De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)
Part 9
Entonces, dirán ustedes: más que un teatro para divertir á los niños, hacía falta uno para educar á los grandes... Sería inútil. Habría que cerrarlo. Parecería inmoral.
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XXVI
Me preguntan, unos de buena fe, otros, acaso con la misma intención con que el cura del cuento preguntaba al muchacho si, puesto que Dios estaba en todas partes, estaría también en el corral de su casa; para poder decir: ¡Cogíte!, si en el futuro teatro de los niños tomarán parte principal actores infantiles. No, señores, no; no hay cogíte, que en casa no hay corral. Y si el teatro de los niños á divertirlos ha de estar dedicado, mal cumpliría, si para divertir á unos había de mortificar á otros. Cuando alguna obra exija algún personaje infantil, niña ó niño, no faltarán zangolotinos de ambos sexos que sepan dar al público la ilusión de la infancia.
Garridos muchachotes fueron Ofelia y Julieta, en tiempos de Shakespeare--sin que el autor de _Un drama nuevo_ se hubiera enterado.--Y después de todo, de la juventud á la niñez no es tanta la distancia como de la juventud á la madurez bien madura, y todos los días vemos en esos teatros galanes y damas polleando--sobre todo, damas, que ya eran gallos, con sus patas de lo mismo y todo, cuando uno estaba en plena edad del pavo. Como que al verlos suspirando amores, más ó menos contrariados le dan á uno ganas de vestirse de marinero y rodar una naranjita, si no fuera el temor, que ellos no tienen, á la voz implacable que oyó en semejante caso, el famoso Sr. Patiño.
No quiere esto decir que, el estudiar y representar comedias, no sea conveniente para los niños. Es un buen ejercicio de memoria, de entendimiento y de pulmones; se adquiere, además, soltura y elegancia en la dicción y en los modales. Para niños están escritas y para ser representadas por ellos, numerosas comedias inglesas y ¿quién duda que los ingleses saben educar á sus niños? Pero una cosa es representar particularmente para recreo propio y de los amigos, y otra la profesión teatral, más agradable en apariencia, pero no menos nociva que otras para la salud de los niños.
Tranquilícense, pues, los que quisieran verle á uno cogerse los dedos á cada paso. En el teatro de los niños no habrá más niños que los espectadores.
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Algo de bizantinismo puede parecer en las presentes circunstancias, preocuparse por fruslerías; aunque ¿quién sabe en el mundo cuáles serán las verdaderas fruslerías? Todo consiste en contemplar el hormiguero de la tierra ó el hormiguero de los astros, como lo contemplaba Orozco, el magno personaje de Galdós, limpiando en la contemplación su espíritu de mezquinas pasiones terrenas.
Nada se dice del Teatro Nacional, nada tampoco de la concesión del Español. El primero, ya sabemos que lucha con dificultades de instalación. Pero el segundo... ¿Á qué se espera? ¿Se adjudicará, como siempre á última hora, sin tiempo de preparar compañía ni obras? No valía la pena entonces de mostrarse tan intransigentes con otros concesionarios, ni de negarse á ceder el teatro al Estado.
Una temporada digna del que hemos convenido en llamar nuestro primer teatro, no se improvisa en cuatro días. Se asegura que son varios los solicitantes; que la santa recomendación hace de las suyas. Entre los nombres que suenan--y este no necesita recomendación,--figura el de Carmen Cobeña. De otros se habla también con grandes méritos y prestigio... para el teatro francés. El Ayuntamiento tiene la palabra. No creemos que por ser de Madrid, pretenda hacer en su teatro un Dos de Mayo á la inversa.
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Continúan en Munich las representaciones del teatro Artístico; muy interesantes para todos los que de arte teatral se preocupan. Su sistema de _mise en scene_, que pudiera llamarse sintética ó simplificada, es muy digno de estudio y debiera aplicarse siempre que de obras de imaginación y de poesía se trata. Las obras de Shakespeare pueden así representarse con todos sus cuadros y mutaciones, sin el cansancio que producen los repetidos intermedios prolongados. Contra el sistema de acumular detalles, de mayor vistosidad que buen gusto, casi siempre, la decoración, en el teatro Artístico, es sólo un fondo de cuadro, lo preciso para animar á las figuras con su propio ambiente, sin avanzar ni sobreponerse á ellas. La armonía de luces y color es perfecta. En _El Mercader de Venecia_, un fondo de cortinas verdosas, una mesa con las tres cajas del enigma; la figura de Porcia, vestida de un brocado de rosa y oro; la de su dama, vestida de verde, en tono más claro que el fondo; la figura del príncipe de Marruecos, envuelta en un blanco albornoz; la del príncipe de Aragón, como figura de una talla del siglo XV, forman un cuadro acabado, con los más sencillos medios de ejecución. En el último cuadro, un muro agrisado, la sombra de unos pinos, bastan á proclamar toda la poética emoción de aquellas últimas escenas en el jardín de Porcia, saturadas de poesía.
No en todas las obras representadas se ofrece el mismo artístico conjunto. En algunas, la _mise en scene_ es del antiguo régimen, y en alguna del malo. Pero en _El Mercader de Venecia_, en _Lysistrata_, en _Hamlet_, tienen mucho que aprender los directores de escena y los escenógrafos.
Sabido es que en Alemania fracasó el célebre actor inglés Mr. Tree, que presenta las obras de Shakespeare con una suntuosidad más propia de comedias de magia ó revistas de espectáculos. Los alemanes, acostumbrados á su teatro Artístico, opinaron que en el Shakespeare de mister Tree, como en el conocido cuento, los árboles no dejaban ver el bosque. ¡Y cuando el bosque es Shakespeare!
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XXVII
El Señor nos libre de jueces negligentes ó corruptibles; pero no deje de librarnos también de los íntegros y celosos, que apenas tropiezan con persona de algún viso social en el enredijo de sus actuaciones, por dejar bien sentada la inflexibilidad de su justicia, al menor indicio no dudarán en presumir la culpa; como si quisieran decirnos: Aquí, que no me dirán que peco.
Bien está que la recta espada y la fiel balanza no distingan de clases ni de personas; pero no por igualar desigualemos tanto que la camisa limpia venga á ser un indicio de culpabilidad, y el ser grande de España y caballero de alguna orden, antecedentes penales. Peligrosas prendas son en estos tiempos la levita de los caballeros y el sombrero de las señoras; pero aun no deben considerarse como agravantes. Se puede vestir bien y ser persona decente.
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Aunque otras ventajas no tuvieran las guerras--deben de tener otras muchas,--la más indudable es la de contribuir á la difusión de la cultura. Así, en España, gracias á las algaradas rifeñas, es seguro que cada diez ó doce años venimos á enterarnos de una porción de cosas que, apenas pasada la excitación guerrera, nos apresuramos á olvidar, para tener el gusto de volver á recordarlas á la primera ocasión.
Difícil es, sin embargo, poner de acuerdo las diferentes versiones. Á estas horas hay quien nos ha mostrado el Rif como una tierra de promisión; y sólo le ha faltado enviarnos de muestra un buen racimo de uvas, como aquel de que nos habla la Biblia. Otros, en cambio, nos dicen que aquello es de una aridez que espanta; arenales ó riscos. Ello dependerá de la parte que cada uno mire, y lo más probable es que allí haya un poco de todo. Más cerca está nuestra Castilla y hay quien la supone una llanura sin fin, seca y desolada; mientras otros nos hablan de sus sierras pintorescas, de sus arboledas frondosas...
Sin ir más lejos; se habló de la utilidad que en la campaña podrían prestar los camellos--produciendo la natural alarma en algunos organismos oficiales docentes.--En seguida hubo quien puso el grito en el desierto. ¿Camellos? Los camellos no sirven allí para nada. Y nos dieron un curso de zoología y otro de topografía, y á todo esto sin saber á qué joroba quedarnos. ¿Sirve el camello? ¿No sirve el camello? ¿El camello es lo mismo que el dromedario? ¿El camello tiene una sola joroba ó puede tener dos jorobas, como se puede ser miembro de dos Academias ó presidente de varias corporaciones, como D. Alejandro Pidal: pongo por compatibilidades?
No hay duda; las guerras ilustran. La letra con sangre entra. No hay idea de lo que vamos aprendiendo ahora, y que nunca hubiéramos llegado á saber en tiempo de paz. La paz enmohece los espíritus. Sin las guerras napoleónicas, el espíritu de la Revolución francesa no se hubiera difundido tan rápidamente por Europa. Hay quien dice que nada se hubiera perdido y hasta que podía perdonarse el bollo por el coscorrón, como si todo progreso de la humanidad no hubiera costado muchos coscorrones.
Hay quien contradice: ¿Y las conquistas de la Ciencia y del Arte y de la Industria, no son pacíficas? Tampoco. Pacíficas para los pueblos; pero los hombres de ciencia, los artistas, los industriales, los trabajadores, ¿no han regado con su sangre--del cuerpo y del alma,--el campo fecundo de sus descubrimientos, de sus creaciones, de sus inventos? No hay trabajo sin pena, y hasta la contemplación es dolor.
¡Guerra, guerra siempre y en todo! El reino de los cielos ha de ganarse con violencia, nos dice el Evangelio. Sin duda, con violencia sobre nuestras pasiones, sobre nuestros instintos. ¿Qué mayor combate? El que quiera lograr algo en la vida, hay día que pueda encontrarse sin alguna baja en su corazón y en su entendimiento: El amor de ayer, la verdad de ayer, la ilusión, que parecía de toda la vida...
¡Cuántos muertos enterraremos al cabo del tiempo en nosotros! Así, cuando alguien nos dice: Usted, que ya ha triunfado; nos da ganas de decirle: Triunfar, ¿dice usted?... Y yo creí que venía derrotado. Y es que si nos paramos á contar nuestros muertos, cualquier triunfo parece una derrota.
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Ecos del veraneo. En la terraza de un casino.
Se habla de una señora casada, que se permite los más variados y escandalosos coqueteos con unos y con otros.
--Está dando mucho que hablar--dice una amiga.
--Pues hace muy mal--dice otra.--Porque ella no tiene posición.
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XXVIII
Peligroso sistema es el de algunos predicadores y moralistas, que para llevarnos después con mayor fuerza al aborrecimiento de vicios y pecados, van puntualizándolos y describiéndolos primeramente, con tal viveza de colorido, que tal vez cuando llega la ducha fría de la moraleja, anda ya el mismo demonio desatado por nuestra imaginación, impresionada por la primera parte del discurso, más pintoresca y amena que la segunda. Sabido es que de cien lectores de la _Divina Comedia_, noventa y nueve no pasan más adelante del Infierno, y si algunos pasan del Purgatorio, pocos son los que llegan al Paraíso.
Los episodios dramáticos y pasionales del Infierno, con la sabrosa comidilla de saber allí á muchos ilustres personajes, interesan nuestra atención con mayor fuerza que las disquisiciones teológicas y descripción de celestiales bienaventuranzas de la segunda y la tercera parte.
Cuando se quiere moralizar con fruto, bueno es ir á lo moral por lo más derecho, sin entretenerse en pinturas de inmoralidades, porque, aparte de que las comparaciones son odiosas, es el espíritu humano de tan depravada condición, desde la caída del primer hombre, que ¿quién nos asegura de que metidos en comparaciones no salga perdiendo la moralidad y todo el sermón venga á ser perdido? Sin contar con que nunca faltan descreidotes y socarrones, muy al tanto de los efectos oratorios, que acudan á divertirse con la primera parte, la de las vivas pinturas, y cuando toquen á moralizar salgan más que á paso y más empecatados que vinieron.
Por todo esto, y algo más, tengo por peligrosa la publicación de proclamas disolventes en que se abomina de todo el orden social. Este admirable orden social en que tan á gusto vive una pequeña parte de la sociedad que, por fortuna, es la que tiene el dinero. Claro es que á ésta le pondrá carne de gallina la lectura de esas abominables proclamas, y comprenderá la buena intención al publicarlas en poner de manifiesto lo que tanto energúmeno piensa y maquina para acabar con el mundo, si les dejaran. Pero ¿y á la otra mayor parte, no tan bien hallada en este rico mundo? Á tanto cerebro debilitado por la escasa alimentación, ¿qué efecto puede producirles? Son lecturas esas demasiado fuertes para estómagos desfallecidos.
Y ¡si después de las terribles proclamas, el moralista nos brindara con palabras de paz y de dulzura!, pero no; á la proclama del desorden, responde la del orden; no sabemos cuál más temible; energúmenos por abajo y energúmenos por arriba... ¡Sí que es para pacificar los espíritus!... Á los de casa no nos llega la camisa al cuerpo. ¡Qué extraño es que los de fuera quieran meterse en camisa de once varas! Y á todo esto sin saber si Anatole France vale ó no vale. En la duda, bueno es volver á leer _La Isla de los Pingüinos_, mas que traducida al español, adaptada á la vida española. ¡Porque vaya si estamos pingüinos unos y otros! Y el que quiera salirse del corro, que levante el vuelo.
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Tan metidos estamos en pelea, que hasta de asunto en apariencia tan pacífico como la adjudicación de un teatro--verdad es que se trata del teatro Español, y el nombre obliga,--damos batallas y nos dividimos en bandos.
Se habla de intereses materiales y de intereses artísticos. ¡Otro afán español, este de separar lo material y lo espiritual, como si fuera posible plena vida sin el sano consorcio de espíritu y materia!
La palabra negociante está muy desacreditada, y conviene rehabilitarla. De lo que hay que huir es de un mal negociante, pero del que sepa serlo, nunca. El buen negociante sabe lo que son cantidades morales y sabe sumarlas. El mal negociante cree que el arte no da dinero; el buen negociante sabe que el arte puede dar dinero, si es verdadero arte. No es bueno todo lo que da dinero por esos teatros; pero obsérvese que siempre es lo menos malo.
Yo aconsejaría á Federico Oliver, ya que por garantías artísticas ha conseguido la concesión del teatro, que se sintiera ahora lo más negociante posible, y en este caso, atento al negocio sobre todo, contratara una buena compañía; admitiera muy buenas obras y las presentara con la mayor propiedad. En esto consiste el buen éxito de los negocios teatrales, y del conjunto de todo esto--¡qué rareza!, ¿verdad?--cuando se ha hecho un buen negocio, suele resultar que también se ha hecho arte.
¡Ah! Evítense las falsificaciones. Las más corrientes en las obras teatrales suelen ser: de lo literario con lo soso, de lo profundo con lo aburrido, de lo nuevo con lo extravagante, de lo poético con lo cursi, de lo atrevido con lo grosero. Todas estas falsificaciones se encierran en una: Tener el teatro vacío y decir que fué porque se hizo arte y el público no supo apreciarlo. El verdadero arte del teatro es... hacer negocio, y el verdadero negocio es... hacer arte. Shakespeare y Molière ganaron mucho dinero como empresarios. No sé si podrá decir lo mismo el señor Reinot.
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XXIX
Si alguna vez--no lo permita Clio,--me viera precisado á escribir ó á explicar un curso de Historia de España en los tiempos modernos, por cuanto á su historia política se refiere, les aseguro á ustedes que saldría pronto del paso. ¿Gobiernos? ¿Cambios de política? ¿Conservadores, liberales? Es lo mismo. En España, en los modernos tiempos, no hemos tenido mas que un solo gobernante: el miedo.
Véase la clase: período de la Restauración; miedo á los republicanos. Todos los esfuerzos, toda la energía y todas las habilidades del que por entonces fué el amo de España, no tuvieron más alto fin que desbaratar y quebrantar á los republicanos. Acaso hubiera sido mejor política educar al país y fortalecer su voluntad por si llegaba el caso en que tuviera que gobernarse por sí mismo... Pero no, aquel gran pedagogo á la antigua española era de los que consideraban á los pueblos como eternos niños ó incapacitados... Adelante. Período de la Regencia: miedo á los carlistas, concesiones y mimos á Roma y contemplación de toda clase de gaitas eclesiásticas... Después, hasta nuestros días, un poco de miedo á los obreros; coqueteos socialistas, leyes y disposiciones mal meditadas, como procedentes del miedo más que de un espíritu de justicia... Después, miedo al catalanismo. Ídem, ídem de lienzo, con el feliz éxito que todos hemos podido apreciar... Ahora, miedo á... Miedo al valor, que es un colmo; miedo siempre y á todo. Y ¿es posible que una nación gobernada por el miedo pueda prosperar ni engrandecerse?
Muchas vueltas da en estos días el espíritu nacional en torno al Gurugú; esos riscos que han llegado á ser como símbolo de la barbarie atrincherada entre piedras y sombras... Más debiera de preocuparnos los muchos _gurugús_ que tenemos en nuestra casa.
Hay en España una juventud que, ó se ha educado por sí misma, ó ha sabido elegir mejor conductores que los designados por la sabiduría oficial; hay en esa juventud políticos no malogrados todavía por el contacto con _los viejos_, aunque por mal entendidos respetos parezcan dejarse dirigir por ellos... ¡Déjense de respetos que nadie ha de agradecerles! ¡Juventud española, adelante, arriba á la conquista del Gurugú nacional! El Miedo ha gobernado bastante.
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En estos días, principio de la temporada teatral, es cuando mas compadezco á los ministros y grandes personajes. ¿Qué será de ellos todo el año, si uno, pobre autorcillo de comedias, con esfera de influencia tan reducida, se ve abrumado de solicitudes y demandas de recomendaciones?
De todas ellas, ningunas tan embarazosas como las acompañadas de manuscrito; con aquello de: Deseo conocer su sincera opinión... Y aquí del problema. ¿Puede darse la sincera opinión? _Doit-on la dire?_ Como preguntaba el autor cómico francés, en asunto no menos peliagudo que este de opinar sinceramente sobre una comedia.
Aparte la desconfianza en el propio criterio y mucho más en el del público. ¡Ve uno aplaudido tanto desatino! ¿Quien cae en el lazo de opinar sinceramente, cuando la opinión es desfavorable, y por serlo, inmediatamente ha de parecer equivocada, ó lo que es peor, tal vez envidiosa?
Pedirle á uno opinión en materia tan delicada, que atañe al buen juicio y entendimiento del demandante, es examinarle á uno de educación más que de otra cosa.
Del: Usted, que es una autoridad; al: ¿Quién es él para juzgar mi obra?, no hay más que un tramo de escalera. Y, sin embargo, hay ocasiones en que quisiéramos bien ser sinceros y que nuestra sinceridad no dejara lugar á dudas. El desengaño es triste, pero el engaño es cruel. Si aun las verdaderas y legítimas musas suelen causar muchos destrozos á su paso, ¿qué estragos no causará la _musa loca_?; esa musa que tan bien nos presentaron los Quintero en los lances sainetescos y trágicos de una bella comedia.
No saben los portadores del manuscrito de sus ilusiones, el verdadero conflicto dramático que nos plantean al solicitar humildes una opinión franca.
¡Cuántas veces á trueque de antipatías, con la dudosa esperanza de que algún día fuera mejor apreciada mi lealtad, he preferido como Segismundo: _Por ser piadoso contigo, ser cruel contigo ahora_!... ¡Pero advierto una tal expresión de tristeza ante el desengaño! ¡Hay tan pocas verdades que compensen la pérdida de una sola ilusión! Y, después de todo, ¿para qué anticiparnos unos años, unas horas, á la verdad que ha de decidir, por fin, la vida, con su autoridad inapelable?
Y aun la vida no suele convencernos. También puede equivocarse. Y nosotros, ya que podamos como ella equivocarnos, no seamos crueles como ella. ¡Permitid, señora conciencia, que nunca falte una amable mentira en nuestros labios, cuando alguien se llega á pedirnos una opinión sincera!
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XXX
Sultán estar amigo, francés estar amigo, todos amigos; pero entre las grandes potencias y las pequeñas impotencias, entre notas diplomáticas, manifestaciones callejeras delante de nuestras embajadas y artículos periodísticos, nos están poniendo por esos mundos, cual dirían conservadores, si estuvieran en el poder los liberales.
En vano es que de cuando en cuando, la contaduría de aquí procure endulzarnos tanta amarga píldora, copiando algún artículo ó sueltecillo de las contadurías de por ahí. Todos sabemos á qué atenernos, y el público hace de ellos el mismo caso que de los desacreditados reclamos teatrales cuando anuncian después de un fracaso en parecidos términos: Cada día es más aplaudida la obra tal, estrenada con tan extraordinario éxito. Aligeradas algunas escenas, suprimidos varios números de música, más seguros los actores en sus papeles y corregidas las deficiencias en decorado y vestuario, las representaciones se cuentan por llenos. En vista de tan extraordinario éxito, la empresa ha acordado rebajar el precio de las localidades.
Una cosa así, salvo la rebaja, vienen á ser esos sueltos, soltados por algún amable periódico europeo, con los que se ufanan nuestros gobernantes, como se ufana el que soltó una paloma mensajera, al verla regresar con toda felicidad al palomar de procedencia.
Entre tanto, vuelan á su antojo aves de rapiña; aves de mal agüero y toda clase de «canards».
Siempre fué prudente regla de conducta lavar en casa la ropa sucia; ahora nos hemos vuelto rumbosos y la damos á lavar fuera, y como está algo pasadita, van á dejarnos sin tener que ponernos, como no sea un conservador atrás y un neo _alante_; traje poco á propósito para presentarnos en la buena sociedad europea.
Los franceses, sobre todo, se exceden en demostrarnos su buena amistad. Están seguros de que no hemos de enfadarnos. Tenemos allí, para corresponderles con agradecimiento, á la flor de nuestra aristocracia y de nuestra elegancia, veraneando en Biarritz y vistiéndose en Bayona.
En España no hay donde veranear á gusto. San Sebastián es demasiado ciudad para vida de veraneo, y las pequeñas playas carecen de todo «confort»... Es posible; pero, ¿faltan veraneantes porque faltan comodidades, ó faltan comodidades porque faltan veraneantes? San Sebastián y Biarritz no improvisaron hoteles, villas y casinos en espera de gente; fué la gente, prefiriendo esos, que eran pueblos de pescadores, y pasando por mil incomodidades en los primeros años, la que fué dando vida y comodidad á esos pueblos. Como ellos hay muchos en España, que pudieran rivalizar con las playas francesas y con la única de moda en España. Claro está que es más cómodo encontrarse con todo hecho y bien dispuesto que pasar fatigas y molestias de descubridores y colonizadores. Pero, ¡señoras y señores míos! El patriotismo no debe mostrarse sólo en caso de guerra, hay un patriotismo de la paz, tal vez más difícil y menos brillante, que consiste en una porción de pequeños sacrificios por parte de todos; pequeños sacrificios que hacen á las naciones grandes.
Esos pequeños sacrificios, no tan penosos como labrar surcos, partir piedras ó sepultarse en minas, consisten para las clases pudientes y directoras en bien poco; en vestir algo más cursi unos cuantos años con lo de casa, para enriquecer á la industria y al comercio nacionales, y llegar á vestir con lujo y con gusto, sin necesidad de acudir para ello á Bayona y otras grandes capitales extranjeras; en conformarse con veranear modestamente en un modesto pueblecillo, para que vaya prosperando, y al cabo de unos años nada tenga que envidiar á esas encantadoras playas francesas; en aburrirse por algún tiempo benévolamente, como saben aburrirse los grandes señores, con nuestros novelistas, con nuestros autores dramáticos, con nuestros músicos, con nuestro pobre, pero bien intencionado arte, para que, animados nuestros modestos artistas con nuestra benevolencia, lleguen á sentirse grandes y capaces de producir grandes obras.