De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)

Part 5

Chapter 53,814 wordsPublic domain

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¡Valiente mico! ó mejor ¡valiente «lapin»! como allá se dice, le ha colocado á su dulce amiga la República francesa, su aliado el Imperio ruso. ¡Para que veas Marianita con quien te gastas los cuartos! Por esta vez tu soberano amigo se ha mostrado digno de la «casquette á trois ponts», distintivo clásico del «souteneur» parisiense.

Después de haber sido su «marmita» apresurándote á cubrirle sus empréstitos, en la primera ocasión que se le presenta de corresponder, al muy cosaco, sale con que se niega á pagarte derechos de traducción y representación por tus obras, fundado en que la pobreza de su país no le permite esos lujos; aunque le permite el de sostener á sus grandes duques; algo más pródigos en pagar, sin traducir, á las grandes «cocottes» que á los grandes escritores franceses. Estos, aparentan no darse por sentidos; altas razones patrióticas les obligan á ello, pero otras les queda dentro y la alianza franco-rusa, ya muy resquebrajada, quedará con esto para el divorcio; tema preferente de los escritores franceses.

El pueblo francés, tan amante de sus artistas, no tolera desdenes ni ofensas para los gloriosos representantes de su intelectualidad.

En cambio no sabrán agradecernos á nosotros, aunque no les debemos las atenciones ni el dinero que los rusos; á más de los derechos de traducción y de representación, nunca escatimamos, la oficial oficiosidad de no molestarles en lo más mínimo con el recuerdo del Dos de Mayo; cuya conmemoración, según rumores, quedará suprimida este año.

No hay bien ni mal que cien años dure, y este recuerdo, que cumplió los cien años en el pasado, no era justo que durase uno más en memoria tan olvidadiza como la española.

En vez de estas fiestas nacionales, podemos ir celebrando por regiones, por pueblecitos y hasta por barrios, una porción de fiestas conmemorativas de nuestras guerras civiles, pronunciamientos y motines. Así, todo quedará en casa sin molestia para los de fuera. Cada uno lo suyo, y á lo suyo. Por eso, ya que el Dos de Mayo no se celebre como fiesta nacional, en recuerdo de una gloriosa guerra por la Independencia española, ¿no será permitido á los madrileños celebrarla, siquiera como recuerdo de un motín madrileño, un modesto motincito sin importancia? Siquiera en el barrio de Maravillas, con mucha modestia, no vayan á molestarse en Francia y paguemos nosotros el enfado que no se han atrevido á mostrar á Rusia.

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El honor de las mujeres hemos convenido desde muy antiguo, en localizarlo. Por fortuna para ellas y aun para nosotros, la bondad no es lo mismo que el honor y no tiene tan frágil asiento. El honor de los hombres... ya anda más repartido; por la inteligencia, por el corazón, por los brazos, por los bolsillos; por regiones materiales y espirituales. Por lo mismo es más opinable y por lo mismo no debe opinarse de él con tan ligera facilidad como ha dado en opinarse ahora, de un modo definitivo é inapelable, por medio de los llamados tribunales de honor. Bastaba con los tribunales de justicia, sólo llamados á juzgar de los hechos, único juicio que en lo humano, puede presumir de acercarse á la verdadera justicia. ¡Juzgar del honor! ¿Quién sabe de eso? ¿Quién sabe en dónde está nuestro deber más cercano, más imperativo?

Aceptaré todavía los tribunales de honor y sus juicios, en cuerpos que por tener sus deberes bien definidos, al cumplimiento de ellos han de ajustar sus resoluciones. Pero en un círculo de sociedad, de recreo, fuera de las incorrecciones cometidas en él, ¿en nombre de qué justicia va á juzgarse?

No han tenido confirmación determinaciones apuntadas con maliciosa intención, y la verdadera justicia y el buen gusto deben celebrarlo. El honor no se gana en un día, para que en un día pueda perderse. Quien en una hora puede dejar de ser honrado es que no lo fué nunca. Todos los que somos amigos del Sr. Macías sabemos que no es este su caso. Podríamos dudar de sus razones, hasta de su razón, nunca de su honradez.

[Ilustración]

X

¡Oh, el «sport» de París! En una revista representada en «Folies-Bergère»--el que no haya visto una de estas revistas no tiene idea del ingenio parisiense; es para elevar un monumento al peor de nuestros currinches,--se ha introducido una escena: «El presidente Castro en París», y ¿qué dirán ustedes que se les ha ocurrido? Hacerla representar por Cónsul Peter; un chimpancé inteligentísimo; superior, seguramente, en inteligencia al autor de la escena, al público que la ríe y al que sin reírse la tolera.

No es ocasión de juzgar la figura política del presidente Castro, y mucho menos su figura particular; pero, habría de ser muy despreciable y siempre merecería siquiera por ciudadano de un noble país, algo más de consideración que la simiesca caricatura. No será por tirano por lo que merezca de los franceses un desprecio que no han merecido de ellos el zar de Rusia ni el sultán de Turquía. Ni por especulador de mal género, suponiendo que lo hubiera sido; cuando ellos están á partir un piñón con el buen Leopoldo de Bélgica y del Congo. ¿Qué espíritu de moral justiciera es ese, tan severo con un presidente caído, como tolerante con majestades encumbradas? Es que los franceses le hubieran perdonado todo al presidente Castro; lo que no pueden perdonarle es la oposición á dejar explotar su país por los especuladores franceses.

Aprendan, aprendan los buenos americanos, lo que significan para esa Francia y su París, al que ellos adoran y á donde ellos acuden inocentes á copiar todos los figurines materiales y espirituales. París que inventó por ellos y para ellos las palabras «rastaquere» y «rastaquerisme»; París, que los arruina y se ríe de ellos.

Por si la escena del mono, por ser en tal lugar y de tal arte, no mereciera tomarse en cuenta como síntoma característico, ahí está flamante y literaria la obra de Abel Hermant: «Trenes de lujo»; en donde los americanos hacen también un papel ridículo. ¡Y tan contentos! ¿Qué dirían si en España, donde siempre se les ha tratado con respeto, los escritores nos permitiéramos esas desconsideraciones? Pero en París... ¡Ah, en París! ¡Son tan ingeniosos, tan espirituales! En cualquier parte un chimpancé sería un chimpancé; pero allí no; es el presidente de una nación americana; es todo un símbolo... ¡Ni los de Ibsen!

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La masa neutra ha demostrado en su primera presentación y á pesar de la falta de ensayos, que no es tan neutra como algunos creían. ¡Gran error pensar que los que no están con nadie no están en contra de uno!

No ha sido el despertar de ningún león, seguramente, el pacífico salir de sus casillas, aunque no del encasillado--todo se andará,--de los retraídos electores. Pero vamos, como despertar de gato doméstico, que duerme sosegado y vienen á molestarle, no ha estado mal el primer arañazo.

Algunos disgustos está llamada á dar esta masa neutra, que una vez despierta, ha de avisparse más cada día. Malo para los gobernantes si lo toman en serio, y peor si lo toman á broma y las elecciones se convierten en «sport» á la moda. Por lo pronto, en estas elecciones, las señoras se han movido como nunca... ¡No sean ustedes maliciosos! Muy pronto habrá tés electorales y «soirees» de señoras compromisarias. En las reuniones cursis se jugará á sacar diputados, como antes á la lotería y á los estrechos. El clásico pucherazo, reservado para interventores traviesos y secretarios de Ayuntamiento marrulleros, correrá ahora á cargo de femeninas manos: más propias para manejar pucheros. Con el voto obligatorio, la intervención electoral de las mujeres será decisiva. Con cada varón votarán su esposa, su novia, sus amigas. Será el voto neutro. Pero la masa será lo menos neutra posible. Nada de medias tintas. Las mujeres son extremosas en todo; con Dios ó con el diablo. Por eso, con la intervención de la masa neutra en las votaciones, los que deben decidirse pronto por uno de estos extremos, son los partidos neutros. Hay que decidirse; el país ya se ha visto que esta decidido.

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D. Enrique Vargas, en la redondez del mundo; Minuto, en la redondez de las plazas, publica un reglamento de apuestas, con aplicación á las corridas de toros, que vendrían á competir de esta suerte con los frontones, hipódromos, casinos veraniegos y círculos aristocráticos. Los verdaderos aficionados pondrán el grito en el cielo, al saber cómo intenta desnaturalizarse nuestro castizo espectáculo; el más típico ejemplar de arte por el arte mismo; estética pura.

Mal síntoma es, en verdad, que ya sea preciso aderezar el filete, como si lo sangrante no le bastara, con esta salsilla picante. Y peor síntoma que haya sido un lidiador el primero que lo proponga; porque indica cierta desconfianza en los propios recursos para amenizar la fiesta.

No es decir que ya no se haya puesto en práctica lo que ahora se pretende. Recuerdo haber jugado varias «poules» en corridas de toros, en que había de ganar el agraciado con el toro que más caballos destripase. Recuerdo también, que para mayor aliciente, jugábamos alguna vez una «poule» ilustrada, en las que un picador cogido valía por un caballo, un banderillero por dos y un matador por cuatro. La equivalencia, como puede juzgarse, era por sueldos. Esta última combinación en las apuestas hubo de suprimirse á ruegos de una distinguida señora, abonada á delantera de grada; porque, según nos dijo aquello le parecía una barbaridad, porque cuando el toro que se jugaba no había matado ningún caballo, no podía uno evitar el mal pensamiento de desear que cogiera á alguien, aunque no fuera más que un rasguñito, claro está... Todos los jugadores convinimos en que, efectivamente, se sentía uno bárbaro, y suprimimos la «poule» ilustrada. Nos sentíamos compasivos y era de ver cómo, en nuestro toro increpábamos á los monos sabios porque no daban la puntilla en el acto á los pobres caballos heridos... ¡Era una crueldad verlos padecer! El corazón humano guarda tesoros de bondad incalculables; todo está en saber llegar á su fibra sensible.

[Ilustración]

XI

Por mi parte, no sé cómo corresponder á la atención del nuevo jefe superior de policía. Su reciente circular, encaminada á la represión de la blasfemia, trae, á modo de brindis, ofrecimiento ó envío, como en balada antigua ó modernista--los extremos se tocan,--los nombres de D. Mariano de Cávia, el mayor maestro, y el de este su menor discípulo. Y ya quisiéramos ¡pardiez! á tan poca costa, ser siempre atendidos en empresas de mayor empeño; porque, en verdad, si no da muy buena idea de la cultura de un pueblo, ese verdadero derroche de torpes vocablos y groseras frases y, repetidas veces, en cuanto al teatro se refiere, he censurado el abuso de chulerías; de eso á pedir la intervención de la autoridad, hay un abismo; temible siempre, como lo es toda intervención de la autoridad en España.

La grosería en el lenguaje, es sólo síntoma de la grosería espiritual, que podrá taparse, pero no desaparecer con cataplasmas y parchecitos. Buenos reconstituyentes y depurativos á cargo de padres, maestros y educadores, han de ser más eficaces y procedentes.

Entre tanto, sería de lamentar para nosotros, de reir para todos, que, los mal supuestos inspiradores de la circular, fuéramos los primeros en caer bajo su peso. ¿Quién puede responder de su pícara lengua en cualquier momento? Y que, hay días, la verdad, en que sin dos ó tres palabrotas bien colocadas, reventaría uno. Los fisiólogos saben que esto de blasfemar y palabrotear, no tiene muchas veces más importancia que la de cualquier otra necesidad fisiológica: una expansión de los nervios, un escape de energías en palabras rimbombantes que acaso no tienen más valor que el puramente onomatopéyico.

Sabido es el cuento de aquel marinero que, desde la punta del palo mayor, sintió escurrírsele pies y manos, y al prorrumpir en horrible blasfemia, con desesperada contracción, logró asirse á una escala, casi en el aire y salvó su vida. El cura del barco, espectador y oyente de todo, le reprendió después muy severo: ¡Desdichado! ¡En tan horrible peligro y no encontrar otras palabras que esa infernal blasfemia! ¿No pensaste que Dios pudo haberte castigado? Ya puedes darle gracias.

--Sí, padre; tiene usted razón... Fué una barbaridad lo que dije; pero, mire usted, padre, como en vez de decir eso, me hubiera entretenido en decir: ¡Jesús mío, Virgencita mía, salvadme!... Entonces es cuando no agarro la cuerda y me descrismo...

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Otra aplicación del sistema tan nacional, de preocuparse por lo sintomático, es lo de andar pensando en festejos para remediar la llamada crisis del comercio madrileño. ¡Pobre ciudad y pobre comercio los que no cuenten para atraer viajeros y compradores con otros recursos que unos malos festejos de feria!

La gente sabe ya lo bastante, para haber aprendido que, justamente en días de fiestas y jolgorios, es cuando se hace más insoportable la estancia en cualquier parte. Esos señores comerciantes y fondistas, tan interesados ahora en el atractivo de las fiestas, son después los primeros en contribuir á que los pobres forasteros salgan de Madrid como gatos escaldados. No hay en Madrid un solo hotel en justa proporción de sus precios con sus comodidades. Hoteles que, en cualquier capital del mundo, se considerarían como de tercer orden, tienen aquí pretensiones como de primero. Del estado de calles, paseos, coches de alquiler, servicio de tranvía, de la novedad y buen gusto en los espectáculos públicos; de todo, en fin, lo que contribuye de un modo permanente á la atracción de viajeros en otras capitales, no hay para qué hablar, porque ya es milagroso, en estas condiciones, que Madrid no se despueble á toda prisa para pensar en que vengan los de fuera á gozar de sus encantos.

Antes de pensar en fiestas, pensemos en barrer y en fregar la casa. Ya que no vengan los de fuera, que estemos más á gusto los de dentro.

Y cuando se piense en fiestas, sea en verdaderas fiestas de arte. Bayreuth, ahora Munich, llaman gentes de todo el mundo, con sus ciclos wagnerianos; Dresde con su teatro de arte; Strafford-sur Avon con sus representaciones de obras de Shakespeare. Contamos nosotros con un teatro clásico que es admiración de los extranjeros; representaciones artísticas de sus obras más famosas atraerían, seguramente, á muchos de sus admiradores, franceses, ingleses, alemanes particularmente. Exposiciones arqueológicas, música y bailes nacionales; cabalgatas históricas, en que no se desdeñaran de tomar parte activa, como en otros países se acostumbra, sin el ridículo temor al ridículo, nuestros aristócratas y nuestros artistas. Mucho puede hacerse con buena voluntad y verdadero patriotismo, del grande; el que consiste en hacer cada uno lo suyo, en vez de irle pidiendo al vecino que haga por nosotros.

[Ilustración]

XII

El piropo supone amabilidad y galantería; cuando era verdadero piropo no era lo peor que las mujeres podían oir al pasar por las calles. Con prohibirlo, ¿dejarán de oir groserías? El respeto á la calle que, por ser tan de todos, es donde menos debemos ser cada cual como somos, es la señal mas evidente de la cultura de un pueblo. Y aquí ¡cielo santo! por la calle se habla á gritos de religión y de política, y de mujeres y de hombres; por la calle le espetan á uno en su cara lo mismo la admiración que el desprecio; que el comentario á la figura que el juicio crítico del atavío, modesto ó llamativo; en la calle le para á uno cualquiera, al sol ó la lluvia, sin conocernos mas que de vista, y de plantón, nos refiere su lastimosa historia ó nos anuncia la lectura de una comedia; en la calle nos interpela el amigo francote, de acera á acera, sobre los asuntos más reservados:--Ya hablé con ese hombre... Dice que te llevara al Juzgado... Ya nos veremos... Otras veces, desde la plataforma de un tranvía, otro campechano, pero algo más discreto, nos grita, cuando vamos sentados en el interior, entre otros viajeros:--¿Cómo va? ¿Se le arregló á usted aquello?... ¡Aquello! que abre amplios horizontes á la imaginación, y lo mismo puede ser un pleito, que un disgusto de familia, que un órgano importante... ¿Habrá ordenanzas de policía capaces de evitar estas y otras mil impertinencias callejeras, que no son piropos, ni blasfemias, ni vendedores ambulantes?

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Acabo de leer el nuevo libro de poesías de Fernández Shaw: «La vida loca». Yo diría del libro y del poeta... Pero no; seamos discretos. El propio autor nos ha dado una provechosa, y quiero demostrar que aprovechada, lección de tacto y de mesura en esto de opinar sobre autores contemporáneos. Preguntándole un crítico su opinión sobre el teatro moderno, el señor Fernández Shaw no quiso en modo alguno soltar prenda, se limitó á sonreir. ¡Oh, la sonrisa, qué discreta opinión! Y á decir: No me pregunte usted. De los autores del siglo XIX, admiro á Tamayo y á Ayala.--Sí que es un gusto; teniendo á Zorrilla y á García Gutiérrez, más propios para ser admirados por un poeta. Pero el Sr. Fernández Shaw respondió muy juiciosamente. «No se debe opinar en público sobre autores vivos; otra cosa es en dedicatorias particulares. Preferir á unos es molestar á los otros; celebrar á todos por igual, es demasiado; decir francamente que todos son malos, es contradecir las dedicatorias... Nada, nada; lo más discreto es sonreir y remontarse á los muertos». Prudentísima actitud que yo tengo ahora muy en cuenta y, aunque sabe Dios, que sólo flores pensaba decir del nuevo libro, me limitaré á sonreir y á decirles á ustedes: Admiro á Góngora y á Garcilaso. Ni con los del siglo XVIII ni con los del siglo XIX quiero compromisos.

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Los buenos propósitos duran poco. Leo otro libro: «Tardes del Sanatorio», de Silvio Kosstti, y sin saber quién sea el autor, ni tener de él otra noticia que su libro y nombre--suponiendo que sea el verdadero y no un pseudónimo, como parece,--me atrevo á opinar y á proclamarlo como libro de muy agradable y sabrosa lectura; libro que sabe á vida, entre tantos que sólo saben á libros. Libro de humor y de donaires, á la manera de aquel D. Francisco de Torres y Villarroel, original excéntrico de nuestra literatura, tan poco estudiado todavía y tan digno de serlo.

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Un nuevo nombre viene, sacado á luz por minuciosa crítica literaria, á disputar una vez más á Shakespeare la paternidad de sus obras. Antes fué el de Bacon; después el del conde de Pembroke; ahora es el de Rutland... Crítica sabia, crítica erudita, que no puede resignarse á juzgar obras tan admirables, como obra de un comediante vulgar; de un hombre que no podía ser literato... Pero ¿hay literatura en las obras de Shakespeare? ¿Literatura personal, literatura que no sea la de todos los predecesores y contemporáneos suyos en el teatro inglés? ¿Hay en la técnica, en los asuntos, en la composición de sus obras algo que no esté en los demás autores de su tiempo? ¿Qué hay sobre todo esto en las obras de Shakespeare, para que á todas sean superiores? ¿Es literatura? No. Es saber de la vida, del bien y del mal de ella, de los palacios y de los tugurios, de los reyes y de los rufianes... Y para esto, ¿quién mejor que el humilde comediante? Shakespeare, literato, hubiera sido solo el autor de «Venus y Adonis»; como Cervantes lo hubiera sido solo de «La Galatea» ó del «Persiles». Shakespeare, como Cervantes, fueron ellos... por ser ellos; los que de todo sufrieron y por todo pasaron... ¡Pasaron! Esa es la grandeza de los espíritus superiores; pasar por todo. Los pequeños son los que no pasan; se quedan en cualquier parte: en la literatura, por ejemplo: Como esos críticos, empeñados en encontrar al literato en las obras de Shakespeare; sin saber encontrar al hombre; el que reveló todo el secreto de su alma y de su arte en aquel: «And I, Poor monster!» «Y yo ¡Pobre monstruo!» de su «Noche de Reyes».

[Ilustración]

XIII

No sé si algún liberal de los fósiles, después de leer «El resplandor de la hoguera», la última novela de Valle Inclán, le juzgara definitivamente afiliado al partido carlista y le llorara muerto para la literatura; para la literatura liberal, que no es toda la literatura, por lo mismo que toda la literatura sea ante todo libertad.

Por mí, sé decir que no conozco narración de nuestras guerras civiles tan artísticamente desapasionada de toda idea de partido. Son en ella, los de uno y otro bando, seres humanos de toda humanidad, y sobre ellos pasa, fatídica, esa ventolera de locura colectiva que de cuando en cuando enardece á los pueblos y los lleva á guerrear por cosas que el día antes nada les importaban y que, en razón, no debieran importarles nunca. Pasa entonces, sobre los espíritus más vulgares y pacíficos, un aliento de grandeza, que convierte en gran estratégico á un rudo cabecilla; en héroe, capaz del martirio, á un rústico idiota, en madre de los Gracos, á la menos cívica campesina... en temibles conspiradoras á buenas señoras de pueblo y á monjas bobaliconas... Los espíritus se afinan, se sutilizan, se subliman... ¿En nombre de una idea? ¡Bah! Esto de tener simpatía por una idea ó por otra, ¡depende de tan poca cosa! Que fueran los carlistas ó los liberales los que robaron unas gallinas ó los que llegaron con mal modo; que fuera de un partido ó del otro el que prestó los cuartos sobre las tierras... ¡Ideas! ¿Qué saben de ideas los que matan y los que mueren? «We are flies that gods kill for their sport». Como decía el rey Lear: Somos como moscas, que los dioses matan por pasatiempo.

Este pasatiempo de los dioses, que se llama la guerra; esta fatalidad de las pobres moscas humanas, que las lleva á combatir unas contra otras, enloquecidas, parece sobre todo en la admirable narración de Valle-Inclán; cuyo espíritu de artista no permite vulgares filiaciones de partido político, ni siquiera de escuela literaria.

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La Asociación Matritense de Caridad vuelve á solicitar el auxilio y la atención de todos, en su loable propósito de extinguir la mendicidad callejera. Para conseguirlo por completo hay algunos graves inconvenientes. Somos desconfiados y sensibleros. Para ser desconfiados tenemos muy buenas razones. Muchos siglos de pésima administración. Para ser sensibleros no tenemos tantas, si consideramos que el problema de la mendicidad no se remedia con sentimentalismos. Se trata de una enfermedad social que es preciso combatir en sus raíces. Médicos y sociólogos son los llamados á proponer remedios.

El emplastito de los cinco céntimos, que nos quita por el momento al mendigo molesto de delante, si basta á tranquilizar conciencias fáciles, no basta á remediar miseria alguna. Sólo contribuye á fomentar la vagancia. Téngase en cuenta que muchos de esos pobres madrileños bigardos de todos conocidos, suelen ser santeros de ladrones y rateros, cómplices de estafas y de mil trapisondas. No poco contribuyen también al fomento de la vagancia y de la pillería nuestros señoritos chirigoteros que dan en proteger á cualquier golfo desvergonzado y le ríen las bufonadas y le celebran las desvergüenzas. Esa simpatía estaría mejor empleada en el trabajador; pero acaso les es más fácil ponerse en el caso del golfo y de ahí la simpatía.

Triste es, también, rechazar con dureza al niño que nos tiende la mano; pero debemos pensar que, si explotado por sus padres ó abandonado á sí mismo, halla mayor facilidad en el pordioseo que en el trabajo ó en la escuela, será ya imposible que desista de tan fácil vida.