De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 7

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Entre los chismes teatrales, precursores de toda temporada cómica, el más sabroso es, sin duda alguna, el referente á la rescisión del contrato del teatro Español, solicitada por varios concejales y fundada en supuesto incumplimiento de algunas bases. Muy loable es el celo del Municipio en esta ocasión, y no me atrevo á calificarlo de excepcional porque supongo le aplicará con el mismo rigor á todos sus contratistas. Pero en este asunto del teatro Español no parece que las raspaduras al contrato hayan sido de tanta monta en la temporada última como en otras de mangas y capirotes, con mensaje final de gracias y todo, de parte del Ayuntamiento complacido. ¿Qué puede decirse? ¿Que las obras del teatro antiguo no fueron presentadas tal y como se escribieron? ¿Tanta prisa corre desacreditarlas? ¿Que no todas las obras clásicas representadas fueron precedidas de una conferencia, como se había ofrecido? Y ¿para qué vamos á engañarnos? Eso de las conferencias es molestar á los vivos sin honrar gran cosa á los muertos. Lo cierto es que la temporada, contra los pronósticos de muchos, fué provechosa y brillante. Téngase en cuenta que el teatro fué adjudicado con sólo un mes de anticipación á su apertura; cualquier falta sería muy disculpable en esas condiciones. Fueron estrenadas obras muy estimables, decorosamente presentadas; entre ellas, _Casandra_, con la que no se hubiera atrevido ninguna otra empresa de las de abono aristocrático. Bueno fuera que, después del gran servicio prestado á la causa democrática con las representaciones de dicha obra, pudiera decir la empresa, con un Ayuntamiento tan republicano y tan socialista, que así paga el diablo á quien bien le sirve. Fueron también representadas obras de autores jóvenes, como López Pinillos y los hermanos Cuevas; Borras obtuvo grandes triunfos en obras de muy distintos géneros. ¿Qué más puede pedirse? Mi opinión no puede ser más apasionada. Ni allí estrené obras, ni he de estrenarlas en esta temporada, ni la compañía cuenta con muchas obras mías en su repertorio. Pero bien está San Pedro en Roma--con Merry y todo,--y bien están la Cobeña y Oliver en el Español mientras más desapasionada. Ni allí estrené obras, ni he de estrenarlas esta temporada, ni la empresario dispuesto á realizar maravillas de arte, dígase con franqueza y rómpase el contrato, sin buscar más pretexto ni fundamento que la municipalísima gana. Pero si no es así, y cuando apenas falta un mes para comenzar la temporada, deben moderarse los impacientes y templarse los rigurosos.

Y aunque en algo se hubiera faltado al contrato, recuerde el Municipio, al tratar con sus contratistas, las sentidas palabras que pronuncian los reyes en el indulto del Viernes Santo, y digan parafraseándolos: «¡Los perdono para que Madrid me perdone!»

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El correo nuestro de cada día nos trae ruegos y peticiones--diríase el conde de Casa Valencia en el Senado.--Diga usted esto, hable usted lo otro, proponga usted lo de más allá... No, mis amables sugeridores; es muy desagradable el papel de soplón y «acusica», y no es cosa tampoco de que el cronista ande hecho siempre un guardia de policía urbana. En España todo se espera y para todo se confía en el Gobierno y en la Prensa, sin perjuicio de achacar á uno y otra, según sopla el viento, la culpa de todos los males. Con el sufragio universal y el voto obligatorio, todos tenemos nuestros diputados y nuestros ediles á quien dirigir peticiones y quejas. Sin contar con que todos tenemos en la lengua un rotativo de tirada ilimitada. Esto de servir de libro de reclamaciones sólo ocasiona disgustos y antipatías. Además, cuando cree uno haber complacido á la generalidad, haciéndose eco de sus pretensiones, como estamos en época de espíritus originales y hay que distinguirse á todo trance, saltan en seguida los ofendidos en su originalidad. Quéjanse unos vecinos de que en su calle hay un charco, foco de infecciones; y cuando se consigue llamar la atención á quien corresponde para que desaparezca el charco, no falta un vecino que salga protestando; porque, miren ustedes por dónde, aquel charco era todo su encanto y, como dice la copla, el espejito en que él se miraba. Y en todo, por este orden. Ya ven ustedes: ahora resulta que la Biblioteca Nacional era un modelo de organización y es gana de chinchorrear el proponer mejoras. Por mi parte todo está bien. Así como así, entre personas, animales y cosas, harán docena y media las que me interesan particularmente. ¡Y comparándome con la mayoría de las gentes, me tengo por altruísta!

XXVIII

Es peligroso entregar juguetes á los hombres. Los chicos se contentan con destrozar el juguete, manifestándose como grandes protectores de la industria y del comercio. Pero los hombres sólo gozan pensando en lo que podrán destrozar con el nuevo juguete.--Ahí tenéis un nuevo explosivo--se les dice--para que voléis montañas que separan á unos pueblos de otros y podáis comunicaros y relacionaros con ellos más fácilmente... Y para volar edificios y pueblos enteros--responden y piensan.--Ahí tenéis el automóvil: utilidad, ilustración, higiene y recreo. Y emocionante peligro y satisfacción de la vanidad y atropellos, y caiga el que caiga.--Ahí tenéis el aeroplano, el más glorioso triunfo del hombre sobre la materia. ¡Qué servicios puede prestar á la civilización y al progreso! ¡Y sobre todo en la guerra! ¡Podremos aniquilar ejércitos enteros; seremos invencibles!

Si, ante la armoniosa serenidad de la Naturaleza, pensaba el poeta Wordsworth tristemente en lo que el hombre ha hecho del hombre, con más razón puede pensarse ante cada una de estas conquistas de su inteligencia, que debieran significar amor y significan odio. Las aclamaciones de Francia á la gloria de sus aeronautas no son un saludo á la Humanidad, ofrecimiento de la buena nueva; son un reto á Alemania. Para satisfacción del orgullo de raza no les basta con la revancha espiritual; es preciso la material revancha. Nada vale el aeroplano si no es símbolo del águila imperial, invencible y amenazadora, sobre los aires. Los alemanes pondrán toda su inteligencia en lograr nuevas perfecciones en los aeroplanos. El odio también es fecundo. Y, por el afán de conquistar la tierra, llegaremos á la conquista definitiva del cielo. ¿No es esta toda la historia de la Humanidad?

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Cristóbal de Castro se lamenta y nos culpa porque entre tantos escritores españoles como hemos visitado la República Argentina no hallamos logrado obtener lo que monsieur Clemenceau en una sola visita: un tratado de propiedad literaria con aquella República. Supone Cristóbal de Castro que hemos sido unos egoístas, más atentos al lucimiento y al provecho propios que á la general conveniencia. Conste que sólo me creo aludido por haber estado en Buenos Aires, no por alturas de dramaturgo que el Sr. Castro compara con las del Himalaya. No; por mi parte, Cerrillo de los Angeles, y gracias. Nuestra pobre tierra no consiente mayores alturas; y si alguien pretendiera locamente levantarse hasta ellas, no tardarían en hacerle polvo; y como, al fin, en eso hemos de parar todos--_Pulvis eris_, etcétera,--¿qué más da un poco antes que un poco después?

No tiene en cuenta Cristóbal de Castro que nuestra misma condición de interesados nos obliga á no parecerlo. Monsieur Clemenceau, que podrá ser escritor insignificante, pero que tiene gran significación política--y no todo ha de ser literatura en el mundo,--podía con mayor desinterés particular entablar esas negociaciones. Además, todos sabemos, aunque nos pese, que un político goza de mayor prestigio entre los políticos que un escritor, por grande que sea. Yo de mí sé decir que ni saludé al presidente de la República, ni traté con ministros, ni lo procuré tampoco. Fuí de viajero, no todo lo ignorado que yo hubiera querido para volver ignorando menos. Así y todo, vi lo bastante para no quedar muy ilusionado con las ventajas de un tratado de propiedad literaria. No es aquello la mina inexplotada que muchos creen. Poco se lee en España, pero allí se lee menos. Existe, como en todas partes, el núcleo intelectual al corriente de lo más «nuevo», no siempre lo más interesante, que se publica. Hay afán--no es lo mismo que amor--por la cultura. Una cultura sin agrado, por aquello de «hay que saber»; no porque gocemos con saber. Pero público, lo que se llama público de lectores... En primer lugar, hay poca gente desocupada, desde las señoras y señoritas que leen novelas francesas, inglesas: las inglesas para imponerse en el idioma; las francesas porque... ¡cómo ha de ser! son más entretenidas para el que lee por distraerse que ningunas otras. De lo español se lee... lo que debe leerse, ni más ni menos. Hay que convenir en que libros muy interesantes para nosotros, á pesar de su mérito no pueden interesar allí en absoluto. No es culpa de los autores; es culpa del ambiente. En cuanto á ediciones de libros españoles publicados allí, se ha exagerado mucho. Saldrían más caros. Con decir que la mayor parte de los autores argentinos edita sus libros en París ó en Madrid... Algo más podía venderse, desde luego, con una activa propaganda por parte de nuestros editores; pero con tratados ó sin ellos, sería lo mismo. Por lo que al teatro se refiere... ¡ay! tampoco es la tierra de promisión. Alguna obra de género chico llega á un crecido número de representaciones--nunca tanto como en Madrid.--En cuanto á las obras grandes, con excepción de alguna de autor nacional, como las de Laferrere, con su media docena de representaciones van muy bien servidas. El Odeón, en donde representan María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, vive del abono aristocrático en los días de moda. En los días quebrados hay sus medias entradas y sus vacíos, como en cualquier teatro de por acá. Los demás teatros están á precios reducidos: tres pesos, dos pesos la butaca. Y como el peso, aunque suene á duro, representa allí lo que nuestra peseta, resulta que el teatro es allí más barato que en España. Todos conocemos á los empresarios y actores que se han hecho ricos por aquellas tierras. La compañía de Serrador representa todas las obras extranjeras, sobre todo francesas, estrenadas. Es la compañía de más extenso repertorio. Las traducciones se pagan á tanto alzado, y, naturalmente, no se pagan derechos de traducción. Con el tratado con Francia... no se representarán tantas obras francesas, y eso iremos ganando... espiritualmente. Bien estaría el tratado... por decoro suyo, más que para provecho nuestro. A los políticos corresponde negociarlo. A los escritores nos sienta muy bien el desprendimiento de los bienes terrenales.

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Del veraneo.--En el Casino:

--Oye: ¿tú sabes quien es esa rubia que va todas las noches con ese extranjero?

--No sé; pero me la encuentro en todas partes. El año pasado, en Niza, con un ruso; después, en París, con un americano; luego, en Ostende, con un turco. En Biarritz con un inglés, y aquí con este que parece alemán... Debe ser mujer de historia.

--Y de Geografía, por lo visto.

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En la sala de recreo.--Entre dos amigos:

--Toda la noche estoy perdiendo. No acierto una. (Galante.) Voy á hacer el juego de esta señorita, que tiene mucha suerte.

El amigo (aparte).--Se va á enfadar el señor de enfrente.

--¿Por qué?

--Porque el verdadero juego de esta señorita es... «timarse» con él toda la noche.

XXIX

Si en la mesa y en el juego es donde mejor se conoce, según dicen, la educación de las personas, en las calamidades es donde mejor se revela la cultura de un pueblo. Los aldeanos de Rusia y de Italia que, ante la invasión del cólera, renuevan episodios de las más terribles pestes de la Edad Media, con sus terrores, sus supersticiones, su desconfianza en la ciencia y su fe en cualquier brujería, nos dicen claramente que hay en las naciones modernas, aunque los salven trenes y automóviles, menos kilómetros de distancia de la civilización á la barbarie que siglos en la historia de la humanidad. Unas horas de camino valen por muchos libros de historia. Sin andar mucho, no es difícil encontrarse todavía con el hombre de las cavernas. Cuando el cantor de la civilización está más ilusionado, creyendo que ya sólo es cuestión de expulsar á los frailes y, dos ó tres pasitos más por este orden, para llegar á la reconquista del Paraíso terrenal... ¡cataplum! por donde menos se piensa, un retroceso al salvajismo, que si no destruye de golpe, deja por lo menos tambaleándose lo mejor de nuestras ilusiones.

Y es que estas epidemias, como tienen su origen en regiones incivilizadas, no sólo se traen para acá el microbio de la enfermedad, sino el de la barbarie, que aun prende más pronto. Aquí bien puede decirse: «Bien vengas mal si vienes solo.» Mejor será que no venga ni solo ni acompañado; pero, si como es de temer, aunque no sea más que por molestar al Gobierno, como epidemia reaccionaria, nos desfavorece con su visita, ¿qué se traerá esta vez por lo de asiático, á más de lo que se traiga por lo de morbo?

¿Cómo saldremos del examen? Porque algo de examinador tiene el señor cólera. El llega á un punto, se asoma con cierta respetuosa timidez primero; pregunta: «¿Cómo están ustedes de higiene, cultura, valor cívico y doméstico, etc., etc?... ¿Medianamente? ¡Vaya! Como en mi última visita; no han adelantado ustedes nada. Habrá que darles otro repasito. La letra con sangre entra...» La verdad es que lo mejor que tenemos en material de sanidad á él hay que agradecérselo y á la solicitud de sus visitas. El día en que, al asomarse por Europa y al enunciar su preguntita, le respondan de todas partes la cultura, la higiene, la confianza de todos con un: «Vea usted, amigo, si hemos aprovechado sus lecciones», habrán terminado sus visitas.

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Al Emperador de Alemania le ha aprovechado por poco tiempo la última y sonada reprimenda de su canciller, por irse de la lengua con deplorable facilidad. Otra vez ha vuelto á ponerse la imperial corona por montera, y terciadita á lo jaque, para decir á sus asombrados súbditos que á nadie tiene que agradecerle nada, más que á Dios, que, en sus altos designios, le ciñó la corona. De suerte que no le vengan con leyes constitucionales, discusiones parlamentarias, ni oposición á sus proyectos; que él ha de seguir impertérrito la senda trazada por la Providencia, toda de cañones y fusiles. Bien está ¡oh, sir!; pero el último de nuestros súbditos tiene también su montera que ponerse por corona y las mismas razones para creer en su misión providencial.

¿Es que sólo los emperadores traen misión á este mundo? Como le decía el labriego del Toboso á Don Quijote, cuando éste le preguntaba por la princesa de aquel lugar: «Yo no sé de ninguna princesa; señoras sí hay, y muy principales, que cada una puede ser princesa en su casa». ¿Quién no puede ser emperador en la suya? Y si cada uno diera en sentirse inspirado por la Providencia para obrar como le conviniere, ¡malo iba á ser el gobernar con tantas misiones providenciales! Además, como los teólogos están conformes en admitir que hay voces del diablo que pueden tomarse por voz de Dios, en la duda bueno es atenerse á las leyes humanas; que, por mucho que el demonio quiera enredar en ellas, nunca enredará tanto como en la voluntad soberana de un emperador, por muy providencial que sea. ¡Dios sobre todo, pero la Constitución al quite!

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Mauricio Maeterlink, en el prólogo de unos _Cuentos y leyendas_ de su amigo Jorge Maurevert, asegura la bondad del libro por haberlo sometido á la «prueba del jardín». Esta prueba consiste en leer á pleno sol y en pleno aire; «á la implacable luz de una espléndida primavera», dice M. Maeterlink. Y añade: «Esta prueba es siempre decisiva para un libro, y muchas veces más dolorosa y desconcertadora que las pruebas del agua y del fuego de los antiguos torturadores. Pocos libros la resisten, y yo no me atrevo á someter á ella más que los versos ó la prosa que desde las primeras líneas me han inspirado confianza. ¿Para qué hacer padecer á un pobre libro que, aun con no ser muy bueno, es siempre una obra de buena voluntad?» ¡Ay, y qué bien dice M. Maeterlink! La prueba del jardín es terrible. ¿Ha probado M. Maeterlink con sus obras? Yo sí: con su _Aglavanne y Selysette_. Y el jardín no era un jardín urbanamente cultivado; era un jardín rústico, rodeado de un campo de trabajo y de pena. La prueba se agravaba. Como en una Exposición de pinturas basta la proximidad de una planta cualquiera para destruir el efecto del paisaje mejor pintado, pocas obras literarias resisten el contacto directo con la Naturaleza. Son obras cerebrales y necesitan ir de cerebro á cerebro, sin airearse al pasar, como plantas delicadas de invernadero. Libros que en la ciudad, en aquella vida artificiosa, parecen la misma vida, en el campo no son más que flores de trapo. ¡La vida es tan sencilla! Lo que ella pone es lo que no envejece nunca en la obra de arte... Lo demás... es literatura, como dijo Verlaine. Yo no aconsejaría á M. Maeterlink que sometiera sus obras á la prueba del jardín, excelente para las obras de los amigos.

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Estamos á primeros de Septiembre y nada se sabe del arrendamiento del teatro Español. Y siempre lo mismo. La temporada debe dar comienzo en Octubre. En tan poco tiempo, ¿cómo puede formarse una compañía aceptable, ni cómo preparar obras ni organizar un plan de trabajo? ¿Qué razón tendrá después para quejarse el Ayuntamiento si el contrato no se cumple como es debido? ¿No habrá llegado la hora ó de cedérselo al Estado para ensayar el Teatro Nacional, ó de arrendarlo buenamente como un teatro cualquiera, donde la empresa, con pagar puntualmente su arrendamiento, puede hacer lo que mejor le acomode? Por muchas vueltas que quieran darle, por lo menos hasta la fundación de un Teatro Nacional, el verdadero teatro Español será, por ahora, el teatro de la Princesa, y donde estén María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estará la cabecera. Del teatro Español podía hacerse un teatro popular, con una compañía modesta y bien dirigida, que permitiera baratura en los precios; un teatro de ensayo para autores y actores jóvenes. Lo que no puede ser es adjudicarle de prisa y corriendo quince días antes de la apertura y pedir que sea una Comedia Francesa. En esas condiciones en la temporada pasada se hicieron milagros, y ya hemos visto cómo han sido agradecidos. Tan agradecidos por parte del Ayuntamiento como ésta y otras defensas por parte de la empresa. ¡Son tan interesadas, que no hay para qué agradecerlas!

XXX

No sería malo que en los dramas de la vida, como en los del teatro, pudiera alguno de los actores dirigirse al público, como era uso y costumbre, para suplicarle que reservara su juicio hasta el final de la obra. Con la diferencia de que la vida, en sus dramas y en sus novelas, lo primero que nos ofrece es el desenlace, y, al contrario que en el teatro y en los folletines, el interés no está en saber cómo acabará aquello, sino en cómo habrá empezado. La solución es el principio del problema. Los antecedentes es lo que importa. Pero si el que más y el que menos, uno por uno, somos todo curvas, en cuanto nos reunimos como espectadores no entendemos más que de rectas. Para bueno ó para malo, el público sólo comprende los caracteres de una pieza, como suele decirse, que respondan á una lógica teatral y novelesca. Pero ¡ay! que la lógica de la vida, en su aparente complicación, es mucho más sencilla. Los locos y los héroes saben solamente de líneas rectas. Los demás vamos serpenteando por caminos de luz unas veces, de sombra otras; el que parecía más obscurecido, resplandece de pronto; el que iba como vestido de sol, se pierde en la sombra. Y todo sin pizca de lógica. Esa lógica que necesitamos para explicarnos satisfactoriamente las acciones... de los demás. Pero ¡ay tantas lógicas! Los maridos calderonianos matan, celosos de su honor. Seguros de la virtud de su esposa, les basta con que alguien pueda poner sospecha en ella, para condenarla á muerte. A Otelo, más humano, nada le importaría que todos sus soldados hubieran compartido el lecho de Desdémona, con tal de no saberlo. Es celoso por amor, y por amor mata. Hoy comprendemos mejor al moro de Venecia que al médico de su honra. La solidaridad del honor en el matrimonio y en la familia ha pasado á la historia, si es que alguna vez pasó de la poesía.

En aquella misma época, los escritores satíricos, más inspirados siempre en la realidad, nos muestran claramente que no todos los maridos eran médicos de su honra. Hoy nadie pone en duda que se pueda ser un perfecto caballero aunque se haya tenido la desgracia de casarse con una loca. Queda sólo la pasión de los celos como justificante de cualquier arrebato sanguinario. Y en esto el buen público es intransigente: pide unos celos... de _una vez_, sin blanduras, sin desfallecimientos, sin vacilaciones. No sabe comprender que el corazón se subleva en una hora contra lo que toleró muchos años; que se mata, se perdona, que se insulta y se besa... ¡Pobre corazón humano, sometido á esa lógica de espectador de teatro!

Ya se sabe que el público sólo juzga por sentimiento. Ni sería el más noble el de la ociosa curiosidad, si no llevara envuelto, aunque en menor grado, el de la justicia. Pero á éste, único respetable, sólo la justicia puede dar satisfacción cumplida. ¿Será mucho pedir al respetable público que suspenda su fallo hasta que la justicia dé el suyo?

Los supersticiosos no dejarán de apuntarse un tanto á su favor. Tres lidiadores del mismo nombre han sucumbido en las plazas; dos de ellos en circunstancias muy parecidas. Extraño es que la gente de coleta, que por más insignificantes agüeros suele preocuparse, no haya temido la fatalidad de ese nombre: Pepete. Verdad es que por si solo ya es un cartel. El torero que quiera llenar las plazas, no tiene más que atreverse nuevamente con el nombre fatídico. Un Pepete y seis Miuras, y á robar el dinero. Piénsenlo bien los postergados. Aunque más de uno ya lo habrá pensado á estas horas, recordando la filosófica sentencia: «Más cornadas da el hambre». Añádase á esto la emoción de quebrar juego, tan saboreada por los jugadores. Si es verdad que á la tercera va la vencida, ese nombre puede ser una seguridad. ¡A él, valientes! Ya veis lo que dicen los buenos aficionados. La corrida de Murcia se recordará siempre como un acontecimiento. Corridas así son las que sostienen el fuego sagrado de la afición durante muchos años. Harán bien las señoras católicas en no protestar contra ese espectáculo, como contra la política del actual Gobierno. El clericalismo, los toros, tienen intereses comunes. Vienen de lo mismo.

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