De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)

Part 2

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De Londres no se diga; asustan las recomendaciones y advertencias que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas son pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras menudencias.

En los Estados Unidos el robo á mano armada, el _chantage_, el timo en todas sus manifestaciones, han llegado á tan suprema perfección, que ya no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó entre las bellas artes.

Esos piratas modernistas de que nos habla la prensa, que desalojan una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan á un barco especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de la civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.

En cambio, ya verán ustedes correr por toda la prensa europea la leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices moros, ¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?

Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no la haya.

Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al gato.—Si yo no le tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por eso chilla.

Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del rabo, no hace más que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna vez araña. ¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel la han agotado entre todas las naciones civilizadas para su diplomacia.

* * * * *

Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se detiene en las frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de asistir á los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas restauraciones se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con excelente propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós, con entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha notado siempre el _absentismo_ de la clase más distinguida de nuestra sociedad. Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos ¿qué espectáculo menos peligroso y de mejores garantías que éste?

¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay música pecaminosa y una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden turbar la limpidez lacustre de las almas cándidas?

¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que estorbarían con sus protestas vuestra bulliciosa cháchara?

¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó arrullos de tenor, os aburre?

De cualquier modo, vuestra ausencia de los conciertos no marca un buen punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por el arte nacional. Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero si la decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo. Podéis pagar vuestro abono y regalarlo después á familias modestas que, sin duda, agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo niego; pero yo os hablo en nombre de la distinción, y eso es lo que hacen en otras partes las personas distinguidas cuando se creen en el caso de proteger el arte de su patria: pagan, y cuando el espectáculo les agrada, asisten, y cuando no, regalan su localidad ó se quedan en casa, pero no _chinchorrean_ á empresas y á autores exigiendo obras especiales y cambios de función por no perder un solo día y sacarle el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel, eso es lo _chic_.

El dinero ya se que no os importa, ni el cartel tampoco debe importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que sobre la taquilla del Circo aparezca todos los jueves de moda el cartel de: «No hay palcos ni sillas», y en la de los conciertos del Real: «Sólo quedan palcos y butacas».

* * * * *

Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración están con el Circo. Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de números más propios de _Music-hall_ que del circo clásico, el de los caballitos, el de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de niños.

¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo es toda el alma de su arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo hay una edad en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la fuerza, á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede sobrevivirles.

No se da un salto mortal como se escribe un libro ó se pinta un cuadro ó se compone una ópera, con recursos de la experiencia cuando faltan alientos de la juventud.

¡Ah, si para todo arte y toda gloria suya existiera ese momento fatal y preciso que advirtiera llegado el fin de los saltos mortales! Pero el espíritu se cree siempre joven, y mientras aletee ya le basta para creer que vuela.

¡Felices los acróbatas del circo que sólo tienen la juventud para su arte, aunque muchas veces sólo tengan el hospital para la vejez!

[Ilustración]

VI

Tengo dos muchachas amigas, de estas madrileñitas de la clase media, cuerpo corto y cabeza gorda, ojillos ratoniles y color de piso tercero, izquierda ó derecha, con vistas á un patio sucio y obscuro y á una calle más obscura y sucia que el patio. Pues con este físico y _el moral_ correspondiente, hete aquí que les ha dado por todo lo inglés, y hoy vienen á verme acompañadas de una _miss_ de lo más barato y vestidas como no quieran ustedes saber. Cuando me aseguran que han llegado á pie desde su casa y las contemplo incólumes, no puedo por menos de pensar que este Madrid no es aquel Madrid.

Vienen á consultarme sobre lectura de novelas inglesas. Traen dos ó tres tomos de la colección _Tauchnitz_; yo me esfuerzo por persuadirlas de que la han errado de plano al principio: la colección _Tauchnitz_ no tiene entrada en Inglaterra. A ellas no les cabe en la cabeza que un libro inglés pueda no ser inglés. Les indico los nombres de los novelistas ingleses más en boga—norteamericanos casi todos;—ellas, en cambio, me informan de su nueva vida. Todas las mañanas toman su ducha frío. Así están de roncas y con una tos perruna que debe alarmar á los que llamen á su puerta en estos días de hidrofobia y recogida de perros. Pero ellas no se acobardan. No comprenden como se puede vivir sin ducha. Sus comidas todas á la inglesa, traducidas por una cocinera de á cuatro duros. Un Támesis de te. En sociedad con otras amigas, han alquilado un solar por las afueras, han plantado no se qué hierba, y sobre la verde alfombra tienen su _lawn-tennis_ con su poquito de _flirt_ y una variada exhibición de medias. La mamá cuida mucho de que varíe su color todo lo posible, como dice ella, para que se vea que no son siempre las mismas. ¡Sólo el corazón de una madre tiene cabeza para pensar en todo!

Tienen una colección de perros y gatos para hablarles en inglés, como si la _miss_ no fuera bastante. Procuran indignarse si algún corto de vista las piropea en la calle. El rey Eduardo es para ellas como de la familia. Piensan mudarse hacia la calle del Gobernador ó adyacentes, para recibir bien los humos de la fábrica de electricidad sita en aquel barrio y tener así una sensación londinense.

Toda esto son tonterías sin importancia, pero pensemos que á estas horas son muchos los políticos, los hombres de negocios, los comerciantes, los literatos, hasta los filósofos, atacados de esta última manía nacional. Hay que llamarla de algún modo.

Ya Francia con su París no nos dicen nada; ya sólo creemos, todo lo esperamos de la que fué reina de los mares y aspira á serlo de las tierras. La ballena (por algo es mamífero) pretende ser anfibio.

Pidamos que nuestra suerte sea á lo menos la de Jonás en el vientre del enorme cetáceo: fué devorado, pero salió incólume. Y si algo ha de sucedernos con el cambio de vida, que no pase de dar que reir, ó todo lo más, de una tos perruna, como en mis amigas las madrileñitas cursis, á las que sienta lo inglés como es posible que nos siente á todos. No tenemos físico para ello.

* * * * *

Por fin la lluvia. En Madrid, salvo por razón de salud pública, se recibe como quien oye llover. Pero en esta pobre aldea donde ahora escribo, es una fiesta para todos; la gente canta, baila, todos los ojos se vuelven al cielo y el agua corre por los rostros curtidos mezclada con lágrimas de alegría. Era la ruina y la miseria, y hoy es la esperanza.

En Madrid, los abastecedores cuidan amorosos como padres de no bajar el precio del pan en los años buenos para que no sea tan sensible la subida en los malos. De este modo, nos preocupamos poco de las cosechas. Pero aquí el pan es el verdadero pan de comunión, el pan de vida que es toda la vida. En familia se sembró el grano, en familia se labró la tierra, en familia se recogió el fruto, y en familia se muele el trigo, y en familia se amasa la harina, y en familia se cuece el pan que en familia se come; y el pan, que es casi un adorno en la mesa de los ricos—la última moda es servir muy poco, y lo más _chic_ dejarlo casi intacto, leo en unos avisos del buen tono,—es aquí todo el alimento y su carestía es el hambre para los que muchos días sólo pan comen.

Por eso el más incrédulo ó para rezar ó para maldecir, pero esperando de la súplica ó de la amenaza, vuelve los ojos al cielo cuando pasa la imagen santa en rogativa y mujeres y niños cantan:

¡Virgen, madre nuestra, Virgen del Rosario, envíanos agua para nuestros campos!

y luego, en estrofas de dulce espíritu franciscano, piden por sus ganados también, y la voz de los niños tiembla al cantar: «Los corderitos se mueren de hambre ...» Porque no serán sólo los corderitos, serán ellos también los que tendrán hambre. ¡Oh, madrileños, vosotros no sabéis que la lluvia puede hacer llorar de alegría!

La lluvia, que puede suspender una corrida de toros, es necesaria para que los toros se críen lúcidos y pujantes.

Pensad en esto y os alegrará también la lluvia como á las pobres gentes de la pobre aldea.

[Ilustración]

VII

Me entusiasman esas personas que, sea cualquiera el asunto de que se trata, son siempre de la opinión contraria. No hay que decir si admiraré á D. Miguel de Unamuno. Por eso no pude por menos de abrazar al amigo que después de leer las noticias de los últimos atentados de Barcelona, exclamó con el mayor aplomo, sin dejó alguno de ironía:

—¡Qué agradable debe ser la vida en Barcelona!

Y como advirtió pronto la airada protesta de los otros amigos y mi conformidad, que debió parecerle todavía más alarmante—no se tiene en vano la reputación de mefistofélico,—no quiso esperar más para exponer sus razones.

—Sí, señores; agradable agradabilísima: porque cuando en todas partes y para todo el mundo y desde muy antiguo, ha sido una de las más intolerables molestias del trato humano el curioseo y fisgoneo de toda casta de vecindades, vecinos de barrio, de calle y de casa, hay que admirar la discreción y poca curiosidad de los vecinos en Barcelona, cuando es allí posible que por tanto tiempo y tan continuadamente puedan existir gentes dedicadas á la confección y colocación de explosivos sin haber tropezado todavía con un vecino curioso investigador de vidas ajenas. Y esto, cuando todos deben estar vigilantes como policías, con la indignación y la alarma naturales ante la repetición de atentados que á todos amenazan. Ó ¿creen ustedes en cavernas, lugares subterráneos y recónditas guaridas en una ciudad como Barcelona?

—Luego, ¿usted cree?...

—No creo nada. Sólo pienso que en este caso, como en el de muchos enfermos crónicos, parece que el enfermo acaba por encariñarse con su enfermedad que le coloca en una situación interesante. Creo también, cuando se habla de anarquismo, que por algo es la industrial Cataluña famosa en imitaciones de todo género de productos, y no estará de más la sabida advertencia: _Se méfier de contrefaçons_.

—¿Entonces?...

—¿No les parece á ustedes como á mí, que para anarquismo es poco y para separatismo sería demasiado?

Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué por lo menos de _solidaridad_.

* * * * *

Entre los colores que la moda femenina ha impuesto en esta temporada, hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el color de humo es adorable. _Couleur fumé_, digámoslo en francés, que es el lenguaje de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya que en modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.

Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las mujeres: el género sastre, vestimenta práctica para la calle, que es democrática, y tanto quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases, sino que pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue _Watteau_ masculino, y la falda redonda, _troteusse_, femenina, son una verdadera _entente cordiale_ de sastres y modistos.

Pero en la casa, en los salones, en el teatro, triunfa por contraste en la _toilette_ de las mujeres, lo dulcemente femenino. Nunca más delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No es exacto; envueltas apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y encajes y telas flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al pastel, inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían de pie, según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso señorío que podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis generaciones. Estos de ahora son gala de una noche, efímeros como flor ó mariposa, no admiten reformas ni composturas, sus telas diáfanas, no se cortan, se cortiquean; no se cosen con aquel fuerte pespunteado de la clásica costura española, se hilvanan ó se prenden de alfileres. Un pisotón es bastante para destrozar una de estas envolturas de ensueño que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad es la mejor defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa, y ahora, con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas partes. De la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus acorazados; con el automóvil triunfa también el humo, porque el automóvil pasa pero el humo queda. Si el siglo XIX pudo llamarse de las luces, ¿no puede llamarse este siglo XX el de los humos? Los humos de aquellas luces que no brillaron tanto como había derecho á esperar.

Yo os digo que hay trajes de mujer que son una verdadera obra de arte; pero si un traje de estos es además de color de humo, ¡oh! entonces ya es filosofía.

[Ilustración]

VIII

A estas horas son innumerables los Paturots que andan por esos distritos en busca de una posición social. Unos, con lucida escolta, se entran por los pueblos como conquistadores, á cosa hecha, les basta con pasar. Otros, llegan humildes, desconfiados, prodigan sonrisas, apretones de manos, prometen, regalan; los buenos aldeanos se muestran socarrones ...—Tocante á nosotros ...—Por nuestra parte ...

¿Pero qué más tiene un diputado que otro? Eso, lo que tenga.

A dos pesetas, un cigarro y vino á _indiscreción_, el voto ... Después de todo, un voto no es ninguna primogenitura que no esté bien pagada con un plato de lentejas.

¿Quién engaña á quien? Nadie se engaña por lo visto; todos están contentos. El diputado cuenta sus votos y triunfa con su acta; los buenos aldeanos cuentan unas pesetas y ríen entre ellos ...

Entre tanto se sigue labrando la tierra como debió labrarla Adán á la salida del Paraíso, y cuando llueve, por el techo de la escuela cae la lluvia benéfica sobre la cabeza de los chicos; y es la mejor enseñanza que allí reciben, porque así aprenden que todo han de esperarlo del cielo, hasta el sencillo acto de lavarse la cara algunas veces.

* * * * *

Uno de los _clous_ del Salón de París en este año es el retrato de Tomás Hardy, obra de Blanche. Como la aduana francesa es el tránsito obligatorio para que llegue hasta nosotros todo nombre y toda fama, es posible que con este motivo descubramos á Hardy.

Entre la balumba abrumadora de novelas inglesas, acaso no sean las suyas las que tengan más lectores, aún en la misma Inglaterra. Al francés tampoco creo que haya sido traducida ninguna, y en España, donde nos extasiamos con D’Annunzio, donde Bourget, Prevost y Hervieu nos parecen hondos psicológicos, y las _Claudinas_ de Willy nos interesan como si aquí estuviéramos en el secreto de los chismes del _boulevard_, que son todo su chiste, Hardy es casi ignorado, como es ignorado Meredith, el más original estilista entre los novelistas ingleses, á quien seguramente D’Annunzio ha leído mucho, porque aquí nos pasamos el tiempo buscando los plagios en los de casa y mientras los de fuera se despachan á su gusto.

Hardy es un admirable novelista, de esa raza robusta de escritores que sólo es producto de una sociedad fuerte; no es de los que salen á conquistar un público con colorines y fanfarrias.

Hay una firme serenidad en los escritores ingleses, una despreocupación de la _coterie_ literaria de muy buen ejemplo para nuestros escritores jóvenes, que sólo saben andar en grupitos para la recíproca admiración; hasta que alguno del grupo sobresale, que apenas eso sucede, ya le declaran indigno por haber hecho concesiones al público; porque la condición para formar parte de uno de esos grupos, es la de ser _genio_, pero sólo para andar por el grupo.

Sucede como en esas pandillas de estudiantes mozalbetes que emprenden reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y reunidos la siguen y reunidos le pasean la calle y entre todos se escribe una declaración, y cuando la favorecida, naturalmente, desea saber en quien ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por encanto, ó se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y entonces los demás le llaman mal amigo.

* * * * *

_Baby_ es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á cualquiera; sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos jóvenes, aristócratas de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima tijeretean á los amigos sin preocuparse por la presencia de _Baby_, muy entretenido en enseñar las estampas de una ilustración extranjera á un tremendo danés que no parece muy interesado por los sucesos mundiales.

Los papás hablan de unos _parvenus_ con flamantes títulos adquiridos en Roma, y ríen á su costa.

_Baby_ pregunta muy grave:

—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?

El padre se hace el desentendido, esta afiliado á una de las cuarenta y nueve fracciones liberales.

La madre se cree en el caso de afirmar sus sentimientos católicos, y contesta sin vacilar:

—El Papa, hijo mío.

—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos pontificios?

Los padres convienen en que delante de los niños no se puede hablar de nada.

* * * * *

Ecos de las elecciones.

La marquesa de—— tiene á su marido diputado conservador y á su mejor amigo, liberal. La gente ya la llama: el triunfo de la solidaridad.

* * * * *

A un candidato á la diputación, de quien ya no se cuenta las desventuras conyugales, como se lamentara de que le habían birlado su distrito, le aconsejaba un amigo para consolarle:

—Si usted no necesita el distrito para nada. Usted debía presentarse por acumulación.

* * * * *

En casa del modisto:

La cliente, entusiasmada con un nuevo vestido que favorece mucho su belleza algo vespertina, le dice al modisto:

—Crea usted que si aquí tuviéramos voto las mujeres, todas las señoras le votaríamos á usted.

El modisto, confuso y galante:

—¡Oh, muy amable! Pero sería yo el que votaría siempre con ustedes.

IX

Cuando creíamos que los norteamericanos estaban como el pez en el agua, con sus instituciones democráticas—¿nos habrán refregado el morro con ellas, hablando pronto y claro, nuestros sociólogos de corrillo intelectual y lata libre?,—ahora salimos con que el pez es rana y el agua de charca, y de las más corrompidas, y las ranas no se contentan con pedir un rey para cambio de sus males, sino que piden nada menos que un emperador. Mejor dicho, es posible que no sean las ranas, sino el único que no es rana quien lo pide. Como aquel personaje de un fin de fiesta, interpretado por Mariano Fernández, que, harto de las molestias que una finca de recreo le produce, se decide á ponerla en venta, porque dice el: Mal vendida, ya podrán darme cinco mil duritos por ella. Y al poco rato insiste en su propósito: Nada, nada, yo vendo esta finca ... ¿Quién me dijo que me daba por ella cinco mil duros?... ¡Ah! Fuí yo mismo. ¿Quién dijo que los norteamericanos necesitaban un emperador? El mismo, Teodoro Roosevelt, de imperial y sonoro nombre, ese Napoleón que, más afortunado que el primero, recoge los laureles de la guerra y cobra en buenas coronas—¡oh, presagios!—la oliva de la paz.

Yo celebraré la realización de esos imperiales sueños, aunque no sea más que por ver á su alteza Alicia (así la llamaban de antemano) de alteza imperial efectiva; porque es seguro que habrá de dar mucho juego en clase de princesa, y á qué estamos los que hemos de agarrarnos al clavo ardiendo de la actualidad, antes de que se enfríe, para escribir de cosas, á los que más calienten, muevan y remuevan esa actualidad de ordinario monótona.

Pero ¡ay! qué difícil es estar á la última moda en nada y como hemos de vivir aquí siempre retrasados en literatura, en política, en filosofía ...

En dramaturgia, cuando nos damos á imitar á Ibsen, ya es Maeterlink lo que se lleva; cuando empezamos con éste, ya es D’Annunzio; y lo mismo en filosofía: cuando empezamos á sentirnos superhombres con Nietzche, ya es la filosofía rusa la que se cotiza por el mundo ó ya hemos vuelto á Platón; como decía aquel señor á quien pretendían pasmar sus amigos con toda clase de _sicalipsis_ exóticas. Aquí ya hemos vuelto á lo de siempre. El caso es que siempre hemos de retrasar. He aquí que cuando todo un D. Benito Pérez Galdós en España, se hace republicano, todo un pueblo tan adelantado, tan práctico y tan _vivo_ como los Estados Unidos, declara que la república y la democracia están mandadas á retirar.

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Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas en todos los bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en torno de la regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía, la que tiene su reino en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la que ni adula ni miente, sólo te dirá: Príncipe ó princesita; cuando todas las hadas con su lenguaje cortesano te predicen venturas, yo sólo te compadezco; te compadezco, por el odio y la envidia que zumbarán alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es amor sobre cunas humildes; te compadezco por los preceptores que atormentarán tu inteligencia para cultivarla como flor de invernadero, sabedora de muchas ciencias, ignorante de la vida; por las adulaciones cortesanas que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre tus ojos y la verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de todos sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y de los príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que vuestro pueblo pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais! Y por todo esto, cuando todas las hadas con su lenguaje más cortesano te predicen felicidad, el hada de la Poesía, la que tiene su reino entre los rosales, enrejados de zarzales, el hada libre que ni miente ni adula, con todo su corazón compadece.

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