De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Part 1
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Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
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Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
_QUINTA SERIE_
MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA SUCESORES DE HERNANDO Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33 1913
ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.--Paseo del Prado, 30.--MADRID
[Ilustración]
De sobremesa
I
Los ojos y las almas se van tras lo que brilla, y la botadura del barco _España_ ha sido lo más brillante en esta semana pasada.
¡Un barco de guerra magnífico! La consideración de la cantidad pudiera entibiar el entusiasmo por la calidad, si, como dijo Shakespeare, lo que es hambre para un gigante, no fuera hartazgo para un enano.
Los que no se deslumbran por lo que brilla, acaso más relumbrón que lucimiento, sin quitarle importancia al flamante acorazado, estiman en tanto el saber que muy pronto la Transatlántica Española contará con dos nuevos barcos, barcos de paz, con todos los adelantos y comodidades de los mejores transatlánticos ingleses y alemanes.
Como en España todo se hace cuestión de ideas, por lo mismo que nos tienen todas sin cuidado, el hablar mal y por sistema de la Compañía Transatlántica Española es uno de los tópicos anticlericales.
Aquí, hasta del hallazgo de un supuesto retrato de Cervantes se hace programa de partido y poco menos que dogma católico. D. Alejandro Pidal ya comprometió á la Divina Providencia en el hallazgo.
Se ha censurado á la Compañía Transatlántica porque en sus barcos se dice misa y se reza la oración y el rosario. Yo no creo que la asistencia á estos actos sea obligatoria para los pasajeros. Pero, nótese: siempre censuran la celebración de estas ceremonias los que, sin creer en ellas, no se atreven á proclamar su descreimiento y... porque no se diga, se molestan en presenciarlas. Es cobardía suya y dicen que es intolerancia ajena.
A mí me parece más intolerancia la de los barcos ingleses, que, al viajar por líneas donde son muchos los pasajeros católicos, sólo celebran el culto protestante y no llevan un sacerdote que pueda auxiliar á un moribundo de religión católica.
Pero, en este caso, nadie habla de intolerancias ni de intransigencias, y lo más gracioso es que los más libres pensadores no pierden ceremonia del culto protestante por... curiosidad, por pasar el rato. Y eso que, al final, hay colecta.
También habrá oído usted decir que los camareros de los barcos españoles, con esa democracia tan nuestra, se permitían andar en mangas de camisa entre los pasajeros. No he podido comprobarlo; pero sí que, en barcos ingleses, con esa aristocracia tan suya, andaban... no en mangas de camisa, en calzoncillos.
En esto, como en todo, así hemos escrito nuestra historia y así vamos contándola por el mundo.
El saludo al nuevo barco de guerra _España_ no debe ser cuestión de ideas; tampoco debe serlo el saludo á los barcos de paz de la Compañía Transatlántica Española.
II
Distinguidos escritores y críticos de Arte han solicitado, para la próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una instalación destinada á exponer obras de don Ignacio Pinazo.
Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la inmediata respuesta será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues quizás hubiera debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.
En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna pintura, entre oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades, titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo ha sido de esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad objetiva del Arte, sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas fijas guiadoras infalibles del derrotero cierto.
No quiere decir que la moda no sea legítima en arte y que no tenga sus encantos. La moda es siempre expresión de una modalidad espiritual en el tiempo, y por ser documento interesante en la Historia del Espíritu Humano, también puede serlo en la Filosofía del Arte.
Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida y adornada al gusto del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de la hermosura á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes que por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es gracia, sólo la desnudez es verdad.
Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien vestida, es algo; una mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.
Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo. Por las obras de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por haber atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera haber quedado. En Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es Espíritu.
La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la exposición de sus obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes artistas en camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda; otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.
Hay obras de arte de contemplación recomendable contra neurastenias artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra la neurastenia física.
Las obras de Pinazo son de estas obras privilegiadas; obras de salud, de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus hermanas mayores.
* * * * *
En París han andado á cachetes un autor y un crítico por un quítame allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo colaborador de M. Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda colaboración, ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del periódico _Comedia_; y la obra en cuestión es _Primerose_, representada en la Comedia Francesa.
En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa comidilla el incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy seguro, pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á favor del autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del crítico, en presencia de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando que no hubieran quedado ni las plumas del uno y del otro.
En París, como en todas partes, la crítica teatral peca de benévola. Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual benevolencia á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia Francesa. Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional y vela celoso por sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree que el teatro Francés no puede ser como otro teatro cualquiera, atento sólo á lo productivo del negocio; cree que son más elevados sus deberes y sus atenciones. Se lamenta de continuo porque los actores de la Comedia andan desperdigados por esos mundos y dificultan con sus continuas ausencias la esmerada interpretación de las obras. Deplora que las actrices del severo teatro conviertan la clásica escena en escaparate exhibitorio de atrevidas creaciones modistiles, y truena contra el predominio de las obras modernas sobre el repertorio clásico de Corneille, Racine y Molière.
Lo mismo que ahora contra _Primerose_, la obra de Flers y Caillavet, ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan, de Donnay, de Bataille, de Hervieu.
Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema sólo es posible otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el mejor de todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de la Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir y... ¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la portezuela de su elegante berlina.
Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por tratarse de un teatro subvencionado se permitía protestar contra el excesivo número de representaciones de _Primerose_.
Monsieur Claretie opina que, no sólo de la subvención oficial vive su teatro, y con números, vencedores siempre de las letras, puede demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de Corneille, Racine y Molière.
En un país republicano y democrático el sufragio universal es la razón suprema.
Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará de acuerdo la aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad y por la tontería.
En un salón se notaría gran diferencia entre una duquesa y una cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la cocinera.
III
Un curioso impertinente ha descubierto y publicado la verdadera fecha del natalicio de algunas celebridades.
La gente goza mucho con estas indiscreciones.
Nuestra admiración se trocaría en odio si no considerásemos á los seres superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de la humanidad.
Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales, y en algo, tal vez, inferiores.
La tristeza de admirar sólo está comparada por la alegría de compadecer.
Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho alguna vez ¡Pobre hombre!
Por eso la admiración á los grandes hombres es más espontánea cuando son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más tiempo, sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.
Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de Sarah, despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es tan declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera nunca. Las gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como las gracias infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted? ¡A su edad! ¡Es admirable!
Los perjudicados con estas indiscreciones son los de la edad ingrata: Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las artistas cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años crueles, sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en el día, las más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar con el traje adecuado. Cualquiera es elegante por la mañana ó por la noche; pero ¡por la tarde! La tarde es la verdadera piedra de toque de la elegancia; como la tarde de la vida lo es del saber vivir. ¡No ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los sesenta! ¡Insuperable dificultad!
Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad terrible al trato y sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa edad, como se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden servirnos de espejo.
Las señoras y los señores maduros se rodean de jovencitos. Es la edad de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en que á nuestro llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la frente.
* * * * *
También ha sido sabrosa indiscreción la de haber enterado al público de lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y compositores.
A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la de compositor ó autor dramático.
Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y decadencia.
Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.
Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de esos que cobran tanto!
No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.
Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.
En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que, al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese dinero?--pensarán algunos.
Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en Francia: _¡Après fortune faite!_
* * * * *
Entre dos amigos:
--Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres suicidarte?
--No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á la familia de mi mujer.
IV
Como anticipo al centenario de Shakespeare, y ya nos contentaríamos para suma total con un anticipo como ese en nuestro centenario de Cervantes, durante el próximo Mayo ha de inaugurarse en Londres una curiosa reconstitución de dicha capital en tiempos de Shakespeare, con sus tortuosas callejas, sus casas de madera. Habrá suntuosas fiestas, en que tomarán parte más de tres mil personas de la mejor sociedad, vestidas á usanza de la época en la severa pero fastuosa corte de la reina Isabel, la vestal de Occidente. Habrá torneos y pasos de armas, con históricas armaduras en caballeros y palafrenes.
En el teatro del Globo, copia exacta del que fué dirigido por Shakespeare en unión de Burlage, serán representadas obras de Shakespeare, de Marlowe, de Ben-Johnson, de Beaumont y Fletcher y de otros gloriosos autores contemporáneos del que logró oscurecer la gloria de todos.
Una _kermesse_ revivirá costumbres populares, las canciones y danzas de la época, pavanas y gallardas.
En la sala de los festines podrá asistirse á una comida de ceremonia de la reina Isabel, rodeada de sus adoradores y de sus cortesanos.
Habrá conciertos de música del siglo XVI y mascaradas á la italiana, tan del gusto de aquella corte, rara mezcla de rudeza y refinamiento, de energía y de corrupción.
No faltará el recuerdo triste para nosotros; la reproducción del _Revenge_, el barco que mandaba lord Ricardo Granville en el combate contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en que nuestro mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.
Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por una empresa particular y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas fiestas que dispone Inglaterra para el año diez y seis.
Lo mismito que aquí, ¿no es verdad, amigo Cávia? Aquí ya hemos convertido la conmemoración de Cervantes en algo religioso, en declarar dogma católico y conservador la Invención del escondido retrato; Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.
Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados del retrato por esos mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado, como Don Quijote de sus aventuras y andanzas!
* * * * *
En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye, aunque mucho se oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez fundamental lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos más perdida alguna primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción, un recuerdo, una sacudida cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y reaparece en nosotros lo que más enterrado parecía.
Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de ciencias filosóficas y naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto: el Catecismo.
Sólo así se explica cómo después de haber leído á Mæterlink y á Ibsen, nos interesamos en el teatro con pueril interés, con emoción plebeya, por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de haber leído á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el cuento de niños.
Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que durarán cuanto dure la Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones cada generación celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con ser tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos años y mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida, siempre existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una emoción de su mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra madre, el corazón del hombre se abre en grietas, simas, para decirnos, una, la historia, de sus edades geológicas; el otro, la de sus edades espirituales.
He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y muchos viejos estábamos encantados una de estas noches con los juegos de prestidigitación y de ilusionismo del caballero Watry.
Este es un espectáculo en que se ha progresado muy poco. Quizá en eso está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican. Preferimos á los modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y cámaras oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al conde Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo y siempre nuevo, como todo lo que tiene raíces profundas en lo más profundo de la Humanidad.
¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad que valga tanto como acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento de ilusión que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se cree niño al recordarlo?
V
Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la misma madera». Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los pintores recusar el juicio de los literatos.
Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean los pintores que nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de cuadros. Grave pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de los pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de explicar sus cuadros al público?
Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el impresionismo francés? ¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos prerrafaelistas de Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse lo que el conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se encargan de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos tuvieran que entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y también muchos de los antiguos.
Uno de los experimentos más interesantes es el de acompañar en su visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura, á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las convicciones más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos ojos vulgares! ¿No veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos la objetividad de la belleza en los cuadros, en vez de ir saturados de subjetivismos de escritores y críticos? ¡Cuántas obras de arte no deben su gloria á su propia hermosura, sino á la hermosa página que inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es la Venus de Milo la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias escritas en su honor?
La cultura es la buena educación del entendimiento, mas por lo mismo que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.
Hay buenas formas, indispensables para frecuentar el mundo artístico, como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que pensamos y lo que sentimos!
Pero, como dice en la comedia de Pailleron _Le monde oú l'on s'ennuie_, en castellano, _Las tres jaquecas_, el subprefecto republicano á la duquesa monárquica, que le propone hablar mal del Gobierno: «¡Ah, duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á usted con mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á serlo!
Por esto, los reyes y los grandes señores, obligados á fingimientos de cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y chocarreros, que, con achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma razón, todavía, en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas cuantas personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores de la casa; en realidad, con gran regocijo, porque son las cuatro frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no se lo estorbara.
Y hay que convenir en que si la sinceridad y la mala educación á todas horas serían intolerables, son muy convenientes alguna vez, como ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos. ¡Tan cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!
Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables para determinar una corriente de aire puro.
Ahora, que á las personas de buen talante ni les gusta acocear ni ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa hacerlo con oportunidad.
Un empresario de mucho entendimiento decía que todo empresario necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse con él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo, es muy conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno, bien educado, para tratar con él; otro, mal educado, para que trate á los demás amigos. Y ¡si fuera posible reunir en uno solo al que supiera decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades desagradables á los demás!
Pero esta suerte es patrimonio de los grandes personajes políticos. Por lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado, somos sus primeras víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á todo el mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.
* * * * *
La huelga carbonera de Inglaterra, de interés mundial, como ahora se dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la cuestión de Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos, es imposible.
Los temas de conversación preferentes son: la crisis probable, el nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta vienesa, las tres peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de sociedad y de bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en las casas en donde hay que comer.
Y bien mirado, ¿no es admirable esta despreocupación nuestra? Los destinos futuros de la Humanidad ¡son tan inciertos! ¡Todo el poderío, toda la riqueza del Imperio británico á merced de una huelga proletaria!
¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de guerra y hombres de Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras estatuas imperioso, dominador!
Ya son los brazos cruzados del obrero, del trabajador, del miserable, los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.
Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción? ¿Qué puede el pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre el Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí solo.
Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza, y hasta realizarse, nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa, podemos ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por lo que nosotros nos tendrá sin cuidado.
VI