De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 2

Chapter 23,866 wordsPublic domain

¿Por qué en el teatro Español, en el de la Princesa, que cuentan con admirables intérpretes de los poetas, no inaugurar una serie de veladas poéticas, que seguramente tendrían su público?

Oímos muchas veces quejarse á unos y á otros de que el público no está educado; esto sirve de pretexto para rechazar muchas obras de indudable mérito. Corriente, el público no está educado; pero ¡si nadie se toma el trabajo de educarle! Es mucho más cómodo y provechoso llevarle el humor y no luchar con él. Pero los que pueden permitirse ese lujo con menos riesgo están más obligado á ello. A todos nos toca un pedacito del mundo en que podemos hacer algo útil y provechoso, y no es desde un escenario donde menos puede hacerse por la cultura y la educación, que es hacer por la Patria.

VI

Mariano de Cávia me propone un Teatro para los viejos, que vendría á ser, no contraposición, sino complemento del Teatro para los niños. Los extremos se tocan, y acaso viniera á suceder, por el humano y natural prurito de aniñarse en los ancianos y de hombrear en los infantes, que el Teatro dedicado á los primeros fuera el favorito de los segundos, y viceversa. Pero ¡ay! ¿es tan necesario el teatro para los viejos? ¿Llenaríamos con él algún vacío, ni siquiera el del teatro mismo? Si el teatro pretendía ser educativo, ya en el más amplio sentido moral ó en el puramente artístico, ¿qué provechosa enmienda podría esperarse en nuestros venerables? Ninguna. Ya dice la vulgar sabiduría que el árbol ha de enderezarse desde pequeñito, y ¿quién es capaz de enderezar, en todo ó en parte, á los que ya se rinden al peso de los años? Ni _La corte de Faraón_ ni el «Royal Kursaal», con esas admirables artistas, cuyo mejor anuncio es el de la pérdida de su equipaje, podrían realizar el milagro.

¿Teatro de puro entretenimiento? Basta asistir á los antes citados y á otros del mismo género para comprender que nuestros viejos no necesitan de un teatro especial en donde solazarse. No de los viejos, de los decrépitos, pudieran llamarse esos teatros en que reverdece el chiste de Instituto y de café estudiantil, para regocijo de viejos más verdes que los chistes. Y no os engañen algunas caras juveniles de los espectadores; no está en la cara la edad, sino en el espíritu, y por esos teatros, como por los meetings clericales de estos días, no busquéis jóvenes de espíritu; el de aspecto más infantil lleva por dentro la vetustez de diez siglos.

Grave error es clasificar por edades en jóvenes y viejos. Niños seremos tú y yo, querido Mariano, aunque muchos niños viejos ya nos echen del corro; porque siempre será para nosotros la vida un buen campo de recreo en que saltar, brincar y jugar á todo, por pura expansión de nuestro espíritu, sin ninguna utilidad práctica. Jugando y saltando no se llega á parte alguna; si bien puede servirnos de consuelo que hay partes á las que más conviene no llegar nunca. Para llegar á muchas de ellas, suprema ambición de todo hombre serio, ya sabemos que, en España, no hay medio mejor que ser viejo ó aparentar serlo. Con nuestros doctores Faustos, aquí, Mefistófeles obraría la transformación contraria. Hay quien le vendería el alma por transformarse en viejo, no en joven. Y en vez de cantar: ¡A mí la juventud, á mí los delirios del primer amor!, cantaría: ¡A mí las prebendas y á mí los cargos oficiales; á mí las Academias y la respetabilidad, y... llévese el demonio mi alma y mi alegría!

Dejemos, pues, á los viejos, que para nada necesitan teatros, cuando todo el mundo es teatro, de moda y lucimiento para ellos. Pensemos en los niños, en los verdaderos niños, hijos de padres verdaderos jóvenes, que sólo de ellos puede esperarse la nueva vida por la nueva escuela. ¿Religiosa? ¿Laica? Allá unos y otros. El Arte es religión neutral. ¿No es en el Vaticano donde se guardan las más bellas reliquias del Paganismo? ¡Quién sabe si no será en un templo pagano de Arte donde se guardará lo más bello del Arte cristiano! Nunca fueron las ideas viejas tan respetuosas con las nuevas, como las nuevas lo serán siempre de las viejas. Y ¡vive Dios! que hay entre nosotros vejestorios, en todos los órdenes de la vida, que no son dignos de ningún respeto.

* * * * *

Fué Balbina Valverde una actriz de la más pura cepa española, y si la vanidad regional no temiera empequeñecer su castizo arte, diríamos mejor de la más pura cepa madrileña. A la falsa luz de las candilejas, en el falseado ambiente de muchas comedias mediocres, nadie supo dar tan artística realidad, tan humano aire al tipo de la mujer española de nuestra clase media, que viene á ser el tipo medio de la mujer española, con su sentido práctico, sanchopancesco, sus vanidades, sus ambiciones, su vulgar sentimentalismo... Llegó á tanto la verdad en su arte, que llegamos á verlo copiado en la vida. ¡Cuántas veces no habremos dicho: Esta señora es una Balbina Valverde! Para los yernos, este nombre era como una amenaza joco-seria.

Su dicción era del más puro castellano; inimitable su arte de subrayar; única en producir efecto cómico con la sola enunciación de una palabra insignificante, que en su boca adquiría el valor de un chiste. ¿Quién no recuerda cualquier ¡Mi yerno!, pronunciado por ella? Era el presagio de una tormenta familiar.

Fué con todo esto de un amor por su arte, de un celo en el cumplimiento de sus deberes artísticos, que ha de recordársela siempre, no sólo como ejemplo para las de su profesión, sino como gloria del sexo femenino, al que muchos suponen incapacitado para toda profesión seria. ¡Si en otras esferas de actividad hubieran cumplido muchos hombres con sus deberes como Balbina Valverde cumplió siempre los de su profesión!

Gravemente enferma, durante una temporada en Bilbao, se hizo llevar una cama al teatro, y en el cuarto del teatro vivía, levantándose de la cama para salir á representar las comedias.

Casi á la fuerza tuvo que obligarla la empresa á regresar á Madrid.

¡Descanse en paz la inolvidable artista! Madrid pierde con ella una de las más sanas y castizas notas de su risa.

A este público, que tanto la quiso y al que ella amaba tanto, le ha hecho llorar por vez primera. ¿No es esto una envidiable gloria?

VII

La carambola no ha sido mala. Esperemos, sin desconfiar de la intención, que, por los efectos, no venga á ser de retroceso.

Malo es no salir de nuestro paso, pero... ¡tomar carrerilla tan de pronto! No es que dudemos de las energías y buena voluntad de los corredores, sino de la firmeza y seguridad del camino. Aun no hace mucho tiempo hubo que desandarlo, y no sabemos que se haya trabajado en él después lo bastante para conseguir ahora lo que entonces apenas pudo intentarse.

El mal camino andarlo pronto, pensará acaso alguien interesado en echar por el atajo, para volver pronto al verdadero camino real. Miren bien, los que por el atajo andan, de no levantar un pie sin haber afirmado antes el otro; no avancen un solo paso sin haberle desbrozado cuidadosa, cautelosamente. ¡Cuidado con los tropezones! Considerad que tal vez se espera el primero para gritar: ¡Veis cómo ese camino es imposible! ¡Nada de prisas, nada de impaciencias! Estábamos dispuestos á esperar un quinquenio en el estanque. ¿No podremos esperar otro tanto en el agua corriente, por suave que sea su curso?

* * * * *

Sí; _Chantecler_ es todo un símbolo. Es el gallo francés, el mismísimo gallo de las Galias que, como el protagonista del poema de Rostand, cree orgulloso al lanzar su ¡quiquiriquí! á cada aurora que el Sol sale á iluminar al mundo entero, obediente á su evocación. Y no es lo malo que él lo cree; son muchos los pobres animales que aun juzgan los _quiquiriquíes_ del gallo francés prestigioso encanto, sin el cual el Sol no alumbraría la Tierra.

Bien cantó el gallo francés, no hay duda, y si no llega á su poder á que el Sol le obedezca, sí llegó muchas veces á despertar á la Humanidad con sus gloriosos cantos de libertad, de justicia, de arte... No nos trajo el Sol, pero nos avisó siempre de su salida. Por todo ello le debemos gratitud y cariño; pero sin olvidar al Sol, que es antes que el gallo... y sin despreciar á los humildes gallitos de nuestros corrales, que, á su modo, también saben anunciar la aurora.

* * * * *

¡Qué brutos somos, ¿verdad?, podrán decir, como el personaje del _Patinillo_, los millonarios _yankis_, acostumbrados á que por bárbaros los tenga la culta y refinada Europa! Es verdad que alguna vez _apedrean_ con su dinerazo y otras veces insultan; pero... ¡ay! ya quisiéramos por aquí, en justas proporciones, millonarios de esos que fundan Universidades y Escuelas y Museos, y como éstos que ahora acaban de construir un magnífico teatro en Nueva York. ¡Un teatro! ¡Habrá empecatados! ¡Si hubiera sido una iglesia ó un convento? Pues, sí, señores; un teatro modelo, un verdadero templo, inaugurado con la representación de una obra de Shakespeare: _Antonio y Cleopatra_. ¡Qué brutos son! ¿Verdad?

Aquí, alguna vez, se ha reunido gente de dinero para empresas teatrales, y el resultado ha sido... un baile de máscaras, un espectáculo de _varietés_ indecentes; algo por el estilo en fantasía y en Arte. ¿Se figuran ustedes á nuestros millonarios edificando el Teatro Nacional ó un teatro para la música española? ¿Cómo han de comprender que el Arte puede ser una religión los que han hecho de la religión un arte?

* * * * *

La empresa del teatro Real está tratando á Wágner, en esta temporada, poco más ó menos, como por la vecindad están tratando al partido liberal: así como si quisieran quitársele de delante lo más pronto posible. Todos los cuidados son para el repertorio antiguo; para él Titta Ruffo, Anselmi... A Wágner que lo parta un gallo.

Todo se relaciona: naturalmente, la resurrección de _Lucía_ había de traer por consecuencia una crisis del mismo tiempo y á la misma usanza. A viejas óperas, _divos_ jóvenes. Todo el arte de Anselmi no ha bastado á dar apariencias de vida á la momia de Lammermoor. Veremos si el otro joven _divo_ tiene mejor fortuna en la vieja ópera de nuestra política, tan necesitada de nuevo repertorio como de nuevos cantantes. España Brunilda espera á su Sigfredo. Los admiradores de Wágner también le esperan. No se dé pretexto á que nadie dude de la buena fe de las respectivas empresas. Puede que no haya para el repertorio moderno; pero el público no quiere _Lucias_ ni con Anselmi... ¡Qué disparate! ¿No iba á decir ni con Maura?...

VIII

Es la ópera de Strauss, _Salomé_, portentosa obra de arte musical. Ahora, pensemos en todo lo que ha sido necesario para que pueda serlo. Primeramente, el gran talento de Strauss, no hay duda; después, un público que, extrañado ó aburrido, tal vez, en las primeras audiciones, prefiere desconfiar de su propia impresión á echar por el camino fácil de la chacota y el desprecio y enterrar la obra entre flores de ingenio, sin posible apelación. Después, empresas decididas á imponer la obra; después, una crítica capaz de hacer también obra creadora, inventando... lo que acaso el autor no puso en ella; formando de este modo una conciencia de lo inconsciente, que siempre anima en toda obra de arte. Después... el Ejército alemán con su formidable poderío.

Ya dijo D. Juan Valera, con su inteligente, supremo humorismo, cómo las flotas de la Gran Bretaña habían podido contribuir á la gloria de Shakespeare. No hay idea de lo que puede influir el Ejército y la Marina, lo mismo para vender agua de Colonia en el Paraguay, que para imponer á la admiración de las más recónditas tierras el nombre de un poeta.

He aquí por qué vuestra hija es muda, como dice el falso doctor de _El médico á palos_ al afligido padre. He aquí por qué nuestros músicos no cantan por el mundo. ¿Se figura nadie á _Salomé_ nacida entre nosotros? ¿Cuál hubiera sido su vida? ¿Quién la hubiera impuesto al respeto? ¿Quién la hubiera salvado de morir á chistes?

Pero nos la envían dos grandes potencias: el genio de su autor... y Alemania. Los que menos la entienden procuran irse enterando; los que más se aburren, se aburren con respeto. ¡Ah! ¡Si fuera de alguien de casa!

Nuestro indisciplinado individualismo no comprenderá nunca que la obra de arte es obra de todos, y que su inmortalidad más depende de todos que de la obra misma.

En España, cada uno quisiéramos ser el único grande hombre de un país de imbéciles; el único honrado entre una caterva de pillos. ¿Qué buena planta puede arraigar en terreno donde las moléculas de la tierra se disgregan al recibirla? Ya dice el Evangelio: «¡Ay de la casa desunida!»

* * * * *

Nunca mejor ocasión de mostrarnos unidos, con solidaridad de la grande, que en el próximo Centenario de Cervantes. Acabamos de dar lucida fe de vida en guerra. Nada valen las funciones bélicas, por gloriosas que sean, si no las consolidan inmediatamente fiestas de paz. En recientes cuchipandas hispanoamericanas hemos traído y llevado el Verbo y... ¡ay, también el adjetivo de la raza y de la lengua! ¡Vamos á verlo!, como dicen los taurófilos, mejor dicho, los _torerófilos_, sobre todo al llegar la hora llamada de la _verdad_. ¿Podrá ser esa hora la del Centenario de Cervantes?

¡Oh, mi gran D. Mariano, tenéis razón!, inútil es dirigirse á los políticos, porque en tal solicitud, empezada á redactar en lunes, habrá que raspar cinco nombres antes de llegar á entregarla el sábado. Pero si los Gobiernos pasan, otras cosas quedan. El Ejército y los artistas españoles deben bastarse, y por derecho propio, á monopolizar para sí toda la gloria de unas fiestas nunca igualadas. Es preciso borrar el recuerdo de aquellas lastimosas del Centenario del _Quijote_; es preciso... resignarnos á que nos llamen _lateros_, hasta conseguir levantar los espíritus. Contad, D. Mariano, con mi humilde cooperación para organizar funciones teatrales, para lo que de mi negociado dependa. Tiempo hay sobrado; pero el tiempo español vuela. Naturalmente: el tiempo nos gobierna y pasa... como nuestros Gobiernos.

* * * * *

El maestro D. José Serrano solicita opiniones en el pleito entablado por la Sociedad de Autores sobre el libre aprovechamiento de obras extranjeras no garantizadas por tratados internacionales. Voto con el maestro Serrano. Por lo mismo que la ley no las ampara, razón de más para respetarlas. ¿Con qué razón podremos quejarnos de algunos empresarios y editores americanos, si nosotros justificamos su conducta con nuestro ejemplo?

Bien está preocuparse por los intereses materiales y saber de sumar y multiplicar, y que letras y números no anden divorciados; pero la Sociedad de Autores, por honor de su nombre, debe comprender que hay también intereses morales que también tienen su valor en una suma total. Verdad es que una Sociedad de Autores en donde el dinero decide de las votaciones... Claro es que el dinero representa trabajo. ¿Representa siempre arte? Pero hay quien prefiere ser considerado como artista á la hora de estrenar y como negociante á la hora de cobrar... ¡Véase, cómo en estos tiempos del sufragio universal y del voto obligatorio, adónde demonios ha ido á refugiarse el voto restringido y el triunfo de la plutocracia!

* * * * *

El buen gusto del público de París no se avenía con la presentación escénica de _Chantecler_, ridícula y poco artística, digan lo que quieran los reclamos. El afán de realidad en la presentación de una obra poética y fantástica ha llevado, como suele suceder, á falsedades que una fantasía de artista hubiera evitado. ¡Qué diferencia de esta _mise en scene_ á la de _El pájaro azul_, de Maeterlink, representado en Londres! Pero la amable crítica francesa para todo tiene remedio, hasta para los fracasos menos disimulables. Alguien ha encontrado el medio de idealizar, mejor dicho, de _realizar_ las falsedades de presentación en _Chantecler_ y las desproporciones evidentes entre lo representado y su representación. Mirar al escenario por el revés de los gemelos. De este modo, empequeñecidos personajes y decoraciones, todo parece la verdad misma. El gran Guitry parece todo lo más un gallo cochinchino; Simone, una faisana al natural, y Coquelin hijo, un perrillo de buen tamaño.

Achicándolo todo por este procedimiento, la obra quizás se agrande.

Lo contrario de lo que nos sucede aquí con nuestros políticos: ellos nos parecen muy grandes, y la obra cada vez más pequeña.

IX

Siempre es peligroso ir contra las corrientes populares. En el programa del nuevo Gobierno figura, para ser ley muy pronto, el servicio obligatorio. Indiscutible en teoría, dentro de esa igualdad que las leyes nos reconocen á todos como ciudadanos, aunque la Naturaleza la desmienta á cada paso; más atenta que á la igualdad, á la armonía, que no es lo mismo; pues á ella contribuyen, como en música bien compuesta, tanto como los acordes, las discordancias; ¿es tan indiscutible en la práctica? Por acercamos al ideal bruscamente, ¿no tropezaremos con duras realidades, cuyo choque, no sólo destruye el ideal, sino realidades positivas que debemos alejar de todo peligro cuidadosamente? No basta mejorar los cuarteles; no son cuerpos mortales solamente los que han de alojarse en ellos y han de acomodarse á su disciplina; son espíritus también, que no se disponen tan pronto ni tan fielmente como los materiales: alojamientos y provisiones. La Religión y la Milicia: «Religión de hombres honrados», que dijo Calderón de la Barca, no pueden existir sin una fe ciega, cuyo más sólido fundamento sólo puede hallarse en una humilde ignorancia ó en una superior filosofía, aparte los casos de predestinada vocación. Pero entre las humildes inteligencias y los entendimientos superiores capaces de crear objetividades de su propia subjetividad, existen en gran mayoría esas inteligencias medias que han dejado de ignorar y no han llegado á saber. Estas serían las dominantes en el Ejército con el servicio obligatorio; éstas las que llevarían á él todos los fermentos de una cultura mal reforzada. En ella abunda la moderna generación intelectual, y de ello se resiente todo el organismo social. ¿Tendría virtud el servicio obligatorio para disciplinar á esa masa, ó no sería ella la que llegaría á contaminar el sano organismo del Ejército?

La ejemplar conducta de distinguidos voluntarios en la última guerra de Melilla ha influído, sin duda, en la opinión y en los gobernantes para confiar en la virtud del servicio obligatorio. ¡Hermosa es la fraternidad de todas las clases sociales en defensa de la Patria y en los peligros de una guerra! Pero no son los tiempos de guerra norma para presumir las ventajas ó los inconvenientes del servicio obligatorio. Lleva la guerra en sus peligros y en sus actividades, virtud moralizadora con la que no puede contarse en tiempos de paz.

No olvidemos tampoco, en el país de las recomendaciones y las influencias, que la desigualdad, más sensible que palpable de hoy, sería la desigualdad que salta á la vista á todas horas, y es más irritante.

¿El ejemplo de otras naciones? ¡Ay, si la voz de algunos sabios sociólogos lograra sobreponerse á la voz, más clamorosa, de los halagadores de muchedumbres!

Preguntadles á los primeros, preguntad á las estadísticas las ventajas comerciales, industriales, sociales, en fin, que ha conseguido Francia con el servicio obligatorio. Enteraos, ¡oh bien intencionados legisladores!, cómo leyes tan democráticas, tan generosas, tan animadas de nobles propósitos, como la del servicio obligatorio y la de reglamentación del trabajo de los menores, han desatado sobre París y otras ciudades de Francia esas bandas de _apaches_, que no son signo, ciertamente, de civilización ni de progreso.

No hay nada más peligroso en la realidad que el noble juego de los ideales.

Bueno es atender á la opinión popular, para satisfacerla en lo justo; pero sobresalga sobre ella la opinión de los contempladores desinteresados. Cuando todos crean llegada la hora, ellos sólo sabrán decir: «Aun no es tiempo».

* * * * *

Admiremos la dificultad vencida por la señora Bellincioni en su danza de Salomé. Es todo lo que puede danzarse ante nuestro público, cuando ese público asiste á nuestro Teatro Real. Admirado el arte de la señora Bellincioni, convengamos en que si Salomé no danzó de otro modo ante el Tetrarca, ó éste era hombre de buen contentar, ó tenía más ganas de perder de vista la cabeza del Precursor que Salomé de conseguir la del uno y trastornar la del otro.

Me figuro á Pastora Imperio bailando por instinto lo que la señora Bellincioni baila por arte. ¿No son nuestro vulgarizado tango y nuestro popular garrotín, más propia evocación de lo que debió ser la danza de Salomé? ¡Lástima que haya perdido toda nobleza con el roce plebeyo! Hay que confesar, ¡oh amplitud de los escenarios populares!, que _La Corte de Faraón_, con su garrotín, está más cerca de la verdad bíblica que la _Salomé_, de Strauss, con su danza de los siete velos. Y ¡los «entradones» que se ha perdido la empresa! _Salomé_, con su buen garrotín hubiera llevado á todo el público de Eslava, sin perder el del Teatro Real por eso. El pudor de nuestro público está siempre dispuesto á dejarse violar. Pero, ¡vale la pena tan pocas veces! Y luego, que uno también tiene su pudor y no tan violable.

X

Francisco de Curel, uno de los pocos autores dramáticos franceses sin ribetes de negociante, aseguraba, en reciente indagatoria sobre la llamada «crisis» del teatro, que el teatro, en fuerza de tanto querer ser negocio, va dejando de serlo, y acabará por arruinar á cuantos empresarios sean ó fueren.

Ya no basta para satisfacer las exigencias del negocio teatral con la obra razonable, la obra razonablemente aplaudida y celebrada; es preciso la «gran atracción», como en número de circo; la obra que avive todas las curiosidades, como crimen misterioso; la obra de «gran público», público que pueda llenar durante cien representaciones un teatro.

¿Fueron así las tragedias de Esquilo y de Sófloques? ¿Las obras de Shakespeare? ¿Las de Lope y Calderón, obligados á una fecundidad sólo disculpable por la efímera vida de cada obra en su tiempo? ¿Es posible hacer obra de arte sincera, sentida, «nueva», con esa preocupación comercial del gran número de representaciones, consecuencia de no reparar en los medios de llamar la atención? Mujer y obra de arte que andan por el mundo á llamar la atención, ¿no merecen el mismo nombre?

¡Cuánta noble idea de comedia malograda por la consideración: «No será obra de público, no dará dinero... No será obra simpática!... ¿Adónde voy yo con esta obra?» ¡Oh, autores noveles! ¡Envidiáis á los que vosotros llamáis consagrados! Vosotros, por lo mismo que las empresas no confían en vosotros, podéis atreveros á todo. Si alguna obra os admiten, tened por seguro que la empresa ensayará otra al mismo tiempo, para sustituir á la vuestra en el caso probable de un fracaso. No gastará en ponerla, ni las actrices encargarán á París trajes y sombreros, ni los actores esperarán revelarse en la creación de sus papeles... Para los autores consagrados, ¡qué enorme responsabilidad la suya! ¡La obra de las esperanzas, de las ilusiones, la clave fundamental de una temporada, ó por lo menos de gran parte de la temporada!... La equivocación de un autor consagrado es la ruina para una empresa, la desilusión de actrices y actores, el descrédito de un modisto, la zozobra en muchos humildes hogares de tramoyistas, acomodadores, etcétera. ¡Legión pavorosa de espectros, presente al concebir la obra, al planearla, al escribirla!... ¿Esa frase?... no; es peligrosa. ¿Ese chiste?... ¡tremendo! ¿Ese final?... ¡de poco efecto! ¡Eso es atrevido! ¡Eso no está garantizado por el aplauso! ¡Oh, la gloriosa inconsciencia de las primeras obras, las que un empresario recibía con displicente desconfianza!...--Tenemos ahí una obra de un chico que empieza... Una cosita; no está mal... Allá veremos... Mientras llega la obra de...--aquí un gran nombre.--¡La obra de la temporada!