De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 7
Y como decía un buen señor, que siempre prolongaba su estancia en un lugar de estos hasta muy entrado el otoño, cuando ya no quedaba nadie de la colonia veraniega: «Ahora es cuando se está aquí á gusto. Si la gente no fuera tonta, ahora es cuando debía venir aquí todo el mundo.»
* * * * *
Una escritora de entendimiento y de corazón propone que los niños asistentes á las escuelas públicas tengan al entrar ellos, no sólo alimento espiritual, sino algo también de ese alimento material, tan necesario para bien disponer el espíritu; que si tripas llevan pies--y andamos tan malamente,--también llevan cerebro: y si de la panza sale la danza, también la enseñanza, si ha de ser provechosa.
Plausible idea es la del desayuno escolar, y es preciso que no quede en idea. Es triste cosa que, por amor propio mal entendido ó por temor á que pueda parecer bombo mutuo ó tacto de codos, nadie patrocine más ideas que las propias, y así queden perdidas y malogradas las mejores.
Ese desayuno de los niños pobres debe quedar á cuenta de los niños ricos, y las madres que enseñan á rezar á sus hijos, deben hacerles comprender que por algo en el Padrenuestro no se dice: «El pan mío de cada día», sino «el pan nuestro». ¿Qué menos puede comprender ese plural que el pan de todos los niños? ¿Qué almas pueden unirse mejor en ese acto de compartir el pan, que siendo de comunión cristiana, lo es también de solidaridad social?
* * * * *
Lances de veraneo: Un tenorio de playa, locamente enamorado de una bella compañera de hospedaje, la persigue día y noche dispuesto á todo. Un día, por fin, acompañándola desde la calle, se entra decidido hasta el mismo cuarto de la señora, que protesta muy indignada. El, sin oirla, se entrega á los transportes más apasionados. La dama le rechaza con toda su fuerza: «¡Está usted loco! ¿Qué hace usted? ¿Quiere usted que grite? ¡Qué atrevimiento! Y... ¿á que no ha echado usted el pestillo?»
XXV
Que si Francia, que si Alemania... Cuando aun saboreamos las delicias del _ménage à trois_, anglo-franco-español, concertado en la Conferencia de Algeciras, á la ligera, de pasada y como para que nadie haga caso, como puede decirse en estas notas por quien no tiene autoridad, me permití decir que el sentido común más rudimentario aconsejaba la alianza con Alemania, como más conveniente á los intereses españoles. De modo que no se dirá que me apasiono por Francia. Ahora, cuando veo que el apasionamiento por Alemania llega hasta desconocer y negar todo valor positivo á la cultura francesa, creo que, por lo menos, debemos acordarnos de que lo que sabemos de Alemania lo sabemos por Francia. Con todos sus defectos y su influencia más ó menos funesta en nuestra política, en nuestras costumbres, en nuestro arte--y tal vez el pro contrapesara la contra,--todavía podíamos imitarla en mucho, que nos sería muy conveniente. Por ejemplo: en su patriotismo, no limitado al aspecto bélico. Bien haremos al no confundir en nuestra admiración á un Cousin con un Kant, á Corneille con Shakespeare; pero, ¿no es altamente plausible y no debiéramos imitar nosotros ese laudable afán de los franceses por elevar sus glorias y presentarlas rodeadas de todo respeto á la consideración de los extraños? Cierto que es más ocasionada al ridículo la exagerada admiración, y nosotros somos un pueblo serio, que, por salvarnos del ridículo, caemos en la odiosidad de rebajar y denigrarlo todo.
La compañía de la Opera Cómica, de París, con su director, M. Carré, y su esposa, la espiritual artista Margarita Carré, han ido á Buenos Aires á dar unas representaciones de ópera francesa. Los periódicos hablan del valor, en sus dos acepciones, _courage et valeur_, de los artistas expedicionarios, de su abnegación al marchar á lejanas tierras á predicar la buena nueva del arte musical francés; el público se dispone á recibir en triunfo á la gentil Margarita Carré y á su esposo... Lo mismo que aquí. María Guerrero, Rosario Pino, han hecho en América, por nuestro arte y por nuestro buen nombre, más que todos los embajadores y diplomáticos. A su vuelta nos contentamos con contarles el dinero; á la ida... no falta quien envíe un extracto ó crónica desacreditándolas. No digamos si el que viaja es algún escritor: ya nos encargamos de prepararle desde aquí el terreno, y cuando llega, va precedido de cartas particulares y artículos de muy buena firma, que vienen á decir en substancia: «Ahí les mandamos á ustedes ese pendejo, á quien aquí no admira nadie ni nadie toma en serio; suponemos que ustedes tampoco. ¡Ah! cuidado con los cubiertos». Lo mismo que enviaron los franceses á Clemenceau y á Anatole France; lo mismo que envían al más insignificante de sus cómicos ó cantantes. Aquí nos reimos mucho de esas cosas; pero con esas cosas pueden atreverse á escribir: «La Argentina, hija de Francia», y con razón se indigna Mariano de Cávia, y con razón no se indigna sólo con el autor de la fanfarronada, sino también con los que desde aquí, por su desidia, la hicieron posible.
Entretanto, que si Francia, que si Alemania. Y ¿nadie se acuerda de Italia, que es la verdadera madre de todos los cerebros latinos?
Y no sólo de los latinos, sino de toda la cultura europea.
¿No debemos á Italia lo mejor de nuestro arte? ¿Nuestros poetas, nuestros novelistas, nuestros pintores? ¿No están Velázquez, Ribera, el Greco, en los pintores venecianos? ¿No está Murillo en Rafael? ¿No está Cervantes en _Bocaccio_ y el Ariosto? ¿No está Calderón en Dante? Y ¿no está toda Italia en Lope de Vega?
Allá que la sombra negra del Vaticano se interponga entre las relaciones oficiales de los dos pueblos más hermanos en carácter, en glorias y hasta en desdichas: los demás no debemos ser ingratos ni olvidadizos. Aceptada la clasificación de pueblos latinos, si todos son hermanos, sólo Italia es madre de todos, y, sobre todos, gloriosa.
* * * * *
La cuestión de las «capeas» ocasiona muchos disgustos en este año por esos pueblos de nuestros pecados. Mayores disgustos, pues que, con desigual injusticia, mientras en este pueblo se prohibe la «capea», se permite en el de al lado, sin duda por disfrutar de mayor influencia cerca de los gobernadores. Mientras aquí se hace la ley gorda, dos leguas más allá se hila muy delgado. Sabido es que nada irrita tanto como estas diferencias y distinciones. Entretanto, llueven multas sobre muchos infelices alcaldes, á quien se quiere exigir que se impongan á todo un pueblo con tres números de la Guardia civil; bastantes menos de los que se envía en día de elecciones, cuando hay que poner miedo en los electores de oposición.
Gobernadores que, cuando presiden una corrida de toros en su diócesis, pasan por cuanto les pide el público, aun sin razón, en el natural deseo de evitar conflictos, quieren que estos pobres alcaldes, sin fuerza material, y con poca autoridad moral, se basten y se sobren para prohibir las «capeas». No saben los gobernadores que el conflicto sería mayor para ellos si los alcaldes se obstinaran en prohibirlas á raja tabla.
Además, donde se paga á los maestros como aquí se les paga, ¿hay derecho á prohibir «las capeas»? De unas cosas provienen las otras, y cuando se quiere educar á un pueblo, hay que empezar por el principio.
* * * * *
Otra de las especialidades del veraneo es, al derramarse por las varias regiones de España, los agricultores, que pudiéramos llamar de la cátedra; cuerdos en casa ajena que pretenden saber más que el loco en la propia.--Aquí tienen ustedes una riqueza sin explotar... Si se sirvieran ustedes de máquinas...
--Como no las despeñáramos por esos cerros--piensa el labrador socarrón.--Aquí tienen ustedes una riqueza en fruta. ¿Qué hacen ustedes con ella?--Nos la comemos.--¿Por qué no la exportan ustedes á Inglaterra?--Pues, ¡qué sé yo!
--¡Qué país éste! ¿Ustedes saben lo que pagarían por esta fruta en Londres?
El agricultor de gabinete, á los pocos días de regresar á la corte, recibe, muy bien acondicionado, un cajón de aquella riquísima fruta; la mitad llega para tirarla, y el viaje no ha sido muy largo. ¿No es ésta la mejor contestación á todos estos que quieren saber de la tierra y de sus productos más que sus cultivadores, que no se chupan el dedo, aunque otra cosa parezca, y saben muy bien dónde les aprieta el zapato?
Sí, algo hay que hacer por esos campos de España; pero ni es tanto ni lo que creen muchos que todo lo aprendieron en los libros. A la mayor parte de los campesinos, cuando van á enseñarles algo, ya están ellos de vuelta, y el viaje no ha sido muy fructífero. Y lo que dicen ellos: De consejos, la mitad en dinero.
XXVI
Tan sobresaltados nos han tenido durante todo el verano con amenazas de conflagraciones europeas, cólera, disturbios interiores; tanto nos han gritado «¡el lobo, el lobo!», que cuando el lobo ha venido, en efecto, casi estábamos curados de espanto; y la verdad es que la intranquilidad de los espíritus no corresponde á lo crítico de las circunstancias. No parece sino que no fuera nada con nosotros. El ilustre político que consideró á España incorregible é ingobernable porque había perdido el pulso, hallaría ahora nuevas razones para reforzar su diagnóstico. No creo yo que hayamos perdido el pulso; lo que sucede es que no se nos altera por nada. ¡Nos hemos visto con el agua al cuello tantas veces! Sólo una gran catástrofe nacional, como la cogida de un torero, es capaz ya de conmovernos y alterar el ritmo normal de nuestras pulsaciones. Menos mal; si fuéramos á emocionarnos por todo lo que vale la pena, estaríamos enfermos del corazón todos los españoles. Y ¿para qué hay una Providencia allá arriba y un Gobierno aquí abajo?
Pero los ricos son egoístas; ellos se toman sus vacaciones del veraneo y se molestan porque los pobres se declaren en huelga, que es, salvo enfermedad ó paro forzoso, su único modo de tener vacaciones. Con la diferencia de que no son tan divertidas como las de los ricos; porque las Cajas de resistencia no dan para tanto como las Cajas de los Bancos y las rentas de casas y tierras. ¡Ah! Si los pobres tuvieran algún dinero para jugárselo en algún Casino mientras dura la huelga, nadie tendría que decir nada de ellos. Sería gente que se divierte; la gente que se divierte, no perturba. Pero ¿á quién se le ocurre holgar sin dinero? Peor todavía: á costa del dinero de los demás. ¿No piensan esos obreros que sus días de huelga significan tal vez el automóvil, la partida de «bac» del señor que veranea tranquilamente? Pues bueno sería que lo pensaran, que eso de no pensar más que en sí mismos se queda también para los ricos. Bueno es que ellos no piensen que su automóvil, y su «bac», y sus «cocottes» significan el pan que falta muchos días en muchas mesas; porque si lo pensaran no se divertirían tanto, y conviene que los ricos se diviertan para que los pobres vivan. Cuando se han pagado seis reales ó dos pesetas por el trabajo de un hombre en todo un día, bien puede uno jugarse 1.000 pesetas á una carta, con la conciencia tranquila, y pedir energía á los Gobiernos para reprimir cualquier desorden, y espantarse de que haya quien hable todavía de problemas y cuestiones sociales.
* * * * *
Una millonaria americana ha celebrado en París el segundo cumpleaños de un lindo perrillo de su pertenencia con una original y espléndida fiesta. Invitó á todos los perros y perras de sus amigas, que acudieron acompañados de sus distinguidas amitas, naturalmente. Hubo verdadera competencia en el atavío de los perros: collares y pulseras con piedras preciosas, golas de magníficos encajes, mantas de fantasía, pañuelitos bordados. El héroe de la fiesta lucía un suntuoso manto, que era llevado graciosamente del pico por un pato blanco que, según dicen, cometió mil incorrecciones y acabó por tragarse un anillo de oro y brillantes que dejó caer una de las más espirituales falderas asistentes á la reunión. Se sirvió un delicado agasajo, y las revistas no dicen si se bailó ó se hizo música, ni si las alfombras y cortinajes ó las faldas de las amitas padecieron graves ultrajes. Tampoco dicen si el _flirt_ se contuvo en límites decorosos ó hubo que lamentar algunas expansiones de dudoso gusto. Se supone que, siendo todos los perritos de buena casa y educados por señoras tan distinguidas, la reunión tendría el mejor tono. De seguro que no se mordieron unos á otros como sus señoras y dueñas, que saldrían encantadas de la fiesta. Sería interesante saber lo que pensaron los perros, y más interesante saber lo que dijeron los criados de la casa. De los maridos y los hijos de las señoras, no se sabe nada.
* * * * *
No se dirá que nos descuidamos en los preparativos para solemnizar el centenario de Cervantes. El Salón Nacional, nombre ya de suyo sonoro y significativo, se llamará teatro de Cervantes, y, al anunciar el cambio de nombre, se anunció primeramente que actuaría en él una buena compañía dramática; pero después referencias muy autorizadas dan por seguro que actuará en él una de esas compañías de _varietés_ tan poco variadas. Era lo único que le faltaba á Cervantes. Con un guiñol iría mejor servido; siquiera recordaría aquel retablo de Maravillas ó el famoso de maese Pedro; pero estas _varietés_ á la moderna no sé qué puedan recordar, como no sean las desdichas que le persiguieron en vida y no dejaron de perseguirle en muerte, sin la tregua del centenario, que ya veremos cómo nos lo deparan entre unos y otros.
Admirable sería que, al engaño del nombre, acudiera algún extranjero al teatro de Cervantes creyendo hallar el verdadero teatro nacional, ó poco menos, y se encontrara con su buen garrotín y sus buenas coplitas en el más puro estilo cervantesco. Triste sería que, sólo por los artistas y el público, pudiera creerse transportado á lo más triste de la triste España de Cervantes, y que, viniendo á festejar al autor del _Quijote_, sólo pudiera admirar al de _Rinconete y Cortadillo_, no tanto por la certera observación de su tiempo como por la penetrante visión del porvenir.
* * * * *
Los franceses nos pondrán en solfa, y por eso, sin duda, padecen la obsesión musical de España. De diez ó doce conciertos anunciados en días pasados, de los que dan en París continuamente las bandas militares, no había uno solo en que no figurara alguna pieza de inspiración española. La _España_, de Chabrier; fantasías de _Carmen_; un Vito; fantasía de _El Cid_, de Massenet; serenata española. Eso sí, entre tanta música española ni un sólo compositor español. Basta con que la inspiración sea nuestra; ellos se bastan para instrumentarlo todo. Lo mismo que en Marruecos, y que en todas partes. Aquí cantamos y bailamos; ellos instrumentan... y cobran. ¿No ha sido ésta siempre la suprema habilidad francesa: instrumentar todas las músicas de todo el mundo? Sólo que hay músicas bravías que se resisten á todo pentagrama y á toda batuta. Napoleón, aquel gran director de orquesta, lo aprendió á su costa. Pudo con los pueblos entonces más civilizados y fué á estrellarse en los que él despreciaba más por incultos.
XXVII
Si para todo Gobierno es siempre desagradable la perturbación del orden público, es natural que lo sea doblemente para un Gobierno liberal y democrático. Siendo el primer deber de un Gobierno el sostenimiento del orden, ¿cómo conciliar las ideas liberales con las medidas necesarias de previsión y de represión? Según frase de un eminente novelista y lastimoso republicano, en la vida los hechos van dando de puntapiés á las ideas. Pero no deja de ser triste cosa, cuando de ideas liberales se trata, que los hechos brutales puedan despedirlas de tan brutal manera.
Convalecientes todavía de un acceso de fiebre, en que, por fortuna, no todos han perdido la cabeza, aunque bien pudo temerse, no es ocasión de aquilatar errores y responsabilidades.
Hay en estos accesos agudos el peligro de que, por atender con premura á lo sintomático, se desatienda la dolencia esencial. Es indudable que los vínculos de solidaridad social entre unas clases y otras están muy relajados. Nadie sabe á qué alta claridad han de llegar las inteligencias para suplir el calor que falta en los corazones. Hemos apagado la lumbre antes de encender la luz, y todos vamos á tientas por la vida; no es extraño que nos tropecemos unos á otros á cada paso. Se ha destruído mucho y no se ha edificado lo bastante. La voluntad moderna es negativa. Sabemos muy bien lo que no queremos; nadie sabe de cierto lo que quiere.
Sería injusto desconocer, y los más apasionados enemigos y los más condicionales amigos, que son peores, no podrán negarlo, que el Gobierno ha salvado con gran cordura, digan otros con gran suerte, las difíciles circunstancias en que tanto podía pecarse por falta como por exceso.
El pueblo de Madrid, tan desconocido, tan calumniado á veces, ha dado una vez más pruebas de su ánimo sereno y bien templado. Nadie se ha intimidado. El comercio abrió sus tiendas confiadamente; nadie dejó sus habituales ocupaciones y esparcimientos. La clase media, sobre todo, la que bien tendría motivos justificados para ir á la huelga y á la protesta violenta, puede decirse que ha sido en este caso el muro de contención contra posibles desbordamientos del motín amenazador, por una parte, de la represión excesiva, por otra. No olviden la Monarquía ni sus Gobiernos dónde está su más firme apoyo. ¿Los de abajo? Aun sin razones sentimentales. ¡Hay tantas razones de conciencia para perdonar sus errores y sus extravíos! La grey es buena... ¿Los pastores? ¡Pobre pueblo! ¡La vida es tan dura para él! ¿Cómo culparle si, para soñar y esperanzarse, prefiere todavía la blandura y dulzor de las mentiras lisonjeras al áspero y sano amargor de las verdades? ¡Si sólo se le acercan los que tienen aspiraciones de ídolos y ninguno que tenga vocación de mártir! ¿Cómo ha de escuchar nunca palabras de verdad? Hasta la entrada en Jerusalén, entre aclamaciones y palmas, hay muchos Cristos; hasta la Cruz, sólo hubo uno: El que era todo amor.
* * * * *
Bien merecen una especial recompensa los reservistas y licenciados temporalmente que se han presentado espontáneamente en sus respectivos Cuerpos, anticipándose á la orden de incorporarse á ellos.
Merecedores son también del mayor encomio los aristócratas veraneantes, los próceres ilustres, políticos y financieros, lo más saneado de nuestras clases conservadoras, que se han apresurado á dejar las comodidades y el descanso de sus residencias veraniegas para mostrar á la Monarquía y al Gobierno su lealtad acrisolada. Imponente fué la manifestación de todos ellos realizada en Madrid, pareciendo en los sitios de mayor peligro, ofreciéndose con sus servidores y empleados á defender y sostener el orden. No podían hacer menos por la Monarquía los que tanto hicieron por la Religión en los días del Congreso Eucarístico. Sólo los impedidos y achacosos se han limitado á enviar sus adhesiones por escrito. Y, aun á éstos, habría que oirles en la terraza del Casino de Biarritz y en otros puntos del extranjero abominar de los viles afrancesados, que se aprovechan de los momentos difíciles para perturbar el orden y traer graves complicaciones sobre España.
Admirable ha sido su conducta, y razón es que, después de tan significativo acto de presencia, vuelvan á reanudar sus vacaciones, interrumpidas hasta que llegue el invierno y, con él, ocasiones en que lucir más tranquilamente Toisones, bandas y cruces, que tan bien saben ostentarse en los momentos de peligro como en las ceremonias pacíficas.
La Monarquía y los Gobiernos deben tener muy en cuenta la actitud de estas clases privilegiadas, que aun no han hallado por aquí su Lloyd George como en Inglaterra.
* * * * *
Y nada más. De todo ello el Gobierno del Sr. Canalejas ha salido incólume, cuando sus mejores enemigos y sus peores amigos esperaban que saldría muy quebrantado. Algo que importa más ha salido también incólume: la vitalidad de esta España nuestra, más resistente con su apariencia de debilidad que muchos organismos de robustez engañosa.
Y á este nuestro Madrid bien puede perdonársele su femenina debilidad por algún torero, en gracia de su masculina serenidad ante un espectáculo en que la mayor prueba de cordura era permanecer impasibles como espectadores; único medio de que no se hicieran locuras en el redondel, que, por fortuna, en esta ocasión ha sido todo olivo, considerado como símbolo de la Paz, para los bien intencionados. En su sentido taurino; para los que gritando ¡al toro, al toro!, no se contentan con quedarse entre barreras, sino que se suben al palco de la presidencia apenas suenan los clarines y, de paso que se ponen en seguro, le piden algún favorcillo al presidente, mientras los incautos lidiadores, jaleados por estos capitanes Araña, se juegan la vida en el ruedo.
XXVIII
Gran revuelo en París. Cuestión de faldas: faldas de bailarina. Osados reformadores tratan de suprimir en el cuerpo de baile de la Gran Opera, el «tutú» ó sea la tradicional faldilla de las bailarinas. Dicen que es inverosímil--¡miren ustedes dónde demonios van á buscar la verosimilitud!--que en un baile de campesinos, ó de griegos, ó de romanos, se presenten las danzarinas con ese traje, sin época y sin estilo, que es sólo de bailarina, por unos de esos convencionalismos teatrales que, si bien se mira, ¡ay!, son todo el teatro. Hay quien, dejando á un lado la propiedad escénica, que nada importa cuando se trata de admirar bellezas femeninas, protesta contra el «tutú», en nombre de la Estética. Dicen que el «tutú» destruye la armonía de líneas. ¡Picarones!
En seguida han levantado partido, de una parte, los tradicionalistas; de otra, los innovadores. Entre las mismas interesadas, las hay que están por las faldillas; las hay que están por las líneas. Las madres, corporación respetabilísima en el cuerpo de baile, inmortalizadas por Halevy en su _Madame Cardinal_, con su experiencia de madres, están por la falda: saben cuánto importa reservar alguna sorpresa para los momentos definitivos. La juventud, con sus impaciencias á la moderna, está por la línea. Saben que, como en Geometría la línea recta, en Amor la curva es la distancia más corta entre el escenario y el hotelito de sus sueños.
Hay también un partido intermedio: el partido templado de un transigente eclecticismo. Adóptese la innovación para las óperas y bailes modernos, y respétese la tradición para los del antiguo régimen. Hay tal vez abonados viejos, «fetichistas» de amor, para quien el «tutú» es toda la bailarina. Sería una crueldad privarles de la prenda sugestiva y evocadora.
Hay también un partido revolucionario y avanzado que, no sólo pide la supresión de los tules y gasas, sino la supresión de las mallas, que, si no destruyen, ocultan las líneas. Dicen que siendo el baile exhibición de la belleza corporal femenina, ritmo plástico de formas y actitudes, tapar las formas de una bailarina es como tapar la boca á un cantante. Estos señores quieren que les canten á toda voz, y que les bailen... aquí no puede decirse á todo trapo; al contrario: ¡fuera trapitos!