De tal palo, tal astilla

Part 14

Chapter 144,004 wordsPublic domain

Traíale el caso con grandes escozores en el espíritu; pero aún le producía mayor desasosiego otro particular de este mismo asunto. Dos días llevaba el hombre cavila que te cavila, midiendo horas, pesando inconvenientes y saboreando propósitos y resultados; y como nunca lograba armonizar por entero los múltiples registros de sus proyectos, sudaba la gota gorda, ¡y eso que era pez de buenas agallas!

Paseábase en el largo y desamparado salón que conocemos, con las manos enlazadas sobre los riñones, carraspeando á veces, bufando muy á menudo, y siempre con la faz cargada de centellas, mientras Bastián, derribado sobre una silla vieja arrimada á la pared, con las zancas extendidas cuanto eran de largas, las manos en los bolsillos del pantalón, la nuca contra el respaldo, la bocaza abierta y la vista vagando por el techo, lamentábase en silencio de la reclusión en que se le tenía desde la noche de los palos; rascábase las ronchas de cuando en cuando, y no olvidaba un punto á Tasia ni se le apartaba de la memoria Macabeo, causas primordiales de aquel nocturno siniestro y de la creciente intranquilidad de su espíritu desde entonces.

Como en la sala reinaba el más completo silencio, porque al acompasado ruido que producía el ir y venir de don Sotero estaba ya tan hecho que no le oía, sus meditaciones llegaban á presentarle las cosas como se ven en una pesadilla: reales y verdaderas. Así es que en ocasiones, cuando soñaba con los palos, se quejaba recio, y al meditar sobre el motivo, balbucía frases enteras. En uno de estos lances mordióle más fuerte que de costumbre el gusanillo de los celos, y pensando si sería fábula inventada por Tasia lo del viaje de su rival, exclamó con toda su voz:

--Pero ¿por qué ella no quiso decirme adónde iba Macabeo aquella tarde? ¡Dios!

Detúvose repentinamente don Sotero al oir esta exclamación de su sobrino, y le preguntó, mirándole con terrible ceño:

--¿De qué viaje estás hablando, animal?

Desperezóse Bastián sobresaltado, como si realmente saliera de un sueño por la virtud de un garrotazo como los de marras, y respondió á su tío:

--Del de Macabeo.

--¡Un viaje de Macabeo!... ¿Cuándo le hizo?

--Aquella tarde de los trancazos.

--¿Adónde?

--Eso preguntaba yo á la que lo sabía, cuando usted me solfeó las costillas.

--Pero ¿hacia dónde tiró Macabeo? ¿No sabes ni siquiera eso?

--Sí, señor: valle afuera.

--¿Quién te lo dijo?

--Yo le ví.

--Pedazo de bestia... ¡y te acuerdas ahora de decírmelo!... ¿Por qué no me lo has dicho antes, animal?

--¡Otra!... ¡Dios! Y á usted ¿qué le importaba que Macabeo entrara ó saliera?

--¿No te tengo dicho que me des cuenta de todo cuanto veas y oigas en el pueblo, estúpido?

--¡Buena memoria me dejó usted aquella noche con la zurribanda que me sacudió, para que yo me acordara otro día de ese encargo! ¡Dios!

Don Sotero ya no oía á Bastián. Volvió á pasearse; pero con febril agitación.

--Fué el mismo día en que yo hablé con ella --murmuraba, sin dejar de moverse como un poseído--. Entraría en sospechas... habrá querido cerciorarse... Necesariamente había de suceder algo de esto... Hay cosas que no tienen compostura... Lo imperdonable ha estado en mis vacilaciones... ¡Ira de Dios!... Pero todavía no es tarde... Van tres días hasta hoy... Aun suponiendo que todo le salga á pedir de boca... y ellos vengan á buen andar y sin tropiezo, quedan dos días... ¡y en dos días sobran horas para mis planes!... Lo que no cabe en ese tiempo es una vacilación... La salida no la veo aún tan clara como yo quisiera; pero lo demás es de éxito seguro... y, sobre todo, no hay otro recurso á mano, ni tiempo para buscarle... y ¡qué demonio! la fortuna, ó Lucifer, que me ha sacado de otros lances de mayor apuro, no ha de faltarme en éste.

Detúvose otra vez, y comenzó á pasear su mirada fulminante por toda la sala; acercóse á su alcoba y la recorrió también con la vista. Luégo se volvió hacia Bastián, y le dijo haciéndole estremecer con el horrible sonido de su voz:

--Inmediatamente, ¡en el aire! vas á hacer un encargo que yo te dé. ¡Ay de tí si tardas un instante más de lo necesario, ó hablas una palabra, fuera de las precisas!

En esto apareció en la sala, jadeando, el ama del cura.

--¡Grandes noticias, señor don Sotero! --dijo al entrar, con voz temblona y desentonada.

--¡Como traídas por usted! --respondió el hombre negro, á quien hizo un efecto endemoniado aquella visita intempestiva.

--¡Noticias para que con ellas se rechupe las uñas un hombre como usted, que tanto se interesa por la gloria de Dios y el bien de las almas!

--¡Vaya usted con doscientos mil demonios! --dijo con desdeñoso y áspero ademán don Sotero, incomodado con lo que juzgaba impertinencias de la buena mujer.

--¿Sí? --repuso ésta muy segura de su triunfo--. Pues escuche usted el cuento... y escúchale tú también, Bastián; que es de los que merecen andar en letras de molde.

Acomodóse, porque estaba muy fatigada, en la silla que había desocupado Bastián; metió las dos manos, palma con palma, entre las rodillas; echó el enjuto tronco hacia adelante, y dijo, alargando la jeta rugosa y siguiendo con la vista á don Sotero en sus vueltas de zorro enjaulado:

--¡Sépase usted que acaba de estar en nuestra casa el hijo de _Pateta_ el herejote!

Oirlo don Sotero y dar una vuelta en redondo hasta quedarse mirando á la viejecilla, fué obra de un solo momento.

--¿Á ver, á ver? --díjola, clavando en ella sus pupilas de fuego, y hasta parecía que también los dientes.

Sonrióse la noticiera, y añadió, gozándose en el éxito de su noticia:

--¡Cuando yo decía que el caso tenía que oir!...

--¡Cuando digo que no se la puede aguantar á usted por habladora y destripa-cuentos! --concluyó don Sotero carcomido por su impaciencia--. ¿Quiere usted decirme, sin rodeos ni pespuntes, á qué iba á casa del señor cura ese mequetrefe?

--Eso mismo me pregunté yo cuando le ví entrar... porque desde que usted me lo enseñó una vez, por lo que pudiera ocurrir, le conozco como si le hubiera parido: ¿á qué viene aquí ese niquitrefe?... Y fuíme arrimando, arrimando á la puerta de la sala, según que él se iba metiendo poco á poco en la alcoba del señor cura... Ya usted sabe que de este modo escucho yo en la casa hasta los pensamientos de los que entran en ella para hablar con aquel santo varón. Pero, hijo de Dios, cátate que, á lo mejor del saludo y otras cortesías, sale el señor cura y cierra las dos puertas. ¿Qué hago yo entonces? Abro la de la sala, como si fuera de algodones; y sin que ni las moscas me sientan, arrimo la oreja derecha á la cerradura, porque de la izquierda ando un poco torpe, como usted debe saber por otros relatos míos...

--¡Si fuera usted sutil de entendimiento como es charlatana insoportable!... ¿Qué mil demonios es lo que usted oyó escuchando por la cerradura con la oreja derecha?

--Pues oí... ¡bendito y alabado sea el Señor de cielos y tierra, por todos los siglos de los siglos!... Oí que _Patetuca_, vamos al decir, el hijo de _Pateta_ el judío, el herejote... pide iglesia, señor don Sotero... ¡pide iglesia!

--¿Cómo que pide iglesia, alma de Dios?

--¡Que quiere convertirse... aprender la doctrina y cuanto el señor cura crea conveniente enseñarle para su salvación!

--Vamos... usted no está hoy en sus cabales.

--Es tan cierto como la luz que nos alumbra; y no vea yo la de la mañana si miento en una tilde... Palabra por palabra podría repetir aquí todas las que se cruzaron en la conversación. ¡Pues poco asombro recibió el señor cura al oir la explicativa al mozalbete!... ¡El Señor me valga, qué garrido es y qué caballero! Bien dije yo siempre, que estampa tan maja no podía ser bocado del demonio. ¡Alabada sea por sinfinito la misericordia divina!

Don Sotero comenzó á revolverse de nuevo en la sala, y á lanzar el bufido que temblaban las paredes.

--Y ¿en qué paró la entrevista? --preguntó iracundo á la vieja, rascándose la cabeza á dos manos, sin dejar de pasearse.

--Pues paró, señor don Sotero... yo no sé en qué, porque cuando oí que la cosa iba muy seria y que estaban de acuerdo los dos en punto á hacer entrambos los posibles al auto de la conversión, retiréme sin esperar á la despedida, temiendo que me cogieran en el garlito... Y ¿qué me quedaba que oir ya, bendito sea Dios, después de lo que oí?... ¡Siglos, señor don Sotero, siglos se me hacían los minutos que pasaban hasta venir á dar á usted un alegrón como éste!

--¡Pues entienda usted --dijo don Sotero hecho una pólvora-- que le recibo como un dolor de tripas!

--¡Ya me estaba á mí dando en qué pensar --replicó el ama del cura-- la poca satisfacción que le salía á usted á los ojos, según yo iba haciendo el relato! Y ¿en qué puede consistir, señor don Sotero, que cosa tan en servicio de Dios no le regocije á usted el alma?

--¡En que la tal cosa tiene más de una cara, y en que usted sólo la ve por la más reluciente! --dijo el ex-procurador, resobándose las mal afeitadas barbas, y temblando de ira hasta por las ventanillas de la nariz.

En esto se acercó á la puerta del salón, y gritó con voz descompasada y rugiente:

--¡Celsa!

Y Celsa apareció en seguida, ahumada, sucia y medio descalza. Se cruzó de brazos al entrar en el viejo páramo; se arrimó á la pared, cerca de la puerta, y desde allí saludó con un gruñido y un gesto diabólico al ama del cura, que respondió en idéntico lenguaje. Colocóse Bastián entre las dos mujeres; y don Sotero, después de medir tres ó cuatro veces con agitados pasos lo largo de la sala en medio del mayor silencio, dijo al ama del cura:

--Repita usted, en las menos palabras que pueda, lo que acaba de contarme á mí.

Obedeció la buena mujer, muy descorazonada con el fatal éxito que había alcanzado su noticia; y cuando hubo concluído, dijo don Sotero con la mayor solemnidad:

--Público y notorio es en Valdecines que en vida de la señora doña Marta Rubárcenas fué ese hombre, que había logrado trastornar á Águeda la cabeza, despedido de aquella casa por hereje.

--Verdad es que así se ha dicho --murmuró Celsa.

--Algo he oído de eso --añadió el ama del cura.

--Pues yo, ni pizca --balbuceó Bastián.

--Muerta doña Marta --prosiguió don Sotero, taladrando á su sobrino con una mirada--, ese hereje volvió á entrar en la casa... ¡señal de que le abrieron las puertas manos que debían continuar cerrándoselas! De buena ó de mala gana, se le ha hecho saber que no puede lograr sus propósitos mientras no se lave las manchas de sus herejías; y hete aquí que el muy sinvergüenza acude al cura de Valdecines haciendo la pamema de que se convierte, para casarse con Águeda y llegar á ser dueño de uno de los primeros caudales de la provincia.

--¡Válgame Dios, qué picardía!

--¡Si parece imposible!

--Tengo pruebas irrecusables de que es la pura verdad --exclamó don Sotero con el mayor aplomo. Luégo añadió--: Ahora bien: Águeda es una joven sin experiencia, y quizás, quizás, enamorada; él es un lagarto madrileño, con todos los ardides y fingimientos de los de su calaña. El resultado se toca y se palpa: esa infeliz, si la criminal farsa continúa, se verá un día cogida, como la mosca en la tela traidora. Yo, como hombre honrado y temeroso de Dios, en primer lugar, y en segundo, como encargado por la difunta santa mujer de velar á todo trance por la salvación de las almas y de los intereses mundanos de sus hijas, estoy en el deber imprescindible de oponerme á los criminales intentos de ese miserable... ¡Miserable, sí! porque habéis de saber que, además de impío, tiene contraídos grandes méritos para estar arrastrando un grillete en el presidio de Ceuta...

--¡Santa Bárbara bendita!

--¡Quién lo creyera!

--Esa es más gorda... ¡Dios!

--¡En Ceuta, sí! --continuó el piadosísimo varón--. En Ceuta dije, y no me arrepiento. Hace un año le persiguió la policía por una estafa que había cometido en Madrid, asociado á otro como él. Por buena compostura, se echó tierra al asunto pagando los seis mil duros que importaba la cantidad robada. Las pruebas de este crimen las tengo yo en mi poder; porque... (hay que decirlo todo, aunque mi cristiana humildad se rebele contra ello) yo fuí quien le dió ese dinero para librarle del presidio... ¡Bendito sea Dios que me puso en ocasión de ejercer, con ese vil y despreciable metal, uno de los más grandes actos de caridad!

Mientras decía esto y caminaba con los ojos en blanco y las manos alzadas al cielo, hacia su alcoba, los oyentes estaban consternados, y al ama del cura se le caían las lágrimas pensando en el acto generoso de don Sotero.

El cual apareció á poco rato con un papel en la mano.

--Para que veáis que no exagero --dijo--, aquí está el recibo que me dejó, comprometiéndose á pagarme... ¡cuando herede á su padre! ¿Habéis visto escarnio mayor de los santos vínculos de la familia, y hasta de los sentimientos del corazón humano?

Sabía leer el ama del cura, y se llenó el cuerpo de cruces cuando pasó la vista por aquel documento, que también ojeó Bastián, y palpó Celsa por no conocer la O.

--Ya lo veis --prosiguió el humildísimo don Sotero, guardándose en el bolsillo de su chaquetón el papelejo--. El crimen no puede estar más comprobado. ¿Cómo no había de saberme á hieles la noticia de la conversión de ese tunante! Todos los que me escucháis tenéis una conciencia y sois cristianos como yo: es preciso que me ayudéis á desenmascarar al impostor, para librar de su yugo abominable á esa honrada familia, tan querida de mi corazón; ¡es indispensable hasta que el pueblo le apedree, si persiste en sus criminales intentos!...

--¿Y qué hay que hacer para eso? --preguntó el ama del cura, tan llena de buena voluntad como vacía de malicias.

--Una cosa muy sencilla --respondió don Sotero--. Desde este instante, usted y cada uno de nosotros debemos ocuparnos en divulgar lo que yo he referido... pero sin descubrirme á mí: ¡mucho cuidado con esto! ¡Que corran las noticias como si el viento las llevara, y que no quede cocina en el pueblo donde no entren antes de la noche!... Por lo que respecta á la interesada y al señor cura, queda de mi cargo instruirlos en tiempo y modo convenientes. ¡Que no sepan por vosotros ni una palabra siquiera, ó la buena obra se desgraciará en flor! ¿Me entendéis? ¡Guerra á muerte al impío, al sacrílego impostor! Os la impongo como un deber de conciencia. ¡Guerra sin cuartel! ¡Guerra hasta el exterminio!

Y no dijo más el santo apóstol; pero con un ademán muy expresivo, dejó limpia de gente la sala, como si la hubiera barrido con una escoba.

No por la gravedad que á sus ojos revestía este incidente, olvidó el que tanto le preocupaba cuando llegó el ama del cura; antes le prestó mayor atención todavía que al principio, porque, en su concepto, se enlazaban en gran manera los dos. Así es que llamó á Bastián á la sala, y con parecido preámbulo al que conocemos, le dió el recado que entonces no pudo darle.

Salió Bastián á la carrera, y don Sotero se encerró en su alcoba, con el gorro sobre el cogote, crispados sus pocos pelos descubiertos, reluciente el cuero bruñido de su faz, y saltándosele de las órbitas los ojos sanguinolentos.

Dos horas después, la biografía del pobre Fernando, hecha sobre los apuntes que conocemos, andaba de boca en boca, corría todas las del lugar, y, á medida que se propagaba, iba adquiriendo nuevos y más peregrinos rasgos.

Cuando el runrún llegó á la botica y cayó sobre él la bocaza del maestro, el hijo del doctor Peñarrubia era ya un indultado de presidio, en el cual estuvo nueve meses por robo y envenenamiento.

Aquella noche no hubo palos allí, porque el pedagogo era un cobardón, y á don Lesmes le agarró el bastón el boticario, saltando sobre la mesa cuando el cirujano le enarbolaba para cascar las liendres al deslenguado.

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XX

LOBO Y CORDERO

Llegó la víspera de San Juan, y con aquel día eran ya tres los pasados sin que don Sotero pusiera los pies en casa de los Rubárcenas. Águeda le suponía entretenido en la tarea á la cual dió el celoso administrador tanta importancia en la entrevista que el lector recordará. Un día más transcurrido así, y la atribulada joven se vería libre para siempre de la odiada presión que sobre ella ejercía aquel antipático personaje. Porque don Plácido no podía tardar más que ese tiempo en llegar á Valdecines, si vivía, y tenía que vivir, porque le parecía imposible que hasta de ese amparo la privara su desdicha.

De esta suerte discurría Águeda cuando, por breves instantes, lograba apartar su pensamiento de las hondas y enconadas heridas de su corazón. Estas eran su perenne martirio, su cruz, su agonía sin el consuelo de la muerte. ¿Qué habría sido de Fernando después de su última y desgraciada tentativa de reconciliación!... Y ¡qué sería de ella, obligada, por una burla cruel de la desgracia, á ser, en tan bárbaro suplicio, víctima, juez y verdugo á un mismo tiempo!

Entre tanto, los vecinos de la corralada de don Sotero andaban asombrados al saber que éste había comprado medio celemín de cal viva en la tejera, y hasta cerca de tres cuarterones de clavos trabaderos en la fragua. Además, se habían oído en la casa fuertes martillazos y como ruido de muebles que se arrastran; era notorio que Celsa hizo, en una sola mañana, más de tres viajes á la fuente, con _escala_ y botijo; y, por último, se había visto á Bastián asomado un instante á la ventana, con una escoba amarrada á la punta de un palo, y el palo, la escoba y Bastián revocados de blanco, como si él y el palo y la escoba se hubieran zambullido en el tinajón de la harina. ¿Qué ocurría en aquella casa, de ordinario tan sucia, desmantelada y silenciosa? Para ponernos en camino de averiguarlo, volvamos á la de Águeda.

Cabalmente se hallaba ésta en un momento de reposo y de relativo bienestar, cuando se oyeron á la puerta del gabinete en que hacía labor, aquellos golpecitos acompasados y aquella voz melosa, que ya en otra ocasión oímos, preguntando:

--¿Se puede pasar?

El efecto que esta voz y aquellos golpes causaron en la joven, puede calcularse sabiendo que en aquel mismo instante volvía á contar hasta las horas que podría tardar en aparecer el tan esperado don Plácido á la puerta de su casa.

No respondió una palabra; pero don Sotero, fingiendo haber oído que se le mandaba entrar, entró.

Si Águeda se hubiera atrevido en aquel instante á mirarle con un poco de atención, podría haber observado en él grandes señales de inseguridad y hasta de zozobra. El resobeo de sus manos era muy nervioso, y sin el ritmo dulcísimo que le era peculiar; temblábale la barbilla algunas veces; su mirada, sin dejar de ser punzante, carecía de firmeza, y en el verde sucio de su tez predominaba el ocre con veladuras de cardenillo; señales todas de que la bilis y los nervios traían al hombre, á la sazón, á mal traer.

Después de los saludos y reverencias de costumbre, dijo así con voz enronquecida é insegura:

--¡Será permisión de Dios, señorita, que siempre que me acerque á usted, de algún tiempo acá, haya de ser para ocasionarla un disgusto, no obstante la rectitud y el desinterés de la intención que me guía!

La joven, disimulando la tortura en que se hallaba, permaneció en silencio y atenta sólo á su labor. Don Sotero prosiguió así:

--En su día tuve la honra de poner en conocimiento de usted dos de las cláusulas más importantes del testamento de su señora madre (que en santa gloria sea).

El mismo silencio por respuesta. El hombre negro añadió:

--Por la primera de ellas, nómbraseme tutor y curador de la niña Pilar...

Aquí alzó Águeda los ojos, y los fijó en lo que se veía de los de don Sotero, que continuó de este modo:

--Por la segunda cláusula se ordena que cuide, vigile y hasta enderece á buen fin, si se torcieren, las inclinaciones, vamos al decir, de ustedes, en un caso que no hay para qué mencionar en este instante.

Águeda sintió, al oir estas palabras, una impresión indefinible, pero insoportable: el secreto de su corazón, santificado por el martirio, iba á ser profanado por aquella lengua repugnante.

--Siga usted --dijo con heróica decisión, tras un instante de silencio.

Y siguió de esta suerte don Sotero:

--En vida de la santa mujer, á quien todos lloramos, se arrojó de esta casa á un hombre, cuyas miras en ella eran tan notorias como su escandalosa rebeldía á la ley de Dios.

--¡Adelante!

--En el supuesto de que usted me ha comprendido, no me detengo á decir qué clase de miras eran aquéllas, ni á ponderar, como debiera, lo atinado y cuerdo, previsor y cristiano de la medida tomada con el precitado sujeto... cerrándole estas puertas.

--¡Acabe usted pronto! --dijo Águeda con imperioso ademán.

--Siendo atinada, cuerda, previsora y cristiana la medida --prosiguió don Sotero fortaleciéndose y serenándose á medida que la joven se exaltaba--, claro y evidente es que el rebelarse contra ella, ni es cristiano, ni previsor, ni cuerdo, ni atinado.

Esta brutal indirecta produjo en el alma tierna y pudorosa de la joven un verdadero estrago. Corriéronle lágrimas por las mejillas, y sólo el impulso de la indignación que sentía le dió fuerzas para responder:

--Ni con los títulos á que se ampara, adquiridos en mal hora, y sabe Dios cómo, reconozco en usted derecho alguno para faltar al respeto que me debe. Sin nuevos rodeos, y sin olvidar la distancia que nos separa, diga usted qué pretende de mí, y adónde se encaminan esas atrevidas observaciones.

--Pues sin rodeos, señorita --replicó don Sotero, gozándose en tener tan á la mano la ocasión de vengarse de la altivez con que la joven le había tratado--, necesito decir á usted que he visto tres veces, en muy pocos días, salir de esta honrada casa al hombre á quien arrojó de ella su difunta madre de usted; que conozco los propósitos que aquí le traen, y que, cumpliendo con el sacratísimo deber que se me ha impuesto, vengo hoy á tomar la única medida que está á mis alcances para dejar á salvo la responsabilidad de mi cristiana conciencia.

--Y ¿qué medida es la que piensa usted tomar en _mi casa_? --le preguntó Águeda, acentuando mucho las últimas palabras.

--Con respecto á usted--dijo el hombre, volviendo á dulcificar su voz y sus restregones de manos--, aconsejarla...

--¡Aconsejarme á mí!... ¡un hombre como usted!

--Cuando menos, recordarla el deber en que me hallo de hacerlo así.

--No hay tal deber, mientras usted no sea capaz de cumplir con él... aun cuando existieran los motivos con que usted disculpa su inaudito atrevimiento.

--Siento tener que repetir, señorita, que los motivos existen... con algo más que usted misma ignora y no alcanzó á prever su sabia madre, pero que yo evidenciaré con pruebas irrecusables, si las circunstancias lo exigieren. En cuanto á mi suficiencia para cumplir ese encargo de una santa moribunda, paréceme que la delicadeza del encargo mismo, la alta procedencia que trae, la honradez de mi intención, el desinterés de mi cariño y el santo temor de Dios en que me inspiro, prendas son que la abonan y enaltecen... Y en todo caso, lo escrito, escrito está. Cuanto usted me diga en son de protesta, entiéndese que contra ello va, no contra mí, porque mandado soy, por mal de mis pecados, por aquélla á quien usted debe respeto y admiración.

Lo más triste para Águeda en tan bochornoso trance, era que no sabía qué responder á las últimas razones de don Sotero. Aquel hombre sería un pícaro y un atrevido; pero, en honor de la verdad, el testamento de su madre y su aparente delincuencia le autorizaban, en rigor de justicia, para hacer lo que estaba haciendo. Resistirse á sus advertencias, equivalía á desconocer la autoridad y el mandato de su madre. ¡Podía inventar el mismo Lucifer conflictos más insuperables que los que perseguían á la desdichada?