De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Part 4
¡A cualquier hora nos la dan á nosotros de primos! Nos hemos dislocado de risa con una porción de _vaudevilles_ sin gracia y sin fantasía; nos hemos extasiado ante unos cuantos melodramas policíacos sin novedad y sin interés; hemos acogido como armonías celestiales la organillesca musiquilla de cuantas operetas vienesas han querido ofrecernos... Todo ello por venir de fuera y venir consagrado. Pero esto no podía continuar. ¿Qué se diría? ¿Qué éramos público para contentarnos con cualquier cosa? Nada, nada de dejarse sugestionar... A la primera ocasión... Y la primera ocasión ha sido _Chantecler_. Diríase que, á falta de mayores solemnidades, habíamos querido conmemorar en él la fecha próxima del Dos de Mayo. Lo que no consiguieron bombos y reclamos previos, acabará por conseguirlo la desconsideración de algunos públicos con una obra de noble y elevado arte: imponerla, por fin, á la admiración de todos. ¡Ya quisiéramos que gallos como ese nos cantaran todos los días en nuestros corrales! ¡Para una vez que nos hemos sentido carabineros del arte... de las pocas veces que no venía contrabando!
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La palabra de Dios es el silencio, y, si alguna vez comprendemos en toda su grandeza esa divina palabra del silencio, es cuando una mujer linda y graciosa nos dice ó nos canta tonterías desde un escenario. Para admirar una linda hechura de Dios, ¿qué necesidad hay de molestarnos con idioteces? ¿No bastaría con una bien compuesta danza para mostrarnos la gracia de las actitudes? ¿No bastaría con pasar y sonreir? ¿Es preciso más para que una mujer bella enamore? Y, si algo ha de decirnos, sea en una lengua extraña, sólo comprensible como una música... No quiebre el ritmo de una bella armonía el desentono de las palabras chabacanas. No es la belleza la que ha de acercarse á nosotros; somos nosotros los que hemos de acercarnos á ella, alejándonos de la realidad... Y no es el mejor puente la letra de algún _couplet_ que, sólo se salva de lo canallesco, para caer en lo insulso.
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Hasta ahora estuvo considerado el grajo como una de las aves beneméritas de la agricultura, por la gran cantidad de insectos y de alimañas, perjudiciales á los campos, de que se alimentaba. Pero ¡no somos nadie! Ni los estómagos, ni las conciencias, ni ¡ay! los bolsillos--gran estómago de los racionales civilizados--resisten á un minucioso examen. Después de registrado el buche de unos cuantos grajos--los bastantes para dar autoridad á la estadística,--el implacable análisis viene en exonerar á toda la casta de sus preeminencias y consideración sociales como protectora de la agricultura. La cantidad de animalitos dañosos engullidos por el grajo no guarda proporción con la gran cantidad de semillas y de granos que devora. Por lo tanto, no hay para qué respetarle, y, en adelante, pasará á la triste categoría de los perseguidos y cazados sin tregua.
Aplicado este mismo análisis estomacal á muchos grandes personajes y respetables Corporaciones, hasta ahora considerados y respetadas como de utilidad social, ¿no tendríamos el mismo resultado? Lo que protegen por una parte, ¿estará compensado por lo que dañan de otra? ¿No tragarán más grano provechoso que animalillos perjudiciales? ¡Cuánto grajo no estará viviendo por esos campos, de un respeto mal fundamentado! Se impone la autopsia de unos cuantos, á la hora plácida de la digestión, para saber á qué atenernos.
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Como siempre que se proyectan grandes festejos, de lo proyectado á lo realizado va... la distancia que hay de las necesidades de Madrid á los cuidados de su Ayuntamiento. No; aquí ni comemos ni nos reímos. Como festejo extraordinario, ya nos contentaríamos con que nos lavaran un poco.
El problema de la mendicidad--grandes problemas son siempre aquellos para cuya resolución hace falta mucho dinero: el problema de la vida, el problema de las subsistencias, el problema de la enseñanza, etc...--sigue en estudio. Textos en que estudiarle no faltan. Dentro de poco, para poder andar tranquilamente por Madrid, habrá que vestirse de harapos. Será el único modo de que le dejen á uno tranquilo. Añadan ustedes en estos días, á los mendigos de siempre, los electorales: ¡El voto, por amor de Dios! ¡Esta candidatura, que no he comido en todo el año! Ya no sabe uno á quién dice: ¡Perdón, hermano, ó: Estoy comprometido con los socialistas.
¡Grandes días estos para disponer de un aeroplano! ¡Feliz el conde de Romanones, único español á quien no le preocupan los asuntos electorales!
XVI
Salvo el género de tropelías, mudanza que los siglos van trayendo, pudo compararse al difunto rey Eduardo VII con aquel otro rey de Inglaterra, Enrique V, héroe de la batalla de Argincourt, protagonista en varios dramas historiales de Shakespeare. Como el alegre y despreocupado amigo de Falstaf y Pistol, supo ser, como rey en su día, muy otro que como príncipe de Gales.
No podría decirse de él que fué el príncipe que todo lo aprendió en los libros. Mucho aprendió en la vida, y no fué desaprovechada la enseñanza. Una buena Prensa le prodiga elogios, que no le regateará la Historia. Estímanse las virtudes de los grandes, y es justo que así sea, por comparación con sus iguales; así no es de extrañar que, con las cualidades que apenas librarían á un señor particular, en la hora de su muerte, del piadoso comentario de alguna buena amiga: ¡Qué descansada se habrá quedado la familia!, la Historia se dé por contenta para proclamar: ¡Era un gran rey!
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Si en la satisfacción del triunfo cabe siempre una gota de amargura, ¿habrá dejado de saborear su provechosa medicina el gran D. Benito Pérez Galdós? ¿Cómo puede escapar á su observación lo fácil de una carrera política y lo difícil de una carrera literaria? La primera serie de sus _Episodios Nacionales_ y muchas de sus admirables novelas llevaba publicadas don Benito y no podía contar con el número de lectores con que, sólo en dos años de republicano, ha podido contar de electores.
De lectores á electores hay una sola letra de diferencia; pero ¡qué gran diferencia en números!
Y ¿cómo comparar el mérito de la labor literaria de toda una vida con los merecimientos de dos años de republicano, aunque contemos como literatura y como republicanismo el sinnúmero de cartas de adhesión á todas las paellas tricolores, en torno á las cuales se haya reunido siquiera media docena de republicanos?
¡Cuarenta mil votos! Una duda: de la primera novela que publique, ¿venderá tan fácilmente D. Benito 40.000 ejemplares?
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Siempre que un Gobierno sale malparado de unas elecciones, le queda el consuelo que á las mujeres feas y pobres: atribuir á su honradez toda su desgracia. ¡Si yo hubiera sido como otras! ¡Esto me pasa á mí por ser honrada! Ninguna dice: ¡Esto me pasa á mí por ser fea! Que era el caso de la candidatura monárquica en Madrid. Claro es que ser diputado por Madrid significa poco; aquí no hay mangoneo ni caciqueo. Las grandes figuras de la política prefieren sus feudos provincianos. Para Madrid quedan unos cuantos señores de buena voluntad y mejor fe, dispuestos á gastarse muy buenos cuartos. Pero ¡ay! Madrid tiene otras teclas que tocar que los distritos rurales. Aquí se fuma y se bebe todo el año y no se le asusta á nadie con un apremio, ni con un recibo... ¿Será verdad que los electores monárquicos hayan andado despegadillos? Como entre ellos hay gente de dinero y muchos tienen automóvil y el día estaba bueno... Por eso, no será malo, para otra vez, confiar menos en los electores y algo más en los elegibles.
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Muchas personas de viso, de esas que se abstendrían, por comodidad ó por abandono, de votar la candidatura monárquica, han andado en estos días poco menos que á media asta con motivo del fallecimiento del rey de Inglaterra. Bueno está vestir á la inglesa y vivir á la inglesa y pagar á la inglesa, pero ¡entristecerse á la inglesa también! Mucho se había divertido el noble difunto, pero no hasta el extremo de que tanta y tan buena gente le llore como á un padre.
Los actores franceses son los que han tenido una ocasión más de exhibirse. No hay uno que no haya sido gran amigo del rey Eduardo y no tenga que contarnos alguna chispeante anécdota. A Febvre, ex socio de la Comedia Francesa, le regaló un bastón; á Réjane, una sortija; Sarah ¡oh, Sarah! le reprendió una vez severamente porque se acercó á ella sin quitarse el sombrero. Siempre fué el teatro la mejor escuela de buena crianza. Pero todos están inconsolables. Le querían mucho.
Menos mal. Ya dijo Hamlet, príncipe muy aficionado al teatro, que más nos valiera tener un mal epitafio que una mala reputación entre los comediantes.
XVII
Ya nos ha salido el susto del cuerpo. Es posible que á muchos, sobre todo á muchas, de las que más se regocijaran en la noche de la temida fin del mundo, no les haya salido todavía ó les salga de aquí á unos meses, á mayor gloria y perpetuidad de este pícaro mundo.
Si es cierto lo que asegura Renán en su _Abadesa de Juarre_, que, ante la muerte próxima, el amor se envalentona y se deja de miramientos hasta decir ¡Fuera cuidados!, esperemos que el cometa Halley, en vez de acabar con el mundo y sus habitantes, nos habrá dado cuerda para mucho tiempo.
La verdad es que, para lo atrasadillos que andamos, según dicen, no hemos sido de los que más se han puesto en ridículo por esos mundos. ¡Estamos tan hechos á pronósticos de nuestro fin! Y siempre es preferible que el mundo se acabe para todos á acabarse uno para el mundo. Mundo tenemos en general, y ojalá tuviéramos vida en particular hasta la llegada de otro cometa, y aun es posible que hasta la terminación de la Gran Vía, y, exagerando un poco, hasta el advenimiento de la República. Las revoluciones, lo mismo en las celestiales que en las terrenales esferas, nunca las traen cometas andariegos y revoltosos, por mucha cola que aparenten. Es preciso algún astro de primera magnitud, y por ahora... todo es vía láctea en las celestiales y en las terrenales esferas.
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Para los que se pagan de nombres--República, Monarquía,--ahí tienen á la República Argentina y á su Gobierno viéndose obligados, en plena apoteosis de su engrandecimiento y prosperidad, á declarar el estado de guerra; medida que, con el interés de los más, acaso baste á conseguir una tregua de fiestas patrióticas. Pero el problema queda en pie. Y el problema allí es del mundo entero. Digan unos: Patria; otros: Humanidad, siempre sientan bien estos nombres sonoros y nobles. En realidad, riqueza de un lado, miseria de otro. Más peligroso es el conflicto en esos pueblos jóvenes, adonde llegan todos los días miles de conquistadores de todas las razas y de todos los pueblos. Y conquistadores sin bandera, desarraigados de su patria, á luchar por sí, á enriquecerse, si es posible, en provecho propio... ¿Cómo exigir á tanto egoísmo humano el sacrificio por una idea nacional? No bastan los intereses materiales, opuestos de clase á clase, cuando no de individuo á individuo, á unir voluntades y sentimientos en ese algo inexplicable que se llama ideal nacional. Es ley fatal humana que, en las causas de nuestra grandeza, esté el mayor peligro de nuestra ruina. El talento, el valor, la riqueza, la hermosura tienen en sí mismos su mayor enemigo. La República Argentina es inmensamente rica y generosa. Pero si todos quieren ser inmensamente ricos en ella, ¿bastará toda su generosidad? ¿No tendrá á cada paso un conflicto entro su interés nacional y tantos intereses de tantos, por desligados de su patria, más desligados de una patria extranjera? He aquí el peligro y he aquí el problema de la República Argentina. ¿Lo que hoy es un gran pueblo, llegará á ser una gran nación? ¿Llegarán á sumarse tantos intereses egoístas en un solo egoísmo ideal? Gran cosa es que en un pueblo todos procuren ser ricos, á condición de que todos también estén dispuestos á morirse de hambre en un día. Con la primera cualidad, dominante en la República Argentina, y la segunda, dominante en España... ¡gran nación!
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Millones de flores, que representan millones de pesetas, cubrirán la tumba del rey Eduardo de Inglaterra. Los economistas republicanos, que hallan sus mejores argumentos contra la Monarquía en publicar lo que cuesta el sostenimiento diario de unas caballerizas reales, no dejarán de filosofar ante ese derroche de flores. No pensarán lo mismo las floristas ni los floricultores. Y siempre que un señor de esos que, por alardear de modestia, deja dispuesto en su última voluntad que no se deposite coronas ni flores sobre su cadáver y que se le entierre con la mayor sencillez, pienso en la oración fúnebre que han de dedicarle los empresarios de pompas fúnebres y los fabricantes de coronas: ¡Vaya con el hombre, á qué hora ha ido á acordarse de ser modesto! Yo creo que la mayor modestia es no disponer nada y dejar á los ricos que hagan su gusto y su voluntad y á los funerarios su negocio. El que uno se muera no es razón para que no vivan los demás. A mí me parece muy bien todas esas flores y ese dinero que se gastan los ingleses. Las flores nunca son caras. Además, los vivos son lo bastante vivos para no dedicar flores al muerto; las flores son á los que quedan.
Recuerdo que á un gran personaje se le murió un sobrinito, y la casa se llenó de coronas y de flores y el entierro llevó el más lucido y numeroso acompañamiento, y decían los familiares de la casa: Si esto es por el sobrino, ¡cuando el señor muera! Pero el señor, al morir, no dejaba familia de importancia, ni, de ella, nadie que pudiera dar destinos ni dispensar favores, y al entierro... dos peseteros y los precisos operarios. Señores muertos: nada de consideración con los vivos; admitan ustedes coronas y flores, y á la familia dejarle encargado el entierro de primera y con mucho clero: que vivan todos. Siempre hace bien ver caras alegres en un entierro.
XVIII
Todo Gobierno, al emitir su respectivo discurso de la Corona, bien puede disculparse, como el aldeano de Molière:--Si digo siempre lo mismo, es porque siempre es lo mismo; que si no fuera siempre lo mismo, no diría siempre lo mismo.
Si los anteriores Gobiernos hubieran realizado todas las bellas y grandes cosas prometidas en sus sendos discursos, nada quedaría por realizar, ni siquiera por prometer, y holgaría un nuevo discurso de discursos (revista de revistas).
Si de la vida dijo Shakespeare que era fastidiosa como un cuento oído dos veces, ¿qué serán estos discursos tantas veces oídos? Así nos hemos acostumbrado á oírlos con el más consecuente escepticismo, reflejo tal vez del escepticismo que suele dictarlos.
En fin, como el escepticismo es puerta entornada, ¿por qué no hemos de conceder á estos discursos siquiera la confianza que ponemos en la lotería? Alguna vez puede tocar. No aspiremos al premio gordo.--El programa ideal. ¿No es eso?--¡Si tocara una aproximación!
En lo que no cabe por esta vez escepticismo es en lo del «vigoroso llamamiento al crédito». Esa es la eterna subida del vino: que nunca mejora de calidad, aunque suba de precio.
Por si no bastaba con un discurso, hemos tenido dos: el de la Corona y el de la coronilla, á cargo del jefe del partido conservador, muy empeñado en llevar vela en este entierro, que bien puede serlo si no hay á tiempo un capirotazo enérgico que apague esas velas y cirios que ya han «deslucido» bastante.
Entre los dos discursos nos quedamos... con el Mensaje de la Asamblea agrícola; de menor resonancia, pero de más sólida y aplicable doctrina.
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Próximas á terminar las representaciones de Novelli en Lara, cerrados muchos teatros de invierno--algunos más propios de verano por la frescura de obras y artistas,--no queda en Madrid más espectáculo atractivo que las sesiones del Congreso y alguna cómica, especial, del Senado, que cuenta para el género con eminentes y acreditados característicos.
Las distinguidas aficionadas al Parlamento, en todas sus manifestaciones, particulares y públicas, ya tienen dónde pasar la tarde y en dónde distraerse hasta el veraneo, retrasado, como siempre por los deberes políticos de los maridos, padres, etc.
El elemento femenino ha de interesarse mucho en la actual legislatura. Hay que evitar la condenación de más de cuatro amigos arriesgados en alguna votación peligrosa. ¡Sería una lástima no poder encontrarse con ellos en celestiales moradas, como ahora en las más elegantes casas, por culpa de un proyecto de ley! Hay liberales muy simpáticos, y hasta con dinero; el partido conservador no tiene monopolizadas estas dos bellas cualidades para brillar en sociedad.
Yo sé que á estas horas hay quien eleva plegarias y hace ofrecimientos por la salvación de algunos ministeriales. No teman las distinguidas intercesoras; llegado el caso, todos han de salvarse, más que por vuestra intercesión, por propia iniciativa, al grito dispersador de: «¡Sálvese el que pueda!» No roguéis por ellos; rogad por vosotras y por vuestros hijos, diremos parafraseando palabras de Jesús. Porque si pudierais ver, como El, en lo venidero, veríais lo que mejor os estaba y les estaba á todos para evitar mayores males. Verdad es que si vosotras tuvierais inteligencia y cultura para comprender estas cosas, hace mucho tiempo que estarían resueltos muchos problemas por sí solos.
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El orgullo nacional de los franceses, irreductible, sobre todo tratándose de su arte, se halla muy resignado con ver su París invadido por toda clase de espectáculos extranjeros. Opera italiana, comedia belga, baile ruso; sin contar innumerables artistas, autores y músicos de diferentes nacionalidades repartidos por diferentes teatros.
A mal tiempo amable sonrisa, y ellos venden por generosa hospitalidad lo que á regañadientes soportan. Claro es que los comediantes belgas son una pobre gente sin pizca de _chic_, aunque sean más espontáneos y naturales que los amaneradísimos actores franceses, apestantes á Conservatorio y á Comedie Française; que Caruso no puede compararse con los admirables tenores de la Gran Opera, con sus voces de gato pisado... Sólo ante los bailarines rusos humillan su superioridad, y eso porque, según ellos, todo su arte es de la más pura tradición francesa.
Como espectáculo propio no han ofrecido, autores y actores franceses, en estos últimos tiempos, nada más interesante que la pelotera entre Bataille--el nombre obliga, y él se encarga de justificarlo--y la gran Sarah, sólo comparable á la guardia napoleónica en lo de dar que hablar hasta sucumbir.
En París, como en todas partes, se perecen por estos chismes teatrales. Hasta que los Tribunales dieron la razón á Bataille, todo el mundo estaba de su parte; en cuanto tuvo á la justicia por suya, consideraron que ya tenía bastante, y todo el mundo se puso de parte de Sarah. Cuando se atrevió á embargarla sus muebles y los ingresos de su teatro... ¡no se diga! Los mayores enemigos de la actriz se aprestaron á defenderla contra el autor. Se llegó á decir que Bataille había insultado á Francia en la persona de Sarah.
Aquí, por fortuna, no se llevan á punta de embargo estas cosas de teatro, que no valen la pena. Sólo sabemos de un empresario capaz de embargar á sus autores; pero con el mayor cariño y sin dejar por eso de representarles sus obras, para mejor garantía del embargo... Los demás, todos buenas personas. Nos peleamos, hacemos las paces, nos odiamos, volvemos á querernos; pero todo con la mayor modestia, sin indemnizaciones y sin reclamos.
XIX
Las mujeres son, por lo general, conservadoras, muy respetuosas con lo tradicional y establecido; pero cuando una mujer da en revolucionaria... Nada menos que todo el sistema planetario nos ha trastornado una distinguida dama, miss Craig, en interesantísima conferencia dada en el Ateneo.
No era la flor que más se había presentado hasta ahora, en el ramo de la sabiduría femenina, ésta de la astronomía. Bueno es que la mujer se vaya poniendo en comunicación con el cielo de mejor modo que con importunas plegarias petitorias. La aparición, mejor dicho, la desaparición, y para nosotros ¡ay! despedida, sin beneficio, del cometa de Halley, á más de su cola natural, se ha traído otra muy larga de discusiones entre los astrónomos. A consecuencia de todas ellas, se inicia el descrédito de algunas verdades, que ya habían durado lo bastante, para obtener, sin que nadie pueda molestarse, su jubilación y pase á la escala de reserva. Todo nuestro respeto para estas mentiras de hoy, que fueron las verdades de ayer, y aprendamos por ellas á respetar las mentiras de hoy, que tal vez sean las verdades de mañana.
Los estudios de miss Craig son muy serios y no deben tomarse á broma. Sin llegar á las atrevidas afirmaciones de la conferenciante, otros astrónomos de gran renombre han coincidido recientemente en negar las teorías de Newton sobre las leyes de gravitación y de atracción universales.
Por mi parte, celebraría mucho que se salieran con la suya; porque, con todo el respeto á Newton, eso de que cuando uno cae, cae por atracción, me pareció siempre una tontería. Es para escamarse el que á Newton se le ocurriera viendo caer una manzana; desde los primeros días del mundo la manzana fué siempre fruta ocasionada á funestas equivocaciones.
En este caso nada se ha perdido; todo es que los pobres muchachos estudiantes del bachillerato tengan que aprenderse una nueva teoría... hasta otra. Los licenciados y doctores pueden seguir sirviéndose de la que estudiaron en sus libros. Más se ha adelantado en otras materias, de aplicación más inmediata, y hay quien se anda en el Fuero Juzgo y sus equivalentes.
Entre las afirmaciones de miss Craig, la más alarmante es la de que el sol nos ha estado engañando miserablemente. La luz que nos alumbra no es cosa suya. Yo no se cómo no habíamos caído antes en ello, cuando en el Génesis se habla de la creación del sol y de las estrellas, por una parte, y por otra se dice que la luz fué hecha. Con la nueva explicación no hay, pues, que temer un nuevo conflicto entre la Religión y la Ciencia. Más vale así; que bastantes hemos tenido, sin contar con los que esperan al Gobierno con la Nunciatura. Quedan, en cambio, inservibles todos los embustes y ponderaciones:--¡Tan verdad como el sol que nos alumbra!--Inservibles también una porción de odas y de comparaciones. Pero ya verán ustedes cómo el sol continúa viviendo del crédito durante mucho tiempo. Hasta en eso va á parecernos más español: en vivir de las apariencias.
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Ríanse ustedes de imperiales cortejos en Roma, triunfos carnavalescos de los Médicis en Florencia, tramoyas del Buen Retiro y pastorales de Versalles. Todo es pobretería en parangón con la admirable _carrozada_ que nos han presentado. Menos mal que sólo estábamos la familia y los amigos, como en función casera, y apenas había entre los espectadores quien no tuviera en la cabalgata un pedazo de su corazón ó una prenda de su guardatrapos.
¿Qué mal aficionado á representar comedias no habrá saludado con emoción aquellas trusas y aquellas pelucas? La intención era buena; pero ya sabemos que de buenas intenciones está pavimentado el infierno y de peores debe estarlo Madrid, según el aspecto de sus calles.