De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)
Part 9
La religión como el arte deben ser ante todo un consuelo, y si los predicadores como los artistas, dan en decir cosas desagradables y en asustar con fieras amenazas ...
Bien lo saben los dulces padres; la severidad no aparta del pecado y aparta de la Iglesia. Dulzura en el púlpito, dulzura en el confesionario ... «¡De la douceur, de la douceur!», que dijo aquel gran poeta y socarrón de Verlaine, que también supo alternar lo pagano con lo cristiano, como nuestras bellas penitentes en estos cuarenta días de «magdalenismo» y coqueteo á lo divino.
La «toilette» es más austera, las conversaciones más graves; si se murmura es por moralizar. Desaparecen los libros profanos y en su lugar se ostenta «La Imitación de Cristo», «El reloj de la Pasión» y otros de serias meditaciones. El ayuno colabora con el régimen para adelgazar, el flirt es compatible con todo, y luego ¡cuarenta días pasan tan pronto! Y el sábado de Gloria las campanas repican, y las faldas, que por algo tienen forma de campaña, revuelan también, y las bellas penitentes parecen rejuvenecidas, como después de una temporada de baños ó de campo ... Porque, eso sí, veraneen física ó espiritualmente, todas vuelven del veraneo y de la cuaresma. Ni el mar ni el campo, ni la religión, pueden más con ellas que este Madrid de sus fatigas y de sus pecados.
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Era un tiempo en que el más descreído y despreocupado, sentía avivarse en su espíritu cierto fervor religioso al llegar los días solemnes de la Semana Santa. Pero en estos tiempos de profunda piedad que alcanzamos, tan pródigos en diarias manifestaciones religiosas, la Semana Santa no es más de notar que otra cualquiera en cuanto á lo piadoso se refiere. Más bien por lo mundano, si buen tiempo y buen sol ayudan. No son rostros atormentados por mortificaciones y penitencias, ni siquiera ensombrecidos por austeros pensamientos los que se ven por calles y por iglesias en esos días. Y ¿por qué entristecernos? Sabemos que el sábado han de tocar á gloria; creemos en un Dios misericordioso y una legión de vírgenes y santos intercesores, que han de salvarnos por muchos que sean nuestros pecados. El sentimiento religioso pudo ser alguna vez cruel en España, pero nunca fué triste. No fué triste porque supo mirar al dolor y á la muerte cara á cara. Fué cruel, porque si el propio dolor y la propia muerte no importaban ¿qué habían de importar los ajenos?
Si esta confianza en Dios y esta despreocupación de la muerte fueran tan conscientes ó tan hijas de una profunda fe religiosa como son de irreflexivas y de inconscientes, la raza española sería la primera del mundo. Pero ¡ay! que el despreciar la muerte no es más que la consecuencia de despreciar la vida, y vida y muerte vienen á ser de este modo una sola negación y sólo son verdaderamente grandes los hombres y los pueblos que toda su vida afirman y el morir es para ellos la suprema afirmación de su vida.
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Era un tiempo también en que las más bellas y nobles damas turnaban en las mesas de petitorio, y las ofrendas eran cuantiosas. Pero era acaso esta sola vez en el año, cuando las señoras ponían á prueba el desprendimiento de sus buenos amigos. Hoy, todo el año es Jueves Santo para el petitorio; las funciones benéficas, las cuestaciones caritativas son un renglón de los más costosos en el capítulo de las relaciones sociales. Media España vive de la beneficencia de la otra media y hay dudas sobre cual de las dos mitades vive mejor.
Cualquier persona de cierto viso, al abrir la diaria correspondencia, puede estar segura de que entre diez cartas, las nueve serán de peticiones; echarse á pie por esas calles es ir recogiendo memoriales de palabra con toda suerte de peticiones. No son los mendigos más enojosos los que le tienden á uno la mano, sino los que la dan. Y á esos, ¿quien los recoge? No hay idea de lo que aumentarían los donativos para la Asociación de la Caridad, si las autoridades se comprometieran á librarnos á cada uno de nuestros pordioseros particulares.
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Ya que nuestros legisladores andan tan remisos en conceder á las mujeres derechos políticos, ¿por qué privarles también del más elemental de los individuales, que consiste en poder hacer cada una de su capa un sayo y de su pellejo un tamboril? Desde el punto de vista estético podrá discutirse la intrusión del feminismo en el toreo. Y será muy discutible el punto, porque desde el traje hasta las monadas inherentes al ejercicio de la profesión, hay en todo ello mucho más de femenino que de propiamente masculino. No digamos de la admiración que el público siente por sus toreros favoritos. Si el espíritu de las colectividades es siempre femenino, el de un público de Plaza de Toros es _hembra_ por los cuatro costados. Acaso es esta la mejor razón de un espectáculo que con otras razones no puede explicarse ni defenderse. Es parte de ese eterno femenino, móvil supremo de todo lo humano.
Pero quedamos en que, por no ser costumbre fundar leyes en motivos estéticos, el ministro de la Gobernación ha fundado en motivos de moralidad y de protección al bello sexo la prohibición á las mujeres de una profesión, no más arriesgada que el matrimonio en la mayoría de los casos y mucho menos inmoral que otras, ¡ay! reglamentadas y patrocinadas por el ministerio de la Gobernación.
Más cornadas da el hambre, y de la enfermería de la Plaza de Toros á la enfermería de San Juan de Dios no vemos que la moralidad ponga tanta distancia—la materialidad ha puesto muy poca.—Pero, en fin, el legislador paternal os protege, ¡oh, mujeres! Os quitan un modo de vivir, pero de morir todavía os quedan muchos. Ahora, que en una Plaza de Toros y ante todo un público, se escandalizaría la gente; en un hospital no lo ve nadie, y los que lo ven no se escandalizan; están acostumbrados.
¡Mujeres toreras! Ya lo sabéis; vuelva el estoque á la vaina. El señor ministro os priva del primer recurso; menos mal que os deja el segundo.
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¡Oh piadosa voluptuosidad de la justicia humana! ¿No han leído ustedes la noticia? ¿No les ha conmovido á ustedes? Se ha suspendido la ejecución de un reo por hallarse muy delicado de salud. Temerían que la impresión le fuera funesta.
En cambio, un doctor norteamericano propone que á todo enfermo incurable se le anticipe la muerte. ¿Quién es más piadoso? ¡Vaya usted á saber! Dado lo que tiene nuestra vida de lucha, desde que nos abre la puerta del chiquero, hasta que nos arrastra por la de corrales—perdonen los casados la comparación,—yo creo que siempre hemos de mirar con más simpatía al puntillero que á los demás que intervienen en la lidia.
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Y ¿habrá pagado Madrid toda su deuda de admiración y de gratitud con su madrileñísimo músico? ¿Nada más, madrileños? Si fuera así, sería cosa de pensar una vez más en que Madrid es bien ingrata tierra para sus naturales, y es preferible para toda gloria, viviente ó póstuma, ser cabeza de ratón en cualquier lugarejo, que cola de león y hasta león entero, en esta ciudad grande, que quizás por serlo, pone distancias de desierto en las gentes para los nobles entusiasmos aunque las acerque y las una, como en Casino provinciano ó solana lugareña, para el chismorreo, el _despellejeo_ y la maledicencia menuda.
Cuando por esas capitales de provincia, cabezas de partido y hasta villorrios, con más partido que cabeza, se alzan estatuas y monumentos á muertos y á vivos, que no hicieron cosa mejor que firmar concesiones de momios á favor de caciques y mangoneadores, ¿no tendrá en Madrid su monumento el maestro Chueca? ¿Merecerá menos el que alegró nuestra vida honradamente que tantos como la entristecieron?
Y no nos vengan doctorales señores, de esos que piensan haber depurado el gusto, cuando sólo han depurado la envidia y la molestia que les produce cuanto brilla y triunfa, con lo de música ligera, musiquilla, de teatrillo, de piano ...
Los entendidos se extasían ahora con _Peleas y Melisenda_ de Debussy, como expresión exquisita del más puro arte musical. Celebran en ella como el ritmo musical es fiel intérprete del ritmo de la frase hablada. Secreto es este que la música de Chueca había encontrado por genial instinto. Su música tiene todos los ritmos del habla madrileña, al requebrar, al burlarse, al aclamar al torero en la plaza, á los soldados en la calle; es desgarrada y fanfarrona en los chulos, picarescamente llorona en los pobres, desgarbada en los agentes de la autoridad, cursi en los cursis, airosa en los pasos dobles, con el gallardo andar de la gente madrileña, que aprendió á andar al son de músicas callejeras, charangas, pianos de manubrio, guitarras y panderas de estudiantinas, y al andar parece siempre marcar el paso al ritmo de esas músicas de la calle, que espantan á los pobres sus cuidados y su tedio á los ricos.
Si cada uno que se alegró un día á los sones de una canción de Chueca, contribuye ... con poco, lo que se arroja desde el balcón al pianista que alegra la calle, ¿no bastará para perpetuar en Madrid, no la gloria del maestro, sino la gratitud del pueblo madrileño al que alegró su vida? Y alegrar la vida, ¿no es el modo más sabio de hacerla mejor?
Ya que se empeñan en levantarnos ese monumento lúgubre, funerario de la calle Mayor, opongamos un monumento risueño, que no evoque tristezas ni crímenes, por donde se cante al pasar, como la mejor oración y el mejor recuerdo.
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Por algo político y cortesía son sinónimos: en las relaciones sociales, ambas obligan igualmente á transigir con el trato de personas poco gratas. La visita de Eduardo VII, rey en el pueblo de las más verdaderas y sólidas libertades políticas, al sombrío Zar de las persecuciones neronianas, en pleno siglo XX, no es de seguro una visita de verdadero afecto. La figura del zar Nicolás fué simpática durante algún tiempo, porque el también parecía, como la primera víctima de su propio poder autocrático, sometido á pesar suyo por la fuerza de una aristocracia feudal y bárbara, contra la que era imposible rebelarse. Pero llegó un día en que tuvo de su parte al pueblo, que sólo le pedía justicia á cambio de amor y lealtad, y su respuesta esta en esa estadística publicada por _La Tribuna_ rusa: sentencias de muerte, deportaciones á millares, víctimas de todas clases, crueldades sin cuento, crueldades inútiles, feroces ... Y la mano que firmó—horrible si firmó sin temblar, más horrible si firmó con el temblor del miedo,—es la que estrecha el rey de un pueblo libre y civilizado, por conveniencia política. ¿Quién se atreve á condenar las abdicaciones de los pequeños ante estas abdicaciones de los grandes?
[Ilustración]
XXII
En este mes se celebra la fiesta del santo—San Roque es patrón favorito—en muchos pueblos y aldeas de España. La prohibición de las capeas quita á la fiesta su mayor atractivo. Como que no suele haber otro; de modo que suprimir la capea es suprimir la fiesta, esperada con ilusión, que no pueden comprender los habitantes de grandes ciudades, durante todo el año.
Las capeas eran una barbaridad. ¿Quién lo duda? Pero no causa, sino efecto de otras barbaridades. Cuando se cultiva con ensañamiento la incultura de un pueblo; ¿á qué pedirle cultura en un día determinado? Buena esta la incultura para que no piensen, para que labren la tierra sin protestar al sol y al frío, para que paguen su contribución á un Estado al que nada deben ni para nada se preocupa por ellos; para que voten á quien los cuatro caciques mangoneadores ordenan, y ¡ay del que se resista! Buena para sufrir, buena para el servicio de las armas y los embargos del fisco, buena para ser rebaño dócil, conducido á gusto y provecho de cucos pastores ... Para todo eso bien están la ignorancia y la incultura: cuanto más brutos mejor. ¿No es eso?... ¡Pero una capea! ¡Ah! Ese espectáculo inculto, esa diversión bárbara no puede permitirse. Que tengan educación siquiera un día. En las elecciones pueden desquitarse capeando al candidato de oposición, presididos por la autoridad competente.
La fiesta de los pobres lugares y aldeas será triste este año. La capea importará poco, ¡pero es toda la fiesta! Los pueblos son humildes, son resignados, pero su fiesta es toda su alegría del año. ¿Sería tan difícil alegrarles la fiesta y compensar con ventaja la prohibición de las capeas enviando á los pueblos por cuenta del poder central—el odioso poder central—alguna culta diversión; una compañía de actores modestos, un cinematógrafo; poca cosa? ¡La alegría de los pueblos, como la de los niños, es tan barata!
¡Prohibir! ¡Suprimir! ¡Castigar! ¡Pedir! ¿No han de ser otras las palabras del Estado para esos pobres lugares y esas pobres gentes? ¿Sería indecoroso para el Estado tener comediantes y titiriteros á sueldo para alegrar un día la vida, cuando paga tantos para entristecerla en todos los días del año?
Ya se que es demasiado pedir. El socialismo del Estado no puede llegar á tanto. Por ahora se contenta con llevárselo todo y no repartir nada. Quedan prohibidas las capeas. Quedan suprimidas las fiestas. El Estado no esta para divertir á nadie.
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La alta política de los estados europeos es incomprensible para las inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando creemos que no hay mayores motivos para una conflagración internacional que en la víspera de ese día y que en todos los días del año, resulta que sin saber como ni cuando, ni porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los Dardanelos se ha complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico ha de dirimirse; que Alemania no ve con buenos ojos—los ojos del kaiser—el _flirt_ de Inglaterra con Rusia y con Francia; que Austria é Italia se despegan de la triple alianza; que en vista de la pequeñez de los mares, hay nación que desea arrendar el Mediterráneo ó el Atlántico ó el Pacífico, para uso particular de sus barcos, como si se tratara del estanque del Retiro; problemas terribles todos ellos que, no preocupando ni poco ni mucho á nadie en particular, en cuanto ciudadano inglés, alemán, francés, etc., tienen la virtud de preocupar á Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en cuanto naciones y estados. Váyase por los muchos problemas que preocupan cada día á los ciudadanos de esos estados, sin que el Estado se preocupe de ellos para nada.
De un lado va la historia grande, la que se escribe á cañonazos. De otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive siempre. El divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien puede arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes cuestiones de política internacional?—Las que no le importan á nadie en el mundo.
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Y va de pintura. Con motivo del triunfo obtenido por Zuloaga en el Salón de París, hemos lamentado una vez más la ingratitud de España, en donde es menos conocido y estimado el nombre del insigne pintor, que en el extranjero. No es decir que no seamos aquí capaces de algún desvío y de alguna injusticia, pero en este caso no sería nuestra toda la culpa. El pintor—¡felices los pintores que por hablar en su arte un lenguaje en todas partes comprendido pueden elegir ambiente para su arte y mercado para sus obras!—no se ha dignado nunca presentar sus cuadros en España; harto hacemos en admirarlos por la fe de fotograbados y de la admiración que en todas partes los proclama por obras maestras. En cambio, cuando llega la hora del entusiasmo no nos detenemos por nada. Para algunos los últimos cuadros de Zuloaga son nada menos que símbolo de España. Esto ya me parece simplificar el simbolismo como en las revistas teatrales, donde basta que salga una tiple vestida con más ó menos fantasía y nos diga: yo soy esto ó lo otro, para que lo demos por bueno. Pero francamente, un enano con un ojo verde, y al fondo unas casucas verduzcas y un cielo verdinegro también, de una parte, y de otra dos brujas, de nariz, barba y dedos retorcidos como de aves de rapiña, podrán ser todo lo admirables que se quiera como pintura, ¡pero decir que eso es toda España!
Bien esta que lo digan los franceses, tan aficionados siempre á las grandes síntesis: el sintetizar ahorra de discurrir, pero nosotros, ¿por qué hemos de decirlo? cuando el mismo pintor al triunfar con sus cuadros de la más legítima escuela española es el primero en demostrar que en España hay algo más que enanos y brujas.
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Zaragoza triunfa con su Exposición. Saludemos á la noble ciudad, entre todas las de España, hermana predilecta de Madrid. Entre todos los cantos regionales, la jota, el verdadero himno nacional, fué siempre el preferido de los madrileños; quizás porque nunca se manchó como otros aires regionales, al ser demasiado traídos y llevados como enseña política más que patriótica.
Sin arrogancias, sin bambolla, Zaragoza, que para ser siempre grande, pudo más que ninguna reposar en sus gloriosas tradiciones, ha sabido agrandarse y prosperar y engrandecerse sin molestar y sin presumir. Con sano equilibrio, no atendió solo á los progresos materiales, y su Facultad de Medicina es gloria de una ciencia, que es quizás hoy la mayor gloria de España, que ninguna sigue tan de cerca, cuando no adelanta á la ciencia extranjera. Como en tiempos se dijo de los Argensolas que habían venido de Aragón á Castilla á enseñar el castellano, muchos son hoy los escritores aragoneses de que puede decirse lo mismo, y entre todos ellos no es preciso nombrar en estas columnas al que todos tenemos por maestro.
En la fe religiosa no hay asomos de clericalismo ni de beatería. Ante tu Virgen del Pilar—su inicial es la de Patria,—rinde armas toda impiedad y todo volterianismo. En días tristes, supiste decir que no querías ser francesa, pero con estar tu pilar tan asentado en tierra aragonesa, nadie te preguntó nunca si no querías ser española.
Por todo esto, noble Zaragoza, entre todas las ciudades de España, hermana predilecta de Madrid: ¡Salud y gloria!
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A estas horas, si el tiempo ó cualquier otro accidente imprevisto no lo ha impedido, para el público madrileño habrá pasado á la historia del toreo, acaso la más interesante en la historia de España, uno de los toreros más aplaudidos y celebrados en los modernos tiempos.
Inteligente, elegante; de una elegancia un poco afectada, poco vario en su repertorio, fué el torero de las cuatro cosas, pero en esas cuatro, maestro. Tuvo las bastantes tardes felices para ser admirado, y las bastantes tardes desdichadas para no llegar á ser odioso al público y á sus compañeros. No llegó á fatigar la admiración como el Guerra.
Siempre recordaré la corrida en que éste, á lo que se supo después, toreo por última vez, en Zaragoza. Había toreado toda la tarde con el mismo arte, con la misma alegría de siempre; pero el público se resistía al aplauso. A lo admirable decía: ¡Eso ya sabemos que lo hace bien! y no aplaudía; á lo defectuoso se mostraba severo en demasía. Aquel año empezaba á brillar el Algabeño, y el público, deseoso de inventar un torero, se excedía en mostrarle su entusiasmo. Guerra había dado muerte á sus dos toros; intentó ayudar en una de sus faenas al Algabeño, y el público, creyendo que trataba de deslucirle, le obligó con injustas protestas á retirarse. Sentado en el estribo de la barrera, contemplaba la faena de su compañero, el astro naciente. Los pases eran efectistas; esos pases llamados del Celeste Imperio: el público los coreaba con olés, con ese rabioso regocijo de la multitud cuando más que en aplaudir á uno, piensa en mortificar á otro. Gritó una voz: ¡Aprende, Guerra! Y Guerra paseo una mirada en torno del circo, una mirada de profunda melancolía, que era sin duda su adiós á las glorias del triunfo, su amargura ante la ingratitud de la muchedumbre.
¡No fué más triste el adiós de Otelo á sus victorias al dudar de la fidelidad de su amada!
¡Oh público, público; tu nombre puede ser masculino, pero tu alma es siempre de mujer, y más que ella eres pérfido como el mar!
Por suerte no reza contigo el refrán: «A muertos y á idos ...» que para unos y otros guardas lo mejor de tu admiración, y una vez desaparecido el artista, sabes depurar en tus recuerdos todo lo desagradable de su memoria.
¡Feliz el artista que logra sobrevivir como hombre y apartado de su arte puede oir todavía de sus contemporáneos como su nombre es parangón constante á los que permanecen y á los que van llegando!
Antonio Fuentes ha pasado á la historia del toreo. Ya lo sabéis, toreros del presente y del porvenir, los que más le silbaron en su vida taurina, serán ahora los que no dejarán de deciros: ¡Como aquel Fuentes, ninguno!
Salud á todos, el que se retira y los que quedan, para oirlo por muchos años.
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Más tarde ó más temprano siempre se recoge lo que se siembra. Llevamos á América nuestro espíritu, que ella nos ha devuelto pródigamente en admirables poetas que cantan en nuestro idioma, en inteligentes y bellas mujeres, que son encanto de nuestra sociedad. Pero América nos debía algo más, nos debía un torero, y si las señales no mienten llegó el torero y llegó á su hora, cuando más necesitado estaba el arte taurino de algo que le animara y renovara.
No debe padecer el amor patrio por eso; aquí no hay América que valga, y un torero no puede dudarse de que es cosa bien nuestra, mejor que cualquier otra manifestación de nuestra influencia espiritual. Ya lo dijo Voltaire: «C’est du nord aujourd’hui qui nous vient la lumière». Como el sol taurino no nos falte, salga por Antequera. Justo era que de nuestros antiguos dominios, en donde el sol no se ponía nunca, viniera siquiera algún reflejo á confortar nuestro desmayado espíritu. ¡Aplaudamos á Gaona y no olvidemos á Hernán Cortés!
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El proceso Rull es interesante como una novela; no de las llamadas novelescas; la intriga es poco interesante; mejor de las psicológicas ó experimentales, y hasta si se quiere, docentes.
Su enseñanza, por no decir moralidad, es mostrarnos bien claramente lo peligroso que ha sido siempre para toda autoridad valerse como auxiliares de esos confidentes, delatores y espías, que antes de ser frailes han sido cocineros y han jugado demasiado á ladrones antes de jugar á policías, para olvidar tan pronto sus primeras mañas.
Si hay casos en que el fin justifica los medios, hay medios que no se justifican en ningún caso.
Siempre fué achaque de la policía española servirse de esa clase de auxiliares que obligan á más de lo que sirven. Hay remedios mucho peores que las enfermedades. Se ha probado á perseguir el terrorismo de todas maneras. ¿Si se probara á no perseguirlo de ninguna? Por lo menos se conseguiría lo mismo, salvo el ridículo.
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Si hemos de caer alguna vez en falta, el Señor nos libre de que esa falta pueda ser calificada de tontería. Locura y tontería son igualmente disparates, pero según la definición de un amigo mío: tonterías son los disparates que no producen dinero.
Ejemplos: Una joven honrada pierde su reputación por un hombre rico. Todos dirán: ¡Qué locura la de esa muchacha!
Se casa con un pobre. Todos dirán: ¡Qué tontería!
Un hombre, en opinión de cumplidísimo caballero, se alza de la noche á la mañana con unos fondos confiados á su honradez. Todos dicen: ¿Ha visto usted qué locura la de ese hombre?
Se arruina por completo: ¡Qué tontería!
No hay confusión posible entre el tono de compasión del que dice: ¡Qué tontería!, y el de admiración envidiosa del que exclama: ¡Qué locura!
A propósito de ese desfalco de trescientas mil pesetas. ¿A que no han oído ustedes decir á nadie: Qué tontería?
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