De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 5

Chapter 53,707 wordsPublic domain

Organizar una cabalgata, presentable á plena luz del día, es cosa que requiere mucho dinero y mucho arte. Otro hubiera sido el efecto amparándose de las sombras protectoras de la noche y al favorable engaño de antorchas y bengalas. Sin contar con que las fiestas nocturnas son más agradecidas; como que en ellas sí que puede decirse que el espectáculo está en el espectador, mejor dicho, en la espectadora, y lo que se ve es lo de menos. Hay función de fuegos artificiales que no se olvida nunca, y bien sabe Dios que no es por los cohetes. En todo festejo popular hay que atender á estas emociones reconcentradas, por si fallan las exteriorizables.

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Con excepciones muy contadas, es tan general como deplorable la afición de los buenos actores á representar malas comedias. ¡Lo que ellos gozan entregándose en cuerpo y alma á la ingrata tarea de levantar muertos! ¡La de esperpentos dramáticos que gozan honores de obras inmortales gracias á la interpretación de algún gran comediante!

Buena prueba es el repertorio que se ha traído Novelli, como para examinar de paciencia á sus muchos admiradores. No hay idea de lo satisfechos que se quedan algunos actores cuando el público sale del teatro diciendo:--Todo muy malo, todo; pero ¡él! ¡El solo! ¡Sólo él! El peligro de este inmoderado afán solitario está en que el público se canse de decir:--¡El solo! ¡El solo!, y se decida á ponerlo en práctica, dejándole solo en efecto. No merece otra cosa la vanidad de algunos comediantes que llegan á creerse que ellos solos son una obra y un teatro.

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Para tranquilizar á los cortadores de cupones, los más alarmados al menor síntoma republicano--¡si habrá confianza en la cuadrilla!,--se apresta D. Jaime á estrenar un caprichoso uniforme, regalo de sus esperanzados creyentes. Es de suponer que al regalito acompañe su buen paquete de alcanfor ó su naftalina. De airearse el uniforme habría que convenir en que se habían apolillado otras muchas cosas. Que hay polvareda es indudable. Confiemos en que el Sr. Canalejas sabrá servirse del plumero propio y en ningún modo de los zorros que alguien pueda ofrecerle; considere que la opinión está con la escoba levantada y en alguna parte tal vez la tengan pajas arriba y detrás de la puerta, como se usa entre supersticiosos para despedir visitas molestas.

XX

Me preguntan algunos amigos si no diré nada del discurso de D. Alejandro Pidal, en contestación al discurso de D. Leopoldo Cano, de todas mis simpatías, como autor y como persona. ¿Para qué decir nada? Toda la elocuente diatriba contra el teatro moderno, sin demostrar otra cosa que no haberse tomado el trabajo de conocerlo, ¿no es la misma con que ilustres correligionarios de D. Alejandro Pidal, y quizás él mismo, anatematizaron el teatro de Echegaray, el de Sellés y el de Cano? El de este último con mayor ensañamiento. ¿Quién no recuerda la crítica de _La Pasionaria_, escrita por el buen D. Manuel Cañete, cabeza parlante del grupo ultramontano de la Academia Española? ¿Cómo habían de perdonarle aquello:

«Y muertos en la trinchera, resucitan en Madrid?»

Y aquello otro (cito de memoria; pero no es muy mala, á Dios gracias):

«... Son rezadores maestros que, devotos y contritos, andan comprando delitos á cuenta de Padresnuestros.»

Así como así, D. Leopoldo Cano, cuando otros méritos no tuviera, y téngole en muy alto concepto, fué, y esperamos que siga siéndolo, de los autores más valientes y más sinceros de la escena española.

Así lo ha reconocido D. Alejandro Pidal, con todas las cualidades que en otro tiempo parecieran graves defectos. ¡Oh! La Academia no es rencorosa. Basta con dejar de escribir por algún tiempo para que los atrevimientos parezcan moralidades, el «verismo», idealidad y la cáscara amarga hueso dulce. ¿No sabemos todos que á la Academia no llevan las obras que se han escrito, sino las que se han dejado de escribir?

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Con tantas graves y grandes preocupaciones, no es de extrañar que á lo mejor pase inadvertida alguna pequeña enormidad, como la de declarar contrabando un encendedor automático, sin más razón ni fundamento que el perjuicio á un monopolio del Estado. Ya sabíamos que todo monopolio, los hay de muchas formas y clases, era siempre un obstáculo á todo progreso; pero nunca se había declarado tan descaradamente. Según eso, cada vez que encienda usted su cigarro á una llama que no sea la legal de la cerilla monopolizada es usted más contrabandista que los de _Carmen_. Los encendedores eléctricos de los Casinos y otros Círculos, los mismos aparatos denunciados que, en otra forma, se usan para encender los cigarros de sobremesa, contrabando también; cuando pide usted lumbre á un transeunte, aparte la impertinencia, incurre usted en delito... Con la misma razón pudo declararse contrabando el gas cuando vino á sustituir al aceite y al petróleo, y la luz eléctrica después... Y las empresas de ferrocarriles debieran declarar contrabando el automóvil, porque mucha gente lo prefiere al tren para viajar, con perjuicio de las Compañías... Y, por este sistema, también pueden tener razón los protestantes, aunque les moleste el nombre, contra la ley de los signos exteriores, que también ellos venían disfrutando de un monopolio tan respetable como el de las cerillas.

No sabemos si habrán protestado los fabricantes y expendedores del aparatito en cuestión; pero no sólo ellos, todo el mundo debiera protestar contra esa pequeña enormidad, expresiva muestra de otras enormidades cometidas en nombre de _trusts y_ monopolios...

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Nuestro Ayuntamiento, con miras más altas que las aceras y arroyos, se propone limpiar los rótulos anunciadores de toda incorrección gramatical. Por lo pronto, ha ido á fijarse en lo de «carnecería», que les parece anticuado. ¿Anticuado? ¿Por qué? El movimiento se demuestra andando, y el mismo uso constante demuestra que no hay tal antigüedad. Ya sé yo que suena más fino carnicería, sólo que es otra cosa. Ya basta, para los que venden la carne en malas condiciones, hacer carnicería en nuestro estómago, sin anunciarlo por adelantado. Bien está lo de carnecería cuando de vender carne se trata, y déjese la carnicería para luchas de fieras, campos de batalla, operaciones quirúrgicas y otros destrozos en carne viva ó muerta. ¿Qué opina el _Chico del Instituto_, á cuya autoridad me someto por adelantado?

En cuanto al uso del infinitivo por el imperativo, sí es cosa fea; pero yo, que siempre prefiero lo ordinario á lo cursi y creo que el vulgo tiene siempre razón al hablar, estoy por decir que hasta cuando dice «haiga», hallo el imperativo tan redicho y con un sabor á mandato de rey de teatro: «¡Salid! ¡Llegad! ¡Teneos!», que estoy por preferir el infinitivo, incorrecto y todo. Lo de «Llevar la izquierda», ya sabemos todos que es un modo abreviado de decir: «Hay que llevar la izquierda». No es tan grave falta que no llegue á entenderse lo que se quiere decir. Escritores de muchas letras, y académico alguno, ha escrito: «No reírse, no asustarse». Y, en efecto, nadie se ha reído y nadie se ha asustado. Bien están la corrección y limpieza del idioma por esas calles, mientras llega la limpieza de las calles mismas; pero no vayamos á ponernos tan finos como aquella damisela que, por no usar términos vulgares, solía decir: «Mamá, haga usted la vista gruesa».

XXI

Saludemos á dos autores noveles, no desconocidos: los Sres. Godoy y Alberti, triunfadores en el concurso de obras dramáticas abierto, con excelente acuerdo, por el Ayuntamiento y por la empresa del teatro Español. El nombre de los autores, vigoroso poeta el uno, literato de gran cultura el otro, tanto como el nombre de los jurados, garantiza el acierto. Razón hay para esperar la más favorable confirmación por parte del público; aunque un público del que han de formar parte muchos de los concursantes no favorecidos, no es para deseársele á nadie. El teatro Español, por su carácter oficial, por disfrutar de una subvención, es el que menos puede excusarse de admitir obras de autores noveles. Quédese para los empresarios industriales el creer que sólo conviene á su negocio representar obras de autores consagrados, que, á veces, en una sola equivocación perjudican más que favorecieron con diez aciertos. Hay que convenir en que el público, rutinario siempre, es cómplice de las empresas en esto de no interesarse más que por las obras de un limitado número de autores. Si el público mostrara mayor interés por conocer obras nuevas de nuevos autores, yo creo que las empresas procurarían complacerle. Tanto, pues, como vencer la resistencia de las empresas y de los autores monopolizadores, importa vencer la desconfianza del público. Esto sólo ha de lograrse en fuerza de grandes aciertos. Pero es preciso dar facilidades para que sean posibles. Según las mejores referencias, á la obra premiada hay que añadir otras muy estimables entre las presentadas al concurso. Las empresas de los diferentes teatros, en justa proporción, deben admitirlas para su representación en la temporada próxima. Conveniente sería establecer por costumbre, ya que sobre ello fuera algo tiránico legislar, que un mismo autor no pudiera estrenar más de una obra por temporada en el mismo teatro. Nadie iría perdiendo. El público hallaría mayor novedad, los actores evitarían el amaneramiento que trae, sin darse cuenta, el representar obras del mismo corte, y los autores más admirados el peligro de fatigar la admiración, lo más fatigable que existe.

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Siempre que asisto que á un banquete, sea de homenaje, sea de confraternidad, aparte la lubina á la mayonesa, que, por lo inmutable, representa el elemento filosófico, la figura más interesante para mi atención es la del camarero. El camarero también es filosófico. ¡Han pasado tantas lubinas patrióticas, políticas y artísticas por sus manos! El camarero y la lubina no tienen convicciones. Saben que hay un mismo _menu_ de homenaje para todos. ¡Qué indiferencia la suya ante las lubinas oratorias, á la hora del Champagne, que tampoco tiene secretos para él! La cocina y las atenciones del servicio, como los bastidores del escenario á los tramoyistas, le han quitado toda ilusión sobre lo que se come y lo que se representa. Suenan magníficas las grandes frases de los discursos, y el camarero, mientras pregunta con voz discreta por su jurisdicción: ¿Cognac ó Chartreuse?, percibe el comentario malicioso de los comensales, que es como el _pizzicato_ burlón que acompaña en sordina la frase apasionada en la serenata del _Don Juan_, de Mozart.--¡Qué gran batata!--oye el camarero.--¿Decía usted?--¡Ah! Nada... No es á ti... Chartreuse. Y suena un ¡bravo! y no suenan las risitas, ahogadas en un sorbo del licor estomacal. Pero el camarero piensa:--¿A quién se engaña aquí?--No; no es á él, ciertamente, simbólico y significativo en aquel momento; representación de todos los que no tienen puesto en esos banquetes, en donde la más brillante representación de las llamadas clases directoras, sin engañarse ellos mismos, creen haber convencido á los demás.

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No hace muchos días indicaba que el ídolo de oro acaso tenía los pies de barro.

El viajero superficial suele deslumbrarse con las brillantes apariencias. Dura y tenaz ha de ser la lucha de los Gobiernos en la República Argentina para vencer al anarquismo; acaso más de una vez peligren en ella sus instituciones democráticas y su generoso humanitarismo. Días de prueba aguardan al ilustre hombre que marcha á presidir los destinos de un pueblo joven, por transfusión de tanta vieja sangre, acaso envejecido antes de tiempo. Salaverría, en su admirable libro _Tierra argentina_--tan justo de observación y tan artísticamente desapasionado,--celebra y admira la fuerte dignidad del trabajador de allá en los más humildes oficios, tan opuestos á su servilismo, rastrero en ocasiones, de nuestras viejas tierras. Bien estaría esa dignidad si no tocara en desabrimiento. Yo no he conocido nada más desagradable que la gente--mal puede llamarse humilde--de Buenos Aires. Muy impuestos en sus derechos, eso sí; ni toleran una reprensión destemplada ni agradecen tampoco una atención cariñosa. Con lo que se les debe les basta. Pero, como dice Bernardo Shaw, ¿qué sería del mundo si todos nos diéramos á hacer lo justo?

Con esa violenta disposición de espíritu en los de abajo, causa ó efecto de violenta disposición en los de arriba, las ideas anarquistas prenden con facilidad y se propagan con rapidez. ¡Cómo andará ello, que muchas familias distinguidas de Buenos Aires habían decidido quitar casa y hacer vida de hotel por serles imposible tolerar las exigencias de los criados! Durante los treinta ó cuarenta días que permanecí en un hotel conocí veinte criados distintos sólo en en el servicio de mi habitación. En el comedor todos los días veíamos caras nuevas. Un día hubo huelga general; no quedó un solo criado en el hotel; en todos sucedía lo mismo. En uno de ellos no se contentaron con abandonar el servicio, sino que, para causar mayor trastorno, antes de despedirse deshicieron las camas, desarreglaron las habitaciones y estropearon la comida preparada. Todo en uso de su perfecto derecho. Las huelgas de los diferentes gremios no pueden contarse. Ahora empiezan las bombas. A la violencia responderá la violencia... Ya verán los que murmuran de las Monarquías lo que hace una República cuando llega el caso. Creo que el espectáculo y la lección han de ser interesantes, aunque tal vez no sean provechosos ni aprovechables.

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--¿Ha visto usted el sombrero de las mil pesetas?--Aquí no puede decirse del ala, suponemos que entrará todo en el precio.

--¿Mil pesetas un sombrero? Será una tiara.

Aquí sólo algunas señoras de esas que andan ahora tan ajetreadas y todo el año tan trajeadas, puede gastarlos parecidos. Los célebres sombreros de la Maison Virot--hoy dividida en dos razones sociales,--una monada de sombreros, se han cotizado siempre entre los 300 y 500 francos. De esto sé yo una barbaridad; si supiera tanto de otras cosas, hubiera llegado á ser algo. Con el tamaño sobrenatural de los de ahora, no es extraño que suban el precio. Sólo de plumas hay sombrero que se lleva en el adorno un avestruz entero. De modo que, para pagarlo, hay que desplumar por lo menos otro ó poner á contribución toda una manada: á este una pluma, al de más allá otra... Pero ¡si estaremos desquiciados! El otro día, mientras dos señoras iban hablando por la calle, muy acaloradas, de las cuestiones políticas y religiosas de actualidad, pasaron dos curas, y ¿de qué creen ustedes que iban tratando? Del sombrero de Ursula López. ¿Se convencen ustedes, señoras mías, de que no peligra nada fundamental?

XXII

No es cualidad española el proselitismo. Nos damos tan mala maña al sostener nuestras ideas y doctrinas, que sólo sabemos exponer lo esquinado con toda su hiriente dureza, en vez de suavizar las aristas con blandas redondeces. Más prontos al brusco ataque que á la serena defensa, aún no hemos llamado con nuestra voz cuando ya hemos espantado con nuestros gritos. Hablamos para los nuestros, que son los que menos necesitan oírnos. No es á los que piensan como nosotros á los que importa convencer, sino á los que piensan del modo contrario.

Tuvo su mayor enemigo el socialismo en la vulgar opinión obstinada en confundirle con el anarquismo. Empezaba á desvanecerse la confusión; los más temerosos iban perdiendo el miedo; se presentaba la ocasión para no dejar sombra de esos infundados temores. Al socialismo podrá faltarle en mucho tiempo, para ser realidad posible, la base de bondad humana que presupone su soñada organización social. Esta es su mayor equivocación: suponer que una nueva organización social pueda ser causa de una nueva condición humana, cuando sin duda es todo lo contrario. Sin mejorar al hombre, ¿cómo es posible mejorar la sociedad? Ni las instituciones ni las leyes son varas mágicas de virtudes. Pero, en fin, cuando los hombres sean mejores, por selección natural ó por cultura artificial y científica, el socialismo se impondrá por sí solo, que es el modo mejor de imponerse sin imposición. Entretanto, y hay tiempo para ello, más conviene que crean en nuestra bondad que en la bondad de la idea. El guía de los socialistas en España, al sentarse por primera vez en el Congreso, debió procurar ante todo que el enemigo, el contrario, esto es, el buen burgués, acabara de perder el miedo, tranquilizándose, en comunicación directa con el fantasma, que no es cosa del otro mundo, aunque puede serlo de otro mundo... Porque, si el buen burgués no se convence, ¿qué piensan hacer con él los socialistas en el día del triunfo? ¿Aniquilarle? ¿Someterle como á siervo ó esclavo? Siempre vendríamos á parar entonces en que media humanidad seguiría fastidiada por la otra media; y el ideal socialista es la felicidad para todos, que lo de ser unos felices y otros desgraciados, y cada uno á ratos, es ya cosa resuelta desde que se organizó la primera tribu. Al socialismo hemos de ir todos sin violencia, por inclinación natural; su doctrina ha de ser de amor, y no de odio; atrayente, y no repulsiva. Bien está descubrir nuestras humanas debilidades ante los amigos y los convencidos. Para algo son amigos y están convencidos. Pero ante los contrarios hay que mostrarse en la más divina apariencia; de otro modo, más vale seguir oculto entre nubes. El socialismo iba ya pareciendo al medroso burgués cosa distinta del anarquismo. ¿No ha sido una imprudencia volver á la confusión y al equívoco? Mal predicador el que sólo consigue hacerse oir de los creyentes; á los descreídos, á los descreídos es á los que hay que llamar y convencer. Pero ¡ay!, ya lo dije, el proselitismo no es cualidad española.

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Un nuevo libro del doctor Gustavo Le Bon--_La Psicología política y la Defensa social_--es libro que todos los políticos debieran leer con detenimiento. De muy provechosa enseñanza y de más provechosa meditación.

«La psicología política--dice Le Bon--enseña á resolver los problemas planteados diariamente, á discernir cuándo se debe ceder y cuándo oponerse á las exigencias populares. Los hombres de estado, por lo general, ceden ó resisten según su temperamento.» Detestable proceder. Es preciso resistir ó ceder según las circunstancias. No hay nada más difícil ni de más graves consecuencias en la psicología política.

Y más adelante: «¿Es más fácil transformar una sociedad que cualquier otro organismo viviente?» La respuesta afirmativa á esta pregunta ha dirigido toda nuestra política desde hace un siglo y continúa dirigiéndola. La posibilidad de rehacer las sociedades por medio de nuevas instituciones fué siempre evidente para los revolucionarios de todos los tiempos, para los de nuestra gran revolución sobre todo; lo es también para los socialistas. Todos aspiran á reconstruir la sociedad según planos trazados por la razón pura. Cuanto más progresa la ciencia, más contradice esta doctrina. Apoyándose en la biología, en la psicología y en la historia, nos dice «que nuestros límites de acción sobre la sociedad son muy restringidos; que ninguna transformación profunda se realiza jamás sin la acción del tiempo; que las instituciones son la envoltura exterior de un alma interior, y toda institución, lejos de ser el punto de partida de una evolución política, es solamente el término. La debilidad de los pueblos latinos consiste en creer, como dogma, que basta con cambiar las instituciones para modificar el espíritu de un pueblo».

Todo ello, y mucho más que trae el libro, no será de gran novedad, y de puro sabido, lo tendrán olvidado nuestros políticos y gobernantes; pero no vendrá mal un repasillo; el buen doctor Le Bon tiene para todos, porque la Ciencia no se casa con nadie, y la Verdad nunca fué de una sola pieza: hoy es monárquica, mañana republicana, puede ser socialista, puede ser individualista... Por eso los hombres de ciencia, son siempre de cuidado en un partido político. Ya se convencerá el doctor Salillas, digo, ya le convencerán sus correligionarios, si no procura ir olvidando en sus futuros discursos que es hombre de ciencia antes que republicano.

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Hay crímenes que, en su misma monstruosidad inexplicable, llevan quizás la única posible atenuación... No obstante, todos han querido arrojar su piedra sobre la madre enloquecida que arrojó á su hijo recién nacido por el balcón. ¡Horrible! ¡horrible! Pero todas esas buenas vecinas que, llenas de noble indignación, hubieran llegado á arrastrarla al salir, después de haber matado á su hijo, ¿están seguras de no haberla atormentado con burlas y rechiflas si, unos días después, la hubieran visto salir con él en brazos? ¿Saben ellas lo que pudo pesar en la infeliz deshonrada, á la hora del delito, la imagen de esas buenas vecinas, pequeño mundo, pero ¡un mundo en fin! murmurador y maldiciente.

¡La honra de las mujeres! ¡Pobre honra, que puede olvidarse en el beso de un amante y no puede olvidarse con el beso de un hijo!

XXIII

Han surgido algunas dificultades para la reedificación del teatro de la Zarzuela. Por una vez--una vez no hace costumbre--quiere llevarse á punta de lanza lo ordenado sobre construcción de teatros. Aparte de que en este caso sólo se trata de reconstruir, reciente está la edificación del teatro Lírico, hoy Gran Teatro, sin ajustarse á las rigurosas Ordenanzas. No hablemos del sin fin de teatrillos que, á sombra y entre sombras, de estar destinados á exhibiciones cinematográficas, donde, entre paréntesis, son mayores los riesgos de incendio, han venido á parar, por exigencias del negocio, en verdaderos teatros, sin más condiciones de seguridad que falta de concurrencia.

Como decía un empresario de un teatro provinciano al gobernador, que le ordenaba toda clase de reformas en el teatro, según oficio, «para evitar todo peligro ocasionado por las grandes aglomeraciones...»:--¡Ay, señor gobernador; deme vuecencia primero esas grandes aglomeraciones, y yo haré las reformas!--En efecto, la marcha de los negocios teatrales no da para pedir muchas gollerías. Exigir que un teatro presente sus cuatro fachadas libres de toda vecindad es tanto como prohibir que se edifique ningún nuevo teatro en sitio céntrico de las grandes poblaciones. Al precio que están los terrenos, sólo más allá de la Ciudad Lineal puede levantarse un teatro con ese requisito.

No son los teatros los únicos locales peligrosos, para que con ellos se extremen las precauciones. Su mayor peligro está en la aglomeración de que antes hablábamos; peligro, para desgracia de los empresarios, tan poco frecuente. Y, dados la aglomeración y el peligro, sin la serenidad y cordura del público todas las seguridades y precauciones son inútiles. Alocado por un peligro, real ó imaginario, el público, tanto vale una puerta como dos docenas, si todos quieren escapar por la misma.

Un teatro como la Zarzuela, reedificado con materiales modernos, puede ofrecer la suficiente seguridad, en lo humano, sin la condición dificultosa de las cuatro fachadas. Con una buena, y con vistas al verdadero Arte nacional, podemos contentarnos. Cuatro tiene el teatro Real, propiedad del Estado, y de ellas, tres dan á Italia, una á Alemania... y la ópera española en el sotabanco.

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