De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 2
No hay que echar á mala parte nuestra ingratitud con los grandes hombres. Se ha dicho que la ingratitud es la independencia del corazón. Entre nosotros no es sino la independencia del cerebro. Nuestra ingratitud sólo es olvido, y somos olvidadizos por pereza.
Como la soberanía nacional en unos cuantos políticos de profesión, delegamos gustosos la facultad de discurrir, con tal de molestarnos lo menos posible.
Cuando admiramos ó cuando dejamos de admirar, no hay que tomar en serio nuestro entusiasmo ó nuestro desvío. Nada es convicción, todo es comodidad.
Así, no hay gloria duradera entre nosotros. Y no por combatida, por ignorada. La crítica, aunque fuera para negar, ya sería conocimiento, pero ya sería molestia. Es mejor suprimir.
La fama de todo gran escritor, por glorioso que sea, padece un eclipse peligroso: cuando extirpada la generación de sus admiradores contemporáneos, se suceden otras nuevas generaciones, solicitadas por nuevos nombres y nuevas glorias; cuando la obra es vieja y aún no es antigua; cuando ya no es actualidad y aún no es historia; cuando ya no creemos en el Revilla que la celebró en su tiempo y aún no llegó para ella el Menéndez y Pelayo que haya de consagrarla á nuestra admiración definitiva.
La gloria de Campoamor ha podido tener este eclipse. Los jóvenes dejaron de admirarle porque era el mejor pretexto para no leerle. Lo mismo ha sido con Víctor Hugo, con Lamartine, con otros muchos.
Apenaba la escasez de estudios biográficos y críticos de Campoamor y de sus obras. Entristece que el poeta de las mujeres no tenga una edición de sus obras, elegante, artística, digna de ser ofrecida á una mujer como regalo. Las mujeres ¡ingratas! dejaron morir al poeta sin ofrecerle el homenaje de su admiración y de su cariño.
Ahora, patrocinada por leales amigos, se abre una suscripción para erigir un monumento al poeta. Las hijas de aquellas madres que amó tanto, como él decía, ¿se acordarán del poeta? «Me besan hoy como se besa á un santo»; exclamaba con ternura de abuelo, en el noble ocaso de su vida.
Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los tienen por santos, y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande en ello batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y de las jóvenes distinguidas.
De este modo, como decía Hamlet, bien puede asegurarse que la memoria del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si fué fundador de iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo se canta:
¡Ya murió el caballito de palo, y ya le olvidaron así que murió!
Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres al monumento que ha de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que poetizó el dolor en femenino con nombre de dolora.
Andrés González Blanco ha redimido culpas de la juventud literaria de nuestros días con un magistral estudio sobre Campoamor; libro de crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un estudio todo serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles del siglo XIX, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de los que no leen.
En España, este público que no lee nunca es el que más sostiene el esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca piensa, el esplendor de las religiones.
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Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se oponen á la construcción de un Sanatorio para tuberculosos.
El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no tiene compasión. Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una poesía, capaz de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el deportista considera el mundo como un inmenso campo de recreo. Si su afición es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una inmensa carretera asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran de asfalto para deslizarse con suavidad sobre ellos.
Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines dominadores. Bien está que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un ejercicio tan saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa es tener valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario. Sí sabe uno cómo puede matarse, pero ¡cómo puede morir!
En este caso, los higienistas se ven combatidos con sus propias armas. ¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es casi heroísmo acercarse á un enfermo.
Lo que debieron considerar esos intratables deportistas opuestos á la construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que, más vale prevenir y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no vivir de continuo entre ellos sin medios de evitar el contagio. ¿Es el nombre lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede escribirse: Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es preferible y dónde es mayor el peligro.
VII
Es la Academia Española institución tan aristocrática y conservadora, que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos y en sus determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión pública y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo Bazán para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.
Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les conviene, es axioma de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene razón nunca. Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En España, tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes consideraba numerosos los tres ejemplares vendidos de _El cerco de Viena_, con relación á uno. La opinión general ¡se interesa tan poco por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en España, ya es ser un escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos celebrado siempre á Zorrilla, y, aparte _Don Juan Tenorio_, ¡cuántos de los que conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes obras, ¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?
La Academia Española debiera, pues, atender de vez en cuando indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el vulgo y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.
En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá atribuirse la demanda á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo Bazán ha sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á nuestras clases conservadoras el escritor metido en política--cuando esta política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les celebran el civismo y la literatura,--no se dirá en esta ocasión que la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro desinterés artístico de lo solicitado.
¿Qué puede oponerse á la concesión? Fundar la negativa en el sexo de la ilustre escritora sería notoria injusticia, y ni siquiera puede alegarse como tradición. Justamente las primeras Academias de España, aquellas Academias de poesía, famosas en lo antiguo, eran presididas y congregadas por mujeres y las más nobles y discretas damas concurrían á ellas. Los Juegos Florales, las Cortes de Amor, origen de las modernas Academias, por la mujer tuvieron vida y espíritu.
Por lo mismo que las Academias son instituciones aristocráticas, conservadoras, y está bien que así sea y esa es toda su razón de ser, yo creo que nada puede aristocratizarlas tanto como el ingreso de las mujeres distinguidas.
Sin negar ni desconocer el mérito de algunos escritores, indicados á cada vacante por la opinión pública, no dejo de conocer que su sitio no está en la Academia; desentonan. La Academia no debe atender sólo al mérito literario. No es en círculo tan selecto como una Academia, es en cualquier reunión de café, y hay escritores de gran talento y de grandes merecimientos á quienes no se les puede tolerar de contertulios...
Por eso está muy justificada la resistencia de la Academia Española á ciertos nombramientos.
Ahora, tratándose de la condesa de Pardo Bazán, ninguna oposición lo estaría.
¿Se teme que, una vez abierta la puerta á las mujeres, no habría marisabidilla ni literata de las perniciosas que no se creyera con el mismo derecho á ser académica? Esta objeción lo mismo reza con los hombres. ¡Pues sí que hay entre los escritores varones alguno que no se crea academizable!
Nos quejamos á todas horas de la inferior cultura y capacidad de la mujer, y cuando alguna mujer sobresale entre todas, la negamos el debido premio á sus merecimientos á pretexto de que es mujer.
Hay, además, una razón patriótica para que la condesa de Pardo Bazán sea nombrada académica. Muy pronto ha de ir á la República Argentina, quizás á otras Repúblicas americanas. Son pueblos progresivos, donde la mujer es el alma de la cultura, donde se tiene muy triste idea de nuestro atraso y de nuestro espíritu tradicionalista. Conviene, ya que una infanta de España fué nuestra embajadora política con todos los honores, que nuestra embajadora literaria vaya rodeada de todos los prestigios y pueda dar testimonio, no sólo de lo que puedan valer las mujeres entre nosotros, de esto se basta la ilustre escritora para responder, sino de algo que significa más para nosotros: de cómo sabemos honrarlas y enaltecerlas. Cuando al saber y al talento se le regatean satisfacciones en su patria, por donde va, más que grandezas, va atestiguando mezquindades.
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Se anuncia el estreno de una refundición, reducción, adaptación, ó como quiera llamarse, de _El barbero de Sevilla_, de Rossini, con destino á los teatros de zarzuela española y de género chico.
Hay quien clama contra esto, que le parece atentado y profanación contra la ópera de Rossini.
No lo creo así. Si las obras musicales fueran profanadas en cuanto no se presentan en toda su integridad y en su marco adecuado, profanadas están todos los días en interpretaciones detestables, en ejecuciones parciales, en sextetos, pianos, discos fonográficos, etc.
Popularizar y vulgarizar estas obras en condiciones decorosas me parece obra muy laudable. Sobre que el interés del refundidor y el de los artistas que han de interpretar estas refundiciones, han de tener en cuenta con quién y hasta dónde pueden atreverse. Seguramente, á nadie se le ocurrirá reducir _El ocaso de los dioses ni La Walkiria_.
Pero la música ligera y alegre de _El barbero_, ¿por qué no ha de oirse en nuestros teatros de zarzuela? En Romea oímos la «Quinta sinfonía», de Beethoven, entre las danzas de la Tórtola de Valencia.
El teatro Real es teatro caro. Hay muchos que no pueden ir á la montaña; hay que llevarlos á la montaña--_El barbero_ no son los Andes--aunque sea en pedacitos.
Créanlo esos críticos celosos del respeto debido á una obra. No es tan grave falta descender una ópera al género chico como elevar el género chico á categoría de ópera.
VIII
La obra literaria, el Arte moderno en general, aun en lo más serio y meditado, adolecen de inconsistencia, con aire de improvisación, de algo ligero y provisional.
En cada época hay un género literario dominante que, por decirlo así, da el tono á toda la literatura de una época. Hay un período literario épico, hay otro dramático, los hay líricos y los hay novelescos.
En la época actual el género dominante, el que da el tono á toda la producción artística, es el género periodístico. La literatura periodística domina sobre todo el Arte moderno.
El poeta lírico, el autor dramático, el novelista, el orador sagrado, el historiador, pintores y escultores; todos ellos son periodistas en sus poesías, en sus dramas y comedias, en sus novelas, en sus sermones, en sus historias, en sus cuadros y en sus estatuas.
La actualidad periodística con alas de mariposa; polvillo de sus alas, tinta fresca y pegajosa de imprenta, es la musa del Arte moderno.
Por eso cuando los mismos edificios, sólidas obras de arquitectura, los monumentos escultóricos de mármol ó de bronce nos parecen hojas de volandera actualidad, más nos sorprende hallar la obra de serenidad y de reposo en la obra periodística juntamente.
Tal es el libro de _Azorín_ «Lecturas de España», formado con artículos de periódico que tuvieron su día de actualidad y entran ahora, por derecho propio, en la eterna actualidad de las obras maestras.
Cuando tantos libros grandes ofrecidos á la inmortalidad por sus autores, desdeñosos del juicio y del aplauso de sus contemporáneos, pasaron como pasa el artículo de periódico, este libro de artículos de periódico sólo ahora parece en su verdadera forma, con su prosa robusta, sano equilibrio de músculos y nervios, sus juicios certeros, su noble continente de hidalgo castellano.
Para mí, tan propenso á nerviosismos y destemplanzas, nada tan admirable como esta prosa de _Azorín_, tan distinta de casi toda nuestra moderna prosa. Entre tanto asomo de chillones colorines, es la prosa de _Azorín_ como un buen grabado en acero, como un aguafuerte, donde claros y obscuros dan la exacta equivalencia de todos los colores y de todos los tonos.
Tiene este libro, además, para los que siempre hemos admirado á _Azorín_, aunque alguna vez haya irritado nuestra sensibilidad, la ventaja, sobre otros libros suyos, de que nada, al leerle, en nuestro sentimiento protesta contra nuestra admiración.
_Azorín_, como no podía ser menos, parece curado de su «maurismo» agudo. Ya no cree, como creen los conservadores, que el mundo es sólo un medio para que don Antonio Maura y don Juan de la Cierva gobiernen en España.
_Azorín_ es demasiado inteligente, demasiado artista para limitar su ideal á los ideales de ninguno de nuestros partidos políticos. Su apasionada ceguedad conservadora fué... natural reacción de protesta contra los liberales.
Nuestros partidos liberales se dan tal arte que, en España, parece incompatible el ser liberal y el ser inteligente. Los conservadores tienen de bueno el no ser liberales; pero el no ser algo es ser muy poca cosa. Como la única ventaja que tiene un partido español sobre otro es no ser el otro, lo mejor es echar por la calle de en medio, aunque se exponga uno á que le miren de mala manera los de una acera y los de la otra, y más si ven que uno va por su camino sin hacerles maldito el caso.
Se quejan los políticos del desvío de los escritores, de los artistas. Pero ¿estiman en algo los políticos á los escritores, á los artistas? Lo que ellos estiman en el escritor no es la inteligencia, es la sumisión de la inteligencia.
Los políticos, como las mujeres, no se contentan con dominar en el corazón si no dominan en la cabeza. No se contentan con que los perdonemos sus faltas por cariño, quieren que no las conozcamos por ignorancia. Los políticos y las mujeres perciben claramente, aunque la envolvamos en palabras de afecto, la mirada de inteligencia que parece decirles: «Aunque te quiero... te conozco; á mí no me engañas.»
Las mujeres y los políticos odian á todo el que no pueden engañar.
Por eso los hombres inteligentes no son nunca afortunados en amor ni en política.
IX
En la historia del teatro español, durante la segunda mitad del siglo XIX, es de gran importancia el estudio de los actores italianos que han pasado por nuestros escenarios y de su influencia sobre nuestro arte dramático y nuestro arte escénico.
Los actores italianos han sido siempre los que mejor han realizado el ideal de la representación escénica: verdad en la poesía y poesía en la verdad.
Este era el arte de sus grandes trágicos: la Ristori, Salvini, Rossi. Este es el arte de sus modernos comediantes.
Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no lo haya sido de grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un Calderón, ni siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han sido por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare y del teatro francés.
La Ristori apenas representaba obras italianas: _Medea_, _Fedra_, _María Estuardo_, _Macbeth_ eran las obras de su repertorio. Alguna tragedia de Alfieri, como _Mirra_, y la _Francesca de Rimini_, de Silvio Pellico, eran las únicas obras italianas de su repertorio.
Salvini y Rossi eran los intérpretes de Shakespeare.
Virginia Marini, con su excelente compañía, la mejor compañía italiana que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas actrices que luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la Reiter y la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti, nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas, hijo: _Dora_, _Fernanda_, _Rabagás_, _Demi-monde_, _Monsieur Alphonse_, _La princesa Jorge_, etc.
Estas obras parecían la última palabra del realismo en el teatro. La falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los detalles y el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver el bosque.
Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi, Novelli; después la Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre ellos Emmanuel con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la Duse incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de pasión ó ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.
Todos estos actores han influído con su arte sobre nuestros actores, sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido educadores de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho, también, peor que lo nuestro.
Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades teatrales que pueden ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus representaciones se limita al aprecio del mérito personal de los actores.
Lyda Borelli es la actriz italiana de este año. Llega la última, sin novedades llamativas en su repertorio, y lucha con desventaja en el terreno ocasionado de las comparaciones. Pero su figura, su arte, son tan personales, es tan _ella_, que la comparación más inevitable se desvirtúa. Lyda Borelli es la última... como el último amor, que nos parece el primero.
En esa melo-comedia de _Zazá_, que es á _La dama de las camelias_ lo que la República francesa es al Imperio, en lo social y político, y lo que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y repúblicas literarias, Lyda Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos, que no recordemos á ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar á ninguna, sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades. La mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.
Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se puede ser original en Arte: por sentimiento propio, íntimo.
Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su arte, posee la _gracia_; la gracia, en el sentido artístico de la palabra, más cerca del teológico que del vulgar significado. Es la gracia, ese don de esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en una armonía de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.
Esa gracia que es todo el arte griego y pone la divina alegría de comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad del mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.
El arte de Lyda Borelli culmina en _Salomé_, de Oscar Wilde.
Ella consigue lo que no pudo conseguir el desdichado poeta inglés en su obra ni en su vida: con nervios modernos, actitudes esculturales.
X
La Exposición Beruete, con fervorosa atención ordenada por el cariño filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla, quizás haya sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran público.
Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los pobretes, nadie suele tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor que para nada necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á que puede aspirar.
Que don Aureliano Beruete era un admirable paisajista han de reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus obras, y esta hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.
Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo gran artista, era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abierto y receptivo que en todo se transformaba, en vez de transformarlo todo á la propia comodidad de una manera y de una técnica, como tantos falsos líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la tozudez, y, en el artista, la personalidad con el amaneramiento.
Ha de ser el artista, como la luz del sol, más admirada en cuanto alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un gran lírico!
Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de su objetividad, con ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la preocupación del procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la técnica; era la técnica la que se acomodaba al paisaje.
No es siempre lo que más se admira lo que más enamora. Para mis simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid, castiza como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y, sobre ellas, una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero, balcones de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el sol de Madrid alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios revoques descoloridos como si fueran mármoles y jaspes de palacios señoriales.
Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en estas cosas. Es preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay poesía.
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Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias, ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros, y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia _El príncipe Don Carlos_.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia; lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.