De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5)
Part 10
Todo esto y algo más, por este orden, supone pequeñas molestias, ocultos sacrificios que no hallarán eco en las crónicas de sociedad ni harán figurar tanto nuestros nombres como las listas de las suscripciones benéficas y patrióticas. ¡Es tan fácil ser generoso y magnánimo y valiente, cuando todos nos miran! Lo difícil es serlo humildes y callados, en el anónimo de una obra donde sólo se lea un nombre: Patria.
* * * * *
Todos los días y en los sitios más céntricos, saluda uno ó procura _no_ saludar, aunque en Madrid á nada compromete el saludo, á conocidos carteristas, estafadores, _chanteurs_, jugadores de ventaja, etc. etc.; el que más y el que menos con una docena de causas pendientes y todos ellos paseándose en la más dulce libertad y sin desatender los negocios de su profesión, mediante fianza pecuniaria ó personal, prestada por algún conocido tabernero.
Estas facilidades no rezan con el escritor procesado por delitos de pluma, que no fué falsificadora. Á éste no se le excusan rigores ni molestias. ¡Suprema voluptuosidad de unos Nerones de poquito!
No están los tiempos para hacer de tigres y se contentan con ser chinches. Porque toda esa rigurosidad, cuando en la conciencia de todos está que, por muy excepcionales que sean las circunstancias, no puede ser delito un mes al año, lo que no debe serlo nunca, no pasa de ser... chinchorrerías. Gusto de poder decir á cuatro amigos, frotándose las manos de gusto: Para que vean cómo las gastamos. ¡Que se fastidien!
Sí que saben ustedes fastidiar, pero ¡si ustedes vieran que no es por eso!
[Ilustración]
XXXI
Impacientes por recibir una ovación, los autores de la obra representada, con mejor éxito para la interpretación que para la obra, han querido aprovechar un aplauso arrancado por los intérpretes, para dar la obra por terminada; cuando en realidad, sólo estábamos en un final de acto. Ya nos disponíamos todos á regocijarnos con el fin de fiesta, cuando por orden superior ha vuelto á levantarse el telón con gran descontento de algunos impacientes. Todo por no haber rehusado modestamente los autores, aplausos prematuros, como es uso y costumbre, con la consabida fórmula: Los autores suplican al público reserve su juicio hasta la terminación de la obra. ¡Poco seguros deben de estar de su éxito personal, cuando tales impaciencias revelan! Gracias á que el público es bonachón de suyo y está ya resignado á todo, pero no es bueno jugar con él á este tira y afloja, porque cuando menos se espere, pudiera tirar las butacas al escenario.
Todos confiamos en que el éxito será brillante, aunque la obra no dé grandes rendimientos. Pero aquí se trabaja por el arte. Cuando todo esté apaciguado, nosotros sostendremos un ejército de ocupación, los ingleses y los franceses explotarán las minas, y los alemanes explotarán á todos, vendiéndoles sus géneros. Nuestros capitalistas continuarán prestando al Estado y á los particulares en buenas condiciones, los trabajadores continuarán emigrando y no hacia el Rif, precisamente, porque serán tan torpes que no se habrán dado cuenta todavía de que nuestro porvenir está en África, como dijo la buena reina Isabel la Católica, que no sabemos por qué empeñaría sus joyas para descubrir América.
Está visto que nuestra historia es una lamentable serie de equivocaciones, y mientras apuntamos al pájaro que está en el aire, dejamos escapar al que teníamos en la jaula.
* * * * *
Las _sufragitas_ de Londres son unas fieras y no reparan en gasto ni sacrificio para salirse con la suya. Encarceladas las más recalcitrantes, decidieron dejarse morir de hambre, para que su muerte pesara siempre sobre la conciencia de los hombres, sus perseguidores, políticos, se entiende, que de perseguirlas en otro orden de ideas, no serían ellas las que se dejaran morir de hambre.
Ello es que los médicos y empleados de la cárcel, se vieron precisados á violentarlas--en el mejor sentido de la palabra,--echándolas de comer como quien ceba pollos. Y ahora ellas protestan como un solo hombre contra ese atropello en tan mala forma. ¡Si el atropello hubiera sido integral! Lo que dirán ellas: No sólo de pan vive el hombre, y la mujer mucho menos. Pero el hombre es bárbaro y tiránico hasta cuando quiere ser compasivo. Las atraca para no dejarlas morir de hambre material y grosera, y no repara en otros ayunos más espirituales, que acaso, remediados á tiempo, hubieran evitado la excitación política de esas denodadas mujeres. Pero el hombre, bárbaro y tiránico para esos ayunos espirituales, sólo tiene una despectiva frase: Á falta de pan buenas son tortas. Y esto lo saben bien las _sufragitas_.
Y ¿por qué no conceder á las mujeres todos los derechos, civiles y políticos? Aunque ellas con uno solo se contentarían y mejor si era de los civiles.
* * * * *
Como los teatros serios aun no han inaugurado su temporada, y los semiserios ofrecen tan pocas novedades, el público llena los salones de _varietés_. Por poco dinero se siente uno sultán de un sin fin de odaliscas dispuestas á divertirle con danzas y canciones. Cierto que las hay del tiempo de Muley el Abbas, pero con las luces y el colorete, y considerando la eternidad del tiempo, aún dan su golpe. ¡Ojalá!--pensarán algunos de los contemporáneos al contemplarlas--que uno pudiera darlo lo mismo.
Los estudiantes, recién llegados para emprender sus tareas del curso, acuden presurosos á iniciarse en los placeres de estos paraísos artificiales, y desde luego empiezan á tomar apuntes.
Los tangos y los garrotines se suceden, y lo que es peor, se parecen. La juventud relincha y patea, la formalidad se congestiona, los acomodadores están pálidos y ojerosos. Las odaliscas se deshacen por complacer al público, y lo mismo sonríen á un aplauso que á una grosería; allí todo es lo mismo. Lo que ellas dirán, parodiando al torero: Mas grosera es el hambre.
Alguna vez pasa una ráfaga de belleza ó de arte, y el público guarda respetuosa compostura. Para que el público respete hay que empezar por respetarle... pero en seguida vuelve el garrotín, vuelve el tango, vuelve la canción grosera y las patadas y los dicharachos, y un matrimonio de burgués aspecto que, sin duda, entró allí por ver de todo, se levanta antes de que termine el espectáculo y sale presuroso.
--Ese señor se lleva á su señora. ¡Si no la trajera á estos sitios!
--Pero, ¿usted cree?--dice otro mejor informado.--Si es ella la que le trae á él, y es ella la que se le lleva... Y es un matrimonio que se lleva muy bien.
--Ya lo creo. Aplicado así el _cine_ es un espectáculo moralizador y reconstituyente.
[Ilustración]
XXXII
Hay algo más triste para el escritor que no ser leído: ser mal interpretado. Un anónimo comunicante, persona de gran inteligencia--esto no lo encubre el anónimo,--me censura por no mostrar grandes entusiasmos bélicos. Con la lectura de anteriores artículos podrá convencerse de lo contrario. Fuí de los primeros en censurar el _sanchopancismo_ que huye de las aventuras como del agua fría gato escaldado. ¡Sí, que soy yo autoridad para burlarme del espíritu aventurero, cuando casi no me queda por correr más aventura que la de meterme fraile! Todos los peligros y contingencias que mi comunicante, con gran acierto, preveía para España de no haber aceptado la guerra del Rif, son para mí evidentes, y siento no poder publicar su carta, pues, sobre todo en lo que se refiere á la cuestión de Cataluña, es de una clarividencia profética.
Lo que yo lamentaba no es la guerra, sino la ineficacia de sus resultados. Nos falta idealismo del mejor, que es el idealismo práctico. Triunfaremos en el Rif con las armas y no triunfaremos con el espíritu, y sin él todas las ametralladoras, escuadras y soldados del mundo son inútiles. Después que las armas y la sangre vertida nos hayan abierto el camino, ¿irá allí el dinero que duerme en nuestros Bancos, esperando la buena hipoteca ó el buen empréstito que venga á despertarlo? ¿Irá nuestra industria? ¿Irá nuestro comercio? Lo difícil no es emprender, sino persistir. Delante Don Quijote
con su adarga al brazo todo fantasía; con su lanza en ristre, todo corazón,
como canta Rubén Darío; pero detrás Sancho, con sus buenas alforjas y su manso rucio, á gobernar las ínsulas ganadas por su amo, con buen juicio y mejor sentido. Y ¡quiera Dios que algún Tirteafuera de por esos mundos diplomáticos no deje caer su varita privativa al primer bocado! Por lo demás, muy agradecido á mi comunicante por su cortés misiva.
* * * * *
Hay quien reniega de toda blandura con el enemigo y pide guerra de exterminio. ¿Exterminio de qué? Porque no es tan fácil exterminar una raza, y exterminarla á medias es dar vida perdurable al odio, y medio pueblo con odio vale por un pueblo entero.
Los ejemplos históricos de la guerra sin cuartel no son de lo más convincente. Todavía sirve para espantar muchachos el recuerdo del duque de Alba en los Países Bajos; pero, ¿son independientes? Los rigores de algún general en provincias españolas, ¿han servido de algo? Recientes sucesos son la mejor respuesta. En Argelia y en Casablanca los franceses, y los ingleses en sus posesiones y en la última guerra del Transvaal, después de los primeros furores, ¿no tuvieron que pastelear dulcemente, como cualquier hijo de vecino?
Dejemos el espíritu inquisitorial, único que hemos paseado por el mundo y así nos ha lucido el pelo. Dejemos de ser el país de las intransigencias feroces, donde no es raro oir, como oí yo á un buen señor, poseído de la mayor indignación.
--¡Quite usted! Al que hace eso, yo le mataba. Y ¿saben ustedes lo que hacía quien así se indignaba? Añadir un poco de agua á media jícara de chocolate. Figúrense ustedes; si á tan inocente porquería señalaba tan terrible pena en su código particular, ¿qué no sería en más graves asuntos? Yo salí aterrado del establecimiento lugar de la escena.
* * * * *
_Chantecler_, el más cacareante gallo de todos los gallos tapados, se apresta á la pelea. Las butacas para la _première_ se cotizan á cien francos.--Hay _premières_ de más importancia que no se cotizan tan alto; verdad que luego se encarece el precio en sucesivas representaciones.--Esta reflexión es de una _cocotte_, celosa de Rostand. Los palcos están _hors de prix_.
De los Estados Unidos encargan localidades por lo que sea. Los que de mejor ó peor fe hacen el reclamo, y los que con absoluta buena fe protestan contra el reclamo, hablan de lo mismo y todo es reclamo. No parece sino que ese gallo es el mismísimo gallo de la Galia, que no cantó nunca más sonoro ni desde Vercingitorix á Napoleón el Grande, ni desde Ronsard á Víctor Hugo.
Todo esto sería ridículo si no fuera simpático. No es de Rostand ni de su obra de lo que se trata, para los franceses, es de la supremacía del Arte francés, que ellos, con noble aspiración, quieren sobreponer al del mundo entero. Algo parecido á lo que hacemos aquí con el nuestro.
Apenas alguno de nuestros escritores viaja por el mundo ó le piden noticias de otros escritores españoles (hay algunas excepciones), se arrea un formidable bombo á sí mismo, y á los demás los deja como para que nadie quiera saber de ellos. Así lee uno tan peregrinas cosas en esos libros de hispanófilos, al través de los cuales no es difícil descubrir al Pájaro Pinto ó Ninfa Egeria que apuntó nombres y adjetivos.
Hay quien se cartea con medio mundo por el gusto de desacreditar al otro medio. De las obras de nuestros autores no se sabrá mucho por tierras extranjeras, pero de si Fulano maltrata á su señora y atormenta á sus niños, y si Mengano estuvo complicado en un escalo, eso, como en casa.
Así es, que al primer escritor español que visita á un escritor extranjero, se le recibe con agrado; pero cuando llega el segundo... encierra la plata. El primero dejó preparado el terreno á los demás, y, para que no cupiera duda de sus afirmaciones, se llevó unas cucharas.
[Ilustración]
XXXIII
Perdonen los jóvenes autores, que por varios periódicos y particularmente me han enviado una carta abierta, mi tardanza en contestarles. Falta de salud, no de buena voluntad, ha sido culpable de mi descortesía.
Cuenten ustedes con que no han de hallar en mi respuesta ni desdenes ni adulaciones. Tienen ustedes mucha razón de su parte, pero no toda la razón; por lo menos, en los medios que quisieran ustedes emplear para imponerla.
Aun las dificultades para darse á conocer un autor son muchas, no lo niego, y no pretenderé consolarles con la consideración de que son ahora mucho menores que en mis tiempos, con el recuerdo de luchas y amarguras propias, con el sinnúmero de obras que yo hube de escribir antes de lograr que se representara una, no la mejor, de las que tenía escritas, que alguna fué después también representada con mejor éxito que la primera. Todo esto que digo pudiera ser consuelo, pero no remedio, y como dice Brabancio en «Otelo»: Nunca se curaron heridas del corazón con emplastos para los oídos. Ustedes hablan por su herida y es justo acudir á ella con algún remedio práctico. Este sólo puede consistir en buena voluntad por parte de todos; de ustedes en primer término, trabajando con fe, con entusiasmo, sin desmayar por la primera, ni la segunda, ni muchas obras rechazadas. Todo llega á su hora, cuando debe llegar. ¡Si ustedes supieran cuántas veces me he alegrado después de no haber empezado demasiado pronto!
Las empresas, dicen ustedes, no admiten obras de los desconocidos; desconfían de ellas. No obstante, en estos cuatro ó cinco años últimos ha aumentado la lista de autores seguramente en doble número que en cualquier período anterior de veinte años. Esto prueba mayor fecundidad ó mayor consumo; de cualquier modo, mas facilidades. Las empresas no temen tanto los fracasos posibles como los falsos éxitos. He aquí la plaga que todos debemos combatir. Los estrenos con el teatro lleno de amigos y abarrotado de _claque_; la crítica abrumada de recomendaciones. Nuestra crítica es con exceso benévola; de ahí que alguna, vez, cuando deja de serlo, parezca injusta. El público, cansado ya de ver obras muy aplaudidas y muy celebradas que no corresponden á sus esperanzas, acaba por no acudir ni á los estrenos como la firma del autor no le dé alguna garantía. Teatro ha habido que bien pudo poner en sus puertas: «Cerrado por éxitos». Todas las obras eran ovacionadas y ninguna daba dos reales. Esto hace á las empresas huir de los estrenos y preferir el repertorio, de no contar con obras de alguna garantía, siquiera para que el público acuda al estreno. Hay autores que se contentan con esta _gloriola_ del parecer y no ser, y salen á escena tan satisfechos, sabiendo que todo el teatro ha sido regalado por ellos y que las críticas ó sencillas gacetillas del día siguiente les ha costado mas pasos y mas recomendaciones que trabajo les costó componer la obra.
Y ¡pobre empresario si ante el vacío de los días siguientes se decide á retirar la obra!--¡Cómo! ¡Un éxito de público y de prensa! ¡Y la obra tal que fué pateada sigue en el cartel todavía!--¿Qué quiere usted?--protesta el empresario.--La gente viene á verla.--Ellos no comprenden que de un pateo del público verdadero pueda salir una obra con más vida que de los aplausos de un público amañado.
Verdad en los estrenos; equidad en la crítica. He aquí la mejor garantía para las empresas. Limítese el número de billetes de autor, suprímase la _claque_, si es posible, y déjense de recomendaciones para la crítica. ¡Una friolera! Dirán ustedes. No es tan difícil el remedio. Bastaría con que la Sociedad de Autores publicara el ingreso verdad de cada estreno y las empresas el número de localidades regaladas. Á mí no me duelen prendas.
Ya es más difícil y atentatorio á la libertad de los empresarios, dueños de un negocio, imponerles la obligación de estrenar ó de no estrenar obras de determinados autores. En primer lugar, ¿dónde empieza, y sobre todo, dónde y cuándo acaba lo que ustedes llaman _firmas_? Y suponiendo que los autores se dividieran en categorías y solo pudieran estrenar en los teatros de categoría correspondiente, ¿cómo impedir las representaciones de obras del repertorio, que serían obstáculo á los noveles, lo mismo que los estrenos de _firmas_?
No puede decirse tampoco que éstas han abusado de un perfecto derecho á estrenar en los _cines_. Ni podrá suponerse que ha sido por idea de lucro. Cualquiera de las obras estrenadas en ellos, en teatros de mayor categoría les hubiera producido cuatro veces más en menor número de representaciones. Estoy seguro de que algunos de estos escritores de firma no han llevado más idea que la de complacer á un empresario ó á un actor amigo; la de favorecer con la mejor voluntad á un género de teatros populares que merece toda simpatía. Es injusto acusar de egoísmo ni de pretensiones de monopolios á estos autores. Cada uno de ellos recomienda por lo menos cinco ó seis obras de autores noveles por temporada.
Mucho más diría á mis amables y simpáticos comunicantes si no temiera entrar en particularidades poco interesantes para el público.
Tengo mucho gusto en ponerme á su disposición para hablar más largamente de este asunto y perdonen si la contestación no fué del todo á gusto suyo. Ya empecé diciendo que no hallarían en ella ni desdenes ni adulaciones.
[Ilustración]
XXXIV
Si en España no pensara una el bayo y otra el que lo ensilla, y el bayo mejor que el palafrenero, en poco hubiera estado no tener nuestro poquito de asunto _Dreyfus_, con su guerra civil _ideal_, al grito de ¡Patria, patria! de una parte, y de otra al de ¡Humanidad, humanidad! Por fortuna, ó por desgracia, no hay asunto que nos interese más de cuatro días, y á las cuestiones ideales se sobreponen las personales, que son las que más nos preocupan. Todo cede ante el interés de los nuevos nombramientos. La designación de un gobernador importa más que nada; dentro de poco las elecciones, y vamos viviendo.
En el extranjero, aunque en apariencia parezca un disfavor, nos hacen el favor todavía de juzgarnos fanáticos luchadores por las ideas... Sí, sí; ¡buenas ideas nos dé Dios! ¡Personas, personas y personas! como diría Hamlet, si hubiera nacido español. Somos realistas, en el sentido filosófico de la palabra. Aquí las personas no son símbolo de nada, sino de su persona misma. Se dirá que hay pocas personas capaces de elevarse hasta el símbolo. Pero, no; son creyentes los que faltan, no son santos. Con un poco de devoción no es difícil levantar altares.
Ahora, digamos: ¿Por qué siendo el pueblo más indiferente en todo, en Religión, en Política, en Arte, nos damos traza para parecer á los extraños un pueblo intolerante y fanático? ¿Es todo desconocimiento de los extranjeros, ó no habrá algo de culpa por nuestra parte? Esto es lo que debe interesarnos más que todos los dimes y diretes de casa y de fuera de casa. ¿Por qué somos una cosa y parecemos otra? Ó ¿es que nosotros mismos no nos damos cuenta de lo que somos ni de lo que parecemos? Es lo que importa averiguar. Nada más triste que la inconsciencia para los pueblos y para las personas. Fanáticos por una idea, tuerta ó derecha, todavía podemos parecer grandes; inconscientes de todas, sólo podemos parecer ridículos.
* * * * *
¿Quién había de decirnos, pocos días antes que, en esta próxima conmemoración de los difuntos, nuestro más fervoroso responso sería por el partido conservador? ¡No somos nada! Á bien que los conservadores podrán consolarse con la idea de que en este país no se puede ser cosa mejor que difunto. Por algo, entre nosotros, tiene su conmemoración tanto de fiesta pagana, con su bulliciosa visita á los cementerios, el vistoso adorno de sepulturas, sus buñuelos de viento y sus representaciones del «Tenorio», á modo de auto sacramental, más regocijado que severo. Tierra de un glorioso pasado, nuestro mayor consuelo está en los muertos. Hay quien llora todavía por Felipe II, y quien suspira por no haber conocido á Doña Juana la Loca.
Al político joven y bien intencionado se le abruma con el recuerdo de Cisneros, y al escritor novel se le aplasta con la balumba de nuestra literatura clásica. Inútil escribir después de Cervantes; vano esfuerzo pintar después de Velázquez.
Lo que puede uno hacer de más provecho es... hacerse el muerto. Esto es lo que acaso no comprende el partido conservador, que ahora quiere mostrarse más _vivo_ que nunca. ¡Gran desconocimiento de sus intereses! La agitación de tantos años de mando no puede por menos de haber alterado su organismo. Nada mejor que el reposo y el silencio. Es el mejor sistema curativo para la neurastenia. Crean en mi consejo desinteresado: cuanto más quietecitos y más muertos parezcan, más pronto lograrán nuestra admiración. Los vivos molestan á todo el mundo. Los muertos sirven para que medio mundo moleste al otro medio, recordando las virtudes de los difuntos. Procuren sacar todo el partido posible de su papel de muertos, que es el más airoso en esta tierra de los recuerdos... y de los olvidos fáciles. Ellos deben saber mejor que nadie cómo una corona de difunto puede convertirse en aureola.
* * * * *
Entre todos los personajes de nuestro teatro ninguno despierta tanta simpatía como Don Juan Tenorio. Ningún otro podría soportar la periódica reaparición con tanta seguridad de aplauso. ¡Es tan español este Don Juan, de Zorrilla, de quien hay que creer en empresas y amoríos, más por lo que dice que por lo que hace, como á casi todos nuestros políticos!
Y de un pueblo que adora á Don Juan, ¿no podrá decirse como á él mismo su amada: «Con Don Juan te salvarás ó te perderás con él?» Confiemos, como Don Juan, en la infinita misericordia divina que le abrió las puertas del cielo, no por sus acciones, seguramente, sino por los bellos versos en que supo decirlas. ¿Por qué no han de pesar tanto en la justicia divina las bellas palabras como las buenas obras?
[Ilustración]
XXXV
Quien llamó á París _Cabotin ville_ ¡vaya si supo ponerle nombre! Todo en ella reviste aspecto teatral, y no es extraño que los comediantes de París sean, si no los más artistas, los más actores del mundo; porque en todo parisién hay un comediante nato, y en toda parisiense ¡no se diga!
El proceso Steinheil es en estos comienzos de temporada, la pieza de mejor éxito, y lo será, por lo menos, hasta el estreno de _Chanteclair_. Sólo Rostand puede competir con esa admirable artista hembra, que es á la vez autora y actriz en la interesante obra representada. Hay que convenir en que cuenta con inteligentes _partenaires_ para darle la réplica, y el público, por su parte, interviniendo en la acción, como el coro en la tragedia griega, contribuye á sostener el interés de la enredada trama, que para sí quisieran todos los escritores _rocambolistas_ y _sherlockholmistas_ que en el mundo han sido.
Difícil será para los magistrados desenlazar la obra á gusto de todos, y de condenar á la protagonista, todos podrán exclamar con ella misma, y con mayor razón que Nerón: ¡Qué artista pierde el mundo! He ahí una mujer que no pudo ó no supo acertar con su camino. En el teatro hubiera llegado á _socia_ de la Comedia Francesa. No le hubiera servido de poco, aparte las condiciones artísticas, su mano izquierda... ó su derecha ¡vaya usted á saber! con personajes políticos de talla. Obligada á emplear sus condiciones dramáticas en la vida, quizás el fin de su carrera sea lo más desastroso.
Eso sí; lo de _socia_ no se lo quita nadie, y de la mejor sociedad.