De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 7
En la sesión dedicada por el Ateneo de Madrid á la gloriosa memoria de Menéndez y Pelayo, al oir algunos fragmentos de sus obras, sabiamente glosados por el señor Bonilla San Martín en su magistral estudio de las obras y del espíritu del gran don Marcelino; al sentir cómo la prosa cálida, vibrante, toda emoción, toda elocuencia, del insigne polígrafo conmovía hondamente al auditorio, pensaba yo cómo se debiera en España, á imitación de Francia y de Inglaterra, sobre todo, publicar selecciones de las obras maestras; medio eficacísimo para vulgarizar el conocimiento de muchos escritores que, como Menéndez y Pelayo, por no haber escrito siempre obras de un interés general, sólo consiguen ser leídos por los especialistas interesados en aquellas materias.
Dije en otra ocasión que Menéndez y Pelayo era más admirado que leído. Y no hay que espantarse por ello. Hay dos clases de lectores: los estudiosos, atentos con preferencia á las obras que pueden servirles en sus investigaciones especiales, y los desocupados, atentos sólo á la amenidad de los libros; lectores de novelas, de poesías, de cuentos.
La obra total de Menéndez y Pelayo, cada una de sus obras en particular, aunque nadie como él, por ser tan artista y tan poeta y tan creador, supo dar amenidad y calor de vida á la crítica erudición, todavía mantiene á respetuosa distancia á los que muy especialmente no se interesan por la crítica y la historia literarias.
Una esmerada selección de sus obras, á semejanza de las muchas publicadas en Inglaterra, de Ruskin, de Carlyle, de otros grandes escritores, facilitaría la lectura de lo bueno á los asustadizos de lo mucho.
En España no sabemos ser oportunistas; siempre por los extremos: ó todo ó nada.
¿No convendría refundir, aligerar muchas de nuestras obras clásicas? ¿Es preferible que permanezcan ignoradas del todo? Ya sé que sus admiradores incondicionales, muchos de los cuales las admiran de oídas, no dejarían de clamar: ¡Profanación! ¡Sacrilegio!
Profanación sería recortar, borrar y repintar una pintura de Velázquez ó de Goya, pues los cuadros sólo tienen un ejemplar. Pero una obra literaria no padece detrimento por estas experiencias. Siempre queda el original para los que quieran admirarla y estudiarla en su integridad.
Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, otros grandes escritores, hoy tan poco leídos; _La Celestina_, _Guzmán de Alfarache_, otras muchas excelentes novelas, ¿perderían algo con estas selecciones?
De Inglaterra nos llegan todos los días libros pequeños, libros amables, lindos como juguetes, con pensamientos y trozos escogidos de los grandes poetas y escritores. Para quien de ellos sabe, son un recuerdo, una flor del jardín, una rama del bosque; para el que nada sabía, son una iniciación, tal vez la puerta de oro que se abre al jardín encantado.
Pongamos estos libros ligeros en las manos perezosas, ante los ojos distraídos de las almas frívolas, que vayan perdiéndoles el miedo... El libro español trae siempre un severo ceño de maestro; es preciso alegrarle con la sonrisa del buen amigo.
* * * * *
Por fin, el señor jefe superior de Policía, tan riguroso cumplidor de la ley de protección á la infancia, cuando de espectáculos teatrales se trataba, se ha convencido de que lo menos perjudicial, el trabajo menos penoso para un niño es el de representar un corto papel en el teatro.
Era ridícula esa severidad en el trabajo de los niños en el teatro, cuando á todas horas del día y de la noche andan infelices criaturas tiradas como perros por esas calles; cuando niños de cuatro y de cinco años vocean periódicos á las altas horas de la madrugada; cuando hay vendedoras de periódicos y décimos de lotería, menores de edad, que, como los horteras complacientes, siempre le preguntan al comprador: ¿Desea usted algo más? No hablemos de los botones y recaderos de Círculos y hoteles que, por razón de su oficio, muy semejante, en ocasiones, al que Cervantes tenía por muy necesario en toda república bien ordenada, han de enterarse y entender de todo.
Y ya que de niños hablamos, á las muchas personas que á mí se dirigen, interesadas en la buena obra del «Desayuno escolar» y de las Cantinas, les diré, que, nombrada una Comisión, ella es la que ha de disponer lo más conveniente.
A mí estas andanzas, por ahora, no me han traído más que disgustos y molestias. A disposición de la Comisión está lo recaudado por mí; y en cuanto á la nube de pedigüeños que de continuo me envía solicitudes y memoriales, ha de saber que el cargo de académico no tiene asignadas rentas ni sueldos; que agradezco mucho las postales alegóricas, mesas revueltas, platos pintados y otras chucherías, como toda prueba de admiración, siempre que sea, por lo menos, gratuita. Sí, por Dios. «¡Basta de aplausos ya, bravos pecheros!»
XXXI
Un crimen es un caso de una enfermedad social, que puede ser endémica ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de meditación, de recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y toda la culpa sobre el _caso_, tan irresponsable como el palúdico que en su organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para el fuerte.
¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de ideas, _sus ideas_, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo eludís vuestra responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía llamamos una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos, de amor ó de odio.
¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del espectáculo del lujo insolente, de la ociosidad parasitaria, de la envidia que calumnia y murmura, de la intriga y del favor encumbrados, del mérito desconocido, de la justicia recomendada, y, sobre todo esto, de mil ligerezas que consideramos insignificantes: amenidades, pasatiempos de la vida diaria...
El orador que, por redondear un discurso con una frase de efecto, preconiza el atentado personal contra el enemigo político á quien después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona, pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz de ocasionar el menor daño.
El escritor--y entremos todos--malabarista de frases que desmiente en privado lo que escribió en público, y esas graciosas charlas que desgranamos en los Círculos, en los cafés, y esas indignaciones que no llegan á perturbar nuestra digestión... ¡Qué país este! ¡Los políticos! ¡El chanchullo! ¡El negocio sucio! ¿Sabe usted por qué se ha hecho esto? ¡Todos lo mismo!...
Y todo ello, un día y otro, va condensándose en una forma de pensamiento, en ese elemental artificial, ávido de tomar vida y cuerpo, y, al fin, como espíritu diabólico en los antiguos posesos, se entra por el cerebro débil del mastoide, ya perturbado con pobres lecturas, se adueña de él y le deslumbra con la idea fija de ser el reparador, el justiciero. Una idea fija siempre parece una gran idea, no por ser grande, sino porque llena todo un cerebro. Y el brazo se arma, y el crimen, como el rayo, hiere brutalmente, sin elección, sin descernimiento... Un zarpazo de fiera desgarra una página de la Historia. Los más inconscientes culpan al criminal, los más cándidos á la Policía, los más solapados aprovechan la ocasión para culpar al enemigo, para pedir represión violenta, prevenciones extremadas. Todo se vuelve aspavientos sobre el _caso_. No es el caso, es la enfermedad, endémica ó epidémica, lo que importa.
Hagamos escrupuloso examen de conciencia social, y todos tendremos de qué acusarnos. ¿Quién no ha sembrado un granito de anarquismo? ¿Quién no ha perturbado con algún pensamiento de odio?
¡Hay que reprimir, hay que escarmentar, hay que suprimir! Ya se sabe: al energúmeno siempre responde el energúmeno.
No; no es por el campo exterior por donde hay que dar la batida; intrinquémonos dentro de nosotros mismos, y será más segura caza y más acertado remedio.
Cuando ocurre un caso de enfermedad contagiosa--y ninguna tan contagiosa como el crimen,--desinfectar la vivienda es muy importante, por lo pronto; pero es más importante sanear toda la ciudad, todo el ambiente.
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La sesión del Congreso suspendida en señal de duelo por la muerte del presidente del Consejo, fué de tan glacial severidad, que no parecía sino que la mano trágica de la _Intrusa_ atenazaba todos los corazones. Aquello fué hielito puro. Dícese que los grandes dolores son mudos y que el verdadero sentimiento nunca es retórico. No lo creo yo así; antes creo que el dolor, como todo sentimiento verdadero, son los más grandes retóricos; que no fué la retórica la que dió reglas al sentimiento, sino el sentimiento á la retórica.
Y la verdad es que un poco de retórica no hubiera sentado mal en aquellos momentos. Se abomina, sin razón, de la retórica, y tal vez creyóse dar más solemnidad al acto con aquel laconismo sin arte y sin artificio.
Pero aquella elegante concisión, aquella noble sobriedad, no fueron apreciadas en toda su delicadeza ni por los diputados en el Congreso, ni por el público después.
El alma de la multitud es amplia y, como en los amplios lugares, se pierden en ella los matices delicados; necesita de frases sonoras, calurosas, vibrantes. Sin duda los oradores lloraban de verdad en aquellos momentos; pero el público no pudo apreciar el valor de aquellas lágrimas sin palabras...
Y es que el Arte será una mentira, pero es insustituíble para comunicar verdades.
XXXII
El decreto para organización de la Policía ha promovido discusiones. La Policía es uno de los organismos sociales más difíciles de acomodar á gusto de todos. Si pretende ser previsora, es casi imposible que lo sea sin profanar á cada paso las libertades públicas y hasta el sagrado de la vida privada. Las indagaciones secretas, los informes privados, las fichas; en una palabra, todo lo que viene á ser higiene en la Policía es antipático á los ciudadanos. Sin perjuicio de censurarla airadamente y de pedirle estrecha cuenta de la imprevisión, cuando no ha podido evitar un delito, por falta, muchas veces, de esa higiene preventiva y molesta.
¿Cómo conciliarlo todo? Llamamos inquisitorial á la Policía si se excede en sus previsiones, y la censuramos por inepta si no es capaz de impedir un delito ó, si cometido, no lo descubre y esclarece en todos sus pormenores.
Sobre la Policía pesa una triste tradición en nuestro país, desde los alguaciles siniestros de nuestras novelas picarescas y sus cuadrilleros pavorosos hasta el polizonte del absolutismo y el guindilla de nuestras jaranas populares. No se dignifica una institución en un día. ¿Qué es preciso para ello? Que nadie considere vergonzosa la profesión de policía, que nadie se desdore por ser auxiliar suyo.
Indicado el nombre de un distinguido personaje político para la Jefatura de Policía, ¿no hemos leído la rectificación desabrida, como de quien rechaza una injuria? Pues es preciso que la Policía llegue á ser estimada como profesión noble.
Para ser un buen jefe de Policía son necesarias condiciones superiores de inteligencia. Hay que ser hombre de mundo, ante todo, y no de un solo mundo. Hay que ser gran psicólogo, para saber tratar las leyes como á las mujeres; esto es: lo mismo cuando se las atropella que cuando se las respeta, parezca siempre que es por amarlas, sobre todo.
En nombre del amor están justificados todos los atropellos. Un buen jefe de Policía debe poseer con las leyes el supremo arte en que fué maestro Don Juan Tenorio con las mujeres: el de violador que enamora; al que, cuando atropella, se le dice: ¡Gracias!
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En París se ha conmemorado el trescientos cincuenta aniversario del natalicio de Lope de Vega. En un teatro de los llamados allí «à coté» se ha representado, precedido de una interesante conferencia, un acto de _La estrella de Sevilla_, otro de _El mejor alcalde, el rey_, unas escenas de _La Dorotea_, no representadas nunca, ni en España, decía el cartel, y unas escenas de _El castigo sin venganza_. Todo ello traducido con cierta libertad, pero muy lindamente.
Aquí se ha representado por estos días _El anzuelo de Fenisa_, una de las más primorosas comedias de Lope de Vega. Ya sabemos que estas obras antiguas, nunca viejas, no pueden despertar hoy la viva emoción de cualquier obra moderna. El teatro, como la oratoria, como el periodismo, vive de lo actual y su mayor gracia es lo efímero; como en la flor, como en la mariposa. Son contados los genios poderosos que en la oratoria, en el teatro ó en el periodismo lograron «eternizar el instante».
Pero causa tristeza la displicente actitud de nuestro público ante esas obras. Ello revela una incultura, un alejamiento de nuestra historia, una incapacidad de ponerse en situación, todo ello á base de ignorancia, que mal pretende disfrazarse de sabiduría, echándolo á elegante escepticismo.
Dentro de poco nuestro teatro clásico será letra muerta. Y lo malo es que no lo habremos sustituído en nuestra admiración con el teatro de Ibsen ni con el de Mæterlink.
* * * * *
El doctor Moliner anda por Madrid en busca de... cien millones de pesetas, nada menos. El doctor Moliner no es hombre para desistir de su propósito. Esos cien millones son su idea fija. Tener en España una idea fija, constituirse en incansable propagandista de ella, sacrificar comodidades, posición social, por esa idea, es sentar plaza de loco ó, por lo menos, de monomaníaco.
Las ideas son bonitas para exponerlas un día en un brillante discurso, en un artículo vibrante, en una crónica de actualidad; pero ¡por Dios!, no conviene insistir sobre ellas...
A mí me advirtieron: Ya verá usted; el doctor Moliner le irá á ver á usted, le hablará á usted de sus cosas, le dará á usted la lata; no sabe hablar de otra cosa.
Y el doctor Moliner vino á verme y le oí con admiración, y volví á oírle en la conferencia que dió en el Ateneo sobre lo mismo; conferencia, por cierto, que no ha merecido una noticia en muchos periódicos, y el doctor Moliner tendrá en mí otro incansable propagandista de su locura, de su lata, como quieran llamarla.
Esa locura, esa lata, es pedir al Gobierno cien millones de pesetas para Sanatorios marítimos, para colonias escolares, para escuelas higiénicas... Es un presupuesto que pudiéramos llamar de la salud, de la vida. ¡Ya veis si la cosa es disparatada! Las Sociedades obreras de Valencia lo piden en respetuoso mensaje, de que es portador el doctor Moliner.
Las Sociedades obreras de Madrid, la Casa del Pueblo, no se han dignado tomarlo en consideración.
Manifiesta señal de la funesta orientación revolucionaria de esas Sociedades.
No quieren tener que agradecer nada para conservar en toda su plenitud el derecho á la queja; opinan como el sabio, en la comedia de Calderón, que:
A trueque de quejarse, habían las desdichas de buscarse.
Ya lo dicen en carta dirigida al doctor Moliner: «Todo eso no es más que un calmante...»
Lo quieren todo ó nada. ¿Todo? Y ¿qué es todo en la vida? ¿Qué es todo si no es un poco cada día, un paso en el camino de la perfección? ¿Serían ellos capaces de revolucionar su mundo interior en un día? ¡Y de lo que no son capaces en su espíritu, se creen capaces con el mundo entero!
Por lo mismo que así desvarían, hay que darles eso que ellas llaman calmante, á pesar suyo, contra su voluntad; voluntad que ni siquiera interpreta la voluntad de todos, como lo muestra ese mensaje de las Sociedades obreras de Valencia.
El Gobierno del señor conde de Romanones puede hallar el mejor programa de su política en ese «calmante», en ese presupuesto de salud, de vida.
XXXIII
En el número de _El Libro Popular_, correspondiente al 5 de Diciembre, en un artículo titulado «El príncipe de los dramaturgos», referente al autor francés M. Curel, escribe don Enrique Gómez Carrillo lo que textualmente copio:
--¡Curel!--os oigo murmurar--¿quién es Curel?... En castellano nunca hemos visto ninguna de sus obras.
Con su nombre no, efectivamente. Pero hay una comedia suya que fué traducida por Benavente y que obtiene desde hace diez años el más grande de los éxitos en España y en América. Me refiero al «Repas du lion», que en nuestra lengua se titula «La comida de las fieras».
--Pero--vais, sin duda, á decirme con justa malicia--¿por qué esta pieza figura como original entre las obras de Benavente?
--Sin duda por razones de empresa--os contestaré, repitiendo una frase del mismo dramaturgo madrileño.
Una comedia que se da como traducida, no tiene nunca, para las compañías, la misma importancia que una comedia nueva.
En todo caso, si el autor de «Los intereses creados», que es, ante todo, un hombre de honor, se apropia la paternidad del «Repas du lion», no por eso deja de entregarle los derechos que le corresponden al verdadero autor. En las cuentas que la Sociedad de Autores, de Madrid, manda cada trimestre á la Société des Auteurs, de París, los productos de «La comida de las fieras» figuran siempre en el haber de Curel. Entre gente del oficio esto no es un secreto para nadie. El gran Joaquín Dicenta, que tan admirablemente ha presidido el Sindicato de los comediógrafos madrileños durante algunos años, da testimonio de que en cuanto los «auteurs» parisinos reclamaron en nombre de uno de sus asociados la paternidad de la obra castellana, Jacinto Benavente fué el primero en reconocer que su «Comida de las fieras» no era, en efecto, sino un arreglo del francés.
Cuando un escritor de seriedad y respetabilidad como don Enrique Gómez Carrillo asienta con tal aplomo semejantes afirmaciones, algo debe haber de verdad en ellas. Veamos. ¿Será verdad que _La comida de las fieras_ no es sino traducción ó arreglo de la obra de Curel _Le repas du lion_? Por unas cinco ó seis pesetas que costarán los ejemplares de las dos obras puede cualquiera salir de dudas. Ni por el asunto, ni por la idea, ni por los personajes, hay el menor parecido entre una y otra. Hasta la aparente similitud del título es una gran diferencia. _Le repas du lion_--basta haber leído las fábulas--es, como todos saben, la parte del león. _La comida de las fieras_ es... el domador, según mi obra, basada, como recuerdan cuantos la han visto ó leído, en escenas muy madrileñas y de actualidad cuando la obra se estrenó. Pasemos.
¿Será verdad que don Joaquín Dicenta, como presidente de la Sociedad de Autores Españoles, aseguró á don Enrique Gómez Carrillo que los derechos de _La comida de las fieras_ eran enviados á la Sociedad de Autores Franceses?
Don Joaquín Dicenta tiene la palabra; entre tanto, don Miguel Ramos Carrión, actual presidente de la Sociedad, me escribe la siguiente carta:
Mi querido amigo: La Sociedad de Autores Españoles no envía ni ha enviado nunca á la de Autores Franceses parte, grande ni pequeña, de los derechos de representación correspondientes á las obras de usted, porque, para hacerlo, no hay ninguna orden.
Claro es que á usted le consta; pero, por complacerle en lo que desea, así lo declaro oficialmente.
Sirva, pues, para quien, sin fundamento, afirma lo contrario. Siempre de usted compañero y padrino literario,
MIGUEL RAMOS CARRIÓN.
Todo esto aparte, mal podría M. Curel cobrar esos trimestres, de que el señor don Enrique Gómez Carrillo está tan al tanto, cuando _La comida de las fieras_ no se ha representado en España ni en América desde hace once ó doce años. Como se ve, á pesar de mi buen deseo, no puede hallarse el fondo de verdad que yo deseaba en las afirmaciones de don Enrique Gómez Carrillo.
¿Ha sido ligereza? Para ligereza, es demasiado. ¿Ha sido mala intención? Para mala intención, es poco. ¿Ha sido ironía? Para ironía faltaba el fundamento de que _La comida de las fieras_ fuera, en efecto, algo parecido á _Le repas du lion_. ¿Ha sido una broma literaria? Como broma sí hubiera tenido gracia... allá en la juventud de don Enrique Gómez Carrillo.
Contra la opinión de muchos, yo creo que sólo ha habido ligereza por parte de don Enrique Gómez Carrillo, y espero que se apresurará á rectificarla.
Don Enrique Gómez Carrillo, por su historia literaria, por su significación, no está en el caso de que se le confunda con uno de esos jovenzuelos cronistas que sueltan dos ó tres impertinencias, para llamar la atención, en cualquier periódico de ventura.
Y conste que el menos molestado con «la ligereza» he sido yo. En esta semana la actualidad era hablar, en pro ó en contra, de la Prensa. Don Enrique Gómez Carrillo me ha dado asunto para no verme obligado á opinar; asunto y argumento. Muchas gracias.
XXXIV
A cada año nuevo acude, con todo el valor de una gran verdad filosófica, la reflexión que, en otras ocasiones, no es más de un tópico adecuado á tertulias caseras: ¡Cómo pasa el tiempo!
Parece que fué ayer cuando estrenábamos siglo, y ya nos andamos por su año 13. ¡Pavoroso número para los agoreros!
Por lo pronto, aparte la guerra de los Balkanes, ineludible legado de su antecesor, para nosotros ha comenzado con su poquito de perturbación política y, lo que es más grave, con la amenaza de una carestía general de los comestibles si no sacamos pronto en rogativa á unas cuantas imágenes de singular devoción.
A este respecto, sería muy de agradecer la buena intención del ilustre jefe del partido conservador si, al retirarse de la vida pública, hubiera pensado: «Después de mí, el diluvio». Hoy por hoy, un diluvio es lo más necesario sobre esta tierra nuestra, siempre combatida por los extremos: ó sequía hasta perecer, ó inundaciones y desbordamientos hasta la ruina.
Por una vez, llovería á gusto de todos; conformidad tan dificultosa de obtener en negocios del cielo y de la tierra.
En la noche primera del año una multitud alborozada, más que un nuevo año, parecía estrenar una vida nueva. ¡A la flor de ilusión le basta con tan poco para prender de nuevo en nuestras almas! Una fecha del calendario es suficiente. A las once y media, nada esperamos de la vida; al sonar de las doce, lo esperamos todo de un año nuevo. Doce uvas nos bastan para embriagarnos de ilusiones y de esperanzas.
¿Qué nos traerá el año 13? Hasta ahora no trae, como cumple á todo recién nacido, su correspondiente pan debajo del brazo.
La multitud gozosa, que le saludaba al nacer, no pensaba en esto. Ni siquiera pensaba que, con el pan, subirá la carne, y con la carne el precio de los toros de lidia.
La multitud, como los niños, es irreflexiva en su alegría.
* * * * *
La moda tiene su significación en Arte. Y tiene su valor el artista que logra imponer una moda, y más si la moda es natural expresión de su espíritu y en él fué originalidad y sólo pareció moda al ser después seguida y copiada por los imitadores. Y gran valor tiene también el que, con ajustarse á la moda, logra, no obstante, destacarse entre los uniformes figurines con fisonomía y aire muy personales.
Pero así como en una reunión de la mejor sociedad, aunque por lo pronto se lleven la atención las mujeres más llamativas en el vestir y en el adorno, las que ponen la moda, cuando nuestra curiosidad se ha reposado agradecemos el sencillo atavío de alguna noble dama y en su señorial sencillez aprendemos dónde está la verdadera distinción, así en Arte, sobre las gracias y frivolidades llamativas de la moda, acabamos por volver los ojos á la noble sencillez, que es de todos los tiempos.
Antes de ahora lo he dicho: creo que en ningún tiempo hubo en España tantos y tan buenos poetas como ahora. De ellos, los hay favorecidos por la moda; de ellos, á quien la moda perjudica. De ellos, y Manuel Sandoval es el primero, de los que no vistieron su poesía con galas á la última, de los que dejaron pasar figurines, seguros de que la moda volvería á ellos, y ellos, aunque alguna vez pudieron desesperarse al verse desairados, nada perdieron con esperar.