De tal palo, tal astilla

Part 16

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--Desengáñate, Bastián: lo grave del suceso que te he referido como si estuviera ocurriendo, sería sólo para mi conciencia, porque fuí tan temerario que puse la liebre junto al sabueso, sabiendo lo que son tentaciones del demonio. En cuanto á tí, ni siquiera puede caberte el temor de mis iras; porque, ya te lo he dicho, no me lleva la rigidez de mis cristianos sentimientos hasta el punto de confundir las maldades de los hombres con lo que es obra de los pocos años. Y con esto hemos hablado bastante por ahora, después de advertirte que en gracia de la fiesta de esta noche y de la solemnidad del día de mañana, te levanto la reclusión en que has estado, por tu bien, durante algunos días... Conque á divertirse mucho sin ofender á nadie, ni acordarse de aquello que te valió lo que todavía te rascas en las costillas... y lo dicho, dicho.

--Así lo haré, tío muy amado --exclamó Bastián poniéndose de un brinco en el suelo--, ¡y así le quisiera á usted siempre, tan campechano y parcialote!

--Así me tendrás, si con tu conducta te haces digno de ello... ¡Ah!... se me olvidaba --añadió el afectuoso tío, llevando la diestra mano al bolsillo del chaleco--; toma unos cuartos, por lo que pueda ocurrirte.

Y aunque no llegaron á dos reales, Bastián los recibió como una lotería. ¡Tan poco acostumbrado estaba á las larguezas de su tío!

Recomendóle éste el silencio y la prudencia en casa, y salió de puntillas de la alcoba, advirtiendo á su sobrino que hiciera otro tanto.

--¡El demonio me lleve --pensó Bastián delante de la otra alcoba, cuya cerrada puerta taladraba con ojos preñados de torpezas-- si á mí me había pasado por la cabeza cosa semejante, hasta que este hombre me la metió entre los sesos! ¡Y vaya si es manejable y hacedera! ¡Pues dígote que, si á mano viene, allá veremos!... ¡Dios!

Y en dos zancadas atravesó la sala, y en pocas más llegó al portal; y como ya hacía rato que se estaban oyendo las campanas de la Iglesia y algunos estallidos de cohetes, en cuanto se vió al aire libre comenzó á relinchar y á dar corcovos, como potro cerril que columbra el verde de la rozagante pradera.

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XXII

LA HOGUERA DE SAN JUAN

Cuando entraban las dos hermanas en el portal de don Sotero, ya corrida media tarde, llegaba á la _brañuca_ de la iglesia el primer carro cargado de _rozo_ destinado á la hoguera de aquella noche. Media hora después llegó otro más, y tumbó su balumba sobre la del anterior, ya tendida en el suelo. Entonces subió el campanero á la espadaña; y apenas se oyó en el pueblo su primer repique, lanzó al espacio el mayordomo del santo hasta media docena de cohetes, de las ocho ó diez cabales que había adquirido para quemarlas en honor del glorioso patrono, entre el día de la fiesta y sus preludios solemnes; á cuyos seis estampidos (y ya se deja ver con este dato que los cohetes no eran de los mejores) el maestro dió por terminada la escuela en aquel día, y puso en libertad á los muchachos. Corrieron los más talludos al campanario, y los rapazuelos á contemplar el rozo amontonado, y á tirar después de esta mata y de la otra, creyéndose muy felices con mostrárselas á sus camaradas del campanario, entre brincos y algazara, pero haciéndoseles siglos las horas que faltaban hasta que les fuera lícito prenderlas fuego, juntamente con todas las del montón, que se alzaba en la brañuca prometiendo á los mirones, para aquella noche, una luz tan clara como la del mismo sol, y más chasquidos y chisporroteos que una función de pólvora mojada.

Silbaban como cien huracanes los chicos del campanario, sin cesar un punto de tocar las campanas, cuyos badajos había dejado á su disposición, y de muy buena gana, el campanero, y en los aires estallaba todavía algún cohete que otro; con los cuales ruidos provocadores la gente de la mies se sintió picada de la impaciencia; dió en la gracia de cortar con la azada tantos maíces como resallaba; convínose por unanimidad en que el estropicio consistía en _el aquel_ de la fiesta, que _aceleraba_ la mano; acordóse por los viejos dar suelta libre á los jóvenes, que ya no habían de hacer cosa con traza; y ahí tienen ustedes á las mozas tornando al pueblo, con las azadas al hombro, echando, por parejas, cuando no por grupos de más de cinco, á gañote desplegado, los más alegres y regocijados cantares que habían resonado en el valle en todo el año. Seguíanlas los mozos en idéntico orden de formación; y apenas acababan ellas, con un suspiro, el dejo interminable del cantar, allí estaban ellos con una balada, lenta y dormilona, que prometía no tener fin. Pero le tenía, más tarde ó más temprano; y vuelta á cantar ellas, y vuelta ellos á replicar. Y así en todas las mieses, por los cuatro costados de Valdecines; de modo que la poca gente útil que había en el pueblo se echó, también cantando, á la calle; y cátate convertida la comarca en una pajarera; motivo por el cual los viejos que se habían quedado resallando, juzgaron de _mal ver_ seguir en la tarea, y también la suspendieron por aquel día, volviéndose al lugar, si no cantando, oyendo embelesados los cantares y recordando con gozo los ya remotos años en que ellos, con igual motivo, hacían dos cuartos de lo propio.

Entre tanto, el mayordomo había colocado las doradas andas, que estaban sobre un confesonario cubiertas con una desechada capa pluvial, en una mesa á la derecha del presbiterio, y bajaba luégo la imagen del santo de su nicho del altar mayor, y la acomodaba sobre la peana de las andas, y la limpiaba el polvo, y la dejaba en disposición de ser vestida al día siguiente, mucho antes de la misa mayor, con dos pañuelos, bien cumplidos, de espumilla, y adornada con un arco más alto que ella, sujeto por sus dos extremidades á la barandilla de las andas, y profusamente revestido de pañuelos, cintas, relicarios y acericos, prestados á mucha honra por los pudientes del lugar.

Ya en él recogido el vecindario, y sin cesar repicando las campanas, y oyéndose cantar por todas partes, anticipáronse las domésticas tareas más de una hora; es decir, que las gallinas tuvieron que albergarse con sol, y se _prendió_ el ganado, y se le echó la _ceba_ poco después, y se sacó de la lumbre la torta sin estar _cocida_, y las gentes cenaron, mal y de prisa, mucho antes de anochecer.

Entonces volvió á reinar en el pueblo el ordinario y tradicional silencio; pero fué la tregua de corta duración. En cuanto el sol _cayó_ detrás de las cumbres del poniente, y fué perdiendo el cielo las tintas sonrosadas del crepúsculo, y se disipó el _empedrado_ celaje, señal infalible de que el nordeste, enemigo declarado de nubes y aguaceros, había de reinar al día siguiente, y comenzaron á brillar las estrellas, un mocetón que lo entendía y se reservaba para aquella ocasión, trepó al campanario y echó un repique de maestro, con admiración y aplauso de chicos y grandes, que correspondieron á la proeza con una relinchada que aturdió á Valdecines, y salió valle afuera en alas del fresco terral, entre el eco sonoro de las campanas y el estampido de los cohetes que el mayordomo lanzó, espadaña arriba, en aquel solemne instante.

Los chicuelos y gente menuda que rodeaban el seco montón de escajos, y discurrían en torno á la sucursal de la taberna que se había establecido bajo los árboles, sobre la pértiga de un carro, tomando el ruido y vocerío por señal de comienzo de la fiesta, prendieron una mata á prudente distancia de la pila de rozo, y sobre la mata, ardiendo y chisporroteando, cayeron otras dos; y el punto luminoso que formaron en medio de la obscuridad de la noche, fué el aguijón que puso en declarada carrera á la gente moza que le vió y se dirigía hacia el lugar de la fiesta, con relativa parsimonia, por todas las callejas de la aldea.

Llenóse de figuras donosamente cómicas aquel cuadro, que parecía capricho de Teniers por lo alegre, y de Rembrandt por la luz que le alumbraba; y fué la hoguera creciendo, creciendo, saltando los muchachos sobre el centro de ella, primero, á excitación de los grandes; después por un extremo, y luégo por ninguna parte; pues el fuego formaba ya una pirámide tan alta como las primeras ramas de los vecinos álamos. Á todo esto, el mocetón del campanario no daba señales de cansarse; los relinchos no cesaban abajo; debían de pasar de tres docenas los cohetes disparados hasta entonces, y la carral de vino tinto, acostada sobre la pértiga, comenzaba á verse rondada por la sedienta y animosa juventud.

Pero no era el riojano mosto, ni tampoco el campaneo, ni la incipiente hoguera, ni lo que ésta podía llegar á ser, la salsa de aquella fiesta. Lo que todos esperaban y había de dar el tono á la velada y bríos á los menos animosos, llegó cuando el mocetón del campanario se cansó, y se hubo trancado la puerta de la iglesia, y no quedaron otros ruidos en sus inmediaciones que la algarabía incesante de los muchachos, el hablar recio y el obstinado relinchar de los talludos.

Y fué que por tres callejas de las que desembocan en la braña, aparecieron las más garridas mozas y cantadoras de mayor renombre, tañendo las sonoras panderetas y echando cada tonada, de cuatro en cuatro, lo menos, que levantaba en vilo á los oyentes.

Bastián, en mangas de camisa, con la chaqueta enarbolada en un palo, el sombrero tirado hacia atrás, la bocaza abierta y las babas entre los dientes, iba delante de una de estas comparsas. Cuando llegaron todas á la braña, la hoguera las saludó con tal respingo, que llegó con la ondeante cúspide de las llamas, casi casi á la altura del tejado de la iglesia. Lo que quedaba libre del _campuco_ se llenó de gente, y aún sobró de ella para esparcirse por las contiguas arboledas.

¡Entonces se armó allí la tremenda! Cuatro cantadoras con sendas panderetas se acomodaron en otros tantos asientos que la rústica galantería de los mozos improvisó en el acto; hizo corro la muchedumbre alborozada á dos largas filas de bailadores que se formaron instantáneamente; y al compás de los sonoros y encascabelados parches, recién templados al calor de la hoguera... ¡adiós yerba de la braña en aquel tramo, que polvo fué pronto bajo los anchos pies de los danzantes; y adiós polvo también, que en espesa nube se le vió subir más alto que las campanas, entre las chispas del rozo que no cesaba de caer, mata á mata, en el foco enorme de aquella lumbre crepitante!

Y cátate, lector, que en esto comienza el traca-raca-trá-tra de las tarrañuelas con que algunos mozos, diestros en manejarlas, sorprendieron á la muchedumbre, y cuyo charrasqueo repetían y multiplicaban los ecos del frontón de la iglesia y de la bóveda de los árboles de enfrente, entre el incesante sonar de los panderos y el alternado vocear de las cantadoras... ¡y aquello fué un delirio! delirio que acometió hasta á los viejos allí presentes, que si no salieron á bailar al corro, se zarandearon de firme en el sitio en que se hallaban, y mecieron el ya tibio pensamiento en un columpio de gratas y refrigerantes memorias.

Como estas cosas sucedían tan cerca de la hoguera como lo consentía su calor, brillaban los rostros ardorosos de los danzantes, y se podían contar las pintas, los remiendos y las _pegas_ de las alegres sayas de las mozas, y distinguir la que llevaba medias de la que iba en pernetas ó de la que estaba descalza, pues de todas había; y tanta era la luz que á la sazón derramaba la hoguera, que transformaba, ante los fascinados ojos, en transparentes jirones de verde gasa el espeso follaje de los árboles, y aun llegaba á la carral de vino con fuerza bastante para que desde la braña se conociera, con sus pelos y señales, á todos y á cada uno de los agazapados bebedores; en la pared de la iglesia se leían cuantos letreros habían escrito allí los muchachos con carbón; relucía el entonces mudo metal de las campanas, como si ardiendo estuviera también, y hasta en el cielo parecía haberse extinguido el fulgor de los astros.

Así es que pudo verse perfectamente á Bastián, que no perdía baile; que bailaba por tres en cada uno, y que en cada breve descanso se largaba muy ufano á matar el gusanillo de la sed en la precitada sucursal de la taberna. Bien pronto se puso que echaba fuego por los ojos, y público fué que Tasia le arrimó un soplamocos por yo no sé qué irreverencia cometida por el gaznápiro en una rápida mudanza. Díjose también que de alguna otra muchacha recibió aquella noche igual obsequio que de Tasia por idénticos motivos; y es dicho muy creíble, porque á media jornada del jolgorio andaba el buen sobrino de don Sotero hecho una pólvora.

Con lo indicado tiene el lector lo bastante para saber lo que pasó en la hoguera de San Juan en Valdecines, en la ocasión de que vamos hablando; y hágase cuenta de que ya sabe todo lo que pasa en las demás _hogueras_ de la Montaña, precursoras de la fiesta del lugar, salva la diferencia de algún detalle que no conviene más que á las de San Juan, como estos pocos que voy á mencionar, á fuer de minucioso y puntual historiador.

Es el caso que, no bien consumió la fogata el último escajo del acopio, y la gente se quedó á obscuras, comenzó el pacífico desfile de los más, con rumbo á los respectivos hogares. Los menos, es decir, una pandilla de mozos casaderos, enamorados y correspondidos los unos, pretendientes á secas los otros y aspirantes á serlo los demás, después de tomar un trago en la ya extenuada carral de la arboleda, que poco después fué arrastrada de allí á su correspondiente _metrópoli_, corrieron á la cercana casa de uno de ellos, donde había, sobre una cama, hasta una docena de arcos revestidos de flores naturales y olorosas. Tomó cada cual el que le pertenecía, y sobró uno, que era el de Bastián; y entonces se supo que éste, empapado en vino hasta los huesos, y no muy firme de pies, había marchado hacia su casa mucho antes de apagarse la hoguera.

Dejando el arco sobrante, salieron otra vez á la calle los alegres mozos; y entonando perezosas baladas, y poniendo, en obsequio á la moza de sus pensamientos, un arco en esta ventana, que se alcanzaba con la mano, y otro en aquel balcón á fuerza de fuerzas, y encaramándose el más ágil sobre los hombros del más fuerte, se pasaron el resto de la noche; y ya querían como asomar los barruntos del crepúsculo sobre las cimas de las montañas fronteras á Perojales, cuando se fueron á descansar, despeados y enronquecidos.

Mientras ellos se acostaban, las revoltosas muchachas, que apenas habían pegado el ojo pensando en la travesura que tenían preparada, echáronse á la calle con sendos ramos de espinoso acebo al hombro. Reuniéronse en la ya desierta braña de la iglesia, donde se veía la enorme calva, hecha por sus mismos y otros tan saltadores pies, en el fino, verde y tupido césped, muy cerca del negro montón de ceniza que había dejado allí, por todo rastro, la hoguera; y en alegre comparsa, por la burlona Tasia dirigida, encamináronse, alumbradas ya por los tibios rayos del sol naciente, á la mies cercana. Allí, entre cháchara y bureo, fueron clavando ramos en otros tantos maizales sin resallar; y como no eran muchos los que se hallaban en tal atraso de labores, tuvieron las pícaras tiempo sobrado para recorrer todas las mieses del lugar sin que lo advirtiera el vecindario.

Y ahora sábete, lector, por remate y fin de este capítulo, que no llegaron á seis los ramos puestos; pero que ¡oh dolor de los dolores é inclemencia de las inclemencias! de aquellos ignominiosos sambenitos, más de la mitad se alzaban en tierras del pobre Macabeo.

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XXIII

LA MORAL DE AQUEL CASO

No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente de Águeda mientras fué desde su casa á la de don Sotero. Había en él sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo, en que fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado de aturdimiento entró en el viejo caserón, y llegó, conducida por el atento y comedido mayordomo, á la alcoba en que la hallamos encerrada cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado más atrás.

Agarrada con ansia á su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba á las dos huérfanas, como si fuera amo y señor de ellas, y no su servidor asalariado. Jurara la pobre niña, cuando llegó al estragal y fué subiendo la derrengada escalera, y atravesó el tortuoso y obscuro pasadizo, y luégo el desamparado salón, y, por último, se vió encerrada en la alcoba, que todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más de una vez la había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de lamparones, con los techos negros y ahumados y cubiertos de telarañas, en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándolas con ojos de basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la polilla, inundados de ratones que corrían por todas partes sin hacer ruido; cuartos entreabiertos y obscuros como la noche; desvanes sin fin atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba, figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y, por último, allá en el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre como don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña, que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones... hasta que el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad delante de los ojos: ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no mudo, silencioso y á lo lejos, como en la pesadilla, sino á media vara de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.

Y eso que ni el mismo lector que la vió días atrás, conociera la casa de don Sotero cuando las huérfanas entraron en ella. Estaban las paredes de la alcoba y las de la sala, recién blanqueadas; tan recientemente, que aún se veían en el suelo y en las puertas los regueros de la lechada, y se olía la cal húmeda, como si acabara Bastián de extenderla con la escoba; y las mayores aberturas del tillado estaban medio tapadas con listones, en bruto sí, pero bien afirmados con clavos trabaderos; se había barrido la alcoba y sacado de ella el arcón viejo; la mesa no tenía encima más que el tapete y la palmatoria; en la cama había almohadas con funda limpia y una colcha en buen uso; y, por último, arrimadas á la pared, hasta dos sillas útiles.

--Están ustedes en su casa --dijo don Sotero en cuanto introdujo en la alcoba á las dos aturdidas huérfanas--. No es un palacio como el que merecen los ilustres huéspedes que la honran; pero hay lo necesario en ella, y, sobre todo, una voluntad sin límites para complacer á ustedes en este humildísimo y reconocido servidor.

Águeda y Pilar, sin oir á don Sotero ni fijarse en los pormenores del cuarto, se sentaron maquinalmente en las dos sillas.

--No he puesto --prosiguió el santo hombre-- más que una cama, porque supuse que ustedes querrían estar juntas el poco tiempo que yo tenga la honra de hospedarlas en mi casa... Sobre esta mesa hay cerillas y vela, para cuando necesiten luz... En cuanto á comida, Celsa, mi ama de llaves, tiene orden de darles cuanto pidan y necesiten, y á las horas que lo deseen... Con media voz que se le dé desde esta puerta, acudirá en un instante... No es un primor de belleza; pero sí muy servicial y cariñosa... Por esta ventana entra, desde media tarde, un aire fresquísimo y sano; y, asomándose á ella, se descubren hermosas vistas... Excuso decir á ustedes que, como toda la casa, esta sala, tan espaciosa y desocupada, está á su disposición. Con la puerta del balcón entreabierta, es un hermoso paseo de verano... En aquella alcoba de enfrente duermo yo... No teman molestarme llamándome siempre que de mi inutilidad necesiten... En fin, señoritas, repito que están ustedes en su propia casa; y añado que me creería venturosísimo y pagado con usura, en lo que al desinterés y noble objeto de ésta mi determinación se refiere, si lograra yo infundirles un poquito más de confianza, siquiera hasta verlas risueñas y descuidadas, como quien llega al hogar de su mejor amigo después de verse fuera en grave riesgo de muerte.

En vano esperó don Sotero una sola palabra por respuesta á todas éstas suyas, dichas casi con lágrimas en los ojos. Águeda parecía la estatua de la tristeza, y la inocente Pilar la imagen del espanto.

--En vista de lo cual --añadió don Sotero, aludiendo sin duda al silencio de las huérfanas--, tengo el honor de despedirme de ustedes por ahora, para dar algunas disposiciones relativas á su mayor comodidad.

Hizo una profunda reverencia, y salió de la alcoba, dejando la puerta cerrada con el pestillo.

En cuanto las dos hermanas se quedaron solas, Pilar se abrazó á Águeda y le dijo llorando:

--¡Ay, Águeda, qué miedo tengo!... ¡Vámonos de aquí!

La joven recogió entonces sobre la cabeza el velo de su manto, y dejó ver el hermoso rostro pálido y desencajado. Besó á su hermana, abrazándola también estrechamente, y la respondió:

--Tranquilízate, hija mía, que nada malo puede sucedernos. Ya sabes á lo que hemos venido; y tengo la seguridad, porque Dios me la infunde, de que antes de pocas horas hemos de volver á nuestra casa... Para que se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda; ¡pídele de todo corazón que no te abandone un momento!...

--¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que tengo!

--No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras. Inténtalo y verás cómo lo consigues.

Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas; y cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó á poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y estremecimientos de espanto.

Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención. Tenía mucho más miedo que la niña, aunque le disimulaba mejor; y no seguramente á los ratones ni á los fantasmas del otro mundo. Desde que se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus pensamientos fué disipándose rápidamente. Á los turbios celajes del crepúsculo, sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su sitio, con la forma, el color y el tamaño que debía tener. Había cesado la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda.