De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)
Part 3
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica eminentemente subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño, á la sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo montañas siempre verdecidas y más lejos otras que azulean, no tiene gracia alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo admirable es hallar ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas hojosas por toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y allá arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno de figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner alegría sobre todo esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que quieren persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad y de la truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que ríe en los mendigos de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda en la Plaza de Toros entre horrores de sangre y peligros de muerte; alegría que solo puede comprender el que sienta la espiritualidad de esos ascetas atormentados de los cuadros del Greco, alegría que no comprenden los extraños, porque es la alegría del «no importa», ese no importa que es toda la filosofía del alma castellana.
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que hemos de morir, después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las horas; pero como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida, tampoco la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse de su propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos y á la vista de un Camposanto.
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Después del éxito comercial de la exposición de automóviles, en la que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser distinguidas las personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar tarde, no por otra cosa, porque según los jaleadores del _democrático sport_, el que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero _carro do povo_, como llaman en Portugal al tranvía; el sostenimiento insignificante, los _chauffeurs_ de balde, un apostolado por vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y los encantos del auto! ¡Higiene, cultura, poesía! ¡El aire libre de campos y montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo más fácil y práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí, sin exagerar, bien puede sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del automóvil como panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta mucha fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil y las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres. Un hombre sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en la mano ó sentado en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita ó de Machaquito, es insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres lo saben; por eso, ya que no pueden competir con esas tres grandes aficiones de los hombres, han decidido compartirlas con ellos; y cuando una mujer sale jugadora, automovilista ó aficionada á toros, que se quiten todos los hombres, con la ventaja para las mujeres de que ellas pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta el _croupier_; hasta el _chauffeur_ en el automóvil, y en los toros hasta el torero.
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En la exposición de automóviles:
Un distinguido automovilista á una belleza recién lanzada á la circulación.
—¿Vienes á ver los automóviles? ¿Quieres comprar alguno?
—Ya lo creo.
—¿Pues sabes quien puede venderte uno?
—No; lo que quiero saber es quien puede comprármelo.
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Entre mujeres de hombres políticos:
Una de ellas se queja á su amiga del marcado desvío que viene observando en su marido, desde algún tiempo. Su amiga, para consolarla:
—Eso es por disciplina política.
—¿ ...?
—Como tu marido es de los liberales, esta en plena abstención.
—Si es que ayer le sorprendí abrazando á la doncella.
—Entonces es que se ha pasado á los demócratas.
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Dejemos al Congreso con sus discusiones de actas, dejemos á los liberales en su abstención y á los carlistas en su incontinencia; de todo eso se hace la Historia; la Historia, que va por encima, lo mismo en las naciones que en los individuos; mientras la vida va por dentro, tan hondo á veces que apenas percibimos sus pulsaciones. Por eso hay quien, atento sólo á la superficie bullidora, no vacila en declarar: Aquí se muere algo; pero aún vivimos, por lo menos aún queremos vivir.
La Agricultura, la Industria, el Comercio, alientan en exposiciones y concursos, á los que debe atenderse con mayor interés que al cubileteo de actas; esto es la Historia, mejor dicho, la chismografía de la Historia; lo otro es la vida, en la que debemos esperar salvación.
Si algunas veces he _fustigado_ (según _cliché_) á nuestra aristocracia, no fué por prevención desfavorable contra ella, sino que puesto á satirizar y dada la natural y pícara preferencia del público por reir á costa de alguien, me pareció más piadoso hacer reir á costa de los que gozan de muchas ventajas en la vida, que á costa de los humildes que trabajan y padecen escasez de todo. Nunca me ha parecido que el tener hambre sea cosa de risa, y ya sabemos que en la mitad de nuestro teatro cómico es el hambriento principal motivo de regocijo.
Pero como nunca me dolieron prendas, soy el primero en reconocer que á nuestra aristocracia debe en primer lugar la agricultura española sus mayores progresos y adelantos. Buena prueba es la actual Exposición agrícola y de ganados.
En la sección de ganadería, hay ejemplares magníficos. Toros dignos de ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un patriarca bíblico, nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas provisiones de sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas, ovejas y corderos de todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas, evocan pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja castellana, y la andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los puritanos de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura de un héroe victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos andaluces de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo parecen, es porque el hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga. Pero ellos agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su natural destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación; tristeza, sólo cuando su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos animales; algo hermanos nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre de todos!
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Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque, como todos los escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las representaciones teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en cielo y tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza, aquel milagro de heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un pueblo más tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio moderno, ¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran sido más irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera milagrear á su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera, pero hecho al fin indudable, que después cada uno puede explicarse á su manera: desde el milagro divino hasta la sugestión hipnótica ó el histerismo, hay explicaciones para todos los gustos. Hay cosas que parecen sobrenaturales y son las más naturales del mundo.
Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado pronto. ¿Quién sabe si aún no veremos mayores milagros?
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente anarquismo, hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra que marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.
[Ilustración]
X
Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos, reales órdenes, ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la nación bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta todo el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté empapelado de leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro bello trozo de literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle algunos comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si para ella no se contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión de sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los organismos sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería verdadera y meritoria colonización.
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una esclavitud de pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras tan reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como suele decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir mientras se muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que más padece y menos grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de tierra en el campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama el campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo y veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió siempre en el y ya lo mira como indiferente ó enemigo.
Sean donaciones de tierras el premio de los buenos servidores del Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso llevan vida inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo cultura social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no pide sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea ó hiere, pide también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto como esos proletarios que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy tasado el terreno, y el sol y el aire aún más tasados. Esos que en un día de fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia el Retiro, hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse de luz para muchos días, ¡como serían felices sobre un pedazo de tierra suyo, donde el sol es el buen padre de la tierra que á su calor fructifica y florece, no el astro avergonzador de la gente pobre con su luz indiscreta que descubre el brillo de la ropa usada y las grietas del calzado viejo!
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No me atrevería yo á censurar la prohibición de las capeas en nombre de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de incurrir en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso de sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más activa parte los más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de los casos había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus cargas, en establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán á la Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro, considerando que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de España no tienen mejor uso que servir con sus ventanas de palcos y talanqueras para presenciar con relativa seguridad la gallarda fiesta; considerando que si damos en lavarnos la cara no van á conocernos, vengo en opinar que la orden sería más efectiva, plausible y meritoria, de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria; porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del poder central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se cansen y digan: ¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio? Que nos manden siquiera un cinematógrafo.
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Todas las mujeres tienen una edad para parecer más hermosas ó menos feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay géneros de belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la ancianidad. Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos sorprende á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece más ó la mañana ó la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes propios de aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á todas luces, es preciso ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las mujeres. Hay de ellas que sólo parecen bien en invierno, otras que entonan mejor con la suavidad otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las estaciones crepusculares; primavera y otoño, como belleza cansada que se defiende de la luz cruel con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas y castellanas les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal esmerilado. Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor en el invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.
Madrid también es hijo predilecto del sol y necesita de toda su luz para parecer algo. En los días de invierno, con sus tejados parduzcos y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un color de puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos desteñido al mojarse.
Pero al sol es como prisma que rompe la luz en destellos de pedrería. Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los revoques desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos y mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor baratura de las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus colores claros.
Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas en invierno con sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío mucho menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus estolas de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima, con sus caritas anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus ojillos lacrimosos por el frío, esas pobres cursis que tanto deben odiar el invierno, con ellas más que con nadie despiadado, ahora son reinas de calles y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y muselinas y arrogantes sombreros de paja con sus flores vistosas ó su golpe de guindas entre verde hojarasca que la lluvia y el sol no han descolorido todavía.
Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de su primavera. Pero como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para morir? Digamos también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi? Porque todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera y otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real, en las galerías de Palacio en los días de capilla pública ó en las funciones de sociedades de aficionados.
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En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos tiros sobre su dos veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella de bailar con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se fíen ustedes del teatro del Norte!
Se atribuye á los celos el arrebato del marido; pero como da la casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público, vaya usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor, antes que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es tan complicada!
De cualquier modo, los matrimonios siempre son ocasión de disgustos en el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto de las obras y para desilusionar al público.
Cuántas veces oye uno durante una representación:—Me parece que la fulana (el nombre de una actriz) engaña á su marido.
—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.
—Si digo en la comedia.
—¡Ah!
Y otras veces lo contrario.
—¡Qué buena es esta mujer para su marido!
—¿Pero usted no sabe ...?
—Ya lo se; si digo en este papel ...
Y con esta confusión de la vida doméstica con la artística se embrolla á cada paso el asunto de las comedias. Los actores no debían tener vida privada y las actrices mucho menos. A lo mejor hay aquello de:
—¿Ve usted aquellos cinco niños tan monos que están en aquel palco?... Son de la que hace de Doña Inés de Ulloa.
Y, en efecto, al llegar la escena del rapto, los chiquitines lloran que se las pelan porque se llevan á su mamita, y las buenas mamás que están en el teatro cuchichean unas con otras ... ¡Pobrecitos! ¡Qué ricos! ¡Lloran porque ven que se llevan á su mamá ...!
Y á un espectador que no esta en el secreto y los manda á la Inclusa desde el paraíso, le advierte uno de la _claque_, con muy malos modos:
—¡No sea usted bruto! ¿No ve usted que son los niños de doña Fulana?
Y con todo esto, al llegar la escena del sofá, ya el público sólo se interesa porque los niños van á volver á llorar más desesperados, temiendo que con los arrumacos de Don Juan les van á traer otro hermanito de París ... ó de Nápoles, rico vergel, que es de donde se los traerían á Don Juan ...
En fin, que en el teatro como en la política cuando la vida privada no casa con la pública, no hay modo de convencer á nadie, aunque los versos sean de Zorrilla y los discursos de Demóstenes.
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Un libro de versos—_Alma-Museo-Cantares_—simpático como su autor, Manolo Machado; un moro andaluz que, por no saber adónde iba, se perdió en Montmartre y se encontró en Madrid, y en el fué bien hallado, porque su espíritu es de chispero, aunque al cantar su serenata á la luna, su blancura parece envolverle unas veces en el blanco alquicel de los árabes, otras en la túnica blanca de Pierrot.
Es muy convencional la división de géneros en poesía; porque si la poesía lírica es sincera, tiene siempre mucho de dramática; en un solo monólogo nos dice el drama interior del poeta.
Los sonetos ¿no son una tragedia más de Shakespeare? En las poesías de Manuel Machado también podemos seguir los pasos de una interesante acción dramática, por fortuna no trágica. En este caso, ó yo no se leer, ó todo acabará en boda, y la voluntad del poeta, su voluntad, que _murió en una noche luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer_, resucitará á la luz de otra luna ... de miel. ¿No es eso? Y el poeta nos dirá entonces: que es muy hermoso pensar, pensar intensamente ... cuando se piensa en lo que se quiere.
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Una madre con cinco hijas en cuenta corriente, esto es, en espera de colocación, me decía: ¿Ha visto qué idea la de ese joven mejicano? ¡Distinguido, millonario y dedicarse á torero! ¡Mire usted que si le cogiera un toro!
—¡Qué envidia!, digo, ¡qué lástima!, contesto distraído, pensando en las cinco hijas.
Lo cierto es que la gente de dinero es la que arriesga la vida con mayor facilidad y por puro capricho.
¿Es aburrimiento de todo lo que el dinero puede proporcionar, lo que les lleva á buscar emociones en peligros contra los que nada puede el dinero? ¿Es la confianza que da el haber triunfado de todo en la vida por el dinero, la que acaso les hace considerarse inmunes á todo peligro? ¿Ó es, como dice una amiga mía, que el dinero por sí solo es seco como un sustantivo y los que lo poseen buscan á toda costa un adjetivo que lo califique y lo decore?
¡La conquista del adjetivo! No basta tener dinero, hay que llamarse distinguido, intrépido, inteligente; cuando no se puede otra cosa, _sportsman_. No saben que una vez encasillados en un adjetivo, no hay mayor esclavitud que la de sostenerlo y justificarlo.
—¿Usted sabe, me dice esta amiga mía, la venganza que tomó un cronista de salones de una señora muy distinguida, que en cierta ocasión le hizo un pequeño desaire? Muy sencillo. En una de sus crónicas de sociedad escribió:
«La elegantísima señora de——, que cada vez que se presenta en sociedad luce una nueva _toilette_ ...» Bastó con esto; la elegante señora, que como cada hija de vecino, tenía sus cuatro ó cinco trajes de luces para todas las _soirées_ de una temporada, se creyó desde entonces comprometida á sostener su reputación, y á fuerza de exhibir _toilettes_, se arruinó en un par de años bonitamente. ¿Qué le parece á usted?
—Que no debe uno preocuparse por adquirir adjetivos ni por sostenerlos.
—Es mi opinión. Por eso verá usted que yo no vivo para la galería; no me verá usted nunca danzar en fiestas de sociedad, ni en funciones benéficas, ni en juntas piadosas ni feministas ... Renuncio á todos los adjetivos.
—¿Se atiene usted al sustantivo?
—Al verbo, amigo mío, al verbo, que es el fundamento de la oración y de la vida ... ¡Vivir, poseer, querer ... gozar ...!
—¡Basta, basta amiga mía! Temo que va usted á traspasar los límites del Diccionario en un rapto lírico.
—¿Pero no esta usted de acuerdo conmigo?
—¡Ya lo creo! Yo tampoco me he preocupado nunca por los adjetivos. Y sobre todo, ya sabe usted lo que dice el _Génesis_: En principio era el Verbo ... El adjetivo fué después del Paraíso perdido ... ¡Y cuántas, cuántas veces puede perderse el estado de inocencia del Paraíso por querer saber del bien y del mal de un adjetivo!
[Ilustración]
XI
Cuando Enrique III de Francia se vió venir amenazadora aquella famosa liga dirigida por el duque de Guisa, como no era el un rey para asustarse por liga más ó menos, se acordó del florentino que llevaba dentro (¡tal madre tuvo!) y dió con una idea maquiavélica: proclamarse el mismo como jefe supremo de la liga, que fué como decir á los que en ella entraban: todo lo que vosotros queréis soy yo el primero en quererlo, no hay por qué molestar.
No me atrevería yo á comparar á D. Antonio Maura con Enrique III, aunque en su corte, como en la del último Valois, figuren muy gentiles _mignons_; pero el también, como Enrique III, se ha visto venir esta nueva liga de la solidaridad como un peligro más ó menos temible, y ha querido salirle al encuentro con su proyecto de Administración local; con el pensaba poco menos que parecer como el primer solidario.
Naturalmente, como la historia es de una gran monotonía, tanto ha convencido á los solidarios el proyecto como á los partidarios del duque de Guisa la jefatura de Enrique III.
Hasta aquí la semejanza, y esperemos que de aquí no pase, porque los sucesos que siguieron en la historia de Francia fueron muy trágicos. Pero los tiempos no están para tragedias—como deplora D. Valentín Gómez en su discurso de recepción en la Academia.—La vida, como el arte, sólo recogen de la historia las pequeñas comedias. La política moderna, como el teatro moderno, da poco en qué pensar y mucho de qué reir.