De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)
Part 4
«Fígaro» sometido, acaso nos hubiera dicho algo más profundo que «Fígaro» rebelde. Sobre la verdad de nuestra vida, que él creyó afirmar dándose muerte, está la verdad de la vida; sobre la que, acaso, podemos triunfar cuando más abdicamos de nuestra voluntad.
Cuando hemos renunciado á nuestra dicha y nos contentamos con ver dichosos á los que nos rodean, es quizás cuando empezamos á serlo.
¡Qué inaccesible ideal si pensamos al escribir una obra en la gloria sin término! ¡Qué fácil, si pensamos en comprar con su producto inmediato el juguete que alegre á un niño querido! ¡Vender la gloria remota por sonrisas cercanas! Si la gloria tiene algún camino, ¿no es el amor quien por él ha de llevarnos?
Poner muy alto y muy lejos el ideal, tal vez es airoso pretexto para la caída al alcanzarle. Acerquémonos, aunque se empequeñezcan nuestros ideales.
Fingió la fábula que el águila volaba por llegar al sol, y en realidad sólo vuela por traer alimento á su nido. Y por eso no es menos arrogante su vuelo.
¡Jóvenes admiradores del fin prematuro de «Fígaro», no pretendáis volar tan alto por el aire, que olvidéis deberes de la tierra! El también os lo hubiera dicho si hubiera vuelto de su volar altivo.
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_El Teatro en España_, interesante libro publicado por Francos Rodríguez, á mas de muy atinados juicios sobre muchas de las obras estrenadas en el año de 1908, contiene una parte de estadística, reveladora de la desproporción alarmante entre la cantidad y la calidad en el producto dramático. Asusta lo que devora el público en un año, y no será de extrañar que, por no exponerse á morir de empacho, prefiera ponerse á dieta rigurosa, de más rigurosa repercusión en estómagos de autores y comediantes.
Á bien que el público toma el prudente partido de no interesarse por nada y ha delegado su misión de juzgador en manos de la «claque» y de los amigos del autor, pródigos en aplausos que ya nada significan ni á nada comprometen, ni siquiera á que la obra permanezca en el cartel los tres días de reglamento. Se ha conseguido con esto, que ya no haya más opinión valedera que la de la taquilla, y que los empresarios después del buen éxito, más ruidoso, en vez de regocijarse, digan desconfiados: Mañana veremos... Y lo que ven mañana es... tres pesetas.
No ha de pedirse á la crítica mayor severidad que al público, y si éste adoptó por sistema el muy cómodo de «Dejad hacer, dejar pasar», ¿qué ha de decir la crítica? Por mí que hagan, y por mí que pasen. La indiferencia, tal vez cruel del público, es en la crítica más compasiva. Aquella obra es acaso el pan de una familia ó la felicidad de un ilusionado, ó la satisfacción vanidosa de un majadero. ¿Para qué privarles de esos goces materiales ó espirituales? ¿No es injusticia toda justicia innecesaria? ¿Pesan más los agravios al arte que la miseria ó la pena de un autor desdichado?
Como decía aquella dama, dadivosa de suyo, para justificar sus prodigalidades: ¡Á una le cuesta tan poco, y ellos se quedan tan contentos!...
Es hoy el teatro rama de la Beneficencia. Y no está mal así; que es tan dura la vida, que en nada puede emplearse mejor todo templo, sea artístico ó religioso, que en asilo benéfico del dolor y de la miseria. El Arte como la Divinidad es bondadoso, y sonríe sin ofenderse al que llega en nombre del Arte á pedir á su puerta una limosna, ya de pan, ya de aplauso.
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Tan poco acostumbrada está la Gloria á coronar en vida frentes españolas y tan hecha á no llegarse á las más excelsas, si no es traída por mano de la muerte, que, cuando por no poder menos, la hora gloriosa llega en vida, no es de extrañar que la muerte crea también su hora llegada y sólo por ver al luchador triunfante, con razón crea que ya le pertenece.
Era, para el músico insigne, un descanso en la lucha incesante, era el triunfo, concedido por los más rehacios en otorgar honores de vencedor á quien todavía pelea en pie con denuedo; era la gloria: pero era gloria española... ¡Tenía que ser la muerte!
Mezquina concepción de la divinidad es considerarla como á maestro de párvulos, distribuyendo vales de buen comportamiento para un premio futuro; pero, ante el rudo corte de una noble vida, toda honrado trabajo y fecunda lucha, que no pudo hallar aquí justa recompensa, ¿no hemos de pensar en una satisfacción suprema, en una gloria sobrehumana de luz y de armonía?
¡Ah, los que juzgáis escepticismo la ironía, no sabéis cómo el irónico guarda la sinceridad de su sentimiento para cuando es bien emplearlo, más entero cuanto menos gastado!
Porque sabe de la verdadera bondad, burla de apariencias virtuosas; porque sabe del esfuerzo y de los sacrificios que impone el verdadero arte, burla de esos simuladores, bien hallados con la fácil «gloriola», más contentos con aparentar que con ser. Esos que pueden reposar satisfechos al decir: Hemos llegado; cuando llegaron á una posición oficial, obtenida á fuerza de intrigas y de concesiones.
Pero ante un nombre como el de Chapí, ante una vida de trabajo digno, en que todo se debe al propio esfuerzo, la admiración es culto y el respeto obliga al ejemplo... Y el cronista llora con limpio llanto, porque nunca lloró con llanto inútil por farsantes ni por malvados.
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Sobremesa es esta de espiritual convite, de mística comunión, como en la última Cena de Cristo, como en torno al Santo Grial, la de sus caballeros guardadores, los hermanos de Percival y de Lohengrín.
Sobre la vulgaridad cotidiana de nuestra vida, resplandeció la gloria del Arte y sus alas de luz nos elevaron, aliviados de toda terrenal pesadumbre, y la caricia de lo sublime estremeció nuestras almas transfiguradas por el divino milagro del Arte.
Y cuanto hay de divino en nosotros nos habló de inmortalidad. ¿No es esta la verdadera, la única moralidad que debemos pedir al Arte?
Después de oir «El Ocaso de los Dioses», yo no creo sinceros los aplausos; esa vulgar aclamación no es digna de tanta grandeza. Nadie palmotea ante el mar, nadie palmotea ante las tempestades, nadie ante la serenidad armoniosa del cielo en una noche de verano. El espíritu se recoge como en oración, y un silencio solemne de llanto contenido, el llanto bueno que purifica como fuego sagrado, es la mejor acción de gracias de nuestras almas.
El único aplauso digno sería caer de rodillas, prosternados como ante la elevación eucarística.
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¿Qué nos dirán ahora para justificar su desdén por el público, los inmaculados castellanos de las marfileñas torres? ¿Es inútil pretender llegar á la multitud, como ellos aseguran? ¿Solo ignorancia y grosería encontraremos en ella? El público madrileño respondió el domingo pasado y en noches sucesivas, como acaso no esperaban muchos, á cuantos quieren disculpar su vagancia ó su impotencia con la falta de sentido artístico en el público.
Con ser todo admirable--pasemos por alto deficiencias en la interpretación y presentación de la obra,--lo más admirable, sin duda, lo mejor de la gloriosa jornada, fué la actitud del público; este admirable público madrileño, tan calumniado, pero de un instinto artístico tan seguro, que, al contrario que en otros países, antes que en la crítica sabia, hallan en el sostén y aliento los luchadores sinceros por nuevas formas de Arte.
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Y, en el triunfo del genio, ¿será justo olvidar á su compañera inseparable la locura--según los modernos, algo ya anticuados antropólogos,--personificada en el caso de Wagner, por aquel rey Luis de Baviera; Nerón de poquito, Nerón todo dulzura, solo tirano en el Imperio del Arte?
¿Hubiera triunfado el genio sin el loco? ¡Gran asunto para nueva trilogía! El emperador Guillermo, el rey Luis de Baviera y Wagner. La fuerza, la locura y el genio, unidos para gloria del imperio grande y fuerte.
La crítica histórica minuciosa distribuirá razonablemente alabanzas y censuras. Todas éstas para el noble rey loco. ¿Qué importa? Él también fué necesario para la grande obra, y en la universal armonía, el fuerte y el genio llaman hermano al loco.
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Después de una representación del «Ocaso de los Dioses», pensaba yo, cómo yerran los sintetizadores rotundos que para mayor comodidad, clasifican á todo pueblo del Norte, como razonador y positivista, y á todo pueblo meridional como idealista y soñador. Y he aquí, cómo en el arte germánico, perduran los mitos heroicos y legendarios, y cómo entre nosotros, apenas si concedemos un modesto lugar en la tradición; muy desposeída de leyendas, á nuestros héroes. ¡Nosotros sí que sabemos del Ocaso de los Dioses! Aquel gran socarrón de Cervantes fué el gran enterrador de España. Verdad es que el entierro fué suntuoso, con gran asistencia de monjas y frailes. No se puede morir más devotamente. Toda la herencia se nos fué en fundaciones piadosas. Esperémoslo todo de la desesperación de los desheredados. Cuando falte toda esperanza, la desesperación puede ser también madre del heroísmo.
¡Triste Rocinante, triste rucio de Sancho Panza, que vais tardos y fatigosos por áridas llanuras, no hemos de trocaros por el caballo de Brunilda, que galopó sobre nubes y en carrera loca fué conducido al fuego, para que sobre la muerte del héroe y el perecer de los dioses, triunfara el amor ideal de dos almas heroicas!
¡Qué impropiamente llamado «Marcha fúnebre» el mas sublime pasaje musical y dramático del Ocaso! Marcha al combate, al triunfo, á la inmortalidad, debiera llamarse.
Hay en la música de Wagner más filosofía que en todos los filósofos alemanes. La que despierta en lo más íntimo y en lo más hondo de nuestro espíritu el sentimiento de inmortalidad.
La Vida es un enigma, el Arte es su revelación. ¿Nos dice la verdad? No. ¿Para qué? Nos hace olvidarla.
[Ilustración]
VII
La coincidencia en el arribo á Buenos Aires de dos gloriosos escritores, de tan opuesto carácter y tendencias, como Anatole France y Blasco Ibáñez, es comidilla en círculos literarios, donde se discute en pro y en contra del efecto que cada uno podrá lograr con sus anunciadas conferencias.
Cuentan, los mantenedores por el gallo francés, con el «snobismo» porteño, tan afecto á cuanto proceda de París, sean figurines de modisto, sean figurines de literatura. Confiamos, los que ponemos por el nuestro, fuera de méritos, que no es ocasión de parangonar, con la indudable supremacía que la literatura española va logrando en aquellas tierras, lenta, pero seguramente con el mayor entusiasmo que aportará nuestro Blasco Ibáñez, y el mayor conocimiento del terreno que pisa, con el espíritu español, más efusivo que el francés para entregarse al extranjero; no digamos á lo que nosotros no podemos llamar extranjero, por ser tan nuestro, hasta en eso de haberse entregado al francés incautamente.
Anatole France irá, de seguro, muy poseído de su superioridad, que es la superioridad francesa; más dispuesto á ser admirado que á admirarse; irá con la misma displicencia que los grandes actores franceses en sus «tournées» por América, que suelen presentarse con lo más ramplón de su repertorio y de su equipaje; muy convencidos de que les basta con su nombre de París, para ser aplaudidos. Á esto se debe algunos fracasos muy sonados y el que hoy sean preferidas las compañías españolas é italianas.
Yo deseo un viaje triunfal á Blasco Ibáñez, y desde ahora me atrevo á pronosticar que lo será seguramente; sin desconocer que para Anatole France serán los mayores éxtasis de los exquisitos. Lo mejor que pueden desear los argentinos es que el sutil ironista francés quede tan satisfecho de su viaje, que pretenda volver por allá, más tarde ó más temprano; porque si no entra en sus planes el volver... ¡ya pueden prepararse para leer lo que escriba de ellos á su regreso! De menos hizo Dios á Juana de Arco.
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Á la distinguida señora que me escribe, indignada por algunas apreciaciones mías referentes á los padres españoles, recomiendo para mi disculpa y su consuelo, la lectura de un libro recientemente publicado en Francia: «La educación en la familia», por Thomas.
Dice el autor: «Al tratar de la educación, y en particular de la educación de los hijos en la familia burguesa, procuramos destacar los pecados de los padres, persuadidos de que de ellos proviene la mayor parte de los males que afligen á la sociedad. La tarea es ingrata, porque pocas veces agradecemos las censuras.
¡Cuánto más agradable sería exaltar los méritos del padre y el de la madre; disculpar sus errores y sus preocupaciones y cultivar con engaños discretos sus ilusiones! Tarea ingrata por su misma vulgaridad. ¿No se ha dicho ya todo sobre este asunto y no llegamos demasiado tarde? Todo se ha dicho, pero ya que parece que no se ha oído, ¿haremos mal en decirlo otra vez? Es conveniente, dijo Voltaire, despertar á menudo la conciencia de las modistas y la de los reyes con una moral que puede causarles impresión. Lo mismo puede decirse de la conciencia de los padres.»
Como vé mi ofendida comunicante, también en Francia hay padres descuidados, y lo mismo podría decirse de todo el mundo, y si el autor francés particulariza, como yo, por mi parte, es porque, además de que cada uno habla de la feria según le va en ella, es natural que cada uno hable de la feria que mejor conoce.
No es que yo no haya conocido excelentes y admirables madres é inteligentísimos padres. Tal vez por haber conocido lo mejor, soy más exigente con lo mediano y con lo malo.
Y si sólo á la salud física atendemos, ya no soy yo, es la estadística implacable la que acusa á los padres españoles. Y nos quejamos de Madrid, pero ¡cuando ve uno de cerca pueblos y aldeas!... Diga mi amable, aunque airada comunicante, que, al juzgar por sí misma, pretende igualar á todas las madres españolas: ¿no vió nunca en apreturas y bullangas callejeras, en teatros y hasta en tendido de sol en los toros mujeres con niños de muy corta edad, de pecho, en los brazos, y no sintió indignación muy justificada? ¿Es por exceso de cariño, es por lo que puedan gozar los angelitos á esa edad con el espectáculo? ¿Que son pobres mujeres sin ilustración? No siempre; que también en la clase media y en las más elevadas se cometen á diario, como esos conatos de infanticidio, que alguna vez llega á consumación y entonces es el acudir á los santos, porque al médico también suele acudirse tarde.
De la educación en su parte moral no hablemos, y vuelvo á recomendar el supradicho libro; pero ¿quién no ha presenciado, aun en familias muy distinguidas, discusiones violentas entre marido y mujer, en presencia de los hijos? ¿Quién no conoce padres de esos que tienen por sistema desautorizarse mutuamente ante los hijos, por ridícula competencia de cariño y basta que el uno reprenda para que el otro disculpe y viceversa; de modo que los hijos, dueños de la situación, acaban por provocar á cada paso estas disidencias paternales, sabiendo que al cabo siempre han de resultar gananciosos?
De otros muchos errores y torpezas, no menos graves por ser hijas del cariño, todos podemos catalogar por observación personal, un buen número.
No vale, pues, ofenderse, señora mía. Los ejemplos hay que buscarlos en singular; las razones en plural. Yo sé de algunos admirables ejemplos de padres y de madres; pero tengo muchas razones para hablar como he hablado de las madres y de los padres. Por algo soy hijo de quien mereció el nombre de «Médico de los niños», y más que contra las enfermedades tuvo que luchar en su vida profesional con la ignorancia de muchas madres y de muchos padres. Recuerdo haberle oído decir á una madre que no sabía cómo expresar su agradecimiento, por creer que le había salvado la vida de su hijo, enfermo de difteria, entonces de más complicada y difícil curación que ahora.--No tiene usted que agradecerme nada. Su hijo se ha salvado por bien educado. No he visto niño más dócil para dejarse curar.
Ya ven los padres cuánto importa una buena educación, hasta para las enfermedades de sus hijos.
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Algernon Carlos Swinburne era, con Jorge Meredith, el único gran poeta inglés viviente; últimos los dos de aquella serie de grandes poetas ingleses del siglo XIX, que empezó con Byron, Wordsworth, Shelley y Keats, para continuar con Tennyson, Browning, Rossetti, Morris y el que, aunque menor, no menos «Thoug the last not least», como Cordelia; entre todos pudo brillar y con los mayores competir.
Sus principios poéticos, de una escabrosidad que la Inglaterra oficial no pudo perdonarle nunca, impidieron que, á la muerte de Tennyson--que tan bien supo guardar todas las formas poéticas y sociales,--fuera Swinburne nombrado poeta de cámara; que no otra cosa viene á ser el título de «laureado poeta», concedido en Inglaterra.
Como Shelley, como Byron, ¡qué ingleses en esto! pretendió ser un revolucionario social, sin conseguir ser más que un admirable poeta. Nunca el verso inglés, tan perfecto desde sus orígenes, con Spencer, con Shakespeare, con Milton, alcanzó la fluidez, la variedad, la armonía de las estrofas de Swinburne, de imposible traducción á otro idioma. ¿Cómo ni á qué lenguaje se traduce una sonata, una sinfonía de Beethoven?
Fué el cantor de los mares y lo fué también de los niños, y al morir, si no el aura popular de los contemporáneos, pudo sentir sobre su frente el viento de los mares; el viento que él supo cantar y de quien él dijo cómo sentía:
«The delight that his doom is forever To seek and desire and rejoice. And the sense that eternity never Shall silence his voice.»
[Ilustración]
VIII
Cuando surge el héroe popular, ya sea héroe de un día, ya de los que dan nombre y gloria á toda una época, criminal ó santo, víctima ó triunfador, no importa estudiar la persona del héroe tanto como las circunstancias, el ambiente social de que fué producto. Héroes causa hay muy pocos; la mayor parte son héroes efecto.
El héroe de estos días estaba en el ambiente; en las conversaciones familiares, en las tertulias de café, en las discusiones técnicas, en los bastidores de la política. Murmuración que apunta á ciegas, acusaciones injustas tal vez al particularizar, pero ¡qué lógicas al ser castigo, aunque no castiguen la verdadera falta!
Y la falta no es de ahora, la falta es de origen; estuvo en aquella memorable sesión, no lejana, que hizo vibrar las fibras más hondas del patriotismo de aquellos, todo superficie, que lo echan todo en flores más que en raíces.
Así se hubiera encargado de la construcción de la escuadra un gobierno de ángeles y los barcos hubieran caído del cielo á punto de navegar por esos mares, la voz popular hubiera tenido siempre que poner tilde en ellos, desconfiada del divino milagro.
¿Por qué? Porque el país aun tiene la ropa en la orilla, tendida á secar, como dijo el poeta; porque la herida aún no está cicatrizada; porque quien una vez fué engañado en su confianza, tarda mucho en volver á confiar, y acaso exagera su malicia por temor á caer otra vez en confiado; porque el país sabe que dos ni cuatro barcos no son una escuadra; porque había otras cosas más urgentes que recomponer, y á ellas debió atenderse con preferencia, y la prisa en nuestros directores por atender antes que todo á lo que el país no consideraba tan apremiante hizo que el país desconfiara desde un principio. Aquí hay negocio, se dijo. No lo habrá, no debe haberlo, la intención y los hechos serán los más puros del mundo, pero los errores se pagan como las culpas, y la acusación, las murmuraciones, la calumnia quizás, si son injustas al señalar culpables, son justicieras al castigar la culpa. No es hoy, fué el día de la memorable sesión, cuando alguien debió levantarse y acusar muy alto. Aquel día fué cuando se engañó al país, y eso es lo que el país no ha perdonado, y acusando hoy sin pruebas, queremos creerlo, sin acertar en sus acusaciones, acusa con justicia.
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La gente anda por las calles como de costumbre; unos á sus ocupaciones, otros á sus ocios, nadie piensa en asonadas ni en revoluciones; la mayor parte de las calles tienen piso de asfalto y las barricadas no son posibles sin adoquines.
Pero, ante el alarde de fuerzas, el ir y venir de la policía, los preparativos bélicos de enarenar las calles, la gente se detuvo curiosa, los curiosos aumentan, se empieza á temer algo. ¿Qué va á pasar aquí? Los comerciantes se alarman, entornan sus puertas y resguardan sus vidrieras; la circulación de coches se dificulta, los guardias pretenden despejar la calle, se discute, se protesta; un guardia, malhumorado por el exceso de horas de servicio, increpa al más pacífico curioso, que al verse increpado tan á destiempo se insolenta con el guardia; un grupo toma partido por el transeúnte, increpa á su vez al guardia, otros guardias intervienen á favor de su compañero, salen los sables, gritos, carreras, atropellos.
Al otro día el gobierno anuncia en nota oficiosa que no está dispuesto á consentir que nadie altere el orden público con ningún pretexto, y que tomará las más rigurosas medidas, y vuelve á desplegar gran aparato bélico y vuelven los curiosos á curiosear, y vuelve á repetirse la misma escena. Y yo pienso: ¿Quién altera el orden? Si la gente no viera guardias, ni arena, ni parejas de la Guardia civil... ¿con quién discutiría? ¿Por qué se formarían grupos á ver lo que pasaba? Y ¿qué pasaría? Probablemente, que la gente iría tranquilamente por las calles, como de costumbre, unos á sus ocupaciones, otros á sus ocios. Si cuando uno no quiere, dos no riñen, ¿qué será cuando, aunque uno quiera reñir, no tiene con quién? Pues en este procedimiento tan sencillo, todavía no ha caído ningún gobierno, y esta medida de sentido común es la única que no se le ocurre tomar para que nadie, con ningún pretexto pueda alterar el orden público. Y, el orden público no se alteraría si los del orden público no se alteraran tanto.
Los detenidos ingresan por docenas en la cárcel. Si la detención se prolonga, mal principio van á tener las primeras elecciones con voto obligatorio, y si antes de ese día les dan suelta... votos seguros para la candidatura ministerial, ó no hay gratitud en el mundo.
[Ilustración]
IX
Basta que el señor obispo de Orense lo afirme, para creer que el baldaquino famoso, amenazando ruina, el peor día, se hubiera desprendido sobre los devotos y causado mayor número de víctimas que las ocasionadas ahora por unos disparos de fusil, de mas inminente efecto que el baldaquino. La letra, aunque sea episcopal, con sangre entra y con sangre están regadas las páginas del Evangelio y las páginas más gloriosas de la historia de la Iglesia; pero bueno hubiera sido que el señor obispo, antes de la efectiva persuasión de los fusiles, hubiera empleado algo de persuasión pastoral, hasta convencer á sus borregos de la necesaria obra. No es de creer, por muy duros de mollera que fuesen, capaces de resistir sobre ellas todo el peso del baldaquino; ni por muy recelosos, como buenos aldeanos gallegos, de que alguien tratara de lucrarse, como tantas veces en casos semejantes; á poco que el Espíritu Santo hubiera inspirado á su Ilustrísima, y mostrándoles además con razones la verdad del peligro, hubieran desatendido á su buen pastor, obligándole á valerse del brazo secular, como en los mejores tiempos del feudalismo episcopal; aquellos buenos tiempos, más recordados en Galicia que en región alguna, por la dramática leyenda del obispo D. Suero.
Por algo el obispo de Jaca quiere, ante todo, contar con sus buenos órganos en la prensa; así, en casos semejantes podrá llevar la palabra persuasiva á sus feligreses, sin necesidad de convencerlos á tiro limpio. Quizás con un buen periódico se hubiera evitado el sangriento conflicto y muy desacertados están cuantos censuran al señor obispo de Jaca por su propaganda. Compárese un procedimiento con otro. Siempre será mejor poner periódicos que fusiles á disposición de los señores obispos.