De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5)

Part 10

Chapter 103,941 wordsPublic domain

Todo, menos moralizar. Contemos las cosas como son y la moralidad saldrá sola, si moralidad hubiere. Dígolo, porque esto de la moralidad y del humorismo se ha puesto tan barato, que ya no es posible leer la más sencilla noticia del más insignificante suceso sin su comentario, ya moral, ya jocoso. Pase por la moralidad; pero lo de hacer donaire á costa del infeliz que se suicidó, ó del que fué robado, ó del que sorprendió á su mujer con el amigo, ya no me parece de tan buen gusto. Los sucesos no deben pesarse por sus causas, sino por sus efectos, y es crueldad hacer sainete de estas pequeñas tragedias de la vida humilde.

¡Cuánto mejor empleado el humorismo á costa de las ridiculeces de los grandes! ¿Por qué hablar en serio de los perifollos de la marquesa X y de sus ridículos saraos y tomar el pelo, en cambio, á la infeliz costurera que fracasa en su tentativa de suicidio? ¿Por qué tratar en grave estilo la borrachera de vanidad del eminente imbécil Don Fulano, y en tono ligero la simpática curda de algún alegre ciudadano?

Bien se, ¡oh apreciables humoristas! que esto del humor es lo más subjetivo y es cualidad suya reir de lo triste y entristecerse por lo alegre, pero haya á lo menos simpatía en nuestro humor. Bueno es reirse de los que quieren entristecernos, pero es crueldad reir de los que realmente están tristes. ¡Viva el humorismo sobre todo! Menos sobre el dolor ajeno.

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Ninguna campaña tan injusta como la emprendida contra los prestamistas; seguramente por gente que no les debe nada. El arte de estimar á sus acreedores es un arte de gran señor. ¡Aquel admirable Don Juan de Molière, deshaciéndose en cortesías y en agasajos con Mr. Dimanche! El dinero es mercancía cara y no se por qué ha de estimarse al comerciante que gana un cincuenta por ciento vendiéndonos una corbata, y hemos de maltratar al que vende su dinero con la misma ganancia. Mucho más cuando la corbata no nos saca de ningún apuro, y de mejor ó peor clase, nunca falta un amigo ó pariente que nos regale una flamante ó de desecho, ó alguna amiga cariñosa que nos fabrique una de algún vistoso retal de sus galas ... ¡Pero el dinero! Cuando ni amigos ni parientes os lo faciliten, siempre hallaréis al prestamista, que sin razones de afecto ni de simpatía, ni importarle dos cuartos de vuestras condiciones personales, solo por la garantía de vuestro trabajo; ó de vuestros bienes presentes y futuros, incluida vuestra tumba, si la poseéis á perpetuidad, os ofrezca, mediante unas ligeras formalidades, lo bastante á pagarle comisión y el primer mes de intereses. Y es tanto su deseo de serviros eternamente, que su mayor disgusto es verse pagado en breve plazo. A los pocos días el mismo vendrá á ofreceros su bolsa, siempre repleta y siempre franca—salvo las pequeñas formalidades.—Su ideal es ligaros por fin con algún contrato de carácter matrimonial, por lo sagrado y por lo inrompible. Sólo así se considerará dichoso. Y ¡hay quien reniega de estos vínculos, que ligan á una persona á nuestra vida por toda la suya! ¡Una persona que se inquieta como ninguna otra por nuestra salud, por nuestra suerte, por todas nuestras vicisitudes! Que será la primera en aconsejarnos y en recomendarnos específicos y doctores; la primera en evitarnos toda clase de disgustos y lances desagradables en que podamos arriesgar nuestra vida ... ¡Qué horrible soledad la del que vive sin este calor afectuoso que nunca falta, cuando acaso falta el de otras personas á quienes nada debemos y todo nos lo deben! Esto nunca se paga bastante, no se paga con nada ... ¡Contar con una lealtad á prueba, á cambio de dinero! ¡Cuando todos nos engañan, saber que alguien no nos engaña nunca! ¡El prestamista! Y si alguna vez nos engaña, ¡qué sublime engaño! Es que nos rebaja los intereses ó nos perdona parte de la deuda ... No comprendo como haya quien hable mal de los prestamistas. El que no haya tenido acreedores, se morirá sin saber lo que es un verdadero afecto. Y el que antes de morir haya pagado todas sus deudas, ¿como podrá tener la seguridad de que alguien llora su muerte sinceramente.

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La respetable señora que paró el sol de sus elegancias en las modas del segundo imperio, ve entrar á su nieta, moldeada en un vestido tanagra y no puede contener su espanto.

—¡Jesús!

—¿Qué te pasa, abuelita?

—Nada. ¡Ese vestido, estas modas! ¡No puedo acostumbrarme!

Una atrevida postura de la joven al sentarse, redobla el espanto de la abuela.

—¡Si eso es como ir desnudas! Con estos trajes no podrán decir los hombres que se casen, que fueron engañados al matrimonio, respecto á lo físico ...

—Es verdad; el miriñaque y el polisón eran más graciosos y más artísticos. No hay más que ver estos retratos ... ¡Como teníais valor para vestiros de ese modo!

—¡Calla, calla! Esos trajes tenían un aire señorial que marcaban con solo el modo de llevarlos la diferencia de clases, de educación ... Eran imposibles las falsificaciones ... Pero ¡con estos! El aire «cocotte» predomina. ¡Cualquiera distingue á una señorita de ... las que no lo son! Esos trajes lo nivelan todo.

—No lo creas,—responde la joven, dándose unos golpecitos en las caderas.

—Y ¡eso de haber suprimido la ropa interior, para abultar lo menos posible! Eso ni es decente ni puede ser sano ...

—¿Sientes la nostalgia del refajo, abuelita?...

—¡No cruces las piernas de ese modo! ¡Jesús, Jesús! Pero, ¿no te ves en el espejo?

—No veo nada de particular. Tu me has contado que muchas veces se os levantaba el miriñaque al ir á sentaros y dabais un espectáculo ... El abuelito contaba con mucha gracia que tía Vicenta en un baile de Palacio ... Gracias á que el abuelito era general, hablaba en un grupo cerca con sus ayudantes y muchos oficiales y mando formar el cuadro, mientras se reparaba el desperfecto ...

—No se vió nada. Y, sin embargo, á tu pobre tía le costó una enfermedad. ¡No quiero pensar si con un traje de estos os ocurriera algo en la calle!

—Pues nada, abuelita. Lo que sorprende es lo imprevisto ...

—Pues eso es lo que debiérais tener en cuenta para no aceptar esa moda ... ¡Lo imprevisto! Ese es el secreto de la felicidad y del amor, por lo tanto. ¡Como habéis de inspirar amor si dejáis de inspirar curiosidad!

—Queda el reino espiritual, abuelita ... En ese terreno todavía impera el miriñaque ... No hay vestido tanagra que moldee el corazón como el cuerpo de las mujeres ... Ahora, siquiera, no engañamos en cuestión de forma ...

—No, de seguro ... ¡Jesús, Jesús! ¡Si eso es como ir desnudas!

[Ilustración]

XXIII

En un teatro de Italia se ha ensayado el sistema de votación pacífica para que el público decida del éxito de las comedias, sin molestarse en aplaudir ó patear, según el argumento requiera. Pero como siempre que se pone el derecho de sufragio á disposición de un público, son más los que se han abstenido de ejercerlo, y el autor se ha quedado sin saber lo que opina la mayoría del público. Siempre he creído á despecho de los que abominan de la masa neutra, que esto de la abstención es una opinión tan respetable como cualquiera otra, lo mismo en política que en arte. ¿Hay que opinar de todo por fuerza? Hay muchas cosas de las que no puede decirse ni que sí ni que no, que ni están mal ni están bien, y acaso estarían mejor no estando de ninguna manera. A este respetable orden de cosas pertenece casi todo lo que es fundamento del tinglado social. Por instinto de conservación debemos impedir las votaciones decisivas.

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Otra aplicación del sufragio universal al teatro es la que ha iniciado M. de Brieux modificando el desenlace de su nueva obra «Simone» á gusto del público.

¿Que las obras, y sobre todo las teatrales, se escriben para el público? Indudable. ¿Que M. de Brieux estuvo en su perfecto derecho al procurar complacerle por todos los medios? Indudable también. Solo que cuando se usa de tal derecho y de tales procedimientos, no debe nadie, como el autor de «La toga roja», de «Maternidad» y de los famosos ...—¿estaría mal si tradujéramos «Averiados», puesto que de averías se trata?—presumir de autor que hace tribuna y cátedra del teatro para defender ideas y doctrinas humanitarias.

Nada habría que decir de esos cambios y acomodos si se tratara de obras á lo Sardou. Y no ha sido Sardou, hagámosle justicia, de los autores menos intransigentes en sostener escenas y desenlaces contra las indicaciones de sus intérpretes y aún del gusto del público.

Pero, francamente, que un autor de ideas pueda dar el mismo valor á las ideas opuestas, que un carácter humano pueda desenvolverse con la misma lógica en un sentido ó en el contrario, que Otelo pueda perdonar á Desdémona y que Yago pueda arrepentirse, todo sin más razón que el desagrado del público ... No se, pero aún autorizándome con el ejemplo de Ibsen, no me parece de una gran probidad artística.

Asuntos hay en la realidad, y no digamos en la imaginación, en que sin detrimento de la verdad ni de la lógica, puede cualquier autor garantizarse el completo agrado del público. Pero una vez emprendido el camino de quitarle el hipo, no se debe retroceder ni rectificar. A más de esto, es no conocer al público el creer que agradece esas concesiones. El público es como las mujeres, sólo tolera los primeros atrevimientos con la condición de que se llegue á los últimos. Todo menos defraudar.

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Cuando como el mejor pretexto para tirar un poco de la cuerda á la mala prensa—toda la de oposición, en el más amplio sentido de la frase,—se aduce el peligro del contagio que la publicidad puede producir en los crímenes del terrorismo, no se compagina el interés en conmemorar uno de esos crímenes con un monumento. ¿Puede darse mayor publicidad? Y de las cuatro caras del monumento, una para la piedad, otra para la execración, otra para la historia ... ¿no quedará una siquiera para la glorificación, cuando frente á el se encaren los de la idea?

Hay cosas que mejor están olvidadas que recordadas de ninguna manera. Ese monumento, como los que recuerdan discordias civiles y luchas domésticas, no puede servir de ejemplo ni de enseñanza.

¿Qué se pretende con ese inoportuno monumento? ¿Un alarde de monarquismo? Ahí esta el monumento á Alfonso XII esperando el óbolo de los más leales monárquicos. ¿Un alarde de piedad religiosa? Sufragios tiene la Iglesia que aplicar por las víctimas, sin olvidar al culpable, que para algo somos cristianos. Todo, menos ese monumento antipático, odioso, recuerdo perenne de algo que esta mejor no recordado.

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Todos los años al empezar la temporada taurina leemos las mismas lamentaciones de los profesionales escritores taurinos:—¿Como? La empresa se olvida del buen torero fulano, un torero serio, un torero muy apañadito: es imperdonable que la empresa no de un lugar en el cartel de abono al simpático diestro mengano, que tan desgraciado ha estado siempre en esta plaza, pero á quien los verdaderos aficionados verían con gusto por su toreo serio ...—Esto de la seriedad es muy apreciado en el toreo.

Sucede que la empresa suele conmoverse y atender los clamores de la opinión, y sucede que la tarde en que anuncia á esos diestros, la entrada no da ni para pagar las mulillas; sucede que el escaso público se aburre, y sucede que los mismos que clamaban por que la empresa diera un lugar en el cartel al torero serio y al torero apañadito, salen renegando de ellos y de la empresa que los contrato. Es que en el toreo como en la política hay quien sostiene la reputación á fuerza de fracasos. Por algo son los dos espectáculos más nacionales. La cuestión esta en fracasar seriamente. Y en esto de la seriedad el Quinito y Maura son insustituibles.

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A Fígaro, como á Espronceda le ha llegado su hora de gloria. Si es cierto, como asegura un amigo mío, que cuando á un escritor le llega esa hora es señal de que ya no lo lee nadie, no hay por qué celebrar el tardío recuerdo, muy prematuro, si cuando más se recuerda al hombre más olvidadas están las obras.

Pero, en fin, si recuerdo hubiere, Dios nos lo depare bueno, y sobre todo, para nada se tenga en cuenta los precedentes—¡nuestro gran tirano!—Hagan algo nuevo, y si á los precedentes hay que atenerse, cerca esta el de los admiradores de Tolstoï, que se disponen á celebrar el jubileo del gran escritor, publicando una copiosa edición de sus obras en todos los idiomas del mundo.

Sin propagar previamente la lectura de sus obras, ¿podemos estar seguros de que el Larra más popular y conocido sea el primero de la dinastía, cuando existe el celebrado actor cómico del mismo nombre y apellido? Sin olvidar al aplaudido autor de «El barberillo de Lavapiés» y al no menos aplaudido autor de «La trapera»; todos ellos más populares y conocidos hoy que el inmortal Fígaro; para que los hombres graves puedan decir como el Rey Lear: «¡Take phisic pomp!» Y no traduzco, porque dentro de pocos días tendremos aquí una compañía de opereta inglesa y todos nos hemos de reir como si lo entendiéramos.

A los partidarios de un idioma universal, les anticipo que las artistas son muy guapas. Tuve el gusto de verlas en Santos; el barco que las conducía á Buenos Aires hacia allí escala, y las lindas artistas se divertían en hacer un poco el muelle, y entre los negros cargadores y los traficantes del puerto, ellas, con sus más claros trajes y sus más rubias cabelleras daban una alegre nota de juventud y de belleza; la alegría del arte que pasaba por aquel hormiguero de traficantes y especuladores ... y ellas reían, reían, en la claridad de sus cabellos rubios, sus vestidos blancos y sus sombrillas rojas, reían con esa risa fresca y sana que hace parecer siempre niñas á las inglesas cuando pasan por tierras de sol y ellas son lindas.

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La compañía de opereta inglesa ha sorprendido á muchos con su repertorio y con su manera. ¿Qué esperaban ustedes? ¿Es peor nuestro género chico? ¿Se convencen ustedes de como nuestro público es el más difícil de contentar, y eso que paga menos que ningún otro por divertirse en el teatro? No es que me parezca mal esta opereta inglesa, que desde luego supone un público bonachón, un público que ha trabajado y ha pensado seriamente durante la jornada y quiere distraerse con el menor esfuerzo intelectual posible. Es teatro para razas fuertes y trabajadoras. Sucede también que en estas razas fuertes están más especializadas las aptitudes y hay un respeto mutuo de unas profesiones á otras, que aquí desconocemos, porque aquí todos servimos ó creemos servir para todo. Aquí, el público se coloca siempre en actitud de superioridad sobre el autor. Cada uno tanto como vos, y todos juntos más que vos.

Lo cierto es que por esos mundos teatrales el público se contenta con menos, y cuatro chistes bastan para decorar una obra cómica y una escena de fuerza para interesar en una obra dramática; de lo demás se encarga la belleza de las actrices, el decorado y el vestuario. ¡Pensar que aquí tenemos para ilustrar el género chico á un músico como Chapí que en otras partes sólo hubiera escrito grandes óperas, que muy contados entre los que las escriben por ahí pueden compararse con nuestro glorioso maestro! Y entre los libretistas son muchos, por graciosos y atinados observadores, por lo vario y fértil de su ingenio, los que pueden compararse sin menoscabo, con tanto y tanto «vaudevillista» de universal exportación y renombre.

Mientras nuestro más selecto público procura convencerse de los encantos de la opereta inglesa,—el abono esta ya pagado y qué remedio sino apencar y divertirse,—y mientras en París, una de las obras maestras del teatro inglés—«Cándida», de Bernardo Shaw,—es acogida con el eterno desdén de los parisienses por todo lo extranjero, nuestro género chico, representado por «El pollo Tejada»—«Le beau Tejada»,—obtiene la más calurosa acogida.

La música alegre de Quinito Valverde esta en París como en su casa. Bueno es que autores y músicos nos vayamos preparando para la emigración, porque como esa ley terrorista á todo llega y todo lo abarca, como el dedo de la Providencia, no digo un Calderón, autor dramático, hasta un calderón musical puede parecer subversivo.

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Dice Nietzsche que el imperio—donde dice Imperio léase cualquier partido de fuerza,—mira en el fondo con gran simpatía al socialismo—léase cualquier partido más ó menos perturbador ó avanzado,—porque le da pretexto para extremar los medios de represión, en defensa del orden social que á todo gobierno esta encomendada.

No diré yo que el terrorismo barcelonés fuera plato de gusto para el gobierno conservador, pero no ha sido mal pretexto para desatar de una vez toda su furia reaccionaria y sobre toda España, bien inocente y bien ajena á lo que en una determinada provincia ocurra.

Si alguien dudaba que el terrorismo se había hecho reaccionario, bien puede convencerse ahora. Y no hay que fiar en las buenas palabras de estos conservadores al uso—harto ha confiado en ellas la opinión liberal del país,—con que pretenden convencernos de que no es para tanto ni la cosa es tan sería como parece; malo es dejar y permitir en manos de esta gente leyes de estira y afloja. Sobre todo, hora es ya de no permitir que entre los partidos reaccionarios y los liberales, suponiendo que los dos extremos constituyeran un mismo peligro para el orden conservador, no digamos social, todos los halagos, complacencias y mimos sean para los primeros, y todos los desdenes, represiones y alardes de fuerza contra los últimos. Tanto va el cántaro ...

¿Son Rusia, Turquía y Marruecos, ejemplo de países civilizados ni de tranquilidad siquiera en sus esferas gubernamentales?

¿Tan buen éxito tuvo el ensayo reaccionario en Portugal con estar algo más justificado que en España? ¿Qué situación excepcional del país reclama la aplicación de tantas leyes especiales? Porque una persona de la familia esté enferma, ¿es para sujetar á un plan curativo á toda la familia? Bastante es ya tolerar las impertinencias del enfermo, y mucho más cuando la enfermedad es nerviosa y hay tantos motivos para creer que de conveniencia.

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¡Si á lo menos para compensación, lo que va en retrocesos espirituales fuera en adelantos materiales! Pero sí; una vez más el servicio de incendios ha demostrado que cuenta con todos los elementos más modernos y necesarios, exceptuando el agua, detalle sin importancia. De la recogida de pobres, como si nada hubiéramos hablado, porque al que no le molestan á cada paso, será porque no salga de su casa ó vaya en coche galoneado. Las calles mal barridas y peor regadas; el pavimento imitando á la naturaleza, y en todo así. Nuestros gobernantes no tienen siquiera la delicada atención de esas mujeres que cuando más engañan á su marido más procuran que no tenga que poner falta en el cuidado de la casa y de la comida. Yo se de algunos. ¡Seres egoístas y regalones! que por ver una población linda, con sus calles bien pavimentadas, sus jardines bien cuidados, las gentes limpias en su aspecto y urbanas en su trato, la policía y todos los servicios municipales de organización intachable, darían muy gustosos todas las conquistas de la libertad y de la democracia, sufragio universal, jurado, hasta la Constitución inclusive ... Pero la verdad, ¡tan abandonado y tan sucio todo y encima leyes terroristas! No hay derecho, señores, no hay derecho.

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¡Quién te ha visto y quien te ve, corrida de Beneficencia! ¡Aquella famosa, entre todas, en que reapareció Frascuelo, después de no haber toreado por algún tiempo en Madrid! La víspera de la corrida la gente velo toda la noche en larga fila esperando la apertura del despacho de billetes. No bastaba el dinero sin buenas influencias para obtener una localidad preferente, un coche y un ramo de claveles.

Por fortuna, en esta temporada, algo hemos tenido evocador de aquellos pasados entusiasmos. La corrida en que tan bien se esta toreando esa ley del terrorismo, bicho de mucho cuidado y sentido. Corrida que puede considerarse de beneficencia; que tan necesitada de ella estaba la pobrecita libertad española. Y gracias sean dadas á los sobresalientes lidiadores que con el mayor desinterés y entusiasmo se han prestado á torear en ella. Barcia, Grandmontagne, Iglesias, Dicenta, Costa y otros muchos, que han picado, banderilleado y estoqueado con arte supremo; sin olvidar el soberbio quite aguantando del maestro Burell; todo lo cual ha constituído una corrida inolvidable, bastante á compensarnos de las mojigangas y novilladas que presenciamos á diario.

La intención de la empresa estaba vista; soltar unos toros que acabaran de una vez con los primeros espadas que no se presten á contratarse en las condiciones exigidas por el empresario. Pero la corrida quedó bien despachada, y por ahora, la empresa no se saldrá con la suya, y en el fondo, aunque se lastime un poco en su amor propio, debe alegrarse. Por ese camino íbamos á las corridas á la portuguesa.

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¡Quién te ha visto y quien te ve también, paseo de coches del Retiro y de la Castellana, en estas tardes de primavera y entrada de verano! Eras una de las delicias madrileñas, con tus trenes de lujo á paso tranquilo, tus mujeres con alegres trajes y floridos sombreros que se dejaban ver en los milores y sociables. El automóvil ha atropellado con todo.

La gente adinerada ha sustituído los arrogantes troncos de caballos, los coches señoriales, por el ruidoso artefacto mecánico. El coche de establecimiento, el de círculo y el alquilón democrático, quedan como campeones vencidos del arrastre de sangre. El paseo esta convertido en carretera, por donde entre nubes de polvo y de humo pestilente corren los automóviles como tren de viaje ó de guerra. No sabemos que admirar más, si la tolerancia de las autoridades consintiendo en el paseo automóviles que no sean eléctricos, si la paciencia de los que reciben polvo y humo, desde sus modestos carruajes ó la falta de ... diremos de buen gusto, de los que hacen carretera de un paseo por ostentar un lujo, que en este caso más parece economía; porque cada cosa en su lugar y el automóvil para una prisa. ¡Pero para dar unas vueltas en el Retiro ó la Castellana! ¿No tendrán un capítulo de esto esos libros que tratan del buen tono ó del arte de vivir en sociedad?

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Lo poco que hable de la Exposición de pinturas, fué antes de haberla visto. Hoy, contra la opinión de muchos me atrevo á afirmar que no puede calificarse de insignificante una Exposición en que figuran—no cito otras obras de mérito—los cuadros de Romero Torres. No recuerdo á qué Exposición habría que remontarse para encontrar algo parecido. Las frases admirativas están mal gastadas por el abuso y no son obras que puedan elogiarse como se han elogiado tantas otras. Son piezas de museo; pero si á ese lugar son destinadas, no debe olvidarse que tenemos dos; uno, ¡ay! llamado moderno—aunque ya va pareciendo prehistórico,—y otro, el verdadero, el único, conocido en todo el mundo del arte y Madrid por el, como Museo del Prado. Si los cuadros de Romero Torres han de figurar entre sus iguales, solo en este Museo deben hallar lugar, sin temor al fallo de revisión de los venideros.

¡Pero váyanle ó vénganle ustedes con exposiciones al señor público! Después del día de inauguración, en el que acude la concurrencia por motivos de curiosidad, ajenos al arte y sus vanidades, no hay sitio más á propósito para citas misteriosas y entrevistas reservadas, que cualquiera de nuestras exposiciones.

De la de Pinturas, según nos afirman, ha ahuyentado al público bien, ¡muy bien! la abundancia de desnudos. ¡Siquiera hubieran tenido los artistas la precaución de vestirlos con esos trajes directorio que empiezan á lucir nuestras elegantes!