De Sobremesa; crónicas, Tercera Parte (de 5)
Part 10
Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros, de las obras con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la extinción de la mendicidad. De todos estos programas, el único que suele cumplirse, y con creces, es el de la indumentaria femenina, dicho sea en honor de la mayor constancia del sexo débil en sus propósitos y determinaciones. Los empresarios estrenan lo que pueden, que no es siempre lo que quisieran; en cuanto á la extinción de la mendicidad... no pasa de conversación en que luce el ingenio de unos cuantos arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad... con el dinero ajeno. Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quiere sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el señor gobernador había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las localidades de los teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión de dicha autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida... Pero si argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad, necesarias? Tal vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén entre ellas los gobernadores civiles. Considerando el teatro por la parte del público, sí que es un lujo bien innecesario, como tantas otras industrias, si sólo atendemos á los que se gastan el dinero en disfrutar de los productos y no á los que se ganan la vida trabajando para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la necesidad... ¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos los empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos, ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución al conflicto; la gente adinerada es la que mejor puede pasarse sin teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos. Es achaque de los grandes hacendistas que nos gobiernan creer que los impuestos sobre los artículos de lujo los pagan los ricos. «Aquí, que no peco», se dicen... Los impuestos los paga siempre el que trabaja y produce. No es al que gasta y emplea su dinero en lujos ó en caprichos al que habéis de castigar con nuevas contribuciones; que esos, al fin, dan de comer á mucha gente y hacen circular el dinero, sino á los que guardan y atesoran dinero, improductivo y cobarde; dinero antisocial y antipatriótico; dinero de vagos, que deben ser tan perseguidos como los otros vagos de la mendicidad callejera.
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La familia y los admiradores de Tolstoi no ganan para sustos. ¡La guerra que dan estos apóstoles! Tantos disgustos trae á las familias la extremada virtud de uno de sus miembros, como el vicio más desordenado. Cierto que es de mucho gusto para los descendientes contar con un santo de la familia en el calendario; pero los infelices parientes contemporáneos pasan el sino. Vean ustedes este venerable conde de Tolstoi, que acaba su vida como la empezó aquel perdulario de Verlaine, escapándose con un amigo. Claro es que los motivos son muy diferentes; pero el disgusto para la familia es el mismo. ¡La pobre condesa! Ya le decía ella á cierto escritor inglés que fué á visitar al conde con intención de escribir un estudio sobre su persona y sus obras: «¿Quiere usted saber lo que piensa mi marido? Pues ya tiene usted trabajo, porque cada día piensa una cosa.» Y la posteridad será tan injusta que acaso cuente en el número de los santos al conde y se olvide de la pobre condesa.
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Ni el triunfo de una obra de cierto género supone el triunfo de todas las obras del mismo género, ni mucho menos el fracaso de todas las obras de un género contrario. El Arte es furiosamente individualista, y en él sí cada palo aguanta su vela. Hoy ríe el público con una obra cómica y mañana llorará con un drama. Lo de «El público lo que quiere es reir ó lo que quiere es llorar, ó quiere obras de tesis, ó quiere obras ligeras, ó que no quiere el verso, etc., etc.», son otras tantas vulgaridades. El público quiere obras de todas clases, cuando le divierten ó le emocionan. Ni es una novedad que alternen obras serias con obras regocijadas en los carteles. El teatro de la Comedia fué siempre de los más eclécticos. Allí se estrenaron los más caricaturescos _vaudevilles_ franceses y las obras de Dumas y Sardou, última palabra, en sus tiempos, del teatro «serio». Después hemos alternado en la mejor armonía autores de las más opuestas tendencias, y el público nunca tuvo preferencia por géneros ni por autores, sino por obras. Es de esperar que todo seguirá lo mismo. El público aplaude y ríe con _Genio y figura_ porque la obra lo merece, y volverá á aplaudir y á reírse cuantas veces acierten los autores cómicos, como bostezará ó se estará en casa cuando no acierten á interesarle los autores serios. Los fracasados son los que creen que cuando su obra ha fracasado ha fracasado todo un género... Nada de eso; en Arte no hay solidaridad que valga. Cada uno es cada uno. El público no sabe de nombres genéricos; sólo sabe de nombres propios. No hay, pues, por qué gritar: «¡Al arma, al arma!», y dejen los bien intencionados de meter cizaña entre los autores; haga cada cual lo que sepa y pueda, sin preocuparse de lo que hace el vecino. El verdadero vecino de enfrente es el público. En la Comedia francesa, el teatro más serio del mundo, después de una grave tragedia de Corneille, se representa el _Monsieur de Pourcegnag_, de Molière, la más grotesca farsa que puede darse, con sus boticarios jeringa en ristre corriendo por el patio de las butacas, y nadie se alarma y todo está bien, y ni Corneille ni Molière ni la seriedad de la Comedia francesa desmerecen por ello.
XXXIX
Discusión digna de los mejores tiempos de Bizancio ha sido la originada por el aumento del impuesto sobre legados á favor del propio testador; sobre todo, si son en provecho de su alma; que si algo deja para vanidades corporales, como embalsamamiento, entierro de lujo, mausoleo ó erección de cuanto cabe erigírsele á un difunto, allá el demonio ó la Hacienda con ello, que eso importa poco; al fin, todo será economizar un poco en estas materialidades póstumas. Pero si se trata de misas, oraciones y preces, ¡qué terrible responsabilidad la del señor ministro de Hacienda si, por disminuir con el impuesto la cantidad que debió aplicarse á los sufragios, el alma de algún difunto se ve privada del descanso eterno! Nadie mejor que el interesado puede saber el número de misas y de responsos que necesita, y es gran maldad entrometerse en esta administración que sólo corresponde á lo eclesiástico; que por algo cuando se deja á un moribundo bien dispuesto para el último trance, suele decirse que le han administrado. Y ahora cuántas almas, como la de Garibay famosa, vagarán sin reposo á falta de ese dinerillo interceptado por el Fisco. ¡Ay del señor ministro de Hacienda si dan en aparecérsele y en atormentarle tantas almas en pena! Ya, por lo pronto, anticipándose á los muertos, claman los vivos, precisos intermediarios en estas operaciones de salvamento de almas. Es triste cosa que todo negociado espiritual haya de traducirse en algo material y palpable. Por eso el señor ministro de Hacienda debe tranquilizar su conciencia, pensando que todo es cosa de almas, y que el alma de España, ese alma tan cantada en discursos y poesías, también tiene sus necesidades y que su espiritualidad sólo puede mostrarse por medio de organismos materiales que cuesta mucho dinero sostener. Y ¿de dónde sacarlo que menos duela que de las almas pecadoras? ¿Qué son unos años más de purgatorio ante la eternidad? Sobre que en muchos casos, al cobrar la Hacienda el impuesto de estos muertos piadosos, acaso no hará más que reparar un olvido de restitución y todo será para bien de las almas. En cuanto á los intermediarios, si tanto se preocupan por la salvación del difunto, no tienen más que rebajar los precios; después de todo, las oraciones no cuestan tanto trabajo. Todo menos que los muertos anden por el ministerio de Hacienda; porque los hay que, muertos y todo, harían inútiles las habilidades financieras del señor ministro para sacarles los cuartos.
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Una frase poco meditada, de una obra teatral, ha indignado á los estudiantes de Medicina. La frase mortificante era injusta sobremanera, y los autores han sido los primeros en declararlo lealmente, apresurándose á retirarla de la obra en cuestión. Es de esas frases que sólo tienen disculpa en el natural deseo en todo autor de halagar al auditorio á quien se dirige. Cierto que más debían meditarse cuando es menos ilustrado y menos puede pesar el pro y el contra. Justamente la clase médica es la más altruísta y desinteresada. En ninguna profesión se prodiga tanto la asistencia gratuita, y no hay médico, alto ni bajo, que al cabo del año no haya asistido á mayor número de enfermos, por amor á la humanidad, sin estipendio alguno, que á ricos clientes, buenos pagadores. Esto sin contar á los médicos de partido, verdadero apostolado de la Ciencia, indignamente retribuído. De modo que esos cadáveres destrozados no aprovechan solamente á los ricos, ni ¡qué mejor empleo puede tener un cuerpo muerto que servir al estudio y á los progresos de la Ciencia! Poco tiempo hace que un ilustre profesor de la Facultad, con admiración de todos, legó su cuerpo para tan altos fines.
Ahora, que los estudiantes, una vez retirada la frase, no debieron extremar su protesta. La frase era poco razonada; bastaba protestar contra ella con razones. No es conveniente sentar precedentes para otras protestas, que harían imposible toda crítica social en el teatro, en el libro y en el periódico. Ello ha sido que el incidente ha venido á parar en recordarnos uno de los más graciosos lances de Don Quijote: los autores arremetían contra los estudiantes, los estudiantes contra la Policía, y el señor Méndez Alanís contra el Gobierno. Por fortuna, no hemos llegado á la conflagración europea.
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En estos tiempos de mal entendida democracia, en que á duras penas se tolera que nadie se distinga, ni sobresalga, ni tenga iniciativa propia, y todos pedimos esa modestia que es el uniforme gris de los que no pueden ir mejor vestidos, nadie sabe el valor que supone la decisión de los hermanos Quintero al proponerse por su cuenta, á costa de su trabajo y sin otra cooperación que la del público, levantar un monumento al poeta de la Juventud y del Amor; que, por ser el poeta de una edad que es de todas las vidas, ha de ser un poeta de todas las edades del mundo.
Los que alguna vez hemos proyectado alguna idea generosa y pronto nos arrepentimos de ella como de una falta, desalentados ante la hostilidad de los unos, la indiferencia de los otros, el comentario burlón ó malicioso, que no dejan de suponer miras interesadas ó, por lo menos, afán de notoriedad--¡gran pecado para los que no pueden significarse á no ser en clase de mosquitos ó cualquier otro insecto molesto!,--sabemos lo que supone la ilusión, la valentía de los hermanos Quintero en su noble empresa.
El público ha respondido y responderá generosamente en todas partes. Alguna lamentable abstención pudiera notarse; esperemos que se enmendará á tiempo.
Sólo deseo á los aplaudidos autores que esa fe y esas ilusiones de su juventud no les falten nunca y no lleguen á sentir jamás, ante las ruindades de tantos tristes del bien ajeno, la tristeza incurable, por ser más noble, que produce en los espíritus generosos el mal ajeno.
XL
La conferencia de Ramiro de Maeztu, en el Ateneo, ha sido, y será por muchos días, tema preferente de discusiones. Inequívoca señal de su mérito y de su importancia. Vibrante síntesis de nuestra vida nacional fué la conferencia; tal vez con más apasionamiento que serenidad; pero ¡dice tan bien un noble apasionamiento cuando de algo que mucho nos importa se trata! Quede la plena serenidad intelectual para cuando hayamos de ser árbitros ó jueces en extraños asuntos; pero ¿cómo no poner calor del corazón en asunto tan propio?
Fueron las palabras de Maeztu el mejor espoleo para los espíritus dormidos, tardos ó cobardes: el mejor lazo para unir á los que, despiertos y fuertes, malogran, no obstante, sus alientos en el soberbio individualismo solitario. A los españoles, más que á nadie, conviene tener presente aquel apólogo oriental en que un padre muestra á sus hijos cómo un haz de mimbres apretado no puede romperse y qué fácilmente se quiebra cada mimbre, separado del haz, uno por uno.
Aunque á ratos pudiera dolernos y aunque algo en el fondo de nuestra conciencia protestara, bien hizo Ramiro de Maeztu en cargar la mano sobre los intelectuales, ya que á ellos se dirigía desde la tribuna del Ateneo. Hubiera sido flaqueza impropia de su espíritu independiente y concesión que no hubiera admitido su auditorio, incurrir en la fácil complacencia de esos predicadores que truenan contra los vicios del siglo; pero tienen la dulce oportunidad de tronar contra los pobres en iglesia de ricos, y al contrario. Ellos no faltan á la verdad en ningún sitio; pero les falta la verdad del sitio, que es un modo de faltar á la verdad como si se mintiera.
Los intelectuales oyeron sus verdades, y muy duras verdades. Algo puede decirse, y alguien lo dirá, en descargo suyo. Ahora, justo es también que los obreros oigan las suyas, y las mujeres, y la aristocracia, y que las palabras de verdad no sean perdidas; porque palabras nos vienen de todas partes, pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? ¿Qué serían los Evangelios sin Pasión y sin Muerte? Oratoria, poesía... bellas palabras.
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El Manzanares es digno río de la capital de España. Como la vida española, no tiene término medio: ó no se le siente vivir, ó da fe de vida turbulenta. Los Gobiernos pueden aprender en los ríos el mejor modo de gobernar á los pueblos. Canalizar es la mejor política. En lo espiritual y en lo material, tan dañosa es la sequía, por infecunda, como la inundación, por destructora. La inundación siquiera, como las revoluciones, si destruye al pronto, tal vez fecundiza para más tarde. Pero ¡pobres tierras las que todo lo esperan de la inundación ó de las revoluciones! ¡Dichosas las que ven regar sus campos regularmente por encauzadas y tranquilas aguas!
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Me parece muy bien que algunos críticos, fervientes devotos de la amable bagatela, dediquen columnas de encomiástica prosa á la tiple de sus simpatías y al garrotín de sus aspiraciones. Pero no me parecería mal, porque no creyéramos tan pronto que el instinto del pudor había desaparecido aunque haya venido muy á menos, que á la representación de _La vida es sueño_, en el teatro Español, se le concediera un poco de atención entretanto.
Se protesta, con la boca chica, contra la invasión de la ola verde y la ola que pasa de castaño oscuro, y de si aquí no se hace arte como se debe, y de si acá se debe porque se hizo arte; y, para una vez que se presenta ocasión de celebrar una noble tentativa artística, silencio ó discreción con sordina parecida al silencio.
_La vida es sueño_, no representada en el teatro Español con frecuencia desde los tiempos de Rafael Calvo, ha sido ahora muy decorosamente presentada, revelando una cuidadosa dirección escénica. Ricardo Calvo es el mejor Segismundo que hemos visto, después del inolvidable Rafael Calvo, el actor de nuestra juventud y de nuestros entusiasmos. Los demás actores componen un excelente y armónico conjunto. La obra... no es para morirse de risa; pero puede oirse todavía. Algunas de antes de ayer están más viejas. En fin, que por mucho menos, pero muchísimo menos, hemos leído sartas de elogios que siempre quisiéramos ver más justificados que la parquedad de ellos en esta ocasión.
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Nos extrañaba que las calles de Madrid estuvieran tan sucias. Ahora nos extrañará verlas alguna vez medio limpias. Nos hemos enterado de que, para poner remedio á la suciedad, cuenta el Ayuntamiento con 80 barrenderos... para todo Madrid. ¡Eso es lujo! ¡Vaya, que si no se puede comer sopas en esas calles!... ¿Para cuándo esa subvención á la capital? ¿Cuándo se convencerán los Gobiernos de que con calles limpias y carreteras bien cuidadas y bonitos paseos, estaríamos tan á gusto, aunque nos suprimieran las garantías constitucionales, que no son de uso tan constante y necesario?
¡Estas calles de Madrid!... Créalo el Gobierno: hoy por hoy, es la única oposición seria con que cuenta. Una vez arregladas y limpias ¡ríase el Sr. Canalejas de los quinquenios conservadores!
XLI
Cuenta Gracián en su _Criticón_--perdone _Azorín_ que me entre por sus dominios--que, cuando españoles, portugueses, ingleses y holandeses descubrían y se posesionaban de vastos territorios en el Nuevo Mundo, acudió Francia en queja al supremo tribunal de la justicia divina, lamentándose de haber sido olvidada en el reparto. Y el alto tribunal contestó á la querella: «¿Y qué necesidad tienes, ¡oh, Francia! de unas Indias? ¿No tienes ya bastantes Indias con España? Toda su riqueza y la de sus Indias viene, al fin, á ser tuya; que los españoles te la ofrecen gustosos, á cambio de tus baratijas.»
Aparte de que Francia no se halla hoy tan desprovista de territorios coloniales, nuestra situación tributaria no ha cambiado mucho, y aun somos unas ricas Indias para nuestra buena vecina y no tan buena aliada. Hasta el premio «gordo» de Navidad aprendió el camino, y este año se pasó á los franceses. ¡Hay para armar otro Dos de Mayo! Tal vez más justificado que el otro, que, al fin, entre unos buenos millones y unos infantes simples no hay comparación posible. ¡De salud sirvan! _¡Bon profit, messieurs!_ Y á ver si alguna de nuestras Oteros de exportación es la alcaldesa de Mostóles de esos milloncejos, y algún _maquereau_ de casa, que también los exportamos excelentes, se encarga de reintegrarnos, en todo ó en parte, de ese renegado premio. Pero ya verán ustedes como lo único que nos llega, en compensación, es algún artículo de costumbres españolas poniéndonos de vuelta y media por la inmoralidad de nuestra lotería.
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Nadie más obligado que los tradicionalistas á celebrar las fiestas tradicionales, y así la minoría parlamentaria, representante de las viejas ideas, no ha querido que se suspendieran las sesiones de Cortes sin hacer la Pascua y sin dar su inocentada. La sesión permanente ha tenido de una cosa y de otra. Por fortuna, los señores diputados son gente de buen humor y se han divertido en la sesión nocturna más que un hortera en baile de máscaras. Chirigotas, cuchipanda, amiguitas en la tribuna; no han faltado más que las serpentinas. Y los de la obstrucción, ¡Jesús, qué graciosos! De público, muy bien: todo el de las últimas secciones de los _cines_. Con sesiones nocturnas tan divertidas se acababa con la inmoralidad de esos espectáculos, corruptores de la ancianidad y que tantas falsas alarmas pueden producir en algunos apacibles tálamos. Los de fuera, que en este caso es el público que paga, pensando, aunque la ley del «candado» sea muy conveniente, que tal vez no fuera malo una ampliación aplicable á ciertas agrupaciones y á algunos oradores.
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A propósito de inmoralidad y de candados. Distinguidas señoras pretenden que los Poderes públicos intervengan en la moralización del teatro. ¡Ay, señoras mías! Y ¿quién tiene la culpa de eso que ustedes llaman licencia y escándalo? Pues la educación que dan ustedes á sus hijos. ¡Cómo!--exclamarán ustedes, indignadas.--¡Una educación cristiana, en colegio de Padres religiosos! ¿A eso llama usted mala educación? ¿Esa puede ser la causa de que una señora decente no pueda siquiera leer los anuncios de la sección de espectáculos? Sí, señoras mías, nobles y honestas damas: la Iglesia, que en otro tiempo tuvo manga muy ancha con el Arte y era maestra y depositaria de buena literatura, hoy más que nunca, asustadiza de la funesta manía de pensar, no educa el gusto ni el sentimiento artístico de los jóvenes encomendados á sus enseñanzas; anatematiza todo arte, toda literatura que no sea de propaganda en favor de sus ideas, cada vez menos amplias, más intransigentes. En sus clases de literatura se habla más del Padre Coloma que de Cervantes; no se inspira afición y respeto, sino horror y desconfianza á los nombres más ilustres y gloriosos. Mientras la sujeción y la tutela de los maestros dura... menos mal: no leen á Pérez Galdós; pero tampoco van á recrearse con una de esas empecatadas obrillas de título equívoco y de inequívoco mal gusto. Pero al verse libres, ¿qué tendrá mayor atracción para ellos? ¿Una obra de verdadero arte, que no sabrán apreciar porque no les educaron el gusto para ello, ó el espectáculo grosero, el de los chistes á su alcance, del que nadie les apartó con energía porque una blanda absolución les tranquilizó antes por este pecadillo que por la lectura de una obra enemiga? ¿Qué importa que la carne se turbe si no se turba el pensamiento? Lo que los buenos Padres quieren son almas y pensamientos... lo demás ¿qué importa? Lo demás se lava y se plancha y queda como nuevo para un matrimonio ventajoso, para un alto cargo y, sobre todo, para un ejemplar testamento con especiales mandas y legados piadosos.
Hay una juventud incapaz de sentir emociones de arte, porque no la educaron en el sentimiento de sus delicadezas. No os quejéis á los Poderes públicos, señoras mías: tenéis los hijos que os merecéis, y vuestros hijos tienen los espectáculos que se merecen. El Arte en general, el teatro en particular, no son causa de nada; son el efecto natural de muchas causas.
¡Ah! El año pasado tuve, con el concurso de otros autores, el costoso capricho de iniciar un teatro para niños. No solicitamos licencia del ordinario, ni pedimos el visto bueno de ninguna cofradía, porque no hay conciencia, por enlodada que estuviera al roce de las miserias humanas, que no sepa por sí misma, bien claramente, el respeto que se debe al alma de un niño. Acudieron madres y niños de la clase media y de las clases populares... A la sociedad elegante no tuve el gusto de verla por allí. Sus automóviles y sus coches lujosos estaban á la puerta de otros teatros de garrotín y desvergüenza. Se comprende que acudan á que la autoridad les moralice el teatro los que no saben contenerse en su curiosidad por las inmoralidades.
XLII
Si por bohemia se entiende independencia de nuestro espíritu, amplitud de nuestra vida, nunca subordinada á un solo medio social; personalidad tan enérgica que pueda comprender mil distintas personalidades, sin que nuestra propia personalidad se pierda hasta desaparecer entre todas ellas; simpatía por cuanto existe, sin resignación á que todo siga existiendo lo mismo, si la bohemia es lucha y rebeldía y fuerza y vida... cierto es su encanto. Pero si la bohemia es sólo necesidad hecha vicio, que nunca de la necesidad se pudo hacer virtud; si es limitación de nuestra vida á un solo medio miserable, desordenadamente ordenado en la monotonía de vagar por los mismos lugares, entre las mismas gentes; si es flojedad y desmayo y sumisión y abdicaciones y miseria, en fin, espiritual y física, no habrá quien nos persuada de sus encantos, ni en prosa, ni en verso, ni con música.