Pero ¿qué es?... ¿qué pasa? --preguntaba muy bajito la pobre niña.

--Nada, hija mía... nada de particular... que creí haber oído...

Otra sacudida más fuerte que la anterior dada á la puerta, dejó sin voz á Águeda y aterrada á la niña. Ésta creyó oir al mismo tiempo ruido en el corral. Díjoselo á su hermana, que, al oirlo, se lanzó á la ventana y gritó con todas sus fuerzas:

--¡Socorro!

Á este grito, las sacudidas á la puerta de la alcoba redoblaron; pero el pestillo no cedió. Confiada Águeda en esta defensa, volvió á asomarse á la ventana, y de nuevo pidió socorro. Entonces se oyeron fuertes golpes á la puerta de la calle. Lejos de amedrentarse con ellos el que pugnaba por entrar en la alcoba, insistió con más bríos, y Águeda temió que el pestillo cediera ó que la puerta saltara hecha astillas. Apretó más los nudos del pañuelo, y permaneció sujetándole con las pocas fuerzas que la quedaban. Pilar, sin voz y medio accidentada, seguía todos estos movimientos con ojos de espanto. La resistencia de la prisionera parecía enfurecer al hombre de la sala. Crujían á sus golpes los inseguros entrepaños, y á cada golpe acompañaban amenazas y blasfemias.

Á veces las embestidas eran con todo el cuerpo, y entonces temblaba hasta el tabique y el retenedor del pestillo se removía. El nudo de la retorcida batista iba á ser inútil. Cuando Águeda cayó en ello, perdió las pocas fuerzas que le prestaba su desesperación.

--¡Virgen María! --clamó lívida de espanto--, ¡tu piedad me ampare, que yo no puedo más!

Se abrazó á su hermana, y las dos se acurrucaron entre los pies de la cama y la puerta. Tembló ésta en aquel instante de arriba abajo con sordo estruendo, como si hubiera caído sobre ella toda la casa; rechinó el roñoso hierro; saltó la hembrilla del marco hasta la pared frontera, y apareció en medio de la alcoba Bastián con las greñas sobre los ojos, éstos ensangrentados y centellantes, la bocaza reseca, negros los labios y manchada de vino y sudor la arrugada pechera de su camisa.

Al ver aquella horrible aparición, Águeda y Pilar lanzaron un grito, grito para el que no hay lugar en la escala de los imaginables sonidos, y sólo cabe en la garganta de quien muera cosido á puñaladas.

Tomóle Bastián por norte de su rumbo, porque al abrirse la puerta quedaron medio ocultas á sus ojos las dos hermanas; y embravecido por la no esperada resistencia que hizo acrecentar sus bestiales deseos, atrevióse á poner sus groseras manazas sobre el talle virginal de Águeda. Mas no bien lo hubo hecho, dos tremendos bofetones le tendieron de espaldas en el suelo, y dos brazos de hierro le sujetaron por la garganta en aquella postura.

--¡Macabeo! --gritaron á una voz Águeda y Pilar abrazándose á las rodillas del bravo espolique. En el paroxismo de su terror, no le habían visto entrar en la alcoba por la ventana. Verdad que el abrirse ésta, y el saltar el hombre dentro, y el llegar hasta ellas, fué obra de dos segundos.

--¡Daca la entraña, tuno!... ¡Daca la vida, perro! --decía Macabeo á Bastián, mientras le tendía y le sujetaba.

--¡La Virgen te envía en nuestro socorro! --exclamaba Águeda en el colmo del regocijo.

--Bien podrá ser, señorita --respondió Macabeo sin soltar á Bastián--; pero algo hay que agradecer también al breval de la esquina, por onde subí al tejado de Antón Roderas... porque el pasar de éste al de Sico Ñules y luégo al balcón, no tiene cencia maldita.

En esto se oyó una voz en el portal, que llamaba á Macabeo.

--¡Sin novedá, caráspitis! --respondió éste á gritos--. Y aguántese un credo, que allá vamos todos.

--¿Quién te llama, Macabeo? --preguntó Águeda anhelosa.

--Pues ¿quién ha de ser --respondió Macabeo-- sino el mismo señor don Plácido en cuerpo y alma, que nos espera abajo?

--¡Dios mío! --exclamó Águeda cruzando las manos--; ¡y yo que me creía sola y abandonada del cielo y de los hombres!

Y mientras corría hacia la ventana, y Pilar la seguía saltando de gozo y llamando á su tío, y ambas pretendían bajar á reunirse con él sin saber por dónde, Bastián, en un momento en que el dogal opresor de su garganta aflojó un poco,

--¡Que me ahogas, Dios! --dijo balbuciente á Macabeo.

--¿Ónde está la llave de la puerta, bribón?

--Puesta la dejé al subir, Macabeo... ¡Mira que yo no me acordaba de esto!... Él me metió en el cantar... ¡Dios! Por su consejo me emborraché... ¡Brrrrffff!... ¡Entre tus manos debiera verse ahora, y no yo!...

--¿De quién hablas, animal?

--De ese hombre, ¡Dios!

--¿Quién es ese hombre?... ¡Dilo ó acabo de ahogarte!

--¡Mi tío, Macabeo!...

--¡Me lo temí, caráspitis!

Águeda, que había oído estas palabras de Bastián, se acercó á Macabeo y le dijo, asaltada nuevamente de los más horribles temores:

--¡Vámonos!... Salgamos inmediatamente de aquí... y perdona á ese desgraciado, como yo le perdono.

--Le dejo --respondió Macabeo soltando á Bastián--, porque usté me lo manda, y porque ya ha dicho cuanto yo deseaba saber.

Se quedó un momento observando al muchachón; y al ver que se hallaba muy á su gusto en aquella postura, libre de las ligaduras que antes le oprimían, cogió la vela que ardía sobre la mesa, y dijo á las jóvenes que se habían arrimado á él, llenas de miedo al saber que don Sotero había sido instigador de Bastián:

--Nada tienen ustedes que temer ya de los hombres; síganme, si les parece bien, y salgamos de esta cueva. Yo me encargo del lobo, si le topáramos escondido en _dáque_ rendija.

Afortunadamente, no hubo necesidad de que Macabeo esgrimiera el garrote que sólo había soltado de la mano para derribar á Bastián. Las dos prisioneras salieron de la horrible cárcel sin nuevo percance, aunque con mucho miedo, y hallaron en el portal al bueno de don Plácido, que, por de pronto, las recibió entre sus brazos y en seguida las condujo á casa, llevando á la niña de la mano y dando el otro brazo á Águeda, mientras Macabeo, después de estrellar la vela contra el poste del portal, iba cubriendo la retirada de los tres, con harto sentimiento por no haber hallado á don Sotero en las encrucijadas del caserón.

Entonces llegaban á la corralada los primeros vecinos de ella que volvían de la hoguera. El atentado de Bastián no produjo el escándalo imaginado por don Sotero.

[Ilustración]

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XXIV

DE CUERPO ENTERO

Seguro de que el lector, por lo que ha visto y oído, no ha de decirme que levanto falsos testimonios, ni que falto á la caridad sacando á la pública vergüenza lo que es mejor para callado cuando las pruebas no abundan y los juicios son, por ende, temerarios, voy á referirle, en confianza, lo poco que le falta saber, aunque parte de ello se lo haya presumido, del piadoso tutor y curador de las huérfanas de nuestra historia.

Es cosa averiguada que sus maldades y picardías le pusieron en la necesidad de abandonar la capital del partido en que por muchos años ejerció el cargo de procurador.

Al establecerse en Valdecines, su pueblo natal, como no era hombre capaz de perder el tiempo en ninguna parte, obedeciendo al impulso de una inveterada costumbre que era en él necesidad, tendió en su derredor los penetrantes ojos, diciéndose al propio tiempo: «¿Qué hay aquí de explotable y provechoso?» Y vió la casa de los Rubárcenas. «¿Cómo se entra en ella? Con la ley de Dios. Yo no la conozco... Pues la falsifico.» Y se hizo beato, como pudo haberse hecho, en otras circunstancias, bandolero.

Doña Marta, que, como se ha dicho, era profunda y discretamente piadosa, frecuentaba la iglesia sin perjuicio de sus altísimos deberes domésticos; y don Sotero dió en frecuentarla también, precisamente á las mismas horas que ella. También se ha visto ya que, según gentes, el ex-procurador era el mismo demonio, y según otras, un santo de Dios. Doña Marta oía de lo uno y de lo otro; y en lo poco que el caso la interesaba, ateníase, por caridad, á lo que veía; y lo que veía era por todo extremo edificante y ejemplar. No obstante, don Sotero no consiguió, por entonces, meter la cabeza en _la casa_, porque era cordialmente antipático á don Dámaso; Águeda no le podía ver, y á doña Marta le tenía sin cuidado que entrara ó que saliera.

Muerto el señor de Quincevillas, el ex-procurador supo hacerse necesario para arreglar algunos asuntos de la testamentaría; y así metió un pie. El estado de desconsuelo en que cayó doña Marta al perder á su marido, fué causa de que se acrecentara en ella, como queda expuesto en su lugar, el fervor religioso. Pues no se arrimó una vez al presbiterio para comulgar, sin que se arrodillara á su lado don Sotero... y entiéndase que doña Marta no comulgaba menos de dos veces por semana.

Con esta aparente mancomunidad de fines, el pío varón visitaba á menudo á la buena señora para proponerla obras de caridad, pedirla ú ofrecerla libros de devoción... hasta consultarla casos de conciencia; y como la inconsolable viuda no estaba para ocuparse en asuntos terrenales, de cuando en cuando encargaba al servicial devoto el arreglo de una cuenta, el pago de una contribución, etc., etc... Así metió en la casa el otro pie. Una vez dentro de ella, lo demás cayó por su propio peso. Llegó á ser administrador general, y consejero áulico, y lector indispensable del _Año cristiano_; observándose que á medida que crecía la privanza del intruso, mermaba la calidad de las dotes morales de la pobre señora, verdadera mártir entre las tristezas de su espíritu y los dolores de su cuerpo.

Águeda, que adoraba á su madre, complacíase en seguirla el gusto en todo, hasta en lo que la perjudicaba á ella; y así toleraba las altanerías y descomedimientos del gazmoño, y aun le ponía buena cara y daba gracias á Dios porque la dejaba libre el gobierno interior de la casa y la educación de su hermana.

Según don Sotero iba tomando el pulso á aquel caudal tan abundante, limpio y saneado, se acostumbraba á considerarle como filón de mina propia; y tanto más le amaba cuanto más á fondo le conocía. ¿No era un verdadero escándalo que aquellas riquezas, con las que, bien manejadas, se pudieran remover hasta los fondos de toda la provincia, estuvieran en manos de tres mujeres incapaces, una por sobra de achaques y dos por falta de años y de experiencia?

Dos medios había á los ojos de don Sotero para arrancar aquel tesoro de _manos indignas_. Perseverar en la administración y cuidado de él, sin permitir que, con ningún pretexto, los gorriones se acercasen al trigo de las herederas, ó dar á doña Marta un yerno de la casta de don Sotero, lo suficientemente dócil y subordinado para que éste, y no el marido de Águeda, fuera el dueño del caudal acumulado de los Quincevillas y Rubárcenas. Bastián, ya mozo casadero entonces, servía para el paso; era tan tosco, tan bruto y tan feo, que no había que soñar en que Águeda le aceptase sin morirse de pesadumbre. Podía contarse con el apoyo de doña Marta, después que don Sotero la demostrara que era indispensable aquel enlace para la salvación de su alma y la de su hija; pero este intento no podía llevarse á ejecución sin ver antes lo que el cepillo de la educación labraba en la cerril naturaleza del muchacho. Al fin y al cabo, doña Marta había sido mujer de exquisito gusto y de talento extraordinario. Y cátate que don Sotero, aventurando en el lance algunos cuartos, envió á Bastián á la ciudad, por si la fortuna quería obrar el milagro de que la sujeción, el buen ejemplo y algunas enseñanzas le transformaran en persona decente, de una bestia que era.

Por entonces se conocieron Águeda y Fernando, y creyó ver don Sotero todos sus planes patas arriba; pero afortunadamente ocurrió lo que ya el lector sabe; y así, y con algo que puso también de su cosecha en el ánimo de la celosa madre el pío varón, salió éste con toda felicidad del apurado trance.

El cual podía volver á repetirse; y he aquí por qué no se descuidó un punto en arreglar las cosas convenientemente cuando la señora conoció que se iba á morir. De estos arreglos, hijos de su grande influencia con la santa mujer, también tiene noticia el lector por las cláusulas testamentarias que conoce.

Desde aquel instante comprendió don Sotero que no había que pensar en el siempre aventuradísimo proyecto de casar á Bastián con Águeda. Doña Marta no existía ya para ayudarle, y su hija, que había querido, y tal vez quería aún, á un hombre como Fernando, no aceptaría jamás á Bastián, ni con la amenaza del patíbulo. Lo que en adelante había que hacer era conservar á todo trance el imperio en aquella casa, y alejar de ella cuanto transcendiera á novios y parientes de las huérfanas. Por de pronto, necesitaba hallarse solo una temporadita en la testamentaría y arreglo de sus cuentas con la casa. De aquí sus esfuerzos para que don Plácido supiera lo más tarde posible la muerte de su cuñada y el cargo que ésta le había señalado en el testamento. Conocía, ó creía conocer, la insignificancia del solterón de Treshigares, y pensaba que éste daría por bien hecho cuanto él hiciera, y que se volvería á su pueblo, arrastrado por la fuerza de sus aficiones, tan pronto como llenara la fórmula de hacerse cargo del que le había conferido la voluntad de la difunta. Esta creencia fué causa de que don Sotero, cuando no logró de doña Marta quedarse solo al cuidado de las huérfanas, no hiciera grandes esfuerzos para evitar que le acompañara don Plácido.

Pero éstos y otros parecidos cálculos podían fallar á lo mejor, en el cual caso don Sotero necesitaba acudir á medios extraordinarios; y por eso le era indispensable tener á su lado á Bastián, instrumento inconsciente y grosero para cualquiera de sus diabólicas combinaciones.

Y los cálculos fallaron, volviendo á presentarse Fernando en casa de Águeda. Sabía el bribón lo que es la humana flaqueza; y aunque no dudaba de la arraigada fe de la hija de doña Marta, temíala por mujer y creía posible que, oyendo sólo á su corazón, perdonara á Fernando y se casara con él. De aquí sus esfuerzos para separar á los dos jóvenes. Pero en estos esfuerzos se corría el peligro de que Águeda se alarmase demasiado y de que llegara la alarma hasta Treshigares; y por eso, mientras vigilaba la estafeta con la habilidad con que él sabía hacerlo, no abandonaba un punto sus meditaciones sobre un proyecto que estaba decidido á realizar en un caso extremo. Y el caso llegó, como pudo ver el lector en casa de don Sotero cuando Bastián soñó recio con el viaje de Macabeo, y entró el ama del cura á dar la buena nueva de la conversión de Fernando. Con aquel paso, espontáneo ó embustero, del hereje, ó con la venida, ya muy próxima, de don Plácido, Águeda iba á ser libre, ora casada con el uno, ora amparada con el otro. Era preciso difamar á Fernando por todos los medios imaginables, y someter á la joven á una prueba tan terrible, que, por de pronto, la deshonrara á los ojos del pueblo entero, y á la vez la pusiera en la necesidad de aceptar á Bastián por marido, ó en la de no casarse jamás por falta de pretendiente. Ya se vió lo que hizo la maledicencia con respecto á Fernando. El encargo dado con tanto encarecimiento por don Sotero, de que no se hablara del caso á la interesada ni al cura, fué cuerda previsión del pícaro. Tanto la una como el otro, tenían sobrado talento para conocer la hilaza de la noticia en cuanto averiguaran su procedencia.

Para llevar á cabo la segunda parte del infernal proyecto, había que empezar por el secuestro de Águeda. ¿Cómo intentarle sin que ésta se resistiera? El lector lo ha visto ya: llevándose á la niña, sobre la cual tenía don Sotero cierta jurisdicción que no alcanzaba á su hermana. Indudable era que ésta había de seguirla para acompañarla. De este secuestro y de todas sus consecuencias se han dado sobradas noticias en los capítulos precedentes.