De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)

Part 6

Chapter 63,946 wordsPublic domain

Bien pudiera algún predicador haber repetido las exclamaciones famosas de Bossuet, en los funerales de una princesa de Francia: «¡Madame se meurt!... ¡Madame est morte!» Las que pusieron espanto en aquel auditorio de príncipes y grandes señores de la Corte, al considerar cómo, en el breve espacio de dos exclamaciones, aun no vista llegar, pasó la Muerte. La Muerte niveladora, y, por serlo, el más cierto resplandor de la ideal Justicia sobre la tierra; el más seguro anticipo suyo para otra eterna vida. La Muerte, de quien otro poeta francés dijo: «Et les gardes qui veillent aux barriéres du Louvre, n'en defendent pas nos rois».

Y triste actualidad recobran también los versos de Cervantes á la súbita muerte de la reina Isabel de Valois:

Cuando dejaba la guerra libre ya el hispano suelo, en un repentino vuelo, la mejor flor de la tierra se fué trasplantada al cielo. Y al cortarla de la rama el mortífero accidente, fué tan oculto á la gente, como el que no ve la llama hasta después que la siente.

Los poetas de ahora temen ser tildados de cortesanos, y, sólo cuando se trata de lisonjear las malas pasiones de los de abajo, no se juzgan aduladores. Así, los poetas no cantarán á la buena memoria de la infanta María Teresa. Ni es necesario: estas vidas sencillas, de bondad, de recogimiento, parece como si se profanaran con altisonancias ditirámbicas. En el abultado libro de la Historia, sobre el trompeteo de las grandes hazañas bélicas y de las intrincadas empresas políticas, estas vidas han de ser como flor guardada entre las hojas del libro: una meditación, un silencio entre el barullo de tantas grandes y de tantas malas acciones, que son la Historia y son la vida...

Ni aun sientan bien ponderaciones cortesanas por el dolor que su muerte causara á los suyos. ¿Para qué decirnos que las tristezas de los grandes de la tierra son excepcionales como su grandeza? ¿No estará nuestra mayor simpatía en saber que son iguales á las nuestras? ¿El dolor de la madre? No digáis á las madres que es un dolor de reina; decidles que es el dolor de todas las madres, y ¿cómo no han de comprenderlo? Ved cómo la Religión cristiana, al divinizar el dolor de Cristo, humanizó el dolor de la Virgen madre; porque divinizado hubiera dejado de ser dolor, al gloriarse en la gloria del Hijo.

Ni es bien poner distancias ante el dolor que á todos iguala. Ofrezcan, con grandeza de alma, los grandes de la tierra sus dolores, como sacrificio aplacador de odios y envidias. Nunca como en la Cruz comprendió á Dios la Humanidad; porque en la Cruz está más cerca de nosotros.

* * * * *

Cuando se estudia con serenidad algún problema económico, hay que decir como aquel personaje de una comedia: «¿A quién se engaña aquí?» Esto es: «¿Quién se lleva aquí el dinero?» Porque oye usted á los patronos, y no es porque lo digan ellos, les ajusta usted las cuentas y no puede usted por menos de darles la razón. Ellos no se llevan el dinero. Oye usted al trabajador, al obrero, y la razón les sobra: no pueden vivir. Y oye usted á todo el mundo, y el dinero no parece por ninguna parte. El propietario de fincas, ya rústicas, ya urbanas, obtiene un menguado interés de su capital, y el arrendatario y el inquilino dicen que ya no pueden con la renta. El industrial se queja del comerciante, el comerciante del industrial, y el comprador de todos. Todo el mundo está mal servido y nadie está contento. Y, no obstante, á esto es á lo que llaman orden social y esto es lo que, según dicen, hay que sostener á toda costa.

¿No valdría la pena de hacer algún ensayito para cambiarlo todo? Aunque fuera en seco; esto es, sin guillotina ni tiroteo por las calles; un ensayo en buena armonía, puesto que nadie está á gusto y todos se quejan. Y si viniera á resultar, como es de temer, que el verdadero tenedor del dinero de todos es el Estado, con impuestos desproporcionados, insoportables para el país, que el Estado se encargue de todo y con dos suculentos ranchos al día nos alimente á todos. Y no nos asustemos del socialismo, cuando la actual organización social no es otra cosa: un socialismo con mala administración.

* * * * *

Caricatura veraniega (sin dibujo y fuera de Concurso).

En el Casino:

--¿Qué le pasa á Juanito? ¡Tiene una cara!

--Que le han dejado sin una peseta.

--¿Sí? ¿Cuánto ha perdido?

--Pues eso: una peseta.

XXVI

Cuando un madrileño, en cualquier esfera social, ha llegado á ocupar un puesto, alto ó bajo, ya puede asegurarse que se lo ha ganado por su propio esfuerzo. Al madrileño no le gusta deber nada á nadie. Por eso, aun de la clase más humilde, prefiere los oficios independientes, en los que menos haya que obedecer y ser mandado. Así es muy raro hallar un madrileño dedicado al servicio doméstico, y si, por razón de sus ocupaciones, depende de algún patrón, maestro ó jefe, todo se conseguirá del madrileño por la razón persuasiva ó por el ruego amable; nada por el mandato indiscutible, ni por el rigor áspero.

El madrileño no tiene cacique á quien pedir recomendaciones; no trata, ni siquiera conoce, á sus diputados; no tiene colonia que le proteja ó le obsequie.

Por todas estas consideraciones, yo, que he perdido en absoluto mi afición á los toros, siento muy viva simpatía por el torero madrileño Vicente Pastor y celebro su triunfo en la última corrida. Lo celebro con doble satisfacción, porque, aunque me esté mal el decirlo, entiendo de toros una barbaridad y no soy de los admiradores del día siguiente. Cuando Vicente Pastor, en sus años de desgracia, que fueron más de los debidos, y apuntados van á su condición de madrileño, andaba aperreado por esas Plazas, y en la madrileña sobre todo; favorecido por los empresarios con todo el ganado de peor lidia, toros cornalones, resabiados, mansos perdidos, nunca dejé de ver y de apreciar en él lo que más tarde apreciaron muchos como un descubrimiento: que Vicente Pastor es de los pocos toreros que saben para lo que sirve la muleta; de los pocos que paran y castigan.

Y ¡vaya si ha bregado Vicente Pastor hasta colocarse en el lugar que le corresponde! Nadie dirá que lo ha robado.

Los toreros madrileños luchan siempre con grandes desventajas. Por la mayor baratura y facilidad de conducción, en las novilladas les sueltan, por lo regular, ganado de la tierra que, si escogido para corridas de toros, es siempre más duro y más dificultoso que el ganado andaluz, que será en novilladas, donde todo boyancón es de recibo. Hechos á torear mansos, al tomar la alternativa y encontrarse con toros ligeros y bravos, los toreros madrileños andan de primeras torpes y desmañados. Al contrario de lo que suele sucederles á los fenómenos novilleriles de Andalucía, que, acostumbrados á torear allí toritos fáciles y ligeros, al primer toro de la tierra que ven asomar por los toriles andan de cabeza y se acabó el fenómeno.

Con Vicente Pastor hicieron horrores las empresas. Recuerdo una corrida de novillos, con lucha entre un león y un toro como amenidad de mayor atractivo, y en ella Vicente Pastor hubo de torear con el estorbo de una gran jaula en medio del redondel; y por si esto no bastara, como después de la lucha no hubo medio de sacar al toro de la jaula, el presidente ordenó la salida del toro de lidia, el cual, naturalmente, tomó la querencia de su compañero y semejante, y así hubiera tenido que torearle y que matarle Vicente Pastor si la protesta unánime del público no hubiera obligado al presidente á disponer la retirada del toro enjaulado.

Luego se espantan los empresarios si los toreros, cuando llega la suya, tienen exigencias.

Vicente Pastor no ha llegado por intrigas; no, ciertamente. Bien puede estar orgulloso de ello; ha llegado, como buen madrileño, sin deber nada á nadie. Y hoy habrá toreros más vistosos, más bonitos, más alegres; pero lo único verdad, lo único serio, el único toreo de buena ley que se ve en las Plazas es el de Vicente Pastor, el madrileño.

* * * * *

El Hotel Palace se levanta soberbio como un gran transatlántico. Aquel trozo de Madrid, de tan señorial aspecto cuando los tres linajudos palacios, de Medinaceli, del Infantado y de Vistahermosa, eran todo un caserío; tan desolado, cuando el inmenso solar del primero de dichos palacios llenaba de obscuridad y de tristeza aquella parte de Madrid; hoy, con el gran hotel á la moderna, ha cobrado un aire cosmopolita, de playa ó de balneario á la moda, con su Casino resplandeciente de luces, bullicioso de multitud pasajera, con su música bailable y su ejército de servidores.

Con el hotel Ritz y el Palace ya cuenta Madrid con dos hoteles europeos. Quizás los precios sean más asiáticos que europeos y, por este lado, el problema de los alojamientos en Madrid no se haya resuelto con arreglo á la capacidad española. Es de esperar que los europeos y los americanos nos sostendrán estos lujos, que para nosotros solos serían excesivos.

Ya no hay pretexto para no venir á Madrid. Y, en verdad, ahora que tanto se habla del turismo y tendremos en Madrid un Congreso para discutir cuanto al turismo se refiere, todo el problema es este: ¿No acuden los turistas á España por falta de buenos hoteles, ó no hay buenos hoteles en España por falta de turistas? Problema biológico: ¿Es la función la que crea el órgano ó el órgano la función?

De cualquier modo, hay mucho que agradecer á los que así arriesgan su dinero en el órgano, anticipándose á la función.

El viajero de raza no retrocede ante las incomodidades; pero el viajero de raza es poco productivo; suele viajar á pie y sin dinero. Al viajero _snob_, que es el más provechoso, hay que atraerle con mucho mimo y cultivarle con todo regalo. Una catedral gótica, las ruinas de un castillo son admirables después de una buena comida en un buen hotel. Tan admirables, que algún viajero que sólo venía por admirar la catedral ó las ruinas, deja de visitarlas por el gusto de volver á un hotel donde tan bien se come. Porque si es verdad que un cuadro de Velázquez compensa de una mala fonda, también es verdad que una buena fonda compensa de no ver el cuadro.

XXVII

A los que se inquietan por mis obras futuras, á los que suponen mi entrada en la Academia como una abdicación de mi independencia, puedo asegurarles que no reniego de una sola de mis obras ni renegaré nunca; ellas son toda mi vida, y unas mejores, otras peores, todas responden á un estado espiritual. Ni de las culpas ni de los errores debe renegarse cuando no se ha perdido en ellos nuestra conciencia, antes nos han servido de provechosa enseñanza.

Nuestra vida no se gobierna por ideas, sino por sentimientos. Nadie se asimila las ideas que no apetece, como nadie se alimenta de lo que no le gusta, salvo en caso de necesidad extrema. Por fortuna, yo no me he visto precisado á comer de ideas que me repugnaran. Es aventurado jurar sobre nuestro estómago mucho más que jurar sobre nuestra conciencia; pero me creo capaz de haberme dejado morir de hambre. Mas, si alguna vez me hubiera visto en esa extremidad, como el miserable boticario de _Romeo y Julieta_, hubiera dicho: «Mi necesidad es la que delinque; no mi conciencia.»

De que son las ideas las que se coloran de nuestros sentimientos, es buena prueba la idea religiosa. Ninguna parece más fija, más determinada; parece que á todos los creyentes había de unificar en una misma acción, encaminada al mismo fin; no obstante, unos prefieren la vida contemplativa; otros, se consagran á obras de caridad con fervor activísimo; otros, á la propaganda batalladora; todos creen seguir una idea, y lo que siguen es las naturales inclinaciones de su corazón. Lo mismo en Arte; si por ideas escribiéramos, diríamos siempre lo mismo y diríamos una misma tontería siempre. Que nuestro arte sea espontáneo, como juego de niños, expresión de vida y de fuerza y de natural esparcimiento; después, nuestro arte, como los juegos también, irá ordenándose con cierto ritmo, y lo que fué primero actividad será luego belleza y al fin será bondad.

¿No habrá sido así la creación, como una obra de arte, como un juego de niños; expresión de una fuerza que, por ser fuerza, es bella y por ser bella es al fin buena? Actividad, Inteligencia, Bienaventuranza: el «Tamas», «Rajas» y «Gattva» de la Teosofía india, en que Dios dice al hombre: «Tú eres yo mismo, mi imagen y mi sombra; yo me he revestido de ti y tú eres mi vehículo, hasta el día ¡sea con nosotros! en que volverás á ser yo mismo y los demás tú mismo y yo.»

De donde se deduce que en la vida universal, como en la vida de cada uno de nosotros, todo es armonía y no hay para qué maldecir de las disonancias.

* * * * *

Sería falsa modestia hacerme el desentendido. Amigos cariñosos pretenden obsequiarme y, con el mejor deseo, acaso no aciertan con el obsequio de mi gusto. ¿Queréis saber lo que más pudiera satisfacerme? Nada de banquetes, nada de exhibiciones; podéis suponer que por grande que fuera mi vanidad personal, estaría ya bien satisfecha.

Empieza el invierno; hay una obra meritoria que no consigue prosperar, en lucha con la indiferencia: la obra del Desayuno Escolar. Yo os agradecería con toda mi alma que ese fuera el obsequio: contribuir á ella en lo que habíais de contribuir á obsequiarme en otra forma. A todos nos quedaría mejor recuerdo; la buena obra del Desayuno Escolar, atendida, será el mejor obsequio para mí y un obsequio más duradero en el corazón de todos los que nos unamos en el amor á los niños.

Si me creéis capaz de una gran vanidad, permitidme que me envanezca de este modo; si me estimáis lo bastante para creer que llevo más alto el corazón que la inteligencia, ya que por amigos os estimo más que por admiradores, sea el obsequio de corazón á corazón. Así el día que me sienta vanidoso, podré decir: «¡Gracias á mi talento, he procurado el desayuno á muchos pobres niños!» Y el día que me sienta modesto, por lo menos tendré el consuelo de pensar: «¡Yo no tendré mucho talento; pero los pobres niños de las escuelas tienen su buen desayuno en las mañanas del invierno!»

De suerte que ya lo sabéis: con este obsequio no me obsequiais para un día solo, que sería de vanidad; me obsequiais para muchos días: unos, de vanidad; otros, de modestia, que allá se van alternados, como los días tristes y los alegres; pero todos son buenos cuando sobre su variable temperanza ponemos algo que esté sobre nosotros mismos, sobre nuestras arrogancias ó nuestros desalientos.

XXVIII

Siento molestar á mis lectores con asunto referente en parte á mi persona, aunque, por tratarse de una obra buena, tenga ya más alto interés para todos. Pero debo satisfacción á cuantos han respondido generosos, y es justo que responda la gratitud en donde mismo se elevó el ruego.

De todas partes llegan á mí ofrecimientos en favor del «Desayuno Escolar» y también importantes donativos. Gracias á todos. A Rosario Pino, la insigne actriz, que ofrece el producto íntegro de la función inaugural de su temporada en Valladolid. Y, en este caso, yo me atrevo á solicitar de Rosario Pino que la mitad del ingreso se destine á La Gota de Leche, institución fundada en Valladolid. Del mismo modo, cuantos beneficios se den en teatros de provincias deben repartirse entre la institución madrileña y alguna que, con el mismo fin de protección á la infancia, exista en la provincia.

La empresa del teatro Español y, al frente de ella, Matilde Moreno, la gran artista de todas las delicadezas, se apresuraba á ceder el ingreso de otra función que ha sido aplazada á ruegos de la Comisión organizadora de estos beneficios.

El Círculo de Bellas Artes me anuncia en carta de su presidente, don Alberto Aguilera, que destina la cantidad de 1.000 pesetas para el «Desayuno escolar».

El primer actor don Luis Echaide me ha entregado la cantidad de 500 pesetas, importe total de su sueldo durante los días en que ha actuado en el teatro Español. Luis Echaide no quería cobrar dichas funciones y sólo ha aceptado el cobro con la idea de ofrecerme esa cantidad.

En carta que firma «Un admirador» me envían 25 pesetas; don Santiago Aragón, otras 25; el señor Gazul, de Llerena, otras 25; el señor Sabito, de Infiesto, 7,50. Muchas gracias á todos.

Ahora yo suplico á los que me anuncian el envío de otros donativos y á los que me preguntan á quién han de enviarlos, esperen por unos días hasta que pueda organizarse convenientemente. Yo tengo sobradas ocupaciones para entender en esto.

Muchas son también las solicitudes para que se atienda á otras instituciones benéficas, todas muy laudables y muy dignas de ser atendidas; pero como atender á todas es imposible, preferible es atender á una sola con resultado.

Una hay, sin embargo, que yo creía identificada con el «Desayuno escolar», y aunque no sea una misma en la organización, identificada está en el propósito. Es la institución de las Cantinas Escolares. Como todo hace esperar que la recaudación ha de ser importante, bien puede repartirse el ingreso entre las dos benéficas instituciones, ya que las dos realizan la misma buena obra y mal puede haber división ni rivalidad entre ellas. De todas suertes, como el ofrecimiento primero fué al «Desayuno escolar», no he de ser yo quien decida; apelo á la generosidad de los señores organizadores de esta última institución, y creo que no apelaré en vano.

* * * * *

Entre los acuerdos de la Comisión reunida para festejarme hay uno con el que no puedo estar conforme, y perdone la respetable Comisión. Todo cuanto redunde en beneficio de los pobres niños me parece de perlas, aunque sea á costa de mi exhibición personal. Pero la idea de erigirme un monumento, por sencilla que sea, tendrá siempre mi oposición más decidida. Soy enemigo de esos homenajes en vida, mucho más si la vida, por desgracia ó por dicha, aun no toca á su acabamiento. Yo no sé si habré ya escrito mis mejores obras; pero sé que aun puedo escribir las peores. Esos homenajes esculturales que, por serlo, tienen algo de funerarios, sólo pueden discernirlos con serenidad las generaciones futuras. ¿Qué sabemos lo que pensarán los que vengan de nuestras obras? Pesa mucha literatura sobre la Humanidad y de cada vez se impondrá una selección más depurada.

Necesitan estos monumentos, además, para su contemplación gentes desapasionadas; pero mientras vivimos entre amigos y entre enemigos personales, ¿quién sabrá decirnos dónde acaba la pasión y dónde empieza el conocimiento?

No, por Dios; nada de monumentos: todo para los niños pobres.

Y otra vez pido perdón á mis lectores por haberles hablado de mí; vaya en gracia de la intención.

XXIX

Aquellas guerras de los cien años, de los treinta años, tan molestas para los estudiantes de Historia Universal, ya no serían posibles. Las guerras de ahora tienen la ventaja de la brevedad. Mueren en ellas más hombres que en las antiguas; pero mueren más pronto. Puede ponderarse su corta duración con las mismas expresivas frases de cierto predicador, al considerar la rapidez de los deleites carnales: ¿Por qué os condenáis, hermanos? Si fuera asunto de una hora... ¿Qué digo de una hora? Si fuera asunto de cinco minutos... Pero, no; ¡zás, zás, zás, y ya estáis en el infierno!

Por fortuna, las guerras modernas son un lujo muy costoso. Lo único barato en ellas, por eso es lo único que puede derrocharse, es el factor hombre. Un soldado, con su ración y todo, vale bastante menos que los cartuchos por él disparados.

Esta baratura del factor hombre es consecuencia del poco coste de producción.

En esta guerra de los Balkanes se ha dado el mismo edificante espectáculo que solían dar en otros tiempos algunos príncipes cristianos aliándose con el Gran Turco por enemistad con otros príncipes cristianos. Mal disimuladas, por el buen parecer, las simpatías de la culta y cristiana Europa estaban, en esta guerra, del lado turco. No quiero pensar mal; pero sospecho que hasta oraciones, en templos muy católicos, se han elevado al cielo en favor de las armas mahometanas.

Los turcos tenían su deuda muy bien repartida. Los otros desgraciados, por no tener, no tenían ni acreedores. ¿Qué interés podían inspirar á nadie?

Todavía, después de las victorias conseguidas, han de esperar á que las grandes potencias las den por buenas; porque los turcos habrán perdido muchas batallas, pero ¡pensar que Europa va á perder su dinero!

Como que no hay quien mire por uno como los acreedores. Por patriotismo, debiera procurar el Gobierno español, al levantar el anunciado empréstito de 300 millones, que se cubriera en el extranjero; de ese modo, tal vez en situaciones apuradas contaríamos con la simpatía y el interés de otras naciones fuertes; interés y simpatía que nos faltaron en momentos muy críticos, quizás porque no estábamos bastante entrampados con el extranjero.

Todo el arte de la guerra moderna está en enzarzarse, no con quien pueda menos que nosotros, sino con quien deba menos.

* * * * *

Tan vulgar tópico era el de la alegría española que, por extremosa reacción, han sido muchos los escritores á rectificarle con la contraria afirmación de nuestra tristeza. Yo no sé si seremos alegres; pero tristes, de ningún modo. El pueblo español no es un pueblo triste; es un pueblo duro, que no es lo mismo.

De que no somos tristes es buena prueba nuestro modo de celebrar la conmemoración de los difuntos. ¿Puede darse menos emoción, menos recogimiento espiritual, menos ternura, en una palabra?

La gente pasea por los cementerios como por un jardín; ríe y bromea y comenta con chistes los epitafios. Esto no puede llamarse alegría, ni siquiera desprecio á la muerte, por fe religiosa ó por elevado estoicismo filosófico; esto es, sencillamente, dureza; esa dureza agresiva que está en la entraña de la vida española. En el hogar, en la vida pública, en el Arte. Por eso hemos sido siempre tan retóricos; por eso tenemos tantas fórmulas de cortesía y de cumplimientos. ¡Nuestra naturalidad es tan áspera!

La fiesta de los muertos debiera serlo de gratitud para los muertos gloriosos, para los buenos muertos... Y el amor acude á las sepulturas en el primer año, la vanidad hasta cinco; mas la verdadera piedad del recuerdo no tiene flores para los poetas, ni para los héroes, ni para los humildes... ¡Allá nos esperen por muchos años!, dicen los que viven á gusto. ¡Están muy ricamente!, dicen los que viven desesperados. Y así, entre el egoísmo satisfecho de los unos y el egoísmo desesperado de los otros, los vivos van á la muerte, los muertos al olvido, y la vida española es muy alegre, si alegría es que nada importe, y muy triste, si tristeza es no amar la vida, en verdad, ni alegre ni triste; dura como el odio: la única pasión sin risas y sin lágrimas.

* * * * *

_Don Juan Tenorio_, casi desterrado de Madrid, ha encontrado espléndido refugio en Barcelona. En quince teatros, lo menos, se ha representado allí en estos días.

Si no supiéramos que en Barcelona ha triunfado también durante muchos años, y aun sostiene muy bien su cartel, el señor Lerroux, que es el Don Juan Tenorio de la política española, por lo seductor, por lo audaz y por lo de bajar á las cabañas y lo de subir á los palacios--presidenciales, se entiende,--pudiera creerse que la predilección del público de Barcelona por héroe tan nacional como Don Juan Tenorio tenía mucho de ensañamiento despectivo: ¡Vean el personaje que nos mandan esos castellanos!

Pero no; no hay segunda ni pérfida intención. El público de Barcelona se entusiasma con nuestro Don Juan, como ya no nos entusiasmamos nosotros. ¡Señales de los tiempos!

Váyase por el proyecto de mancomunidades, que tiene en Madrid más decididos partidarios que en Barcelona.

XXX