De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)

Part 6

Chapter 63,882 wordsPublic domain

Dejémonos, pues, de sensiblerías; dejemos también la desconfianza. Ayudemos entre todos á la Asociación de Caridad; que no hay motivos para que en Madrid sea imposible lo que ha podido ser en otras capitales de menos dinero, y tal vez de menos caridad. Un poco más de cabeza y menos corazón. Cuando habiendo contribuído todos con la mejor voluntad veamos que nada se ha remediado, tiempo será de considerar fracasadas las gestiones de la Asociación y de las autoridades, y podremos volver á repartir perritos chicos á tontas y locas, es decir, á vagos y á pillos. No hay idea de lo bien que se duerme, cuando con veinticinco ó treinta céntimos, cree uno haber resuelto el problema social y haber ganado un buen asiento de paraíso.

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El aristocrático público que asiste á las representaciones de Tina de Lorenzo, en el teatro de la Comedia, no suele acudir hasta hora muy avanzada de la noche. En este tiempo se prolonga el paseo, se come tarde... Si alguna vez veis llegar presurosos, á las nueve en punto, coches y automóviles, y al levantarse el telón, veis el teatro lleno, podéis asegurar á qué género pertenece la comedia representada: es una obra verde. Ahora sí, es preciso que la verdura sea alegre; que dé que reir y no dé en qué pensar. Entre «La Sfumatura» y «La Donna Nuda», no hay comparación posible.

En los turnos blancos triunfan Feuillet y Ohnet, más blancos que la nieve. ¡Señor! ¡Y á mí que no hay nada que me parezca tan inmoral como la tontería!

Por fortuna, las preciosas niñas abonadas tienen cara de estar pensando en otra cosa. Y las mamás también, rejuvenecidas por los recuerdos del «Romanzo d'un giovane povero»... ¡Recuerdos y esperanzas de vida! La moral llama al orden desde el proscenio, con severa campanilla. Por la sala, la vida agita sus cascabeles que suenan á risas.

[Ilustración]

XIV

Á las naturales bromas, inspiradas por la natural desconfianza en la aplicación de tanta y tanta pragmática como diluvia sobre madrileñas cabezas--porque en provincias, ríanse ustedes de cierres á hora fija, descansos dominicales, etc., etc.,--responden los ministerialísimos, con atribuirlas á «críticos de café». Y en esa frase ponen todo el desprecio que les inspiran los cuatro madrileños gatos que, á falta de una tertulia ministerial, donde tomarlo de gorra, van á tomar un café al café, con gotas de censura á la infalible política que nos gobierna.

Estos críticos de café, gentecilla de poco más ó menos, con echarlo todo á crítica y á broma, son los que impiden el buen éxito de tanta sabia y moralizadora ordenanza. Se trata de prohibir la mendicidad callejera; el crítico de café, ¡habrá escéptico! como va de su casa al café por sus pasos contados y no en coche como las autoridades, y en cada esquina le acosan veinte pobres, y si lleva prisa, ha de echarse por medio de la calle, á riesgo de ser atropellado por los automóviles--obedientes también á lo ordenado para regular su marcha,--porque las aceras son círculo de recreo á los de la venerable y castiza orden del Plantón; á poco práctico que sea en los golfos de este mar, como dijo Tirso de Molina, verá cómo campan hampones, recién salidos de presidio, vagos de profesión, agentes de toda clase de negocios, toreros sin contrata, vendedores del «ful», libreros á la menta... ¿Cómo no ha de tomar á broma las ordenanzas?

Se prohibe la blasfemia, y hasta en los salones de conferencias del Senado y Congreso, no hay divinidad que se respete, ni la de D. Antonio Maura, y los que tenemos creencias, no sabemos ya á qué santo encomendarnos, de quien no se haya dicho algo.

Se prohibe molestar á las mujeres con piropos y se las deja á ellas en libertad de molestarnos, como si nosotros no tuviéramos también nuestro pudor y cada uno no supiera cuando le aprieta el zapato, y dónde ir á calzarse lo que mejor le convenga.

Y cuando todo esto vemos á cada hora, ¿no ha de sernos permitida la más ligera crítica de café, sin vernos tratar de vulgacho? Todos no podemos ir á murmurar en las mismísimas antecámaras de los ministerios, ni en dorados salones, ni en despachos de directores de periódicos ministeriales. ¡Oh! No hay duda de que allí la murmuración es más sabrosa que en el vulgar café. Como que allí se cobra y aquí se paga.

Pero en la política sucede como en el teatro; el público que paga es el que menos aplaude ni silba; en cambio los de la gorra, sin perjuicio de aparentar que aplauden en público, son los que desacreditan la obra y á los actores en los corrillos del vestíbulo.

No, señores ministeriales, la opinión, la prensa, el país, en general, nunca han estado mejor dispuestos; nunca han querido «creer», tanto como ahora, en que sería posible mejorar en algo, nunca han esperado tanto... ¡Y aun lo envuelven ustedes todo en el despectivo nombre de críticos de café! ¡Como están ustedes tan mal acostumbrados! No han tenido ustedes otra verdadera oposición que la de esos críticos. Porque la otra no ha sido de café, precisamente: ha sido... lo que suele acompañarle á más del azúcar.

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Nada más fácil que un poco de sociología á propósito del dispendio que supone la nueva banda municipal. Pero yo, que en la aldea, en donde paso largas temporadas, cuando llega algún pobre chicuelo á mi puerta y allí se para á admirar las rosas del jardín, únicas flores en tan pobre tierra, suelo unir á un pedazo de pan una rosa, no sin que alguien me advierta que con el pan bastaba, aunque yo veo cómo muchas veces, la boca hambrienta del chicuelo, antes que morder el pan, sonríe á la rosa... ¿Cómo no he de estimar en lo que vale, aunque mucho cueste, esta flor de arte prendida en nuestra pobreza, para alegrarla? Bien está el pan, pero no están mal las rosas.

Y bien está la banda municipal, y por esta vez sólo plácemes merece nuestro Concejo. No frunza el ceño el «leader» del socialismo que, al fin, el socialismo, por lo que tiene de armonía social, tiene mucho de ideal artístico y mucho debe al arte, aunque nuestros socialistas le traten con despego.

Magnífico instrumental, excelentes músicos, dirección entusiasta. El maestro Villa nada tiene que envidiar á los directores alemanes en precisión y en claridad, con algo que no estorba nunca, el calor y la sangre de la tierra. Como aquí trabaja uno por cada veinte que no hacen nada, ese uno trabaja por los veinte: gracias á eso vamos tirando. El maestro Villa es de los que trabajan.

La banda madrileña, que desde hoy será orgullo de este pueblo, el del gracioso andar de sus mujeres, aprendido al són de músicas callejeras, tuvo un digno comienzo; saludar con la marcha de infantes á la madrileñísima infanta Doña Isabel. Después... ¿hubo alguien que pensara en lo que puede costar la banda? ¡Poder soberano del arte! Al salir del concierto, nos parecía que los faroles de la villa alumbraban con mayor claridad y que las calles estaban mas limpias y mejor cuidadas.

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Moritz I es un chimpancé de los que alegran la vida á un «darwinista». ¡Que ocasión para un sabio aspirante á Menelao científico! como el gracioso doctor de «Las tardes del Sanatorio».

Pero no hay que olvidar á los de casa por los de fuera. ¿Ustedes no conocen á la Nena, chimpancé hembra, residente en nuestra Casa de fieras del Retiro? Nada tiene que envidiar á Moritz I, ni á Cónsul I y II, ni á la mismísima Eva mona, de la que, acaso, todos descendemos. Nena es una verdadera monada; posee todas las virtudes femeninas y una más, la de vestirse con muy poco y no llevar sombrero. Tiene adoración por el encargado de cuidarla, es cariñosa con los niños, rara condición en monos y en institutrices; sus gracias son muchas y no profesionales, ni enseñadas, sino de lo más espontáneo é instintivo. No debe avergonzarnos nuestro origen. Yo no creo á Nena capaz de ir á sonsacar á ningún mono Adán con la manzana. Nena se la hubiera comido ella sola.

[Ilustración]

XV

Verdaderas fiestas de arte son las que prepara la ciudad de Munich, para lograr honra y provecho que á despecho de nuestro pesimista proverbio, bien caben en un saco. El programa no puede ser mas atractivo. De Julio á Agosto, en el teatro Real de la Residencia, festival de Mozart, en dos series de representaciones. «Las bodas de Fígaro», «Don Juan», «El rapto en el serrallo», «Así hacen todas»; obras maestras de gracia, de sentimiento, de cortesanía, propias para ser cantadas en salones de príncipes artistas. De Agosto á Septiembre, en el teatro del Príncipe Regente, ciclos wagnerianos: «Los maestros cantores», «Tristán é Iseo», «Tanhauser» y la trilogía con su prólogo «El oro del Rhin». Estas representaciones, al decir de cuantos han podido comparar unas y otras, exceden á las de Bayreuth por el mérito de los cantantes y lo perfecto de la presentación en escena. Por si no fuera bastante, de Junio á Septiembre actuará la compañía del teatro de los Artistas, la más renombrada de Alemania, bajo la dirección del profesor Max Rheinhardt. En el repertorio figuran: «Hamlet», «Sueño en noche estival», «El mercader de Venecia», de Shakespeare; «Fausto», de Goethe; «Los bandidos», de Schiller; «Lisistrata», de Aristófanes. Obras que estamos hartos de ver por aquí, á petición de los distinguidos abonados á turno de moda.

Con estas bagatelas basta para que á la ciudad de Munich llegue gente de todas partes á dejar muy gustosa su dinero. El arte bien administrado puede ser industria muy provechosa. No lo olviden nuestras inevitables comisiones cuando vuelvan á pensar, con mejor fortuna, en organizar festejos. El Teatro Nacional, bien organizado, pudiera ser excelente base para estas fiestas de arte. El Teatro español, antiguo y moderno, interesa más de lo que nosotros creemos á muchos extranjeros. No hay que juzgar por lo que signifiquemos en Francia. Es vulgar creencia española que, por nuestra amable vecina, nos llega á los españoles toda claridad intelectual. Yo creo que en muchos casos, ó la intercepta ó la refleja del color de sus cristales; que no son los más claros. Los franceses ó no se interesan por lo extranjero, ó, si se interesan por algo, han de decir que es suyo. Ahora mismo, admirados ante los bailarines rusos, aseguran que si son admirables es porque han recogido la tradición del baile francés, casi perdida en Francia. En los saltos prodigiosos del bailarín Nijinsky aplauden, más que nada, lo que tienen de salto hacia atrás, hacia el gran arte del baile francés. De los franceses procede todo; ellos solos son principio y fin de todas las cosas.

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La Exposición de la Infancia no ha pasado de ser una plausible buena intención; un modesto ensayo, que no debe desanimar á sus organizadores, para acometer de nuevo la empresa. Tal como esta es muy poco, en algo de tan sagrado interés como la infancia. Una escuela modelo que, en efecto lo es, si recordamos muchas que hemos visto. Libros para niños, con vistosas, no muy artísticas cubiertas... ¡Ah, los libros ingleses para niños, primores de arte!

En la Exposición se muestran cerrados; y si hemos de juzgar por algunos que en alguna ocasión hojeamos, bien están así; es como pueden ser más provechosos.

Aun así, la Exposición debe ser visitada por todos. Lo deficiente es el mejor acicate al deseo de mejorar. Si hubiéramos llegado á la perfección, tal vez nos dormiríamos; y ahora que á muchos sabios les ha dado por predicar las ventajas de la ignorancia, no es hora de que duerman cuantos creen, como dijo Jesús, que sólo no es perdonable un pecado; el pecado contra el Espíritu. En España llevamos mucho tiempo de pecar contra él; porque el mayor pecado es la ignorancia.

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Llueven censuras sobre Felipe Trigo á cada nueva novela que publica. Graves moralistas lanzan contra él los más terribles anatemas. Dicen sus detractores que abusa de la cuerda sensible amatoria. ¿No hay asunto más interesante para el señor Trigo que este de la sexualidad? Y ¿creen ustedes en efecto, que hay otro mas importante? De ahí nacimos todos y esa es toda la vida. No sirve hacerse los desentendidos. Si hombres y mujeres civilizados pretenden hacer asunto de misterio de ese asunto, es porque saben bien que en él está el verdadero secreto de nuestra vida y hay pocas vidas que puedan mostrar sus secretos. Dime cómo amas, te diré quién eres. Obras de arte, empresas guerreras y políticas, heroísmos de la santidad, monstruosidades del crimen... Todo lo que admira ó espanta en la historia de la humanidad... ¿En dónde está nuestro secreto? «Behind the veil»; detrás del velo, como dijo Tennyson, en otro sentido, pero más exacto en éste. Detrás del velo pudoroso con que todos procuramos ocultar el misterio de nuestros amores... Todos, y más que nadie, los fanfarrones del amor... ¡Ah! De esos, ya se sabe: dime de lo que presumes y te diré lo que no tienes. De Don Juan Tenorio se sabe lo que él pregonaba, la lista de sus conquistas; pero también se sabe que no tuvo hijos. Hay para dar en qué pensar. En cambio, ¡hay tantos que no presumen y podrían llevar una lista más numerosa y más completa que la de Don Juan Tenorio!

Y en las mujeres... ¡Pobre Don Juan, qué sabía él de las muchas mujeres que le harían cara sólo por el gusto de añadir uno más á su lista!

Los más impenetrables secretos de la historia serían de una diafanidad asombrosa si los historiadores hubieran sabido darnos tan cabal cuenta del acto de amor, en sus personajes, como Felipe Trigo sabe dárnosla de los suyos en sus novelas.

Por ejemplo; del proceso y prisión del príncipe D. Carlos, tan diversamente comentado por historiadores y poetas, yo creo... Pero seamos pudorosos. Si yo dijera lo que creo, se escandalizarían ustedes como de una novela de Felipe Trigo.

[Ilustración]

XVI

Nuestro previsor y paternal gobierno, en vista de que el verano se presenta aburrido, y acaso la banda municipal, no por falta de méritos, sino por falta de lugares acomodados en que lucirlos, no baste á la amenidad de nuestra vida, ha resuelto sustituir el acreditado crimen misterioso de todos los veranos con algo tan interesante por lo menos: la guerra misteriosa. Ella será el acertijo, la inquietud y el interés de todos: ¿Iremos á Marruecos? ¿Vamos? ¿No vamos? ¿Tenemos que hacer allí? ¿No tenemos que hacer allí nada?

Nuestros mejores talentos geográficos, diplomáticos, sociológicos, financieros, los que conocen el imperio vecino como su propia casa y los que pasaron cuatro días en Tánger en aventuras exóticas á lo Loti, hartándose de judías, que ellos toman por moras, y figurándose correr mil peligros en la conquista de alguna noble favorita de moro rico, que luego resulta ser una bella Fátima de Marsella y su dueño y celoso señor un apache con turbante y babuchas; todos ellos pueden hacer gala en artículos periodísticos y conversaciones de playa ó Casino de sus profundos conocimientos, y volveremos á oir aquello de: «El país no quiere aventuras», ó «No debemos renunciar al importante papel que, por nuestra historia y nuestro porvenir, estamos llamados á representar en Marruecos». Y habrá planos trazados en las arenosas playas ó en los tableros de mármol de los cafés, y habrá estadísticas comerciales abrumadoras. Nuestro comercio de exportación, nuestra industria... Y unos gritarán: «¡Guerra, guerra!», y otros clamarán que la guerra sería el fin de España, ese fin anunciado tantas veces y que, por fortuna, no llegará nunca; porque España es tan dura de pelar como el imperio de Marruecos, amenazado siempre también de aniquilamiento y ruina. ¡Nadie puede calcular la fuerza de los débiles! Ni nadie en mejores condiciones que ellos para atreverse á todo. Si algo debe hacernos dudar en acometer la aventura, es esa consideración: Por poco que tengamos que perder nosotros, aún tienen menos que perder ellos, y esa ventaja es inapreciable para toda clase de luchas. Las guerras y los negocios, sin dinero; es el único modo de no perder nunca. Yo creo que si algo nos estorba en España para volver á recobrar nuestro prestigio en el mundo, no es nuestra pobreza, sino los cuatro cuartos que tenemos. El día que nos decidamos á tirarlos por la ventana, empezaremos á ser alguien.

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El señor ministro de la Gobernación piensa en enérgicas medidas para evitar que en lo sucesivo registre la crónica tauromáquica jornadas tan desastrosas como la última de las cinco cogidas. ¡Cinco en un solo día! Es demasiado. ¡Y en distintas plazas! Para que no puedan disfrutar de todas ellas los mismos espectadores... Es lamentable.

¿Medidas enérgicas?

La profusión de accidentes no es el mejor motivo para tomar medidas enérgicas contra la fiesta taurina. ¿Qué más enérgica medida que la de los mismos toros? Á pocos domingos como el de marras, no quedaba un torero, y asunto resuelto.

¿Vendrá la supresión en absoluto? Hombre es D. Juan capaz de atreverse, no digo con la torería, hasta con el clero, si esto no fuera contra la doctrina conservadora. ¡Ah, si D. Juan fuera liberal como es conservador, la ley de Asociaciones no hubiera quedado en proyecto!

¿Tendremos corridas á la portuguesa? ¿Se exigirá á cuantos toreros pisen plazas un certificado de suficiencia; bachillerato para torear novillos, licenciatura para toros y doctorado para miuras?

¿Por dónde vendrá la muerte? Mal haría el señor ministro en querer precipitarla, exponiéndose por el contrario á levantar al toro, como cachetero desmañado. Deje, deje á toreros, ganaderos, toros y público, que ellos solos se bastan para concluir con la fiesta, por aburrimiento, que es la más segura muerte.

Entre esos toreros, en vano aupados por los amigos; esos toreros de una estocada, que bien pudiera llamarse la estocada del hambre, cada cinco años; las exigencias de los eminentes, la falta de tradición en los aprendices toreros y en el público aficionado que ya, por no haberlo visto en muchos años, no sabe distinguir un volapié de una carrerilla de esas con que ahora se caza, no se mata, á los toros... Además, las clases obreras están más alejadas cada día del espectáculo, sostenido por la clase media desocupada y la aristocracia aburrida, y... síntoma significativo: á los niños de ahora no les gustan los toros. He podido comprobarlo en repetidas observaciones.

Unos cuantos años más y habrá que sostener las corridas de toros con subvenciones del Estado, como una curiosidad arqueológica que puede interesar á los extranjeros.

[Ilustración]

XVII

Y ¡aun hay vanidosos! Esto pensaba yo el otro día, ante el mausoleo de Chueca, inaugurado con... ¿solemnidad? ¡Oh, sí! Demasiada solemnidad.

Amables oradores, lisonjeros poetas nos hablaron del pueblo allí presente para honrar á su músico... ¿El pueblo? Yo no le ví por ninguna parte. Allí no estábamos mas que los precisos operarios, el grupo de siempre, los de obligación. Y no todos. Las bellas artistas de nuestros teatros alegaron en disculpa de su ausencia, la hora inconveniente; hora de ensayos ó de sección «vermouth»... ¡Vaya por Dios! ¿Para qué mejor ocasión juzgarán las empresas que valía la pena de conceder un día de asueto á sus artistas?

Y esto por Chueca, el popular, el glorioso entre todos. ¿Se entera usted, señor don Nadie? Usted, el que cree haber conquistado el derecho á la inmortalidad, con una crónica colorista ó con un soneto cincelado; usted, el que apenas se digna saludar á los amigos, y va usted, por esas calles, despreciando las baldosas que pisa; indigno pedestal de su grandeza... ¿No le aprovechará á usted de nada esta lección y tantas otras? ¡Cúrate vanidad!, como dice el Rey Lear. Aprende que no es preciso salir de España para que el nombre de Cervantes sea ignorado; que de Zorrilla, el popular poeta, no hay, fuera del consabido círculo, quien sepa más allá del «Tenorio»; y yo sé de personas bastante cultas, que confundieron al poeta con el político.

¡Cómo nos engañamos unos á otros con esto de la popularidad! Se lamentaba un buen señor, indignamente puesto en ridículo por su esposa... ¡Ya ve usted! ¡Todo Madrid lo sabe!--¡Bah!--le consolaba un amigo;--¿todo Madrid? Váyase usted á Carabanchel.

¿Es usted popular? Pues pregunte, pregunte al primero que pase por la calle... Y aun queda mucho mundo y otros mundos... y ¡aun hay vanidosos!

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El reglamento del Teatro Español--por fin, es Español,--aun no esta aprobado oficialmente, y claro está que cuanto de él se anticipe, estará expuesto á rectificaciones. Mas, como una vez aprobado, sería tarde para ponerle peros, es preferible pecar de anticipado, llamando la atención sobre algunas ligeras enormidades anunciadas, que aun es tiempo de rectificar.

Primeramente se anuncia que el cuadro de artistas se dividirá en dos, uno dramático y otro cómico. ¿Á qué esa división? En el Teatro Francés puede estar justificada, porque en Francia la tragedia clásica es un género aparte, y es tragedia desde antes de levantarse el telón hasta que termina, sin mezcla de comedia alguna. Pero en el Teatro Español, aparte media docena de tragedias á lo clásico, de que vale mas no acordarse, lo mismo en el teatro antiguo que en el moderno, lo trágico y lo cómico se entremezclan de tal manera, no ya en cada obra, sino en cada personaje, que esa división entre actores dramáticos y cómicos sólo puede conducir á promover un conflicto por obra.

Se reparte «El alcalde de Zalamea». ¿Que cuadro debe representarlo? ¿El dramático? ¿El cómico? El papel de Don Lope de Figueroa, ¿es trágico? ¿es cómico?

¡Así que nuestros actores necesitan mucho para clasificarse y rechazar papeles que no creen de su cuerda! Yo soy del cuadro dramático--diría alguno,--y en este papel que me han repartido hay dos chistes y una situación cómica. Yo estoy aquí para hacer reir--diría el otro,--y al personaje que represento se le muere un tío, que no le deja nada, en el segundo acto. Suprima, suprima la comisión ese articulito. Compañía una; dramática y cómica. Nada de clasificaciones. Jóvenes, los jóvenes; actores de carácter, los veteranos; graciosos ó tristes, según pida el carácter de los personajes. Nada de damitas con cuarenta años de servicios, poniendo la boca chiquita para decir: ¡papá y mamá! Nada de galanes jóvenes con bisoñé y dentadura postiza. Esto en cuanto se refiere á la organización de la compañía.

La otra pequeña atrocidad es la siguiente: El criterio para retirar las obras del cartel no será otro que el ingreso en taquilla. ¿Sí? Pues ¡vive Dios! que para eso no hacía falta teatro subvencionado, y ese criterio es el de cualquier empresario negociante y aun no tan á punta de perro chico. Según ese criterio, muy expuestos estarán Lope de Vega, Calderón y el mismísimo Shakespeare, á tener que ceder el sitio más que á paso á cualquier bufonada ó melodrama de público. Todos creíamos que, justamente, la subvención sería para eso; para imponer una obra de arte, cuando el dinero del público no bastara á sostenerla.

Con ese criterio, el Museo de Pinturas ya debiera de estar cerrado ó haberse sustituído por un «cine»; ¡si se fuera á juzgar del mérito de Velázquez por el número de entradas vendidas para ver sus cuadros!

Claro es que no hay autor vivo que no crea sus obras del más soberano arte, y todos pretenderían verlas perpetuarse en el cartel, á costa del Estado. El criterio del ingreso es el más seguro... La obra de usted es una obra de arte, pero no da tres pesetas... ¡Mal, muy mal van á pasarlo nuestros clásicos, con Shakespeare, Molière, Ibsen, etc., en el nuevo Teatro Español!

Los vivos, los verdaderos vivos, menos mal, ya se ingeniarán para tomarle el aire al abono, al público y á la dirección artística; y el teatro subvencionado será... un teatro más. Y es lo menos malo que puede sucederle.