De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 11
Mi vida de autor dramático no podrá recordarse sin recordar á Rosario Pino, la intérprete ideal de tantas comedias mías cuando mis comedias no le gustaban á nadie más que á mí, al contrario de lo que ahora sucede, que á muchos les gustan y á mí no me gustan nada. Y yo estoy más triste ahora, que no puedo estar conforme con el aplauso, que entonces cuando no sabía estar conforme con las censuras.
Sé que al despedirse Rosario Pino muchas obras mías se despiden también; pero no seré yo, por eso, quien entristezca esta despedida. ¡Despedirnos, caminar, alejarnos... morir... olvidar al fin, que es verdadera muerte...! Todo es lo mismo, todo es la vida... y hay que afrontarlo cara á cara...
Si fuímos siquiera, ya que no luz de astro esplendoroso, amable luz de lámpara familiar; si por algún alma pasamos como una caricia; si supimos avivar á nuestro paso la simpatía de otros corazones, capaces de sentir como propios toda alegría y toda tristeza humanas... al alejarnos--despedida ó muerte--y sustituir la presencia con el recuerdo, será como purificarnos, será como desmaterializarnos, será un resplandor sin llamarada, será como una diafanidad de gloria... Lo mejor de nuestra vida está en el corazón de los que nos aman. Para el artista el amor es la admiración, que, como dijo Shelley, la gloria es amor disfrazado... Por eso sólo puede decirse que se van ó que mueren los que no supieron hacerse amar.
La dulce voz será silencio. Pero ¿qué música valdrá lo que el recuerdo de esa voz en nuestras almas? No seré yo quien le salga á usted al paso para decirle: No nos deje, que el callar de su voz es como si algo también enmudeciera en nosotros... No; que aquí, en nuestro corazón, queda para siempre y bastará poner atento el oído al corazón para escucharla, como al acercar un caracol nos parece oir como recogidos en sus repligues de nácar el oleaje del mar lejano...
No seamos egoístas en nuestra admiración... De una insigne actriz francesa se cuenta que en triunfo de teatro exclamaba: ¡Bien me pueden aplaudir; les doy mi vida! Usted nos ha dado lo mejor de su vida; justo es que nuestra admiración le consienta á usted descanso.
El público no ve, no sabe que cuando á él llega una ráfaga de arte puro, esa ráfaga... presupone una tempestad en el alma del artista, como el aire apacible que refresca un día ardoroso nos llega tal vez de un vendaval remoto que fué desolación y espanto...
Para el artista son las lágrimas crueles, para el espectador las dulces lágrimas. Amor y gratitud para el artista que da por bien pagadas sus tristezas más hondas con vuestro aplauso.
Rosario Pino no podrá olvidar nunca los aplausos de este público suyo: su recuerdo será quizás toda su alegría en el descanso buscado... No olvidéis vosotros pronto á la que supo haceros olvidar tantas veces las emociones penosas de la vida con la elevada emoción de su arte.
XLI
CAMPOAMOR
Siempre he temido volver á los lugares que dejaran en mí gratos recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron el encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de nuestras almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego abiertos por milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el ver es una hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?
Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por sí? ¿No hay valor alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las mismas siempre; pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó crepúsculos, pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones tormentosos con relámpagos de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las almas, todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y también nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos en las almas que nos atienden...
Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo que saben decirnos los demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se esconde ante la conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de nuestra conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte á vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera ser toda nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte que el disfraz llega á ser más que el vestido, algo tan propio y tan adaptado á nuestro espíritu como nuestra corporal hechura. El que logra hacerse una cara con la más agradable de las caretas ha dejado de ser hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena virtud de mascarada será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar de ese modo una careta, y que estas caretas espirituales, si han de parecer como nuestra propia cara, han de amoldarse de dentro á fuera, y han de ir muy prendidas en nuestro corazón.
Pues si difícil es saber la verdad de nosotros mismos, ¡cuánto más difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á ellas ya no somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?
Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores canciones á la gloria efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro corazón es caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece camino nuevo.
Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la que había jurado amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta de otra novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa carta». Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y cuando él, al verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido, me decía: «Sí, sí, dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella era mentira».
Después de esto no extrañaréis que aun no os haya dicho nada de nuestro poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me atrevo á decir su verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones suscitadas por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él os hablara?
¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su fisonomía me era ya familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años de su vida; yo comenzaba á _literatear_, literatura de señorito.
Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo mío, me presentó á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida, llegaba en coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos; todos salían un momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban con el anciano poeta, de rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros, unos ojos que sonreían á todo, con tal gracia, que con no sonreir sus labios nunca, pues la boca era de severa expresión, la gracia de sus ojos bastaba á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la voz reprende al nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.
Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le presento á usted á Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el maestro, el abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he olvidado nunca aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no he estado nunca muy seguro de tener mucho talento, mucho talento, he procurado siquiera, ya que en talento no fuese aventajado, aventajar en bondad. Porque aquellas palabras del poeta y otras del obispo, que al confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he dejado de repetirlas un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis oraciones más fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.
Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros? La vida de los poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda inquietud espiritual; pero una inquietud que pudiera decirse sosegada. Hay hombres de vida azarosa, perdida en vanas agitaciones, que al parecer responden á desasosiego interior, á inquietud espiritual, y si vamos á ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos y pasos.
Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin sacudidas aparentes, y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en palacio señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por dentro mansión de dolor.
Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe: «Tengo bien señalada la demarcación entre mi vida política y social y mi vida moral y poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía á sí mismo un ser social.
Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como el hombre era tan amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de las ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles, oía celebrados y repetidos sus versos en labios de las damas y de las jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.
Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta que mejor las comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres! creían por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que pueden cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que no podían ser de otra manera, de que no se las debía pedir lo que no pueden dar...
Las mujeres que saben de amor saben que el hombre que de verdad las ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus engaños y más se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es comprender y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres, comprende y perdona. El poeta amante, maldice y castiga.
En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al buen amigo es al que las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el verdadero amante, y suelen decirle: ¿Por qué no será como usted? Usted sí que me quiere, usted sí que es bueno para mí. No hay que creerlas mucho, porque si lo creyeran así, con dejar al amante y tomar al amigo... Y ya se sabe que las mujeres conceden rara vez ese ascenso.
El amor y la muerte fueron las dos grandes inquietudes que animaron en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor del amor y de la muerte?
Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el lazo que la Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.
¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la Naturaleza, de este instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto, cuando el hombre solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede elevarse en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por su conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado queda así el círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en sentido inverso, aceptado el deber, ya todo será espiritualidad en nuestros amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual, en vez de proceder del goce instintivo el deber doloroso.
Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos límites ningún caminante torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?
Campoamor no sabía si había un Dios; creía que debía haberlo. Y esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un aposento obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol á nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si ese rayo viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos, ¿no pudiéramos creer que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del cielo á nuestra frente que de nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros ojos pero su luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de sol en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su resplandor siempre sería divino.
XLII[6]
[6] Leído en la inauguración del Florilegio de poetas castellanos.
Señoras y señores:
La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos. Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...
Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha de pesar sobre el contribuyente harto castigado.
Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.
La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte... ¡Asusta tanto que nos llamen lateros!
Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres, obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo que nos hemos divertido entre tanto?
Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo chirigotero...
Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.
Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.
Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se paga.
Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu; avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta sobreponerse á ellos.
Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro entendimiento, sequedad de nuestro corazón.
Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda la vida.
Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.
He dicho, y como pocas veces he dicho lo que sentía, porque ¡deja uno tantas veces de decir lo que siente por temor á parecer latero...!
XLIII[7]
[7] Leído en la sesión en honor de Rubén Darío.
Señoras y señores:
Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de Literatura no celebra funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos de tristeza, más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria de algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán: «La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna podemos repicar y tocar á gloria de todo corazón.
Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo y en plenitud de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese dejo amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse al festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto cumplimos; ahora á casita y no se moleste usted más por nosotros». Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo escritor, al increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto, que es su obligación.
La Sección de Literatura bien quisiera no ser siempre una especie de funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes es... porque entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos el obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no suelen valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no sé, ahora que hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá alguno del otro mundo á solicitar su homenaje.
Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad honores cuando más honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie dudará que hoy es el caso para esta Sección de Literatura.
Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte, ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en congresiles discursos y brindis de banquetes.
¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en noble lengua castellana?
¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio de la poesía?
No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.
Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por nuestras almas.
He dicho.
XLIV
JUAN DE LEPES
Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de Salamanca; el menor de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de Lepes, tejedor de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.
Viuda á muy poco su madre, y en extrema pobreza, pasó con sus hijos á la villa de Arévalo y después á Medina del Campo. Allí halló Juan un noble protector en don Alonso Alvarez de Toledo, administrador de un Hospital de la villa. En este Hospital cuidaba Juan de los enfermos y era en edad de doce años grave y pensativo.
A los veintiuno entró como novicio en el Monasterio de Santa Ana, de los PP. Carmelitas, en Medina, y en este mismo Monasterio profesó á su tiempo, con el nombre de Fray Juan de Santa María.
Enviáronle sus superiores á estudiar teología en Salamanca, y aconsejado por Santa Teresa, ingresó en la Orden expresada de Carmelitas descalzos. Discordias entre los calzados y los descalzos, fueron causa de persecuciones para Fray Juan de la Cruz, que así se llamó al cambiar de Orden. Fué trasladado á Toledo y allí encerrado en el convento de observantes sujeto á duras penitencias.
Por inspiración divina, nunca nos falta en semejante caso, recibió la orden de fugarse y así lo ejecutó, descolgándose por una ventana. Refugióse en un convento de monjas y huyó después á Almodóvar. De allí pasó á Granada y fué nombrado, primero, definidor de la Orden, y después, vicario de la casa de Segovia.
Mal hallado su natural humilde en estos cargos, se retiró al desierto de la Penila, en Sierra Morena, y allí, caballero andante á lo divino, como Don Quijote, hizo penitencia, aunque por más alta Dulcinea.
Quebrantada su salud, hubo de recogerse en el convento de Ubeda, y allí murió á 14 de Diciembre de 1591.
Fué canonizado en 1674. Su cuerpo está en Segovia en el convento de la Orden.
* * * * *
Fué San Juan de la Cruz el místico por excelencia. La vulgar acepción considera místicos á muchos escritores, que en rigor sólo pueden ser llamados devotos y cuando más, ascéticos. De los españoles, sólo Santa Teresa, en «Las moradas», el beato Juan de Avila, algunas veces, pueden ser considerados como místicos en el verdadero sentido del misticismo.
El misticismo, ha dicho Matter, se eleva sobre la ciencia positiva y la especulación racional y aspira al elevarse, á la intuición en lo metafísico, en lo moral á la perfección.
El misticismo llega al conocimiento por el amor como la filosofía y la teología pretenden llegar por el entendimiento.
El misticismo no es luz que alumbra la razón, es llamarada que abrasa sentidos y potencias y sublima el espíritu hasta confundirse con el objeto de su amor. Amada en el amado confundido. Y para él la verdad sólo tiene un nombre. Amor. ¡Amor! Unica verdad que no admite contradicción ni razonamiento.
Cuando se dice: Creo, tal vez se dice: Dudo. La duda condescendiente siempre se expresa así: Yo creo que... Cuando se dice: Amo, se dice: Creo, creo con toda el alma.
De todos nuestros místicos ninguno tan desunido del mundo exterior, de su propio mundo interior como San Juan de la Cruz. Su espíritu no era siquiera mariposa que se abrasa á la llama del amor divino, era la propia llama ardiente como el Espíritu divino en los zarzales de Moisés, en el tabor de Cristo.
Voy á leeros la canción entre el alma y el Esposo, paráfrasis del Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz escribió sobre estas canciones: «El Cántico Espiritual», glosa y declaración de cada una de sus estrofas.
Y según palabras del Santo. Por cuanto estas canciones parecen ser escritas con algún fervor por el amor de Dios, no quiero yo decir toda la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellos lleva. Porque--añade después:--¿Quién podrá escribir lo que á las almas amorosas donde él mora, hace entender?
Esta es la causa porque con figuras, comparaciones y semejanzas antes rebosan algo de lo que sienten.
Las cuales semejanzas no leídas con la sencillez del espíritu de amor é inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón.
Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrá declarar al justo, ni mi intento es tal, sino dar alguna luz en general, y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor dejarlos á su anchura.
Sabia advertencia para los que pretenden razonar de lo que está sobre toda razón.
Dejemos el amor á su anchura y ensanche el amor nuestras almas.
XLV
El proyecto de erigir una estatua á _Lagartijo_ ha escandalizado á muchos. No hay razón para ello.
Nunca tan bien empleado el arte de la escultura como al reproducir en bronce ó mármol la humana belleza en su más apreciable manifestación: la belleza del cuerpo.
Sabido es que, hasta la representación simbólica de abstracciones por medio de la escultura, no tiene otra forma de expresión que la más bella forma del cuerpo humano.