De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)

Part 11

Chapter 113,430 wordsPublic domain

Si la realidad es pobreza y fealdad, no es de alma artista someterse á ella. Los artistas están obligados á la lucha, á influir sobre la realidad hasta transformarla, infundiendo en ella el espíritu de sus ideales. Deber es del artista conquistar la riqueza. La vida sólo será lo que debe ser cuando la riqueza sea de los poetas. La poesía será entonces acción y vida y entonará sus estrofas en ciudades de arte, limpias, sanas, alegres, risueñas; en jardines de encanto, en monumentos de gloria, con bellas criaturas de selección espiritual y física. No despreciéis la riqueza ¡oh, artistas!, que harto tiempo ha sido de los bárbaros, muy satisfechos con que vosotros ponderéis los encantos de la bohemia mientras ellos gozan de todo, sin compartir sus goces más que con unos cuantos artistas domesticados, que se complacen en enseñar á sus amigos para darse tono de protectores del Arte. Y mientras vosotros no tengáis palacios, ni deis fiestas en ellos, ¿cómo vais á convencer á nadie de que no son ellos los que no quieren recibiros á vosotros, sino vosotros los que no os dignáis recibirlos á ellos?

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No recuerdo si lo soñé ó me lo contaron. Fué un escritor, muy discutido en sus comienzos, que, por lo mismo, tuvo muchos admiradores: unos, jóvenes animosos como él; otros... esos que hallan en lo infructuoso de una labor combatida el mejor pretexto para no hacer ellos nada; otros, los muchos fracasados, que pretenden justificar con el fracaso de una obra ajena el fracaso de toda su obra. Todos estos admiradores admiraban más al escritor cuanto más combatido era. Cuando, por su trabajo y su constancia, llegó á tener verdadero público, los admiradores se desilusionaron: ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Le gusta al público? ¡Qué indignidad! Es que ha caído en la bajeza de hacerle concesiones; ya no es el mismo. Y los admiradores le increparon por haberles hecho traición. Si era para todos, ya no podían ellos presumir de superiores al admirarlo. Ya no tuvo admiradores fieles más que en sus fracasos; cuando no hacía concesiones al público. Si alguna vez, por descanso ó por capricho ó por necesidad, escribía una obra, sin más pretensiones que la de ganar algún dinero, aunque en ella no ofendiera gravemente su sentimiento del arte, los fieles admiradores no podían consentirlo y eran los primeros en protestar iracundos: ¡Qué indignidad! ¡Viene á buscar dinero! Y ellos, con sus protestas, eran los primeros en impedir que tan natural propósito, y por tan inocente medio, se lograra. Así, tuvo que resignarse á no tener dinero en su vida, para satisfacción de sus admiradores. ¿Buscarlo por otros medios? Menos aún; sus admiradores no lo consentirían: su deber era hacer Arte, Arte puro... Cuando murió... los admiradores acordaron costearle un monumento; se reunió poco dinero, y los admiradores acordaron que aquello era una indignidad. Para hacer mal las cosas, más valía no hacerlas. El monumento había de ser magnífico, ó no sería... Y no fué, en efecto. Los admiradores velaban fielmente su gloria póstuma como la velaron en vida.

No sé si lo soñé ó me lo contaron; pero siempre que recibo alguna carta firmada por «Un admirador», me echo á temblar recordando la historia de aquella víctima de sus admiradores. Todas las cartas así firmadas son de alguien que pretende administrarnos la hacienda, la moral, el buen humor, lo que ellos llaman nuestros prestigios, nuestra vida pública y nuestra vida privada... No ¡por Dios!, señores; yo no quiero ser admirado á todas horas ni en todos los actos de mi vida; que descanse vuestra admiración y que me deje descansar. No me escriban ustedes cartas; porque desde ahora no leeré ninguna que traiga por firma el consabido «Un admirador» como no incluya un billete de 1.000 pesetas; única prueba de verdadera admiración que me ofrece alguna garantía y justa compensación del dinero que me habrán ustedes impedido ganar por admirarme demasiado.

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Cuando creemos haber hecho todo lo posible por remediar las mayores miserias, siempre nos queda el desconsuelo de no haber remediado una: la ingratitud. Los bienhechores deben contar con ella y compadecer doblemente al ingrato. ¡Qué horrible debe ser la pobreza, cuando así llega á entumecer el corazón!

XLIII

La regia munificencia ha dado una oportuna lección á la Real Academia Española. Arbitro, administradora y dispensadora de premios, padece la ilustre Corporación, como vieja tacaña, la manía de hacer comiditas con las cantidades confiadas por gentes respetuosas de los prestigios oficiales, á los buenos oficios y mejor voluntad, de la sabia y la docta del esplendor, el brillo y la fijeza.

¡Dos mil pesetas para un solo escritor!--habrá pensado la vieja rica.--¿Para qué necesita tanto dinero un hombre solo? Y ¡literato y poeta! Para que se acostumbre mal ó lo eche en vicios, como adquisición de libros, viajes ó cualquier otra perturbación de la inteligencia. Nada, nada; con 1.000 pesetitas á cada uno, podemos hacer á dos felices. Y mucho es que no han repartido la cantidad en bonos de á peseta para dar un día feliz á toda la bohemia literaria. Bien está que, entre los académicos, haya quien disfrute, por diferentes conceptos y prebendas, pingües beneficios, sin pensar en repartir de ellos; pero esos otros escritores de la calle... ¿para qué quieren el dinero? El dinero embota el entendimiento; lo saben bien muchos académicos. La necesidad sirve de espuela al ingenio; el dinero, tal vez sólo de albarda.

Recuerda _Parmeno_ en el _Heraldo_ que los académicos están encargados también de conceder algunos premios á las mejores obras dramáticas escritas ó publicadas cada año, y que este premio no se ha concedido desde muy larga fecha. ¿Por qué? La suspicacia de _Parmeno_ señala los motivos probables. Fuera ridículo no recoger la alusión á mi persona, por la modestia de no aceptar un adjetivo laudatorio. Pero yo creo que _Parmeno_ está equivocado. Para optar á esos premios es condición precisa que el autor, por sí mismo ó por otra persona, la presente y someta al juicio de la Academia. Ni por mí, ni por persona autorizada por mí, he presentado yo nunca una obra mía á ese concurso. Primero, porque no tuve nunca la presunción de que una obra mía fuera la mejor de las representadas en temporada alguna. Después, porque al día siguiente de obtener el premio, la obra valdría lo mismo. Ya sabemos que los premios oficiales, con muy buen acuerdo, han de atender sobre todo á la ortodoxia de la obra. Esos premios han de ser siempre para los poetas--como dijo Heine,--que no tienen de poetas más que el ser virtuosos. Claro es que se puede ser virtuoso y ser buen poeta; pero también se puede lo contrario; porque yo creo que la virtud del poeta es... ser poeta. De otro modo, borraríamos de la lista á Cervantes, á Lope, á Shakespeare, á Byron, á Shelley--dejo á otros, y no de los peores,--todos gente poco disciplinada en su vida y en sus opiniones, difíciles de encasillar en partidos políticos, que pueden hacer gloria de su fama.

El artista que campa por sus respetos no espera nunca protección oficial. Con ese no pueden atarse dos cuartos de cominos--piensa el dispensador de mercedes.--Los cintajos y las distinciones son para el sometido. ¿Fulano?--dicen.--Sí, gran talento. ¡Si sentara la cabeza! Fulano tal vez sienta la cabeza, y aquel día quizás deja de tener talento, que el talento no es para sentado.

Cuenta Plutarco, de no sé qué general griego ó romano, quien, viendo combatir con furioso denuedo á uno de sus soldados, acercósele al terminar de la batalla y, admirado de su valor, quiso informarse de quién era. Supo entonces que aquel valiente era el hombre más desgraciado del mundo, por carecer de todo, y, que tan desesperada era su vida, que sólo buscaba la muerte. Concedióle el general riqueza y galardones, dióle mando y honores; y en otra batalla, á pocos días, vió cómo, en cobarde fuga, arrojaba las armas y corría á esconderse en lugar seguro. Acudió el general á reprenderle por su cobardía, y él entonces: ¿Qué te admira?--le dijo.--Ayer estaba desesperado; nada tenía que perder, nada me importaba la vida... Hoy soy feliz, soy rico... La muerte me asusta.

Y es que todo combatiente, soldado ó poeta, bien está sin premio. El valor y la inteligencia han de ser indomables, y las golosinas son grandes domesticadoras.

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A despecho de los verdaderos aficionados á la buena música, el intérprete se sobrepondrá siempre á la obra, y S. M. el Divo se alzará sobre Wagner en alas de Pussini. Mejor dicho, Puccini se alzará sobre Wagner en alas del divo. Ni estos falsos dioses tendrán nunca su ocaso, mientras vayan unidos, ni el Ocaso hallará nunca sus dioses mientras divas y divos prefieran la gloria personal á la pura gloria de someterse á no brillar como astros teatrales.

¿Por qué esa afición de los grandes actores y de los grandes cantantes á las malas comedias y á las malas óperas? ¿Es que su vanidad queda más satisfecha no consintiendo que la obra se sobreponga al intérprete? ¿No será posible hallar un gran artista que se resigne á interpretar verdadero arte? Mientras Wagner padece su ocaso, el tenor Anselmi impone á la admiración la _Tosca_ y _Romeo y Julieta_. Las abonadas sueñan con Mario Cavaradossi, con Romeo, con Des Grieux. Algunas sueñan con que Anselmi cante el dúo de los besos de _El conde de Luxemburgo_. Pueden pedirle que lo cante en la noche de su beneficio. El beneficio del tenor, naturalmente.

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Una historieta que refiere un periódico francés. Un padre acaudalado satisfacía con esplendidez todos los gastos de su primogénito; pero sorprendíale que, sobre la cantidad entregada mensualmente, el mozo le pidiera siempre un importante suplemento.

--¿No lo tienes todo pagado? ¿Qué significa esto?

--Esto significa, papá, que hay gastos... gastos, en fin, cuya justificación no debo detallarte, aunque tú debes comprenderla.

--Sí, lo comprendo; pero mira, para saber á qué atenerme, me pides lo que necesitas y, para justificarlo, me dices: «Gastos de caza, tanto», y no hay más que hablar.

--Convenido.

La partida quedó desde luego asentada en esta forma mensualmente. El respeto quedaba á salvo.

Con gran sorpresa observó el padre que la partida dejó de figurar en cuenta durante dos ó tres meses.

--Vaya--pensó.--¿Dónde cazará ahora mi hijo, que no me cuesta nada?

Pero cuál no sería su desencanto al leer, al cabo de cierto tiempo, esta nota de gastos suplementarios: «Al armero, 2.000 pesetas».

XLIV

Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una plaza pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de numerosos curiosos y de dos agentes de la autoridad, representación, no por modesta menos respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre los dos infelices guardas han caído todo el rigor de los superiores y todas las recriminaciones de la opinión. El señor presidente del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo los guardias los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para hacer efectiva la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si miramos á nuestra conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de los curiosos, lo mismo que en la punible de los guardias, síntomas de un estado de conciencia social del que todos participamos? ¡Era tan poca el agua! El niño, sin duda, podría levantarse y salir por sí solo. Tal vez si alguien se hubiera precipitado á socorrerle los curiosos se hubieran reído al verle chapotear en el agua; el regocijo hubiera subido de punto si era uno de los guardias. ¡Qué escena de película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos de los agentes de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos burlado del salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre hazaña! ¡Salvamento de náufragos en el pilón de una fuente! Chistes, caricaturas, ingenio... Las tragedias son así: necesitan un final trágico para que parezcan tragedias. Cuando se empieza á morir, hay que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era tanto el peligro? No culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias, más temerosos del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso chorreando! ¿No tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que acusarnos? ¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez indiferente, tal vez querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy poca agua, sin que nuestra mano se tendiera protectora, sin que diéramos el paso que corre á sostener, sin que de nuestros labios saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua ó llanto ¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde. El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas, dolores trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el gesto heroico? ¡El agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos! ¿Cuántas almas de niño no habremos dejado así ahogar, en muy poca agua, por no afrontar el heroísmo del ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre la palabra que debemos decir!

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La Academia de la Poesía se dispone á festejar el centenario de Cervantes, sin olvidar el de Shakespeare; pues tampoco los ingleses, según noticias, se olvidarán de nuestro manco, que no lo era para poder muy bien andar de mano con su contemporáneo glorioso. Aquí no puede decirse que baza mayor quita menor, y nunca estuvo tan en su punto lo de «región de los iguales».

Si atendemos al calendario parecerá que se toma con tiempo y que, del 1911 al 16, hay días sobrados. Pero el tiempo español, entre lo perdido y lo matado, y lo que se echa á perder y á morir, entre discusiones y discurseos, pasa sin enterarnos. La Academia cuenta con el apoyo de los Gobiernos. Digo de los Gobiernos, porque de aquí al 1916--perdone el Sr. Canalejas la desconfianza, que no es por él precisamente--¡sabe Dios cuántos Gobiernos se habrán sucedido! Es de esperar, no obstante, que todos se muestren por igual bien dispuestos á celebrar con todo esplendor y esplendidez tan señalada fecha. No es cosa de que se haga cuestión política, ni de que unos pretendan ensalzar á Cervantes por reaccionario y otros por liberal, y unos miren á Shakespeare como católico romano y otros le consideren como protestante. Nos gobiernen para entonces el Sr. Maura ó el Sr. Canalejas, creemos que, honras fúnebres más ó menos, con sermón del Padre Calpena ó del obispo de Sión ó del Padre Maestre ó del doctor Zacarías, lo demás todo será como esté proyectado, sin que haya un Sr. Rodríguez Sampedro que procure escatimar gasto alguno.

Desde luego ha de procurarse que el festejo sea de todos y para todos. Bien están los actos académicos, las ceremonias oficiales; pero sol, aire y plaza pública, sobre todo. Cabalgatas espléndidas, en que tomen parte nobleza, Ejército, artistas, sin temor al pícaro ridículo del disfraz ni de la exhibición. Representaciones callejeras de algunos entremeses de Cervantes, representación entre las frondas de la Moncloa ó de Aranjuez de alguna comedia de Shakespeare: _El sueño de una noche de verano_ ó _Como gustéis_. ¡Tanto puede hacerse con buen gusto y con arte! Debe pensarse que, cuanto mejor sea todo ello, será más productivo. En estas cosas la tacañería es lo más ruinoso. ¡A fantasear, poetas! Y sea la primera fantasía ver cómo se saca el dinero á los que lo tienen. No os detengáis ante ningún ditirambo adulador. Cervantes y Shakespeare eran los que eran y, ¡ay!, también adularon á los poderosos.

XLV

Los primeros pantalones femeninos, en su aspecto callejero y visible, han tenido un ruidoso fracaso; pero los modistos y modistas franceses, como si obedecieran á un alto mandato de la Divinidad, insisten en que nada podrá oponerse al triunfo definitivo de los calzones. Peores principios tuvieron otras modas, al fin universalmente aceptadas. Los primeros miriñaques, los primeros sombreros de copa, no lograron mejor éxito en sus comienzos. No podrá decirse que esta moda es señal de los tiempos modernos, ni uso impuesto por la vida en los pueblos civilizados; pues más que un avance hacia lo porvenir, trae á nuestra imaginación el recuerdo de Turquía y de Marruecos, y, ya más cerca de nosotros, la evocación teatral de _La conquista de Madrid_ y _El tributo de las cien doncellas_, memorias de los buenos tiempos zarzueleros, que no son ¡ay! para rejuvenecer á nadie.

Todo será que la vista se acostumbre. La caricatura y el teatro, pretendiendo ridiculizar la nueva moda, serán sus mejores propagandistas. Después las pastorales de algunos obispos y las predicaciones anatematizadoras, acabarán por decidir el éxito. En cuanto las mujeres crean que la moda es invención del demonio, no dudarán en aceptarla, seguras de que el demonio es muy inteligente en tentaciones.

En realidad, la moda nada tiene de impúdica. El aire y la lluvia pierden su imperio sobre ella; acabaron los graciosos efectos de falda recogida. Es una moda que, por su nombre, pantalones, promete más que cumple. Es más; que ha de dejar muchas promesas incumplidas, por dificultades de tiempo y de ocasión. A no ser, por lo que tiene de ley la moda, que pueda también decirse de ella: «Hecha la ley, hecha la trampa». Pero, hasta ahora, la trampa no parece por ninguna parte. Los modelos lucidos hasta hoy son de tanta seguridad como una caja de caudales. Quizás sea ésta la más clara señal de su modernidad. O acaso estén próximos los días, pronosticados por San Pablo, en que los hombres se subirán á los árboles por huir de las mujeres; y si ellas dan en trepar para perseguirlos, claro está que el pantalón es necesario.

Los sastres también pretenden, por su parte, dar algún golpe de efecto en la indumentaria masculina. Unos vuelven los ojos al año 30, otros reniegan de toda tradición y abren concursos entre dibujantes para hallar algo nuevo. Pero lo nuevo no parece; es casi seguro que volveremos á las modas del año 30; por lo menos, en los trajes de sociedad. Para los trajines de la vida diaria, el automóvil, la caza, el aeroplano, impondrán la moda con sus necesidades. Seremos de un siglo por el día y de otro por la noche. ¿No es así toda la vida moderna? ¿En quién de nosotros no vive, no piensa, no se agita la vida de cien generaciones futuras, que nos dice sin cesar: «¡Adelante, adelante!»? ¿Sobre quién no pesa la muerte de otras tantas generaciones pasadas, que nos dicen: «¿Por qué luchar, por qué inquietarse?» Por fortuna, la acción contradice á cada paso á nuestro pensamiento y nuestro pensamiento es constante contradicción de nuestras acciones.

* * * * *

El doctor Decref ha informado, con gran conocimiento de causa, en la Sociedad de Higiene, sobre la higiene en el teatro. Si grandes deficiencias puede advertirse en los teatros mejor acondicionados, en la parte destinada al público, que, al fin, es el que paga y puede gritar, aunque no grite lo que debiera, ¿qué no será en la parte destinada á los artistas y dependencias, que nada pagan y si gritaran no cobrarían? De éstos principalmente se ha cuidado el doctor Decref en su información, y bien pueden estarle agradecidos los interesados.

Ahora que, si la intención es buena, nunca la mala práctica puede oponerse con mayor razón á la generosa teoría. Los teatros por dentro son lugares en que toda infección debe tener su natural microbio; pero sin duda los que, por necesidad ó por gusto, pasamos lo mejor de nuestra vida en ellos, hemos logrado, por el mismo procedimiento, la inmunidad que logró Mitridates contra los venenos.

Casos de longevidad extraordinaria, muy frecuentes entre los actores dramáticos, son un verdadero escarnio contra todos los preceptos higiénicos. Y en cuanto á conservación y buen parecer, ¿en qué otra profesión puede llegarse á nada parecido? No ya entre mujeres del pueblo, envejecidas á los treinta años, aun entre damas de la aristocracia, muy cuidadas y muy bien prendidas, no se observa lo que es natural y corriente entre las actrices: una apariencia de juventud que llega á confundirse con la juventud misma. Hay actrices que le hacen á uno dudar de su fe de bautismo. Y ¡cómo se complacen y se recrean en humillarnos, con su invencible naturaleza y un poco de colorete por cómplices! Cuantos más años vienen sobre ellas, más los desafían invulnerables. Con un vestido blanco de lo más vaporoso y una pamelita de paja ornada de capullos de rosa, triscando por la escena, con la boquita fruncida y los ojos entornados, ¡cómo saben conmovernos llorando sus amores contrariados! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Primito! ¡Tiíta!

¿Y los galanes? ¿No es también admirable su estado de conservación?

Sólo en el teatro y en la política se es joven á los cincuenta años. Lo que prueba que nada significa el aire que se respira y el ambiente en que se vive. Acaso unos teatros muy higienizados y una atmósfera política muy purificada no permitieran esas perpetuas juventudes que son gala de tantos escenarios y de tantos Gobiernos.

FIN