De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)

Part 7

Chapter 73,937 wordsPublic domain

Conste que en nada de lo dicho, hay el menor deseo de destripar el cuento. Muy pocos se habrán interesado, mejor dicho, desinteresado tanto como yo, por el nuevo teatro. Por lo mismo, quisiera verle nacer en las condiciones más viables y, si de mí dependiera, su vida sería larga y próspera. ¿No es de agradecer todo esto? Porque, en fin, que recen y practiquen los creyentes, que algo esperan, después de todo, bien está... Pero, ¿los que no creemos y rezamos? Y eso me pasa á mí con el Teatro Español... ¡Á ver si no es virtud!

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XVIII

Si en casa del jugador poco dura la alegría, en casa del aficionado á toreros aun suele durar menos. Es tan natural orden de la vida una alternada distribución en los sucesos, que las rachas son algo extraordinario, y el jugador prudente se atiene en sus combinaciones al más probable «tierce á tout»; dejando lo de jugar á la repetida para el jugador de fortuna, siempre en espera de lo inusitado y fuera del orden.

Del mismo modo los buenos aficionados saben de antiguo lo ocasionado que es con toreros y toros jugar á la repetida; como saben las empresas lo fácil de engañar al público, con anunciar el mismo juego.

En esta temporada los aficionados quieren distraer su aburrimiento, dedicándose á la inocente ilusión de inventar toreros. ¡Para que aprendan los eminentes! Ya en tiempos del Guerra fueron muchos los que pusieron el mismo empeño en la misma empresa. ¡Pobres flores de una tarde con suerte!; todo lo más de una temporada. Y menos mal, cuando no dejándose «inventar», se resignan á volver al montón y no toman en serio un papel superior á sus fuerzas y conocimientos, que, de otra suerte, el desengaño suele llegar con una cornada, de las muchas que los espectadores tienen á su cargo.

No es hora de predicar contra la sublime fiesta y no soy de los que creen que ella tenga gran culpa en el atraso de España. De los toros, como del clericalismo, creo que no son causa de nada, sino efecto de mucho. No son unos ni otro los que tienen la culpa de nuestro atraso; es nuestro atraso el que tiene la culpa de toros y de clericales.

El que no tiene inteligencia bastante para pensar por sí propio, si no se dejara influir por un director espiritual, iría á consultar con la sonámbula ó con la echadora de cartas ó con el primer embaucador que se le presentara. El que no halla diversión más de su gusto que una corrida de toros, si se las suprimieran, buscaría otra más bárbara, más estúpida, y nada abríamos adelantado.

Cuantos han combatido las corridas de toros, han fundado siempre sus invectivas en la parte menos vulnerable del espectáculo, lo peligroso y lo sangriento. ¡Bah! Si á eso fuéramos... Todo el mundo es plaza y toda la vida es lidia.

Por esa parte, el espectáculo hasta es beneficioso; un derivativo muy atenuado para nuestro espíritu inquisitoral, atormentador... El fogueo de toros nos compensa del fogueo de herejes; cada gritería al presidente, acaso evita un motín popular, y cada cincuenta corridas, por lo menos, suponen un desgaste de ferocidad que hace imposible una guerra civil.

No es por lo cruel, ni por lo sangriento, por donde hay que atacar al espectáculo, es sencillamente... por tonto.

El toro bravo, verdaderamente de lidia, es un producto artificial, cada vez más raro y más difícil de obtener. La natural condición del toro es pacífica; por algo el ornamento cornamental fué siempre símbolo de la más apacible conformidad conyugal. Así, bien puede asegurarse que de cien toros, los noventa y nueve salen al coso más dispuestos á mugir saudades dehesiles que á meterse en pelea. Y ¡es de ver el lastimoso espectáculo del acoso, en torno al triste animalito! Se le persigue, se le azuza, se estrecha el círculo de tortura... Por fin, se consigue enfurecerle, empuja, derriba á ciegas... ¡Un triunfo de arte y de gracia!

¿Qué diremos de la elegante suerte de varas? ¿Qué diremos del forzado valor, todo para la galería; el chulesco valor de los lidiadores? La palidez de los rostros, distendidos los músculos en rictus, que bien quisiera aparentar una sonrisa... ¡Ah, la sonrisita del torero! Un buen anatómico ó buen pintor pueden dar razón de ella...

Y ¿qué diremos de la alegría del espectáculo? Alegre un espectáculo en que el espectador se pasa la tarde rabiando. Rabieta si rajaron al toro de un puyazo y le quitaron facultades; rabieta si no le castigaron lo bastante y conserva demasiado poder; rabieta si le recortan; rabieta si no le paran los pies; rabieta si el torero de las simpatías no estuvo muy afortunado, y rabieta si lo estuvo el de las antipatías... Rabietas regionales, si quedó Córdoba mejor que Sevilla ó Sevilla mejor que Madrid... Rabieta con el presidente; rabieta con el matador de las 6.000 pesetas; rabieta y discusión acalorada con el espectador de al lado y con el de detrás y con los de delante... ¡Si les digo á ustedes que no hay diversión que se le parezca! Y después de proferir toda clase de insultos, de injurias, contra los toreros sobrado prudentes, de echarles en cara sus ganancias y sus glorias, cuando la desgracia ocurre y el torero es entre los cuernos y las patas del toro un andrajo humano... la compasión más sensiblera; una compasión que, no diremos mal empleada en este caso, pero sí que debiera repartirse más equitativamente entre el obrero víctima de un accidente en su trabajo, la costurera enferma de tuberculosis, de tanto darle á la aguja y tantas otras víctimas de un trabajo sin luz, sin aire y sin aplausos.

¿Que hay exageración en todo esto? Prueben, prueben los aficionados á dejar de asistir á las corridas durante una temporada, y si después de algún tiempo, al volver á presenciar una, no sienten como yo toda la estupidez del ridículo espectáculo, será... ¡Triste sería! porque la verdad no tiene para ellos ningún camino; ni el del aburrimiento.

Solo el valor de un Frascuelo, superior á las cobardías del público, ó el arte primoroso de un Lagartijo y su frescura y despreocupación, superior á los insultos de ese mismo público, ó la maestría suprema de un Guerra, superior á los toros, al público y al espectáculo, pueden dar un aire de grandeza á las corridas. Pero la excepción confirma la regla, y el genio es superior á todo, á la misma esfera social en que emplea su actividad. Han existido ladrones y asesinos de genio, que no disculpan por eso el robo ni el asesinato.

Algo hay en los toros, no obstante, que les hace ser digno espectáculo de un filósofo. Si en la vida fuera todo bondad; si los hombres fueran siempre dignos y justos y razonables, la idea de la muerte sería tormento insoportable para el espíritu... ¡Dejar un mundo de delicias; separarse para siempre de una humanidad tan perfecta!

Conviene de cuando en cuando asomarse á donde toda la estupidez y la bajeza humanas se muestran en toda su desnudez, para que la idea de la muerte no nos parezca tan triste y hasta nos sea apetecible. Y hay que confesar que nada para esto como una corrida de toros.

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XIX

El verano es la estación de las grandes crisis en las compañías teatrales. Se comprende; después de toda una larga temporada de invierno, los artistas con los empresarios, éstos con los artistas, y los artistas unos con otros, están que no pueden ya aguantarse. Tiene la vida del teatro algo de la vida á bordo; los primeros días todos los pasajeros simpatizan, todos parecen encantadores, se organiza toda clase de fiestas en que todos toman parte; poco á poco se van separando en grupos, cada día mas reducidos; en cada uno se murmura de los otros; al final de la travesía, ya no hay ni grupos; cada pasajero pasea solitario ó lee apartado de los demás, y en su interior piensa que en su vida ha tratado con gente más antipática y desagradable. Unos días más, y acabarían todos arrojándose unos á otros por las bordas en descomunal pelea.

El teatro es lo mismo. Á principios de temporada todos se adoran, se recibe con efusión á los recién llegados.--Aquí, aquí es donde tiene usted su puesto.--¡Qué gusto verme entre ustedes!--Las actrices se hacen confidencias de todo género. Los actores se muestran galantes con todas ellas. Aquello es un paraíso... Pero no va mediada la temporada, cuando ya sólo se juntan unos para murmurar de los otros, y viceversa; y si se juntan todos es para conspirar contra el empresario ó hablar mal de una obra. Y al terminar la temporada, ni para eso.--«Ciascun per se»--como cantan en «Los Hugonotes».

No hay que pensar por esto que los actores sean de peor condición que los demás humanos. Si en todas las profesiones el trabajo hubiera de ser en comunidad y las relaciones tan constantes, también veríamos cosas. Más separados viven unos de otros pintores, escritores, médicos, abogados, y no se quieren más ni mejor por eso. No hablemos de la fraternidad periodística... Y los chismes de bastidores no son nada, comparados con los de sacristía. ¡Hay cada párroco y cada teniente cura, que... ríanse ustedes de las primeras tiples en lo de despellejarse unos á otros!

En fin, que la temporada próxima promete, y lo único de lamentar por mi parte es... que me cogerá sin dinero...

Porque en el teatro, como en todo, ¡es tan agradable el papel de espectador!

* * * * *

Son muchas las personas que me escriben, unas para felicitarme, otras para increparme, por mis ligeras consideraciones sobre las corridas de toros; otras, sencillamente, para mostrarme su extrañeza.

--¡Hombre, usted tan aficionado antes!...

--¿Aficionado? Le diré á usted. Á no ser en los tiempos del Guerra á mi juicio el torero más asombroso, la verdad es que siempre me han aburrido las corridas de toros. Esto, en cuanto al espectáculo; que de los espectadores, ¡no se diga! Siempre he buscado la localidad más tranquila de la plaza. Me han indignado siempre esos energúmenos que no se divierten si no pasan la tarde gritando, molestando á todo el mundo; que si ¡Ladrón!, que si ¡Criminal!, que si ¡Por derecho!, que si ¡Á la cárcel!, que si la madre, que si toda la familia... todo un «specimen» de educación nacional. Esos energúmenos son los mismos que en el teatro no se contentarían con menos que ver ahorcado al autor que tuvo la desgracia de equivocarse; los mismos para quienes no hay político honrado, ni escritor que no se venda; los mismos que piden desde la mesa del café heroísmos sobrenaturales en la guerra, para poder decir ellos:--¡Qué valientes somos! ¡No hay quien pueda con nosotros!--Los mismos que van por esas calles perdonando honras á las mujeres... Y como este es el espectador, no diré más frecuente, pero sí el que da tono al espectáculo, él por sí solo se basta para hacer de una fiesta, que podía ser una de tantas como andan por esos mundos civilizados, la de apariencia más salvaje.

En Barcelona se ha celebrado, ó va á celebrarse, una manifestación contra las corridas de toros. En esto ya no estoy conforme; creo que todo eso es contraproducente. Los toros, como tantas otras cosas, caerán por sí solas, cuando deban caer. Encomendemos la tarea á los educadores. El maestro es el que ha de acabar con los «maestros».

Ha de notarse que la Iglesia, tan intransigente en ocasiones con el teatro, con el libro y con la prensa, dispensa la más benévola tolerancia á las corridas de toros. Las señoras, tan influídas por la Iglesia, no ponen tampoco todo el empeño que debieran en combatirlas. Nada de esto habla muy en favor de la delicadeza de sus sentimientos. En cuanto á la Iglesia, ya es sabido que todo lo que no sea pensar le ha preocupado siempre poco.

* * * * *

El más cordial saludo al boletín «Pro Infantia», publicado por el Ministerio de la Gobernación. Todo en él es buenas intenciones, que debemos desear no vayan á empedrar el infierno, á cuya pavimentación ya han contribuído no poco los legisladores españoles. Los hombres tienen mal gobernar; acariciemos la ilusión de que estarán mejor empleados nuestros desvelos en los pequeños. No olvidemos, como dijo el admirable poeta Wordsworth, que «el niño es el padre del hombre».

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XX

Moral del último--esperemos que aun sea el último--crimen. Los periódicos se recriminan unos á otros por sus indiscreciones y juicios temerarios; naturalmente, los más clamorosos en lamentarlas son los que siempre están más dispuestos á recoger cualquier especie del arroyo.

Una vez más salen á relucir las deficiencias de nuestras leyes procesales, en cuanto se refiere á supuestas culpabilidades y prisión preventiva. Y una vez más, nadie será osado á poner remedio. Lo de considerar á todo sospechoso como criminal es antiguo achaque de la Señora Justicia. Y aun peor al sospechoso que al verdadero criminal, que á éste, en fin, cuando ya está convicto y confeso, siempre se le agradece el descanso de tanta molestia como ocasionó su captura, y al otro, en cambio, á cada negativa se le pone peor gesto y se le considera como criminal más empedernido.

Y es de notar, también, el mayor respeto que inspira todo delincuente cuanto mayor sea la fechoría cometida. Así, tal vez el raterillo primerizo no escape de una buena solfa, como primera diligencia; pero á un feroz asesino nunca le faltará un admirador que le obsequie con un suculento «beefsteak», para que reponga sus fuerzas, después de una declaración emocionante.

El buen burgués, por su parte, también moraliza á cada crimen de estos sensacionales; habla de la corrupción de costumbres, se promete mayor cuidado en la selección de sus relaciones y más severidad con el pariente derrotado, que de vez en cuando suele pedirle dos pesetas:--Cuando venga el señorito Fulano, dicen á la criada, dígale usted que no estamos en casa, y no abra usted la puerta.

Las criadas ven á un posible asesino en toda persona regularmente trajeada; no se arriesgan á franquear la puerta sin minuciosa inspección por el ventanillo, y en resumen, las casas estarán mejor guardadas por unos días y los parientes pobres se morirán de hambre más pronto. Y esta es toda la moral de estos crímenes, en que todo el mundo sólo atiende á los hechos, los hechos brutales, unánimemente reprobados por los buenos burgueses, á la hora de la digestión, ligeramente entorpecida por algo así, entre indignación y miedo.

* * * * *

Los congresistas de la Paz, los creyentes en la eficacia de los tribunales arbitrales, para dirimir pacíficamente toda cuestión internacional, estarán encantados con el feliz éxito del arbitraje argentino, entre el Perú y Bolivia. Ambas modernas y civilizadas repúblicas, acudieron muy humildemente y bien dispuestas á respetar el fallo del presidente de la República Argentina. ¡Para que vea el viejo mundo europeo cómo arreglamos estos asuntos los del nuevo! Pero, apenas se enteraron los de Bolivia de que el fallo no les era todo lo favorable que ellos apetecían, ¡adiós mi árbitro y adiós mis procedimientos modernos!

No es el primer caso en las repúblicas americanas, y en alguno de estos enojosos arbitrajes anduvo la vieja madre España de por medio y como ahora, la república que se creyó perjudicada puso el grito en el cielo. Por donde, si el árbitro toma su divino papel en serio, en vez de un disgusto y de una guerra, pueden resultar dos guerras y muchos disgustos.

Pasarán muchos años hasta que el cañón deje de ser el gran pacificador y el supremo árbitro. Para ello será preciso ante todo que las naciones no se preocupen tanto de añadir unas leguas de tierra á su territorio; como si la nación más floreciente no tuviera ya bastantes incultas y despobladas.

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Muy moderno también, muy europeo, muy culto y muy lindo, el bando de nuestro señor alcalde; enderezado, con la mejor intención, á proteger á los animales. Muy bien está el bando, que los animales deben agradecer tanto como debiera ofendernos á las personas. Porque, ¿quién duda que si bien está el bando, mucho mejor estaría que no hubiera habido necesidad de dictarlo? Por eso mismo creo muy poco en su eficacia. ¿Buenos sentimientos por ordeno y mando? Á otra puerta. Fué siempre la nuestra de las más cerradas á toda blandura con los animales. Y cuanto más cerca el hombre de la Naturaleza, cuando más parece que debiera sentir la simpatía por sus compañeros de trabajo, más duro se muestra con ellos. Parece que ya no debiera tratarse de compasión sino de interés propio. ¡Pues hay que ver cómo trata el labriego á su yunta y el carretero á sus mulas y el traficante á su infeliz borrico! Pero, lo que ellos dirán en su disculpa: ¿Estamos nosotros mejor tratados? ¿Cuándo la misma Naturaleza, con sus rigores, siempre en contra del logro de nuestro trabajo; cuando los demás hombres son tan crueles con nosotros, vamos á ser nosotros más piadosos con los animales?

Para la pobre gente, esto del amor á los animales, es un lujo de afectividad imposible para ella, como todo lujo. Para la gente rica suele ser una dulce forma de misantropía. Se ama á los animales... porque los animales no suelen ser ingratos, porque no dan malas contestaciones, porque los manejamos mejor que á los hombres y los tenemos más sujetos á nuestra voluntad. No hay que fiar mucho en la bondad de estos ricos que aman demasiado á los animales.

Amarlos en justa proporción, tratarlos, no tan mal como á los criados ni mejor que á tantos niños desvalidos, sería lo justo, lo natural, lo que debiera hacer innecesario ese bando, en todo país digno de llamarse cristiano y civilizado. Pero... con la excepción de San Francisco de Asís, nuestra religión no fué nunca muy dulce con los animales. Recuérdese cómo en la Biblia, casi siempre les toca á ellos pagar el pato en los sacrificios. Isaac se salva; pero en su lugar se sacrifica á un pobre corderillo. En el mismo Evangelio, de más suave doctrina, Jesús lanza á la legión de demonios, expulsada de un poseído, sobre una piara de cerdos, que corre á arrojarse al mar, alocada por los malos espíritus. ¡Pobres cochinos! ¿Qué culpa tenían ellos?

El origen superior atribuído al hombre por nuestra católica doctrina, limita el sentimiento de fraternidad universal entre el hombre y los demás seres de la creación. No hay en la religión cristiana ninguna plegaria tan hermosa como aquella del Budha: ¡Dios mío, librad del dolor á cuanto existe!

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XXI

No podemos quejarnos del actual verano; él ha sido tardío en calor y en sucesos, pero bien quiere desquitarse en pocos días, y el calor aprieta y los sucesos se precipitan, sin tiempo apenas para solicitar la atención ni el par de días que se concede de comentarios á la actualidad más pasajera. ¿Dónde está ya la romántica boda del infante? ¿Dónde está ya la muerte de Don Carlos? Cualquiera de estas actualidades hubiera bastado en otro verano para abastecer periódicos y tertulias. Pero baza mayor quita menor, y nuestra baza, la que nos hemos creído en el caso de meter en los asuntos de Marruecos, es de tal importancia, que ella sola se impone á nuestra consideración, con todos sus prestigios seculares. Porque desde los tiempos de D. Rodrigo y la Cava, ¿cuándo ha dejado de ser actualidad para los españoles alguna cuestión africana? Dividida España en regiones, guerreando unas con otras muchas veces, sólo al combatir contra el agareno y en ponerse á su avance solían estar de acuerdo las más enemigas; y ahora que somos, ó parecemos, una nación unida, no hay dos... no digamos regiones, personas que parezcan animadas del mismo espíritu, y mientras unos gritan: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! como en los mejores tiempos del romancero y de nuestras comedias de moros y cristianos, otros claman por la paz á todo trance, y no diremos á toda costa, porque la paz es mucho más barata.

Difícil es decidirse por unos ó por otros. Los que piensan más razonablemente... no saben qué pensar en este caso. Ni vale refugiarse en las serenas regiones idealistas porque... el ideal está en todo, en la paz y en la guerra; en la evangélica resignación á perderlo todo y en la fuerte voluntad de ganar algo... Lo peor, lo más triste para los pueblos como para las personas, es la indecisión... Fluctuar, como Hamlet, resistirse á ser instrumentos conscientes del destino, para que, al fin, el destino se imponga brutalmente, inexorablemente, á nuestra indecisión.

Fortimbrás, inventando pretextos pequeños para grandes acciones, es de mejor ejemplo que Hamlet, quien, con grandes motivos, no supo decidirse á la acción nunca.

Por fortuna para los pueblos y para los gobiernos, en estos casos de incertidumbres, de desalientos, de indecisión nacional, están banderas, trompetas y tambores; está el marchar de las tropas juveniles, y... á su paso todo se olvida, es uno el sentimiento y una la aspiración. El mismo Pablo Iglesias daría un ¡Viva! Y decir vivir, es decir pelear.

* * * * *

El papel de rey destronado es siempre algo ridículo. El de rey aspirante, idealizado con aureolas de esperanzas que nunca nubló la realidad, es, en cambio, de tan romántica poesía, que una regular presencia y una regular discreción bastan á sostenerle con decoro. Y así supo sostenerle Don Carlos, muy á gusto de todos. En España muchos le amaban, y... á pesar de todo, nadie le odiaba. Supo salvar la majestad de su figura, del vencimiento y de la difamación. No fué nunca ridículo, cosa que no consiguen siempre muchos reyes reinantes. Dicen que amaba mucho á España. Era más de agradecer ese cariño, por lo mismo que había de expresarlo con acento extranjero.

* * * * *

«Azorín» ha aprovechado la ocasión de haberse publicado en el periódico en que él dogmatiza, ó mejor dicho, «esceptiza» á lo Montaigne, la fantástica noticia de mi viaje á Buenos Aires, á servir unas conferencias á cien mil pesetas... ¡Cincuenta mil más que Anatole France! Muchas gracias por la tasación, querido compañero, para significar su displicencia por estas idas y venidas, al mismo tiempo su desprecio por las glorias populares... ¡Ah! ¡La popularidad!...

Claro es que yo no puedo darme por aludido. Yo estuve ya en Buenos Aires, y no fuí en clase de popular, ni me recibieron con músicas, ni pronuncié discursos, ni nos volvimos nadie loco, ni ellos conmigo, ni yo con ellos. Fuí... por viajar, por ver; sin darle más importancia que á otro viaje cualquiera. Ni me creí en el caso de publicar, á mi regreso, «Impresiones», «Mi viaje á la Argentina», ó cualquier otro libro por el estilo, porque no creo que un mes ni dos sean lo bastante para conocer nada, ni perorar del porvenir de la Argentina, de su intelectualidad, industria, etc... Lo que ví, para mí lo guardo, y lo que aprendiera... ya irá saliendo. Conste solamente que yo no fuí allá en clase de conferenciante. Sin que esto quiera decir que si alguna vez se me propusiera, y sobre materias de que pudiera tratar, como arte dramático, presentación de obras, etc., no aceptara muy gustoso, sin creer por eso que iba á estrechar lazos, á reconquistar América, ni otras fantasías castelarinas.

En lo modesto de mi representación, sí procuré, mientras allí estuve, considerarme como, según un escritor francés, debe considerarse todo el que viaja por país extranjero, representante de mi propio país, y en toda ocasión procuré cumplir mi deber de viajero.

Sabiendo muy bien que ni en sus correspondencias ni en sus conversaciones, muchos me tratan del mismo modo, hablé bien de todos los escritores españoles de quien me pidieron noticias. Por cierto que nadie me preguntó por «Azorín», y esto debe servirle de satisfacción, dado su desprecio por la popularidad.

Y este era el punto á discutir. «Azorín» sostiene que el mérito de todo escritor está en razón inversa del número de sus admiradores. Un gran escritor debe ser letra cerrada para el vulgo. Quisiera yo saber cuándo lo fueron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, etc. Si no es que por vulgo entendemos al que ni de letras sabe. Entiéndase que hablo del vulgo literario.