De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)
Part 5
De San Sebastián á Zarauz, de Zarauz á Biarritz, no se oye otra pregunta: ¿Qué gente conocida hay? ¿Hay mucha gente conocida? Y se va de un punto á otro para averiguarlo, y se pondera la excelencia de un sitio, no por sus propias excelencias, sino porque esta cerca de otoros sitios y es excelente base de operaciones: Nosotros preferimos esto—dicen muchos—porque se esta cerca de todas partes. Y hay quien dice con frase gedeónica: Nosotros lo pasamos muy bien aquí ¿sabe usted? porque nunca estamos aquí.
A todas horas van por esas carreteras los automóviles, lanzados como en montaña rusa, trayendo y llevando gente conocida. Y esa es toda la psicología del veraneo: ¡Movimiento, movimiento!
Es gente de tan pocos recursos propios, que la soledad y el reposo les llevaría al suicidio por aburrimiento.
En su cerebro sólo suena algo, como en los cascabeles, cuando se agitan. Todo para que en Madrid pensemos al leer las crónicas de los corresponsales: ¡Como se divierten por allí! Mientras los de allí dirán al leerlas: ¿Pero será verdad que nos divertimos tanto?
¡Y Madrid es tan delicioso en verano! En primer lugar deja uno de ver á mucha gente desagradable. La temperatura es la natural; calor de verano, fresco de verano—nada de excepcional como en el Norte.
La salud pública es excelente, como en ninguna estación del año; la prueba es que casi todos los médicos veranean muy descuidados; verdad que esto puede ser causa ó efecto. En la Exposición del Retiro se da uno la satisfacción, por poco dinero, de proteger el Arte y la Industria juntamente, y lo demás se nos da por añadidura. En Parisiana, con un poco de imaginación, se figura uno estar en la terraza de algún casino de playa á la moda, con su música de _tziganes_ y su teatrillo. Y aún queda la Bombilla para darnos la ilusión de que no nos ve nadie, aunque al otro día le diga á uno todo el mundo: ¿Conque anoche en la Bombilla? ¡Ya esta usted bueno! Y queda el _boulevard_ para darnos la ilusión de un paseo provinciano, y queda ... del Prado al Hipódromo para pasear en simón con neumáticos, con tanta poesía como en góndola veneciana, amores propios de la estación ... Y en fin, lo que dice un diputado, retenido en Madrid por la discusión de los azúcares: ¡Si en Madrid se pasa el verano como en ninguna parte! Yo no tengo prisa por que se cierren las Cortés; he mandado fuera á la familia.
—No siga usted—le atajé en seguida.—Usted lo entiende. Si sigue usted en Madrid y la familia fuera, pasará usted el gran verano. Créame usted; lo que sofoca no es el calor, es la familia. Y si los senadores y diputados dan en mandar á la familia por delante, ya verá usted como no hay tantas prisas porque se cierren las Cortés, y cuando se cierren, todavía se harán algunos los remolones.
Para los que se presenta mal el año, es para esos jóvenes que veranean en un pueblecito modesto y al regresar quieren hacernos creer que han estado en todas partes y han alternado con la mejor gente; porque este año no basta con tener la cara tostada como por el aire del mar, para darse tono, hay que traer unos cuántos chichones y otros cuántos cardenales bien repartidos, para demostrar que se ha cultivado los _sports_ de moda y con alternativa.
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Permitida la fabricación y la venta de armas, no sólo de las que puede considerarse como de caza entre las de fuego, ó como utensilios de trabajo entre las blancas, sino de otras muchas que visiblemente no pueden tener mejor uso y destino que el de _mojar_, según tecnicismo, más tarde ó más temprano, ¿no es una contradicción ó _contracción_, mejor dicho, que la autoridad proceda á impedir el uso de lo que no impidió la adquisición?
Un navajón tamaño de esos que vemos, ornato de escaparates, con sus arabescos y lemas en la hoja, para mayor gala; un puñalito de esos del precioso saca y mete, como cantan en una popular zarzuela, ¿para qué pueden servir sino es para solucionar á un prójimo, en un abrir y cerrar de muelles, el pavoroso problema la eternidad? ¿Se supone que sólo los compra el coleccionista de armas para colocarlos en una panoplia, ó el extranjero para llevarse un recuerdo más de España, con la pandereta, el abanico, el par de castañuelas y el de banderillas? Y si sólo estos pueden ser los usos materialmente inofensivos de estas armas, ¿no es hora de atajar la superproducción? Y si tales armas tienen otra utilidad que no adivino, ¿no debe por lo menos equiparárselas con las medicinas peligrosas y no despacharlas sino con receta garantizada por algún doctor en medicina social?
No son juguetes que pueda manejar cualquiera, pero mientras cualquiera pueda adquirirlos, despojarle luego de una propiedad que adquirió legalmente es ... por lo menos un contrasentido, y los contrasentidos siempre desprestigian. ¿Que las autoridades tienen el deber y el derecho de prevenir? Ya lo creo; pero antes de registrar el bolsillo del transeúnte que compró el arma, debe registrar el bolsillo del fabricante que la vendió.
¡El acero tiene aplicaciones tan útiles! Además, á la larga, no habría pérdidas para nadie. Cuando esas preciosas navajas de muelle y esos puñales primorosos escasearan en el mercado, los coleccionistas y los extranjeros los pagarían como curiosidades arqueológicas.
Entre tanto, ese procedimiento antipático del _cacheo_ es ... lo de siempre: poner emplastos á los granitos en vez de purificarnos la sangre.
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En Valencia se ha vuelto loco un toro y en Córdoba se ha vuelto loco todo un público. Los dos han hecho lo mismo: embestir con cuanto se les ponía por delante. El público se puso en tal estado de indignación por la mansedumbre de los toros. La locura del toro esta más justificada: fué de indignación por la fiereza de los hombres. Se vió acosado, acorralado, enchiquerado, y pensaría: ¿Pero qué va á ser esto? Y decidió morirse, dispensándonos un favor; porque si tanto se indigno con los preliminares, si hubiera llegado á la lidia, ¿qué de cosas no hubiera ido mugiendo de nosotros á los elíseos pastos? ¡«Azafrán», «Azafrán»! Tu sangre de toro sería excelente, pero no era sangre española; los españoles nos dejamos lidiar hasta el fin. Además, nunca te perdonarán los aficionados sus ilusiones defraudadas. ¡Lo que hubiera hecho ese toro en la plaza! Menos mal que á los pocos días pudimos consolarnos, diciendo: ¡lo que han hecho esos animales en la plaza!
El caso es que veamos siempre bravura, ó en los toros ó en los toreros ó en el público.
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Esta vez sí que nos han dado una buena lección los catalanistas, y no hay que ofenderse por ella, porque si es verdad que nuestra policía les parece deficiente, no hay que decir que han acudido á ellos mismos para suplir la deficiencia. Se conoce que entre los cráneos superiores no se da la protuberancia policiaca, y así lo han reconocido con modestia al buscar un policía del mejor género inglés, tan acreditado en esta especialidad. Así esta bien, y lo bueno debe buscarse donde lo haya mejor. ¡Y ojalá en todo y siempre hubiéramos hecho lo mismo por aquí y otro gallo nos cantara ó no cantara ninguno!
Los lujos hay que pagarlos, y este se paga bien y tampoco hay que censurarlo; de este modo se puede exigir méritos en justa relación con el precio; la verdad, pedir un Gorón ó un Sherlock Holmes por treinta ó veinticinco duros al mes que cobrarán algunos de nuestros modestos policías, es como pedir primores culinarios á una cocinera con tres duros de salario y uno para la compra. La creencia en ultraterrenas recompensas esta muy debilitada en los espíritus modernos, para que nadie haga apostolado de servirnos por nuestra linda cara. Todos sabemos lo que podemos exigir, poco más ó menos, según lo que pagamos á nuestros servidores particulares; sólo cuando se trata de servicios sociales, nos creemos en el caso de pedir gollerías. Por mil libras esterlinas y gastos de _mise en scene_, los barceloneses ya tienen derecho á quejarse si M. Arrow no les deja aquello hecho un Paraíso terrenal.
En todas las grandes capitales quedan todos los años más de uno y más de dos crímenes impunes; en Madrid, aunque quedaran por docenas, no tendríamos razón para extrañarlo. Con los sueldos mezquinos de nuestra policía, el personal escaso, y ese ocupado de continuo en velar por existencias preciosas ¡quien lo duda! y que aún debieran estar mejor guardadas, pero con personal aparte, lo admirable es que Madrid sea, y no lo duden ustedes, una de las capitales en que menos _sucesos_ ocurran. Descuenten ustedes muchos de esos timos del portugués y de los perdigones, que nos hacen pensar: ¿pero es posible que todavía haya gente tan cándida por el mundo? Y, en efecto, muchas veces el dinero se perdió en el juego ó se gasto en la aventurilla escabrosa, y el cándido forastero necesita que _salga_ en los periódicos la noticia del timo para justificarse con la parienta que le sacará los ojos si otra cosa creyera. Del mismo modo hay muchos robos y atracos de la más pura auto-sugestión, y las culpas son siempre para la policía, que no diré yo que sea perfecta, ni mucho menos, á poco que se piense en como esta pagada. Aquí, donde para ser lógicos, ya que hay maestros con cinco duros al mes, necesitaríamos policías con cinco mil al año. En cambio, si tuviéramos maestros con cinco mil duros al año, acaso nos bastara con policías á cinco. Para la gente pobre, ya se sabe, al cabo del año lo que no va en alimentos, se va en botica, y la verdad ¡con cinco duros de alimentación espiritual, todo debía ser poco después para remedios!
Esperemos esa segunda lección de los catalanistas. ¡Un maestro de escuela con mil libras esterlinas de sueldo! Eso sería ... como el título de la última obra de Mark Twain: «Better than Sherlock Holmes»; traducido para que no lo entienda míster Arrow y no quieran entenderlo sus importadores: «Mejor que Sherlock Holmes».
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¿Qué especie de curiosidad ha llevado á la vista del juicio de Soleilland á tanta Eva, aunque en lo corporal vestidas por Doucet, Redfern ó Paquín, en lo espiritual sin la menor hoja de parra para encubrir su desvergüenza?
¿Era como una tardía manifestación de protesta que pudiera significar: ¡Ah, estos hombres! He aquí un crimen que cualquiera de nosotras hubiera podido evitar á tiempo?
¿Era la figura simpática del criminal, divulgada por la fotografía, la que acaso les hacia creer en una probable inocencia, demostrada por alguna revelación imprevista en el transcurso del juicio?
¿Ó era este mismo picante contraste entre el físico y el empleo, que dicen por allá, lo que constituía la mayor atracción de Soleilland?
¡La psicología femenina es tan poco complicada como complicada es su fisiología!
De todos modos, en estos tiempos de apacible vulgaridad, sin sacudimientos pasionales, un criminal de cualquier género siempre inspira admiración más ó menos disfrazada. Las mujeres lo disfrazan todo de curiosidad.
Por este sentimiento no será extraño que leamos muy pronto en los avisos particulares de algún periódico de París: «Señora del gran mundo, otoño espléndido, desengaños sentimentales. Desearía ser violentada. Todos los días, entre dos luces, se hallará sola en el Bosque de Vincennes». Lo peor es que no se hallaría sola; para una que se anunciara, hay que pensar en las que acudirían por curiosidad á ver quien era ella y á ver lo que pasaba, aunque las confundieran con la del anuncio y las dieran un buen susto; un susto de esos que se recuerdan siempre en confidencias con las amigas: ¡Para susto el mío! ¡Todavía no me ha salido del cuerpo!
¡Oh, Soleilland, Soleilland! La cabeza te cuesta; pero cuántas lindas y soñadoras cabecitas se han estremecido por ti, como si las acariciaras con tu mano estranguladora, tu mano de asesino, fría como el cuchillo de la guillotina.
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Por si no bastaba con el uso muy extendido de las máquinas, han dado las mujeres en escribir con una letra tan impersonal, tan sin carácter como letra de imprenta. Esa letra á la moda, toda líneas rectas, que hace parecer una carta como plana de finos palotes, y todas las cartas iguales, se presta, como los antiguos mantos en nuestras comedias del siglo XVII, á todo género de confusiones y enredos teatrales. ¡Cualquiera sabe qué mano pudo escribir, cuando todas escriben del mismo modo!
Yo no se lo que dirá la grafología de ese carácter de escritura que, ante todo, muestra la falta de carácter de la escribidora. ¡Destruída la emoción de percibir sólo por el sobrescrito si la carta que llega á nuestras manos es la carta esperada entre todas!
Confiad un poco más en nuestra discreción y en nuestra lealtad. ¡Oh, mujeres! Escribid de ese modo á los indiferentes. No hagáis á los que os aman que recuerden con pena aquellas divinas cartas de mala letra y peor ortografía, pero cuyo estilo era una mujer, no todas las mujeres, cualquier mujer, como estas de ahora que, en letra y estilo, parecen copiadas de un solo modelo epistolar para uso de señoras y señoritas que no quieren soltar prenda y siempre pueden tener el recurso de renegar de lo que escribieron: ¡Esa carta no es mía! ¡Es de Fulanita! Pensad que Fulanita es también vuestra amiga y la comprometéis por salvaros.
Con la letra y la ortografía de antes podía escribiros las cartas vuestra cocinera; vosotras tampoco os comprometíais, nosotros nos divertíamos más, y alguna vez la cocinera podía hacer su suerte.
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—¿A dónde va usted este verano, marquesa?
—A mis baños, como siempre.
—¿Con el marqués?
—No; el va á los suyos. Ya sabe usted que todos los veranos nos separamos por incompatibilidad ... de humores.
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En la playa.
Doña Patro, á quien han recomendado los baños de mar para adelgazar, se presenta en la playa con un amplio traje que borra todos sus contornos. Su ilusión de haber disminuido desde el año anterior es completa; porque el bañero, que es el mismo de otras temporadas, no la reconoce á pesar de las buenas propinas.
A la media hora del baño, ceñido ya el traje y entregada por completo á las olas, dejando fuera de la línea de flotación una enorme boya natural, el bañero, asaltado por un recuerdo imborrable, exclama: ¡Perdone usted, doña Patro! ¡Qué habrá dicho usted! ¡Hasta ahora no la había conocido!
Doña Patro se sumerge de golpe como para ahogarse.
XV
¡Por qué extraño contraste cuanto más intensa se muestra la vida á nuestro alrededor, más se impone á nuestro pensamiento la idea de la muerte! Y como Jerjes lloraba ante la inmensidad de sus ejércitos, al pensar como dentro de pocos años toda aquella multitud de hombres habría dejado de existir sobre la tierra, así nos entristece el mismo pensamiento cuando el hormiguero humano parece más afanoso por la vida, en esos pueblos de la vida intensa, en esas grandes ciudades emporios de la civilización en que las gentes van presurosas siempre, apartando á empujones al que estorba el paso.
En cambio, esos pueblos petrificados que parecen muertos, de raros paseantes sin prisa, que van lentos, majestuosos, como quien nada tiene que hacer en ninguna parte, por su misma quietud nos dan una sensación de eternidad que aleja la idea de la muerte. Pero estos son los pueblos atrasados á los que es necesario llevar, á cañonazos si es preciso, esa vida intensa que llamamos civilización. Vivir ó morir; dormir, no. La civilización, como Macbeth, ha asesinado el sueño.
Y no obstante, no fué en las calles de la gran capital civilizada donde nos pareció entrever la silueta de algún hombre dichoso. Fué en la calleja moruna, sobre una esterilla raída, entre el humo aromado del café y de la pipa, envuelto en su jaique color de pedrusco, el moro inmóvil, anulado el pensamiento, sabedor de toda sabiduría; la inutilidad de todo paso nuestro en la vida cuando todos, lentos ó presurosos, nos llevan á la muerte.
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Nuestros gobernantes, tan dicharacheros y sábelo todo cuando de los asuntos caseros se trata, tratándose de asuntos internacionales se tornan graves y silenciosos; y ya se sabe, cuando ellos se encierran en la mayor reserva, ó no piensan nada ó piensan hacer una tontería. Desde Felipe II, llamado el Prudente, que no hizo más que cometer imprudencias, que todavía colean, en toda su vida, debíamos echarnos á temblar cada vez que en España se invoca la prudencia para algo.
Los pies de plomo no fueron nunca buenos para ir á ninguna parte, sobre todo donde sería mejor no ir de ningún modo. La frase vulgar «Con Fulano ni á coger monedas de cinco duros», debía ser un axioma de política internacional con respecto á Francia. ¡Porque cuidado si tuvo siempre mala mano para estas andanzas! Dicen sus admiradores incondicionales que es la única nación que hizo pura política internacional de corazón y por ideal. Será que estas cosas de la política estén reñidas con los arranques cardiacos. Si aún para coger monedas de cinco duros había que tener reparo, ¿qué será por ochavos morunos, que es todo lo que podemos ganar en la compañía, viniendo muy bien dadas?
Entre tanto allá vamos, y quiera Dios que no sea la mil y una salida que hizo ... alguien más loco que Don Quijote; porque Don Quijote, hay que hacerle justicia, embistió alguna vez con rebaños pensando que eran ejércitos, pero no se le ocurrió nunca embestir con ejércitos creyéndolos rebaños.
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La competencia de Bombita con Machaquito vuelve á poner sobre el ruedo la eterna cuestión taurómaca: si es preferible un buen torero á un buen matador.
Los públicos meridionales siempre han sido más admiradores de los arabescos con capote y muleta; los públicos del Norte estiman en más la estocada; la hora de la verdad. Los madrileños en esto nos inclinamos más al Norte. Los buenos matadores han tenido siempre entre nosotros mayor partido que los buenos toreros. El madrileño de raza fué gran frascuelista, como sería hoy machaquista si la espada del valiente cordobés contrapesara la muleta de Bombita tanto como contrapesó la espada de Salvador la muleta soberana de Lagartijo.
Por ahora la balanza oscila por días para mayor interés del público, que en España siempre necesita de estas competencias para sostener sus admiraciones.
Como el Guerra no tuvo competidor en su tiempo, el público no podía tolerarlo, y consiguió aburrirle. A lo que esta muy expuesto el Sr. Maura si continúa toreando sin competencia. En España la admiración se cansa pronto. La alternativa de solidaridad, que hizo concebir tantas esperanzas, las defraudó por completo. El espectáculo languidece.
Los toreros viejos cansan al público; entre los novilleros no apunta ningún astro ... ¡Y es tan aburrido torear sin competidores! ¡Y tan triste tener que decir, parodiando al Guerra: Después de mí, _naide_; después de _naide_ ... Rodríguez San Pedro. Ó aquello otro más expresivo: ¡Qué malos _seis toos_!
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No hay que ser escépticos; como dijo nuestro gran dramaturgo: _Algunas veces aquí_ halla la virtud su recompensa, y no sólo la virtud, sino también el talento, con ser cosa menos estimable. Gracias á nuestras sabias instituciones oficiales, podemos lograr de cuando en cuando este anticipo del reino de Dios sobre la tierra.
La Real Academia de la Historia anuncia un concurso de premios á la virtud y al talento. A primera vista parece que la virtud y la historia habían de andar algo reñidas, porque siempre se dijo de la gente escasa de virtudes que era gente de historia, y por lo general, las personas virtuosas, como los pueblos felices, no tienen historia.
El premio es de mil pesetas, y bien se advierte la sabia previsión de los donantes; con esa cantidad es seguro que el favorecido con el, persevere en la virtud. Con mil pesetas no hay para entregarse á muchos vicios. También se advierte como quiere alejarse toda idea de cálculo al aspirar al premio; porque mil pesetillas, cualquier vicio bien administrado puede dejarlas, más ó menos en limpio, al cabo del año.
Pasemos á las condiciones, y copio textualmente porque no quiero malograr ningún primor de estilo: Este premio será adjudicado á la persona de quien se cuenten más actos virtuosos, ya salvando náufragos, apagando incendios ó exponiendo de otra manera su vida por la humanidad.
Aquí se ve como los señores académicos consideran el valor como virtud; porque á nadie se le oculta que bien puede uno salvar náufragos, apagar incendios y exponer de otras mil maneras su vida, sin ser por eso ejemplar de virtudes. ¿Ven ustedes la incompatibilidad entre ser bombero espontáneo y emborracharse de cuando en cuando? ¿Ó entre arrojarse á las olas procelosas para salvar hasta media docena de náufragos y darle luego en casa una paliza diaria á la parienta?
Tampoco me parece muy bien eso de apreciar como mérito la acumulación de estas proezas. Creo que para cualquier persona de bien ya es bastante asistir en su vida á uno de estos casos lastimosos. Yo desconfiaría del que me dijera haber asistido á seis incendios, diez naufragios y doce epidemias, con alguna que otra tragedia, aunque en todo ello hubiera realizado heroicas hazañas. Más que virtud me parecería ... mala pata. Y perdone la Academia.
Sigamos leyendo, que ahora se entra ya sin equívocos en el verdadero terreno de la virtud. Copio otra vez: Ó al que luchando con escaseces y adversidades, se distinga en el silencio del orden doméstico por una conducta perseverante en el bien, ejemplar por la abnegación y laudable por el amor á sus semejantes y por el esmero en el cumplimiento de los deberes con la familia y con la sociedad, llamando apenas la atención de algunas almas sublimes como la suya.
Tomemos un buen aliento y reflexionemos. Todo esta muy bien; sólo que á esas almas sublimes capaces de apreciar otra alma sublime ... ¿qué otra alma sublime las garantiza? ¿Y á usted quien le presenta?, puede aquí decirse. Y en caso de que esas almas sublimes que garantizan estén á su vez garantizadas, ¿no será cosa de premiarlas también con algo, siquiera con el tanto por ciento que suele corresponder á los denunciadores de la riqueza oculta? ¿Es cosa de premiar á los acusones de culpas y de dejar sin premio á los descubridores de virtudes? No, no esta bien, y es más de lamentar cualquier humana injusticia cuando se trata de anticiparnos algo de justicia divina.
El talento ya es tenido en menos que el valor por los académicos, y en la convocatoria parece por completo deslindado de la virtud. Eso sí, en lo material el aprecio es el mismo: mil pesetas; es la cifra: mil pesetas á la virtud, mil al talento. Sólo que aquí no se exige la acumulación de méritos; una monografía histórica, y listos. No es tampoco preciso el concurso de otras almas sublimes, etc ... Los académicos son modestos; para aquilatar virtudes, necesitan del auxilio de esas almas sublimes, etc.; para juzgar del talento, ellos solos se bastan.
¡Héroes, santos y sabios! ¡Vayan, vayan llegando ... ¡Mil pesetas á la virtud, mil pesetas al talento! ¡Ocasión única! El premio no compromete á nada. Una vez cobrado, puede uno dejar de ser virtuoso ó puede uno dejar de tener talento. En el primer caso, tendrá abiertas todas las puertas, y en el segundo ... de par en par _las de la Academia_.
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Lo de hacer su Agosto, no debía decirse tanto por los labradores como por los toreros. Nadie como ellos en España hace su verdadero Agosto. Aunque en el preside el signo del Zodiaco más contrario á los cuernos, Agosto es el mes taurino por excelencia. No hay capital, villa ni lugarejo que no arda en fiestas en su coso, con grandes corridas, novilladas, ó, de no poder más, capeas. La sangre torera hierve al sol canicular.