De tal palo, tal astilla

Part 12

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--Pudiera reprocharte el descuido de no haberme enseñado ciertas cuestiones más que por una cara.

--Y ¿qué ha hecho tu razón libérrima que no les ha buscado la otra?

--La razón se apasiona, como tú has demostrado muy bien en el ejemplo que citaste; y en fuerza de andar siempre en un carril, á él se acomoda, y con dificultad se aviene á otro sendero. El espíritu de bandera propende á mirar al enemigo por el lado más desfavorable ó más débil. ¿No puede haberme sucedido á mí algo de esto en la doble ceguedad de mi entusiasmo y de mi educación irreligiosa y descuidada? Esto es lo que quiero ver; y para lograrlo, estoy resuelto á quemar hasta el último cartucho.

--Quema, hijo mío, hasta la cartuchera cuando llegue el caso, si con ese recurso sales de apuros; pero, por de pronto, desciende del volcán de tu fantasía al frío de la realidad, y empecemos por llamar las cosas por sus nombres. Lo que aquí sucede es que te enamoraste de una dama; que esta dama se enamoró de tí; que, á pesar de ello, te rechazó en cuanto supo que eras un hereje, digno de tu casta; que te impone su ortodoxia como condición de avenencia, y que tú no puedes creer esas cosas, ni fingir que las crees, ni renunciar á la dama... ¿No es esto?

--Precisamente.

--Ocurre también que tú eres vehemente y testarudo, y estás poco avezado á contrariedades; por lo cual quieres poseer inmediatamente el poderoso talismán que ha de abrirte las encantadas puertas, y que ya andas en su busca con el mismo afán con que estarías arrimando las espaldas á los Picos de Europa para derrumbar la gigante cordillera, si tal hubiera sido la condición impuesta.

--Supongamos que no te equivocas... ¿Y qué?

--Que tu empresa es superior á las fuerzas humanas, y que no tengo noticia de que en estas regiones habiten hadas benéficas, como aquéllas que sacaban de apuros idénticos á los honradotes orientales de las _Mil y una noches_.

--¿Es decir, que me niegas tu auxilio?

--Te le daría, por ahora, en un consejo; en el único que aquí cuadra, si fueras capaz de recibirle en lo que vale. Te diría: reserva las fuerzas que has de malgastar luchando contra un imposible, para vencer con ellas esa pasión insensata. Éste es tu negocio... y también tu deber.

--¡Consejo digno de quien no ve en el corazón humano más que una víscera con determinadas funciones mecánicas!

Esto dijo Fernando levantándose desesperado y saliendo de la estancia. Y no tuvo la entrevista otro resultado, si no se cuenta como tal la puñalada que sintió en la consabida víscera el doctor con las últimas palabras de su hijo, cuyos dolores estaban quitándole á él la vida.

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XVI

RAYAR EN EL AGUA

No daba el doctor Peñarrubia dos adarmes de peso á los motivos de la angustia de Fernando; pero no desconocía que el grano de pólvora que inflamado al aire libre no mueve una paja, oprimido entre obstáculos levanta una roca. Aun suponiendo en Águeda todos los atractivos imaginables, su amor, con obstáculos y todo, no podía causar estragos en un pecho avezado á esa clase de impresiones y abierto al aire libre de las vulgares y corrientes peripecias de la vida galante. Pero en Fernando, el mismo caso ofrecía muy graves peligros. Era, por naturaleza, lo que comúnmente se llama _juicioso_; es decir, reflexivo, incapaz de encariñarse, y mucho menos de entusiasmarse, con aficiones pasajeras ni con frivolidades pueriles. Podía equivocarse en la elección de una senda; pero se equivocaba en buena ley, es decir, poniendo en sus meditaciones, antes de decidirse, cuanto cabía en su discurso. Así era entusiasta sin dejar de ser frío. El caudal de sus ideas, buenas ó malas, le formaba adquiriéndolas poco á poco y saboreándolas; y una vez pertrechado de esta suerte, iba hasta el fin de sus proyectos sin arredrarle los peligros, que antes le enardecían cuanto más inesperados eran y mayores.

Tenía su padre bien conocidas y comprobadas éstas y otras análogas condiciones de carácter; y he aquí por qué, no obstante la pequeñez real del motivo, en opinión del doctor, andaba éste sin hora de sosiego, aunque cosa muy distinta aparentaban sus zumbas de dientes afuera.

Muchas veces intentó reanudar la conversación tan bruscamente interrumpida por Fernando, á quien no perdía de vista un momento. No lo pudo lograr. Desde que el mozo se convenció de que en su padre no había lo que él necesitaba para salir del ahogo, todo lo esperaba del aislamiento y de la meditación. Pero tardó dos días en recobrar el equilibrio de sus ideas, y cerca de tres en ser dueño de toda la fuerza de su discurso. Probóla en la contemplación de sí mismo, y vió que la borrasca había pasado; pero que quedaban los estragos de ella. Los examinó con serenidad, y le parecieron enormes. Había que proceder inmediatamente á su remedio; es decir, á ver qué podía alcanzarse del único conocido.

Entre tanto, andaba el doctor esparciendo las nieblas de su ánimo con las brisas, el silencio y la fragancia de sus arboledas.

Fernando extendió, como si dijéramos, sobre la mesa junto á la cual se sentaba en su habitación, todo el caudal de sus recursos para la empresa que iba á acometer.

La fe católica, según él la había estudiado y combatido, le ofrecía el siguiente cuadro: Una nube de curas ignorantes y egoístas, socavando la sociedad por el agujero del confesonario y con la fábula del purgatorio. Otra nube de frailes groseros, holgazanes, comilones y lascivos, saqueando los hogares, perturbando la paz y mancillando el honor de las familias. Otra nube de jesuitas ambiciosos, intrigantes y envenenadores, corruptores de las conciencias y opresores de los Estados; una gusanera de monjas rebelándose contra las leyes de la naturaleza, y cantando con voz gangosa salmos en latín contrahecho; un tropel de beatas chismosas, haraganas y soberbias; otro rebaño de creyentes invadiendo los templos para dar culto á su fanatismo, y poblando á otras horas las casas de juego, los salones de baile, la plaza de toros, los lupanares... y la Inclusa; muchos Obispos disipando, entre los relumbrones ostentosos del cargo, parte del botín de las rapiñas de curas y frailes; y un Papa en Roma, tres veces coronado, sobre esplendente solio, cobrando en oro de buena ley el perdón de todas esas iniquidades, y derrochándolo en orgías y bacanales con la turba corrompida de los purpurados personajes de su corte. Como ornamentos, y para la debida entonación de estas figuras palpables y de todos los días, una mina de horrores históricos de multitud de calibres y de otras tantas cataduras, en la cual mina entraban, por supuesto, Juana la Papisa, Alejandro VI, la matanza de los Hugonotes, Felipe II, María Tudor, todas las chamusquinas de la Inquisición, el Arzobispo Carranza, Fr. Froilán Díaz, los _quemaderos_ de aquí y de allí... hasta el «secuestro» del niño Mortara y el suplicio de Monti y Tognetti, y cuanto sabe de carretilla el pío lector, mucho mejor que yo, y tan bien como Fernando, que además sabía, como resumen concluyente y arpegio arrebatador, que el «catolicismo, conjunto de estas repugnantes indignidades, había sido negra mazmorra del entendimiento humano en los tres últimos siglos, y aún trataba en el presente de ser rémora á todo progreso legítimo, desvirtuando así los generosos alientos del espíritu democrático del «Filósofo de Judea.»

Que la cosa iba bien pintada de este modo, jamás lo dudó el fogoso sustentador de la idea nueva, puesto que salvas de aplausos y bosques de laureles fueron, de continuo, el premio de esta lucubración y de aquellas pinceladas.

Tampoco le faltaban pruebas de que ni en los aplausos ni en las coronas entraba pasión de bando, ni cosa que lo pareciera. Un cura sin licencias ni sotana, pero con manceba, gran frecuentador de los centros en que nuestro joven peroraba, defensor impertérrito del cristianismo sin «alto clero,» ni Papa; un aristócrata tramposo, divorciado de su mujer y podrido por los vicios, pero sostenedor incansable de las «prerrogativas del Altar y del Trono;» algunos _jóvenes ilustrados_, que en pago de la honra que él les otorgaba saludándolos en público y dejándolos acercarse á oirle cuando oficiaba de pontifical, le referían las comedias que se veían precisados á representar, en bien de la paz doméstica, ya comprando por un vaso de aguardiente al sacristán de la parroquia la cédula de comunión en Semana Santa, ya asomándose cada domingo á la puerta de la iglesia para poder decir al fanático papá de qué color era la casulla del cura, en testimonio de que habían oído misa; porque los pobres chicos tenían la desgracia de pertenecer á familias estúpidas que se confesaban de cuando en cuando y oían misa todos los días de precepto; dos distinguidas marquesas, protectoras de quince cofradías, rezadoras infatigables, caritativas á voces; pero que lo mismo pedían para los gastos de una novena, que para regalar un estoque cincelado al torero de moda, y con igual empuje hendían la masa de fieles para oir de cerca en el templo á un orador de fama, que el tropel de locos ó borrachos en un baile de máscaras, para dar un bromazo á _Pepe Canija_ ó á _Ñico Pulgares_, calaveras de la aristocracia, muy dados al merodeo llano; un «honrado obrero» que tuvo la dignidad de separarse de la «Iglesia romana,» porque el cura de su parroquia no le admitió por padrino en un bautizo, por el único delito de haber declarado el disidente que tenía á mucha honra no saber jota de la doctrina cristiana, y estar á la sazón «un poco bebido;» tres seminaristas resellados de demagogos; una dama virtuosísima que se veía en la dura necesidad de no volver al confesonario desde que una vez la negaron la absolución... y un sinnúmero de ejemplares por el estilo, á cual más católico, unos con elogios, otros con declaraciones, y todos con su conducta, demostraron á Fernando que el fustigador de la vieja fe estaba en lo firme, y que los aplausos y los laureles consabidos eran fiel expresión de la justicia; la voz del mundo entero que protestaba contra la tiranía de esa _secta_, escándalo de la civilización y oprobio de la humanidad.

Todo esto estaba bien; pero ¿en qué se parecía á Águeda ni á lo que Águeda decía, ni al modo de conducirse de Águeda, ni á lo que en casa de Águeda pasaba? ¿Qué datos eran los que él poseía para buscar el primer eslabón de esa cadena infinita de testimonios, entre un cúmulo de siglos y generaciones, enlazando, en sus múltiples rumbos, mártires y profetas, pueblos y civilizaciones, ciencias y poesía, artes é historia, y cuyo otro extremo, término y origen á la vez, se elevaba hasta la mente sublime de Dios? ¿Qué libros, si es que existían dignos de crédito, trataban de esas cosas, y dónde se hallaban?

Y nada sacaba en limpio de estas cavilaciones; y no sacándolo, ni su incipiente escepticismo filosófico, ni el recuerdo del muy viejo de su padre, ni sus propias impresiones adquiridas delante de la causa de sus desvelos, eran parte á evitar que el orgullo sectario se le rebelase y le indujese á creer que la culpa de la obscuridad no estaba en su ceguera, sino en Águeda, que, á pesar de su talento, creía en brujas todavía.

Con lo cual, si su razón ganaba un punto, perdían la partida sus deseos. ¡Y vuelta á empezar, y vuelta á no salir del atolladero!

Una idea le asaltó de pronto la mente. La acogió con afán, y se lanzó como un cohete al cuarto de estudio de su padre. Se acercó á la librería, como el sediento á la fuente; clavó los ojos anhelantes en aquellas apretadas filas de volúmenes de todos tamaños y colores, y fué leyendo, uno á uno, todos los rótulos de sus tejuelos. ¡Nada faltaba allí! Á los tratados heréticos de Arnaldo de Vilanova y Miguel Servet, médicos entrambos, seguían los materialistas del siglo pasado, Dupuis, Holbach, La Mettrie y Cabanis, y á éstos y á otros tales, los positivistas contemporáneos, Comte, Littré, Stuart Mill, Bain, Herbert Spencer y algunos más _ejusdem fúrfuris_; y en lugar preferente y más al alcance de la mano, ostentábanse la _Antropogenia_, de Haeckel; la _Historia del desarrollo intelectual_ y los _Conflictos_, de Draper; _Fuerza y materia_, de Büchner; _Pensamientos sobre la muerte_, de Feuerbach, y _La Razón pura_, de Kant, con otras _razones_ no menos al caso, de otros tales filósofos críticos.

¡Hermoso acopio de viento para las llamas que estaban devorando al pobre chico! ¡Ni por curiosidad había allí un libro medio ortodoxo!

Maldijo la ocurrencia de su padre, y renegó de las herejías de toda su casta.

--¡Eso --dijo, pensando en lo grave de su empeño-- es tan imposible como hacer una raya en el agua!

Y como, al revés de lo que dice el proverbio, por Roma iba á todas partes, fuése con el pensamiento á Valdecines, de donde rara vez le separaba, y con el cuerpo insensible y perezoso al retiro de su habitación.

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XVII

MAR SIN RIBERAS

Amaneció el día encapotado y brumoso. Las nubes acumuladas sobre los más altos picos, descendían lentamente, como si las montañas tiraran de ellas para cubrirse los pies; y así fueron arrebujándose poco á poco en la densa envoltura, hasta desaparecer por completo debajo de ella. Luégo comenzó á caer sobre el valle una llovizna tenue y sosegada, como espeso rocío. Recibiéronla los prados, sedientos con el calor de la víspera, con la fruición voluptuosa del chino que fuma su pipa cargada de opio; hasta que, saturados de ella, como verdaderos borrachos inclinaron la cabeza soñolientos, y fueron acostándose las verbenas sobre el llantén, el trébol sobre las verbenas, y las centauras sobre el trébol. Una hora después apareció, sin saberse por dónde, un remusguillo juguetón que la emprendió con las nieblas del valle; y soplando aquí y allá, hízolas refugiarse en la montaña; abrió por las cimas más altas algunas rendijas en las densas veladuras; introdujo por ellas sus rayos el sol; y, á su contacto, los dispersos jirones blanquecinos reuniéronse en fantásticas moles, y fueron rodando monte arriba, sobre brañas y barrancos, hasta desvanecerse detrás de las cordilleras en el azul intenso del espacio. Entonces aparecieron los campos como desperezándose bajo un pesado velo de perlas y diamantes; y á medida que el sol iba bebiéndole, levantaban las flores la cabeza y abrían el rico broche de sus perfumes, que el blando terral esparcía por todos los ámbitos del valle, en cuyas arboledas entonaban sus mejores cánticos los ruiseñores y los jilgueros, y brillaban aún las trémulas cristalinas gotas de la pasada llovizna.

En tal hora dejó Fernando los blandos colchones de su lecho, y se vistió con la pulcritud que en él era una necesidad, si bien con la holgura propia del lugar en que se encontraba. Desayunóse apenas, y salió al campo á disipar la lobreguez de sus pensamientos con la fragancia y el esplendor de un día tan hermoso.

Ya sabemos que para él no había más que un camino en aquella porción del mundo: el camino de Valdecines. Ese camino tomó, no con ánimo de llegar al pueblo, sino porque sentía la necesidad de moverse y de respirar aire libre y oxígeno puro.

Desde la altura del parque de su casa, le pareció que estaría á sus anchas en las sombrías arboledas de la embocadura de la hoz. Abrió la sombrilla, porque el sol calentaba ya, y enderezó lentamente sus pasos hacia aquel sitio. Cuando llegó á él, se encontró demasiado á solas con sus negras cavilaciones. Las tintas de su melancolía tomaban allí unos matices que rayaban en desconsuelo. Luz y calor le pedía el alma, presa en la negra cárcel de sus dolores. Pero no se le ocurrió volver atrás para buscarlo, sino meterse en la hoz y llegar por ella á la sierra del otro lado, donde los horizontes se ensanchaban y la naturaleza se sonreía.

Durante su tránsito por aquella enorme rendija de la tierra, ¡qué pensamientos tan extraños le asaltaron! ¡Qué ideas le conmovieron! ¡Qué fuerzas tan misteriosas é incontrastables dirigían sus pasos y dominaban su voluntad! ¡Cuántas veces, sin darse clara cuenta de ello, se detuvo al borde del precipicio! ¡Con qué avidez contemplaban sus ojos el fondo donde el río era más negro y las peñas del cauce más ásperas y sombrías! En el rumor de aquellas aguas, enroscándose, como rabiosas serpientes fugitivas, á los obstáculos que hallaban en su tortuoso camino, oía él gritos y lamentos, súplicas, protestas de amor, repulsas inexorables... y hasta sentencias de muerte; y siempre era su voz la que se lamentaba, y la de Águeda la que le repelía.

La vista sufría allí también fascinación, como el oído. Un tronco seco y desnudo, tendido junto al cauce del río, parecíale la palpable y fiel representación de una idea que ya germinaba en su agitada mente. Cuerpo sin vida, quizá fué desgajado de lo alto por la furia del huracán; y antes fué verde y lozano, y se meció al blando soplo de las auras de abril. Cuando la tempestad le eligió por víctima, gemirían sus ramas azotadas por el viento, y crujirían sus raíces al desprenderse de la tierra; pero cayó, al fin, y rodó hasta el fondo, que era su sepulcro, su paz y su descanso. ¡Tras los furores de la naturaleza y las tempestades del corazón, la muerte siempre! Y la muerte veía hasta en las piedras medio ocultas entre juncos y ortigales, porque le remedaban osamentas descarnadas por los cuervos y emblanquecidas por la intemperie. Después medía con los ojos la altura desde el río á la angosta cornisa en que asentaba los pies. ¡Ni un solo obstáculo en todo el horrible camino!...

¿Por qué le dominaban tan extrañas preocupaciones? ¿Por qué hallaba deleite en entregarse á ellas?

De pronto se estremeció con espanto, y apartó sus ojos del precipicio. Después huyó, casi á la carrera, de aquel lugar que le fascinaba y le atraía. Cuando llegó á la sierra, se encontró fatigado y jadeante; no por lo largo de la jornada, que era una parte de su ordinario paseo, sino por lo rudo de la batalla que había sostenido con sus pensamientos.

Éstos, sin dejar de ser tristes, fueron más apacibles y sosegados en cuanto su vista se extendió por el hermoso panorama que se descubría desde aquel paraje.

Bañaban los rayos del sol en torrentes de luz los montes y la llanura; y al soplo continuo y halagüeño de una brisa refrigerante y embalsamada, undulaban las praderas del valle y se mecían entre cambiantes peregrinos, como las aguas de un lago. El pueblo, con sus casitas dispersas, pero orientadas todas ellas al mediodía, abría sus puertas y ventanas, y hasta por huecos y rendijas parecían sonreirse y aspirar la vida y el regocijo que pródiga derramaba en aquel instante la naturaleza. Allí se alzaba, descollando sobre las demás, la casa de los Rubárcenas, y en ella clavaba su vista Fernando, y en ella tenía sus pensamientos, porque allí estaba el norte del imán de sus aspiraciones. ¿Qué enamorado no taladra los muros más espesos con los ojos del corazón, y no oye á largas distancias los rumores más leves cuando piensa en la mujer amada!

En Fernando se producía este fenómeno como en ningún otro enamorado, por la misma singularidad de sus contrariedades. Creía ver el esbelto talle de Águeda discurrir por salas y pasillos, y su blanca y delicada mano en cada puerta que se movía; llegaba claro á sus oídos el rumor del breve pie al hollar el limpio y bruñido suelo; y cuando consideraba que podía estar contemplando el camino de la sierra detrás de las vidrieras entreabiertas, veía sus ojos azules y rasgados, y jurara que de ellos, y no del sol, nacía la luz esplendorosa que inundaba el pueblo y el valle y las montañas. ¡Y aquella mujer le amaba, y por él padecía dolores sin consuelo... y, sin embargo, le cerraba las puertas de su casa!... ¡á él, que la adoraba y que sólo vivía por ella y para ella! ¿Y por qué este terrible contrasentido; por qué! Jamás le parecieron tan pequeñas las causas de su desdicha... Hasta llegó á creer que Águeda había ido en sus rigores más allá de sus propósitos, ó trataba de someterle á una prueba decisiva. ¡Si la casualidad volviera á reunirlos!... ¿Cómo era posible que mujer tan buena y tan enamorada le condenara á horrible muerte por el delito de adorarla! ¡Si llegara á hablar otra vez con ella!... Pero ¿en dónde y cuándo? Le había prohibido volver á su casa, y él no se expondría á sufrir una nueva puñalada con otra nueva negativa. La insinuación debía partir de ella... y partiría. ¿Cómo dudarlo!

Así pensaba Fernando, mientras lentamente iba bajando á Valdecines... por supuesto, con la protesta de que lo hacía por alargar un poco más el paseo que tanto necesitaba.

Y ya en el pueblo, hallóse, sin saber cómo ni por qué, delante de la portalada de los Rubárcenas. Estaba abierta. ¿Por qué estaba así? Lo que él creía curiosidad le acercó todavía más á ella; y algo que no tenía forma ni color, pero sí mucha fuerza, le hizo entrar en la corralada.

La última entrevista que con Fernando tuvo Águeda, causó en el alma y en el cuerpo de ésta profundísimos estragos. Hasta entonces no había perdido la esperanza de que aquél llegara á colocarse en la única senda en que podrían encontrarse los dos. Cuando el deber la obligó á cerrarle por última vez las puertas de su casa, y se vió abandonada de aquel débil amparo, tuvo miedo de su propio valor. Los quehaceres domésticos, las obras de caridad, el recuerdo de su madre, su fe inquebrantable, la oración fervorosa... todo era poco para fortalecerla y alentarla en la tremenda lucha en que la empeñaba la rigidez de su conciencia. Hasta entonces no había logrado medir la intensidad del amor que sentía por aquel mancebo con quien la naturaleza había sido tan pródiga en dones, y á quien el cielo mismo no había querido negar una de sus más ricas dádivas: el talento. Águeda, aunque mujer fuerte, era al cabo tierra miserable que se conmovía al calor de una pasión humana. ¡Qué días y qué noches! ¡Qué batallas entre su corazón y su conciencia! Saliéronle al rostro las huellas de estos combates, y publicaron los cárdenos cercos de sus ojos las negras tempestades de su alma.

Pisando andaría Fernando las primeras callejas de Valdecines, cuando Águeda, no pudiendo con el peso de sus angustias aquel día, dió por terminada la lección de su hermana; y mientras ésta corría á solazarse entre la fragante espesura del jardín, ella acudió en vano al auxilio de otros cuidados para luchar contra el enemigo que la asaltaba con furia desconocida. Representábase á Fernando poseído de una exaltación febril, buscando á tientas y al borde de un precipicio los fantasmas de su locura sin consuelo.

--«¿Adónde --pensaba la infeliz--, adónde le conducirá la desesperación, si su buen sentido no la vence? Le falta la fe, que es la fortaleza. ¡Y yo que le atribulo, le dejo solo y abandonado! Si el dolor le mata, yo seré la causa de su muerte... ¡yo que le amo y acepté su amor como un don del cielo!... Pero su falta es enorme, y Dios no me perdonaría si viéndole aún esclavo de ella, alentara sus esperanzas... ¡Por qué nos conocimos!... ¡Por qué nos amamos!... ¿Decretaríalo Dios para someter mi fe á esta prueba espantosa? ¡Oh, sí!... ¡veo el cáliz lleno de amargura junto á mis labios; y el deber me exige apurar hasta la última gota!»

Entonces la carne, la pícara carne, el corazón, golpeaba sin descanso en su pecho, y la decía á gritos:

--«¡Levántate, Águeda, y aparta de tus labios esas hieles, que Dios no quiere imposibles! Llámale á tu lado, aliéntale, fortalécele, perdónale, que también la caridad es virtud de los cielos. Si nieblas y tempestades le arrojaron en el escollo en que ahora se agita y perece, la luz de tu fe, iluminándole, le conducirá á puerto seguro. Su vida es tu vida... ¡No le pongas en riesgo de perderla!»

Después se alzaba la losa de un sepulcro, y del fondo de él, entre los pliegues de un sudario, aún no roído por los gusanos, le decía una voz que la hacía estremecer:

--«¡Acuérdate, Águeda, de que por impío le arrojé yo de casa! Si impío vuelves á admitirle en ella, la maldición de tu madre pesará sobre tí por todos los días de tu vida, y no te abandonará ni á las puertas de la eternidad.»

La voz de la fe tampoco callaba.