De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)

Part 4

Chapter 43,878 wordsPublic domain

Este proyecto de Administración local, ni una cosa ni otra; es de esas obras en que el aburrimiento no deja fuerzas para el pateo, en opinión de los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo, tan pocos que, seguramente á su propio autor podría decírsele sin paradoja, lo que una dama de la corte de Luis XV contestó á un obispo que le preguntaba si no había leído sus últimas pastorales.

—No, no las he leído. ¿Y vos, monseñor?

* * * * *

Los que conocemos al doctor Simarro, nunca pudimos imaginar que no fuera el amado maestro de sus discípulos. Con su cara de amable filósofo griego, con su indulgente escepticismo, sólo podemos creer que esa severidad de examinador, que tanto ha soliviantado á sus alumnos, es sólo bondadosa y fraternal solicitud, mal comprendida por ellos.

Creedlo, jóvenes estudiantes; cuando no se ama la ciencia con toda verdad y todo desinterés; cuando solo se busca en la indulgencia de un profesor el portillo de escape para llegar más pronto á la declaración oficial de sabiduría, el maestro, y mucho más si lo es de Fisiología psicológica, tiene el deber, no sólo de juzgar por vuestra suficiencia en el examen, sino hasta por la expresión de vuestra fisonomía, que no habéis elegido el mejor camino, aunque solo pretendáis de la ciencia un modo de vivir; pero la Ciencia, como el Arte, sólo dan de vivir al que les dió toda su vida; hay otras profesiones honrosas y lucrativas en que la impaciencia por llegar pronto esta justificada.

Los sacerdocios exigen verdadera vocación y la verdadera vocación no es nunca impaciente.

Muchas veces, por la voz del maestro que nos detiene con un suspenso en lo mejor de una carrera, habla la voz del destino que nos llama por nuestra verdadera senda. ¡Hay tantos caminos en la vida! Pero la Ciencia, que es la verdad, sólo tiene uno: ella misma.

* * * * *

Cada día es una nueva conquista de la libertad; esta del voto obligatorio es una de las más preciosas. Cuando vivíamos en la creencia de que ese voto era un derecho que la ley nos concedía graciosamente, ahora resulta que es un deber ineludible, un deber del que no nos habían hablado ni el Catecismo ni la Etica. Verdad es que cuando se escribió el Catecismo y cuando nosotros estudiamos la Etica, era la ley la que impedía á la mayoría de los ciudadanos el cumplimiento de ese deber, al que ahora cree que ninguno debe faltar.

Hasta ahora lo mejor de ese derecho, como de casi todos los derechos, era la facultad de no usarlo; aparte que si es bueno que todo ciudadano intervenga en la gobernación del Estado, el abstenerse de votar era en política, como el sueño en cuestiones literarias, una opinión de tanto peso como cualquiera otra.

Porque veamos qué hace con su voto un ciudadano con ideas propias y particulares. ¿Votar una de esas candidaturas impresas, de candidatos encasillados, desconocidos para el, ó demasiado conocidos? ¿Manuscribir una candidatura de su gusto, con personas de su particular confianza y aprecio? ¿Y qué adelantará con votarla el solo? Porque, supuesto que haya otros ciudadanos que tampoco estén conformes con los papelitos impresos, menos han de estarlo con el manuscrito por cualquier buen ciudadano con los nombres de amigos muy apreciables para el, pero no tan apreciables para su vecino.

¡Ay, bien dicen que nunca aprecia uno lo que tiene ni sabe lo que pide!

Pedimos una gracia y nos encontramos con una obligación. De este modo no sería extraño que el día en que se votara la ley del divorcio, en vista de que la gente no hacia tampoco gran aprecio de ella, se impusiera también como obligatorio; porque las libertades se conceden para eso, para disfrutarlas, ya que tanto les cuesta á los gobiernos concederlas.

Como todo se andará al paso que vamos, la instrucción obligatoria, el servicio obligatorio, la vacuna obligatoria, el matrimonio y el divorcio obligatorios, el voto obligatorio, prohibida la emigración y el suicidio muy perseguido, no será ningún contrasentido que las futuras revoluciones liberales se hagan al grito de: ¡Abajo la libertad! ¡No más libertades!

* * * * *

El actual verano se presenta en Madrid como los más clásicos de feliz memoria; mucho calor, crimen misterioso, y para que no le faltará su poquito de epidemia, hemos padecido una de oratoria, más alarmante por haber sido los casos más fulminantes justamente entre los encargados de inocularnos el virus preservativo de la enfermedad.

Se conoce que por ahora su sistema de curación es la homeopatía; no por las pequeñas dosis, sino por lo de _similia_, etc., el mismo que ya recomendó Cervantes en su entremés de _Los dos habladores_.

Como era de esperar, en el concurso de gorros solidarios: frigio, barretina y boina, ha sobresalido la última; de modo que ya sabemos por dónde viene esa España viva dispuesta á luchar con la España muerta. Con eso y con dividirnos, subdividirnos y desmenuzarnos en castas, cada una con sus fueros particulares, según su aplicación y comportamiento, pero siempre bajo la hegemonía de Atenas, ya estamos arreglados para ir tirando otros cuántos siglos por esos andurriales de la historia.

¡Buenos están los tiempos para jugar á los estaditos! En Alemania—que es hoy por hoy la verdadera portería—darán razón; y en la Haya, las mejores referencias.

* * * * *

Muy del tiempo y de los tiempos también, ese juez que entrega al fuego purificador la biblioteca de Vicenta Verdier. Todo cuestión de forma literaria; porque si esos libros los hubieran firmado Bourget, D’Annunzio, Willy y Felipe Trigo, á estas horas la Vicenta figuraría en el libro de oro de nuestros intelectuales.

¡Y qué reclamo para los autores! Como lo será, sin duda, para los vendedores furtivos de esas amenidades galantes, el susurrar al ofrecernos su mercancía: ¡Un librito alegre! ¡De la biblioteca de la Vicenta! ¡El último que me queda!... ¡Qué idea! El reclamo moderno no se detiene por nada. ¿Será esta una nueva pista del crimen? Si estuviéramos en los Estados Unidos, no habría que dudarlo; aquí los crímenes son de una vulgaridad tal, que lo único que puede darles un poco de poesía es el misterio.

Después de un crimen de estos ¿quien no comprende la emoción que deben sentir esas mujeres para quien el amor es un constante juego de azar al encuentro, cuando piensen ante el desconocido de cada día: ¿Será éste el que mató?

¡Oh suprema voluptuosidad que no saboreó el marqués de Sade y que tantas mujeres desgraciadas pueden saborear cada día, para envidia de esas mundanas aburridas que, ansiosas de emociones, se despeñan en un automóvil á 80 kilómetros por hora!

Las conveniencias sociales nos obligan á buscar derivativos confesables á nuestras energías más íntimas. ¡Asusta pensar lo que sería de algunas elegantes automovilistas que conocemos si aplicaran al amor esas velocidades y ese desprecio á los peligros!

* * * * *

Rafael Calvo y Antonio Vico fueron los dos intérpretes brillantes de ese teatro tan nuestro, sin sinuosidades psicológicas, rotundo como un imperativo, todo altivez, todo arrogancias; con impertinencia de bravucón á veces, sombrío acaso, nunca obscuro, en que la imprecación es razonamiento y el rugido llanto. Ese teatro fué tan de Rafael Calvo y de Antonio Vico, que bien puede dudarse si ellos fueron por el ó el fué por ellos.

Hoy es otro teatro; el llamado de ideas, donde se refugian como novedades las ideas ya viejas en el libro y en el pensamiento. Y otras obras de chistes ingeniosos, de chismorreo malicioso; hay quien las dispensa el favor de llamarlas satíricas y hasta quien las considera demoledoras; nos asustamos por poco, quizás porque lo tememos todo.

Los buenos burgueses no quieren que los autores de comedias asustemos á sus mujeres y á sus hijas: es un monopolio que quieren conservarlas.

Yo lo encuentro muy natural; tan cuidadosos como ellos de que sus hijas no oigan algunas de mis comedias, lo sería yo si tuviera hijas de que no oyeran las conversaciones de las suyas. ¡Porque si uno se limitara á copiar lo que oye, sin atenuaciones!

Y no es sólo en las clases altas; no cometeré yo tal injusticia. En la primitiva aldea en que paso algunas temporadas, oí un día de estos á una sencilla zagala que le decía al autor de sus días con la mayor ingenuidad: ¡Pero cuando reventará usted, padre! ¡Para lo que sirve usted en el mundo!

No digo que quedé consternado, porque hace tiempo me sometí á un tratamiento muy enérgico para curarme de la consternación á que era muy propenso desde pequeñito, pero sí pensé que tampoco queda el recurso de refugiarse en la sencillez de los campos para llevar algo de realidad al teatro sin miedo á escandalizar. Habrá que buscar asuntos de pura imaginación. ¡Pero hay que ver como esta la imaginación muchas veces, sobre todo con estos calores!

[Ilustración]

XII

El gobierno con las Cortés y los empresarios de género chico con sus teatros, siempre se proponen lo mismo al empezar el verano: no cerrar ó cerrar lo más tarde posible.

Los empresarios siquiera procuran refrescar la vista del público con su golpe de cortinajes blancos y macetas de permanente verdor, repartidas por el vestíbulo y los pasillos del teatro. Cuentan además con la fantasía de autores y escenógrafos, para transportar á los espectadores á una de esas playas de ensueño cómico-lírico en que todas las bañistas lucen carnes de color de rosa—todos los rosas marítimos, desde el salmón al coral, sin olvidar el salmonete ni la langosta cocida,—visten de raso, impermeabilizado sin duda, calzan sandalias con tacones Luis XV, y no prescinden de corsé, pendientes, sortijas, colorete, etc. Y no es cosa de lamentar la impropiedad; desde muy antiguo, los poetas se permitieron con Galatea toda clase de licencias al presentarla _alegre y bulliciosa por la ribera arenosa_ ...

¿No nos dijo por ella el poeta en sus quintillas clásicas?

¿Qué pasatiempo mejor orilla al mar puede hallarse que escuchar al ruiseñor, coger la olorosa flor y en clara fuente bañarse?

Pasatiempos algo más difíciles de hallar á orillas del mar que puede serlo el ver por esas playas á una bañista moderna, más bulliciosa que Galatea, vestida como una tiple de juguete cómico-lírico veraniego.

¡Así dispusiera el gobierno de estos recursos teatrales para retener á su público durante el verano! Pero cualquiera detiene á nuestros legisladores para estudiar y discutir leyes de tanto peso y abrigo, con billete gratuito por todas las líneas, y, el que más y el que menos, con dos ó tres sirenas en casa llamándole hacia el mar con voz, ya acariciadora y mimosa, como de hija, ya terrible y conminadora, como de mujer ó de suegra, y todas ellas mostrándole, no sólo un nuevo mundo como á Colón, sino muchos mundos, tal vez viejos, pero llenos de cosas nuevas que descubrir y que enseñar por esas playas y casinos.

Como hay autores cómicos que no empiezan á escribir una obra hasta tener apuntado el suficiente número de chistes con que amenizarla, hay señoras que hasta no contar con buen número de _toilettes_ no empiezan á planear su viaje; de otro modo, tampoco tendría chiste. Después, según la ropa, se piensa en un sitio ó en otro.

Yo se de un padre de familia que este año ha decidido dar la vuelta al mundo con su mujer y sus hijas, según dice, por economía.

—¡Pero, hombre!—le argumentan los amigos.—¿Por economía? Si le costará á usted un dineral el viaje.

—No lo crean ustedes. Como estaremos poco tiempo en cada sitio y sólo vamos de _touristas_, mi mujer y mis hijas se contentan con llevar el preciso equipaje. Y no saben ustedes lo que esto significa. Un verano me las lleve á Cercedilla con la idea de hacer economías, y como la misma gente se reune catorce veces al día, y porque no creyeran que estábamos allí por economizar ... ¡Aquello era una representación de Frégoli diaria! En fin, tanto cambiaban de vestidos y tan de pies á cabeza, que yo no entraba una vez en casa que no me las encontrara en camisa ... ¿Pero por qué os desnudáis tanto? les decía; vais á resfriaros ...

—Si no nos desnudamos, papá; nos vestimos.

¡Respuesta de una gran filosofía! Porque, en efecto, las mujeres no se desnudan nunca, se visten siempre; si alguna vez en su vida puede parecer que sólo se trata de desnudarse, no lo crean ustedes: es por el gusto de vestirse luego ... y vestirse algo mejor, si es posible.

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Lo que más siente el público—¡oh buen público, lector de folletines y espectador de melodramas!—cuando no parece el autor de un crimen, no es que éste quedé impune y pueda ser un peligroso ejemplo para animar á más de cuatro indecisos que no han encontrado todavía su senda por el mundo; lo que el público siente, es la desilusión de su curiosidad no satisfecha. Como si un periódico de gran circulación cortara su gran novela de crímenes en lo más interesante, y los fieles lectores quedaran sin saber lo que fué de Emma, después de encerrada en el subterráneo del castillo, ó de la condesa, después de hipnotizada por el barón, para sugerirle la idea de robar el Banco de Londres, ó cualquier otra friolera.

¡Ah! si la conciencia pública se manifestara con sinceridad, cuántas veces en casos de crimen misterioso se votaría con general satisfacción un plebiscito concediendo, no sólo el perdón, sino hasta una pension vitalicia y algunas condecoraciones, al criminal, con la única condición de presentarse á descifrarnos la charada y no dejarnos en la duda de como y porqué fué el crimen.

No faltarían personas distinguidas que le invitaran á sus comidas y _soirées_ para oírselo referir de viva voz. ¡Esta pícara hipocresía social nos priva de los mayores placeres y hasta de algunas buenas obras! Porque, ¿quien sabe si un criminal, por empedernido que fuera, al verse así halagado y considerado por las gentes, no acabaría por ser el hombre más sociable y más _adaptado_ del mundo? Acaso acabaría en filántropo. No sería el primer caso que conocemos, y no de criminales misteriosos precisamente, sino muy notorios, aunque impunes.

¡Los altos designios de la impunidad son tan respetables! ¡Cuántas veces una condena prematura por un _crimencito_ de tres al cuarto, puede privar á la humanidad de un gran bienhechor, á la sociedad de un hombre agradable!

* * * * *

Cuando llegan de algunas provincias tristes lamentaciones por los perdidos fueros y andan esos regionalistas—como ciertas mujeres que culpan siempre de todas sus desgracias al que las perdió, como ellas dicen—maldiciendo todavía del señor rey Don Felipe II ó Don Carlos II ó Don Felipe V—según regiones,—que fueron también la causa de su perdición primera con quitarles sus fueros y privilegios, bueno sería que los madrileños, tan despreocupados de nuestra historia, indagásemos si en algún tiempo tuvimos también algún fuero ó siquiera fuerillo ó ventajilla de que ampararnos ahora ante el nuevo impuesto que nos amenaza, digno de los mejores tiempos feudales.

Nuestro alcalde quiere ejercer con los madrileños algo así como el llamado por los franceses, con más delicadeza de frase que entre nosotros, _le droit du seigneur_. ¡Y cuánto más seguras que en el antiguo derecho de pernada, serán las primicias de la verdadera flor de azahar, tratándose de que en Madrid trabajemos todos! ¡Cuántos brazos vírgenes de toda faena!

Pero como los madrileños, no en balde gatos, somos de natural rebeldes á imposiciones, tendrá que ver de lo que seremos capaces antes de someternos á esa prestación personal. Los sablistas y pedigüeños ya tienen un motivo oratorio más con qué conmovernos: «¡Dos días sin comer y mañana al tajo; tengan compasión!» No faltarán tampoco funciones teatrales con el objeto de redimir á un padre de familia, del azadón, del pico, y ¡qué se yo! Habrá quien sea capaz ... hasta de trabajar por primera vez en su vida sólo por reunir la cuota necesaria á redimirse del trabajo.

Pero no hay que alarmarse demasiado; si ello llegase á ser ordenanza municipal, ya sabemos á lo que todo quedará reducido: á que los días de elecciones vayan á trabajar al tajo todos los electores de oposición.

* * * * *

Entre la infinidad de compras, precursoras del viaje veraniego, las mujeres no olvidan los libros. En Madrid no hay vagar para la lectura: el periódico, la revista ilustrada, lo que basta para saber lo que pasa por el mundo. Pero en estos días la librería á la moda se anima con el charloteo femenino:—¿Qué novedades hay? ¿Qué novelas pueden leer estas niñas? Algún libro de versos ...

Ya es la gran dama que presume de intelectual y consulta catálogos y elige por sí misma, y en el mismo paquete une á Nietzsche con Bourget, y á Tolstoï con D’Annunzio, sin olvidar algún estudio histórico sobre algún personaje del siglo XVIII, con preferencia alguna favorita del Rey Sol ó del Bien Amado. Hay que documentarse, nadie sabe lo que puede ocurrir en este mundo. Ya es la madre de severos principios que lleva de antemano anotados los libros que recomienda ó permite el Padre Dulce, de la Compañía. Ya es la institutriz que elige ante todo los libros de su gusto, muy convencida de que las señoritas no han de leerlos, y para ella todos serán pocos en muchas ocasiones cuando para una institutriz de buen tono no hay libro bastante interesante si ha de absorber su atención por completo ni bastante voluminoso si ha de ocultarla discretamente todo lo que sucede á su alrededor.

Ahora son unas muchachas bullangueras, de esas que quisieran á cada momento, sólo con pasar, exteriorizarse todas, y hablan y ríen, pensando tanto en que las oyen, que apenas piensan lo que dicen. A la rebatiña de palabras unas con otras, no suben á tranvía, ni hacen corro en la calle con amigos, ni entran en tienda sin dar noticia de su nombre, y parentescos, y relaciones, y gustos y disgustos ...

—Yo, como no puedo resistir á los hombres tontos ...

—Yo, como me vuelvo loca por la horchata de chufas ...

—Yo, como no soy como Fulanita ...

Y á propósito, traje cortado, hilvanado y cortado á la medida de Fulanita en menos tiempo que un luto.

Estas revuelven la librería, con un comentario para todos los libros, sin desatender por eso, desde la vidriera, á cuántos pasan por la calle.

—Mira ... Becquer. ¡Qué preciosidad! ¡Es mi poeta!

—Y el mío.

—¿Has leído esto?

—Es muy aburrido, una lata ... ¡Pero como va esa criatura! ¿Habéis visto?

—¿Quién, quien?

—Juanita.

—¡A ver, á ver!

Se precipitan á la puerta. Risas. Comentarios al traje de Juanita; del traje pasan á la piel. Vuelven á los libros.

—¿Habéis elegido ya?

—¿Qué decidís?

—Yo, éste.

—Yo, estos dos.

En un aparte furtivo, una de ellas señala un libro.

—¡Fijaos!

—¡Qué horror!

Es un libro de que oyeron hablar, como de tantas cosas; un libro que ellas sólo pueden conocer así, por el forro, como tantas cosas. Pero sus ojos acarician el libro cerrado y por su frente pasan adivinaciones que se traslucen en un reir nervioso.

—¡Qué tonta! ¿De que te ríes ahora?

—¿Y tu?

—Me acuerdo de Juanita.

Entra un criado de casa grande, entrega á un dependiente una larga lista de libros. El dependiente busca, reune; entre ellos va el libro. Sale el criado. Ellas, casi á coro:

—¿Para quien son esos libros, sabe usted?

—Para la duquesa de——.

—¡Fulanita!

Lanzan el nombre propio y familiar, para que se entere el dependiente de que la duquesa es cosa muy suya. A continuación, traje de corte y gran gala para la duquesa y algunos allegados.

Es un rato muy divertido el que puede pasarse en la librería á la moda, en estos días en que tantas bellas y graciosas mujeres acuden á proveerse de literatura.

Yo las deseo á todas que el primer libro abierto ruede días y días por mesas y sillas y mecedoras de terrazas de hotel ó de balneario, con un pico doblado, nunca más allá de las veinte primeras páginas. Será la mejor señal de que el veraneo ha sido agradable para ellas. Que la lectura sea el refugio de vuestras institutrices y señoras de compañía. Cuando hayáis leído todos los libros del mundo, no seréis más bonitas y acaso seréis tan ignorantes. Los libros no enseñan nada cuando, al leerlos, aún podemos preguntar: ¿Será verdad esto? ¿Será así?

Y cuando podemos decir, al leerlos: ¡Qué verdad es esto! ¡Así es!, ya es tarde; la vida nos ha enseñado más que todos los libros, y tampoco pueden ya aprovecharnos de nada.

* * * * *

Las autoridades de algunas regiones de Francia infestadas de lobos, acordaron en una ocasión conceder á los cazadores una cantidad, bastante apetitosa, por cada lobo presentado. Y sucedió ... ¿Que todo el mundo se dió á cazar lobos en aquellas regiones?, dirán ustedes. De ningún modo; á lo que se dieron fué á criarlos como á hijos y á cuidar por todos los medios de que no acabara la casta, para ir cobrando; hasta que las autoridades, más que paternales, maritales siempre, en esto de ser las últimas en enterarse, cayeron en la cuenta de que no es el mejor modo de acabar con los lobos el convertirlos en fuente de ingresos saneados para mucha gente.

He aquí un sucedido que debieran tener en cuenta esas autoridades que se sirven de confidentes, delatores y todo linaje de soplones, para descubrir y cazar malhechores de cualquier especie. Por natural ley económica, la demanda crea la oferta. Paguen ustedes por descubrir anarquistas y los anarquistas no se acabaran nunca y las confidencias se irán complicando como novelas por entregas, y con todo esto les sucede á las autoridades celosas lo que á esos maridos, celosos también, que acuden á una agencia de informaciones para que le averigüen si su mujer le engaña, y al cabo de gastarse muy buenos cuartos, confidencia va, confidencia viene, acaba por enterarse de que precisamente el que trata de pegársela con su mujer es el director de la agencia.

[Ilustración]

XIII

¡Por qué se veranea? ¿Por huir del calor? Las mismas ó mejores razones habría para huir del frío en invierno. Y aún el huir del calor sería un motivo si los que veranean fueran á los polos ó á la América del Sur, á empalmar invierno con invierno; pero la mayoría va á lugares en donde el calor, cuando aprieta, no es menor que en Madrid, aunque exornado con mosquitos, pulgas, orfeones y otros alicientes. En esos días de calor _excepcional_—los fondistas y patronas del norte siempre le llaman excepcional—tienen los veraneantes el consuelo de pensar como aquel espectador de toros en tendido de sol: ¡Si aquí estamos así, como estarán los de enfrente con el resistero! Suele suceder que los de enfrente estamos más frescos y más comodos, pero no es cosa de telefonear ó telegrafiar para que rabien los de fuera, ya que se han gastado su dinero. Ellos, en cambio, tienen días muy frescos; tan frescos, que casi siempre van acompañados de ventiscas ó chaparrones, y hay que pasarlos encerrado en casa ó en el cuarto de una fonda y con los balcones cerrados; de modo que ... ¡fresco perdido!

¿Se veranea por cambiar de vida? Nada de eso; el ideal de todo veraneante es encontrarse con el mayor número de gente conocida y hay que ver con qué exclamaciones de júbilo se saluda á los que van llegando, aunque sólo se los conozca de vista. ¡Dicha completa si la tertulia reunida es la habitual de Madrid, sin faltar un amigo! Y si la compañía que actúa en el teatro es también madrileña y representa las mismas obras que en Madrid nos aburrieron; y si en la Plaza de Toros ocupamos localidad equivalente á la de Madrid y alrededor se sientan los mismos aficionados con los mismos comentarios y las mismas gracias, y en el redondel vemos á los mismos toreros las mismas faenas.