De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)

Part 3

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Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan Valera: el de ser un tanto _engorroso_. Y esto fué lo que alabaron en él de prudencia.

* * * * *

El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la baratura del precio en las localidades.

Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el desinterés del señor Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea, por fin, un teatro popular, por sus precios, al alcance de las clases menos acomodadas.

¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos los medios el abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro español sea un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no concedérselo al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y republicanas.

Entonces, si un millonario generoso se ofreciera como empresario del teatro Español para obsequiar al público con funciones gratuitas, ¿no se le concedería el teatro?

Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de las localidades lo que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?

No es al precio, sino á la calidad del espectáculo á lo que debiera atender el Ayuntamiento.

Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El Ayuntamiento, en este caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más caro, sabiendo que peor es imposible.

XI

Dice una antigua canción inglesa, parafraseada por Dante Gabriel Rossetti: «El mar no tiene más rey que Dios».

Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros del _Titanic_, navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de haberle vencido. En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber pagado muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas, bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada. ¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con toda su fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como un símbolo de un Estado social capitalista, defendido por cañones y escuadras pagados á buen precio, como el pasaje en el transatlántico de lujo.

Algunos de aquellos millonarios, grandes industriales, hombres de negocios, quizás buscaban en viaje de recreo descanso á sus preocupaciones, al malestar causado por una huelga obrera en sus fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les parecían de mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar un reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el vengador?

Vencieron la huelga de los hambrientos y no contaban con el hambre vengativa del mar.

Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios religiosos. Pero hay una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta imprevista nivelación ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de justicia que resplandece sobre la tierra.

Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su muerte ponen inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio de los miserables.

¡También los grandes transatlánticos pueden hundirse en un momento!

Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras, donde van á ganarse la vida pescadores y marineros de ventura, ya puede haber algo de simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios! Más grande y más fuerte que la tierra, ni siquiera el dinero.

* * * * *

Y el mar no cuenta sus historias con ruinas, epitafios ni monumentos, como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á cada paso: «Aquí fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la Acrópolis de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni vestigios de ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos dice: ¡Eternidad!

Por eso en él se templan las almas mejor que en la tierra. Unos pobres músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que tal vez en el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y fué su pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en que acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que animó el danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía de recreo.

* * * * *

Monsieur Le Bargy, el ex socio de la Comedia Francesa, en reciente entrevista con el travieso _Duende de la Colegiata_, ha juzgado con despectiva frase á los actores italianos.

Al decirle el inquieto duende que los actores italianos ensayan las obras con mayor prontitud que los franceses, el celebrado actor hubo de replicar: ¡Así las hacen!

¿Cree el aplaudido intérprete de _El marqués de Priola_ que es tanta la diferencia y siempre en favor de los actores grandes actrices?

Ni por artistas, individualmente considerados, y por compañías, en su conjunto, mucho menos, creo, y conmigo el público madrileño, que la desventaja está de parte de los actores italianos.

Entre los actores franceses los hay excelentes ¡quién lo duda! Pero, sea por culpa suya ó de los autores que para ellos escriben, lo cierto es que su trabajo se limita á una especialidad. Ni Sarah, ni la Bartet, ni la Réjane han interpretado en toda su carrera artística la variedad de obras y de personajes distintos que nuestra María Guerrero ó cualquiera de nuestras actrices.

Ahora mismo, en el último retrato de Sarah, intérprete de la obra _Isabel de Inglaterra_, vemos á Sarah, la de siempre, vestida... como Sarah, no como la reina Isabel; peinada... como Sarah... La misma Sarah que se presentó rubia en _Cleopatra_ y ha sido Sarah eternamente; como Guitry es Guitry siempre y Mounet Sully es Mounet Sully en cuantas obras interpreta.

Actor por actor, ni Sarah es la Duse, ni ninguno de los actores franceses que nos han visitado es comparable á Zacconi, á Novelli, á Emmanuel, á Ceresa, á Flavio Andó; ni las compañías francesas, la de Antoine inclusive, han presentado nunca un conjunto como cualquiera de las compañías italianas.

En arte escénico no hemos podido aprender nada de los franceses; de los italianos, sí.

Los actores franceses van demasiado poseídos de su superioridad por esos mundos. Ya es hora de que se vayan desengañando.

Y conste que soy el primero en admirar á los buenos actores franceses y, entre ellos, á M. Le Bargy, á quien es lástima que el público madrileño no haya podido admirar como galán joven cuando, al sustituir á M. Delonnay en la Comedia Francesa, era excelente intérprete de las comedias de Musset.

Hoy, como primer actor, _grand premier sole_, habría algunos reparos que ponerle. Pero no es cosa de complicar la cuestión de Marruecos.

XII

El actor M. Le-Bargy me ruega que inserte en esta sección la siguiente carta. Así lo hago con sumo gusto y fina voluntad.

«Sr. D. Jacinto Benavente.

Muy señor mío: He tenido ocasión de decir á uno de sus compañeros que la improvisación en cualquier arte no me parecía un buen mecanismo de perfección en el trabajo y que para la _mise en scene_ de una obra dramática prefiero, á los bruscos procedimientos de los comediantes italianos, el sistema de los ensayos lentos y minuciosos que han adoptado los teatros de París. Con tal motivo, se ha lanzado usted á la guerra como un conquistador y ha declarado que en la interpretación dramática, París ha sido eclipsado por Roma.

Las opiniones son libres; mas tengo la costumbre, respetándolas todas, de no prestar atención sino á aquellas que se apoyan sobre pruebas ó sobre la autoridad de un juicio informado, prudente, comprensible. Respeto, pues, infinitamente su juicio sobre los actores franceses; pero excusándome de no poder detenerme en esto, pues se vislumbra en aquél una idea preconcebida de menosprecio, ó al menos el desconocimiento absoluto del genio de nuestra raza. Si yo tomase en consideración lo que ha dicho usted, en particular, de Sarah Bernhardt y de Mounet Sully, haría, al defender á estos gloriosos artistas, un esfuerzo más vano sin duda que el que hizo usted al atacarles.

Antes de despedirme os ruego vengáis un día á París: tendré el honor y el placer de recibirle, enseñarle nuestro arte dramático en su propio marco y revelarle esos matices que parecen haber pasado desapercibidos á su fino discernimiento.

Queda su más atento seguro servidor, q. b. s. m., _Ch. Le-Bargy_.»

Conste, en primer término, que mis ideas respecto á los actores franceses podrán ser equivocadas, pero no preconcebidas, como M. Le-Bargy asegura.

Contra la opinión de la crítica, en general, juzgué en la temporada anterior al artista italiano Caravaglia como desdichado intérprete de _Hamlet_. Ya ve M. Le-Bargy cómo no siempre es Roma la capital del Arte. En Italia, por fortuna, el Arte está descentralizado y no es Roma, ciertamente, la capital artística de mayor importancia.

He sido y soy gran admirador de Sarah, sin desconocer que la Duse es artista de más sinceridad.

En cuanto á Mounet Sully, cuando tanto dió que reir al público madrileño, fuí de los pocos defensores que tuvo. No me negará M. Le-Bargy que el arte de Mounet Sully es un arte _sui géneris_, y en el mismo París no todos son admiradores del fogoso artista. Monsieur Le-Bargy procede con nobleza al defenderle, ya que todos sabemos que no ha reinado siempre la mejor armonía entre el decano de la Comedia Francesa y el propio M. Le Bargy.

¿No recuerda el excelente artista--han pasado algunos años,--durante una representación de _Enrique III y su Corte_, de Dumas, padre, una desagradable escena, _hors d'oevre_, ocurrida entre M. Le-Bargy y Mounet Sully? Parece ser que Mounet Sully reprendió en tono algo destemplado á M. Le-Bargy por haberse permitido una alteración en la _mise en scene_ de la obra. Monsieur Le-Bargy replicó con la misma viveza y dijo, refiriéndose á Mounet Sully: «Il se permet bien d'autres».

Ya ve M. Le-Bargy que conozco las intimidades artísticas de los teatros de París tanto como á sus actores, y que mi juicio podrá ser equivocado, pero no ligero. Es el de todo el público madrileño, y M. Le-Bargy sabe que empieza á ser el del americano.

Los actores franceses carecen de sinceridad; son muy especialistas. ¿Puede citarse una actriz francesa que haya interpretado la variedad de personajes que María Tubau, María Guerrero ó Rosario Pino?

Los actores franceses cuentan por docenas lo que ellos llaman sus «creaciones»; los actores españoles y los italianos, por cientos. Esta intensidad en la variedad es tan estimable, por lo menos, como la intensidad en la unidad. Y para el público, más interesante.

Si alguna vez vuelvo á París, tendré sumo gusto en saludar á M. Le-Bargy y en atender sus indicaciones; aunque temo no consigan rectificar mis juicios, ya que, actrices y actores, por dicha suya, serán los mismos que tuve ocasión de aplaudir, hace treinta años, cuando fuí á París por primera vez, y los mismos que he vuelto á celebrar cuantas veces he vuelto. Y los actores ¡ay! no son como el buen vino: con los años y con los viajes no ganan nada.

XIII

Existen industrias por esos mundos de las que no tenemos aquí la menor idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En Inglaterra, en el condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta novísima producción, recompensada con no despreciables rendimientos.

En Inglaterra son muchos los coleccionistas de mariposas. Son muchos también los Museos que tienen por proveedor á míster Newman. La moda también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores se cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el efecto es muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.

Para obtener alguna nueva especie de mariposas es preciso un procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea una mezcla de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo de pera. Con esta mezcla se trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las rayas han de ser verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45 centímetros de largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto más cerrada la noche, más fructuosa recolección.

Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien mullida de algodón en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la raya azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con un dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la mariposa, la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde allí pasa á las jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata muerte.

Míster Newman posee unas cien mil mariposas. Algunas de ellas, como la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á cinco y seis francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía, las ganancias compensan lo suficiente.

Y ¡es una industria tan poética! Aquí no se concibe. Y eso que el procedimiento de «azucarar» es muy conocido. Es el medio empleado por los Gobiernos para obtener mayoría en todas las votaciones. Los caramelos repartidos con profusión en el Parlamento vienen á ser el símbolo tangible y chupable de otras más apetitosas golosinas. Todo es «azucarar».

Pero ¿quién ha de criar mariposas aquí, donde es preciso proteger á los pájaros y donde no quedará dentro de poco animalito con alas, pájaro, mariposa ó poeta?

Lo raro es no ver cazuelas de mariposas fritas como de pájaros. Entre la substancia de una mariposa y la de un pájaro... ¡Comida de ilusión! Por eso tan española, tan madrileña sobre todo. El pájaro frito viene á ser para los madrileños la gallina que Enrique IV de Francia deseaba para todo ciudadano francés, como garantía de paz y de ventura en sus Estados.

En estos de España no pueden pedir los gobernantes más de lo que asegura un pájaro frito.

Ahora se trata de proteger á los pájaros con detrimento de la popular alimentación.

El pájaro tiene una leyenda sentimental de beneficioso para la agricultura.

Yo sé de quien prohibió que se matara ni se hostigara á un solo pájaro en sus huertas y tierras de labranza, y ¡vaya si notó el beneficio! De la siembra dieron tan buena cuenta como administrador en «absentismo» del amo. Y de la fruta... como si se hubieran propuesto anunciar un remedio contra la obesidad: la dejaron toda en los huesos.

Por eso digo que lo de beneficiar á la agricultura debe ser leyenda que han hecho correr los pájaros en combinación con los naturalistas. Y es que la mayor parte de los naturalistas estudian á los animales... disecados. Como al pueblo la mayor parte de los sociólogos. Así hay tantas lamentables equivocaciones al legislar.

* * * * *

Dentro de pocos días tendremos en el teatro de la Comedia una compañía italiana con el repertorio del Gran Guignol, á imitación del tan celebrado de París.

Género teatral, á ratos también literario, muy á la moderna. Rápido, cinematográfico, violento, brutal en ocasiones, se apodera del espectador por los nervios. ¡La inteligencia y el corazón se defienden tanto! Los autores dramáticos, atentos á la psicología del público, han comprendido que el espectador moderno es más atacable por lo fisiológico. Se impone un teatro rascanervios. Como única emoción, el espanto; como único razonamiento, la sorpresa; como único sentimiento, la curiosidad.

El autor se entra por los nervios del espectador como un loco, como un criminal, como un violador. Le considera como á una mujer histérica, se impone á él como hipnotizador, como alienista, como juez de instrucción. Es un teatro para estudiar á los espectadores. Obtendrá un excelente éxito. Sobre todo con las señoras. ¡A las mujeres les gusta tanto asustarse en público!

Después, y visto el buen éxito, padeceremos las imitaciones consiguientes. Y aquí sí que puede decirse como de tantas otras cosas: ¡Bien vengas, Gran Guignol, si vienes solo!

XIV

Un escritor de alto entendimiento y generoso corazón, el señor Zozaya, ha supuesto que yo era enemigo de los pájaros. De ningún modo.

Unas cuantas libras de fruta averiada por su glotonería no es razón para malquistarse con los pájaros. Como unas cuantas pesetas «sableadas» por un amigo no es razón para reñir con él, si el amigo es simpático y sablea con gracia; que es el caso de los pájaros al picar en la fruta.

Nadie como yo les defiende de asechanzas de gentes y de muchachos. Para sazonarles la acidez de la fruta añado unas migajas de pan á su merienda.

De no haber sido gato en otra encarnación--en ésta lo soy por gracia de madrileño--ó ave de rapiña--menos probable, pues no me queda el menor instinto,--no me remuerde la conciencia por haber perseguido, maltratado, cazado, ó simplemente devorado, después de cazado por otro, al más insignificante pajarillo.

A predicarles, como San Francisco de Asís ó San Antonio de Padua, no he llegado. Pero versos de Rubén Darío, de Gabriel D'Annunzio y de Guerra Junqueiro sí han podido oirme recitar en mis soledades, á las horas de siesta canicular, en que todo se amodorra, como en la cantada por Zorrilla. Todo, menos los pájaros y yo, bien hallados á la sombra de un huerto, oasis en dorada llanura castellana.

Su piar y los versos por mí recitados son como escala de armonía infinita, ascendente, que va del abecedario, balbucido por labios infantiles, al libro todo sabiduría.

Por todo esto amo á los pájaros, sin pararme á considerar si son útiles para la agricultura.

Mis poetas tampoco le serán de gran utilidad.

Pero yo no quisiera creer que los pájaros cantores y yo, recitador de poetas, somos como un insulto á los campos de trabajo y de pena que nos rodean.

Tampoco debemos creer, como algunos pájaros y muchos poetas, que todo aquello no es más de apropiada decoración para nuestra escena poética.

Como el piar de los pájaros es preludio balbuciente de tanta música y tanta poesía, mi recitar de versos en el silencio de los campos abrasados acaso es también preludio de cosechas futuras. Los poetas no pueden haber sembrado en vano. Entre tanto, sería injusto preguntarles como á los pájaros: si son útiles para la agricultura.

* * * * *

Los niños son muchas veces víctimas de la vanidad de los padres. Los perros, de la vanidad de sus amos.

¿A qué otro sentimiento responde, en el primer caso, los concursos de belleza infantil, los disfraces de Carnaval, la exhibición de habilidades en los niños; en el segundo caso, las Exposiciones de perros? Los pobres animales, encerrados en jaulas mal acondicionadas, rodeados de personas extrañas, padecen, inocentes, el mal del siglo: el exhibicionismo. Cuando ya no tenemos más que exhibir, exhibimos al perro.

El perro, animal simbólico de la fidelidad, atributo de tumbas conyugales en otros tiempos, simboliza en estas Exposiciones la exhibición íntima de los hogares. Ya sabían ustedes cómo éramos todos en casa: la señora, las niñas, los criados; ahí va el perro. Que no se quede sin su fotografía.

El trabajo de los futuros historiadores no será, ciertamente, el de juntar documentos, sino el de aportarlos. ¡Bien documentada va la posteridad!

Ni siquiera tienen estas Exposiciones de perros la justificación de contribuir á la mejora ó propagación de las razas mejores. Sabido que no hay nadie tan egoísta como un poseedor de ejemplares de precio.

Es más difícil obtener la mano izquierda de uno de estos perritos de lujo que la derecha de una linajuda y bien dotada heredera.

Ahora que ha vuelto á reconstituirse la Sociedad Protectora de Animales, bajo la presidencia de una inteligente dama, debiera oponerse á estas Exposiciones tan opuestas al verdadero amor por los animales.

En algunas partes las Sociedades protectoras han llegado á oponerse al sostenimiento de las casas de fieras y jardines zoológicos.

Tratándose de animales feroces y salvajes, sin cesar perseguidos, yo no sé, ignorante de su concepto y su aprecio de la libertad, si ellos no pudieran preferir la cómoda y descansada vida de estos jardines y _menageries_ á la azarosa vida de las selvas y de los desiertos.

Tratándose de animales domésticos, no hay duda. La protesta de las Sociedades protectoras estaría más justificada.

El jardín zoológico puede ser civilizador para las fieras. Todas las razas salvajes se han civilizado en jaulas, más ó menos holgadas.

El perro está ya bastante civilizado. Volverle á la jaula es un peligro. Podría volver á sentirse lobo. Tal vez de puro civilizado participe del sentimiento vanidoso de los hombres y goce con las exhibiciones. Pero hay que concederle alguna superioridad mental.

Aunque lleva mucho tiempo de ser el mejor amigo del hombre. Mucho más que Muley Hafid de ser el buen amigo de los franceses. Debe estar contagiado del todo. Muley Hafid parecía más fiero y hoy está hecho un falderillo. Dentro de poco también estará en París en su buena jaula y ¡tan contento!

XV

_Voces de gesta_ ha aparecido en las librerías antes de ser representada en Madrid. Esto indica en cuánto más estima Valle-Inclán el juicio reposado del lector que la emoción arrancada al público, por sorpresa unas veces, con habilidades teatrales, que tienen más de lo artificioso que de lo artístico; otras, con los recursos del arte escénico: brillantez de la interpretación ó del decorado.

Son muy pocas las obras dramáticas que, como esta admirable tragedia de Valle-Inclán, pueden permitirse el lujo de su desnudez artística al presentarse sin engaños teatrales.

Al escribir estas líneas ignoro la opinión del público de teatro. Importa poco. Obras como _Voces de gesta_ están sobre el público, y su probable fracaso demostraría, una vez más, que hay un nivel medio del que no conviene elevarse. Yo estoy seguro de que el público del estreno, en el teatro de la Princesa, alcanza ese nivel con holgura. No me atrevería á decir lo mismo del público en los días de abono aristocrático.

_Voces de gesta_ es obra redentora. Ella sola se basta á redimir de muchos pecados teatrales. Es obra de esas que sirven para justificar á un empresario: «No dirán que no se hace Arte.» Y sirve para disculparle cuando no lo hace: «Pero, ya ven ustedes, el Arte no da dinero.»

Por desgracia, los empresarios tienen razón... mientras el público se obstine en dársela.

* * * * *

Hay que afrontar la verdad cara á cara. La Prensa periódica ha procurado, con alto patriotismo, realzar la tristeza de todos por la muerte de Menéndez y Pelayo.

En este caso, la actitud de tristeza no ha bastado á determinar el sentimiento, como afirma el psicólogo James.

Cierto que la persona de Menéndez y Pelayo ni su obra, por su índole misma, podían ser populares. Lo triste ha sido que, entre la misma gente culta, antes hemos advertido el revuelo alrededor de las muchas vacantes dejadas por el muerto glorioso que la emoción por su prematura pérdida.

En los mismos artículos necrológicos han podido advertirse más amplificaciones de fórmulas encomiásticas que estudio detenido de las obras de Menéndez y Pelayo. Sin duda el dolor embargaba las inteligencias.

Es muy de la tierra lo de contar por cada lector cien admiradores. Hablen los muchos que se decían admiradores de Costa, sin haber leído uno solo de sus libros; hablen muchos de los que se decían admiradores de Menéndez y Pelayo.

La fe y la admiración son muy amables formas de la pereza. Hay quien no cree y quien no admira por la misma causa.

Por todo esto, sucede que la fe, como la admiración, como sus contrarios, adolecen entre nosotros de una tibieza fundamental, por falta de fundamento, que en vano pretende mostrarse calurosa entre voces enfáticas y gestos exaltados.

Sólo parece al exterior, con luz del alma, lo que ha sido calor del alma interiormente.