De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)

Part 8

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_De mi cercado_ es el último libro de versos de Manuel de Sandoval. En los anteriores, _Cancionero_ y _Musa castellana_, había dado clara muestra de su valer. Hay en uno de ellos una poesía á los primeros pasos de su hija, de las que no se olvidan, de las que dejan esa emoción perdurable que se suma á las emociones de nuestra propia vida y es el verdadero valor de una obra de Arte.

_De mi cercado_ es la plenitud del poeta. Léase «Pátina»; léase «Recompensa».

Como es esta última poesía la musa castiza, de noble prosapia castellana de Manuel Sandoval, bien puede decir á los que á ella se lleguen:

Yo soy para vosotros deidad, sirena y maga; yo soy pasión sin celos y goce sin hastío; hoguera que el aliento del huracán no apaga y fuente que no seca los soles del estío.

Tan sólo al que me ama someto á mi albedrío; me otorgo como premio, mas no como merced; exijo, si soy fuego, que me busquéis con frío, y quiero, si soy agua, que me busquéis con sed.

* * * * *

Irá para tres años, día más, día menos, que empecé á escribir estas charlas de Sobremesa. Muy agradecido á mis lectores, muy agradecido á la dirección de este periódico, creo que ha llegado, con el año nuevo, ocasión de despedirme por algún tiempo, no sin sentimiento por mi parte; fuera ingratitud, de que soy incapaz.

Renovarse ó morir, ha dicho un excelso poeta. Ya que uno no pueda renovarse á su voluntad, bueno es que la propia conciencia nos advierta del peligro que hay en ser siempre el mismo, que es el de fatigar á los lectores. A mí me conviene descanso, y á vosotros variedad.

XXXV

_Desde Algeciras._--Algeciras es una minúscula Cosmópolis. Picaresca, linda andaluza de todos festejada, á quien nadie pregunta por su abolengo y de quien nadie indaga el origen de su fortuna. Es bonita, se presenta bien, sabe comportarse en sociedad, y basta.

Su nombre logró resonancia universal en los días de la Conferencia; aquella Conferencia en que la diplomacia europea dejó arreglado todo... lo que ha sido preciso arreglar después punto por punto.

Tiene dos excelentes hoteles muy á la europea, un _kursaal_ muy concurrido, con recreos honestos; cinematógrafo, un buen sexteto. Alguien echará de menos otros recreos, aliciente sabroso de estos lugares. Yo no eché nada de menos. Algunos murmuradores dirán que allí se juega; yo no he visto jugar.

Las mujeres de Algeciras son muy guapas y visten con verdadera elegancia. El madrileño puede guardar para otro lugar y otra ocasión la compasiva sonrisa que tuvo para otras elegancias provincianas. Aquí no hay por qué sonreir.

Frente á Algeciras se alza el Peñón de Gibraltar como enorme _dreadnought_ anclado. Un lejano atavismo nos mueve á indignación y á tristeza. Bien será guardar el sentimiento patriótico en lo más amplio de nuestra filosofía. De manifestarlo, nos expondríamos á observar en torno esas actitudes y esas caras que podemos advertir cuando en una visita cometemos alguna indiscreción de la que no es posible avisarnos en voz alta sin cometer otra más grave.

Algeciras, La Línea, San Roque, toda la comarca debe mucho á la vecindad del Peñón. Corren aires de Europa. Tal vez se piensa si no sería más conveniente que razas y pueblos estuvieran así salpicados, entremezclados, por pequeñas agrupaciones, sin la gran división de extensos territorios y señaladas fronteras. Quizás la fraternidad universal sería ya efectiva.

* * * * *

_Desde Ceuta._--Estremece pensar que Ceuta, en manos de nuestros Gobiernos, haya sido lo que fué hasta muy poco. Por fortuna, gracias á los conjuros del general Alfau, se desvaneció la pesadilla. Aun dejó el presidio alguna atmósfera angustiosa: los elementales artificiales de que nos habla la Teosofía. No subsistirán. Ceuta despierta, Ceuta vive y trabaja con fe y con entusiasmo.

Las tropas españolas animan y alegran la ciudad de situación privilegiada, de suave clima, de sanos aires. Soldados y oficialidad son orgullo de todo buen español. Los que hemos visto en ciudades extranjeras muy guarnecidas, tumultos, indisciplinas, borracheras, y vemos este orden, esta disciplina, esta confraternidad de nuestros soldados, nos atrevemos á decir á nuestros inquietos antimilitaristas: La perfección no es de este mundo; pero, dentro de nuestro estado social, el Ejército es lo mejor que tenemos en España.

* * * * *

En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros en las obras del puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como una gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre jaique, con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas hijas del Sol. Su vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias y lleva, como pudiera llevar un atributo de realeza, un gran paraguas, bien arrollada su tela de algodón. Los moros más pobres tienen predilección por el paraguas. No es utilidad, es lujo. Como el sultán bajo su imperial quitasol, ellos van orgullosos con su paraguas de tres pesetas debajo del brazo. La democracia busca extraños senderos para llegar á todas partes.

El morito busca trabajo, se conduele--Moro no tiene trabajo; busca y no encuentra.--Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las obras del puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se ríe ya francamente.--Cuando trabaja, duele cabeza.--Y se tiende sobre unas piedras como sobre un almohadillado diván; me pide un cigarro, lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en derredor; alza los ojos y mira á lo alto.

* * * * *

Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos todo el escenario de nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción del glorioso recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó á glorias españolas en nuestros días.

Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres, con el calor de viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en Madrid, después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell. Recordamos el _Diario de un testigo de la guerra de Africa_, el libro que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas á pedradas; juegos de moros y cristianos.

¡El _Diario de un testigo_, tantas veces leído en aquella edición de Gaspar y Roig, con sus ingenuos grabados en madera, con sus terribles morazos, terror de nuestros sueños infantiles!

Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos Sierra Bullones, Los Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede haber caído sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo, de criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral de entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos lugares y la oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo que de nuestro propio corazón: desde el corazón de nuestra madre; como las oraciones á Dios que ella nos enseñaba y surgen siempre cuando, sobre todos los engaños de nuestra inteligencia, la verdad del corazón se estremece al golpear de un verdadero sentimiento.

* * * * *

Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de adelfales, frondosos de laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se festonea de blancura al caer sobre la playa de las conchas; blanca también, más blanca que las espumas; de albor calizo sus arenas.

Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus caseríos, como terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como irisación de tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con el esmalte de sus mosaicos multicolores.

Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á la ciudad de las cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que recordar algunas ciudades españolas para no asustarme.

Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda roto. Parece imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en tantas negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es igual á los sumandos.

El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da un acre olor á tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis penetrar hasta los huesos, correr por las venas.

Figuras y grupos interesantes restablecen pronto la atención desilusionada. Un negro enano, con grandes anillos en las orejas, loquea en la plaza. Es el _Garibaldi_ de Tetuán. Pasa un aguador, vestido de los más pintorescos harapos que puede imaginarse. Toca su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le miramos sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.

Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán. Es mulato, de arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de sedas sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra blanca, y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos ofrece el té á la morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.

El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que pudiera envidiar cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las artes hacen grandes á las naciones.

Las casas de los moros acomodados presentan graciosos contrastes. Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de comedor, procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de los Estudios, espejos de cafetín, floreros y baratijas de baratillo.

En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se ostentaban dos floreros de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía dispuesto para las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el álbum de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.

En el patio de un moro poeta, un patio todo recogimiento, todo poesía, junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un armario chinero, y, al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina, un frasco de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!, verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.

Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el álbum de uno de mis acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así: «Cuántas veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la Patria!»

Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención y á la nuestra, estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía con maliciosa resignación.

XXXVI[1]

[1] Discurso leído en la fiesta que dió el _Mundo Gráfico_ á beneficio de los soldados heridos en campaña.

Señoras y señores:

Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo, no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos con reglas fijas.

Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó: «Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»

De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo mismo. O es muy fácil ó es imposible.

¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada, que el arte sea un don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero artista sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de Jacob; pero la mano de Esaú»?

Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en una predestinación. Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad, basta con observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda criatura una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen los teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino, al fin vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que algo faltaba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros y tan experimentados al derechero camino de nuestro propósito.

Sin esta inclinación natural, sin esta predestinación, ¿comprenderíamos el ejercicio de algunas profesiones necesarias á la soberana armonía del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos elegiríamos las profesiones más brillantes.

Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis que haya quien sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero el bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya bombo y platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la sabiduría infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la batuta. ¡Y desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores de orquesta!

Que sobre la natural predisposición es preciso el estudio, ¿quién lo duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay artistas que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar á sus obras la importancia de lo sobrenatural: «Yo no he estudiado nada--afirman;--yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo pinto...» No lo creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio era una gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el premio de un gran trabajo.

Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces lo más parecido á la holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el artista fuma ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada. Los que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material, pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El artista, tal vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su holgar es trabajo contra la vulgar opinión?--¿No se hace nada?--¡Phs! Ya lo ve usted; nada.--Pero en esos aparentes ocios fueron engendradas las grandes obras del espíritu; porque todo es trabajo para el artista, siempre en actividad su conciencia, siempre al atisbo su percepción, siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que muchas veces saltan y se quiebran y en vez del bien templado acorde y la dulce armonía, es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el silencio pavoroso de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el que llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de expresarnos con palabras.

Escribir es una limitación, como lo es toda obra, como lo es todo lo creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda obra es una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á sumarse al espíritu infinito.

Ved, pues, si es difícil espiritualizar materializando. Y eso es la obra del escritor y eso es la creación. Somos los hombres como vasos en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual infinito. El mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar conciencia así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar una conciencia á lo infinito inconsciente.

A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La ocasión que aquí me trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparcimiento de esta noche, era para mí seguridad de vuestra benevolencia.

Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto dominio del arte de escribir para unir todos los corazones españoles en un solo sentimiento de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las gracias.

Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están está con ellos toda España.

XXXVII[2]

[2] Leído en la ciudad de Valladolid en una fiesta de los pájaros.

Si esta fiesta, queridos niños míos, solo significase una lección aprendida en la escuela, poco significaría en verdad. No aprendida por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera yo para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por efusión de simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada de amor en que se ardía el corazón de San Francisco, el serafín de Asís, cuando cantaba á todas las criaturas de Dios como á hermanos: Hermano sol, hermana agua, hermano lobo, hasta la hermana muerte; el mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria del Buda: ¡Dios mío, evitad el dolor á cuanto existe!

Si esta fiesta solo significa una pública exhibición, algo como un examen bien preparado de una asignatura, nada valdría, os digo. No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy poco en su vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y los guerreros de la Historia; son los trabajadores del telar, de la aguja, los inventores humildes, que ni un nombre dejaron.

Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana en casa atormentárais al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el campo, os dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué valdría esta fiesta?

No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños; aunque muy graves sabios aseguran que sois de mala condición por lo general, esos sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres de ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé que los buenos sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro corazón está siempre abierto á la generosidad, que en vuestro espíritu alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres, cuando no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso sus palabras, os enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la desconfianza. Y no sé yo qué sea peor, si malas palabras y malas obras de acuerdo, ó buenas palabras en contradicción con las malas obras; aun es más perturbador, más dañoso este desacuerdo.

¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir nunca, si el niño ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que nos conviene y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?

¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con todo el mundo, si él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la familia, con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de peligrosa maldad no llega á molestarnos?

¿Y creéis que los niños no se percatan muy pronto de todas estas contradicciones nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su espíritu recelos, hipocresía y rencores?

Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia de esta fiesta. Si hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres van á los toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?

Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo él tiene virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.

Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador de pocas letras, pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas y divinas y de mal arreglada conducta.

No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en ellos vimos es lo que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en nuestro corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría: casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma del niño.

Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de esta sequedad de nuestro espíritu.

Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros. Sólo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura.

La historia nos lo dice: los reyes que dejaron nombres de sanguinarios y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron que soportar penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don Pedro llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre halagos y blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera, fueron de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia y San Fernando de España, educados por aquellas dos nobles reinas de Castilla, Doña Blanca y Doña Berenguela, de eterno ejemplo como madres y reinas.

Yo sé que muchos son en España los que en nombre de un mal entendido casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa virtud. Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la crueldad y la destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble continencia y la apacible gravedad. Ni la dulzura de costumbres debilita á los pueblos, antes por ser más amable la vida será en ellos también más firme el amor patrio.

De los descontentos y los mal hallados salen los traidores y los malos patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para amar lo que no es amable.

Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no había de defenderse con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara á gusto?

Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al llegar á un pueblo no hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su riqueza, ni su poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar; basta con muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos que se tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados y escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en que sobre las más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos árboles y en las ventanas sonríen como saludo de paz las macetas floridas, bien cuidadas, como á caricias de manos de mujer, bien puede asegurarse que es un pueblo culto, de dulces costumbres, un pueblo dichoso.

Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que ese sol brille más glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras grandezas, cuando el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.

XXXVIII[3]

[3] Leído en una función á beneficio del Montepío para médicos.