De tal palo, tal astilla

Part 10

Chapter 103,994 wordsPublic domain

No faltaba quien, en el pueblo y fuera del pueblo, murmurase de estas informalidades en el transcendentalísimo manipuleo de los jaropes; pero á esas murmuraciones respondía el farmacéutico, con muchísima razón, que la culpa estaba en los mismos murmuradores que se resistían á pagar, por todo un año de _asalareo_, más de dos celemines de maíz, ó de veinte reales en dinero. ¡Vaya usted por todo ese tiempo y esa cuota á surtir de medicamentos á una familia entera, y oblíguese, con las ganancias, á tener mancebo que le supla en ausencias y enfermedades! ¡Gracias si de sus preparados contra lombrices y _jaldía_, en los cuales achaques era el tal farmacéutico un especialista de cierta fama, sacaba un adarme de jugo para endulzar los amargores de su penuria! ¡Y gracias también á que, con el sistema de don Lesmes, apenas despachaba en el pueblo más que recetas de zaragatona! Lo cual no le impedía acribillar al pobre cirujano con zumbas y dicterios muy á menudo.

Solía ayudarle en la empresa, aunque recargando el auxilio con durezas y groserías jamás merecidas de un hombre tan inofensivo en su conversación como don Lesmes, la tercera capacidad del pueblo, ya que no lo fuera por el entendimiento, por la profesión que en él ejercía, aunque también á medias, como el boticario la suya. Refiérome al maestro de escuela, hombre de tanta edad como el cirujano y el farmacéutico, y lo mismo que ellos, forrado en antiguallas y rutinas, con un geniazo bestial, apegado á la _pauta_ y al _puntero_, y, sobre todo, á la palmeta, sin que leyes, ni métodos, ni tratados, lograran hacerle cambiar de sistema, ni tampoco obligarle á dejar la plaza en beneficio de profesor más apto y competente, según rezaba y lo exigía la ley imperante. Pero, sin duda alguna, las cosas de Valdecines se imponían por su propia virtud al Estado mismo; ó, al contrario, tan poco realce tenía el pueblo en el mapa general, que nadie se acordaba de él sino para sacarle las contribuciones y los quintos; por lo que, en punto á médico, botica y escuela, atrasaba dos siglos muy cumplidos en el reló de los tiempos.

Volviendo al maestro, digo que cobraba mal los cincuenta celemines de maíz que le pagaba el pueblo, amén de veinte ducados para camisa y hogar; y que parecía empeñado en indemnizarse de estos daños y perjuicios con el pellejo de los muchachos, á quienes desollaba vivos cuatro veces á la semana, que eran los días, mal contados, que en ella daba escuela.

Por lo demás, alardeaba de docto y de consagrar lo mejor de su vida al perfeccionamiento de la enseñanza elemental, y aun de la misma lengua patria, contra cuyos perfiles y sutilezas bramaba como una bestia. Déjase comprender por esto que también era hombre de sistema. No había leído á _Fray Gerundio de Campazas_, y, sin embargo, en punto á ortografía y otros requilorios gramaticales, se parecía al Cojo de Villaornate como un barbarismo á otro barbarismo. No he de exponer yo aquí sus luminosas teorías, porque, sobre no venir al caso, nos ocuparía mucho terreno.

Esperaba que la Academia, aplaudiéndolas, se las recomendaría al Gobierno para la procedente recompensa; y en eso andaba desde años atrás, faltándole siempre dar _la última mano_ á la _Memoria razonada_ que tenía escrita.

Estos proyectos y el mucho pan que le comían, sin ganarle para un par de zapatos, los cinco hijos que sumaba, entre hembras y varones, le absorbían la mejor parte del poco entendimiento que le cupo en suerte. El resto le consagraba á hacer almadreñas y colodras, que se vendían, aquéllas en invierno y éstas en todas las estaciones del año, en la tienda del boticario.

Pues digo ahora que estos tres sujetos, el cirujano, el boticario y el maestro, cada vez que se hallaban juntos reñían indefectiblemente; siendo de advertir que se juntaban todas las noches en la botica; y, asimismo, que desde su consulta con el doctor Peñarrubia, el bendito don Lesmes estaba inaguantable de vano y satisfecho, lo cual exasperaba al pedagogo y sacaba de quicio al farmacéutico. De modo que, desde aquella fecha memorable, la discordia aparecía entre las tres susodichas capacidades de Valdecines, anticipándose á los trámites acostumbrados.

En la ocasión en que se las he presentado al lector, el boticario hacía píldoras sobre la mesa, y sus dos amigos departían con él desde la pared de enfrente, acomodados en sendos taburetes de pino, aunque muy separados entre sí.

Apenas comenzada la sesión, ya chisporroteaba; y eso que don Lesmes, con su comedimiento habitual, había expuesto técnicamente á sus contertulios el estado de cada uno de los enfermos existentes en el pueblo, cosa que hacía todas las noches, y no había citado más que tres veces á su «íntimo amigo» el doctor Peñarrubia; pero cabalmente había visto el maestro á Fernando salir de _la casa_; y con el último sahumerio al padre, asaltó al pedagogo este recuerdo del hijo. Habló del caso con su habitual aspereza, y concluyó diciendo:

--¡Se necesita tener muy poca vergüenza para hacer lo que ha hecho hoy ese mequetrefe!

--Pues ¿qué ha hecho? --preguntó don Lesmes en tono de negar importancia al suceso.

--¡Saltar, como quien dice, sobre el cadáver de quien le echó de casa, para volver á entrar en ella!

--Creo yo --repuso el cirujano-- que para hablar de ese modo de una persona, se necesita conocer muy á fondo los motivos.

--¡Pamplinas llamo yo á esos reparos! --dijo el maestro dando un garrotazo en el suelo y echando lumbre por los ojos.

--Pues yo le digo á usted --respondió el cirujano contoneándose en su taburete-- que estoy muy al tanto de lo que pasa en la familia de mi querido amigo y compañero el doctor, y que conozco los secretos más íntimos de esas señoras (como que entro y he entrado en su casa con la misma franqueza que en la mía); y puedo asegurar que, en la ocasión presente, se equivoca usted en cuanto asegura.

Bufó el maestro, entre burlón y furioso, y replicó á estas palabras de don Lesmes:

--¡Chanfaina, y rechanfaina, y requetechanfaina! «¡Mi amigo el doctor!...» ¡puá!... «¡Mi compañero el doctor!...» ¡buf! ¿De cuándo acá, zurriascas, le vienen á usted esas herencias? Ayer era para usted, como para toda la comarca, _Pateta_ el herejote. Habló con él una vez, y eso para matar entre los dos á la pobre señora, y ya es un santo y un caballero y un amigo íntimo suyo. ¡Zurriascas! ¡Yo llamo al pan pan, y al vino vino, y no cato ogaño lo que antaño me amargó!

Don Lesmes sufrió impávido esta descarga, y respondió á ella con muy acentuada solemnidad:

--En la vida profesional ocurren á menudo estos lances. En una persona aborrecida por antojo, se halla á lo mejor un caballero perfecto y un amado condiscípulo, como á mí me ha sucedido esta vez con el doctor Peñarrubia.

--¡Zurriascas!... ¿Lo oye usted, don Casiano?

Don Casiano era el farmacéutico, que, á la sazón, tenía los brazos levantados y se ocupaba en redondear una píldora con cada mano, entre el pulgar y los dos primeros dedos. En esta postura siguió, con cara de pesadumbre, los primeros lances de la porfía; pero al llegar el cirujano á decir las últimas palabras, cargó el ceño de tempestades. Así es que á la pregunta del maestro, respondió, aplastando las píldoras entre las antes suavísimas yemas de sus dedos:

--¿De manera que andará usted á dos palmos de salir de angustias? Amigo y condiscípulo de doctor tan resonado y pudiente, cátate la zaragatona en triunfo; porque el tal leerá la disertación, la mandará arriba... y se declarará de texto en San Carlos. _¡Miserímini mundanorum!_

--Pues, hombre --replicó don Lesmes con mucha calma--, de menos nos hizo Dios. Por de pronto, sépase usted que se enteró de mi sistema, y le tuvo en mucho; que quedó en enterarse más á fondo de él; que me ofreció todo su valimiento para hacerle triunfar, y que si á la presente no está la memoria en Madrid aprobada á claustro pleno, culpa mía es por no haberme llegado un día á Perojales... ¡Y á fe que buen empeño tuvo en ello!

--¡Zurriascas! --dijo á esto el intemperante pedagogo--. ¡Si eso fuera verdad, diría yo que era Pateta tan simple como usted!

Tampoco esta vez se descompuso el cirujano; antes bien, echó á broma los dicterios y respondió al pedagogo con estas palabras solas, aunque envueltas en una sonrisilla irónica:

--¡Qué más apeteciera usted que un padrino así para sacar á flote sus luminosos reparos á la gramática castellana! ¿Quiere usted que le hable del caso?... Porque la obra lo merece, ó yo no entiendo jota de esos achaques.

--¡Como de los que salen al pulso: ni más ni menos! --dijo el maestro, apoyando las dos manazas sobre el garrote y mirando, rojo de ira y enseñando los dientes, al cirujano--. ¡Y ahora entienda usted, y entienda ese fantasmón del otro mundo, que de los dejados de la mano de Dios no quiero yo ni el aire para respirar!... ¡Zurriascas!

--¡Bien dicho! --exclamó al oir esto don Casiano, arrojando las dos píldoras que tenía entre los dedos, sobre un montoncillo de polvos de regaliz.

--Bien dicho estará --replicó don Lesmes comenzando á enardecerse con la exclamación del farmacéutico, que le dejaba solo en la contienda--; pero ni con ello ni con los específicos de usted contra lombrices y jaldía, se me prueba á mí que el señor tenía razón cuando dijo lo que dijo de mi joven é ilustrado compañero, el hijo de mi muy querido amigo y condiscípulo, el egregio doctor Peñarrubia.

--¡Echa lustre... zurriascas! --gritó aquí el maestro--. ¡Date vientos, farolete!

--_¡Miserímini mundanorum!_ --refunfuñó don Casiano, volviendo á su postura, digámoslo así, chinesca.

--_Símiles congregantur_... latinajos corrompidos --dijo don Lesmes en tono de zumba--. Lo que aquí hace falta es probar en romance corriente lo que el señor asegura.

--No hay que probar --replicó el aludido-- lo que todo el mundo sabe; y todo el mundo sabe que ese mequetrefe fué arrojado de la casa por la hoy difunta señora, por sus ideas diabólicas, por sus herejías escandalosas y por hijo de su padre... ¡ese amigote y condiscípulo tan querido de usted... zurriascas! Ésta es la fija; y por ello da en cara á todo Valdecines la sinvergüencería con que ahora vuelve á llamar á las mismas puertas, y la... no sé qué diga, de la... qué sé yo qué, que se las abre.

--Pues yo, que estoy al tanto de los secretos de esa ilustre casa, donde entro con igual franqueza que en la mía --exclamó don Lesmes, no poco exaltado--, digo que todo eso que se cuenta son supuestos de gentes envidiosas... cuando no sea obra de algún pícaro á quien, por más señas, hace usted mucho la rosca.

--¡Zurriascas!... ¡Yo no hago la rosca á nadie; que eso se queda para usted y otros matasanos como usted! Y si lo dice por quien yo barrunto, sépase que él me buscó á mí, porque me necesitaba.

--¡Por cierto que supo usted corresponder al consonante de los propósitos de ese fariseo! ¡Vaya una cría que le sacó usted, lucida y despierta!

--Si el discípulo es alcornoque de por sí, ¿cómo ha de hacerle el maestro madera fina y de lustre?... Pero, ¡zurriascas! cuando menos, lo que cae por mi banda, no lo mato, como usted.

--¡Dígalo Polduco, mi chico menor! Si no se le quito á usted de entre las uñas, en ellas queda, como gorrión entre las del milano.

--¡Polduco es una cabra montuna, zurriascas! Me hizo muchas de las suyas, y al cabo le casqué las liendres; que de mí no se ríe él, ni la perra que ha de volver á parirle.

--¡Si usted supiera darse á respetar!...

--¡Si ustedes pagaran como deben!... ¡zurriascas!

--No cobro yo tanto, y trabajo más... y me conformo.

--¡Ya! ¡Pero como usted tiene el amparo de su amigo y condiscípulo el señor doctor!... ¡Puaaa!

--Y usted la mina de sus colodras y almadreñas. ¡Digo!

--¡Vaya un par de capas para un invierno crudo! --expuso á esto don Casiano, comenzando á redondear otras dos píldoras--. ¡Como don Lesmes no saque á la zaragatona más jugo que al doctor!...

--De modo --replicó el cirujano-- que como no está al alcance de todos la virtud de matar las lombrices con polvos de salvadera...

--¡Eso va con usted, don Casiano! --gritó el feroz pedagogo--. ¡Y que la cosa no lleva malicia, zurriascas!

--¿Por qué no le ha vuelto usted antes al cuerpo lo de las colodras, que no iba conmigo? --díjole el farmacéutico, muy picado.

--Porque las verdades no ofenden; y es verdad, y á mucha honra, que, para ganarme el pan, hago colodras y almadreñas.

--Y yo, con el mismo honrado fin, remedios contra lombrices.

--Pero dice este licenciado zaragata, que son de polvos de salvadera.

--_Miserímini mundanorum_, digo yo á eso, y que cada cual mire por su honra, que la mía bien guardada está.

--¡La mía está más alta que la chimenea!...

--Pues la mía levanta un codo sobre el campanario, ¡zurriascas!

--Todos son honrados, y la capa no parece...

--Á ver, á ver, zurriascas, ¿qué capa es esa, por lo tocante á mí?

--¡Lo mismo digo por lo que me alcanza en la alusión!

--El que se pica, ajo come.

--¡Me pico, porque debo!

--¡Mucho que sí, zurriascas!

--¡Pues mucho que no!...

Yo no sé adónde hubiera ido á parar la disputa, sin la repentina aparición de una muchacha que preguntaba ansiosa por don Lesmes.

--¿Qué hay? --dijo éste, mirándola con mal gesto.

--Que venga á visitar á mi padre.

--¿Quién es tu padre?

--Tío Luco Burciles.

--¿Perrenques?

--Así le llaman por mote.

--¿Qué tiene?

--Á modo de un lubieso junto á la nuez, en salva la parte, que no le deja resollar.

--¿Qué le habéis puesto?

--Ajo rustrío le puso mi madre, con unto de lumiaco y ujanas fritas.

--¡Qué barbaridad!

--¡Zurriascas! --dijo aquí el maestro--. ¡Vaya usted á ver á ese pobre hombre, y sabrá lo que pasa... y cumplirá con su deber!

Don Lesmes, que ya se había levantado para seguir á la muchacha, se volvió un instante para decir al pedagogo por despedida:

--Los deberes de un profesor como yo, están muy altos para que los conozca un remendón de gramáticas y un desbastador de colodras como usted.

--_¡Miserímini mundanorum!_ --exclamó con expresión de burla el boticario, envolviendo hasta dos docenas de píldoras en un cucurucho de papel, mientras el maestro se revolvía en su taburete, echando llamas por los ojos, y ternos secos por la boca, contra el mísero cirujano.

Y por _fas_ ó por _nefas_, así cada noche, y todas las del año.

[Ilustración]

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XIV

EL FONDO DEL ABISMO

Ya he dicho que Fernando fiaba mucho en la fuerza de sus convicciones filosóficas para desvanecer los reparos de Águeda. Que le dejaran hablar, discutirlos, y el triunfo era infalible. Porque, en su concepto, las ideas religiosas de aquélla no tenían base ni arraigo; eran, más bien, reflejo de las ideas de su madre, que quizá tampoco las tuvo propias acerca de ese punto. Faltaba ya la madre, y, por consiguiente, no existía el doble influjo de su autoridad y de su talento; y Águeda le tenía extraordinario, y además le amaba como nunca; porque el mismo obstáculo que entorpece los proyectos, hace que se acrecienten los deseos... De todas maneras, no podía resignarse á perderla, y no la perdería.

«¡Si parece --pensaba-- que el mundo está lleno de ella! ¡La siento, la veo, en el aire que respiro, en el agua que corre, en la hoja que se mueve, en la nube que cruza el espacio, en el viento que la empuja, en la luz que ilumina y fecunda la tierra; en mi pensamiento, en mi voluntad y en todas las aspiraciones de mi alma! Unidos están nuestros corazones, acordes nuestros deseos, una misma fuerza nos da vida... ¡Sólo nos separa una palabra, expresión confusa de una idea más vaga todavía!... ¿Cómo es posible que este grano de arena obstruya tan ancho camino!»

Y, á pesar de lo pequeño que, á sus ojos, era el obstáculo, cuando la serenidad le enfriaba un poco el entusiasmo, dudaba y temía; y el pan le amargaba, y el sueño le encarecía con exceso sus halagos.

Águeda, por su parte, también meditaba y discurría, de día y de noche, despierta y soñando; y la quinta esencia de sus meditaciones y discursos, podía reducirse á estos sencillos términos:

--«¡Por qué diversos modos y caminos vienen aparejadas las grandes desventuras de la vida!... La sed ardiente, el agua junto á los labios, y luégo el conocimiento de que en sus transparentes cristales hay ponzoña que mata. ¡La muerte bebiendo; la muerte resistiendo la sed! En la edad de los sueños floridos; cuando nacen las esperanzas, y los horizontes del deseo no tienen límites, y la imaginación es cuadro maravilloso en que se pinta el mundo poblado de armonías y fragancia, para mí sólo hubo penas y tristezas. Dios quiso que en medio de ellas brotara en mi pecho el amor, que es fuente de consuelo y de fortaleza. Dios quiso también que aquello mismo que yo había recibido como prenda segura de mi felicidad, se trocara súbitamente en instrumento de martirio... ¡Y qué martirio!... Las deslealtades se olvidan, las tibiezas se perdonan, porque el amor lo suple y lo engrandece todo; pero la causa de esta tribulación, ni admite indulgencia por su índole, ni por su arraigo deja esperar que algún día se desvanezca. Le pierdo y se pierde. ¡Con estos dos filos me hiere el puñal de mi pena, dándome con un solo golpe dos muertes!»

Hacíansele á Fernando siglos las horas que pasaban sin realizarse la acordada entrevista, porque todo lo esperaba de ella; al revés que Águeda: alas veía ésta en el tiempo, porque todo lo temía de la misma ocasión. Llegó al cabo, mucho antes de lo que la infeliz quisiera, y mucho después de lo que convenía á las impaciencias del otro.

Lanzó Fernando á la conversación el punto dificultoso. Pero ¡con qué remilgos, miramientos, tanteos y perífrasis! Como el hambriento que adquiere inesperado manjar, y, con el temor de que se le concluya pronto, más bien le aspira que le muerde, economizaba el enamorado joven la materia de la porfía para conseguir dos fines á la vez: prolongar todo lo posible la entrevista, y no agravar las dificultades con locas intemperancias. Así es que á la historia detalladísima del mutuo amor, que salió de nuevo á relucir, siguió un discurso melancólico sobre las contrariedades en general; á éste, un razonamiento dividiéndolas en especies y clasificándolas por transcendencias; al razonamiento, una disertación sobre cada una de las clases establecidas; á la disertación, una memoria bastante minuciosa acerca de la diversidad de cultos y creencias del género humano... hasta que no hubo más remedio que pisar el dedo malo de la cuestión. Pero allí esperaba Águeda abroquelada con su fe inconmovible. Ni asaltos, ni ardides, ni sorpresas lograron hacerla retroceder un paso. La punta de su espada aparecía junto á los labios de su enemigo cada vez que éste se disponía á herir con sutilezas y comentarios lo que para ella era sagrado é indiscutible, como la palabra de Dios. En lo demás, dejaba á Fernando despacharse á su gusto, y rara vez le contradecía. Al cabo, perdió éste la serenidad, porque iban faltándole las esperanzas de la victoria.

--Y después de todo --exclamó enardecido, al intentar el asedio por otro flanco, único recurso que le quedaba--, y aun concediéndote que la religión que profesas sea la mejor de todas las conocidas, la verdadera y única, como tú dices, ¿qué tiene que ver el amor con eso?

--¿Á qué llamas «eso»?

--Á tu religión, con su carácter divino y sus dogmas indiscutibles.

--¡Qué tiene que ver el amor con esa religión! Y ¿qué es un hombre sin ella? ¿Qué es un hogar sin esa luz y sin ese calor? ¡Cielo santo! Yo me imagino una familia que jamás invoca el nombre de Dios. ¡Qué cárcel!... ¡qué lobreguez! Aquellos dolores sin consuelo; aquellas contrariedades sin la resignación cristiana; aquellos hijos creciendo sin mirar jamás hacia arriba; aquellos niños sin el culto á la Virgen; aquellos labios de rosa mudos para la oración al Ángel de la Guarda... ¿en qué se emplean? porque ¿qué puede enseñar una madre á sus hijos en esa edad, si no les enseña á rezar?

--Todo eso es muy bello, Águeda; pero, como cosa de niños, al fin no pasa de una bella puerilidad.

--¡Puerilidad! Y mañana esos niños crecen; y como en su corazón no había semilla alguna, nada fructifica en ellos; y vienen las pasiones y las luchas; y la razón sola no alcanza á sobreponerse á los conflictos. Después llega el desaliento, y el temor á los respetos humanos, que cada uno entiende á su manera, y, por último, la desesperación. ¿Te parece el cuadro más serio así?... Pues con amores sin religión se forman las familias de esa especie.

--No extrememos el asunto, Águeda. Al decirte que le juzgo sin conexión alguna con la religión, no pretendo que arrojes la tuya de casa al entrar yo en ella, sino que des culto á tus creencias sin reparar en las mías. Déjame como soy, y sé tú como eres: yo no me meteré en tu conciencia; respeta en cambio la mía.

--Aunque eso fuera posible, que no lo es, pues creo que con una obcecación como la tuya no hay salvación para el alma fuera de la fe que profeso, y con esta creencia no cabe acuerdo, en negocio tan grave, con hombre de tus ideas, ¿qué sería mañana... de tus hijos?

--Como yo no me opondría á que su madre los educara á su modo...

--¿Y el ejemplo de su padre? Entre mis enseñanzas y tus impiedades, ¿qué pensarían cuando la razón se sazonara en ellos?

--Elegirían lo que mejor les pareciese.

--Y yo tendría que decirles, para que no se fueran contigo: «Vuestro padre es aquí piedra de escándalo: huid de su ejemplo.» ¡Hermoso cuadro de familia!

--¿Por qué habías de decirles eso?

--Porque así cumpliría con un deber de conciencia y con un mandato de mi corazón; porque creo que con mis enseñanzas estarían dentro de la ley de Dios, y que con las tuyas se perderían irremisiblemente. Ya ves cómo es imposible toda avenencia entre nosotros en ese punto.

--No hay imposibles, Águeda, cuando hay amor: el amor es la ley suprema en el mundo; todo lo allana y lo purifica. Eso que tú llamas imposible, es el fanatismo que te ciega.

--Hacíaseme que tardaba en llegar esa palabra; y ya que vino, veamos quién de los dos la merece más. ¿Robarías tú por transigir con quien no viera en el robo cosa censurable?

--No es el caso enteramente igual.

--No lo es, en efecto: en tu ley, todo es convencional y mudable, porque es humano; y no hay razón para que el robo no llegue, con el tiempo, á ser, para alguna secta, ó para todas ellas, una virtud. En mi fe todo es permanente y eterno. Ésta es la gran diferencia que hay entre ambos casos. Sin embargo, no hay que pensar en que tú puedas transigir robando; y pretendes que yo, faltando en ello á un precepto divino, viva en perfecta tranquilidad con un hombre rebelde á la ley de Dios. ¿Quién de nosotros es el verdadero fanático?

--Tú, Águeda, aunque creas lo contrario, fascinada por el brillo de un sofisma corriente; causa inverosímil de que aún subsista en todo su vigor el conflicto en que tú y yo nos vemos ahora, conflicto que es el oprobio de la sociedad que le respeta.

--También es del oficio esa palabra, Fernando, y tampoco resuelve la dificultad. Ese conflicto no es más ni menos inevitable que otros muchos que existen, han existido y existirán mientras exista el género humano. Lo absurdo, lo insensato está en el empeño de pedirle cuenta de él á la sociedad, que, en todo caso, dispondría de su propia conciencia, pero no de la mía.

--No hay otro que se le parezca.

--Todos son menos respetables que él. Un hombre, ayer rico y poderoso, en los azares de la guerra padece hambre, frío y desnudez, y hasta la muerte, por ser fiel á su bandera. Éste es un conflicto, y no raro. ¿Es, en tu concepto, imputable como una afrenta á la sociedad que no le evita y le consiente y hasta le aplaude, so pretexto de que es una virtud sacrificarse al honor y al patriotismo?

--No hay paridad, Águeda, entre ese caso y el nuestro.