De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 3

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¿Comprendéis el lucido papel que podía hacerse cuando, por azares de la fortuna, la «cosita» sin importancia pasaba á ser la obra de la temporada? ¿Comprendéis la grave responsabilidad cuando la obra de la temporada es... una cosa de mucha importancia, que no le importa al público? ¿Sabéis de la tristeza de las cumbres, cuando se mira á un lado ó al otro y todo es cuesta abajo?

¡Juventud, divino tesoro!, más divino porque puede ser derrochado pródigamente, porque es sólo nuestro... En la vejez, nuestro dinero, nuestro arte, nuestra vida, todo, ya no es sólo nuestro; hay quien puede pedirnos cuenta de todo ello... ¿Es posible un artista con consejo de administración? ¿Comprendéis que, por no soportarlo, pueda romperse la pluma á lo mejor de la vida, como dirán muchos de los que, unos por admirar, por envidiar otros, no supieron nunca compadecer al que vieron en alto?

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¡Oh, maestro! Leí vuestra carta, en la que adivino toda vuestra tristeza. Es la tristeza de Jesús, cuando al aconsejar al joven neófito que repartiera toda su hacienda entre los pobres, si pretendía seguirle, vió cómo el joven le volvía la espalda, incapaz del sacrificio. Así visteis llegar á muchos presuntos discípulos; grandes admiradores, á los que abrísteis el raudal de vuestro corazón y de vuestra inteligencia... Y los visteis después alejarse desdeñosos, malcontentos, murmuradores, porque en vuestra bondad, ellos sólo buscaban un elogio, un «bombito» en forma de prólogo ó juicio crítico; de vuestro entendimiento, que se hiciera traición para celebrar sus errores y sus tonterías, y le ayudáseis al «buen parecer», que basta para andar entre las gentes... Ellos, como Esaú, vendieron su primogenitura por un plato de lentejas...

¡Cada vez más solo, maestro¡ ¡Es verdad! ¿Quién no ha sentido esa gran tristeza de ofrecer lo que mucho valía, y ver cómo ellos preferían lo de ningún valor?

Ofrece uno toda la vida, y ellos sólo piden una recomendación, un elogio--algo del momento--. Ofrece uno la verdad de su corazón: ellos sólo querían una mentira.

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Próximo el primer aniversario de la muerte del maestro Chapí, no es de temer que empresarios, artistas, la Sociedad de Autores, España entera, en fin, necesiten de mejor estímulo que la proximidad de esa fecha para conmemorarla de un modo digno. La deuda es grande. Suspendida quedó, por la muerte, la función proyectada en honor del maestro; contratiempos de todo género impidieron las representaciones en esta temporada de _Margarita la Tornera_... Es empeño de honra vencer á tanta fatalidad, á la misma inexorable de la muerte, que sólo el amor vence... cuando el olvido no es segunda muerte. Pero ¿habremos olvidado tan pronto? O ¿será la envidia la única que recuerde? Cosa sería entonces de admirarla como una virtud, si ella sola logra vencer á la admiración y al cariño de cuantos decían admirar y querer al gran artista, al hombre honrado, al que, en tierra de bien nacidos, no es posible que hubiera dejado una sombra de odio ni de envidia.

XI

Pasó Marta Regnier con su compañía y su ligero repertorio, por el escenario de la Comedia, sin dejarnos honda emoción de arte ni de belleza. Nos sentimos un poco orgullosos, porque ni actores ni autores españoles podíamos temer la comparación. Sólo envidiamos lo selecto de la concurrencia y sus manifestaciones de agrado, no tan fáciles de obtener para los de casa.

Marta Regnier es... un bonito artículo de París; de esos que entre directores de teatro, autores y críticos suelen fabricar allí para admiración de provincianos y de extranjeros. Además, en París les parece joven, y lo es, comparada con Sarah, la Bartet, la Rèjane, la Hayding y demás grandes estrellas del Teatro francés, admirable museo de antigüedades.

Los actores franceses tienen el defecto general de ser demasiado actores. Todo es estudio y composición en ellos. No os sorprenderán nunca con una incorrección, con un desentono. En las actrices es también defecto empachoso que siempre han de parecer _cocottes_. Sólo Mme. Bartet y Mlle. Reichenberg han tenido aires de gran señora y de señorita en la escena. Algo también la Brandés, y en la extraordinaria Sarah, el arte supremo lo idealiza todo, dándonos la sensación, como dijo Lemaitre, de una mujer extranjera en todas partes, una mujer de raro exotismo, que viene nadie sabe de dónde y vuelve á otra región que ignoramos. Las demás, la _cocotte_, la eterna _cocotte_, creación artificial de una literatura dramática que necesita para sus combinaciones, figuras femeninas convencionales, como lo fueron la cortesana del teatro latino y la dama de nuestras comedias del teatro antiguo.

Al mismo género pertenecen la _jeune fille_ de los ingenuos descocos, la casadita de los peligrosos _flirts_, la divorciada andariega y la viudita joven y experimentada de casi todas las comedias francesas modernas. Triste idea darían de una sociedad, si no supiéramos que el teatro fué siempre, en arte, la última y más irreductible trinchera de lo falso y lo convencional. Ni Francia, ni París mismo, ni su sociedad, ni sus mujeres, ni sus maridos, son eso ni pudieran serlo.

Consolémonos, con la imagen falseada que sus escritores nos ofrecen, de la que suelen presentar de nosotros. No es extraño que se equivoquen al hablar de lo ajeno, los que se equivocan al hablar de lo propio.

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Más que nuestros actores y nuestros autores de los extranjeros, tendría que aprender nuestro público en cuanto á consideración y respeto al espectáculo y á los espectadores. En una de las últimas representaciones de _El oro del Rhin_ era materialmente imposible enterarse de la obra, salvo en la parte visible. ¡Y habrá quien diga que la música de Wágner es estruendosa! Sí, sí: ¡ya pueden echar los compositores trompas, timbales, bombos y platillos á competir con la graciosa cháchara de los abonados! ¡Y se tendrán por muy distinguidos! No saben que lo más distinguido es... tener educación y que si entre todo el numeroso público hubiera un solo espectador, uno sólo, que hubiera pagado por oir la ópera y no por contribuir á la general algazara, ese solo espectador merece el silencio de todo el público; no hablo ya de los artistas y de la obra. Pero ¡sí!, este es el país de: «Para eso hemos pagado, para estar como nos convenga.» Váyase la poca educación de los que charlan, por la exagerada de los que, habiendo pagado para oir la ópera, no protestan ruidosamente y en cualquier forma de la mala educación de los charladores. A descortesía, descortesía y media. Nunca estaría más justificada. En ningún teatro del mundo se toleraría cosa semejante. ¡Y esa es la gente que viaja por el extranjero! Verdad es que cuando viaja va á los circos, á los _music-halls_. ¡Lástima de dinero, que estaría tan bien empleado en los que no se atreven ni á respirar, allá en el paraíso!

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En _Juventud de príncipe_, traducción de la comedia alemana _Alte Heidelberg_, hay algo que desconcierta al espectador y, sobre todo, á la espectadora, en nuestro público: las relaciones del príncipe y de Catalina, camarera de una cervecería.

Cuestión de latitud y de razas. Un público latino ¡el latino es pillín! no comprende ese buen amor que tiene tanto de buena amistad. Aquella muchacha sencilla quiere y se deja querer sin hablar de matrimonio, ni de honra... ni siquiera de dinero. ¿Qué especie de mujer es ésta?--se diría más de una espectadora.--¿Es buena? ¿Es mala? Es tonta, por de contado. Grave defecto en una mujer. Nuestras mujeres no temen nada tanto como pasar por tontas. ¡Así es tan raro que las engañe nadie! A buen seguro que un príncipe latino, ¡qué un príncipe!, cualquier muchacho de regular posición, no encontraría una ganga como la moza de Heidelberg. Una muchacha joven, bonita, que ni ama demasiado hasta el punto de destrozar el corazón al príncipe, ni de estorbarle siquiera en sus estudios, ni le explota hábilmente, haciéndose señalar una pensión vitalicia. ¡Un buen camarada de bromas y de excursiones! Mujer... cuando es preciso y nada más... ¡Lo ideal para todo hombre de ocupaciones! Con mujeres así, no es extraño que los alemanes progresen tanto. Los pobres latinos, en cuanto tropiezan con una mujer en su camino ¡hombres perdidos! Por eso _Juventud de príncipe_ fué más celebrada en su estreno por los espectadores que por las espectadoras.

Por nuestra vida y por nuestras comedias sólo se comprende el amor causando estragos. Y sólo así convence á nuestras mujeres.

XII

Un distinguido escritor, al patrocinar también el debido homenaje al maestro Chapí, lleva su escepticismo hasta dudar de la sinceridad de mi admiración por el insigne músico; todo porque olvidé que en esta temporada se había representado, por fin, _Margarita la Tornera_ en el Teatro Real. Cuatro representaciones, después de tantos aplazamientos y suspensiones, no son muchas, y nada tiene de particular que puedan pasar inadvertidas para cualquiera, á poco preocupado ó distraído que ande uno con sus particulares asuntos.

No soy yo tampoco muy amigo de asistir á representaciones de las obras que admiro. Las representaciones son siempre peligrosas para la admiración, y si esas representaciones son de óperas españolas y en nuestro teatro Real, doblemente. Claro es que una obra musical no puede ser admirada en su integridad, como una obra literaria, sin pasar por la interpretación, más ó menos edificante. Pero, en este caso, es preferible admirar y creer... por fe, ó, si la fe nos falta, aceptando como buena la autoridad de los competentes. Después de todo, por fe ó por autoridad, creemos en muchas cosas de más importancia: en materias de Religión, de Ciencia, etc., etc.

Yo no me permitiría jamás dudar de la ciencia de un Ramón y Cajal, aunque nunca haya asistido á sus experimentos. Me basta con que personas de gran autoridad científica los den por buenos. ¿Estimaríamos muchas cosas en el mundo si á cada una hubiéramos de aplicar la propia, casi siempre ignorante, y muchas veces impertinente, investigación? El propio juicio ¡es tan falible! y ¡tan variable! Cualquier alteración en los humores, en la temperatura, en el bolsillo, basta á trastornarle. ¿De qué viven las grandes instituciones sociales más que de este abandono del criterio individual al criterio social, única suma que nunca es resultado de los sumandos?

Si la admiración nacional fuera la suma de admiraciones individuales, ¿habría español que fuera admirado? Si el catolicismo dependiera del número de verdaderos católicos, ¿sería España el país católico por excelencia? Aunque sea el país en que haya más _excelencias_ por católicos.

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Del criterio y de los gustos artísticos de nuestros empresarios puede dar idea el que, obras como _Aguila de blasón_ y _Romance de lobos_, las admirables tragedias bárbaras de Valle-Inclán, no hayan encontrado todavía escenario en que puedan ser, no más admiradas, pero sí admiradas por más, como debieran serlo.

Ahora, á fines de temporada--de lo bueno poco,--se nos ofrece _Cuento de Abril_. Gentil ofrecimiento de la gentil actriz Matilde Moreno, que nunca empleó mejor su estudio y su talento como en esta buena obra de purificar el ambiente teatral con aires de poesía.

Es _Cuento de Abril_ todo poesía y arte verdaderos, no de esas sobredoradas imitaciones que andan por ahí desacreditando el género.

Me aseguran que _Cuento de Abril_ pasó por otros teatros, en donde sólo halló indiferencia ó extrañeza. Extrañeza lo comprendo, por lo raro del caso. La indiferencia, ya es menos explicable. No hay razón para lamentarse de la falta de obras y de autores, cuando se deja marchar una obra como _Cuento de Abril_ y _Aguila de blasón_ y _Romance de lobos_, ésta sin representarse.

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¡Eterno vaivén de las cosas del mundo! El rompecabezas, el arrinconado juguete de los tiempos de nuestra infancia, es ahora el juguete á la moda, y no para niños, sino para mayores, y muy mayores, y en tertulias de gran señorío y respetabilidad. Verdad es que el juguete viene ahora de Inglaterra con el nombre de _Puzzles_.

Yo no sé si será muy divertido, ni de qué otra diversión podrá ser pretexto; porque yo no me fío de estos juegos de sociedad, casi siempre de carambola y por tabla. Parece que se divierten con una cosa y es con otra.

Lo que sí sabré decir es que, este juego del rompecabezas, es de un gran simbolismo. ¿Es otra la tarea de nuestra vida, que ésta de ir juntando, para componer algo, los pedazos de nuestro corazón, de nuestra inteligencia?

Los antiguos rompecabezas llevaban el modelo para facilitar la composición; estos de ahora son imprevistos. Y hasta en eso se ve cómo procuran simbolizar la vida moderna. Va uno juntando pedazos y pedazos, sin saber si será una marina ó un paisaje, un apacible cuadro de familia ó una terrible batalla, lo que al fin resulte. La sorpresa es el mayor encanto. Así vivimos: juntando pedacitos de nuestra vida, sin saber lo que será el cuadro de nuestra vida; sin modelo que pueda orientarnos. Rompecabezas es el juguete: si ponemos en él toda nuestra ilusión, bien pudiera llamarse ¡rompecorazones!

XIII

Somos los españoles como nuestros vinos: ganamos transportados. El que aquí malgasta lo mejor de sus energías en luchar contra el medio ambiente, fuera de aquí, aun contra las dificultades que á todo extranjero se oponen en todas partes, logra vencer y afirmar su personalidad. Por eso fuimos pueblo de conquistadores, y si perdimos todas nuestras conquistas, no fué por no haber sabido hacer nuestras las tierras conquistadas, sino tal vez por haberlas hecho demasiado nuestras. Parece paradoja, pero es lo cierto que América dejó de pertenecer á España por haberla hecho demasiado española. Somos gente poco de casa. Cuando no aspiramos á conquistar el mundo, aspiramos á ganar el cielo. De nosotros pude decirse, como en aquella antigua canción tan nuestra:

«Fuí al mar, vine del mar... Mis telitas sin hilar.»

Buen ejemplo de este nuestro espíritu conquistador y buena compensación de otras conquistas materiales, hoy más difíciles de emprender, tenemos en Pepe Lasalle, quien salió de España, hará unos diez años, diciendo: «Seré director de orquesta», y ha realizado su propósito tan cumplidamente que, al saludarle de nuevo por esta su tierra, á su nombre y su cargo añadimos, por aclamación, todos los adjetivos que su modestia callaba al despedirse, pero á los que, sin duda, pretendía en su noble ambición de artista. Gran director de una gran orquesta. No puede cumplirse mejor el propio vaticinio. Desde los tiempos del Gran Emperador, no se unieron Alemania y España en más gloriosa empresa.

Ahora bien, ó, ahora mal, mejor dicho: con el mismo talento, con la misma energía, con todo lo personal, en fin; si entre nosotros se hubiera propuesto Pepe Lasalle realizar su propósito, ¿hubiera llegado á conseguirlo? Contesten tantos verdaderos artistas músicos como andan por ahí desperdigados por cafés y orquestas de teatrillo; responda nuestro público aristocrático, llenando los palcos del Circo en los días de moda y dejando poner en la taquilla de billetes para los conciertos: «Sólo quedan palcos y butacas»; hablen el Cuarteto Francés y el Cuarteto Vela, luchando contra la indiferencia del público, sólo sostenidos por el aplauso de algunos inteligentes que ¡ay! son justamente los que van de gorra, y aun hay que agradecérselo. Por eso, bien esta que aplaudamos con el mayor entusiasmo á los de fuera, y mucho más cuando los dirige uno tan nuestro y que tan alto pone el nombre de España en el mundo del Arte; pero estimemos en cuanto merecen á los de casa, que, sobre las dificultades de su arte, han de vencer las del medio, hostil ó indiferente. El Arte, que es todo simpatía, sólo en ambiente de simpatía florece.

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¿Quién se atreverá á poner en duda el desinterés de nuestros escritores? Cada dos ó tres años, el ministerio de Instrucción pública, cuidadoso tutor y curador de los menores y pródigos, que son nuestros literatos, ha de conceder graciosamente ampliación del plazo para inscribir obras en el Registro de la Propiedad. ¿Es desinterés, ignorancia de estas formalidades legales ó triste convencimiento de que, para lo poco que ha de producir, no vale la pena de tomarse molestia alguna? En los dos últimos casos sería muy triste; en el primero sería muy laudable, si ese desprendimiento no redundara siempre en beneficio de algún editor _vivo_, siempre dispuesto á levantar muertos al amparo de una ley que, por fortuna, no se cumple con inexorable rigor. Para todos los efectos de responsabilidad, la condición de escritor debiera equipararse en nuestros Códigos á la de los menores ó incapacitados. ¿Por qué han de estar tan reñidos números y letras que, hasta cuando la realidad de los números se impone al escritor, ha de venir en letras... de cambio, aceptadas por él con la más divina inconsciencia de números y de fechas?

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El descubrimiento del doctor Doyen, prometiéndonos más larga vida, no dejará de regocijar á cuantos van á gusto en el machito; para ellos lujoso carruaje ó automóvil. A los de á pie nos es indiferente. ¡Alargar la vida!

¡Como no sea por la ilusioncilla de ver terminadas las obras de la Gran Vía; ó por ver si los aeroplanos llegan á establecerse con servicio regular, como los transatlánticos; ó por saber del estreno de una obra nueva de Rostand; ó por ver las calles de Madrid sin pordioseros!... Aunque es de temer que la virtud del descubrimiento del doctor Doyen no alcance á la realización de todas estas esperanzas. Entonces, para seguir con la misma historia de la vida, «Este cuento de la vida, dos veces contado», como dijo Shakespeare, ó «contado por un idiota», que dijo el mismo... El descubrimiento del buen doctor no vale lo que una botella de buen vino, un poco de morfina, un buen cigarro, una buena música ó una buena mentira; de esas mentiras dulces, que parecen amor ó gloria... Todo lo que es olvido de esa implacable verdad, cuyo nombre más cierto es muerte.

XIV

Son las próximas elecciones la mayor preocupación en estos días. No--esto es lo triste--por el gran interés que inspiren, en cuanto pudieran influir en los destinos futuros de España, sino por los muchos pequeños intereses que en ellas se fundan y contra el interés general conspiran.

Líbrenos la diosa Democracia de hablar mal del sufragio universal, ni del voto obligatorio, preciadas conquistas suyas. Antes era posible que un Gobierno regalara, lo que se dice regalar, un distrito á cualquiera de sus patrocinados; pero, por lo mismo que se trataba de un regalo, los Gobiernos cuidaban, para no dar que murmurar demasiado, que el candidato fuera persona de merecimiento. Ahora, como todo el apoyo y la protección oficiales no bastan á librar al protegido de ciertos gastos indispensables, es preciso buscar ante todo gente de dinero ó que sepa sacarlo de donde lo haya. Antes solía decirse: «A Fulano le apoya el Gobierno», ó «Cuenta con la protección de éste ó del otro, mayores ó menores caciques.» Ahora, las protecciones no significan nada. La única probabilidad de triunfo es decir: «Fulano piensa gastarse tanto en la elección; Menganito se gastará cuanto.»

Las gentes sencillas, tan incapaces de grandes abnegaciones patrióticas como de ambiciosas vanidades, no hayan compensación en el cargo de diputado á tan crecidos sacrificios pecuniarios, y con la natural desconfianza que despiertan siempre las acciones heroicas, cuando su móvil no tiene equivalente, por lo menos «potencial», en nuestro espíritu, dan á recelar, con esa suspicacia propia de las gentes sencillas, que en lo de ser diputado ha de haber algunas ventajillas más que la de sacrificarse por la patria, la de chupar caramelos, la franquicia postal y la misma inmunidad parlamentaria.

Esa desconfianza hace que, obligadas al voto, las gentes sencillas vayan á la votación con la misma indiferencia con que antes se quedaban en casa. Al «qué más da votar que no votar» ha sustituido el «qué más da votar á unos que á otros». La consecuencia en uno y otro caso es la misma: no triunfa el que triunfa por importarle á muchos, sino por no importarle á nadie. Así podemos vanagloriarnos de constituir unas Cámaras que no representan la opinión del país, como en otros países, sino su falta de opinión.

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A consecuencia de una polémica entre autores y críticos, se ha discutido en París, entre autores, críticos y actores, sobre la eficacia de la crítica, sobre sus derechos y deberes y hasta sobre la conveniencia de su desaparición. Los autores y los actores artistas han opinado, como era natural, que la supresión de la crítica literaria sería tanto como relegar el teatro al terreno puramente industrial de especulación. Pero ¿es otra cosa el teatro moderno? ¿No es fantasear á costa de la realidad--fantasía muy cara--considerarle de otro modo? A no ser en teatros subvencionados con esplendidez, donde los directores puedan permitirse el lujo de ofrecer verdaderas obras de arte, ¿qué empresario ni qué autor pueden aceptar la responsabilidad de comprometer intereses respetables por entregarse á nobles juegos de arte?

Hoy se le da al teatro una importancia comercial que nunca tuvo. Exigencias del público, de la crítica, de autores y actores--no hablemos de los propietarios,--han convertido en negocio arriesgadísimo, más propio de capitalistas que de verdaderos aficionados al arte, la explotación de un teatro. En estas condiciones, ¿puede depender del criterio artístico, de la crítica, el éxito de una obra? Dejémonos de vanidades. El teatro moderno tiene muy poco que ver con el arte. No se interponga ninguna consideración artística entre el público y la taquilla, como no se interpone entre el comprador y el comerciante una crítica del escaparate. ¿Que esto será el fin de la literatura dramática? No, al contrario; quedarán mejor deslindados los campos. A un lado el arte y la literatura; al otro lado el teatro. Un teatro que sólo aspira al dinero no debe tener más sanción penal que la falta de dinero. La crítica literaria es demasiado honor para él. La mejor crítica de muchas obras es haber llenado el teatro durante 200 noches, y que el autor, para curarse de toda vanidad, llegara á conocer personalmente á los 200.000 espectadores que le han aplaudido, ¡Ay del artista que, cuando más clamoroso oye el aplauso de todos, no sabe percibir la voz de la propia censura!

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En Berlín se ha fundado una Sociedad, llamada de Calderón, con el objeto de representar obras de nuestro autor y algunas de otros autores, no menos admirables, nunca representadas en los teatros ordinarios. En dicha Sociedad figuran ilustres personajes, y en la primera función, con el concurso de los mejores actores de los teatros berlineses, se representará _La devoción de la Cruz_.

Esto en Berlín, donde todos los años se representa mayor número de obras de Calderón y de Lope de Vega que en nuestros teatros. En cambio, nosotros no dejaremos de representar opereta alemana, ni austriaca, en justa correspondencia. Schiller y Goethe y el moderno Hauptman bien están en su casa. Y que se lleven á Calderón y á Lope. ¡Para lo que van á divertirse con ellos! Mejor sería proponerles, ya que en tan buena disposición se hallan, que se encargaran de celebrar en Berlín el centenario de Cervantes. ¡Fuera cuidados! De aquí les mandaríamos una lucida Comisión y todos los toreros que hicieran falta para una buena corrida de toros.

XV