De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 6

Chapter 63,478 wordsPublic domain

Si los _trompis_ entre el boxeador negro y el blanco, con el triunfo del colosal negrazo por remate, no tuvieran su significación simbólica, sería para reir ó para indignarse, según temperamentos ó estado de fondos, la agitación promovida en los Estados Unidos á consecuencia de la interesante lucha. Pero ¡ay! que esa lucha entre dos campeones de las distintas razas puede ser mañana sangrienta lucha general de las dos razas. Es natural que el anticipo triunfal del negrazo les haya sentado tan mal á los blancos. Malo, si los negros dan en civilizarse; peor, si dan en dedicarse á brutos. Cultivando la inteligencia, aun podían tardar algunos años en igualarse con los blancos; pero si sólo cultivan los puños, pueden adelantarse en muy poco tiempo. Y si continúan pagándoles tan bien los puñetazos, reunirán muy pronto dos grandes fuerzas: los puños y el dinero. Confiemos en que algún gran banquero ó negociante de los Estados Unidos se dé buena maña para estafar al negro vencedor el dineral premio de su hazaña, y podremos afirmar todavía orgullosos la superioridad de la raza blanca.

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En esto de las barbaridades nacionales sucede como con los vicios y las ridiculeces: las peores son las de los otros. Para el aficionado á toros no hay nada tan estúpidamente cruel como una riña de gallos, y viceversa; nosotros nos escandalizamos ante los boxeadores, y por ahí se espantan de nuestras corridas de toros. De esa diferencia de apreciaciones viven los moralistas, mientras el mundo vive de la precisa moral que le basta para no concluirse, que es á lo que se tira, y vamos viviendo. Los artistas han convenido en que lo más pintoresco y característico de cada pueblo es la roña, sea material ó espiritual. Extasis ante unas piedras viejas, transporte místico ante una capa parda, deliquio supremo ante una salvajada con mucho carácter. Que tienen mucho carácter suele decirse de los que lo tienen malo. En los pueblos es lo mismo que en las personas. ¿Un pueblo de mucho carácter? Ya saben ustedes lo que les espera: comer mal, dormir peor y alguna pedrada. ¡Oh! ¡Pero cómo perdería carácter si la civilización descolorida y niveladora llegara hasta allí!...

Por fortuna, hay carácter para mucho tiempo en todas partes, y no somos nosotros de los menos favorecidos.

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Esta eterna lucha entre un Arte que prefiere para su inspiración lo característico tradicional, como si quisiera perpetuarlo, á despecho de la misma vida, con un Arte, por más atento á nueva luz quizás mas desorientado, sostiene y sostendrá por mucho tiempo en interesante actualidad la llamada «cuestión Zuloaga». Sobre ella, como toda gran obra de Arte, camino de esa eterna actualidad que se llama inmortalidad, está la obra del pintor insigne, cuya gloria nada puede temer de las discusiones. Pero entre el Arte que nos dice: «Esto ha sido», y aun el que nos dice: «Esto es», y el Arte que nos dice, visionario y profético: «Esto será», si los dos pueden ser igualmente admirables como Arte, como obra social, ¿cuál será preferible? Sí; aun hay otro más admirable y fecundo: el Arte todo voluntad, todo acción, de la voz creadora, como voz de Dios, la que sabe y puede decir: «¡Sea!»

XXIV

Ha sido un brillante torneo oratorio, más cañas que lanzas, la contestación al Mensaje de la Corona. Como sucede tantas veces en estas discusiones, los árboles no han dejado ver el bosque y las frondas y floreos oratorios no han dejado oir la contestación al Mensaje, que, siendo de lo que debía tratarse, es de lo que menos se ha tratado.

El Gobierno ha podido decir en esta ocasión: «A salvo está el que repica». Los tiros más certeros han pasado sobre su cabeza para ir á caer sobre los conservadores. Sólo algún ligero achuchón ha menoscabado su flor de azahar. Si los obispos, los rifeños y los huelguistas no se alborotan demasiado durante las vacaciones, tenemos virginidad hasta la reapertura del Parlamento.

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Un corresponsal en Madrid del periódico parisiense _Comedia_, á propósito de una velada musical celebrada en el Ateneo, en que, según parece, se aplaudió mucho la música española y no tanto la francesa, se lamenta de la creciente _galofobia_ de los españoles. Una distinguida dama francesa me escribe quejándose de lo mismo; dice que ha ido coleccionando en estos últimos tiempos infinidad de textos de escritores españoles, patente muestra de nuestra animadversión hacia los franceses. Tal vez sea muy voluminosa esa colección de recortes _galófobos_; pero; ¡vamos! que si algún español se hubiera entretenido en anotar y recortar textos franceses en que se nos ridiculiza, zahiere y calumnia... sí que hubiera levantado un buen proceso.

La imaginación de los franceses ve enemigos y espías por todas partes.

No es para tanto nuestra supuesta _galofobia_. De esos mismos escritores, citados por mi quejosa dama, podría yo recordar grandes elogios y ditirambos de admiración por Francia y por los franceses. Yo mismo he defendido el _Chantecler_, como verdadera obra de arte, del injusto desprecio con que fué tratado por el público madrileño. Y hay que convenir en que las más violentas y despreciativas críticas vinieron de París. En más de una ocasión he defendido también á la mujer francesa en general, y á la parisiense en particular, de las calumnias de sus mismos novelistas y autores dramáticos. ¿Son también _galófobos_? Sabido es que el batallador Brieux escribió _La francesa_ para protestar contra esa falsa atmósfera creada á la mujer por una literatura más literaria que verdadera.

Cierto es que las censuras del extraño molestan más que las del compatriota, pero no se dirá que aquí hemos llegado nunca á la intervención enojosa ni á la invención sin fundamento.

Por mucho que digamos, cronistas y escritores de costumbres, de los extranjeros, más decimos de nosotros mismos. No podrá acusársenos de parcialidad ni apasionamiento. Tal vez pequemos de exagerar nuestros defectos y debilidades, y acaso demos con ello lugar á que el extranjero los agrande y divulgue, por aquello de: «¡Cuando ellos lo dicen!...» Por lo demás, censuremos á propios ó á extraños, loca vanidad sería la del escritor que creyera en la eficacia de sus censuras. Como dice Regnard--ya ve usted cómo conozco y admiro á sus clásicos:

En vain contre les moeurs la raison vous irrite; Par quatre mechants vers, peut-etre déja dits, Croyer vous changer l'homme et redresser Paris?

Y quien dice París, dice el mundo entero.

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Todos los años, al terminar el concurso para adjudicación de premios en el Conservatorio de París, vuelve á plantearse la discusión sobre las reformas necesarias, tanto en el sistema de enseñanza como en el de concursos. Y de nuestro Conservatorio, ¿no podía decirse algo? Nada entiendo de música y no seré tan atrevido para despeñarme por el disparate libre, en cuanto á la enseñanza musical se refiere. Doctores, licenciados, y aun bachilleres, tiene la Iglesia que sabrán solfear y armonizar donde hiciere falta.

Pero la enseñanza de la mal llamada--es decir, por desgracia, bien llamada--declamación, no puede ser más deficiente. A gritos, más ó menos declamatorios, está pidiendo una reforma. Cualquiera es buena; desde la radical de la supresión, por inútil, hasta una nueva y completa organización, con vistas á la utilidad y mejor aprovechamiento del dinero; supongo que poco, pero hasta ahora mucho, por mal empleado.

Bien sabemos que un Conservatorio, como ningún Centro docente, por sabia que sea su organización, no es incubadora de genios, si falta la primera materia en la calidad del huevo. Pero como el genio es ave rara y él solo se basta para «levantarse, crecer, tocar las nubes», hay que pensar--aparte de que al genio tampoco le sienta mal un poco de disciplina y artificial cultura--en los talentos modestos, en las medianías discretas, que de ser bien dirigidas á no serlo ó á serlo viciosamente, puede ir la diferencia de la absoluta nulidad á una perfecta imitación del mismo genio, con la ventaja de ser su talento más reposado y consciente; condiciones de gran importancia en un arte de interpretación como el arte escénico.

¡El genio es tan peligroso en el teatro que yo me atrevería decir que es temible! De los genios me libre Dios, que de los malos cómicos me libraré yo.

Ante todo, se impone la selección física. Por espiritualistas que seamos, hay que atender á la belleza corporal. Nada de piernas cortas y cabezas gordas, por mucha luz intelectual que las ilumine. Nada de voces chillonas y gangosas, por mucho que prometan «hacernos de reir» en grotescas farsas. Después, cultura general; más que cátedras, conferencias variadas de literatura nacional y extranjera, de pintura, escultura, elegancia social, etc. Después, práctica, práctica y práctica. Nada de maestros actores, que sólo enseñan sus defectos y amaneramientos; un buen director de escena, persona competente, de buen gusto, y á estudiar y á representar obras. El teatro Español como teatro de ensayo, donde los alumnos, en funciones populares, de convite ó con rebaja de precios, representen obras del teatro antiguo y moderno.

Al estudio de nuestro teatro antiguo debe concedérsele la mayor importancia. Nunca se estudiará bastante. Da grima ver que la mayor parte de nuestros modernos actores no saben decir un verso con sentido del ritmo; y como el ritmo es todo, en arte, en verso, en prosa, en lo espiritual y en lo físico, sólo son capaces de decir chuladas y vulgaridades.

Ya sé que el ministro de Instrucción pública tiene asuntos más importantes á que atender; pero yo sé que el Arte tiene en él un enamorado. Si la política le permite algún descanso en este verano... acuérdese de sus amores.

XXV

De plañideras y de Casandras de pan llevar han motejado conspicuos conservadores á los espíritus compasivos que se permitieron llorar por los muertos de la última campaña. Y no habían terminado de fulminar su indignación contra los compasivos, cuando, á propósito del atentado de que ha sido víctima su ilustre jefe, ¡ríanse ustedes de Casandra, de Jeremías y de cuantos lloraron calamidades y profetizaron desdichas! Esto demuestra que todos somos plañideros á nuestra hora y cuando nos duele, y nada más fácil que hacer de héroe impasible cuando los almendrazos no son en nuestro barrio.

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El Estado sólo tiene un nombre terrible y amenazador para estos pueblos: el Fisco. Faltan carreteras y caminos vecinales, faltan escuelas, falta higiene, falta policía; pero el Estado exige siempre: es la quinta, es la contribución con sus apremios y sus embargos y la miseria y la ruina...

Llega el Fisco implacable á coronar el trabajo de la penosa recolección. El que nada dejó, se lo lleva todo. ¿Llamaremos también á estas madres, llorosas por el pan de sus hijos, Casandras de pan llevar? Por fortuna, aquí no amenazan... todavía. Pagan, como trabajan y como viven, resignados. Hasta la fuerza necesaria para cobrar lo debido le es barata al Estado.

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Nos asustamos una vez al año de lo que sucede siempre sin que nadie se asuste ni lo advierta. Los buenos burgueses disfrutan de su veraneo protegidos por los mausers. Los fusiles protectores y la protesta amenazadora están ahora á la vista y frente á frente. Pero ¿es nunca otra cosa? Ese el estado natural y permanente de esta sociedad humana. Por suerte de los buenos burgueses, la carlanca basta para que unos cuantos lobos desconozcan á sus semejantes y se crean perros al servicio del amo. ¿Qué piden los huelguistas? Gollerías, de seguro; puede que hasta quieran veranear.

El Estado permanece neutral, no cruzado de brazos, sino armas al brazo, que es una neutralidad especial. Su papel no es muy airoso. Me recuerda á un filosófico sereno que, presenciando á altas horas de la noche una acalorada disputa entre una Venus y un Marte, por no sé qué tratos y contratos amorosos, sólo les aconsejaba paternalmente á la luz del farol colgante de su chuzo: «¡Arreglarsus, chicos, arreglarsus!»

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Emilio del Villar, desde las columnas de _Nuevo Mundo_ clama una vez más--esperemos que no siempre sea en vano--contra lo que pudiéramos llamar obstáculos tradicionales de nuestra Biblioteca Nacional. Defendida como fortaleza contra los naturales ataques del ansia de cultura y el deseo de ilustración, el denodado asaltante es tratado como enemigo, sin consideración alguna. Hay que terminar de una vez con tanta rutina y tanta corruptela. ¿Qué significa eso, en pleno siglo XX, de dividir las obras en obras de estudio y en obras literarias? ¿Y el ocultar los índices, como nefando secreto, y las malas caras y los peores modales?...

Ahí tiene ancho y fácil campo donde laborar el ministro de Instrucción pública, con aplauso de todos y sin gravar el presupuesto. Las buenas maneras van baratas. Y ahora que una Sociedad bienhechora nos abarata la luz, ¿no será hora de que la Biblioteca esté abierta por la noche? Más se conseguiría con esto, en bien de la cultura y de las costumbres, que con la creación del Teatro Nacional, por ejemplo. Pero modernícese esa Biblioteca; sea un verdadero salón de lectura á la moderna: con periódicos, revistas; todo asequible, todo fácil...

¿Falta personal y al existente sería injusto pedirle más horas de trabajo? Yo sé de muchos señoritos, tan intelectuales como desocupados y aburridos, que con mucho gusto prestarían servicio voluntario, con el mayor gusto y no menor inteligencia. No es menos glorioso ser soldado de un ejército de paz y de cultura, que serlo en el campo de batalla.

Son tantos los jóvenes de todas las clases sociales á los que oigo lamentarse de continuo: «¡Si la Biblioteca estuviera abierta por las noches!» ¿Será más difícil que abrir un nuevo _cine_?

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Estamos de una castidad escandalosa. ¡Si todo fuera virtud y no falta de dinero! Nada menos que ola hay quien llama á la docena de novelas, algo subidas de tono, que se publica por término medio un año con otro. No es para tanto, y hay que confesar que, hasta ahora, la ciénaga es muy vadeable. Como sucede siempre, los mejores propagandistas del género son los escandalizados, que vienen á ser los verdaderos escandalizadores. Lo malo es que hay quien no distingue y confunde las obras esencialmente pornográficas con otras muy estimables en que la pornografía es sólo un accidente artístico y necesario.

Con la reputación de las novelas modernas es imposible acompañarse de ellas para lectura de viaje, de playa ó balneario. Y es lástima; porque no hay nada como un libro para iniciar una conversación, y con una de estas novelas siempre hay tema indicado.

Las preferencias literarias, cuando son sinceras, y cuando no lo son, doblemente, nos abren de par en par á nuestro interlocutor ó interlocutora. Con una viajera que haya leído ciertos libros, se puede hablar de todo. Si ha leído los de Felipe Trigo... pues no hay más que hablar. Si ha leído á Gabriel D'Annunzio... más vale callarse; ella se lo dirá todo. Desconfiad de las señoritas que leen la «Biblioteca Rosa» en público; son las mismas que tienen empezada una labor desde hace cinco años y sólo dan puntada cuando hay visita de novio probable.

¡Ah! Cuando regaléis un libro á una joven, que sea un libro que pueda interesar á su mamá ó á su institutriz.

XXVI

El espíritu público es infantilmente novelero; agradece cuanto le divierte, le conmueve, le apasiona y hasta le atemoriza por unos días; pero no conviene pretender usufructuar su atención durante mucho tiempo. Hay que evitar la frase desdeñosa, muestra inequívoca de su desvío: «¡Ya es una lata!» Todo esfuerzo para reconquistar después la atención es en vano. Aun los espíritus que se juzgan más inquietos tienden á la quietud y, más que los accidentes que alteran la monotonía de su vida, agradecen esa misma monotonía, que justifica mejor sus lamentaciones, por verse obligados á soportar una vida sin accidentes y sin inquietudes.

Los huelguistas de Bilbao no han tenido en cuenta, al ejercitar su propia resistencia, la escasa resistencia de la atención pública. ¿Es que no se iba á hablar de otra cosa durante el verano? Es mucha pretensión. Por el pudor de los contrastes, teníamos olvidada á la mejor sociedad que veranea y luce por esas playas sin otra esperanza de mejor recompensa que nuestra envidiosa admiración. Dejen, dejen ya los huelguistas su triste papel de aguafiestas ó acabarán por perder hasta la simpatía de los más sentimentales. Las bellas y elegantes damas ya no dirán: «¡Pobre gente!», los gobernantes empezarán á juzgaros como perturbadores, el honrado comercio os culpará de sus pérdidas, molestaréis á los buenos aficionados á toros. Recordad la frase de Shakespeare: «¡Qué hermoso es tener las fuerzas de un coloso y no usar de ellas!» Vosotros diréis que, por ahora, son los patronos los que tienen esa fuerza y ellos son los que mejor pueden aplicarse la frase.

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El verano es la estación de los milagros financieros más sorprendentes, por venir después de los milagros del invierno, ya bastante incomprensibles. No es extraño que viaje mucha gente; pero ¡alguna!, ¡tanta! ¿No podrían hacer el favor de comunicarnos el secreto, como esos filántropos que ofrecen un remedio maravilloso con sólo enviar un sello para la contestación? ¿De dónde saca el dinero mucha gente? El viajar cuesta cada día más caro; los multimillonarios americanos, al desperdigarse por este viejo mundo, han vuelto locos á los hosteleros, alquiladores de coches, sastres, modistas, joyeros y toda clase de comerciantes en frivolidades. Regiones tranquilas, como la pastoral Suiza, famosa antes por sus razonables precios, se han puesto, con la invasión de los _dollars_, por las cumbres de sus montañas. De Francia, de Inglaterra, de Bélgica, no hablemos. En los hoteles todo es extraordinario; en los trenes, lo mismo; en los espectáculos, no se diga; en cualquier barraca más ó menos decorada con los sonoros títulos de _Kursaal_, _Music-Hall_, _Luna-Park_, etcétera, cuesta la entrada tanto como costaba en otros tiempos oir á la Patti ó la Lind; eso la entrada, que, después, entre guardarropa, programa, propina por aquí y socaliñas por todas partes, con sacar dinero durante el espectáculo no hay tiempo ni manos para aplaudir, por mucho que nos complazca. Y donde no han llegado los americanos, los presienten. Han llegado los automovilistas, que es lo mismo para los efectos de ir soltando dinero con bocina. ¿Dónde están ya aquellas Arcadias veraniegas que hicieron las delicias de nuestros abuelos y adonde llegaban los aldeanos, como los pastorcillos de Belén, á ofrecer al forastero toda clase de caza y pesca, huevos y laticinios, frutas y hortalizas, por lo que tuvieran voluntad ó algo menos? Verdad es que entonces sólo veraneaban las gentes en mediana posición. Los ricos se recogían en sus fincas de campo ó casas solariegas... Pero ahora los que viajan y corretean por el mundo son los que no tienen mucho dinero y los que no tienen dos pesetas, que, naturalmente, son los que dan menos importancia al dinero. Así lo han puesto todo imposible para las personas modestas. Ya es triste vivir; pero viajar sólo con lo preciso, es verdaderamente vergonzoso. ¡Eche usted lujo! Menos mal que, si por cada dos familias hay una que se arruina, por cada tres hay algún miembro dedicado á la usura, que, después, por combinaciones de herencias ó de matrimonios, vuelve á hacer la felicidad de dos familias. En el mundo no se pierde nada. Donde se hunde una casa suele levantarse una manzana. Es toda la amable filosofía de muchos veraneos incomprensibles.

XXVII

Nunca ha justificado una Exposición su nombre como la de Bruselas. ¡Vaya si ha sido exposición! Era lo único que necesitaban las Exposiciones para acabar de desacreditarse. Los que de cualquier suceso casual deducen rotundas afirmaciones, no dejarán de categorizar toda Exposición entre los grandes peligros. ¡No más Exposiciones! Siempre nos sucede lo mismo, ahora que andamos en Madrid preparando una, al cabo de los años. Los mayores progresos son atrasos cuando llegan á nosotros. ¡Es mucho sino! Implantamos instituciones, leyes y reformas cuando están desacreditadas por esos mundos. Venimos á ser las Américas de Europa--en el mal sentido de la palabra Américas.--Verán ustedes; ahora que hemos dado en irreligiosos, es cuando la religión está más á la moda en todas partes. En los Estados Unidos se hace gran consumo; en algo se ha de conocer el dinero. Con eso y con que el mejor día empiecen á encargar Comunidades desde el Japón como antes encargaban acorazados... Y es que no debe desecharse nada; todo debe conservarse, como los sombreros de copa; las modas vuelven cuando menos se piensa. ¿Creen ustedes que no volveremos á ver miriñaques?

Algo significativo es que el incendio de Bruselas haya respetado la instalación de España. El fuego no es rencoroso. ¡Buena ocasión para haberse vengado de las muchas hogueras por nosotros encendidas en Flandes! Hogueras con las que pretendimos prolongar el ocaso del sol, que se ocultaba ya para España en aquellos dominios... En Flandes se ha puesto el sol. ¿No es verdad, amigo Marquina? Pero antes ¡cómo pusimos nosotros á Flandes!

Ahora ha sido la electricidad el Felipe II. La civilización es también un gran tirano. Ello es que los buenos flamencos, por no perderlo todo, se aprestan á reedificar lo destruído; y, si no les fuera posible, ya ponderan como gran atractivo la contemplación de las ruinas. Acaso tengan razón. ¡De tantas cosas, lo mejor es las ruinas! Sólo que las ruinas de los edificios modernos suelen llamarse escombros. Para ser admirado como ruina hay que haber tenido vida durante mucho tiempo. Esta consideración es de mucho consuelo para algunas naciones y para muchas señoras.

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