De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)

Part 12

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Á su hermoso romancero histórico «Doña María la Brava» nada le falta, y si algo le sobra es, justamente, lo que más habrán celebrado en él gentes expertas en teatros; las picardías teatrales. Para triunfar le hubiera bastado el ambiente histórico, de romancero popular, la noble figura de Don Álvaro de Luna, ambicioso de guerrear contra los moros por su rey y por su Castilla, y obligado á contiendas civiles, sin provecho y sin gloria. ¡Qué hermoso y claro símbolo de España!

¿Por qué prefirió el poeta interesarnos con amores y asesinatos misteriosos? Yo, menos que nadie, le culpo; sé lo que influye en el artista más seguro y consciente esa preocupación de que el teatro es una cosa aparte.

Créame el admirable poeta Eduardo Marquina: no se deje influir nunca por los que dicen conocer al público. El público es como las mujeres, sólo ama á quien le domina, aunque por el pronto parezca inclinarse á quien le halaga. Pero un poeta como Marquina no debe contentarse con ser el amante de una noche, sino el esposo de toda una vida.

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Cuando empresas y autores y público padecemos á tantas señoritas de mejor ó de peor familia, que sin figura, sin condición alguna, y hasta sin vocación, se dedican al teatro, bien merece un aplauso excepcional la que, sin necesitar del teatro para nada, le ofrece por verdadera vocación todos los prestigios de su figura, de su talento y de su nombre ilustre. El éxito de Anita Martos, en su presentación, es de los que permiten toda sinceridad sin ampararse de la galantería. Tenemos una excelente actriz, y cuantos se interesan por el Arte dramático deben alentarla y sostenerla, no con el público y con la crítica, que en esto, como César, llegó... la vieron y venció, sino con ella misma, para que no desmaye en el camino emprendido, que no es todo de flores, y quien tantas venturas puede lograr en la vida, no es difícil que á la primera contrariedad renuncie á las del Arte. Hagamos votos por que los suyos sean de verdadera profesión. El Arte es un divino señor que bien merece todo sacrificio.

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_¿Quién disparó?_--Novela de Joaquín Belda--bien pudiera ser el _Quijote_ de las novelas policíacas, de las que Sherlock Holmes es algo así como el Amadís de Gaula.

Decir que en la novela de Belda hay risa para todo el año, es decir muy poco; porque estamos á fines del de gracia de 1909. No conviene tampoco tal avidez de placeres desordenados; según están el mundo y la literatura, con unas horas de regocijo sano bien puede darse por contento el más asiduo lector de libros modernos. Sobre la risa, hallaréis por adehala, y, burla burlando, primores de estilo y hasta un poco de verdor; con que nada echaréis de menos de lo que cualquier novelista del día puede ofreceros por el mismo precio y sin la risa, que vale más que todo; que no es lo mismo reírse de un libro que reírse con un libro.

[Ilustración]

XL

Á los que andábamos á gatas--primeros animalitos femeninos á los que acude el hombre en su vida--cuando Juana Granier estrenaba el famoso «Petit Duc» del Maestro Lecoq, no puede por menos de rejuvenecernos el saber que la graciosa «divette» aún se halla en condiciones de dar juego por esos mundos y de favorecer según unos, de perturbar según otros, las relaciones diplomáticas entre Francia y Alemania.

Las mujeres no pueden soportar los irreparables ultrajes del tiempo, como dijo el trágico, y no tienen razón para lamentarse. La mejor edad para las mujeres empieza á los cuarenta años. Recuérdese qué mujeres son las reinas de la moda, del arte y la galantería en París. Sarah, la inmortal Sarah, que á sus años, á sus años había de ser, representa á la «Pucelle» de Orleans muy á satisfacción del público; Mme. Bartet, la divina, que tampoco es de ayer por la tarde, y aún interpreta las ingenuas de Musset y la Antígona de Sófocles; Cecilia Sorel, algo más nuevecita, por comparación, por eso no representa damitas jóvenes, pero también con lo suyo, muy bien llevado, eso sí; la Réjane, á quien el divorcio ha rehecho una segunda juventud, y en otro orden de ideas recordemos á Carolina Otero, á Émilienne d'Alençon, á Colette Willy, ahora en dimes y diretes con su marido por un quítame allá esas colaboraciones, que tanto les han producido en uno y en otro género. La más elemental discreción impide citar ejemplos de casa. Pero aquí, como en Francia, como en el mundo todo, á excepción de los países salvajes, el «jamonismo» impera. Esto habla muy alto en favor de la espiritualidad masculina, que aprecia en más lo cultivado por el saber y la experiencia, que lo natural sin apresto. También puede significar ilusión de creerse ellos más niños al aprender que con enseñar. La mujer tiene más vocación docente que el hombre. Verdad es que no han fatigado tanto su inteligencia durante el día. Además, en el camino del amor, como por los caminos de la vida, es menos frecuente alcanzar al que nos lleva delantera en la misma dirección, que encontrarse con el que viene en dirección contraria. Y el que va con nosotros y adonde nosotros, ¿qué noticias puede darnos? En cambio, el que regresa puede darnos informes interesantes y provechosos.

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Gómez Carrillo comenta, y me dedica sus comentarios, el nuevo «sport» á que se han entregado los elegantes de París. Novedad de retorno, como todas las novedades; porque en otros tiempos, cuando la fuerza física era plebeya y la cultura del espíritu noble--tiempos hubo en que fué todo lo contrario, y así va el mundo,--fueron muchos los grandes señores y damas aficionados á representar comedias. Luis XIV dignábase danzar en los intermedios de algunas farsas de Molière; María Antonieta representó, en lo más florido de su corte, «El matrimonio de Fígaro», con una inconsciencia propia de una cabecita que había de truncar la guillotina; Catalina de Rusia tuvo un teatro en su palacio y dejó todo un repertorio de obras, si no escrito, á lo menos inspirado por ella. Claro es que entonces no hacían lucro los señores de sus gracias y de sus aficiones; como tampoco lo hacían de los productos de sus fincas y de sus tierras. Pero ahora, cuando escudos nobiliarios son el mejor anuncio de un vino ó de unas conservas, ¿por qué no ha de sacarse producto de todo?

Dolencia del siglo es el «exhibicionismo». La prensa moderna, causa ó efecto de este gran impudor público, con sus informaciones íntimas, con sus fotograbados, con su persecución incesante de la actualidad en todas las esferas sociales, nos ha quitado á todos la «miaja» de vergüenza que nos hacía reservar ciertas gracias para el sagrado de la intimidad. Ahora, cuando la gran señora y el noble caballero saben que todo el mundo ha de saber si pintan, si esculpen, si representan comedias, si voltean sobre un caballo ó si hacen cuadros plásticos en familia, ¿por qué no solicitar directamente el aplauso y la admiración? Y como el dinero es la medida y tasa de todo, ¿cómo no buscar en el dinero la verdad de ese aplauso y de esa admiración?

En los primeros momentos podrá perjudicar á los verdaderos artistas la invasión de los nobles actores, pero pronto vendrá el desengaño. El verdadero público no es adulador. Sabido es el caso de aquella dama de continuo celebrada de hermosa entre las hermosas por cuantos formaban su círculo, y como un día quiso probar el atractivo de su hermosura en lugar donde se cotiza sin galanterías, padeció el más cruel desengaño. Á todas las sacaban á bailar menos á ella. Al otro día despidió con cajas destempladas á todos sus adoradores. El público se encargará de desengañar á muchos de estos artistas, y si alguno triunfa con arte verdadero, ¡bien venido sea! Y aun los que destrozan las comedias... ¡De todos modos habían de destrozarlas, con su charla y su crítica insustancial, desde sus palcos ó desde sus butacas. En el escenario, siquiera pueden aprender lo que cuesta divertir á un público. Algo más que disponer una comida ó una «soirée». Todos debiéramos ser un rato algo de todo. Una indulgencia y una tolerancia universal harían entonces del mundo un Paraíso; algo aburrido, eso sí, como todos los paraísos.

[Ilustración]

XLI

Muy próxima la fecha en que ha de celebrarse en la República Argentina el Centenario de su Independencia, no se advierte, en las esferas oficiales ni en las particulares, señal alguna de preparativos para la representación lucida de España en tan señalada fiesta. Desdicha es que siempre cuidados propios nos impidan estar con toda tranquilidad de espíritu y holgura de bolsillo necesarias para asistir á fiestas ajenas; pero pocas veces, como en esta ocasión, era preciso sobreponerse á todo y hacer lo que se debe; aunque se debiera lo que se hiciese, como dijo el clásico.

Cuando tan traída y tan llevada anda nuestra reputación por esos mundos, era más urgente demostrar á todos que la vida política no es toda la vida española. Nuestra industria y nuestro arte pueden hacer un brillante papel en la Argentina; pero de nada servirá algún esfuerzo y algún alarde aislados sin la iniciativa y la protección oficiales. Queda poco tiempo; no hay que malgastarlo en nombrar comisiones. Piensen todos que sobre la América española, toda Europa y América del Norte tienen puestos sus ojos y sus manos, y entre todos tienden á desespañolizarla. Hasta ahora tuvimos en los naturales la mejor defensa. Pero ¿vamos á pedirles que sean más papistas que el Papa? Si nosotros, que tenemos allí mucho en qué comerciar y mucho que explotar, no nos acordamos de ellos, ¿van ellos á acordarse de nosotros, si para nada nos necesitan?

El que España figure dignamente, á costa de todos los sacrificios, en el Centenario de la Independencia argentina, es de un interés del que no se han dado cuenta nuestros gobiernos. Algo más importante que unas elecciones.

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Hoy empezará sus representaciones el «Teatro para los niños». Nada diré de sus principios, por tener yo tanta parte en ellos. Otros autores vendrán después que justifiquen el elogio. Por ahora, baste con alabar la intención y agradecer á la compañía del teatro y á su director, Fernando Porredón, el entusiasmo, la fe ciega, el desinterés absoluto, puestos al servicio de la idea. En compañías de pretensiones y en empresas de fuste no es tan fácil encontrar todo eso.

No se aspira á la perfección, ni mucho menos; es un ensayo, un modesto ensayo de un teatro en que los niños no oirán ni verán nada que pueda empañar la limpidez de su corazón ni de su inteligencia. No saldrán de allí con adquisiciones preciosas en su vocabulario, como «la vértiga», «la órdiga» y otras expresiones. No se iniciarán en los encantos del garrotín y del molinete.

Si la idea fracasara y yo tuviera la conciencia de que no era por culpa mía ni de cuantos han de ayudar y servir en la empresa, hago voto solemne de escribir, en desagravio de mi error y agravio del ajeno, «Una cachunda» de gran espectáculo, que dedicaré á cuantas y á cuantos se lamentan de la inmoralidad en el teatro.

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En Alemania, tan atenta á la reproducción y á la cría de la raza humana, se proyecta una ley encaminada á su selección, impidiendo contraigan matrimonio los individuos que padecen enfermedades hereditarias ó incurables.

En verdad, que cuando todo se cultiva, se selecciona y se mejora por el cultivo ó el cruce, en las especies vegetales y animales sólo al hombre se le permite la más inculta espontaneidad en su reproducción.

El «fetiche» de la espiritualidad del amor--espiritualidad que es sólo una coquetería más del celo--ha impedido hasta ahora la intervención de la Ciencia en los matrimonios desiguales y disparatados.

El remedio no será todo lo eficaz que la ley se propone, porque fuera de la ley, justamente, queda siempre el más vasto campo al amor, y ¡cualquiera le pone puertas al campo! Pero algo podrá conseguirse ¿Otro remedio más eficaz? No es este lugar para exponer algunas atrevidas consideraciones sobre este asunto. Algún día las expondré con entera libertad en un libro ó folleto, ó lo que salga, con espanto de muchos, como todas las verdades.

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Oído en el día de las últimas elecciones para concejales:

Un cochero de punto ve pasar desde su pescante á un compañero, fuera de servicio y algo apuntado de bebida.

--¡Eh! ¿Estás de fiesta? ¿Adonde vas?

--¡Á votar!

--¡Á votar, tú! ¿Á quién?

--¿Á quién ha de ser? Á los socialistas; á los hijos del trabajo... ¡Yo soy también un hijo del trabajo! Sólo que yo estoy reñido con mi padre.

[Ilustración]

XLII

Ya pareció Maese Reparos; y ¿cómo pudiera faltar? Con motivo de la inauguración del Teatro para los niños, hay quien advierte que los niños están mejor en el campo que en el teatro. ¿De veras? ¿Creen ustedes que yo lo había puesto en duda por un momento? Sólo que... ¿Campo en Madrid y en invierno? Yo sólo creía que, dado el egoísmo de ciertos padres, incapaces de privarse de un espectáculo impropio de niños y capaces de llevarlos al teatro, lo mismo á un terrible drama con su buen adulterio, que á una comedia de malas costumbres, que á una chulería del género chico, donde nada bueno pueden oir los muchachos, siempre sería preferible que existiera un teatro en que, aunque por sistema no se moralice, nada se oiga al menos que pueda manchar, esta es la palabra, el espíritu de los niños.

No es que yo considere ese teatro como remedio de todos los males; supongamos que es un mal menor: ya será algo. Pero, francamente, de eso á que unos cuantos señores, á quienes nunca se les ocurrió protestar por ver á los niños en otros teatros, nos vengan ahora con la monserga del campo y del aire puro, á propósito del Teatro para los niños, hay la distancia del criticarlo todo al hacer algo, aunque sea poco. Yo no me considero un héroe ni un bienhechor de la humanidad por haber patrocinado ese teatro, pero tampoco es para que se me considere como un malhechor. Con menos trabajo y menos entusiasmo, un par de piezas sicalípticas me dejarían más en limpio. ¡Bello país! ¡Cuántas veces hubiera uno emigrado si no hubiera uno aprendido á despreciar desde muy joven!

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¡Vaya si está vidriosa nuestra moralidad! La gente se ha indignado mucho con un torero que fué ídolo de una tarde--¡cómo le gustan á Madrid los ídolos de un día!--por creerle culpable del suicidio de una señorita mejicana. Nunca he creído en el poder de seducción de los hombres, que, por lo regular, siempre predican á convencidas; pero en este caso, y según referencias, mucho menos. La señorita había mostrado grandes deseos de conocer al torero; la señorita aceptó una invitación para asistir á una juerga, y la señorita... se llamó después á engaño. ¡Caramba con la señorita!

Siempre es bueno recordar aquellos versos del maestro Tirso de Molina:

«Yo aseguro, si como echa á galeras la justicia los forzados, echara las forzadas... que hubiera menos, y esas más honradas.»

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El que ha ido bien despachado en las oraciones fúnebres ha sido el rey Leopoldo de Bélgica. Si por historia puede tenerse el juicio apasionado de los contemporáneos, no ha sido tardío para él el fallo de la historia.

Y ¿por qué tanto rigor? Por enamorado. ¡Bah! Hubo muchos grandes reyes que lo fueron mucho más y con mayor escándalo. ¿Por explotador del Congo? ¡Ah! ¿Será Inglaterra la que pueda arrojarle la primera piedra? ¿Por administrador prudente de su capital? Pues qué, ¿no hemos censurado mil veces á los reyes pródigos y dilapidadores? ¿En qué quedamos? El papel de rey se va poniendo muy difícil. Lo cierto es que Bélgica ha prosperado bajo su reinado en industria, en comercio, en arte, y que el buen Leopoldo no merecía tanta severidad de los contemporáneos. Por fortuna, la historia tiene sus modas, y ya se sabe que cada cinco años las grandes figuras pasan á ser insignificantes, y viceversa. Hoy es moda presentar á Nerón como un monstruo, y mañana como á un excelente hombre. Un día escribe Voltaire su «Pucelle d'Orleans» con regocijo de todos, y á la vuelta de unos años se la canoniza. Todos hemos conocido estas alternativas de la historia con Don Pedro el Cruel, con Felipe II, con Isabel la Católica y otras grandes figuras, tan pronto admirables como despreciadas. En algo han de entretenerse los historiadores. Siempre hay nuevos documentos para la historia. Es natural. Pregunten ustedes por cualquiera de sus más íntimos amigos á su portero, á su criado, á otros amigos, á sus acreedores, etc. ¡Verán ustedes qué distintas versiones de su vida y costumbres! Somos una serie de imágenes falsas y ridículas, como las múltiples fotografías de una vista cinematográfica. El pasar rápido por una luz poderosa es lo que puede darnos unidad y verosimilitud. ¡El cielo depare á los grandes hombres un buen manipulador!

FIN