De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 8
Para comprender lo que esta cuestión interesa en París, es preciso saber lo que significa el cuerpo de baile de la Gran Opera, que es toda una institución nacional. Wágner tuvo que sucumbir ante su tiranía, amenizando _Tannhauser_ con un bailecito, pues de otro modo no se hubiera representado nunca. Verdi, en todo el esplendor de su gloria, tuvo que intercalar también unas danzas en su _Otelo_ cuando fué representado en la Gran Opera. Hasta el _Don Juan_, de Mozart, se ameniza con un añadido bailable, para el cual se aplica uno de los minués del mismo divino maestro, y la marcha turca, que cae en el _Don Juan_ como el calañé en la cabeza de Dulcinea--véase la ópera de Massenet _Don Quichote_, cuya representación en Madrid demandan algunos cervantófilos.--Buena obra para inaugurar el nuevo teatro de Cervantes, para que al «Inri» no le falte letra... ni música.
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Ahora que se agita la idea--en España se agitan mucho las ideas, por eso llegan las pobres tan cansadas cuando hay que ponerlas en práctica--de fomentar el turismo por los medios más adecuados, no sería malo convocar una Asamblea de veraneantes ó abrir una información pública para que expusieran sus observaciones, sus agrados y sus quejas. De este modo, podría trazarse algo así como un mapa hospitalario de España, que podría ser muy útil para los turistas.
¡Hay que oir á muchos de los que regresan! Claro es que muchas veces el espectáculo está en el espectador y el viaje en el viajero. Los que buscan pueblecillos ignorados y tranquilos para su descanso, vuelven encantados. ¡Qué amabilidad y dulzura en el trato de los campesinos! ¡Qué sencillez! ¡Qué arte para adulterar los alimentos y encarecer los precios, para que el veraneante no eche de menos las comodidades de Madrid! ¡Qué modo de amenizar la vida al forastero! Eso sí; el paisaje y el aire sano del campo compensan de todo. Salvo que el paisaje está todo acotado, para consuelo de los que no quieren terrenos baldíos, y no hay por dónde pasear ni por dónde asomarse al campo; salvo que el aire huele á paja quemada ó á carroña de animales muertos que se pudren al aire libre; salvo que los niños, que fueron de Madrid tan sanos, atrapan la tos ferina ó el sarampión, ó unas calenturas, gracias á la higiene de esos admirables lugares, reino eterno de Herodes.
¡Oh, el campo, los pueblecitos! ¡Qué bien se vive en ellos con una casa á estilo de Madrid, con criados de Madrid, haciéndose llevar los alimentos de Madrid, con periódicos de Madrid, amigos de Madrid y mucha agua de Colonia... de cualquier parte!
Los más exaltados africanistas debieran emprender frecuentes exploraciones por muchos de estos lugares. Tal vez á la vuelta se hubiera enturbiado su fervor de civilizadores y conquistadores de tierras extrañas. ¡Pues no hay poco que civilizar y que conquistar sin salir de casa! Y no vale decir que para eso siempre hay tiempo, y para eso los tenemos cerca. Precisamente porque están cerca es posible que, si no los conquistamos pronto, nos conquisten ellos. Y que, á los bárbaros de fuera, se les ve venir; pero los de casa, no han avisado y ya están encima. Todo será que el hambre apriete un día demasiado. Así como así, con los remedios que proponen algunos economistas, dignos de los mejores tiempos de la Edad Media... Proteccionismo y cierre de puertas. Es el mejor remedio. Bien decía D. Juan Valera que la Humanidad estaba empezando á vivir.
XXIX
El malestar ocasionado por la carestía de la vida es universal. Las gentes andan mal humoradas, y el mal humor se traduce en motines, huelgas y disturbios, con cualquier pretexto, que, no pareciendo suficiente á los que no quieren enterarse de la verdadera causa, les hace pensar en el oro extranjero, en traidores y agitadores extraños. Aquí pensamos en el afrancesado, como en tiempos de la invasión napoleónica.--Todo esto es como pensar en polvos misteriosos que envenenan las aguas, en tiempo de mortífera epidemia.
Claro es que, muchas veces, los mismos que protestan y se enfurecen, no se dan cuenta de la verdadera causa de sus furores. ¡Pesan sobre el dinero y sobre las necesidades materiales tantos anatemas poéticos y románticos, que á todos nos da cierta vergüenza confesar, cuando andamos tristes y cariacontecidos, que la causa primordial es la falta de metales preciosos y precisos! ¡Hay tanta pasión de ánimo y tanta neurastenia que se curaría con unos cuantos billetes de mil pesetas! Y ¡hay tanto socialismo, tanto republicanismo y tanto idealismo que se curaría del mismo modo!
Los médicos y los gobernantes, para acertar en sus diagnósticos, han de ser algo materialistas. El estado financiero del paciente, individuo ó pueblo, es de gran importancia para diagnosticar y recetar con acierto. Hay tristezas que parecen, y así lo asegura el enfermo, de lo más espiritual del mundo; y con buena alimentación, diversiones y algún dinero, desaparecen en cuatro días, sin dejar señales. No hay más que comparar lo que dura un duelo en una casa donde la familia queda muy bien, con lo que dura donde, como suele decirse, el difunto se llevó la llave de la despensa.
Yo estimo en mucho á esas buenas señoras, serviciales y conocedoras del corazón humano, que, en las grandes catástrofes familiares, se dedican á ofrecer y servir tazas de caldo, vasos de leche y yemas de huevo.
Este sistema, aplicado al gobierno de los pueblos, produciría los mejores efectos. ¿Que los pueblos se agitan y se inquietan por alguna idea política? Leyes económicas, de lo más grosero y materialista: la taza de caldo, el vasito de leche y las yemitas de huevos.--Llore usted lo que quiera, pero hay que tener fuerzas.--Así dicen esas señoras solícitas que, por haber asistido á muchos duelos de familia, saben el modo de curar desmayos y síncopes de viudas y huérfanas. ¡Al estómago, al estómago! No hay que tomar el corazón muy en serio, ni en los pueblos ni en los individuos.
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Hasta ahora, el público del teatro de Apolo era el que ofrecía mayor resistencia á dejarse emocionar por la pura emoción artística. Los mejores éxitos literarios obtenidos por algunas obras en aquel teatro fueron logrados á punta de chiste. Presentarse allí á cuerpo limpio era empresa arriesgada. Sinesio Delgado es testigo de mayor excepción. El éxito de _Lirio entre espinas_ ¿será sólo un acierto de una obra y de un autor?, ó ¿será también un acierto del público? Mucho habría que celebrar lo primero; lo segundo, doblemente.
Una de las grandes ventajas de los teatrillos y salones en que se cultiva el género llamado _varietés_, es haber sido un derivativo para que cierto público no busque en teatros donde debe cultivarse otro género, lo que en esos salones puede encontrar en abundancia.
Bueno es que se deslinde el campo. A un lado, el teatro; á otro, el escaparate. Que cada cual sepa dónde debe ir y dónde no, á satisfacer sus gustos y sus aficiones.
Hasta ahora, el arte y la literatura habían sido para esos teatros lirio entre espinas.
Esperemos que, en adelante, aunque no todo sean lirios, todas sean flores.
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Con los comienzos de la temporada teatral anuncia su alegre entrada en Madrid el invierno de los dichosos.
Como en las procesiones españolas, Dios grande y Dios chico, hay siempre dos estaciones en cada estación del año. Una, para los que tienen sus diversiones distintas en cada una; otra, para los que pasan los mismos apuros en todas ellas.
En unas casas se piensa ahora en el abono á los teatros, en bailes y fiestas, en las nuevas noches de invierno, en alfombras y pieles. En otras se piensa en la falta de trabajo, en la pobre ropa empeñada.
El invierno acusa, como ninguna otra estación, lo terrible de las desigualdades sociales.
El hielo que endurece la tierra y dificulta al pobre labrador sus labores, sirve para que los ricos patinen sobre él, bien aforrados en pieles. Por si el hielo natural falta para su diversión, tienen patinaderos de hielo artificial.
La industria de los hombres no se ha cuidado tanto de aliviar males al pobre como de aumentar goces al rico. Verdad es que los pobres pagan mal y agradecen peor.
Por eso nadie trabaja para ellos; ni ellos mismos. Todas las comodidades, todo el lujo, todo lo que embellece y alegra la vida, pasa por sus manos sin dejar rastro de bienestar, de belleza ni de alegría. En sus manos todo es trabajo, pena y miseria.
XXX
¡Buenas reprimendas se está ganando Italia, de la parte de las señoras mayores, por querer ella jugar también á la señora mayor y hacer de gran potencia! ¡Como si fuéramos todos unos, frailes y tamborileros!
¡Tendría que ver! Cuando las grandes andan con mil remilgos y miramientos por no tropezarse ni ofenderse, que una loquilla viniera á enredarlas á todas.
Están Francia y Alemania, muy señoras y muy reverendas, nota va, nota viene, hasta aquí cedo y de aquí no paso, por si pueden evitarse el venir á las manos, que las dos tienen muy ocupadas, y se le ocurre á la señorita sin juicio de las tarantelas echarse de conquista y de bulla por esos mares.
Las grandes señoras, acostumbradas á ponerse el mundo por montera, dicen, escandalizadas ante la empresa de Trípoli, que esas no son formas entre naciones decentes y que de quién las habrá aprendido Italia.
--Ella no tiene posición para eso--como decía una aristócrata, censurando á una burguesa que se permitía tener amantes.
El que tiene posición puede permitírselo todo en este mundo. Pero el que no la tiene ¿cómo llega á tenerla? ¿Cómo van á llegar los pequeños á grandes, si los grandes tienen monopolizados todos los medios de engrandecerse?: el atraco, el despojo, la estafa; los medios más usuales entre naciones decentes y civilizadas.
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Peligroso, peligrosísimo juego, que no aconsejaríamos á ningún Gobierno, es el de ilusionar y desilusionar de un día á otro.
Contra su certero instinto de gato escaldado, el pueblo español está como quien quiere creer, si no cree; en las mejores disposiciones para terminar en creyente. No pide milagros, pero... ¡si se los cuentan! Casi, casi, se dará por contento con volver de la aventura, como el gitano tuerto, por lo menos con el ojo que le quedaba sano. No pretendamos ponerle vendas en los ojos, que la verdadera fe no se falsifica con nada; y no hagamos que, por querer infundírsela con milagrerías, acabe por no creer ni en los milagreros ni en los verdaderos apóstoles. Hasta ahora sólo cree en los mártires.
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La Biblioteca Nacional era una institución intangible é inviolable. Un distinguido escritor se lamentaba días pasados de que nadie sostuviera una campaña contra esa plaza fuerte. Sólo algunos artículos en broma y algunas quejas tenues.
Las bromas no sientan mal, y, por desgracia, es más fácil llamar la atención sobre un asunto echándolo á broma que tomándolo en serio. Las quejas... ¡Caramba! ¡Cualquiera se atreve á insistir! Apenas se atreve uno á protestar contra una deficiencia, un descuido, salen como energúmenos unos cuantos señores, clamando que todo ello es ganas de molestar, que la Biblioteca es una perfección y no hay nada que mejorar ni que corregir en ella ni en sus servicios. ¡Admirable institución que ha llegado á ese punto en que ya nada puede mejorarse!
Cuidado que en esas quejas nada iba contra el respetable Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios; al contrario; más se procuraba que se les aliviara en trabajo y se les aumentara el sueldo. Pero nada, ni aun así agradecen las quejas.
En cuanto á los señores de la casa, los eruditos y bibliófilos del santo y seña, esos ya es sabido que son como los devotos beatones: parroquianos fieles de una iglesia, les molesta cualquier extraño que venga á turbarles en sus oraciones. Dicen que para cuatro golfos que van á la Biblioteca á destrozar los libros... Yo tengo la seguridad de que peligra más un libro en manos de un bibliófilo, rata de biblioteca, que en manos de un golfo. La verdad, no veo á un golfo arrancando hojas de un libro, para ahorrarse el trabajo de copiarlas ó para evitar que otro las copie. Además, cuanto mayor sea el número de golfos que acuda á la Biblioteca, menor será el peligro de que manchen ó estropeen los libros. Cuantos más sean los que pueden verse unos á otros, más cuidado tendrán de que alguno pudiera delatarlos en su vandálica tarea. Sabido es que en París estaba más seguro el Museo del Louvre cuando, por ser gratuita la entrada, acudían numerosos golfos, que cuando, por costar dinero, apenas si acudían más que los extranjeros y provincianos. En los tiempos de la entrada libre y popular no hubo ningún robo. Acaso hubiera sido imposible el de _La Gioconda_ con el sistema de la puerta franca. Del mismo modo, facilitando la asistencia de numeroso público á las bibliotecas, serán más difíciles esos actos de destrucción y de mala crianza. El público es el mejor vigilante del público. Y aunque se destrocen algunos volúmenes... Todos hemos aprendido á leer ensuciando y rompiendo libros; si por eso no hubieran vuelto á poner un libro en nuestras manos, ni hubiéramos aprendido á leer... y ¡pobre libro el que hubiera caído después en poder nuestro! Siempre hubiera sido el enemigo odioso.
La Biblioteca popular puede servir para todo esto: para que se desahogue el odio al libro, rompiendo y ensuciando unos cuantos; y después... para que se le vaya perdiendo el miedo, y, por fin, para que se le vaya tomando cariño.
XXXI
La buena obra del desayuno escolar, de las cantinas escolares, está en buenas manos, y es seguro que se salvará del infructuoso destino de ir á estrellar el cielo.--¿Por qué ha de decirse empedrar el infierno, cuando de buenas intenciones se trate?--Ninguna buena intención se pierde, aunque no pase de la intención. Toda simiente espiritual fructifica, más tarde ó más temprano, en la realidad práctica.
Si fueran graves y sesudos varones los encargados de llevar á cabo el buen propósito, no habría que fiar mucho en su realización. Todo se perdería en discusiones, Memorias y nombramiento de cargos. Las señoras son más expeditivas en todas sus resoluciones, discuten andando; sus discusiones no son por discursos en severas sesiones, sino por réplicas animadas y vivas en charla amistosa. Las señoras son únicas también en el manejo y dominio de las cifras. Mientras los hombres necesitan servirse de la tabla de logaritmos para averiguar el precio de las patatas, con todo rigor científico, las señoras, por los dedos muchas veces, calculan y resuelven los problemas más dificultosos mejor que Inaudi.
No quisiera yo actuar solamente de jaleador y tocador de palmas en empresa tan loable. Desde ahora me ofrezco á las distinguidas señoras para cuanto crean que pueda serles mi cooperación de alguna eficacia.
Muy explotado está el teatro y cuanto con él se relaciona, para pensar en recargarle con un nuevo tributo. Algo queda todavía sin explotar, que bien pudiera explotarse en beneficio de tan buena obra. Los gorrones y los _pelmazos_. ¿Por qué no ha de cobrarse un impuesto de caridad sobre los vales? El que asiste gratuitamente á un espectáculo, con mayor razón debe pagar ese impuesto. Son muchos también los aficionados á curiosear en lecturas, ensayos, sobre todo en los generales. ¿No estaría muy en razón también que pagaran con algo las primicias y el fisgoneo? En todo lo de este mundo--¿no es verdad, viejos verdes?--las primicias es lo que más se paga. Sólo en el teatro son gratuitas.
Por mi parte, y desde ahora, fuera de los precisos operarios, como dice el cartel de las corridas de toros, á todo curioso, fisgón, _pelmazo_ ó buen amigo que asista al ensayo de una obra mía, le sablearé sin consideración alguna y pondré á disposición de las damas lo recaudado. ¿Que entonces no habrá curiosos? Por lo pronto, eso iremos ganando.
De cualquier modo, bueno sería que las empresas y los autores se pusieran de acuerdo para explotar á todo _pelmazo_.--Entiéndase lo de _pelmazo_ en el mejor sentido de la palabra.--Cada cual puede aplicar este ingreso, que al cabo del año sería importante, á la obra meritoria más de su agrado y de su simpatía.
También pueden rendir un tributo los ejemplares regalados, las tarjetas postales firmadas y demás molestias hasta ahora gratuitas y, por lo regular, poco agradecidas.
Los tiempos son prácticos, pero como los escritores y artistas hemos convenido que no está bien serlo en provecho propio, sigamos siendo desprendidos y generosos; pero ya que hemos de padecer tanta _lata_ por amor al Arte, que nos sirva á lo menos de satisfacción padecerla en provecho de alguna obra de caridad.
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En los salones de variedades se inicia un renacimiento nacional. Hasta ahora las canciones eran imitación ó traslado de _couplets_ extranjeros. Hoy se cantan canciones españolas, antiguas y modernas; las artistas se tocan con la mantilla blanca, gran peineta y claveles--también se tocan de otras mil maneras; pero quédese esto de jugar del vocablo para sus intencionadas canciones.--Renace también el baile clásico español: fandango, bolero y panaderos; hay trajes del siglo XVIII y bailarinas de la misma época. ¡Ese siglo XVIII, el más afrancesado, que muchos tienen por el prototipo de lo castizo! ¿No hay quien tiene á Goya por el más español de nuestros pintores? A Goya, que unas veces pintó como los ingleses, otra como los franceses, y cuando pintó á su manera pintó de muy mala manera.
Verdad es que yo he leído en papeles de la época cómo se censuraban los sainetes de D. Ramón de la Cruz, como género á la francesa.
También creo que en este españolismo de bailarinas y cantadoras hay más de afrancesamiento que de españolismo. La prueba es que cuando vienen más españolas es cuando vienen de París. Y es que, ante la niveladora civilización, lo castizo va emigrando de unos pueblos á otros, como curiosidad de exportación. Dentro de poco será lo más difícil, para los curiosos de costumbres pintorescas y características, saber dónde han de hallar las de cada pueblo, porque lo más italiano estará en la Argentina, lo más americano en París, lo más francés en Nueva York, lo español, en Rusia, y lo ruso, en China. En Arte sucederá lo mismo: el del Norte habrá pasado al Mediodía, y viceversa. Los europeos pintarán como los japoneses, y los japoneses como los europeos. Habrá corridas de toros en Londres y boxeo en Sevilla. En Alemania no gustarán más óperas que las italianas, y en Italia, las de Wágner y Strauss. En Madrid se representarán operetas vienesas, y en Viena, zarzuelas españolas. Los pueblos juegan á las cuatro esquinas, y cuando alguien pide un poco de casticismo, en todas partes le dicen:--Por allí rebulle.--El cosmopolitismo es ya castizo en todas partes; lo castizo se ha hecho cosmopolita.
XXXII
Muy doloroso es ver renovarse á cada paso de nuestra historia la negra leyenda de las torturas inquisitoriales. Pero hay que confesar, por muy triste que sea, que no hay leyenda ni calumnia sin fundamento. Cuando se ha pecado mucho, son necesarias muchas y muy seguras pruebas de virtud, hasta llegar á convencer á las gentes de que en verdad hemos mejorado nuestra vida y costumbres.
En realidad, sólo nos alarmamos cuando los de fuera nos llaman la atención sobre estos supuestos actos de crueldad. Pero, en familia, entre nosotros, todos los días celebramos y alentamos estos procedimientos, más frecuentes de lo que parece, en actuaciones procesales, en cárceles, en Juzgados y hasta en Delegaciones. ¿Vale hacernos los ignorantes, si todo ello es á ciencia y aquiescencia de todos? ¿Quién no ha oído celebrar, hasta por personas muy cultas, la oportunidad del empleo de estos procedimientos, sobre todo si de descubrir y castigar un delito que personalmente le perjudicaba era el caso?
Lo que no está bien es que se pretenda culpar á ningún Gobierno, sea conservador ó liberal, ni hacer cuestión política lo que es cuestión de educación nacional. No cabe en cabeza humana que ningún Gobierno español, sobrado advertido ya, ordene, autorice ó consienta semejantes procedimientos; todo lo contrario.
Esa negra leyenda está fundamentada en nuestro carácter. Tan es así, que, siendo España, seguramente, digan lo que quieran historiadores parciales, el pueblo en que menos se ha perseguido y atormentado por ideas políticas y religiosas, es, no obstante, el pueblo en que más se destaca y perdura la triste fama de estas persecuciones y fanatismos.
Y es que, en otros pueblos, eran los altos poderes los que imponían la intolerancia y las crueldades, contra la conciencia de los gobernados. En España, fueron siempre los gobernados los que impusieron á los gobernantes la crueldad y la intolerancia. Por eso en otras partes, aunque más terribles en sus efectos, fueron menos permanentes en sus causas.
La verdad es que el espíritu de cada español está como amurallado, y todo lo que está fuera de su recinto, juzgado como extraño é incomprensible. No simpatizan unos espíritus con otros, porque no se comprenden, y no se comprenden porque se ignoran. En cada uno de nosotros hay un pequeño inquisidor por el poder, grande por la intención.
¿No oímos decir á cada paso, no habremos dicho todos alguna vez:--Yo, al que hace esto, al que hace esto otro, al que piensa de este modo, al que no piensa de esta manera, le mataría?--Mataríamos por todo. La justicia no nos satisface por completo si no tiene algo de venganza. Aplaudimos al que venga una injuria por su mano, tenemos por cobarde al que pide reparación de una ofensa por justicia.
Con las mujeres, pecamos de afectada retórica galantería en el trato superficial y, digámoslo así, poético y literario. En el trato ordinario ¡y tan ordinario! de la vida, somos groseros, brutales, duros. Para los niños no hay pueblo de menos delicadeza. Para los animales, no se diga. Y á todas horas, en la vida familiar, en la vida política, en el teatro, en las plazas de toros, puede observarse esta dureza de nuestro carácter, esta carencia del sentido de la simpatía y de la comprensión.
Ahora mismo, al protestar indignados contra los que vuelven á propalar la leyenda negra, tal vez decimos:--¡Es para matarlos!
Aceptemos en penitencia de nuestros pecados esa leyenda, que ya estaría destruida, si no fuera tan verosímil. Procuremos hacerla imposible, y, para ello, antes de protestar y de indignarnos, hagamos un buen examen de conciencia.
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_El Porvenir Postal_ dedica todo un número á los carteros y peatones, elevando sentida y razonada exposición á los Poderes públicos, para que no tarden en mejorar la triste situación de tan humildes y desatendidos funcionarios.
Debiera ser obligatorio para todo gobernante un certificado cierto de haber vivido durante algunos años en algún pueblecillo, de esos abandonados de Dios y de los hombres. «Quien ve un pueblo, ve un reino», dícese en Castilla. Y más enseña la observación directa de uno de esos lugares, que todos los libros de Ciencias sociales y políticas.
¡El cartero rural, el peatón! ¿Quién piensa en las grandes capitales lo que sus servicios significan? Con nada están bien pagados. Cuando se aprecia de cerca su penoso servicio, ¿cómo no llamar la atención á gritos contra la injusticia, iniquidad en muchos casos, con que se desatiende á esos modestos héroes?
Pensando en esto y en muchas cosas más, es cuando se aprecian en todo su valor las brillantes campañas parlamentarias de republicanos y socialistas. Pequeñeces son éstas que no merecen fijar su atención. Es más importante demostrar que Maura es reaccionario y Canalejas poco liberal. Ser el eterno obstáculo y, como el alcalde famoso de Valdemorillo, que entraba por el Ayuntamiento diciendo desde la puerta:--¿De qué se trata? Que yo me opongo,--oponerse á todo y no oponerse á nada.
Próxima la discusión de nuevos presupuestos, ¿no habrá quien se acuerde de los carteros y peatones?
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