De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)
Part 2
De la Argentina, y escrita por un argentino, llega una historia de la vieja España, triste y consoladora al mismo tiempo. Lo segundo, por que su autor, Enrique Larreta, muestra en su obra--«La gloria de Don Ramiro»--un profundo y cuidadoso estudio de nuestra historia, y sabido es que comprender es amar. Lo primero porque las páginas de esa nuestra historia no son todo luz y alegría, aunque sean grandeza. «Una vida en tiempos de Felipe II», subtitula su autor á esta novela interesantísima para nosotros, como lo es siempre el concepto que merecemos á los extraños, y si el extraño es persona de quien nos importa mucho la simpatía, con mayor causa.
Evita el autor, con excelente criterio artístico, los juicios personales. La historia, mas ó menos novelesca, habla por sí sola, y habla de pasiones violentas, de austeridad, de misticismos y de fanatismos, de torpezas políticas y de heroísmos guerreros... Tal vez no fué todo así, ni tan heroico, ni tan torpe, ni tan cruel, ni tan místico... La distancia, en el tiempo y en el espacio, acusa con mayor relieve los contrastes de luz y de sombra, que de cerca parecen mas fundidos, apenas perceptibles, en ese claro obscuro de los hechos cercanos, que, por serlo, nos parecen siempre menos heroicos, menos poéticos, más insignificantes... Pero ¿somos otra cosa que lo que parecemos? Si la verdad de nuestra historia ha de perderse entre leyendas, ¿no es preferible que sea entre leyendas de poesía que entre falsedades del vulgo?
Enrique Larreta es un historiador poeta; es además un excelente escritor, de un estilo cuya severidad no excluye lo pintoresco, y sobre todo hay en su obra palpitaciones de admiración y de amor á nuestra España... á pesar de todo. Y esa es nuestra gloria, como fué la gloria de Don Ramiro la flor que una mujer enamorada dejó caer sobre su cuerpo muerto, en que un alma española alentó en vida, con todo lo que fué vida de España en aquel tiempo.
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Yo no sé si la intención del autor puso el simbolismo. Propiedad de toda obra fuerte es tener vida propia y decirnos más de lo que su autor quiso decir en ella.
En el Pedro Minio, de la admirable comedia de Galdós, yo veo un símbolo de nuestra España. Como Pedro Minio, el viejo paisano de Don Quijote--¡oh, la Mancha, tierra de ensueños!--el eterno enamorador, el eterno idealista, mal comerciante y peor trabajador; así España, envejecida, derrotada, aun quiere vivir alegre en la ilusión de su juventud, aun se embriaga de optimismo, y ante cualquier ofrecimiento, piensa, proyecta como Pedro Minio, edificaciones, pabellones, mejoras... El ideal apto de la indulgencia ofrece á los viejos la ilusión de la vida integral y en ella prolongan dichosos su ruinoso existir. Pero llegan los severos reformadores, los graves moralistas y á la ilusión y al alegre ensueño quieren sustituirlos con la disciplina monástica, con la austeridad penitenciaria; la alegría les parece indecorosa; nada de esparcimientos, nada de deshonestas promiscuidades de hombres y mujeres; acabó el reir y el bromear:--Sólo hablará usted con los frailes y de los temas que ellos propongan, dice la señora improvisada--símbolo de nuestra plutocracia--al viejo soñador, Pedro Minio. ¿No es esto lo que nos dicen á todas horas los que pretenden ser nuestros directores? Pedro Minio, como buen español, prefiere continuar en el ideal y alegre asilo de la Indulgencia, donde la ruinosa vejez goza las ilusiones de la juventud.
¡Oh, excelentes reformadores y moralistas! Pedro Minio es España. Si no sabéis hacer cosa mejor, dejadle en el asilo de sus ilusiones. Mejor una vejez alegre que una juventud triste. Preferible siempre el asilo de la Indulgencia al de la Paciencia... que es preciso para soportaros.
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Pérez Galdós, en mi opinión, nuestro primer autor dramático, no acaba de serlo en opinión de todos, acaso por ser nuestro primer novelista y haberse declarado en nuestro país incompatible el ejercicio de dos soberanías.
Este es el país del encasillado y de las especialidades.
Se estima en más al que entiende poco de una sola cosa, que al que entiende mucho de todas. La insistencia en un mismo asunto, basta á darnos autoridad en la materia. Fulano pasó su vida hablándonos de antigüedades fenicias ó asirias ó caldeas. ¿Quién duda que sabe de ellas? Mengano pintó siempre los mismos borregos: para borregos, Mengano. Á nadie que quiera tener unos borregos bien pintados se le ocurrirá encargárselos más que á Mengano. El día en que se le ocurra pintar una vaca, así este mugiendo de propia, todo el mundo dirá: Esto no es lo suyo, que vuelva á pintar borregos... ¡En borregos, el único!
Somos poco amigos de trastornar nuestras ideas á cada paso; preferimos creer por fe á meternos en averiguaciones. Sabiendo que cada cual no hace más que una cosa, y siempre lo mismo, nos ahorramos el trabajo de examinar lo que hace.
¡Y no se diga de nuestro agradecimiento á los que no hacen nada! Esos sí que nos ahorran quebraderos de cabeza. Por supuesto, ellos sí que se quitan de muchos. Para los ociosos y los vagos, la envidia es siempre admiración, nunca censura. ¡Bienaventurados los que jamás trabajaron, porque de ellos será el reino de España!
[Ilustración]
III
El año que, con tan buen éxito, hemos tenido el gusto de representar, no ha querido despedirse sin dejar una memorable fecha en la historia de las grandes catástrofes.
Estos cataclismos, superiores á todas las previsiones humanas, son los únicos que tienen virtud para hacernos pensar en la muerte, como en algo ineludible. Todos sabemos que hemos de morir; pero con dichoso optimismo, todos nos creemos capaces de aplazar ilimitadamente el pago de ese vencimiento. Todos nos creemos lo bastante listos y somos lo suficiente desagradecidos, para estimar que son nuestra prudencia y nuestro orden de vida lo que prolonga nuestra estancia sobre la tierra, cuando en verdad, debiéramos agradecer como un indulto, cada hora de nuestra vida.
Nótese, que en el fondo, sentimos cierto desprecio por los que tienen la imprudencia de recordarnos con su muerte, que también nosotros somos mortales. El que de puro viejo está ya con un pie en la sepultura, como suele decirse, denigra y vilipendia á sus contemporáneos, según van cayendo...
--Fulano murió ayer á los ochenta años.--¡Si no se cuidaba nada! ¡Si no hacía más que disparates! Ya vé usted yo qué bueno estoy con mis ochenta y cuatro. Pero es que yo me cuido...
Esto el que se cuida, que el descuidado, atribuye á su misma despreocupación la buena salud de que disfruta.
Y así todos; el sobrio achacará la muerte del vicioso á los excesos y el vicioso achacará la muerte del bien ordenado á su pazguatería. El que de continuo callejea y pasea y trisca, se reirá del que no sale de casa sin consultar barómetros y termómetros y disponer el abrigo de su cuerpo en consecuencia. Éste dirá del otro: ¡Anda, anda, toma ejercicio y aires de invierno y calores de verano!
No digamos si la causa de una muerte fué por enfermedad crónica, accidente de viaje, ya sea en ferrocarril, automóvil ó aeroplano, lance de honor ó asesinato. Entonces sobre el muerto se desatarán los mayores denuestos: ¡Falta de higiene, imprudencia, locura, la vida que llevaba, la que dejó de llevar!... Crean ustedes que vivir sin dar lugar á murmuraciones es muy difícil, pero morir, sin exponernos á ellas, es casi imposible.
Solo muriendo en uno de esos trastornos de la Naturaleza, podemos ir relativamente seguros de que no dará qué decir nuestra muerte.
Esas cosas sí, le ponen á uno serio. ¡Caramba! ¡Terremotos, volcanes, la tierra que se abre, el cielo que se viene abajo!... Para eso no hay prudencia, ni vida ordenada, ni preceptos higiénicos que valgan... Eso nos puede suceder á todos y entonces no hay más remedio que morirse. Por eso estas catástrofes nos conmueven á todos. Después de leer el trágico relato, nadie se considera inmortal. Ni siquiera cabe el consuelo de culpar á los gobiernos, como en caso de epidemias, guerras y otras calamidades de tejas abajo.
No hay idea del trastorno moral producido en algunos espíritus ante un «Morir tenemos», anunciado en tan expresiva forma. Durante tres ó cuatro días, el avaro se siente capaz de inusitadas generosidades. ¡Es triste cosa morirse sin haber disfrutado de nada! Y se compra su purito de quince ó se regala con su café con media tostada. El malhumorado dulcifica su carácter: ¡No vale la pena de tomarse disgustos! La novia pudorosa se muestra más propicia á ciertas expansiones... ¡Mañana pudiera haber un terremoto!
Por fortuna, la idea de la muerte es pasajera y solo ante un cataclismo de cielo y tierra, imprevisto, inevitable, consigue imprimirse por algunos días en nuestro pensamiento.--¿Han visto ustedes, qué horror?--Ya, ya... ¡una cosa horrible!...
Á los pocos días nadie se acuerda y todos volvemos á creernos inmortales y á pensar que solo se mueren los que no viven como nosotros, los que hacen locuras y cometen imprudencias.
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Se habla de grandes fiestas de caridad, á beneficio de las víctimas de Mesina. Es de esperar que el resultado sea brillante. El dinero de nuestros potentados, y aun el de los que sin serlo, contribuyen á las cargas del Estado español, tiene bien aprendido el camino de Italia; pero nunca fué más allá de Roma. Justo es que en esta ocasión, ya que de Roma misma viene el ejemplo, nuestra intransigente religiosidad reconozca la unidad italiana; más que esto, la verdadera y católica fraternidad.
El Sumo Pontífice sabrá agradecer esa ofrenda, tanto como las destinadas al dinero de San Pedro, y al bendecirla, como padre de toda la cristiandad, sin fronteras ni patrias, estad seguro de que Italia la agradecerá con su corazón de patriota italiano. ¡Qué hermoso hubiera sido sobre las ruinas de Mesina, el abrazo del Papa y del rey de Italia! Nunca como en esta ocasión, al romper su prisión voluntaria del Vaticano, hubiera podido creerse el Pontífice inspirado por el Espíritu Santo. La infalibilidad del corazón es anterior á todos los dogmas proclamados en los concilios.
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Yo no sé cómo ha podido decirse que el Cristianismo es una religión de tristeza y que el ejercicio de sus virtudes exige todo género de mortificaciones. La Caridad, por lo menos, cuando con motivo de alguna gran desdicha pública se manifiesta, reviste el aspecto más regocijado. Funciones teatrales, fiestas de toros, bailes, rifas... Los paganos, con su alegre religión, solían mostrarse más austeros y entristecidos en estas ocasiones. Muy dormida debe de estar caridad que ha menester de todo ese cosquilleo para avivarse; un severo duelo y una noble tristeza sentarían mejor al ofrecer la dádiva. No es esto murmurar, y siendo milagro tan dificultoso el de sacar dinero y el dinero tan empecatado, sin duda es este de los milagros en que puede estar más admitida la intervención diabólica. Pero, conste, que no hemos adelantado mucho desde los tiempos--primeros años de la Era Cristiana--en que los fariseos repartían sus limosnas á son de trompetas. En fin, ya que la Caridad en todo tiempo es más eficaz cuanto más sonada, quiera Dios que por esta vez, no sea más el ruido que las nueces: que no sea todo el metal el de las trompetas.
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El arte y la moda, por lo que tiene de arte, son el último refugio de lo que está llamado á desaparecer ó ha desaparecido por completo. Por la moda resucitan el Directorio, el Imperio; hasta la época del buen rey Dagoberto, evocada recientemente en bellos trajes por hermosas actrices del Teatro Francés. Á medida que los últimos pueblos conservadores de sus trajes tradicionales, los van desechando para adoptar las modas de los más civilizados, éstos recogen piadosamente lo que aquéllos abandonan. Del Japón vinieron los kimonos; de Turquía llegan los turbantes; de Rusia los gorros de cosaco. Cuando las elegantes de estos países encarguen las nuevas modas á París, ¡cuál no será su sorpresa al ver como vuelve lo que ellas despreciaron!
La moda actual es una completa mascarada histórica cosmopolita y zoológica. Trajes de todas las épocas, tocados de todos los países, plumas y pieles de toda la fauna conocida. Pieles, sobre todo. Debe de haber sido un invierno horrible para los gatos. Nunca se ha conocido un mes de Enero tan tranquilo en los tejados. Están todos haciendo de nutria, de armiño y de marta sobre nuestras señoras. Á su influencia se atribuye algunos recientes disgustos matrimoniales y algunas fugas de enamorados.
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Todo vendrá á parar en que suban el vino, solía decirse; pero en esta ocasión nos vemos más apurados, pues todo ha venido á parar en que suben el agua; como si desde tiempo inmemorial no estuviéramos con el agua al cuello. Ya que por la supresión del impuesto de consumos sobre el vino y el cierre dominical de las tabernas, es el vino lo que se ha abaratado, tal vez nuestros gobernantes quieran parodiar la ingeniosa «boutade» de María Antonieta cuando el pueblo de París, hambriento, clamaba por pan, amotinado: No tienen pan, que coman bizcochos. El agua está cara... que beban vino. Lo malo será si con el cambio de precio hay también cambio de propiedades y es el agua la que se sube á la cabeza. Á quien no parodian nuestros directores es á Luis XV, y si él dijo: Detrás de mí, el diluvio; ellos dicen: Detrás de nosotros... la sequía.
El caso es que, con este estira y afloja en la mejora de las costumbres, ya no nos van á quedar ni costumbres. Cuando empezábamos á tomar el gusto al agua y ya eran muchos los que se bañaban y algunos los que habían caído en la cuenta de que el agua hasta podía usarse como bebida, el encarecimiento de su consumo viene á dar al traste con tan buenos propósitos.
Y que no sabe uno á quién compadecer. Si oye usted á la empresa del Canal, la razón está de su parte, y poco menos que le convence á usted de que el suyo no es un negocio industrial, sino un apostolado. Si oye usted al Ayuntamiento... El Ayuntamiento se lava las manos. ¡Feliz él, que puede permitirse ese lujo! Si oye usted á los caseros, ¡infelices caseros! Ser propietario hoy día es otro apostolado: ¡La contribución, los reparos, los inquilinos morosos, impuestos por aquí, impuestos por allá!... Las mejores fincas no rentan más de un cuatro por ciento. ¡Una miseria! Hasta los usureros, con lo mal que se ha puesto el negocio, rechazan ya despreciativamente las hipotecas sobre fincas.
¡Si oye usted á los simples vecinos, no propietarios!...
Aunque en verdad, á éstos es á los que menos se oye, debiendo ser los que pusieran el grito en el cielo. Saben por experiencia que si no es el agua, será otra cosa la que se encarezca y que todo es variar de dolor. Pero, cuando ni la tierra que pisamos es nuestra, ¿qué de particular que tampoco sea nuestra el agua que bebemos? ¡Ay! El mundo, como la isla de Caliban, es un sitio en que se encuentra todo lo necesario para la vida; excepto el modo de vivir. Y Caliban campa por sus respetos. Próspero lee en sus libros que el dolor es eterno y es inútil buscar alivio á los males fuera del espiritual de la lectura. Ariel proyecta la invención de un aeroplano, y cuando lo haya inventado dirá que el aire le pertenece, y ni el aire que respiramos será nuestro. ¿Quién sabe?
Acaso debemos desear que el mal sea insoportable. Entonces estaremos más cerca de buscar el remedio.
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Antes, si no en murmuraciones privadas, que éstas son responso obligado en el mismo cortejo funerario, por lo menos, en discursos y artículos necrológicos, solía respetarse la memoria de cualquier muerto ilustre, siquiera durante el novenario. Ahora lo hemos arreglado de otra manera, y como de la hora de la muerte se dijo siempre que era la hora de la verdad, hemos decidido no retrasarla un solo instante y que la verdad, como el llanto, sea sobre el difunto.
Excelente determinación me parece; de este modo andara todo el mundo más derecho, sin confiar para nada en esa tregua de impunidad que parecía asegurarnos la muerte con el respeto de los vivos. ¿Qué se creían ustedes, señores cadáveres, que con quitarse para siempre de delante nos dábamos por satisfechos? ¿Que íbamos á dejarles á ustedes esperar muy tranquilos la hora del juicio final inapelable ó del juicio mas reposado de la Historia? ¡Nada, nada: respetables muertos, no sirve dárselas de ricos! Todo lo que puede concedérseles á ustedes es la satisfacción de no verse obligados á volver en demanda de explicaciones por las injurias, ofensas, calumnias y demás oraciones, piadoso recordatorio de los supervivientes. Los muertos están dispensados de tener honor. Ya lo dicen las papeletas de entierro: el duelo se despide en el cementerio.
Digo, si el pobre Catulle Mende, duelista empedernido, capaz de batirse, como un artista del Renacimiento, por la belleza de un endecasílabo ó por la gracia de un madrigal, hubiera concedido importancia, desde el inmortal seguro á donde asiste, á los mil injuriosos, despectivos y desagradables comentarios á que ha dado ocasión su desdichada muerte...
Nada se ha respetado; desde su obra literaria, á la que todo puede negarse, menos amenidad y sincero amor al arte, sospechoso de apasionada parcialidad á veces, por ser tan sincero; hasta su vida privada, solo culpable también de sinceridad y de amor tan ferviente á la vida que, por amarla demasiado, pretendió prolongar la juventud con amable despreocupación del ridículo.
Estos fueron tus pecados y no merecías por ello tan pronta desconsideración. Si una severa crítica, acaso no ofrenda á tu memoria, las inmortales siemprevivas, razón de más para no apresurarnos tus contemporáneos á pisotear tan pronto las rosas que aun cubren tu cadáver, y aun son frescura y aroma en tus poesías, en tus cuentos, en tu obra toda de artista gentilísimo.
Por tu amor al arte, amaste también á nuestra España, y si en tu «Santa Teresa» venció la fantasía francesa á la severidad española, como en Víctor Hugo, ¿cuál será de nuestros poetas románticos el que pueda arrojarte la primera piedra? No serán Lope ni Calderón, que á sus anchas y para su gloria, fantasearon con la Historia y la vida españolas; no será Zorrilla, que hoy te saludará como hermano; hermano en todo, hasta en lo de ver cernirse como tú, sobre su tumba, siniestras aves de rapiña. Por fortuna, ¡oh, poetas!, si estos pajarracos, con su pico, pueden roer sobre vuestros huesos la carne muerta, no pueden con sus parduzcas alas obscurecer la luz de vuestra gloria.
[Ilustración]
IV
Poco sabrá de la vida quien no haya vivido por edades, las edades todas de la humanidad. Es el hombre en sus primeros años un pequeño salvaje, más parecido por sus instintos al hombre primitivo que al ciudadano civilizado de cualquier gran nación moderna. Si la educación no acudiera al reparo--y no en todas partes acude,--tendríamos perfectos ejemplares de trogloditas, contemporáneos nuestros. No es preciso salir de España para encontrar pueblos enteros de ellos. La vida es el mejor libro de historia, abierto á todas horas, y ella nos ofrece continuamente vivientes ejemplares de todos los hombres, desde el primitivo de las cavernas, al anticipo del superhombre futuro. Con salvar espacios podemos retroceder en el tiempo. Hay hombres y pueblos enteros medioevales, los hay del siglo XVI y del XVII. Existen en medio de las metrópolis mas civilizadas, verdaderos salvajes. Ya dijo Zola, que nada puede darnos tan cabal idea de las homéricas luchas de la Iliada como las peleas entre jayanes de dos aldeas rivales. No en documentos empolvados, en textos vivientes ha de hallar el verdadero historiador artista, los más fieles datos para reconstruir la vida de los tiempos pasados.
Debemos ser tolerantes con las fiestas de Carnaval, que á tantos espíritus superiores disgustan y escandalizan, como con una niñería de la humanidad, por la que han de pasar sucesivamente todos los que nacen. Sería muy triste que todos naciéramos sabiendo que hemos de aburrirnos en un baile de máscaras. Es, además, acaso por primitiva, esta fiesta de los disfraces, la única fiesta de la verdad. Nunca sigue tanto el hombre sus naturales inclinaciones como al intentar travestirse en estos días. Vemos con faldas y moños femeninos á los que debieran llevarlos todo el año; con caretas de animales á muchos, que ese día sólo no engañan á nadie; de bebés á otros que, solo con vestirse de ese modo, muestran que están en lo cierto. Y de las mujeres, ¿qué diremos? La que sin careta tardaría dos ó tres días en darse á conocer, ya está conocida apenas aparece en el baile. Dinero podrá no ahorrarse con una belleza encubierta, ¡pero, tiempo!...
¡Si todos los negocios de este mundo pudieran tratarse con mascara, cuanto enojoso trámite nos ahorraríamos del mismo modo! ¡Ah, la cara, la cara! Mascara imperfecta que el más hábil no llegó á dominar y á pesar nuestro enrojece de vergüenza ó palidece de espanto, y llora ó ríe inoportuna, y es sensible, por curtida que esté, á escrúpulos de conciencia, á preceptos de educación, á preocupaciones sociales... Solo el que haya logrado completo dominio sobre su rostro, logrará completo dominio sobre los hombres. Por algo la glorificación de la belleza corporal ó espiritual del hombre es su escultura: la plenitud de la mascara.
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¿Por qué cerrar en estos días las Cortes y no permitir en ellas una mascarada que sería también su única verdad? Los más conspicuos parlamentarios, tal vez bajo el incógnito de la careta se atreverían por una vez á decir lo que sienten. Este liberal, mal disfrazado todo el año hablaría como conservador; tal otro, forzado por compromisos electorales á oponerse á todo negocio dudoso, pediría participación en él, sin empacho, y tal cual, metido por complacencia, en algún callejón sin salida, podría hallarla con muy gentil despejo, al amparo de un buen disfraz. Con careta de ministeriales, los conservadores podrían cantar las glorias de Cataluña, y los catalanistas, con careta de conservadores, podrían desenmascararse del todo. Los republicanos podrían decir la verdad disfrazados de monárquicos, y los carlistas no dirían nada, porque entre conservadores y solidarios les darían dicho todo lo que ellos pudieran decir. Los periodistas, con achaque de no conocer á ninguno, suprimirían adjetivos personales y la presidencia no se atrevería á llamar al orden á nadie, por temor á graves equivocaciones. Los maceros podrían actuar á guisa de bastoneros, para impedir, como en los bailes, aproximaciones demasiado deshonestas. Serían memorables estas sesiones de Carnaval. ¡Y si se aprovechara para «confettis» algunas de las leyes discutidas durante el año! Hecha «confettis» quedó la famosa del terrorismo. En cambio, la de administración local es una serpentina que entre Maura y Cambó se arrojan jugueteando y graciosamente se enrosca sobre otras cabezas, como debió enroscarse la serpiente diabólica del Paraíso en el árbol del bien y del mal, al ofrecer á nuestra incauta madre la fruta de perdición.
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