De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)

Part 8

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Y este, en verdad, es muy reducido, aun para esos grandes hombres. ¡Pero decir que en su tiempo ninguno fué estimado! Algunos, quizás, más justamente y en su punto que lo habrán sido después; al través de estudios críticos que los desfiguran.

Ya sé yo que hay ejemplos para todo, Wagner, Bizet, Ibsen... Pero nunca fué el público el que los rechazó; si así hubiera sido en absoluto, toda reparación hubiera sido imposible. ¿Quién iba á resucitar obras de quien nadie se acordaba? No el público, la crítica, siempre más conservadora que revolucionaria, fué la que ridiculizó, combatió y retrasó el triunfo de muchos artistas. ¿El público? Sí... extraña, no comprende tal vez del todo... pero algo queda, y, como dice Bernardo Shaw: «El que ha visto una vez un drama de Ibsen, acaso se aburrió durante su representación, acaso dice: «Esto no es teatro»; pero, á pesar de ello, sigue pensando en él, y... acaso no le gusten los dramas de Ibsen; pero lo cierto es que no vuelven á gustarle los de Sardou.»

No, no hay que maldecir del público y de las glorias populares. «Azorín» es demasiado modesto. Acaso cree que él no puede ser popular. Pues qué, ¿cree usted que si sólo le leyeran á usted en la tertulia de D. Antonio Maura, iba usted á ser tan apreciado y tan conocido? Y si ya cree usted que le lee toda la mayoría... ¡ahí es nada! Contar con una mayoría. No cuenta con más el Sr. Maura, y nos gobierna á todos.

[Ilustración]

XXII

Es para que reflexionen los partidarios de la paz á todo trance; hasta para pedir paz hay que armar guerra, y en verdad, sería muy triste que para convencernos unos á otros de que no debemos pelear con el moro, diéramos en pelearnos dentro de casa, sin que por eso el moro dejara de pelear con nosotros.

Lo de cuando uno no quiere dos no riñen, no siempre es cierto entre particulares; pero, en fin, siempre le queda al más prudente el recurso de acudir á la policía ó á los jueces, si se ve atropellado y no quiere responder al atropello en la misma forma brutal. Por desgracia, para las agresiones colectivas no hay otra apelación que la fuerza, y eso es lo que no han comprendido muchos en esta ocasión. ¡No queremos guerra, no queremos guerra! Nadie la quiere; pero... ¿Vamos á llamar á la pareja de la esquina ó vamos á querellarnos al juez de guardia? ¡Y que son de confianza los mirones que nos rodean para irles con el cuento de que no queremos belenes! ¡Ah! ¿No quieren ustedes guerra?, nos dirán. Pues ya están ustedes demás aquí... Y ¿qué dirán entonces los pacíficos? Habría aquello de: ¡Gran vergüenza! ¡Estamos vendidos! ¡Lo último que nos quedaba!...

Lo que hay es que no se saca á los niños de casa, haciéndoles creer que se les lleva de paseo, para meterlos en el colegio. Y no se lleva á un pueblo á la guerra, haciéndole creer que no se trata de semejante cosa. El funesto sistema de tratar al pueblo como á eterno niño, suele traer malas consecuencias. «Honesty is the best policy», dicen los ingleses. La verdad es la mayor habilidad en política. ¿Cuándo acabarán de comprenderlo así nuestros gobernantes? ¡Gran lástima, cuando les ha tocado gobernar un pueblo con tesoros inagotables de heroísmo y de resignación!

* * * * *

No es por amor propio el insistir. Pero, contra todas las razones, textos y ejemplos aportados por Azorín, sigo creyendo: que la popularidad no está nunca en razón inversa del mérito; que han sido pocos los talentos mal apreciados en su tiempo, y si alguno lo fué, tal vez tuvieron más parte en ello motivos de presencia, carácter antipático del artista, vida desordenada, etc.

Shakespeare fué apreciado en su tiempo y no sólo logró glorioso nombre sino muy buen dinero, que le permitió retirarse á su lugar, «aprés fortune faite», como un buen comerciante. La obra de Cervantes, ni en cantidad ni en género, era para enriquecer á su autor, pero de su relativa popularidad--la popularidad es siempre relativa,--en vida misma del autor, ¿no existen numerosos testimonios? Azorín cita el ejemplo del Greco. No sería tan menospreciado en su tiempo, cuando nunca le faltaron encargos, que no le pagarían tan mal, cuando dejó fama de hombre caprichoso y dado á lujosas fantasías.

¿Qué más? Yo creí halagar á mi contradictor en sus convicciones, diciéndole que nadie me había preguntado por él en Buenos Aires, y él me contesta que es allí muy conocido. Ya ve Azorín cómo se puede tener talento y ser apreciado.

Y de mi, ¿qué voy á decirle? Soy el mismo que en el año 97; hasta mis concesiones al sentimentalismo burgués, pudiera demostrar con textos que no son de ahora... Y ¿por qué no? Tiene uno toda la obra para decir lo que siente y lo que piensa; después, en el desenlace, puesto que la vida no desenlaza nada, ¿por qué no complacer al público? Pero si éste, con concesiones ó sin ellas, no hubiera estado de mi parte desde mis comienzos como autor dramático, ¿hubiera yo podido continuar estrenando? El público fué mi verdadero apoyo contra la crítica, casi unánime en afirmar que aquello no era teatro. ¡Cuántas obras, con asombro de empresarios y actores, cuando parecían enterradas por la crítica revivían por el público! Créalo Azorín, no es el público, que pudiéramos llamar vulgar, es el literario el que más resistencia opone á toda novedad y á todo mérito. Son los intereses creados los que protestan siempre. El mismo Azorín declara que no hay novedad absoluta en ninguna forma, ni expresión de arte, que todo existía antes en el ambiente. Si es así, si el ambiente es anterior á la obra, ¿cómo no ha de caer bien la obra, que el público no puede por menos de conocer por suya? Azorín sabe bien que los grandes artistas son quizás los menos originales; su obra es de todos; alma de muchas almas.

Yo me explico perfectamente la convicción de Azorín. Alguna vez, comparando en justicia méritos con glorias, habrá pensado que el ruido de su nombre es menor que el de algún autor dramático, por ejemplo. Esto ya es cuestión del género cultivado, no del mérito de los escritores. Créalo Azorín; en vida y en muerte, al cabo del año todos estamos en el sitio en que debemos estar; el vulgo no es tan vulgo como creemos.

En fin, el mejor ejemplo, ¿no es el mismo Azorín? Según él, pocos debieran apreciarle, supuesto que la popularidad está en razón inversa del talento. Yo sé, aparte la broma de Buenos Aires, que son muchos los que le admiran como se merece. Acaso él juzgue equivocadamente del público, como tal vez juzga de mí: ¡Ese Benavente!--dirá,--siempre me lleva la contraria; se ve que me quiere mal... Azorín dirá si prefiere mi «malquerencia», que le lee siempre con atención y toma muy en cuenta sus opiniones y juicios, á la buena amistad de los que le felicitan sin discutirle por cada artículo... sin haberlo leído.

XXIII

En la más que intrincada, pintoresca selva de nuestra política, hay más murmullos que en la de Sigfredo, cuando nada sucede ó cuando ha sucedido ya todo, en cambio, cuando sucede algo, reina el silencio más absoluto; que, á pesar de lo absoluto, es el rey más constitucional, por lo irresponsable.

Apenas suenan cuatro tiros, material ó moralmente, ya se sabe, silencio sepulcral en la selva; sus más canoras aves enmudecen y antes que en los valores públicos, con ser de suyo apocaditos, hay una baja sensible de elocuencia en nuestros mas notorios y fluidos oradores. ¡Valientes pájaros! ¡Y estos son los que miran de sobrehombro á la gente de pluma, de otra pluma!

El escritor, aun sin estar amparado, en muchos casos, por la inmunidad parlamentaria, arrostra el peligro de la suspensión de garantías y se atreve á opinar, en las circunstancias más difíciles, comprometiendo tal vez su popularidad. ¡Pero los otros, á casita, que llueve! Y tenemos aquello de: Callaremos hasta que llegue el día de exigir responsabilidades... ¿Exigir responsabilidades? No lo dirán ustedes de veras. Si ese día llegara, ¿quién escaparía de ser ahorcado?, como le decía Hamlet á Polonio, aconsejándole tratara á los comediantes mejor de lo que se merecían.

También justifica muy bien el mutismo aquello de: Es preciso prescindir de toda idea política mientras se hallan comprometidos más altos intereses... ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde estarán los más altos intereses? Y ¿qué ideas políticas serán esas que estorban precisamente cuando de altos intereses se trata?

En los sucesos de Barcelona, por ejemplo, todos, como en Cristo, pusieron sus manos. ¿Quién no ha dejado caer su gota de agua ó su salivita para contribuir en algo á la disolución y desmoronamiento de lo que debiera ser más firme que roca viva, la idea de la patria? Y ahora... todos son á lavarse sus manos...

No, no ha sido el anarquismo; ha sido el sanchopancismo burgués, el bien sesudo, que de un caso particular quiere deducir una regla de conducta para toda la vida. El mismo que dice cuando sucede un descarrilamiento: No se puede viajar en ferrocarril; el mismo que al ser una vez engañado, proclama: No puede uno fiarse de nadie. Ese buen sentido de gato escaldado, era el que había decidido para siempre no volver á meterse en aventuras. ¡Qué rica paz!--¡No queremos guerra, no queremos guerra! Pero al ver cómo cuatro locos--los locos, como los héroes, el éxito los diferencia, son los que van siempre en línea recta del pensamiento á la acción,--les armaban la guerra en su misma casa, volvieron los ojos acongojados á todo lo que ellos habían tratado de desprestigiar: poder del Estado, fuerza... Y los cuatro locos pagaron por todos, y los muchos cuerdos dicen ahora:--¡Caramba! ¡Si fuera á hacerse todo lo que se piensa, no se podría vivir en el mundo!

* * * * *

El dolor es el gran desinfectante moral. Tanto como el heroísmo de nuestros soldados, conforta el espíritu ver cómo de todas partes--¡olvidemos á los cuatro locos!--se acude y se atiende á los que pelean y á los que sucumben. El ambiente nacional tal vez necesitaba esta sacudida para purificarse.

Ahora, yo desearía que esta vez, se acudiera á todo con severa dignidad. Nada de fiestas, nada de espectáculos benéficos. El que buenamente quiera divertirse, ¿por qué no?--todavía no es el fin del mundo,--que no invoque el pretexto del socorro, y el que no hubiese de dar nada, sino á cambio de una localidad de teatro ó de plaza de toros, más vale que no dé nada. ¡Mezquina dádiva la que necesita mejor ocasión que la verdadera para ofrecerse!

Agradézcase á los toreros su generosidad; ofrecen su vida, pero nada de corridas patrióticas. Aparte el que suele traer «mala pata», no hay espectáculo más lastimoso. Allá, hombres que arriesgan, que pierden su vida; en la plaza, hombres también que la exponen y también pueden perderla... Y una multitud que se divierte con todo esto y cree estar haciendo por la patria con aplaudir á una hembra que se adorna con los colores nacionales ó rugir de entusiasmo por un brindis torero: ¡porque el toro fuera uno de esos rifeños!... Es cuestión de seriedad, de buen gusto. Guardemos las fiestas para el día--¡quiéralo Dios cercano!--de verdadera fiesta. Pongamos dignidad en nuestra dádiva. Dé cada uno lo que pueda, sin más estímulo. Crispa los nervios, después de leer hazañas y trabajos de nuestros soldados, tropezar más abajo con la relación de una «kermesse» en Pantanillo ó en Lagunilla, organizada por la colonia veraniega y las señoritas más distinguidas de la localidad. Tiempo habrá para todo, hasta para ser cursis.

[Ilustración]

XXIV

La opinión general, tan reacia á toda empresa guerrera en un principio, se halla al fin poseída de tan belicoso entusiasmo, que sería defraudarla no terminar, por lo menos, con la conquista del imperio de Marruecos. Con menos entusiasmo, pero más constancia, años ha que esa conquista debiera haberse llevado á cabo lo más pacíficamente del mundo. Pero ¡ay! el dinero de nuestros capitalistas no es tan valiente como nuestros soldados, y cuesta más encontrar hombres de voluntad que de corazón.

Hemos convenido en que á ciertos pueblos sólo es posible civilizarlos á cañonazos. Sin duda es el medio más cómodo, aunque no sea el más eficaz. Yo creo que no hay pueblo tan salvaje en el mundo que se resista á las ventajas de la civilización, cuando los civilizadores le permiten disfrutar de esas ventajas. Á lo que se resiste todo el mundo no es á que la civilización se le entre por las puertas, sino á que le pase por encima. Civilización automóvil; atropella con todos los adelantos modernos, pero, ¡mal consuelo para el atropellado!

Nada de esto es pretender quitar hierro. Aunque otra cosa afirme Metternich, en su admirable libro «La prudencia y el destino», no hay prudencia, suficiencia ó sabiduría, como quiera traducirse, «sagesse», capaz de oponerse al destino de los pueblos ó de las personas. Y mucho menos cuando el destino tiene ya la palabra. En aquellos días de la Conferencia de Algeciras, gloria de nuestra diplomacia... Entonces, sí; entonces acaso hubiera podido escucharse la voz del prudente. Una nación poderosa, rival de otra no menos fuerte, sólo procuraba aislar á su enemiga y halagando á otras dos naciones, rivales á su vez en intereses, procuró conciliarlas por eso mismo. ¡Como si dos intereses iguales pudieran conciliarse nunca! No era preciso ser un Maquiavelo ni un Metternich para pensar que entre una nación interesada en dominar por completo á Marruecos y otra interesada en oponerse á esa dominación, nuestro interés, aparte simpatías de raza tan mal correspondidas en ocasión, estaba en inclinarnos al lado del contrapeso.

Ahora sólo podemos desear que se enmiende con gloria un nuevo error de nuestros estadistas, hombres de pocos libros y de menos mundo. ¡Á Dios sean dadas! Que la gloria se logre á costa de la menor cantidad de sangre posible, y que la opinión, sin desmayar en sus entusiasmos, no llegue á exaltarse tanto que sea bien recordar aquello de «El gaitero de Bujalance»: un maravedí porque empiece y dos porque acabe.

* * * * *

Sabido es que á todos los padres les parece siempre que están muy mal educados los hijos... de los demás, y á los que no tienen hijos, ¡no se diga! Por lo que no sería mal acuerdo que cada padre se encargara de los hijos del vecino, y á su vez le confiara los propios, y los solterones ó matrimonios sin prole se hicieran cargo de los más rebeldes y empecatados. Y aplicando á todos los órdenes de la vida el sistema, acaso todo andaría mejor con este procedimiento. En España, por lo menos, es admirable cómo los que nunca dieron pie con bola en asunto propio, se echan á discurrir y disponer por los más ajenos á su profesión y conocimientos.

Á estas horas tenemos un Napoleón ó un Moltke en cualquier ciudadano, antes de paz y hoy tan de guerra que no deja vivir á nadie. ¿Quién no tiene su plan estratégico? ¿Quién no ha tomado algo á estas horas? ¡Oh, país admirable en que todos entendemos de todo sin haber estudiado de nada!

Cuentan de un zapatero remendón, de cierto pueblo, que era el más severo crítico de sermones. Predicador que se presentara en la fiesta del Santo patrono ó cualquier otra solemnidad, podía darse por perdido si al zapatero no le caía en gracia. El pueblo no tenía más opinión que la emitida con inapelable autoridad por el crítico. Sucedió que un predicador, advertido de antemano, al observar durante un bien estudiado sermón, el gesto desdeñoso del zapatero y en consecuencia el de todos los oyentes, se apresuró, apenas bajó del púlpito á preguntarle los motivos de su disgusto. ¿Qué le ha parecido á usted el sermón?--¡Phs! No está mal... pero poca teología.--¿Pero, usted sabe de teología?, preguntó el predicador asombrado.--¡Anda!, replicó el zapatero. ¡Pues si yo supiera de leer y escribir lo que sé de teología!

¿No es este un poco el caso de todos los españoles?

¡El Señor nos libre de los «teólogos» militares que andan desatados en estos días y no son la menor calamidad, con ser tantas las calamidades de la guerra!

* * * * *

Dice Bernardo Shaw que los ejércitos se pasan la vida preparándose para una guerra que, ó no sucede nunca ó cuando sucede, sucede del modo contrario á como se había previsto. Bueno fuera, no obstante, á pesar de que lo imprevisto está sobre todo, alguna mayor discreción en apuntar planes y posibles acciones. Hay siempre entre los rifeños quien se entera de todo. No hay que fiarse en esa aparente indiferencia salvaje, que no es tan salvaje como parece. Yo conocí en Tánger á un moro de la última condición; acarreaba equipajes y fregaba los suelos en el hotel; pues cualquiera de nuestros ministros de Estado no está tan enterado como él de asuntos internacionales. Hablaba, aparte del árabe vulgar y el hebreo, inglés, francés, español; conocía los nombres de todos los ministros del gobierno español entonces, sabía historias muy sabrosas de muchos personajes españoles, y hasta de los amantes de algunas damas empingorotadas, como cualquier cronista de salones. Era extraordinario, sin ser excepcional. Claro es, que el Rif no es la Cosmópolis de Tánger; pero la natural sagacidad del moro es la misma. ¡Raza inferior, raza de salvajes! Se dice muy pronto, cuando hablan el odio ó la conveniencia. Acercándose con simpatía, con verdadero amor de civilización, en todas partes hay hombres buenos y malos, pero no hay razas inferiores, no hay razas de salvajes. La bondad del corazón, la perspicacia del entendimiento florecen en todas las tierras; aun en las que solo se ha sembrado odio, con pretexto de civilizarlas.

[Ilustración]

XXV

No tendrá queja el señor presidente de la Sociedad de Conciertos, en el mundo ministro de la Gobernación. Su soberana batuta se impone á todos. Que «allegro vivace», pues «allegro»; que andante «maestoso» y con sordina, pues ya se percibe el aleteo de una mosca. Verdad es que su tiempo preferido es «forte che forte», y el del país sería un «largo» que no tuviera fin.

Que hoy podremos decirles á ustedes algo, pues todo el mundo á esperar noticias, con la más justificada ansiedad; que tengan ustedes un poco de paciencia; pues á esperar en calma: quizá, recordando aquellos alambicados versos, que tanto sublevaban el buen gusto de Alcestes el Misántropo de Molière: «Phyllis, on desespere alors q'on espere toujours!»

¡Ah, si en tiempos de paz y de continuo todos nos preocupáramos tanto del avance como ahora! ¡Aquí, donde por el contrario, son tantos los que en todo quieren á cada paso hallar motivo, ocasión ó pretexto para un retroceso, y hay gente que no se hallaría á gusto con menos de «recular» hasta la Edad Media!

¿Sucesos de Barcelona? ¡Ah! Todo es por haber fracasado la ley del terrorismo, y si se restableciera la Inquisición... nada habría que temer en lo futuro.

¡El avance! ¡Santa palabra! ¡Que ella sea siempre nuestro santo y seña!

Hoy por hoy no se oye otra cosa. Yo sé de algunos maridos que sintiéndose gubernamentales, han prohibido á su mujer hablar de esto. No hay idea de los horizontes que abren á la imaginación estas palabras, pronunciadas por labios femeninos: ¿Cuándo es el avance?

* * * * *

Los autores dramáticos franceses están que trinan con sus colegas de Italia, porque éstos pretenden defenderse no de la invasión de obras francesas, sino de la exclusión de las propias, por las facilidades que los empresarios y directores de compañía hallan en los autores franceses y en sus traductores para pagar derechos convencionales. Recuérdese el atracón de obras francesas con que suelen obsequiarnos las compañías italianas. ¿Preferencias artísticas? Nada de eso. Baratura y rico saldo. Es como el amor al teatro antiguo de algunos de nuestros directores artísticos... Que no hubiera facilidad de cobrar las refundiciones, muchas veces refundición de refundición, como una obra original y nuevecita, y veríamos quién se acordaba de Lope ni de Calderón.

Por cierto que en una gacetilla del periódico «Comedia», que trasciende á conferencia con alguien de casa, se asegura que también algunos empresarios españoles piensan prescindir de las traducciones, á pesar de que cuentan con pocas obras originales, para evitar el disgusto de los autores, aunque algunos, refractarios á las traducciones, no lo sean tanto á los plagios. Es posible. Eso de los plagios puede probarse siempre. Y de los plagios de los actores, ¿no se dice nada? Porque hay eminencias que no viven de otra cosa. ¡Si Sarah y la Duse y la Réjane, Le Bargy ó Guitry cobraran derechos de traducción y reproducción!

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El teatro de los Niños es una de tantas ilusiones mías; pero nada de monopolizar ideas; no es mía solo: son muchos los autores dispuestos á realizarla. Uno de ellos, el simpático López Marín, se propuso nada menos que edificar un teatro de nueva planta, para este especial objeto. Echóse á buscar capitalistas con el mayor optimismo. No le acompaño en él, no tratándose de consagrar como primera tiple á una corista distinguida por algún ricacho de aluvión ó de abrir una nueva tablajería escénica de carnes averiadas, bases de los más sólidos negocios teatrales. Ignoro el resultado de sus gestiones. Pero, en fin, con dinero ó sin él, con nuevo teatro ó en cualquiera de los muchos existentes, el Teatro de los Niños empezará en la próxima temporada, modestamente, como un ensayo. Como los empresarios grandes tienen bastante en qué pensar con su gran público, preferiremos un pequeño empresario y un pequeño teatro. Fernando Porredón y el Príncipe Alfonso.

No es tan fácil como parece divertir á los niños, sin aburrir demasiado á los grandes. Los niños modernos nacen enseñados. ¡Oyen unas cosas en casa! El numeroso repertorio de obras infantiles con que cuenta el teatro inglés, no es aprovechable. Demasiado inocente. No por lo fantástico de sus asuntos, casi siempre basados en los cuentos de hadas más populares; no soy de los que abominan de la fantasía en la educación, como el maestro de «Los tiempos difíciles» de Dickens, con su muletilla: ¡Hechos, hechos! Al contrario, es preciso huir de toda pretensión docente, y mucho más, utilitaria. Lamartine abominaba de las fábulas de Lafontaine, como obra educadora. Tenía razón; su moralidad, mejor dicho, inmoralidad practicona, desengañada, toda malicias y desconfianzas de rústico, es deplorable para el espíritu de los niños, abierto siempre á la generosidad y á la esperanza.

Contra la opinión de Lombroso, que ve en el niño á un pequeño salvaje y casi á un criminal en germen, y asegura que todo niño es egoísta, embustero y ladronzuelo, menos uno que era un encanto; uno que se le murió al doctor... ¡Oh, bancarrota de la ciencia en esta página de uno de sus libros, que contradice con lágrimas la afirmación rotunda! Yo creo que todos los niños son buenos... hasta que los padres y los educadores los hacen malos.

Cuando se oye á algunos padres decir: ¡Qué niño este! ¡Es muy malo, muy malo!, pensad siempre: Y ustedes, ¿son ustedes buenos? Lo que hay es que el niño manifiesta sin fingimiento las malas cualidades que los padres encubren con la hipocresía que da la experiencia. Cuando ellos se lamentan de que el niño les pone en ridículo, sacando á relucir los defectos de alguna visita, ¿no será que el niño les oyó murmurar en su presencia de todos los conocidos y amigos?

Sucede muchas veces que el niño es quien no puede explicarse por qué sus padres y los mayores de la casa, hablan siempre mal de alguna visita que él no encuentra antipática por ningún estilo. Claro es, que en fuerza de oir cómo los mayores la ridiculizan y menosprecian, él acabará también por retirarle su simpatía, aun sin explicarse las razones.

Cuando reprendéis á un niño porque trata con altanería á un criado, ¿estáis seguros de que no imita vuestro tono, al reprenderle cuando cayó en vuestro desagrado? Por lo regular, muchos padres sólo reprenden á sus hijos cuando les molestan á ellos, aun con juegos ó travesuras propias de niños; en cambio, son de una lenidad punible, cuando molestan á los demás, con cosas que suelen ser aprendidas de los padres.