De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 9
La fecunda imaginación de nuestros hacendistas, cuando de arbitrar nuevos recursos se trata, ya se sabe: al teatro por ellos. Como en ninguna otra industria ó negocio es tan fácil la investigación y comprobación de los ingresos, aquí que no peco ni me caliento la cabeza. Verdad es que los empresarios, actores y autores son pacientísimos corderos y, por verse unos á otros perjudicados, se conforman, muy satisfechos, con el perjuicio propio. El precio de las localidades aumenta, el público se queda en casa ó se va á la sesión continua del _cine_, y todos tan contentos.
Entretanto, los grandes caciques y terratenientes seguirán defraudando á la Hacienda y serán los primeros en decir que el teatro está muy caro y hay que organizar loterías caseras para esparcimiento de los niños y de los amiguitos. Porque ya se sabe que, cuando todo está caro, los únicos que pueden hacer economías son los ricos.
XXXIII
Lamentable es la conducta de los partidos revolucionarios no reparando, por servir á su causa, en propalar y sostener especies que más desacreditan á la nación española que á un Gobierno y á determinado régimen.
Pero tan lamentable como la conducta de estos partidos, es candorosa la actitud de aquellos monárquicos que piden lealtad al enemigo en sus procedimientos de combate. Lo malo en nuestros enemigos es que nos ataquen de buena manera. El enemigo sólo empieza á ser temible cuando empieza á tener razón. Si los partidos revolucionarios tuvieran un programa económico bien estudiado y bien definido; si tuvieran para los problemas nacionales más soluciones constructoras que destructoras; si trabajaran por España más que por el triunfo de sus ideas, venga por donde venga y salga como salga, entonces es cuando serían temibles. Como son, la Monarquía no puede desear mejores enemigos; ni de encargo. ¡Si parece que trabajan por la causa enemiga más que por su propia causa! Más han hecho en estos últimos años por la Monarquía los partidos republicanos y revolucionarios que los Gobiernos y los amigos del régimen. No es para que éstos estén orgullosos, porque es muy triste que nuestros aciertos sólo consistan en los desaciertos ajenos. Más eres tú es una razón que tiene su fuerza por el momento; pero, en definitiva, el país viene á caer en la cuenta de que, unas veces unos, otras veces otros, todos tienen sus más y sus menos.
Se preguntaba en una ocasión á Filipo de Macedonia cómo se vengaría de alguien que le había calumniado. «Mejorando mis costumbres»--respondió el rey magnánimo.--De este modo, con su lealtad al servicio de la Patria, es como deben responder los monárquicos á deslealtades del enemigo. No hay mejor protesta. Pedir que el enemigo emplee mejores armas es candidez sin ejemplo. Dejadle, dejadle que siga con ese viejo armamento de mala ley, que suele dispararse por la culata y hacer explosión en manos de quien lo maneja torpemente. En la opinión nacional tal vez pudiera caer la mancha sobre un Gobierno y sobre el régimen; en la opinión extranjera esas manchas caen sobre España entera; y esas manchas no se quitan con bencina republicana ni revolucionaria.
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Joaquín Dicenta ha presentado al Ayuntamiento de Madrid una razonada Memoria: Proyecto para construcción de edificios escolares.
Esta obra que, llevada á la realidad, debiera ser la mejor obra de quien tantas obras admirables ha escrito, porque es como el resumen de todas ellas, no ha sido admitida, á lo que parece, por la empresa á quien estaba destinada. Los hombres de carne y hueso, aunque tengan también corazón y cerebro, no son tan fáciles de manejar como los personajes teatrales, creación de nuestra fantasía, aunque materiales de la realidad los informen. Pero es una realidad sumisa á nuestro esfuerzo creador. Por lo pronto, los personajes dramáticos viven con muy poco. Esta otra ilusión de Joaquín Dicenta, que aspiraba á ser realidad en la práctica, es mucho más costosa. Pero es de esas obras que el público debe imponer á una empresa, porque el público tiene derecho á ello. Esa obra no puede ser un fracaso. Y, en todo caso, nunca sería un fracaso del autor, sino de la empresa que no ha querido admitirla.
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Está visto que hay que ponerse machacón para que algunas gentes entiendan lo que uno quiere decir. Algo que dije referente á Goya ha indignado á muchos. Muchos también me han expresado su conformidad. Váyase lo uno por lo otro. No seré yo quien estime la calidad de los votos. Para mí todos son respetables. A los indignados debo decir: que soy el primero en admirar á Goya; en lo que no estoy conforme es en que se le considere como genuino producto de la tierra, representación la más pura del casticismo. Que hay retratos de Goya que pudiera firmarlos Reynolds, basta con verlos. ¿Que siempre hay en él un elemento de raza y mucho de personal? ¿Quién lo duda? Como en todo artista, por servil imitador que sea.
Lo que yo quise decir es que eso del casticismo á todo trapo no es una gracia para celebrada; que en todo tiempo los pueblos han influído unos sobre otros, y que no hay gran artista en quien, sobre la raza y la personalidad, no predomine la influencia de una cultura superior á su tiempo y á su nación. Bueno es ser de la tierra; pero no como la patata. Arraigue muy hondo nuestro arte; pero tienda á lo alto, al sol y al cielo, que es de toda la tierra y de todos los hombres.
Por lo demás, claro está que yo no entiendo una palabra de pintura; juzgo por sentimiento nada más. Y decir lo que siento podrá ser osadía, ignorancia, todo lo que se quiera; todo menos «desaprensión», como dice uno de los indignados. Poca aprensión será decir lo contrario de lo que se siente, sobre todo si es por alguna consideración interesada. Y por Goya, pueden ustedes creerme, no tengo antipatía personal ninguna; todo lo contrario, su persona, su vida, sus obras me son igualmente simpáticas. Le admiro hasta cuando pintó la alegoría _Salutación al rey José_, que esa sí que no me negarán los más admiradores del castizo pintor que está pintada, como sentida, á la francesa.
XXXIV
Nunca he rebatido censuras á mis obras, en lo que á ellas y á mi persona particularmente se ha referido. Más veces he sido tentado de rebatir elogios excesivos. Pero cuando se trata de algo que puede ser de interés general para el público y para otros autores, creo que bien se puede discutir sin acritud y sin soberbia.
De _La losa de los sueños_ se ha dicho que era una obra pesimista. ¿Pesimista? ¿Por qué? Cierto que su desenlace no es de esa alegría toda exterior que suele ser la más apetecida. Pero es de fortaleza y temple espiritual, es de triunfo sobre el instinto, que, por una satisfacción pasajera, nos hace olvidarnos de nuestra responsabilidad y de las consecuencias de nuestra ligereza. ¿Pesimista una obra en que la mujer que pecó por amor y por confianza, tal vez porque no se creyera que su desconfianza era cálculo interesado, acepta las consecuencias de su falta y consagra toda su vida al amor de su hijo? ¿Pesimista una obra en que el hombre que amaba á esa mujer perdona la falta, ofrece al hijo y á la madre nombre y cariño, y si no llega á hacerla su esposa es porque no está seguro de poder librarla de la miseria y del dolor? Si esto no es idealismo, si esto no es optimismo, confieso que he perdido la noción de lo que sean. ¡Ah! ¡Los pesimismos con amarguras! ¡Qué distinto hubiera sido el cuadro y el desenlace de la obra sin falsificar para nada la realidad! Para todas las amarguras y las tristezas de la obra he tenido modelos vivos; sólo para la bondad y la grandeza de alma he tenido que poetizar. He respetado la figura de la madre que no se ensaña en la hija perdida. Un buen amigo me lo decía antes del estreno: «Con la madre no se ha quedado usted corto». Y, en efecto. ¡He conocido algunas en ese caso!...
En cuanto á la tendencia moral de la obra, sólo un periódico, considerado por la voz pública como inspiración de determinada institución religiosa, ha puesto graves reparos á su moralidad. Mi sorpresa ha sido grande, porque he de confesar que, por primera vez en mi vida, atento á los intereses de la empresa, y deseoso de no tropezar con esos reparos, antes del estreno sometí la obra al examen de un docto padre de dicha institución, cuyo nombre no he de revelar, quien no sólo no halló en ella nada contra la Religión y las buenas costumbres, sino que la conceptuó como obra de elevada moralidad y de saludable advertencia y ejemplo. Por lo visto, no reina la mayor uniformidad de pareceres en la religiosa institución de referencia.
Deseoso también de no molestar á nadie, ni con la inmoralidad, mi conciencia estaba tranquila con el visto bueno de tan docto religioso; pero vi el ambiente tristón de la obra é indiqué á la empresa del teatro de Lara la conveniencia de que no se representara en los días de abono aristocrático. Así se dispuso, y sólo á ruego de los mismos abonados se representó ante el abono, sin la menor protesta. Esto indica que el censor estaba en lo cierto. Nadie más enemigo que yo de escandalizar con obras ni con acciones. Nunca defenderé mis obras como obras literarias, pero sí como obras de moralidad intachable. Si en alguna hay algo que, en apariencia, puede parecer pecaminoso, no soy yo quien habla: es algún personaje, de cuya moralidad no soy responsable. Tengo por costumbre dejar expresarse á los personajes de mis obras según su carácter y temperamento. Por desgracia, estos malos personajes son los que hablan más verdad siempre. ¡Sólo Dios y mi conciencia artística saben lo que hay que mentir cuando se quiere moralizar!
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La ignorancia de un daño puede ser muy cómoda y muy optimista--aquí del optimismo;--pero nunca es provechosa. Tal vez retarde el remedio y no lo haya cuando nos demos cuenta de la magnitud del mal. Por cartas, por referencias particulares, sabemos que en Méjico se manifiesta de modo ostensible el odio á España y á los españoles. ¡Oh, Congresos hispano-americanos! ¡Oh, amables tópicos de maternidad y fraternidad en discursos y brindis elocuentes! Diariamente aparecen en las calles rótulos insultantes y despectivos: «¡Muerte á los gachupines! ¿Quién quiere carne de gachupín muy barata?» Y otros por este orden y de este elegante aticismo.
Sabemos que para los españoles se ha hecho la vida intolerable. Hasta en las revistas de toros transciende esta animosidad injustificada. Los toreros españoles tienen que atarse muy bien la taleguilla para no verse expuestos á ser insultados. En una corrida tuvieron la desgracia de ser cogidos algunos de ellos, y un periódico proponía nada menos que la expulsión de las plazas y del territorio de los toreros que se dejaban coger por torpes.
No puede creerse que estas y otras manifestaciones menos visibles de hostilidad expresen el general sentir del pueblo mejicano, sobre todo de las personas sensatas y cultas; pero ¡ay! como éstas son la minoría en todas partes, bueno será que no desatienda el Gobierno español y su representación diplomática en Méjico lo que todo esto significa, sus causas y sus remedios. Si fuesen circunstanciales y políticas, no será difícil dar en la causa y atender al remedio. Si fueran más fundamentales deber es de todos estudiar lealmente dónde está la culpa y dónde ha de estar la enmienda.
Son muchos los intereses materiales y morales de España en Méjico para no preocuparnos de este estado de opinión actual, y es de esperar que pasajero.
Cierto que del amor de la América española por España vivimos en plena ilusión. Pero de la ilusión á la simpleza, hay todavía una buena distancia, que conviene salvar con algún conocimiento de la verdad.
XXXV
A tiempo está España de satisfacer una deuda de honor. Nadie, entre los escritores españoles, merece el premio Nobel como D. Benito Pérez Galdós. Pero el premio de este año ya está concedido al belga Maeterlink. Hagan el Gobierno español y cuantos puedan, cuanto esté en su mano para que el premio del año próximo sea para Pérez Galdós. Sea el premio Nobel la coronación del homenaje nacional, que debe anticiparse, porque no estaría bien que confiáramos al extranjero el pago de una deuda nacional. Y sea el homenaje todo lo práctico que pueda ser, sin que dejemos de poner en él toda nuestra alma.
Yo deploro, aunque lo haya agradecido, que un distinguido escritor, á quien ni siquiera conozco personalmente--y hago esta salvedad porque hay gente capaz de creerlo todo,--se haya acordado de mi nombre como candidato al premio Nobel. Tengo conciencia de mi significación para alejar de mí esas pretensiones. No quisiera, por eso, que alguien juzgara mis palabras forzada cortesía. Cuantos me conocen, cuantos me hayan oído, saben cuánta es mi admiración por el que he proclamado siempre como maestro. En sus novelas aprendí á escribir comedias, antes que en modelos extranjeros, por los que se me ha juzgado influído.
Yo he leído las novelas de Galdós antes que las de Julio Verne, antes que las de Dumas, antes que _Robinsón_ y antes que los cuentos de hadas, lecturas obligadas en la niñez y en la mocedad. Mi padre, gran admirador del novelista, puso en mis manos sus libros cuando yo era muy niño. ¡Cómo no ha de ser el primero en mi admiración! ¡Cuántas veces me habré peleado, yo que no me tengo por patriotero, con algunos que lo eran en cosas sin importancia y no podían tolerar que yo estimara á nuestro gran novelista como superior á Dickens, á Balzac, á Daudet y á Zola! ¡Cuántas veces habré sostenido que, con ser nuestro mejor novelista, era también nuestro mejor autor dramático!
De haber nacido en cualquier otro país del mundo, el estudio crítico de sus obras, de los personajes que figuran en ellas, de los lugares que en ellas se describen, completísimo mapa moral de España, formarían una copiosa biblioteca, como los libros dedicados á Shakespeare y á Dickens, en Inglaterra. Habría ediciones á todo lujo de sus obras, y ediciones populares que podría adquirir todo el mundo.
¡Dichosos los pueblos grandes y fuertes que agrandan con su poderío la gloria de sus hijos! ¿Comprendéis la diferencia que hay entre decir: Shakespeare es inglés, á decir: España es la patria de Cervantes?
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Y Pérez Galdós no es rico. Y dirán muchos hombres prácticos: ¿Cómo es eso? Sus obras deben haber producido un dineral. Sin duda. Un dineral para mucha gente que no ha necesitado perder su tiempo en escribirlas. Porque el escribir pide mucho tiempo, y el tiempo es dinero, como dicen los ingleses. ¡Ah! ¡El dinero de la literatura! El público empieza á contarlo desde la hora de la celebridad. ¿Y los primeros libros? ¿Y los años en que hay que luchar con la indiferencia del público, el desvío de los editores y la cuquería de los que saben mostrarse generosos, cuando todo se agradece ante la general indiferencia? Dinero que tarde llega, pronto pasa, como suele decirse. Y así es el dinero de la literatura.
Pues bien; es preciso que el dinero, por una vez siquiera, se haga romántico, idealista, expresión palpable de la gloria. Los españoles hemos estado cobrando crecidos intereses, en páginas gloriosas que nos han hecho pensar y sentir hondamente, de una deuda que no hemos pagado. Es empeño de honor nacional satisfacerla.
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La empresa del teatro Real, de acuerdo con la naciente Sociedad Wagneriana, ha dispuesto que los miércoles sean dedicados á la representación de óperas de Wágner. Son noches de alivio para la empresa y de luto riguroso para Wágner y para los wagneristas, si continúan como han empezado. Una descolorida interpretación de _El oro del Rhin_ y una lastimosa representación de _La Walkyria_, han sido, hasta ahora, el homenaje al músico inmortal.
Yo no sé en qué teatro de drama, ó de comedia, ó de opereta, ó de género chico, hubiera tolerado el público tan pacientemente una cosa tan desdichada como la representación de _La Walkyria_. ¡Y aun dicen que el público de nuestro teatro Real es de los más severos del mundo! No hay Jurado de crimen pasional que sea más benévolo. ¡Qué dioses y qué diosas! ¡Qué walkyrias! Aquello era un tejado por foso. La orquesta, dirigida por ese admirable metrónomo que es el maestro Rabl, tan fría y tan desapasionada como la batuta ordenaba. Los cantantes desafinaban en frío, que es el modo más triste de desafinar; pero la orquesta, ni en frío ni en caliente. No hay cuidado. Las walkyrias cabalgaron al paso; todo lo más, á trote cochinero.
Si ese es todo el homenaje á Wágner y eso es todo lo que la empresa del Real ofrece como obsequio á la Sociedad Wagneriana, habrá que decir, como el corregidor al padre de la bolera que daba satisfacción al público por ciertos ademanes descompuestos de su hija, y al explicarlos, soltó una palabra más inconveniente que los ademanes de la niña: ¡Basta! ¡Que no dé más satisfacciones!
XXXVI
Algunas señoritas estudiantes se quejaron de que sus compañeros masculinos las habían tratado con cierta desconsideración, que no era por ningún modo en menosprecio del sexo, como suele apreciarse en veredictos judiciales, más bien todo lo contrario. Algunos escritores, y en particular una vehemente escritora, afearon, en artículos llenos de indignación, la conducta de los estudiantes. Estos, por su parte, protestaron contra las quejas de sus compañeras, por juzgarlas infundadas, y doblemente contra la indignación de los escritores, que de tanto extremar su agradecido papel de paladines de damas, venían á parar en ponerlas de vuelta y media en la parte más noble y elevada de la feminidad: en la de madres. De suerte que, al arremeter contra el sexo fuerte, era el débil el que venía á pagar de rechazo. Esto me recuerda á un amigo mío que, refiriéndole en cierta ocasión cómo un sujeto había insultado á su propia madre de muy mala manera, exclamaba indignado:--¿Qué me dice usted? ¡Que ha insultado á su madre, ese hijo de!...--Y aquí ponía un calificativo con el que quedaba la pobre señora peor parada que con todo cuanto su hijo hubiera podido decirla.
Yo no sé si, en efecto, algún estudiante se habrá propasado algún día con alguna de sus compañeras; es muy difícil apreciar lo que se entiende por propasarse, concepto puramente subjetivo, como la poesía lírica. Vaya porque alguna expansión masculina haya podido alarmar el pudor femenino. Las horas de estudio no son horas de galanteos, dicen los estudiantes. ¡Ay! Este es el error. En contacto hombres y mujeres, no es posible otra cosa. Este será el eterno obstáculo de la coeducación. O las compañeras estudiantes serán desgraciadillas, y en ese caso, ¿cuánto va á que no agradecen la indiferencia de sus compañeros?; ó si algo valen, no hay remedio, con mejores ó peores formas, han de sentir á su alrededor el resoplido del deseo excitado á su paso.
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Habrá quien diga que esto es sólo entre los meridionales; que en los países del Norte esto de la coeducación y de la comunicación frecuente entre los dos sexos se lleva mucho sin riesgo y sin ofensa de nadie. Convengo en ello. En los países del Norte parece otra cosa, porque es de otra manera. La manera es todo.
Me hallaba yo una vez en Tánger y llegó al hotel una lucida compañía de jóvenes ingleses, muchachos y muchachas, amigos todos, que viajaban en sociedad, sin padres ni madres las jóvenes, sólo autorizadas por dos ó tres señoras de compañía. ¡Qué inglés es esto!--me decía yo.--En España no podría hacerse. ¡Cualquiera echaba por esos mundos á sus hijas, acompañadas de tantos muchachos jóvenes y bien parecidos, sin más vigilancia que la de unas ayas aburridas!
En efecto, pronto me convencí de que hombres y mujeres son lo mismo en todos los climas y latitudes. Lo que cambia es la manera, el procedimiento. Los meridionales tenemos la endiablada costumbre de unir la acción á la palabra. Nos gusta que nos expliquen y explicar todo lo que se hace. Así, en el teatro, sale una guapa mujer y no nos contentamos con que se presente, más ó menos vestida, á recitarnos alguna fábula candorosa ó á cantarnos alguna canción delicada y poética, todo lo cual nos permitiría recrearnos en sus encantos físicos con el pretexto de que asistimos á un espectáculo moral y hasta instructivo. Espectáculo de Arte, como dicen por ahí á los cuadros plásticos. Reproducción de cuadros y estatuas de los grandes Museos del mundo. Ya ven ustedes si todo esto se presta á muy agradables vistas, como quien no hace nada de particular.
Pues, no señor; los meridionales no nos contentamos con recrear la vista; es preciso que al exhibirse la señora, vestida ó desnuda, explique su argumento en alguna relación muy expresiva, ó en canciones de doble sentido ó de un solo sentido. Así no es posible engañar á nadie. Los pueblos del Norte ven mucho más que nosotros, pero no oyen nada de particular.
Aquellas inglesitas y aquellos inglesitos del hotel de Tánger, con el pretexto de juegos infantiles de la mayor inocencia, se daban cada sobo por aquellas galerías del hotel y por todos los rincones y divanes, que ¡ríanse ustedes de nosotros, pobres meridionales! Pero allí no se oía nada que tuviera la menor relación con lo que se hacía. Aquí no puede ser; al achuchón precede siempre el comentario, al pellizco sigue el chillido, que no deje lugar á dudas sobre la intención y el lugar.
Allí, hasta los besos ¡y granizaba! parecían la pura inocencia. Aquí, hasta las miradas parecen mordiscos. La manera es todo. ¿Para qué se ha inventado tanto gracioso _sport_ en los países del Norte? Para exhibir pantorrillas y biceps, para correr unos detrás de otros, y tropezar, y caer, y revolcarse por el suelo; pero sin más comentarios que los pertinentes al juego. En cuanto se oyera un suspiro anheloso ó un «¡Sí que está usted bueno!», se deshizo el encanto.
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Por estas y otras razones, la coeducación no será nunca posible en los países meridionales. Aquí todo es cantar juego, y el toque está en que el juego vaya por un lado y la canción por otro.
Si las muchachas y los muchachos españoles fueran capaces de retozar con la corrección que aquellos jóvenes ingleses, no habría ningún inconveniente en que viajaran juntos y solos y se coeducaran á todas horas.
Estoy seguro de que ninguna de aquellas lindas inglesitas tendría que lamentar un percance. ¡Oh! Se advertía de sobra que la coeducación no tenía secretos para ellas.
XXXVII
Con motivo del concurso abierto por un empresario de Buenos Aires, para premiar varias zarzuelas en uno ó dos actos, han vuelto á protestar los noveles por haber sido excluídos del concurso. La protesta, en este caso, es muy natural, aunque no puede tener mucha fuerza, por tratarse de una empresa particular que, en uso de su perfecto derecho, convoca al concurso á quien mejor le parece. Otra cosa sería si de un concurso oficial se tratara, ó de teatros subvencionados por algún Gobierno.
Esta cuestión de los noveles será siempre difícil de resolver á gusto de todos. Sucede con los noveles lo mismo que con los liberales. No pueden serlo más que en la oposición. En cuanto pasan á ser gobierno dejan de ser liberales. Es principal deber de un Gobierno el de sostener el orden social; por muchas que sean las libertades concedidas y las reformas implantadas, todavía habrá gentes más avanzadas, más radicales, á quienes todas ellas parezcan insignificantes. Reducida la legalidad á la mínima expresión de fuerza restrictiva, siempre habrá rebeldes y descontentos mal hallados en esa estricta restricción.