De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 5
Queda complacido el comunicante. Muy razonables me parecen sus quejas; pero ¡ay! ¡si el concursante de buena fe supiera lo que es ser Jurado, también de buena fe, en uno de estos concursos! Por haberlo sido en varios, no tengo ninguna fe en sus resultados.
Cierto que los autores desconocidos dirán: Y ¿cómo hemos de darnos á conocer? Hay que ser algo fatalistas: lo que ha de ser, está escrito, y cuando está bien escrito... es siempre. ¿Que puede existir algún talento ignorado? Es posible. ¡Dichoso él, que, al verse desconocido, llegará á dudar de su talento y podrá creerse tonto... y ser feliz!
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El cultísimo escritor Bernardo Cándamo abre información sobre la conveniencia de establecer la previa censura teatral.
Un exceso de celo del jefe superior de Policía ha dado ocasión á que se discuta de la moral y del arte.
De todo ello podrá discutirse, como de las ventajas y desventajas de la previa censura. Lo que está fuera de discusión es que un jefe de Policía, de no producirse alboroto ó grave escándalo en el teatro, no es quién para juzgar de moral ni de arte, cuando ni artistas, ni críticos, ni filósofos han logrado dictaminar de acuerdo en tan ardua materia.
La vulgar opinión entiende por inmoral en arte algo que muchas veces nada tiene que ver con la moral, en el más alto sentido de la palabra. Hay quien se escandaliza en el teatro por algo que bien puede calificarse de «mera porquería», como un ingenio peregrino calificaba en picarescos versos algo que otro, no menos peregrino, diputaba por pecado nefando.
En cambio, obras que pueden ser antisociales, demoledoras ó tal vez peligrosas por inoportunas, no pasan por inmorales ni dan ocasión á que se alarmen los jefes de Policía.
Estas otras, que tanto alarman á los pudibundos, me parecen la suprema inocencia, y el público que con ellas se regocija de una simplicidad infantil. Considérese que toda la gracia del espectáculo consiste en que nos digan ante centenares de personas lo que estamos aburridos de oir en reducidos grupos. La novedad no está en lo que oímos, sino en oirlo delante de mucha gente. Ya sabemos lo que ha de parecemos á nosotros; la picardía está en averiguar lo que les parecerá á los demás.
Obsérvese al espectador durante la representación de una de estas obras «inmorales». Más que á la escena, atiende al público. No dirá nunca: ¡Cómo me he reído!, sino: ¡Cómo se reían!
El efecto cómico de este género es el mismo que se logra en cátedra ó en el salón de sesiones con un chiste malo que en los claustros ó en el salón de conferencias no tendría maldita la gracia.
¿Previa censura? Voto en contra. En España estaría supeditada á todo género de pasioncillas, caprichos y arbitrariedades, sin contar con la influencia de los cambios políticos.
Y no sería la censura conservadora la más temible. Sabido es que los liberales son los que aquí se toman mayores confianzas con las libertades.
Hay una solución productiva. Este género alegre no es más nocivo que el juego. ¿Por qué no gravarle con un impuesto especial? Es el mejor partido que puede sacarse de todo lo malo. ¡Ay! ¡Menos de los malos Gobiernos!
XXI
Las únicas cartas anónimas insultantes que recibo proceden de furiosos aficionados á toros, cuando me permito atacar la sublime fiesta. Como el blanco de mis tiros, más que la fiesta misma, ha sido siempre su público, claro está que esas cartas llenas de improperios vienen á confirmar lo que pienso respecto á los furibundos aficionados á toros. Escriben como van á la Plaza. Son ellos, los mismos, los de las almohadillas al redondel y los insultos á los lidiadores que arriesgan su vida, y sólo por esto, ya merecen el mayor respeto.
En justa compensación recibo otras muchas cartas que bastarían á sostenerme en mi empeño, si yo lo tuviera en combatir contra las corridas de toros. Pero siempre he juzgado ineficaz toda predicación destructora. En la vida no se destruye nada. Las cosas desaparecen por sí solas cuando deben desaparecer. Es decir, cuando se ha edificado lo que debe sustituirlas. No es la labor negativa de clamar contra las corridas de toros lo que puede ser provechosa, sino la paciente labor de promover en las gentes más nobles aficiones.
Entre las cartas agradables recibo una, firmada por un madrileño, solicitando mi atención sobre un niño, verdadero «fenómeno»; así dice, con razón, la carta.
Ese niño, fenómeno en España, se halla en el Asilo de la Paloma, quiere y cuida á los pajarillos y ha llegado á inspirarles á su vez tal cariño que, cuando sale por los patios y jardines, le siguen en bandadas, se posan confiados en sus manos y sobre sus hombros y, á su modo, le saludan y le agasajan.
Esto, que en otras partes del extranjero es cosa corriente; que en las vidas de santos, como San Francisco de Asís y San Antonio de Padua, pasa por milagroso; que Murillo juzgó como suprema bondad infantil, al mostrarnos en su cuadro de _La Sagrada Familia_, conocida por la del pajarillo, al niño Jesús en actitud de defender á un pájaro del gozquezuelo que le espanta con sus ladridos, en un niño español es más que milagroso por lo inaudito.
Cuántas veces he visto con pena, porque pensaba en los niños y en los pájaros de España, en paseos y jardines de París á los niños rodeados de pájaros. Los pájaros eran como los nuestros. ¡Eran los niños los que no eran iguales! Aquí el niño es el enemigo, el hostigador; allí era el buen amiguito, el esperado con impaciencia. Y nada excede en poesía á la realidad cuando compone estos cuadros. Cuando el arte, al imaginarlos, no pudo inspirarse en ella, nos parece arte falso y sensiblero.
Nuestro arte, si quiere ser realista, por fuerza ha de ser duro y seco. ¿Dónde están las inspiraciones de dulzura en nuestra realidad?
Los que no sentimos la poesía de lo violento, ¿no hemos de agradecer á ese niño su inspiración piadosa?
¿No habrá quien le premie por ella? ¿No ha de merecer la atención que no le hubiera faltado de ser un precoz criminal?
El nombre de ese niño es Francisco Pancorbo, como dije, asilado en la Paloma. Los amantes de los niños, ¿no harán algo en favor de ese niño bueno? No estaría bien que se anticiparan los protectores de los pájaros á recompensarle.
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Cuando la política apesta--y nunca apesta como al convertir en cuestión política la que debiera ser cuestión nacional,--el único desinfectante eficativo es volver los ojos á otras manifestaciones de la actividad: á las corrientes aguas, donde va la vida española por más ancho cauce.
¡Si atendiéramos sólo al salón de sesiones del Congreso! ¡Si todo fuera como la política en España! Por fortuna, fuera de ella, á despecho de ella, casi siempre se trabaja, se camina y se progresa. Siempre que nos sorprende alguna novedad agradable es algo que no se ha discutido en las Cortes ó que pasó por ellas en silencio, en un renglón de los presupuestos; esos presupuestos que nadie discute, cuya enunciación basta para despejar la Cámara de diputados y de curiosos.
La admirable instalación de telegrafía sin hilos, en Carabanchel Alto, es una de estas gratas novedades confortadoras.
¿Por qué nuestros modernos poetas, tan desmayados y luctuosos, por regla general, no cantan estas cosas? ¿Son menos interesantes que los parterres de Versalles? Hay para dar razón á los futuristas, con todas sus exageraciones.
Yo os aseguro que la instalación de telegrafía sin hilos de Carabanchel Alto bien merece una oda.
El invento pertenece á la Humanidad. Admira y deslumbra á nuestra inteligencia. Pero aquella instalación es nuestra, es de España; halaga y conforta el corazón. Y españoles, soldados de su ejército, son los sargentos inteligentes, modestos, que allí prestan servicio y han recibido ofertas tentadoras de empresas extranjeras de navegación y prefieren servir á su patria: á esta patria que no suele ser muy espléndida con los que trabajan por ella; porque los que trabajan no intervienen en los presupuestos, y los que intervienen... no trabajan.
XXII
Tres muertos ilustres cuenta la crónica en estos días: Massenet, el general Booth, y, el más grave de todos, Muley Hafid.
El músico francés no ha tenido á su fallecimiento la Prensa que podía esperarse de su popularidad en vida. No es que la Prensa francesa y, por reflejo, la europea le haya escatimado las necrologías; pero los elogios han sido tímidos.
Desde que un aristocratismo intelectual y artístico ha sentado como criterio fundamental en sus juicios la razón inversa del mérito con el aplauso público, es preciso blasonar de independiente y despreocupado para atreverse á celebrar lo que todos celebran. Por donde sucede que, cuando una obra empieza á ser aplaudida, es cuando empezamos á dudar de que merezca serlo. ¡Ah! ¡Si las obras de Massenet no hubieran sido tan del gusto público! ¡Si Massenet hubiera muerto obscuro y postergado como Bizet!
Yo no digo que Massenet fuera uno de esos genios musicales definitivos en una época; pero supo agradar y agradará por mucho tiempo á los que aun piensan ó sienten que la música no es una tabla de logaritmos. Al fin y al cabo, genios, lo que se dice genios musicales, ¿cuántos han sido? Por los dedos de una mano pueden contarse. Y algunos de ellos muy discutidos por los grandes inteligentes. Por ejemplo, Bach, de quien yo he oído decir perrerías á personas de muy buen gusto musical. Yo no entro ni salgo, ni juzgo de música más que por sentimiento. A mí la música de Bach me suena á capilla protestante, que es para mí el sonido más antipático que puede tener música en el mundo. A otro gran músico, César Franck, también se le cedo á ustedes por una friolera. Me parece un filósofo de esos que pretenden explicar por razonamientos cosas pertenecientes á la emoción íntima; conciliadores entre la Ciencia y la Fe, que no concilian nada.
Por todo esto, bien merecía Massenet elogio más fervoroso de la crítica. ¿Es que sólo puede haber dioses mayores?
En Madrid sólo hemos oído tres óperas de Massenet: _El rey de Lahore_, _Manon_ y _Werther_. La primera es de las más endebles. Obra estrenada en la Opera de París, confiado el éxito al aparato escénico, á la espléndida figura de la Reskée y á la hermosa voz del barítono Lasalle.
_Manon_, mutilada con supresiones importantes, no tuvo al estrenarse en Madrid favorable acogida. Hasta que no fué cantada por Anselmi, y después por Anselmi y la Storchio, no logró el aprecio del público.
El estreno de _Werther_ también fué desgraciado. Batistini, primero, luego, Anselmi, consiguieron rehabilitarla.
Massenet lo intentó todo, con desigual desempeño, pero con laudable propósito siempre. Soñaba con hacer grande, y, como tantos otros, sólo consiguió triunfar cuando menos se preocupaba por el triunfo. ¡Vanidad del artista! En sus obras siempre prevalece un sentido inconciente que está sobre los cinco sentidos puestos por el artista en su obra.
En las óperas de Massenet hay variedad de asuntos y de estilos. Historias de amor en _Manon_ y en _Werther_; el cuento de hadas en _La Cenicienta_; el poema lírico en _Don Quijote_; en _Esclarmonda_ la mística leyenda; en _Lohengrin_ hembra, donde Massenet aspiró á Wagner y fué su aspiración dulce suspiro de enamorado más que de creyente.
La crítica hostil llamaba á Massenet el músico de las _cocottes_. Ya es algo ser el músico de alguien; porque ¿quién no tiene algo de todo á sus horas? Sólo los espíritus superiores son siempre ellos mismos, que es ser muy poca cosa. Los demás, á poco que soltemos las riendas, ya nos interesamos con las peripecias de un melodrama como la _Margot_ de Musset--«¡vive le mélodrame oú Margot a pleuré!»,--ya relinchamos como sementales rijosos ante un tablado de tangos y garrotines, ya, como sencillas _cocottes_, nos emocionamos con las chulerías Luis XV de Manon y de su caballero, puestas en música absolutoria por un músico amable y francés.
El general Booth, el admirable fundador del Ejército de Salvación, sólo hubiera podido salir adelante con su obra en Inglaterra. Sólo en Inglaterra podía salvarse el peligro más terrible de su empresa: el ridículo. ¿Qué hubiéramos hecho en España con un general Booth? ¿Qué hubieran hecho en Francia? Sólo en Inglaterra es posible predicar el Evangelio al son de una murga, entre una estrafalaria mascarada, y sólo allí es posible sobreponer la intención de la obra á los procedimientos hasta ser considerado por los Poderes públicos y colaborador suyo en ocasiones difíciles.
Todavía, al contemplar el retrato del difunto general, publicado en casi todos los periódicos ilustrados del mundo, una sonrisa de escepticismo se disimula apenas en labios latinos. ¿Era un santo? ¿Era un vividor? ¿Un grande hombre? ¿Un chiflado? ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras como la del general Booth se habrán malogrado en el mundo por temor á que todos pregunten: ¿Quién es el hombre?
¡Y cuántas veces el hombre no puede dar mejor razón de sí que sus obras!
¿Nos da Dios, con ser Dios, otra razón de su existencia?
XXIII
Para la próxima temporada teatral la dirección artística del teatro Español anuncia obras de casi todos los autores militantes y otras de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en la lista, un nombre que está sobre todos, el del propio director artístico: el de don Benito Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por todos en cuanto significa, pero inatendible en esta ocasión, don Benito se niega á estrenar obra suya y á que sean representadas las de su repertorio; y eso no debe ser.
Cuando, por causas de enojosa explicación, las obras y el nombre de don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de importancia, y, por dificultades de interpretación, no pueden ser representadas como ellas merecen en teatros de segundo orden, el teatro Español es el único que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo autor de los que tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la representación de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos se apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo. Una campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el teatro Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles alientos como Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa si faltaran las obras del maestro glorioso de la novela y del teatro contemporáneo. Con palabras de _Un drama nuevo_ yo, soldado de fila, me atrevo á dirigirme al maestro de todos para decirle: «Sed nuestro general: conducidnos á la victoria.»
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Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en nada se muestra Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á cuantos reyes y soberanos, en activo ó pasivo, transeuntes ó residentes, caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes modernos héroes de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia quedaría convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán esperanza de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como restaurador del espíritu nacional y religioso, contra su hermano, el débil, el descreído, el europeo. Nada pudo contra los invasores de su Imperio; pero todavía, en el recogimiento de su palacio, podíamos suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más noble en su vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora, al permitir que se traduzca al francés--¡al francés de Montmartre!--lo que el Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la compasión. Es un triste león de feria, amaestrado como un perro. Lastimosas fueron las femeniles lágrimas del último rey moro de Granada; pero aun han podido hallar piadosa acogida en la leyenda y en el poema. Para Muley Hafid sólo queda la musa «bulevardesca» del café-concierto y de las revistas del año.
Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo ser una figura trágica digna de ser representada en tiempos futuros por algún Monnet-Sully del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés. Así, no habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que si le hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad es el ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en su Imperio? Lo mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí parecían voluntades de un Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de loco.
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Nuestro aislamiento de la política internacional no era, ciertamente, el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al saberse odiado de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.
Ahora, según noticias, nos disponemos á entrar en alianzas; esas alianzas políticas en abstracto, que significan muy poco en concreto. ¡Francia, España, Inglaterra, Rusia! Está muy bien; no puede sonar mejor. Pero... ¿y los franceses, los españoles, los ingleses y los rusos?
Formidable alianza si fuera siquiera por conveniencia de todos, ya que de amor no hay para qué hablar en estos matrimonios internacionales. ¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las abstracciones pueden reirse como pueden aliarse.
La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que, salvo entre Francia y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún _coup de canif_, como dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien pese, Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á Francia y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que le llamáramos Don Quijote.
XXIV
Como en todos los veranos, las «capeas» han originado conflictos por esos pueblos. La autoridad gubernativa las prohibe, la autoridad de los alcaldes es insuficiente para imponer la prohibición. Los mozos se amotinan; la intervención de la Guardia civil ocasionaría mayor conflicto. ¿Qué han de hacer los alcaldes? Dejar que los mozos se salgan con la suya. ¡Es mucho salvajismo el de los pueblos!, se dice. No es más del que se ha cultivado en ellos. ¡Si para ellos no hay otra fiesta más que la «capea», y, suprimida, no les queda otra diversión! Pero, aunque otra cosa crean los que por comodidad ó desidia declaran al pueblo ineducable, ¡es tan fácil su educación!
Buen ejemplo es un humilde lugar de la provincia de Toledo: Aldeaencabo de Escalona. Por la fiesta del Santo Patrón era inevitable la «capea». Verdad es que á la «capea» quedaba reducido todo el festejo. En este año se acordó organizar una función teatral, hubo unas cucañas, unas carreras en sacos, unos fuegos artificiales y nadie echó de menos la «capea» y nadie protestó contra su prohibición. Para ello ha bastado con muy poco: con la autoridad de un sacerdote ejemplar, con la influencia educadora de un maestro, con la buena voluntad de algunos vecinos, y la fiesta se ha celebrado á satisfacción de todos, modelo de orden y de cultura.
Con muy poco gasto y menor esfuerzo se conseguiría lo mismo en todos los lugares de España. El paisaje de España es como su espíritu: hosco, áspero. Pongamos dulzura en los paisajes y en las almas. No escuchemos la voz egoísta de esos enamorados de lo característico, de lo pintoresco. Son los que se asoman al campo y pasan de largo, sin dejar á su paso amor ni bondad. El amor al paisaje por el paisaje es como el amor á los animales: una forma del egoísmo, de la misantropía. Los paisajes y los animales no dan disgustos como las personas. Estos _dilettanti_ de lo pintoresco se complacen en la rudeza de los campesinos. ¡Para lo que han de estar entre ellos! ¿Que se instruyen? ¡Qué lástima! ¿Que pierden carácter? ¡Qué profanación! Hasta el día de la pedrada ó del garrotazo ó de la coz, que todo llega...
No hay derecho á mantener, en nombre de lo pintoresco, la ignorancia, el atraso, que nunca son bondad, aunque puedan parecer sencillez. Dulcifiquemos, dulcifiquemos, sin temor á que la dulzura desvirtúe la virilidad. Los pueblos de vida amable serán siempre más ardorosos defensores de su independencia que los pueblos de vida ingrata, atormentada. Sólo entre los descontentos nacen los traidores. Es preciso una gran virtud para amar á una patria en que nada es amable.
El señor Canalejas, que tan gubernamentalmente ha tronado contra los inadaptados, debiera darse una vueltecita por algunos lugares de España; y lo que había de admirarle entonces sería... que hubiera tantos adaptados á lo inadaptable.
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Sarah Bernhardt celebra sus bodas de oro teatrales. ¡Cincuenta años de teatro! Y todavía su arte extraordinario, único en la historia de la escena, logra sobreponerse á los ultrajes del tiempo. Verdad es que nunca el espíritu se sirvió de medios tan inmateriales de expresión material como en la divina artista. El cuerpo de Sarah nunca tuvo edad; su voz no fué nunca de humano timbre. No era la voz que se oye; era la voz con que se sueña. Era como la luz musical del pensamiento. Y ¡la noble armonía de sus actitudes! No hubo sensación fugitiva que no se consagrara en ella, como en escultura, para la inmortalidad.
París, escéptico adorador de sus dioses, ya sonríe ante los cincuenta años escénicos de la actriz bisabuela; pero sonríe cariñoso y admirado. Sarah, con muy buen acuerdo, ha ido á celebrar sus cincuenta años de teatro á Inglaterra. Los ingleses saben admirarla sin escepticismo. La juventud espiritual de Sarah es para ellos tan respetable como la propia juventud de la vieja Inglaterra. Un milagro de voluntad, si al decir voluntad cabe decir milagro. Esa gloriosa vida de arte supone una tensión constante de espíritu sin un desfallecimiento, sin una desconfianza en las propias fuerzas. Sarah sólo ha vivido para su arte; el arte ha correspondido, generoso, á tanta fidelidad.
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En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los tristes efectos del _absentismo_. De las casas grandes, de linajuda nobleza, cuyas más saneadas rentas de Salamanca proceden, muy contadas han sido las que contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían muchos: «¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia?» Son días en que los humildes, no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo agradecen y lo admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de acortar distancias y de suavizar asperezas.
Las hermosas muchachas premiadas en el Concurso de belleza, las que vistieron los trajes clásicos de charra, tuvieron que pasear por la población en deslucidos coches de alquiler. ¿Para cuándo guardan los grandes señores de la provincia sus trenes de gala?
En la escolta de charros montaraces, que dieron guardia de honor á los príncipes de Baviera, faltaron los de casas muy principales. ¡Buen ejemplo para los de abajo!
¡Luego se quejarán del desamor de los humildes! ¡Pues qué!, ¿hacen algo por merecer su amor ó su respeto?
Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos deberes. No es de los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la provincia, alguna playa ó balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en la ruleta del Casino lo mejor de las rentas solariegas.
Los grandes señores han olvidado el arte de agradar, que, claro está, no es más que el arte de saber aburrirse. Pero ese arte es un deber de la nobleza y del dinero. Y ¡es un deber que está tan compensado! Siempre que procuramos agradar acabamos por ser agradables; y... cuando se es agradable, se está más divertido que nunca.
XXV