De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)
Part 11
De lo que han sido privadas las elegantes, con el rigorismo del presidente no permitiendo la entrada á las señoras, es de saber á qué atenerse respecto al último figurín para vistas de procesos sensacionales ¡Cuánta exquisita _toilette_, dispuesta para la ocasión, habrá quedado en esos roperos! ¡Infeliz señora; tan odiada por unos, tan compadecida por otros... y tan envidiada por todos!... Porque ¡vaya si se ha divertido en este mundo! Y eso será lo que acaso no la perdonen, aunque su inocencia quedara demostrada.
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Supongamos que en cualquier parte del mundo se hubiera estrenado una obra póstuma de tan gran artista como el maestro Chapí, y así hubiera sido esa obra--y no lo es ésta--lo mas endeble é insignificante, ¡con qué respeto no hubiera asistido el público á la representación! El nuestro no lo entiende de esa manera y dió un lamentable espectáculo en el estreno de _El diablo con faldas_. Y eso con una obra que era de su agrado. Y es que esos _cines_ del garrotín y de la machicha son grandes centros de cultura, y hay espectador que si no berrea y patea y relincha y suelta cuatro palabrotas, se figura que no se ha divertido, y cuando asiste á otros espectáculos cambia de lugar, pero no de costumbres. Si el glorioso músico español, que tanto padeció en vida de esas irrespetuosidades de nuestro público, pudo, desde la región _donde asiste eternamente_, contemplar el estreno de su última obra, ¡qué satisfacción la suya haber abandonado este pequeño mundo! Cuando espera todavía la iniciativa para erigir un monumento que dé testimonio á la posteridad, no de su gloria, pero sí de nuestra gratitud, ¡pateo, protestas, groserías!... ¿Es que ya no se perdona la gloria ni á los muertos?
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Yo, que este año me sentía un poco muerto, con tantos honores. ¡Hay años felices! Un teatro con mi nombre. Ustedes no saben el efecto que produce ir por la calle y oir de pronto á unos señores que dicen: ¿Vamos á Benavente esta noche? ó ¿Qué _echan_ hoy en Benavente? Yo procuro, por no hincharme de vanidad, suponer que se refieren á Benavente, provincia de Zamora; pero... vamos, me siento cadáver.
Además, mi retrato en el saloncillo del teatro Español. Gracias mil á sus amables directores; gracias también á Juan Antonio Benlliure, y más agradecido á todos, si ya que, por aquello de «los últimos serán los primeros», se acordaron de mí para anticiparme en vida este honor, no tardan en aumentar la galería con otros retratos que allí faltan, y que yo soy el primero en echar de menos, y mucho más cuando el mío sobra--Sellés, Galdós, Dicenta,--y sólo nombro á los que son anteriores por orden cronológico en la historia del Teatro Español. Sólo en la seguridad de que más se atendió á facilidades de ejecución, por mis muchas desocupaciones, puedo aceptar una primacía que de ningún modo me corresponde. Y si alguien lo juzga falsa modestia, no sabe que yo tengo una vanidad tan grande que está por encima de esas vanidades. Yo quisiera ser cien veces mejor autor dramático de lo que soy, y ser, sin embargo, el peor de todos entre cien autores más que honran el Teatro Español. ¡España sobre todo y sobre todos!
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XXXVI
El sentido moral indignado sería muy respetable si se indignara á tiempo y con absoluta justicia. Por ejemplo: con tantos malos maridos y peores padres como andan por todas las esferas sociales; con el que vive á costa de su mujer ó de la ajena; con el que no repara en transmitir á sus hijos dolorosa herencia de enfermedades, por lograr su bienestar con un matrimonio conveniente; con el funcionario torpe ó prevaricador; con el adulterador de substancias alimenticias; con el usurero sin entrañas; con el explotador sin conciencia... En todos éstos podía emplearse mejor esa indignación derrochada por ligeros indicios contra mujeres indefensas, siempre respetables. La descortesía masculina sería disculpa en este caso, y en otros parecidos, de lo mismo que con ella pensaban castigar. Si así son los hombres, se comprende que toda mujer de sentimientos delicados procure evitarlos. De estas cosas, como de la influencia clerical en el espíritu de las mujeres, como de todos sus extravíos, tiene siempre la culpa el hombre, por su grosería ó por su indiferencia. La mujer necesita una fe, un apoyo, una creencia en algo, humano ó divino. Si el hombre renuncia á ser el sacerdote de su casa, en doctrina y en ejemplo, ¿cómo impedir que la mujer acuda á otros altares, paganos ó cristianos? La mujer que acude al hombre de su cariño en demanda de ayuda y consejo y le oye contestar desalmado: «¡Déjame en paz! ¿Qué entiendo yo de eso? ¡Cosas de mujeres!» ¿No se sentirá desligada de él para siempre, por el corazón y por la inteligencia? «¡Gran cosa es entender un alma!»--dijo Santa Teresa.--Mientras los hombres ignoren el alma de la mujer, ¿pueden quejarse de que ella busque ser entendida? Por algo la Iglesia católica, gran conocedora de la psicología femenina, viste con traje talar á sus ministros. Sabe que sus mejores conquistas espirituales son las de las mujeres que llegan desengañadas de los pantalones. El confesor no dice nunca como el marido: «¿Qué entiendo yo de eso? ¡Cosas de mujeres!» El entiende de todo. Por eso domina sobre nuestras mujeres. No le culpen los hombres, ni las culpen á ellas; cúlpense á sí mismos, y no se quejen de que el sacerdote llegue á ser padre de familia, cuando ellos no supieron ser los sacerdotes de su casa.
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De todos los problemas que deben solicitar la atención de nuestros gobiernos, ninguno tan urgente, tan necesario como el aumento de sueldos. Existe una desproporción monstruosa entre el aumento de necesidades en la vida moderna y la mezquindad de los sueldos; aun los que parecen más excesivos por comparación con los inferiores. No hay derecho á exigir solicitud, diligencia, ni siquiera honradez, á servidores que carecen de lo necesario y han de aparentar lo superfluo.
Y mientras tan urgente resolución alcance á todos, me dirijo á la noble inteligencia y al gran corazón del nuevo director de Correos, señor Francos Rodríguez: ¿No cree de justicia--no he de invocar la compasión con tan recto espíritu--el aumento de retribución á los peatones de Correos, verdaderos parias entre los servidores del Estado? Todo el que haya residido algún tiempo en lugares donde estos humildes depositarios de tantos intereses prestan sus penosos servicios, sentirán que nada más justo ni más urgente. Y después... ¿olvidarán á los maestros y á toda esa clase media burocrática, tan desdeñada, que nunca se declaró en huelga, ni alarmó con manifestaciones, ni tiene su Primero de Mayo, ni sus sociedades de resistencia, ni una lujosa casa donde congregarse?
Los gobiernos, demasiado preocupados con los que pueden hacer alarde de fuerza, se preocupan muy poco de los que sólo pueden hacer alarde de debilidad. Es preciso fortalecerlos, siquiera para contar con aliados el día de la gran batalla; porque al chocar de dos fuerzas contrarias y poderosas, nadie sabe lo que puede influir de un lado ó de otro la indiferencia de los neutrales que, cruzados de brazos, con la impasibilidad de la desesperación, exclamen: «¿Y á mí, qué?» Hay que procurar que todos tengan un por qué para luchar por algo.
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El pueblo madrileño no ha podido demostrar sus simpatías al pueblo hermano en la representación visible de su monarca. Comprendo la difícil situación de un gobierno que, si peca de confiado, puede incurrir en grandes responsabilidades, y si peca de previsor desagrada á todos, quizás á los mismos con tan excesiva solicitud guardados. Los tiempos no están para excesivas confianzas; acaso tampoco para excesivos recelos. Lo mejor en estos casos es dejar algo en manos de Dios, ya que los ojos de la policía no pueden estar en todo, y algo también al corazón del pueblo, que siempre responde á toda confianza, y á quien siempre ofende todo recelo.
¡Triste cosa es que el temor á un loco ó á un malvado haya impedido al rey de Portugal conocer al pueblo madrileño! En cambio habrá conocido mejor nuestra política. Cuando tantas precauciones hay que tomar--se habrá dicho,--no hay duda, por aquí ha pasado un Juan Franco. En efecto, señor. Esperemos que vuestra majestad vuelva á visitarnos cuando ni en España ni en Portugal quede sombra de estas pesadillas. Sólo en los pueblos verdaderamente libres pueden pasear los reyes libremente. Ahora os lo podrá decir el rey Eduardo.
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XXXVII
¿Se acaba la guerra? ¿No se acaba? ¿Se acabó ya? Todo hace esperar y creer que sí; sólo algunos espectadores del antiguo régimen echan de menos un final de efecto; alguna gran batalla decisiva; una apoteosis con bengalas y desfile general, como en zarzuela de espectáculo. No tienen en cuenta que la guerra moderna no admite esos finales de efecto preparado. Ya no son posibles caballos de Troya, buen cuadro final de una empeñada guerra; ni el asolamiento de ciudades y reinos, ni la cautividad de pueblos enteros. Hay que contentarse con un desenlace modesto, y es de notar que ahora les parece poca guerra á muchos de los que antes les pareció demasiada, y hubieran renunciado á todo por no vernos metidos en aventuras. No á ganar más, sino á conservar lo ganado debemos aspirar todos, y á que la gloriosa sangre vertida no sea infecunda, y esa será la mayor gloria de los que sucumbieron. Señores capitalistas españoles: ya que no sea todavía ley el servicio obligatorio para vuestros hijos, se impone el servicio obligatorio para vuestro dinero.
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De ser cierto lo que se murmura, el solar de la Zarzuela viene á ser como símbolo del solar de España. De una parte, los autores y músicos españoles pretenden reivindicar su dominio, como de propia casa solariega; de otra parte, una poderosa Compañía de electricidad, símbolo de la ciencia y de la vida modernas, pretende hacerlo suyo, y, por último, otra poderosa compañía, símbolo de obscurantismo, según muchos--aunque no es tan negro el cuervo como sus alas, y si de cerca se advierte, más que de cuervo tiene de cuco el pájaro,--aspira también á levantar una de sus mansiones, que algunos verían complacidos, como monumento expiatorio. ¿Quién vencerá? ¿El Arte? ¿La Ciencia? ¿La ola negra? ¡Admirable asunto para un poema simbólico! Me recuerda la explicación que daba un pintor, de más colores que luces, á la alegoría de un gran techo pintado por él, en un edificio consagrado á la enseñanza: «De una parte los murciélagos del obscurantismo, huyendo de la luz; de la otra, los papagayos de la libertad, _personificando_ el descubrimiento de América».
Debemos desear que, en esta lucha de Compañías, triunfe la que representa el Arte lírico español, más necesitado que nadie de templos, y, á no poder ser otra cosa, de capillas en que ofrecerle culto. Las Compañías de electricidad no necesitan un sitio céntrico; las otras, menos; tienen un público fiel que va á buscarlas, aunque sea al extrarradio. Todos sus parroquianos tienen coche propio y automóvil.
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En la _Carmen_, de Merimée, como en la ópera de Bizet, inspirada en la novela, se sobreponen la pasión y la vida; verdad humana, á la verdad local; que, en este caso, debiera ser española y lo mismo pudiera ser japonesa, como en la _Butterfly_, de Puccini.
Esta funesta Carmen, con el contoneo de sus caderas, sus toreros, sus contrabandistas, sus trabucos y sus navajas, ha sido la mayor contribuyente á la representación de esa España de pandereta, tan impresa en el extranjero, que nos señala como un pueblo aparte de Europa.
Una gran artista española se atiene, en la interpretación de Carmen, á la verdad del novelista y del músico. Es el deber de todo artista intérprete. La Carmen de Merimée y de Bizet es ésa. La mujer española, la andaluza en particular... ¿Son así? De ningún modo. Justamente en España, la mujer meridional es mucho más reservada, más casta en sus manifestaciones amorosas, que la mujer del Norte. Ninguna menos provocativa, como no sea por su propia belleza, que la mujer andaluza; ninguna que, aun muy bajo caída, guarde siempre más esquivos pudores.
Yo he visto bailadoras sevillanas que, en sus momentos de reposo, evocaban más el recuerdo de las vírgenes de Murillo que el de la Carmen de Merimée.
El baile andaluz, el verdadero baile andaluz, no el adulterado por escenarios franceses y españoles, es de un ritmo sacerdotal, religioso; como Romero Torres, pintor artista, lo representó en uno de sus cuadros.
_Carmen_ es una calumnia más del extranjero. Un tipo de mujer que los franceses no debieron buscar en España para darle más realidad. Mucho más parecido á Mad. Steinheil, sin ir más lejos, que á cualquier mujer española. Pero, en fin, digamos como el duque de Glocester en el _Rey Lear_: «No he de sentir desliz que dió tan buen fruto». Por admirar á una gran artista española, tan admirable intérprete de esa calumnia, démosla por bien empleada.
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Á propósito del _Rey Lear_. ¿No le parece á Enrique Borrás, único primer actor que _llena la escena de actor_, como en sus tiempos Valero, Rafael Calvo y Antonio Vico, que nos debe una interpretación de la tragedia de Shakespeare? Hay que agrandar y que engrandecer ese repertorio. Tan extraordinarias condiciones de actor no pueden limitarse al repertorio catalán; ni siquiera al castellano: Shakespeare, Ibsen, esperan su intérprete en la escena española. Ninguno como Enrique Borrás puede acometer esa empresa, que es de Arte... y de dinero.
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XXXVIII
La Réjane, propietaria y empresaria del teatro que lleva su nombre, cansada de ver fracasar obras y obras, excepto _Raffles_, en que ella no tenía papel--otra contrariedad, capaz de entristecer el mejor éxito á una actriz directora,--ha discurrido convocar á la crítica, durante los primeros ensayos de las obras, para atender todos sus juicios y observaciones, y poder, con tiempo, reformar las comedias de acuerdo con ellos. De este modo, la obra sería de los críticos más que del autor, y, naturalmente, no habrían de meterse con ella al estrenarse. La crisis del teatro francés, acostumbrado á dominar en todo el mundo, es tan notoria, que empresarios y autores no saben como defenderse, y es natural que la Réjane, mujer inteligente, crea haber dado con la mejor solución. Pero, suponiendo que toda la crítica, ó una gran mayoría, por lo menos, fuera de una misma opinión respecto á las reformas, ¿no faltaría siempre el fallo inapelable del público, más que espectador, colaborador insustituíble en toda obra dramática? Difícil es explicar la causa: la psicología de las multitudes aún no se ha estudiado bastante; pero ¡es tan distinto el efecto de una comedia en la lectura ó ante un limitado auditorio, al que produce la misma comedia ante un público numeroso! Aun los que ya creyeron más seguro un juicio en el primer caso, sienten que la impresión es distinta, y no pueden substraerse á la influencia del público. En la lectura, en los ensayos, más que el efecto total de la obra, se aprecian el detalle, la finura de los trazos y de la observación. En las representaciones, todo esto se pierde, se funde en el conjunto, y el brochazo parece finísima pincelada, y la caricatura retrato, y lo más fuera de juicio, lo más encajado y, en cambio, primores de diálogos, sutilezas de observación, pasan inadvertidas.
Sucede muchas veces con las comedias como con algunas telas, que por el revés tienen mejor vista, y es lo mejor que puede sucederles, porque lo cierto es que el público siempre ve el revés de las comedias. Por eso, el autor hábil debe cuidar el tejido de las dos caras: la una, de esmerado dibujo; la otra, de llamativos colorines.
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Por los teatros madrileños han causado la natural alarma no sé qué nuevas disposiciones de la autoridad, que amenazan complicar la ya difícil marcha de los negocios teatrales. Son las tales disposiciones, á lo que se dice, de lo más arbitrario é injusto que darse puede, y las empresas, muy cargadas de razón, se aprestan á protestar contra ellas. Si no es que, dada la buena armonía que entre ellas reina, y la natural y española satisfacción de quedarse sin los dos ojos por el gusto de ver al vecino tuerto, no les lleva á pasar por todo, como en otros asuntos que les interesan: las representaciones de tarde, por ejemplo, en el extranjero teatro Real, que nunca estuvieron permitidas, con excepción de las fiestas de Navidad, y que tanto perjudican á los teatros nacionales.
¡Dichoso país éste, en que gozamos de una Constitución y de Códigos que parecen garantizar todas las libertades y derechos individuales, para que después, cualquier tiranuelo de monterilla, entre ordenanzas, bandos y reglamentos de policía, deje Constitución y Códigos, derechos y libertades como para limpiarse las narices!
Trátase, según parece, con este nuevo atropello, de reglamentar el número de localidades que han de venderse en contaduría y las que han de venderse en despacho; del precio y sobreprecio que ha de fijarse en días de moda ó de estreno. Como si cada uno, y tratándose de algo que no es artículo de primera ni aun de última necesidad, como el teatro, no fuera dueño en su casa, de vender cuándo, cómo y á quién mejor le parezca.
Pero siempre fué achaque de nuestros gobernantes, altos y bajos, gobernar á gusto de sus amigos. Llega á casa de uno de ellos una señora amiga, muy sofocada:--¡Lo que pasa en este Madrid no pasa en ninguna parte!--¿Qué es ello?--le pregunta el señor de autoridad--Figúrese usted que yo quería ir esta noche al estreno de... ó á la inauguración ó á lo que sea. Mando esta mañana por localidades, y me dicen que no queda ninguna. ¿Ha visto usted qué abuso?--¡Escandaloso! ¡Esas empresas abusan del público! ¡Habráse visto! ¡Vender todo el teatro! Hay que poner orden en ello.
Y ¡cataplúm!, al día siguiente _ukase_ á rajatabla para que á la buena amiga no vuelva á sucederle lo de quedarse sin billetes á la hora que le acomode ir por ellos. Las felicitaciones de los amigos bastan á compensar al señor autoridad de las pestes y maldiciones de los molestados por sus sabias y bien meditadas disposiciones.
Como no se puede dar gusto á todo el mundo, es natural que se prefiera contentar á los amigos. Bien vale la pena de que los empresarios, pudiendo vender sus localidades anticipadamente, tengan la galantería de reservarlas para que, cuando á la buena señora amiga se le ocurra ir al teatro, tenga dónde escoger.
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El divino Emperador de Alemania, en su deseo de fomentar por todos los medios la cría y reproducción de sus súbditos, se compromete á ser padrino del octavo hijo que se digne tener cualquier matrimonial pareja de su Imperio. ¿Cómo han de oponerse sus leales súbditos á tan amable «Creced y multiplicaos», de tanta fuerza como el divino precepto? Ya me figuro á los matrimonios alemanes empeñados en esta especie de juego de la siete y media ó la treinta y una. Cuando una señora, cansada ya de juego tan poco divertido para ella, se atreva á decir con cuatro ó cinco: «¡Me planto!» Su marido replicará furioso: «¡Cómo! ¿Vas á plantarte en tan buen punto?» Carta, señora. ¡Hay que abatir con ocho! ¡Cualquiera renuncia al honor de llamar compadre al Emperador!
Estas naciones montadas militarmente, y en las que todo ha de estar montado por el mismo orden, son un puro contrasentido. Por un lado, prohiben á los jóvenes contraer matrimonio mientras están sujetos al servicio militar; prohiben el matrimonio de los subalternos y dificultan el de los oficiales hasta cierta graduación y cierto sueldo. Y por otra parte, todo es achuchar á los ciudadanos pacíficos para que no se paralice la producción de soldados. ¡Cualquiera entiende el lío! Hay que contar también con que, ocupados en el servicio militar los campesinos más jóvenes y vigorosos, la producción de las tierras decrece, y hay menos probabilidades de que los recién nacidos puedan traer un pan debajo del brazo. Pero, ¿qué importa? Con que traigan brazos para coger el fusil de mayores, el Emperador se da por contento. Antes que en el campo de batalla hay que vencer al enemigo en lo que Góngora llamó «campo de pluma». Esto es lo que se llama la Nación armada, en paz y en guerra. ¡Oh! ¡Felices los matrimonios alemanes que, cuando ya estén más disgustados de la vida matrimonial, todavía continuaran en buenas relaciones con el consuelo y la satisfacción de complacer á su Emperador!
Lo que decía aquel matrimonio que fué al teatro con sus chicos: «Nosotros no nos divertimos nada, pero los niños se han reído mucho».
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XXXIX
La vida de sociedad, lánguida en otoño, estación de parada, renace con los rigores del invierno. Los turnos de moda en el Real, en la Princesa, en la Comedia, resplandecen de lujo y de elegancia. Para los que van y vuelven en coche, de los teatros y reuniones, Madrid es alegre. Para los noctámbulos callejeros hay algo más entre cielo y tierra de lo que suelen decirnos los revisteros de salones.
La Escalerilla, los soportales de la Plaza Mayor, las puertas cocheras de calles poco frecuentadas, tienen también un público de abonados á diario: el público de todos los inviernos. Evocan horrores de campo de batalla los cuerpos tendidos, amontonados; y ¿qué son, sino bajas en la batalla de la vida? Unas por inutilidad física, otras por inutilidad moral; irredimibles muchos; algunos, tal vez, capaces de redención. Una noche y otra pasamos indiferentes ante ellos, porque las preocupaciones propias no dejan lugar á preocuparnos por los demás. Alguna vez, una clara espiritual nos predispone á la compasión, y dejamos unas monedas que alivian el frío y el hambre de una noche; pero ¡son tantas y tan largas las noches del invierno! Procuramos tranquilizar nuestra conciencia ó nuestro miedo, considerando la ineficacia de nuestra compasión individual. Las autoridades no debieran consentir esto, decimos, y todos asienten. ¡Es un horror!
Las autoridades, en efecto, empiezan á preocuparse al principio de todos los inviernos, y siguen preocupándose hasta la primavera.
Unos cuantos beneficios, unas cuantas raciones de sopa distribuídas, nos permiten creer que hemos hecho todo lo humanamente posible. ¡Siempre ha de haber pobres y ricos! ¡Ese es el mundo!
Hay asilos de noche; pero esa gente, sin duda temerosa de dar la cara á luz alguna, prefiere dormir á la intemperie. Ama la libertad con todos sus rigores. Tal vez sí; pero téngase también en cuenta que los asilos están todos en barrios extremos, y mucha de esa gente, que vive de las sobras del lujo, tiene sus negocios en el centro, y no le conviene alejarse tanto si ha de acudir, desde muy temprano, á sus empleos y negocios.
Un asilo en cada distrito sería algo más práctico y más á vista de los ricos, que con mayor solicitud podrían acudir con mucho de lo que sobra en sus casas.
Hay, lo sabemos, entre esa gente miserable, muchos indignos de compasión; si alguien puede ser indigno de compasión, y si el llegar á ese extremo, no fuera mayor motivo de ser compadecido. Pero ¿y los niños? ¿Qué culpa puede haber en los niños? Y mientras haya uno, uno solo que duerma al aire frío en estas noches crueles de invierno, ¿no es verdad que no tenemos derecho á vivir tranquilos, ni á llamarnos cristianos, ni á creernos civilizados?
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Eduardo Marquina, el admirable poeta, no debe dejarse seducir por los que vuelvan á decirle, con el mejor deseo: Hay que hacer teatro, usted es un gran poeta, pero le falta á usted picardía teatral. ¡Hay que tener picardía! Y cuenta que el consejo es de quien, alguna vez, también se dejó seducir por complacencias y cayó en el mismo pecado.