De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Part 8
Escritores distinguidos lamentan, con sentidas razones, la decadencia de la literatura en el periodismo. ¿En el periodismo? Y en todas partes. La literatura está llamada á desaparecer, si Apolo (no el teatro) no lo remedia. El público tiene sus buenos dientes, y hasta sus colmillos bien retorcidos, y no necesita para nada de masticadores artificiales, que es lo que venimos á ser los literatos en resumidas cuentas. Ni siquiera nos consiente como cocineros, para aliñarle la realidad con un poco de fantasía. El se lo guisa y él se lo come, como Juan Palomo. Ha aprendido, se lo figura, por lo menos, á pensar por sí mismo, y no tolera que nadie se le imponga. Así, en el periódico, sólo quiere hechos, hechos como aquel maestro de Dickens. Informaciones escuetas, sin comentarios; noticias, telegramas... Ya lo comentará todo en el café ó en casa. Aceptemos la realidad, seamos modestos y agradezcamos todavía que nos consientan ir viviendo. Por mí sé decir que me avergüenza el dinero que cobro de la literatura. Quisiera ser muy rico algún día, para descargar mi conciencia devolviéndolo todo religiosamente. Sólo vale dinero lo que produce, á su vez, algún dinero. Y ¿qué produce la literatura? El periódico no se vende más por ella. El periódico... es él, es su nombre, sus informaciones, sus noticias, sus anuncios. ¿Qué supone para su venta y su ganancia una firma más ó menos? Es la firma la que goza del prestigio del periódico, no al contrario. Pruebe el escritor que se juzgue más leído á cambiar de sitio.
Lo mismo en el teatro: el teatro es la noche, el abono, las actrices bellas y bien vestidas, los actores favoritos del público. ¿Qué significa la obra? Un poco más ó un poco menos de literatura. Pruebe también el autor que se crea más estimado por sí propio á cambiar de teatro. En la Princesa, por ejemplo, todas las obras son lo mismo. ¿Qué más da una que otra? Hay que salir un poco de los Círculos literarios, en donde á fuerza de despellejarnos parece que tenemos alguna importancia, para comprender lo poco que significamos. No hay vanidad que resista á una de estas enérgicas curaciones al aire libre. La vida moderna funciona por una poderosa maquinaria para la que cualquier obrero es bueno. Vamos al socialismo más de prisa de lo que parece. El mundo será una gran máquina productora de felicidad social. ¡Hermosa máquina!
Andará sola. Los hombres se habrán muerto todos de hambre ó de fastidio.
XXXI
Cuando el doctor Lombroso, en los buenos tiempos de su escuela antropológica, se propuso demostrar que todo hombre de talento--de genio decía él--tenía sus buenas puntas y collar de loco, no había detalle insignificante en la vida de un hombre célebre que no fuera para el buen doctor señal evidente de chifladura. Yo creo que, aplicado el mismo sistema á cualquier individuo, tan locos parecerían los tontos como los hombres de talento, salvo el talento.
Del mismo modo es peligroso investigar en preocupaciones de escuela, cuando de averiguar culpabilidades se trata. ¿Qué vida de santo resistiría la implacable investigación de algunos infatigables averiguadores, obstinados en que han de ser tijeretas? Que si los padres, que si su abuelo, que si allá por el año 58... Y es que á lo mejor, nos creemos asomados á nuestro buen balcón con vistas á Europa, y resulta que es al corredor de un patio de vecindad. ¡Tenemos tan pocas cosas serias en qué ocuparnos! Pero ¿quién podrá decir que tiene una vida privada? Como en danza de la muerte, no hay quien escape de hacer su mudanza al son de la moderna publicidad, que cual la muerte á todas partes llega y á nadie olvida. ¡Desgraciados de los primos segundos de nuestros cuñados si algún día tenemos nuestra hora de notoriedad! Desnudados se verán en público para regocijo de las gentes. Y no hay que culpar demasiado á los que, en apariencia, pudieran parecer los únicos culpables. No puede una enfermedad tan fácilmente con un organismo sano. La publicidad tal vez abusa; pero hay que confesar con cuánta complacencia nos prestamos al abuso...--Por Dios, no diga usted nada de esto... Y lo decimos todo...--No quiero que me retraten ustedes. Y llevamos estudiada la postura en que ha de sorprendernos el objetivo. Padecemos todos de «exhibicionismo», y quizá no andamos descaminados. No hay nada que desarme tanto la indignación como la curiosidad satisfecha. Conviene, además, cultivar la amable flor de la tolerancia mutua, sin la cual no habría vida de relación posible. Hoy me escandalizas tú, mañana te escandalizaré yo; bueno será que no nos escandalicemos demasiado.
Por todo esto, no opinaré como los graves señores que ahora una vez más van clamando: «¡Qué indignidad! ¿Han visto ustedes á lo que hemos llegado?» Sí, señores míos; y la lástima será no ver adónde llegarán los que nos sigan, porque no todos son malos. Nunca hubo tiempos mejores que los presentes, y es de presumir que aún han de aventajarlos los futuros. Siempre habrá más seguridades en estos procesos de plaza pública, á la luz y al aire, que en las tenebrosas actuaciones inquisitoriales entre negras paredes y bajo obscuras bóvedas. No haya miedo, aunque entre el clamoreo de las gentes parezca zozobrar la verdad, que pueda anegarse la justicia. Hay una rectitud en la conciencia de las multitudes que no le impide rectificar sus juicios. No tiene que velar por los prestigios de Cuerpo, como otros Tribunales, que alguna vez también se equivocan, pero no pueden confesar nunca que se han equivocado.
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La lógica de los tablajeros es admirable. Como son muchos y tocan á poco, han decidido subir el precio de la carne. Es una lógica carnicera. No vamos á devorarnos unos á otros: es preferible devorar al consumidor.
«¡Quién pudiera también subir los precios!» Así decía una expendedora del mismo enemigo del alma, aunque en otro ramo, donde también es mucha la competencia.
Para resolver el conflicto, el Ayuntamiento debe ponerse al habla con los patronos de Bilbao, y aun con los de otras partes, por si puede aplicarse á la carne animal el sistema por ellos empleado para abaratar la carne humana. «¡Oh Dios!--decía Tomás Hood en su Canción de la camisa.--¡Que la carne de vaca valga tanto y la de hombre tan poco!»
Sólo nos queda el consuelo de los tontos: lo universal del malestar. ¿Quién podrá vivir al precio á que se va poniendo la vida? ¡Admirable modo! donde, como en la isla encantada de Próspero, con todo lo necesario para la vida no hay modo de vivir.
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De la pintoresca galería de veraneantes, el más digno de nuestra gratitud es el veraneante Robinsón, el descubridor de rincones ignorados que tendrán en él propagandista infatigable. ¡Un Paraíso! ¡La Suiza de España!
La última ilusión que perderemos será esta de los paisajes. Es incalculable el número de Suizas que tenemos en España. Con unos peñascos, dos docenas de pinos y un chorro de agua, ya está una Suiza. Lo malo es que aquí no sabemos explotarlas. Nuestra tierra es un Paraíso. Pero ¡somos tan adanes! Desengáñense los admiradores de nuestras bellezas naturales: no hay paisaje posible sin una buena fonda.
El viajar no es un apostolado. Bellezas naturales y bellezas artísticas son un buen pretexto para pasarlo bien en confortables hoteles, entre gentes adineradas y con toda clase de diversiones, por si los paisajes y las catedrales fallan. Y no fallan nunca cuando los contemplamos después de bien comidos y bien dormidos. En cambio, échese usted por malos caminos; llegue usted á una posada, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo asiento su incomodidad, y tírese usted después su buen repechito para ver salir el sol por donde acostumbra ó suba usted y baje del coro al campanario, y viceversa, para extasiarse ante los santos desnarigados de la gótica catedral, y regresará usted para que no vuelvan á mentarle paisajes ni catedrales, como no sea en cinematógrafo ó en postales, único modo de admirar bellezas sin fatigas y sin desilusiones.
El Robinsón dirá que somos criaturas artificiales, que tenemos atrofiado el sentido de la Naturaleza... No tome usted muy en serio á los robinsones, que, á lo mejor van á descubrir bellezas naturales muy bien acompañados de alguna belleza urbana, y..., naturalmente, ¿qué les importa el duro lecho, ni la mala comida, ni las bellezas naturales tampoco? Pero el que de buena fe cae en el lazo de la propaganda, volverá renegando y creyendo para toda su vida que las mejores creaciones de la Naturaleza y del Arte son obra de los fondistas y hosteleros, y que en España no tendremos paisajes y catedrales mientras no tengamos buenos hoteles y lujosos casinos y... amables bellezas, en que se armonicen la Naturaleza y el Arte.
Preguntad á los habituales y acaudalados concurrentes á Niza, Ostende, Biarritz, San Sebastián mismo, por las bellezas naturales de los respectivos puntos. «Se pasa muy bien», es lo que sabrán deciros.
XXXII
Para justificar el actual estado de las calles de Madrid, el alcalde ha exhibido unas fotografías de las principales vías de París para que en nada tengamos que envidiarles. En efecto; allí, con motivo de las obras del metropolitano, han padecido, como nosotros, las inevitables molestias que la civilización trae consigo, y allí, como aquí, levantamientos y excavaciones en calles y plazas han sido tema inagotable de chistes, caricaturas, escenas de revistas, coplillas de café-concierto y demás desahogos inofensivos. No tiene por qué preocuparse el señor alcalde. A todo lo que podemos aspirar en este bajo mundo es á hacer algo bueno; pero á que parezca bien, es loca aspiración. Como aquí, por cada uno que hace algo, aunque no sea más que jugar al billar ó al tresillo, hay cien mirones, en algo han de entretenerse.
Quisiéramos tener una Gran Vía por arte de magia y que la baratura de la luz eléctrica no costara la más pequeña molestia. Queremos que todo nos lo den hecho; tan hecho... que no haya que hacerlo antes. Pero, amigo, como no hay medio de hacer tortillas sin romper huevos, como dicen en Francia, y tampoco nos gustan los huevos pasados por agua, hay que resignarse con nuestra triste suerte y dejar que los mismos que en París habrán admirado los trabajos del metropolitano, como obra de progreso, al regresar ahora de su excursión otoñal renieguen aquí de todo y por todo. En casa somos de un sibaritismo oriental: no toleramos ninguna incomodidad. Verdad es que la mayor parte de las viviendas son inhabitables, unas por culpa de los caseros y otras por culpa de los mismos vecinos y de sus apreciables familias. ¡Si tampoco podemos vivir en la calle! Individuos hay para quien levantarles las losas de una acera equivale á un desahucio del propio domicilio. ¿En dónde despacharán ahora sus asuntos y recibirán sus visitas? Pueden consolarse admirando los planos de la futura gran plaza de España. Ellos se encargarán de justificar su nombre, paseando por ella sus desocupaciones, perturbadas ahora por una falta de consideración imperdonable. En cambio, un respetable jefe de familia, que por obsequiar á los suyos con las delicias de un veraneo aristocrático tuvo que acudir á la bondad de esa noble institución de los prestamistas, decía con gran filosofía, contemplando el estado de nuestras calles:--Así como así, yo tendré ahora que andar por los tejados.
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Su Santidad ha recomendado encarecidamente á los prelados y sacerdotes la más activa predicación contra las actuales modas femeninas, por deshonestas y provocativas á deshonestidad, que es lo peor de todo. No confiamos mucho en la eficacia de esas predicaciones; que no es tan fácil hallar docilidad y obediencia en la grey femenil cuando se trata de cosas que le importan particular y directamente, como cuando se trata de cosas que en realidad le tienen sin cuidado. No es tan fácil derribar una moda como un Gobierno liberal. Sin contar con que, en esto de manifestarse contra los Gobiernos liberales, entra por mucho también la moda. ¿No son las más á la última trabadas las que más se destraban de pies y de lengua cuando hay que bullir y danzar en juntas, protestas y manifestaciones? Pero ¡ay! en cuestión de modas, como ellas se encuentren á su gusto...
Poco conoce á las mujeres el que se las figure dominadas por las predicaciones del clero. ¡Buenas son ellas para dejarse dominar por nadie! ¡Pobre clero! El sí que, en la mayoría de los casos, es el dominado, el zarandeado y el molestado por el indiscreto fervor de las devotas. Cuando á ellas les conviene, lo mismo se entran por el ritual, que por los cánones, que por la Suma Teológica, atropellándolo todo. ¡Hay cada papisa Juana y cada antipapa Luna entre ellas!
Yo sé de cierta junta de señoras, reunida en cierto palacio episcopal, bajo la presidencia del señor obispo; y como el buen prelado, con muy buenas razones, procuraba convencerlas de la imposibilidad de algo que ellas pretendían, en la ordenación de una festividad religiosa, una de las más voceadoras no sabía más que repetir: «Pues perdone S. I., pero siempre se ha hecho así, siempre se ha hecho así.» A lo que el prelado, bondadoso, replicó todavía: «En efecto, era un abuso tolerado; pero ahora Su Santidad ha dispuesto que no se permita.» «Pues que me perdone Su Santidad, pero á mí me parece un disparate»--fué la contestación. El buen obispo se quedó haciéndose cruces; por fortuna, las cruces de los obispos son de oro y piedras finas y suelen ser regalo de las mismas señoras que tanto les desazonan. Claro es que ellas lo pagan, pero como se abonan al teatro, para que las comedias no las molesten. Sí, ¡qué van ellas á pagar para oir cosas desagradables!
Por todo esto y otras cosas, verán ustedes cómo por muchos anatemas que caigan sobre la moda, como ellas se encuentren á su gusto, sobre sus monumentales sombreros se pondrán todavía la cúpula de San Pedro en Roma, por montera.
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¡El 606! Parece el número del premio gordo en la Lotería de Navidad. No se habla de otra cosa. Hasta los niños han dejado sus charlas sobre el adulterio y otros sucesos de actualidad, para hacer toda clase de preguntas indiscretas sobre el numerito. Ahora nos enteramos de que hay más gente interesada en el descubrimiento de la que podía suponerse. El reuma que don Fulano, los dolorcillos de don Zutano y hasta el fueguecillo de doña Perengana, todas personas muy respetables. ¡Que el 606 ó el 909, según se lea por arriba ó por abajo, os sea propicio! Los médicos son el demonio: un castigo menos para contener á la Humanidad en sus depravaciones. Con el 606 y cualquier otro numerito por el estilo, esto va á ser el desate.
Admiremos á la clase médica, única en el mundo que trabaja en contra de sus intereses, suprimiendo padecimientos. ¡Si muchas otras clases sociales encontraran su 606, que nos hiciera innecesarios, ó simplificara, por lo menos, sus servicios!
XXXIII
Esto de las embajadas de moros parece la procesión del niño perdido; llegan unas detrás de otras, y ni el niño parece ni la madre del cordero, que este es el toque de la diplomacia morisca: que no parezca nunca nada de lo que se ha perdido. De modo que es muy posible que haya que ir á buscarlo, y allá iremos con nuestro duro á recuperar la peseta. Ante el peligro de posibles y desagradables discrepancias, llegado el caso, se invoca, para «hacer opinión», como suele decirse, el patriotismo de cuantos pueden influir sobre ella. Bien está si ello no puede ser por menos y se quiere que en su día sean muchos á repartirse las glorias ó las responsabilidades. No es como hacer propaganda de una Exposición ó de un viaje de recreo, cosa en que á todos se favorece y á nadie se perjudica.
Pero... pero en esta ocasión el que sinceramente y honradamente no crea en la necesidad ó en la conveniencia de nuevas demostraciones bélicas, mal haría en pactar con su conciencia por consideraciones dudosas. ¡Cualquiera sabe dónde está el verdadero patriotismo en estos tiempos! Eso sí; tampoco vale guardarse la malilla para salir después, si el asunto se tuerce, con aquello de: «¡Ya lo sabía yo! ¡A mí siempre me pareció mal; pero cualquiera va contra la opinión general!» Sobre que nunca hay opinión general y sobre que muchas veces la opinión y los que influyen en ella se engañan mutuamente por mutuo desconocimiento, y luego tenemos aquello de: «Yo hablé así porque creí que era la opinión de ustedes» y «Yo creí deber opinar así porque ustedes lo decían».
Sólo hablando cada uno con arreglo á su conciencia puede formarse la verdadera conciencia nacional; nacional, sin vistas á humanitarismos «inter» ó supernacionales. Nosotros no podemos permitirnos aún esos lujos. Eso, como los dramas de Ibsen, según Ramiro de Maeztu, es para los que ya tienen resuelto el problema de la mantenencia. Nosotros estamos en el caso de ir á buscarlo donde lo haya.
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El chiste, la humorada, la ironía, la paradoja, la amenidad, todo lo que indigna á muchos graves varones al encontrarlo en artículos periodísticos, pueden hallarlo ahora nada menos que en un documento oficial; que como documento oficial puede considerarse la medalla acuñada para conmemorar el centenario de las Cortes de Cádiz.
Ustedes verán si no es humorismo el de la medallita. Por una cara ostenta las consabidas figuras alegóricas en toda su clásica desnudez, un par de mundos, que de entonces acá han venido á quedar en uno, y alguna otra friolera decorativa. Por esta cara nada de particular. Pero por la otra... ¿á quién sino á un gran humorista pudo ocurrírsele esculpir y grabar la dulce efigie de Fernando VII en un recuerdo de aquellas Cortes y de aquella Constitución que tuvieron en él su más encarnizado enemigo? ¿Qué puede hacer en esta galería aquel tan deseado antes como después aborrecido, sino dar que reir al discreto contemplador? Al que ni supo antes defender su trono ni después agradecerlo; al que volvió á llamar á los franceses para sacudirse de Constituciones y libertades; á uno de los más siniestros mamarrachos que han visto los siglos coronado, y abundan en la serie, ¿qué Shakespeare de la ironía ha sabido clavarle en la picota de esta medalla conmemorativa? No queremos sospechar en ello la menor sombra de adulación monárquica. Hay adulaciones ofensivas para la discreción de los que están demasiado altos, para no estar sobre tan burdas adulaciones. Preferimos atenernos al humorismo, tan desusado en gubernamentales esferas, donde toda seriedad y todo empaque tienen asiento. Pero el espíritu de aquel gran socarrón no habrá dejado de apreciar la ironía de este «trágala» póstumo. «Al que no quiere caldo, la taza llena». Al que que odió la Constitución, medallitas conmemorativas. La idea ha sido genial y merece el más sincero aplauso.
Terminó el preciso veraneo de los que no disponen de tiempo ni de fondos para mayores ausencias. Quede la otoñada para los que de todo disponen en abundancia y todo es veranear para ellos.
Vuelven tonificados por los baños de mar, de luz... y de ilusiones. El veraneo nos eleva siempre unos grados sobre nuestra ordinaria condición social. Las playas, los Casinos, los vestidillos claros y de telas ligeras son niveladores. Las amistades y los amores son fáciles, aunque ligeros como los vestidos. No suelen llegar al invierno. En Madrid vuelve cada uno á estar en su sitio. Ofrecimientos de amistad y juramentos de amor se olvidan apenas llegamos. ¡Felices los que logran conservar á la marquesa entre sus relaciones y la que no suelta al empleado con 3.000 pesetas de sueldo, que en San Sebastián parecían 20.000 de renta! Verdad es que allí también papá parecía un accionista del Banco. ¡Oh, sueños de una temporada de verano! Nunca muy costosos, que nunca se paga bastante un poco de ilusión y el hallar á la vuelta más sabroso el familiar cocido.
El Teatro Nacional va camino adelante. Ya sólo falta teatro, compañía y suponemos que no faltará dinero en el momento oportuno. Ahora, con toda seriedad. Dadas las condiciones del teatro en España, ¿conviene hacer del Teatro Nacional un teatro museo, sólo para la representación de obras consagradas, ó un teatro de ensayo, un teatro juvenil, para estrenar obras de autores noveles ó desconocidos? ¿Conviene formar una compañía de eminentes, ó una modesta, estudiosa compañía de conjunto? ¿Conviene que el teatro sea aristocrático, literario ó popular? Yo creo que todo es compatible y para todo hay días y para todo debe haber autores y actores. Ni debe prescindirse de la aristocracia, ni de la intelectualidad, ni del pueblo. Pongan unos el dinero, otros la orientación, otros el entusiasmo. Condición primordial: la baratura. No es solo cuestión de arte, es cuestión de higiene. No es en el terreno artístico, es en el terreno económico en el que hay que combatir contra la chabacanería y la suciedad de un teatro que mancha las bocas y las almas de los niños y de las mujeres. Es preciso que «la órdiga» y «el pálpala» no sean ingeniosidades de salón y bailar el garrotín una gracia infantil. Y es preciso que las mismas señoras que en el Español, en la Princesa ó en la Comedia se asustan por muy poco, no vayan después con sus hijos á la sección vespertina de cualquier teatrillo con el pretexto de que los niños se divierten viendo las decoraciones y lo demás... Ellos no lo entienden, los pobrecitos. ¡Ni á ustedes tampoco hay quien las entienda, señoras mías!
XXXIV
Ante el triunfo de la República en Portugal, yo no pienso en si será el camino más corto para apresurar la vuelta del dictador Juan Franco, ni en la suerte del rey joven, víctima del sino fatal de una familia condenada á ser eterno Tántalo de tronos y coronas. ¡Triste rey! Con las mejores intenciones y deseos, sin duda; pero al que nunca llegó la luz ni el aire de la calle, como á tantos reyes, sino al través de aduladores, de ambiciosos y de intrigantes. A los reyes modernos no les faltan bufones á su alrededor; pero entre sus cascabeles no suena el cascabel de oro de la verdad, como solía en los antiguos hombres de placer sonar atrevido sobre los donaires y las chocarrerías. Pero, ya digo, en nada de esto pienso: sólo pienso en la alegría de un poeta. ¡Qué feliz será á estas horas Guerra Junqueiro! Altísimo poeta, que has logrado lo que pocos poetas logran: ver realizado en la vida alguno de sus sueños; ¡que la realidad de esa República se inspire en tu poesía, oración á la luz, al pan, á los humildes de la tierra, al amor y á la Humanidad! Pero ¡ay, poeta! ¿No será la realidad el principio de la desilusión? Los hombres no se juntan para obras de belleza tan dócilmente como las rimas. Verdad es que cuando las rimas son bellas, es porque obedecen á un gran poeta, que es un dictador de genio.
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