De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Part 9
Enrique Becque, el autor de _La parisienne_ y de _Los cuervos_ y de esos _Polichinelas_ tan traídos y tan llevados en estos días, como _Chantecler_ en los suyos, pasa por ser uno de los autores más desgraciados en su vida y sus obras. No lo creo yo así; antes me parece que ha habido pocos tan bien afortunados. Después de algunas obras insignificantes--un _Miguel Pauper_, que es un mal melodrama,--estrena _La parisienne_, que fué, en su estreno, lo que allí llaman un _four_ y por acá un fracaso. Pero había que molestar á Sardou, á Dumas hijo, á los autores por entonces señores del teatro, y _La parisienne_ fué obra de lucha, alrededor de la cual se agruparon todos los autores fracasados y todos los que ni fracasar habían conseguido. No había autor silbado que no se condoliera diciendo: «¡También fracasó _La parisienne_!» No había aspirante á autor que, al serle rechazada una obra, no pensara: «¡Es claro: como fracasó _La parisienne_, las empresas no se atreven con una verdadera obra de arte!» Llegó á imponerse una reaparición de _La parisienne_. Los actores que habían estrenado la obra no habían acertado con el carácter del personaje; ahora es cuando se iba á ver la obra. En efecto; la representaron la Réjane, después la Després, después ¡qué sé yo! _La parisienne_ llegó á ser obra de concurso. La crítica ya no la discutía; daba por sentado que se trataba de una obra maestra, una obra clásica; el público se aburría siempre y las entradas no eran cosa mayor. En efecto; _La parisienne_, cuyo título ya es una calumnia que debiera ofender á las mujeres de París, no pasa de ser un buñuelo inflado; un asunto y unos personajes de comedianta, tratados con una prosopopeya y un empaque como quien dice: «Esto es ahondar en el corazón». Y toda la hondura es que una señora tiene tranquilamente un marido y dos amantes; para lo cual no hace falta ser _la parisienne_. En cualquier villorrio las hay más frescas y todavía dan menos importancia á esas alternativas.
Con _Los cuervos_, dos cuartos de lo mismo. Otra obra maestra para los juramentados y otra tabarra para el público. Los intérpretes siempre de víctimas, porque siempre consiste en ellos que las pícaras obras no acaben de entrar y de imponerse á la admiración. ¡Digo, á la admiración! ¡Obras más admiradas! Dígase ahora si autor que con ese bagaje consigue ser indiscutible, tener estatua, que todos los años le representen las dos joyas--y ¿qué será el día en que, hartos los empresarios de probaturas, renuncien á representarlas y sólo por fe se le admire? ¡Qué Molière, ni que Racine!--puede llamarse desgraciado. Yo no conozco suerte literaria como la suya. Para que nada le falte, es casi seguro que, por fin, no se representa _Los polichinelass_. Con lo que todos irán ganando: los empresarios, el público y la gloria del autor.
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Apuntando, apuntando, como los de Lumbiaque templaban, á unas Asociaciones, el Gobierno ha disparado sobre otras. Mientras de una parte todo son mitins, _aplechs_, procesiones y rogativas--no sabemos por qué motivos, pues los más impacientes por determinadas medidas bien pueden decir, como el personaje de la comedia: «¿Dónde me han besado, que no lo he sentido?»,--sin ruidos y sin amenazas previas, todo el rigor ha venido á caer sobre las Asociaciones que pudiéramos llamar pecaminosas. Quedan disueltas las comunidades femeninas. Desde ahora cada mochuelo á su olivo y un solo mochuelo en cada olivo. Pero ¿habrá en Madrid bastantes cuartos desalquilados? Si agrupándose, para mayor facilidad de la existencia, ya no eran palacios las ordinarias viviendas de esas cofradías, ¿dónde irán á refugiarse ahora por sus pecados? Mal está el vicio en planta baja; pero mucho peor en guardillas y sotabancos. ¡Pobres mujeres! Se pretende librarlas de un mal y se las entrega, indefensas, á otros peligros.
El matonismo, el robo, hasta el asesinato, hallarán ahora más facilidades para hacer sus víctimas entre esas desventuradas. Se invoca el ejemplo de otras grandes capitales. Pero en otras grandes capitales esas mujeres gozan de cierta consideración social. Aquí, gracias que muchas juntas pudieran defenderse. Aquí, donde no se respeta á las mujeres honradas, ¿qué será con esas infelices? El chulo, lo mismo que el señorito, tienen por gracia maltratarlas, burlarse de ellas; la autoridad siempre está en contra suya. ¡Valor necesita aquí la mujer para ser mala! La asociación era para ellas necesaria. Sin contar con que la virtud, como la inteligencia, á sí mismas se bastan; pero los malos y los tontos son los que necesitan agruparse. ¡Consuela tanto ver otros peores y otros más tontos!
XXXV
Todas las huelgas mayores ó menores, tan menudeadas en estos últimos tiempos por todo el mundo, no son más que ensayos parciales de la huelga general que tendremos más tarde ó más temprano y quizás cuando menos se piense. Es difícil saberse poseedores de una fuerza y resistir al deseo de ejercitarla y de probar hasta dónde alcanza. Unase á esto la infantil curiosidad, poderoso móvil de tantas acciones humanas; el «¿A ver qué pasa?», capaz por sí solo á desafiar y arrostrar todos los peligros que puedan amenazarnos y todos los males que puedan sobrevenirnos.
Los síntomas son de que, tanto los amenazadores como los amenazados, unos por hacer alarde de su fuerza y otros de su resistencia, están deseando saber lo que pasa si la huelga general se declara. Tanto harán unos y otros que por fin se saldrán con la suya, y no tardaremos en enterarnos. ¡Triste tarea la de los gobernantes modernos, edificando sobre terreno movedizo, haciendo cuentas sin contar con lo imprevisto, previsores de guerras exteriores y sorprendidos por la guerra íntima! Y no hay duda: las huelgas son las guerras modernas, y de ellas deben preocuparse los Gobiernos más que de las dudosas conflagraciones internacionales. Las luchas futuras serán de clase, no de naciones. Un obrero chino será más compatriota de un obrero alemán que de un capitalista ó de un letrado de su nación. Un hombre de ciencia francés estará más cerca de un sabio japonés que de cualquier espíritu grosero entre sus compatriotas. Los espíritus se saludan por afinidades espirituales, no por la proximidad material. Como el beso de la dolora de Campoamor, injusticias y males repercuten muy lejos y unen en el mismo sentimiento de agravio y de dolor á los más distantes. Por eso los que aun crean que hay algo que defender, contra los que creen que todo hay que destruirlo, deben unirse espiritual y materialmente sobre naciones y fronteras; porque el enemigo está en todas partes. La idea de patria es valor que caduca, y pronto será tan anacrónico como el valor de las ideas religiosas. Razones sentimentales los sostendrán todavía sin virtud y sin eficacia. ¡Ay de los que no comprendan á tiempo la necesidad de sustituir esos valores por otros más eficaces para la defensa social! Suponiendo que la defensa social tenga valor alguno.
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De las discusiones, protestas, querellas y disgustos promovidos por la distribución de premios en la Exposición de Bellas Artes, sólo puede deducirse una consecuencia: que las obras de arte no son para calificadas y premiadas como niños de colegio.--Por de contado que los niños tampoco debieran serlo como los cuadros en las Exposiciones.--¿Hay nada más ridículo? Fulanito, el primero; Menganito, el segundo de los primeros; después el segundo, el segundo de los segundos... ¿Hay quien crea que las obras de arte pueden calificarse tan rotundamente? ¿Se figuran ustedes el Museo del Prado sometido á una distribución de premios por el estilo? Y no vale argumentar con que el mérito extraordinario de casi todos los cuadros haría difícil la calificación; porque si es difícil calificar entre iguales por alto, tan difícil es calificar entre iguales por bajo. ¡Y no digamos entre medianos!
Se dirá que sin esa formalidad de los premios sería difícil conseguir el objeto principal de las Exposiciones, que es el de señalar al Estado los cuadros que debe adquirir, si la protección á los artistas ha de ser efectiva. Yo creo que con las manifestaciones del público y de la crítica bastarían para una razonable orientación. En todo caso, sería preferible el sorteo; todo menos eso de los primeros, los segundos de los primeros y el primero de los segundos. Ya sé que es muy humano y satisface mucho á los entendimientos mediocres eso de que nos lo den todo numerado por orden de mérito. Hay quien pregunta: «¿Qué obra de Shakespeare es la mejor? ¿Cuál es el mejor cuadro de Velázquez?» Y ¿qué pensarían ustedes del que se atreviera á señalar una sola obra de Shakespeare, un solo cuadro de Velázquez como superior en absoluto?
De cualquier modo, y aun aceptando como mal menor ó necesario la calificación y numeración por un Jurado inteligente, probo y sincero, como lo son todos los Jurados hasta el día, de la adjudicación de premios, bueno sería que los jueces se atuvieran al mérito de las obras, dejando fuera de juicio las tendencias, el procedimiento y los medios de ejecución de las mismas. ¡Bueno fuera que en un concurso de obras dramáticas, por ejemplo, entre una mala obra realista y una excelentísima obra romántica ó imitación de nuestro teatro clásico, se premiara la mala obra por parecer más de nuestro tiempo ó por antipatía de escuela! Si la emoción y el sentimiento que inspiran al artista son sinceros, ¿ha de censurársele porque aun pretenda espiritualizar su obra, desligándola del tiempo y del espacio? ¿Es tan pronto para renegar de una tendencia artística que es la mitad del arte moderno? Mæterlink, Ibsen mismo, en la dramática; D'Annunzio y Anatole France, en la novela; Puvis de Chavannes y los prerrafaelistas ingleses, en la pintura... ¿Y en música? Debussy va á inspirarse en la música griega, y ya no hay música bastante antigua que pueda servir de refugio á los que reniegan de la música moderna.
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El Ayuntamiento, como el corazón, según los franceses, tiene razones que la razón no explica. Entre tres proposiciones para la concesión del teatro Español, ha votado por la que menos esperaba todo el mundo. El espectáculo ha sido edificante; solicitado el teatro por el Estado, el Ayuntamiento desestima su pretensión, le trata de tramposo y declara que no se fía de él para nada. «Dijo la sartén al cazo...» ¡Qué buen efecto producirán en el país pagano esta armonía de relaciones y esta confianza mutua entre el Estado y el Ayuntamiento! Si el Ayuntamiento desconfía del Estado, ¿qué haremos los demás mortales? El que quiere honra, que la gane. ¿No es eso? Aparte esta pequeña desconsideración al Estado y á las buenas intenciones del ministro de Instrucción pública, sabemos que el teatro Español está en buenas manos. Se trata de una empresa artística con orientaciones modernas, abierta á la juventud; como debe estarlo el teatro Español, de donde debemos alejarnos los autores viejos y cansados para dejar paso franco á los que llegan.
XXXVI
Quede á salvo la buena intención del Congreso contra la trata de blancas. Pero ¿qué podrá una sola institución social para reprimir lo que tantas otras instituciones sociales son á fomentar? Medicinaremos lo sintomático y la enfermedad esencial continuará consumiendo el organismo.
Para combatir la llamada trata de blancas hay que afrontar cara á cara la trata de negras, que es la trata de la mujer en general, por todas las leyes, instituciones y costumbres sociales. Quizás la trata de blancas sea la más dulce y favorable de todas ellas. ¿Qué ofrecemos á la mujer que mejor sea? ¿Trabajo? Que emancipe á la mujer de toda esclavitud económica, único medio de lograr su emancipación moral, sólo hay uno: el trabajo artístico, y para esto es preciso ¡ahí es nada! un gran talento y una gran voluntad. Aun así, ¿estamos seguros de que nuestro respeto y nuestra admiración acompañen siempre al triunfo del talento femenino? Sólo las grandes artistas del teatro consiguen ser admiradas por completo; y ¡cuántas veces la admiración á la belleza nos hace ser injustos con el talento! ¿No suelen estar mejor pagadas una cara bonita y unas lindas piernas que una clara inteligencia y un gran corazón?
En las demás profesiones, en la misma profesión artística, cuando un poderoso talento no basta á imponerse por sí mismo, ¿qué llega á conseguir la mujer por sí sola, sin el favor y la protección del hombre, no siempre generoso, más bien tacaño, al remunerar con una colocación, á costa ajena, lo que hubiera debido pagar á su propia costa? ¿Cuántas serán las mujeres que hayan llegado á la independencia de una profesión lucrativa sin haber tenido que pagar servidumbre al antojo de un hombre?
¿El matrimonio? Pero ¿quién dirá que se trata de un Sacramento de la Iglesia, instituído por Dios, cuando en sociedades que se dicen cristianas le vemos perseguido por todos los medios, como un vicio ó como un delito?
A él se oponen leyes militares, prohibiendo el matrimonio de millares de hombres en lo mejor de su vida, en nombre de conveniencias sociales; á él se oponen leyes económicas, que mantienen en pobreza ó en escasez á los jóvenes en la edad más conveniente para el matrimonio; á él se oponen todos los egoísmos individuales engendrados por el gran egoísmo colectivo. Y salvadas estas dificultades, ¿qué es la mujer, con raras excepciones para cuentos y comedias morales, en el matrimonio? Animal de lujo en las clases altas; animal de cría en la clase media; animal de cría, de trabajo y de carga en la clase baja.
¿Y quieren ustedes oponerse á la trata de blancas?
¿En nombre de qué? ¿Qué ofrecen ustedes en cambio? La máquina de coser, la aguja y la plancha.
--Gracias--dirán las favorecidas.
¿El matrimonio con el empleado con 1.500 pesetas ó el jornalero con tres pesetas?
--Muchísimas gracias--volverán á decir.
Lo mejor que pueden ustedes ofrecerlas es un convento, como Hamlet á Ofelia.
Y estos pícaros Gobiernos democráticos, con eso del «candado», no se preocupan más que de cerrar puertas sin abrir otras para dar salida á las pobres mujeres. Lo que dirá alguna, parodiando la altiva divisa de las Rohan: «Casada no puedo; trabajar no quiero... «blanca» me quedo.» Pero se están poniendo las cosas de un modo, que ni ese recurso les va á quedar á las pobrecillas.
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El Ayuntamiento de Valencia ha desairado á los poetas, oponiéndose á la celebración del Congreso de la Poesía. ¡Gran injusticia! Pues no sabemos que ese Congreso reuniera menos condiciones de inutilidad que cualquiera otro de tantos Congresos como se reunen, á todas horas por esos mundos. Y ¿no es la inutilidad la primera y más estimable condición de estas juntas?
¡Quién sabe si de éste hubiera salido algo práctico, por andar todo al revés en estos tiempos! ¡Tantos Congresos, de los que se esperaban grandes resultados prácticos, han venido á diluirse en la más vaporosa poesía!
Pero bien empleado os está ¡oh, poetas! ¿Quién os manda poneros al habla con Corporaciones oficiales de ninguna clase? Y ¿qué íbais á hacer en Valencia, después de los cortesanos? ¿No sabéis que por donde ellos pasan ya no quedan flores, ni halagos, ni atenciones para los poetas? ¿Sabéis guiar un automóvil? No; porque ni habéis tenido nunca dinero para comprar uno, ni tenéis amigos que los posean. La gente adinerada no se trata con los poetas. Entonces... ¿qué íbais á pintar en Valencia? Ya iréis cuando tengáis más dinero. Para eso, dejaros por algún tiempo de hacer versos; haced algo más, como los poetas de... otras partes.
XXXVII
A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos para con Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por qué reglamento rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable entre las madres y los hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión, apartado de las miradas del mundo? No el alejamiento, la proximidad de las madres debiera solicitarse. El abandono del hijo es alguna vez, por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á un instinto que hasta en los animales parece con delicadezas de sentimiento espiritual. Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!... Y ¿no debe ser la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las que, en vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas consideraciones sociales, procuren ser piadosos intermediarios, no como secuestradores, sino como guardianes de los pobres niños, que no serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres? En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de él», decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando quieras; defiende tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu hijo.» Sea la caridad nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre mientras la verdadera madre no haya renunciado á serlo por monstruosa perversidad. No digáis á los pobres niños: «Vuestras madres fueron tan malas mujeres, que no supieron ser madres.» Decidles: «Vuestras madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado; compadecedlas mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería mayor su gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que, no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad esos reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico no debe ser como un Código penal, en que siempre se mira al hombre como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos en la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la duda, todas son ¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde los salones de un ministerio es difícil hacer reglamentos desde gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y reglamentos para los pobres y miserables de la tierra, por los que nunca supieron de pobrezas ni de miserias.
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Las obras de la Gran Vía adelantan hasta el punto de permitirnos á los que nacimos á mediados del siglo pasado la esperanza de verlas terminadas. Pero he aquí que, al comienzo, surge el primer obstáculo. Entre los derribos yérguese altiva, desafiadora y elocuente como un símbolo nacional, una pequeña iglesia: la conocida vulgarmente por el nombre de Niñas de Leganés. No hay quien pueda con esas niñas. La piqueta derriba casas y casas, y el campanario de la iglesia cada vez más insolente y fanfarrón. Parece ser que no hay persona apta para tomar el dinero precio de la expropiación. ¡Por vida del inconveniente! Que se tratara de alguna manda ó donación, y veríamos si había personas aptas para embolsarse los cuartos. ¿Para qué están los señores jueces, más que para ser depositarios de los dineros dudosos? ¿Van á detenerse las obras por ese monumento nacional? A bien que se queda Madrid sin iglesias. Nuestros ricachones, por no imitar á los norteamericanos, que suelen dejar cuantiosas herencias á Universidades y escuelas, no saben cosa mejor que legarnos iglesias. A ninguno se le ocurre dejar unos cuantos millones para fundar un buen periódico de la buena Prensa, atendiendo las exhortaciones del señor obispo de Jaca, que sabe muy bien dónde le aprieta la mitra y que á Dios rogando y con el rotativo dando. Además, el mayor número de iglesias no contribuye en nada á la conversión de incrédulos; mientras que un buen periódico que diera buenos sueldos á los redactores, contribuiría grandemente. Ya sabemos que aquí nadie tiene sueldo por tener estas ideas ó las otras; pero ¡ideas por tener un sueldo!...
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El arte moderno se desvive por la originalidad; la acusación más ofensiva para un artista es la de plagiario: _Il nous faut du nouveau n'en fut il plus au monde_. Y, sin embargo, las novedades apenas llaman un día la atención y las obras que se perpetúan son menos que plagios: plagios de plagios, imitación de imitaciones. La humanidad, como los niños, prefiere el cuento cien veces oído. Las obras inmortales son aquellas en que sus autores acertaron á contar del mejor modo las dos docenas de cuentos que interesan á todos. ¿Es otro secreto de la gloria de Shakespeare? Cuentos sabidos, de una sencillez de asunto y de una psicología primitivas. Obras que pueden representarse ante el auditorio más ignorante como ante el más docto.
Y nuestro _Don Juan Tenorio_, el de Zorrilla, que acertó á contar el cuento al gusto español y popular, ¿no es el mejor ejemplo y la mejor lección para los originales y noveleros? Hoy tememos demasiado á tocar esos asuntos universales vulgarizados, y renunciamos tal vez á escribir las mejores obras. ¿Quién se atreve á escribir otro _Don Juan_, otro _Fausto_, otro _Romeo y Julieta_? Verdad es que la crítica, interponiéndose á cada paso del arte entre el artista y el público, opone la terrible acusación de plagio ó de osadía. Pero hay que tener todas las osadías, la del plagio en primer lugar, y la de pasar por encima de la crítica, para llegar directamente al alma del público. Esta fué la mayor hazaña de _Don Juan Tenorio_; por ella le vemos todos los años en escena triunfar de muchas novedades originales, y, cuando todas ellas hayan caído en el olvido, _Don Juan Tenorio_, plagio de plagios, imitación de imitaciones, sobrevivirá como uno de los pocos cuentos interesantes que un gran poeta se atrevió á contar nuevamente sin el temor de parecer plagiario.
XXXVIII