De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 4
Por eso al morir Menéndez y Pelayo hemos oído clamar su nombre; pero ese clamor sonaba como el eco de vacío aposento: un aposento que debieran haber llenado las obras del escritor, más admirado que conocido.
XVI
Los Museos de cuadros antiguos tienen algo de panteón. Un cuadro sólo parece animado con vida propia como acorde justo en toda una armonía de ambiente. El retrato del noble caballero ó de la dama infanzona, en la sala señorial de linajudo palacio, entre sillones y escaños de roble, mullidos de terciopelos ó damascos desvaídos; entre tapicerías heráldicas, candelabros de plata ó de hierro forjado, armaduras enmohecidas y códices miniados. La pintura religiosa de atormentado ascetismo, á la indecisa claridad de lámpara votiva, en un rincón de alguna antigua iglesia ó convento pobre. La pintura religiosa risueña, de vírgenes y niños de Dios familiares, divinizados por gozosa humanidad, en altares acariciados de sol, en iglesias muy blancas, de algún convento de monjitas más hacendosas que rezadoras; hadas de santidad con manos milagrosas para confituras, bizcochadas, bordados al realce y randales sutiles como vilanos ó telas de araña. Las triunfantes alegorías, entre mitológicas y caballerescas, con su trompetear de oros y púrpuras, en la amplia galería del alcázar, frente á los ventanales que dominan á la ciudad de leyenda.
Fuera de su lugar son los cuadros vago contorno espectral sin vida. Siquiera en los Museos dice la tumba, que es cada cuadro, un nombre glorioso. Y el nombre evoca un recuerdo vivo en nuestra memoria, y no es todo muerte.
Pero estas Exposiciones de cuadros modernos son aun más tristes. Si nos ponemos en la realidad, parecen almacén y dicen comercio. Si poetizamos, son como galería de nichos; pero con nombres que no dicen glorias; sólo dicen muerte, con la frialdad de una estadística.
Y uno por uno, en adecuado lugar, en propio ambiente, es posible que todos los cuadros estuvieran bien. Figuraos una Exposición de niños: al verlos allí solos, ante las miradas curiosas, indiferentes del público, no pensaríamos en que era alegría de una casa; pensaríamos en la Inclusa. El Arte necesita un calor que no puede hallar en las Exposiciones. Todo parece allí muerto ó abandonado, y, con la multitud de sepulturas, todo va en el recuerdo al hoyo grande.
Cuando la Exposición haya terminado, el Arte reconocerá á los suyos, como Dios en la matanza de hugonotes.
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Los sultanes de Marruecos serán muy brutos, pero no tienen nada de tontos. Cuando se hallan muy empeñados, en toda la magnitud de la palabra, corte de cuentas, borrón y... sultán nuevo. Como su dulce hermano, cuando se vió metido en el callejón sin salida de la Conferencia de Algeciras, Muley Haffid, acorralado por los franceses, tira por la calle de en medio y les deja con tres palmos de narices. Esta insolvencia--también en toda la extensión de la palabra--supone mucho trabajo y mucho dinero perdidos para los franceses. La diplomacia marroquí es única en el arte de no pagar al casero. Aunque, en este caso, el casero era el sultán y su arte ha sido el de quedarse con la fianza y el mes adelantado por un inquilino que está pagando el alquiler bastante caro.
Con este juego de sultanes compadres todo es tejer y tejer, para la diplomacia europea, en los asuntos de Marruecos. Lo peor es que Europa no consigue la civilización de Marruecos; pero Marruecos va á conseguir la descivilización de Europa.
En Francia, en el propio París, en el corazón de su corazón, como si dijéramos, ya se ha levantado cruzada contra el extranjero.
¡Si esto no es africanizarse!
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La opereta vienesa triunfante no será una fórmula suprema ni definitiva del Arte para los teatros de género chico. Yo la juzgo reacción saludable; tal vez extremosa, como todas las reacciones. Hay quien la juzga inferior á nuestro género chico; hay quien, por el contrario, asegura que ésto ha matado aquéllo. En mi opinión, mejor puede decirse: Aquéllo ha traído ésto.
Aquéllo, es decir, nuestro género chico ¡había caído tan bajo! Hay que convenir en que la gracia española es siempre agresiva, dura. ¿No ha sido el hambre tema fecundo de chistes en nuestra novela y en nuestro teatro?
También el error de muchos escritores, al creer que lo castizo sólo se halla en las clases bajas de la sociedad española, porque es en ellas más superficial y no cuesta desentrañarlo, como en las clases alta y media, trajo la fatigosa repetición de cuadros populares, de cada vez más falseados.
De la calle vinieron admirables cuadros al teatro: _La verbena de la Paloma_, _El santo de la Isidra_; los hermanos Quintero trajeron las calles andaluzas, con su sana alegría y sus limpios donaires. Pero después llegaron los imitadores; como ya no quedaba qué traer de la calle más que el arroyo, se trajeron el arroyo al teatro con toda su suciedad y su grosería.
Esta opereta vienesa representa, en el género, la reacción idealista. Su gracia es inocentona, sus chistes infantiles, su literatura de novela sentimental á la moda del año 30; pero todo es dulce, amable, de una fantasía sin perversión, como sueño de niña casadera. Los dúos de amor terminan con besos en tiempo de vals y en el ritmo del vals se espiritualizan. Los hombres son galantes y las mujeres coquetas. Nadie se insulta ni salen á relucir las navajas. Las aldeanas visten de raso y ofrecen flores. Los militares son como príncipes de cromo...
Todo es lindo, lindo. ¿Pondremos á la finura el reparo de cursi? De ningún modo. Más vale que nuestras cocineras aprendan estas finuras de las operetas vienesas que no nuestras señoritas aquellas ordinarieces. Y perdonen los casticistas.
XVII
El conde de Pradére ha tenido un rasgo de verdadero españolismo al adquirir _La Vicaría_, de Fortuny. Ya que del conde no puede decirse nada, se dice del cuadro. Ha pasado de moda; Fortuny ya no se lleva.
Y ¿qué pintor no ha pasado por estas alternativas y veleidades de la moda? Tiempo hubo en que Murillo era estimado sobre Velázquez, el Greco era menospreciado y Goya no era tenido en mucho. Ahora mismo ¿no hemos desempolvado á Lucas?
La pintura de Fortuny está, sin duda, en ese período crítico para toda obra de arte: cuando se está viejo y no se ha llegado á ser antiguo. Hasta muy pocos años ha ¿no eran risibles y ridículos los retratos de señora con su miriñaque? Hoy ya tienen valor histórico. Actrices modernas se han atrevido á presentarse con miriñaque en escena al interpretar obras de aquel tiempo. Y obras dramáticas; á lo que ninguna actriz se hubiera atrevido antes, segura de comprometer el éxito, ante el público regocijado.
El polisón no ha logrado todavía estos honores. Dentro de algunos años tendrá también su valor histórico y las actrices podrán atreverse con él como ahora con el tontillo y con el miriñaque.
Fortuny, como Meissonier, como tantos otros pintores, indiscutibles en su tiempo, pasan ahora por el período difícil del miriñaque y del polisón.
La posteridad inmediata es el más recusable juez para las obras de arte. Sólo nos interesa lo actual ó lo que ya parece muy lejano. Lo que pasó, pero aun está cerca, diríase que nos envejece al considerarlo. Mejor sabemos dar razón de las guerras púnicas que de la guerra francoprusiana. Más sabemos de Carlos V que de Isabel II.
_La Vicaría_, de Fortuny, recobrará su puesto de honor en la historia de la pintura española. Aunque no fuera más que por la numerosa descendencia que tuvo. Durante medio siglo la pintura española fué procedente de Fortuny. Los grandes cuadros de historia, teatrales en sus personajes y en su indumentaria, los cuadros de género, lindos, acabaditos, como miniaturas: de una España amable, bonita, de terciopelos, rasos y blondas. Visión de un arte lisonjero que á todos nos tenía adormecidos hasta el despertar cruel del desastre. ¡Oh! ¡El arte optimista!
Hoy todavía dicen algunos de Zuloaga que nos calumnia. Zuloaga no hubiera pintado nunca _La Vicaría_.
_La Vicaría_ era un cuadro de sueño. Los cuadros de Zuloaga son el despertar. Pero ¡hay quien dormía tan á gusto!
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En Barcelona la opinión ilustrada de algunos médicos se ha creído en el deber de llamar la atención sobre los perjudiciales efectos causados en la imaginación de los niños por las películas cinematográficas.
El cinematógrafo, como el teatro, abusa de lo terrorífico.
Cuando la vida era más ruda y violenta; cuando la expansión individual alternaba, por lo menos, grandes heroísmos con grandes crímenes, estos espectáculos de horror no podían ser tan nocivos. En la vida moderna, tan socialmente disciplinada, en que los buenos ciudadanos no son capaces de grandes heroísmos ni de grandes virtudes, por no desentonar, por no descomponer el conjunto, y sólo se manifiesta el individualismo en los rebeldes y en los criminales, el contraste es más llamativo. Para una imaginación inquieta, al huir del gris monótono, sólo ve la intensidad del rojo de sangre. Los criminales son como héroes cuando no vemos héroes mejores.
Los dramas y las novelas románticas de ahora son dramas y novelas de ladrones y de asesinos. Sus aventuras son robos y asesinatos.
Estos son los modernos libros de caballerías, capaces á crear elementos artificiales inspiradores de siniestros propósitos.
El teatro y el cinematógrafo para los niños es un problema de higiene, un problema educador en que el Estado debe intervenir con urgencia.
Nuestras calles y nuestras casas, y el espectáculo todo de nuestra vida, ya son bastante para manchar el alma de nuestros niños. Que al asomarse con la imaginación á los sueños de nuestro Arte, nuestro Arte no sea más sucio, más negro que la misma vida.
¿Llevaríais á vuestros hijos á pasear por un estercolero ó junto á una charca pestilente?
Pues aun es más necesario el aire puro á su imaginación que á sus pulmones.
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Al ver cómo se interesaba la opinión por el nombramiento del nuevo director de la Biblioteca, alguien de buena fe habrá pensado: ¡Gracias á Dios que nos interesamos por algo que no sea política menuda ó torería!
¡Ay! Todo es uno y lo mismo. Si la gente se ha interesado en este caso es por lo que ello ha tenido de política y de torería. La importancia del cargo era lo de menos. Las personas designadas para ocuparle, significaba poco. Lo divertido era la lucha, la competencia. Hasta se han cruzado apuestas.
Como siempre, y muy á la española, los partidarios del uno negaban al otro todo merecimiento.
La triste satisfacción que pueden tener uno y otro es la seguridad de que los más fieros disputadores eran los que más ignoraban el valer de los dos ilustres contrincantes.
En España sería millonario cualquier escritor si le leyeran todos los que le admiran y la mitad siquiera de los que le odian.
XVIII
Desde Hamburgo me envía persona respetable el original y la traducción de un artículo publicado en el diario _General Anzeigner_, de la ciudad citada.
Extractaré lo más substancioso, según la traducción de referencia. El artículo se titula «Deshonra de la raza», y dice, entre otras cosas: «Varios periódicos publican relación de las impúdicas aproximaciones de algunas señoras y señoritas de raza blanca, á los hombres de la tribu de beduínos que actualmente se exhibe en el Jardín Zoológico de Hagenbeck, en Hamburgo.
Los buenos beduínos vinieron á las manos por cuestión de faldas y fué necesaria la intervención de la Policía y la repatriación de los más levantiscos.
Aunque la empresa Hagenbeck ha tomado enérgicas medidas para evitar la repetición de estos incidentes y ha dado á sus empleados orden terminante de expulsar del parque á toda _señora_ que se aproxime á los beduínos en forma sospechosa, todavía han ocurrido escenas tan lamentables como la que acabamos de describir.
Triste y lamentable es que la mujer alemana, por lo general de carácter y costumbres ejemplares, olvide hasta ese punto su decoro.»
Otras muchas consideraciones trae el artículo; pero no quisiera que, al transcribirlo, nadie creyera que yo me complacía en publicar debilidades de algunas señoras alemanas; debilidades que, si allí son excepcionales, aunque numerosas, no son exclusivas de Alemania.
Cuando en París se han exhibido de estas tribus salvajes, en el Jardín de Aclimatación ó con motivo de Exposiciones universales ó coloniales, tampoco han faltado curiosas de amores exóticos.
Los mulateros de la calle del Cairo, en la Exposición de 1889, fueron en aquella temporada, la _coqueluche de cés dames_.
Por aquí no menudea ese género de exhibiciones. Sólo hemos tenido una de aschantis y otra de esquimales, en los malogrados Jardines del Buen Retiro. Para prueba no es mucho. La mujer meridional, contra la vulgar opinión, es mucho menos acometedora en amor que las mujeres del Norte. Pero, en fin, celebremos que las exhibiciones no hayan sido muchas y que los aschantis y los esquimales fueran, unos, demasiado negros, y otros, demasiado descoloridos.
Las inglesas, por su parte, también se han significado bastante en estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro está: con pretextos de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido siempre maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses tienen una religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su conducto no es nunca consecuencia de una religión ó de una filosofía, sino lo contrario; la religión ó la filosofía, consecuencia de su conducta. La conciencia procede del acto; como en todos los pueblos y en todos los hombres fuertes.
Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en tierra de filosofías para todos los gustos, no se andan por las ramas filosóficas y se descaran buenamente en este sistema de colonización pacífica y casera.
La mujer tiende siempre á restaurar más que á revolucionar. Esta manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es, quizás, un argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas humanas. Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y en todas las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que no haya duda en la clasificación: las limpias y... las puercas.
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De todas las intolerancias, la más intolerable es la pretensión de un monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.
Por esta pretensión se ha planteado un desagradable conflicto en el benéfico Instituto del doctor Rubio.
La Junta de señoras pretendía sustituir á las enfermeras laicas por hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la voluntad del doctor Rubio se oponían á esta sustitución. No obstante, con mayor espíritu de tolerancia, no se oponían á que alternara un número determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado número de enfermeras en la asistencia de los enfermos.
Las señoras intransigentes no admitieron este _modus vivendi_. Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa protección al benéfico Instituto.
No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á respetar, á admirar á las hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento la figura de una de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero yo sé que bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como aquella hermana.
Cuando se fundó el hospital del Niño Jesús, el primitivo, en el barrio de las Peñuelas, era su directora una admirable mujer, por su talento y por sus virtudes: sor Rosalía. El doctor Tolosa Latour la conoció seguramente y podrá atestiguarlo. Ella sola podía ser honor de una institución. Pero también, como aquélla, son muchas otras.
Pero también como éstas y como todas las hermanas de la Caridad, hay otras mujeres inteligentes y honradas y buenas, capaces de cumplir con su deber profesional tan santamente como las hermanas de la Caridad con su deber religioso.
Cuando alguien cumple con su deber, no debe preguntársele en nombre de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas señoras de la Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que sólo un doctor especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen católico, protestante ó librepensador.
El personal facultativo del establecimiento se basta y se sobra para juzgar si las enfermeras atienden con solicitud á los enfermos y cumplen con su deber. Ellos son los más interesados en que así sea.
Ni el amor al prójimo, ni la más sublime caridad, ni el sacrificio por la más alta idea del deber, son patrimonio de una creencia religiosa determinada. ¿Con qué derecho puede negarse á nadie que cumpla con su deber, porque sus razones no son las mismas que las nuestras?
Además, no hay religión en el mundo que llegue á imprimir uno solo de sus mandamientos en nuestro corazón, si en nuestro corazón no estaban ya impresos todos los mandamientos religiosos.
XIX
Doña Sol Rubio, hija del eminente fundador del Instituto Rubio, me pide en carta abierta rectificación de algunos errores en que incurrí, por equivocados informes, al relatar los hechos que dieron ocasión á disidencias en dicho Instituto.
No fué descortesía mi retraso en acusar recibo de tan atenta carta, sino el deseo de rectificar en esta misma sección.
Lo de menos eran los hechos en mis apreciaciones. Pero, en fin, conste que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no podían admitir la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras.
Lo importante era consignar que bien estaban unas y otras, como todas cumplieran con su deber.
Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise significar el no hallarse sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin poner en duda su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad y, sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión católica resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes.
¿Estamos todos contentos?
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La noche del miércoles pasado fué de fiesta mayor en casa de Joaquín Sorolla. Se obsequiaba á Mr. Huntington, hispanófilo americano, meritísimo de cuantos honores pueda España ofrecerle.
La casa de Sorolla es un palacio del Arte, tan á la española trazado, que allí la suntuosidad no es soberbia ostentación, sino hidalga limpieza. Antes que el palacio os admire os acaricia el hogar, y antes que las maravillas del Arte absorten vuestros ojos el amor y la paz familiares ungieron de buenos pensamientos vuestra frente. Por inquieto y perturbado que esté nuestro espíritu, cuando nos hallamos entre gentes buenas y dichosas nos sentimos también dichosos y buenos, como si las alas de nuestros ángeles custodios, los que nos guardaban de niños, volvieran á traernos nuestra inocencia.
Con vuelo impetuoso más suele el Arte destruir que labrar nidos. Sus glorias rara vez van unidas á la gloria de amar y ser amado. Por eso al juntarse en la casa de Joaquín Sorolla, este hogar del Arte, este palacio del Amor, parece como un templo ideal á una diosa más ideal todavía: la felicidad.
La casa de Joaquín Sorolla es tan española como el alma de cuantos la habitan; modelo de la verdadera familia española. ¡La familia española, la más pura gloria de nuestra raza!
La casa de Joaquín Sorolla debiera ser provechosa lección de edificaciones españolas enfrente de tantos esperpentos á la francesa, á la inglesa y á la suiza con que la cursilería europeizante deshonra nuestras tradiciones arquitectónicas.
Sorolla debe ahora recorrer toda España. Estudia tipos y paisajes para el grandioso friso decorativo del Museo Español de Mr. Huntington en los Estados Unidos.
¿Podíamos soñar mejor desquite de pasadas humillaciones? Detrás de una puerta cerrada, en un gran salón, se nos dice que están los estudios del natural apuntados por Sorolla para su gran obra. La entrada está prohibida. Míster Huntington no quiere que nadie goce las primicias de su encargo. ¡El simpático hispanófilo no lo es del todo!
Nada podemos ver, pero es mucho lo que adivinamos. Adivinamos, con los ojos que tantas admirables obras del gran pintor español admiraron, la más asombrosa evocación de España, la verdadera España: luz, color, brío. Se abren ante nosotros páginas del Romancero y del _Quijote_, de las novelas picarescas y de las hazañas de Italia y de Nueva España...
Y también tristezas, y también sombras que el pincel de Sorolla, al no mentir, no lisonjea. Pero de esas sombras y esas tristezas no se alza el pesimismo espectral, agüero de muerte; es más bien la sensación caótica de algo muy fuerte y vigoroso que no puede morir porque no ha nacido todavía.
He aquí la obra de un gran pintor, todo realismo, que, para poner espíritu en su obra, le basta con poner verdad. Y todo es Arte.
Y es que en Arte hay dos grandes estilos: uno, en que el alma del artista envuelve el alma de las cosas; otro, en que el alma de las cosas envuelve el alma del artista.
XX
Con la firma de «Un concursante de buena fe» recibo una carta muy atendible, de la que copio lo más interesante:
«¿Querría usted llamar la atención del Ayuntamiento respecto á lo que está ocurriendo con el tercer concurso de comedias?
Es el caso que, iniciativa tan plausible, no ha dado hasta ahora otro resultado práctico que molestar inútilmente á los Jurados y hacer perder tiempo é ilusiones á los concursantes de buena fe.
Tres concursos van convocados; permítame que en pocas palabras le recuerde el historial de cada uno.
El primero se convocó el 29 de Noviembre de 1909. Al expirar el plazo de admisión se habían presentado 153 obras. El Jurado, que formaban los señores Sellés, Rodríguez Marín, Répide, Gómez de Baquero, Linares Rivas y Jurado de la Parra, falló el 25 de Junio. (Es decir, invirtió menos de cuatro meses en examinar los 153 originales), premió la comedia _Los jácaros_ y mencionó con elogio otras varias.
Bajo su firma declararon los señores del Jurado que el concurso era excelente. ¿Recuerda usted el expresivo artículo que Répide publicó en _El Liberal_? Pues si hubiera sido pésimo, no hubiera fracasado de más completo modo. Ninguna de las obras elogiadas se ha representado, ni siquiera la premiada, en el Español ni en ningún otro teatro.
Segundo concurso. Se convocó el 5 de Diciembre de 1910; se clausuró el 5 del siguiente Marzo, con 86 originales. El Jurado, que formaban los señores Villegas, Linares Rivas, Zozaya, Bueno y Martínez Sierra, tardó en fallar cerca de nueve meses. Por fin, premió la comedia _El bobo_ y declaró por buenas otras cinco.
¿Resultado práctico? Acaso por la demora del fallo, _El bobo_ sólo pudo estrenarse, al terminar la temporada oficial, en deplorables condiciones. Así, mal ensayada, representada para salir del paso, la obra sólo tuvo las tres representaciones á que obliga la ley. Las demás comedias elogiadas siguen inéditas.
Antes de fallar en el segundo concurso--vea otra anomalía--se convocó para el tercero. Al terminar el plazo de admisión--el 4 del pasado Febrero--sólo había presentadas 46 obras. Esta progresión descendente significa mucho también. Estamos á fines de Junio, esto es, han transcurrido cinco meses, y ni hay fallo, ni se sabe si hay Jurado, aunque en el Ayuntamiento son pródigos en dar noticias hasta de lo que pasea cada concejal.
¿Considera usted justo hacer una excitación al Ayuntamiento, encaminada á que se sepa lo que ha sido de esos originales y á evitar que, una vez más, se esterilice la iniciativa con un fallo en exceso tardío?»