De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 6
No es de extrañar, siendo la noble aspiración del socialismo la realización de un estado social paradisíaco, que los socialistas sean á veces de una inocente simplicidad, tan paradisíaca, por lo menos, como el mundo de sus ideales. Sobre todo, los socialistas españoles más noveles y, por lo tanto, menos baqueteados por las impurezas de la realidad. De otro modo, al escuchar el otro día á esos oradores franceses en _tornée_--y nunca pudo anunciarse con mayor fundamento--_pour l'Espagne et le Maroc_, y oirles amenazar con la huelga general internacional si el Gobierno de Francia ó cualquiera otro se lanzaba á guerreras aventuras, nuestros buenos socialistas, en vez de aplaudir, debieron preguntar, desconfiados, á los compañeros franceses:--¿Qué apostamos á que ustedes no? En el mayor silencio dejaron ustedes pasar la ocupación de Casablanca; sin ruidosas protestas han consentido ustedes en la ocupación de Fez, llevada á cabo con todos los pretextos y malas artes usuales en el viejo juego de las ocupaciones. ¿Por qué en cualquiera de estos dos casos no han ensayado ustedes esa terrible huelga general con que vienen ustedes á conminarnos á nosotros, que ninguna deslealtad hemos cometido en Marruecos? ¿Es que han tomado ustedes á España como una especie de colonia agrícola ó granja de experimentación, buena para ensayar ese cultivo de la huelga general y la protesta airada? Internacionalismo, y no por mi casa, ¿verdad? Como si no supiéramos que en Francia hasta los anarquistas son _chauvinistas_.
Y no hay que recordar el levantamiento de la _Commune_, porque aquello mismo no fué sino exasperación del patriotismo dolorido. Mientras se creyó fácil llegar á Berlín, no hubo en Francia un solo internacional que protestara contra la guerra. Y hoy sucedería lo mismo; y sólo nuestros inocentes socialistas, creyendo hacer el juego del internacionalismo, no hacen más que enseñar las cartas del suyo á quienes menos conviene.
De los socialistas alemanes no hablemos; el día en que el Kaiser desenvainara su imperial espada, ¡boca abajo todo el mundo! ¿A que nadie hablaba de huelga general en Alemania?
Hablen, trabajen en favor de la paz cuanto quieran y puedan nuestros socialistas; están en su razón y en su derecho. Pero no fíen demasiado en los de fuera. Hasta ahora no los hemos visto protestar ni contra la injustificada ocupación de Fez ni contra las injustas provocaciones á España. Si hay que ser internacionalistas, bien es que empiecen otros. Aquí hemos sido siempre algo retrasados en todo; no hay por qué tomar carrerilla en esto.
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En Nueva York se ha inaugurado un Círculo literario hispano. Discursos, poesías, música... De todo ello, lo más interesante, por ser más del extranjero, ha sido el breve discurso del Dr. William R. Shepherd, vicepresidente del nuevo Círculo, profesor de Historia de la Universidad de Columbia. Ya que tan pocas veces nos llegan gratas palabras, bueno es que conozcamos, para agradecerlas, las del ilustre profesor, que dijo así:
«Aun cuando hiciera uso de mi lengua nativa para expresar el sentimiento que me conmueve en estos momentos, al pensar en mis impresiones de España, de la América hispana, del alma española, aquende y allende los mares, las palabras me faltarían.
¡Cuánto más débiles y pobres no serán, pues, las breves frases que podré pronunciar en una lengua que, si la amo al par de la mía, no deja de ser siempre extraña para mí!
Os ruego, por tanto, que seáis indulgentes con mis faltas de dicción y que miréis tan sólo á la sinceridad y al calor que las animan.
Quienes no conocen los países hispanos, quienes nunca han sondeado el corazón de los pueblos de origen español, suelen á veces referirse á ellos con todo el menosprecio. Los que así hacen, debe notarse son hombres propensos á tomar lo accidental de la vida como característico; lo temporal, como permanente; lo superficial, como esencial; la sombra, como si fuera substancia.
¿Me será permitido á mí, un extranjero, un norteamericano, un yanqui, si así lo queréis, un hispanófilo, sin embargo, de buena ley, el aventurarse á deciros lo que creo, mejor dicho, lo que me consta personalmente que significa la frase: España en América? Pues España en América significa las cualidades de amabilidad y hospitalidad, de cordialidad y caballerosidad, de afecto y fraternidad que distingue tan marcadamente los pensamientos y los hechos de España y sus hijos. Las colonias de antaño, las diez y ocho Repúblicas americanas de hoy, las cualidades, en fin, que ennoblecen tan gloriosamente su múltiple contribución á la cultura y al bienestar de la Humanidad entera.
Así es que en la fundación del Círculo literario hispano abrigamos la esperanza de que podamos hacer todo lo que esté dentro de nuestro alcance para que las virtudes del alma, las bellezas de la literatura y la dulzura de la lengua que anhelamos fomentar sean más y más conocidas, para que vivan, crezcan y florezcan, para que sean en el porvenir aun más que lo que han sido en el pasado, para que sigan siendo la luz, la alegría, la verdad, la vida, siempre bondadosa, siempre fiel.»
También pronunciaron elocuentes discursos D. Manuel González, cónsul de Costa Rica; D. Máximo Iturralde, catedrático de Castellano en la Universidad de Nueva York; D. Francisco Borda, ministro de Colombia en Wáshington.
Una verdadera fiesta española que bien merece aplauso y gratitud.
En Nueva Orleans se anuncia también la publicación de una Revista española con el título _Mercurio_, y dirigida por míster Allen H. Borden, que se propone fomentar nuestra literatura, nuestras artes y, en general, nuestro progreso en todo orden.
Parafraseando á Voltaire cuando decía: _C'est du nord aujourd'oui qui nous vient la lumière_, diremos: Es de los Estados Unidos de donde hoy nos viene la luz. Aquí tienen un buen argumento los partidarios y defensores de la guerra. ¿No será, al combatir unos contra otros, como los pueblos se comprendan mejor y por comprenderse lleguen á estimarse?
XXII
Cuando los sucesos tienen por sí solos la suficiente fuerza de penetración ¿qué puede añadirles el comentario? Las noticias de Inglaterra se comentan por sí mismas. De un lado, el esplendor de sus fiestas marítimas, el más insolente lujo ostentado por los poderosos más poderosos del mundo, señores de la tierra y de los mares. De otro lado, la huelga sangrienta, el alarido desesperado de los hambrientos, que, por ser legión, quieren también ser poderosos un día á su manera, que es destruirlo todo, aunque no estén muy seguros de lo que después ha de edificarse. No hay colosal ídolo de oro que no tenga los pies de barro. El relato de esas huelgas de Londres y de Liverpool, cortando bruscamente la admiración envidiosa que pudiera causarnos la descripción de las fiestas brillantes, viene á ser consuelo de pobres, ya que no de tontos. En todas partes cuecen habas; menos mal donde también asan perdices; lo peor es donde sólo cuecen habas y de la peor calidad. Aquí tenemos huelgas y no tenemos yates ni duques de Westminster, que siempre es un entretenimiento hasta ver en qué para todo.
Y aun pretenderán los soberbios lores oponerse á la sabia política de Lloyd George, de quien bien pudiera decirse, como dijo Calderón de la Cruz redentora, que es «Iris de paz que se puso entre las iras del Cielo y los pecados del mundo».
Si con política tan previsora de lo que está viendo venir el más ciego, no se consigue evitar algún tremendo choque, ¿qué sucederá donde nadie piensa en nada ó se piensa en lo que menos importa?
Los ricos de Inglaterra han recibido en estos días una buena lección de Economía política. Con todo su dinero se han visto carecer de muchas cosas. En los muelles se pudrían las frutas, se derretía el hielo, se estropeaban las golosinas, que por una vez estimaban en todo su valor los que nunca creyeron que todo eso significaba más que dinero. Por una vez, se han permitido los hambrientos el lujo que los hartos se permiten toda la vida: desperdiciar.
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Explicaba un señor que había viajado mucho, cómo la razón de ser España el país más democrático en su trato y costumbres consistía justamente en ser el más aristocrático. Y esto que parecía implicar contradicción ó paradoja, lo resolvía él muy en su punto. En otras partes, sólo las personas que, por su rango ó su elevada posición social, se creen lo bastante seguras de sí mismas para saber que en nada desmerecen por alternar con quien mejor les plazca, son las que se permiten esa familiaridad y llaneza, que aquí nos permitimos todos porque todos llevamos un gran señor dentro y todos nos creemos autorizados para dispensar nuestra confianza á quien mejor nos parece; y así, de nuestra misma altivez procede el ser sencillos, y de ser todos aristócratas el vivir en plena democracia.
Esta española confusión de castas y linajes se acentúa en el veraneo, donde apenas es posible distinguir de clases, y tal vez no haya dato más seguro de información que las diferentes tertulias, formadas, no al calor, sino al fresco de playas ó montañas.
Dime en qué tertulia andas y te diré quién eres; por lo menos te diré lo que buscas, ya que saber quién sea cada uno es imposible.
Puestos á considerar las tertulias y sus afinadas electivas, tenemos: la tertulia de los selectos, alrededor de alguna gran señora, ya entrada en años; tertulia aburrida, pero de mucho tono. Por lo regular, aparte los que quieren tomar alternativa, exhibiéndose en ella, los que para nada la necesitan, saludan y pasan de largo.
Tenemos la tertulia de los despreocupados, en torno de alguna profesional belleza; como es de rigor, acompañada por una sobresaliente, vestida con los desechos y en todo atenida á lo mismo; pero no es la que menos se divierte. Al pasar por esta tertulia hay que hacerse los desentendidos cuando se va con señoras respetables.
Tenemos la tertulia del prohombre político: un corro muy ancho, con las sillas muy espaciadas; al lado del prohombre una silla de respeto, con el bastón y el sombrero y muchos periódicos. Esta silla sólo la ocupa algún otro prohombre del partido ó algún enemigo político muy caracterizado. El prohombre sólo deja oir su voz grave y sentenciosa, hasta cuando quiere parecer familiarmente trivial, cuando hay _repórter_ nuevo de periódico importante ó persona significada á quien deslumbrar. De otro modo, queda encargado de amenizar la tertulia el bufón del partido. En todos los partidos hay bufones de cámara.--El hacer frases y chistes á costa de los correligionarios ausentes, espiando las que son bien acogidas por una sonrisa del jefe, mal disimulada entre protestas:--¡Oh! ¡Este Fulano es terrible! ¡No diga usted eso! ¡Son cosas de usted! ¡No vaya á creer nadie que yo pienso lo mismo!
En esta tertulia hay siempre un proveedor de cerillas, porque el prohombre, gran fumador, nunca lleva cerillas.
Tenemos la tertulia del torero; muy parecida á la del político, salvo que es más desinteresada. Con su bufón también, que habla mal de los rivales en arte y de los revisteros apasionados por otros diestros, con las mismas sonrisas de agrado y protestas hipócritas del ídolo.
En esta tertulia, como en la del prohombre, hay terribles celos y envidias, que no suele haber entre los amigos de la profesional belleza, con estar allí más justificados. Las preferencias del ídolo se cotizan muy alto. Se recibe con hostilidad á cualquier amigo nuevo. Los desairados desahogan su pena unos con otros.
--¿No le dijo á usted que almorzaría hoy con nosotros?
--Sí; pero llegó ese imbécil...
--Este Manolo es del último que llega...
Los asiduos á esta tertulia, siempre que se encuentran, antes de saludarse, se preguntan:--¿Ha visto usted al «hombre»?--¿Qué sabe usted del «hombre»?--¿Ha visto usted cómo ha quedado el «hombre»?
Les digo á ustedes que estas tertulias de veraneo son un manantial inagotable de amenidades.
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Muy de temer es que, á esos graciosos canastillos, última importación con que el Ayuntamiento prosigue la tarea de europeizarnos, no les caiga del todo mal la clásica definición de la escupidera: «Un recipiente alrededor del cual se escupe y se tiran las colillas.»
¿Servirán precisamente los nuevos recipientes para el uso á que parecen destinados? ¿Será el órgano engendrador de la función? ¿O cuando tengamos todo lo necesario para ser limpios, nos seguirá faltando la limpieza, como cuando tengamos todo lo que hace falta para estar educados nos seguirá faltando la educación?
XXIII
Si alguna traducción se impone por su propia virtud, es la de esos tribunales que han de juzgar á los niños precoces delincuentes; institución establecida en varios países de Europa; en París, desde algunos años, y ahora extensiva á toda Francia.
Discútase por criminalistas y sociólogos si la Justicia ha de tener cara de perro ó rostro más benigno, cuando de juzgar á los hombres se trate. Pero, tratándose de niños, ¿no podrá sustituir la severa balanza por un pesa-bebés, blando como una cuna, y la imponente espada, cuando menos por aquella caña tradicional en los antiguos maestros de escuela?
Yo no sé si hay niños rematadamente malos; pero sé que, en niños y en hombres, nada hace tan malos á los malos como el saberse tenidos por incapaces de toda bondad. Repetid á un niño continuamente:--¡Qué malo es! ¡Es muy malo!,--y lo será en efecto. Aunque lo sea, dejadle alguna ilusión sobre su bondad. Cuando queráis conseguir algo de él y estéis seguros de su desobediencia, no vea que la dais por segura; al contrario, decidle:--Sí lo hará, porque él es muy bueno.--Para gobernar pueblos, como para educar niños, hay que hacerles ver que son gobernables y educables, aunque no se crea.
Yo creo que si el pueblo español es de tan difícil gobernar ha sido de tanto decirle que lo era.
Es humana tendencia la de sobresalir, la de afirmar nuestra personalidad destacada. Hay quien, no pudiendo distinguirse de otro modo, se contenta con presumir de sus achaques:--Como las jaquecas que tengo yo no las tiene nadie.
Entre las señoras, no digamos; la que ha conseguido tener el parto más laborioso se considera dichosa cuando lo echa á competir entre las amigas.
Por esto, la sociedad y los Tribunales de Justicia, que la representan, ni al juzgar á un criminal, á un delincuente nato é incorregible, deben darse por entendidos de que se hallan en presencia de algún monstruo. Esto envanece al criminal, y hay que procurar que los criminales sean modestos. Hay que persuadirles de que no son tan malos como ellos se creen. Es el sistema de los confesores sabios y prudentes con los más empedernidos pecadores, y así consiguen conversiones notables.
En los niños, vanidosillos de suyo, nadie sabe lo que puede importar esta estudiada indiferencia ante sus precoces delitos.
En Francia, con muy buen acuerdo, se ha evitado toda publicidad en las vistas y sentencias de estos tribunales para niños. Y aquí, si llegaran á establecerse, habría que suplicar á la insaciable información, en sus dos aspectos, literario y fotográfico, un discreto silencio.
¿Será ilusión, ó falta de memoria? Tengo entendido que algo se ha legislado en España sobre tribunales para niños. Si así no fuera ó algo faltara para llegar á la perfección en su funcionamiento, nada más urgente.
Habiendo de tener estos tribunales mucho de patronato, debieran constituirse por distritos y, aparte el juez especial designado, formarse por jurados cuidadosamente elegidos. Entre ellos figurará siempre un médico, un maestro, y, como ha indicado muy bien un distinguido escritor, nunca mejor ocasión para que la mujer entrara en funciones judiciales. Un voto de mujer no puede faltar al juzgar la culpa de un niño. Un voto que sería una lágrima y un beso.
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Un periódico inglés--_Daily Mirror_--propone lo que bien pudiera llamarse vacaciones matrimoniales. Esto es, que, en los matrimonios, debe veranear el marido de una parte y la mujer de otra, sin dejar de escribirse durante la ausencia largas cartas de amor. Sería--añade _Daily Mirror_--el mejor medio de mantener y reanimar la llama de un sentimiento siempre expuesto á extinguirse _by the friction of every day life_. Una tregua anual es muy conveniente, y escribiéndose cartas que recordaran las adorables cartas de novios, los esposos encontrarían, al reunirse de nuevo, una frescura de emociones que despertaría en ellos al _boy_ y á la _girl_ adormecidos por el matrimonio.
Hasta aquí el periódico inglés.
Yo no sé si en Inglaterra sería una novedad este descanso conyugal ó vacaciones matrimoniales. En los países latinos no hay nada más corriente, y, hasta ahora, los resultados no han sido muy satisfactorios. Más de una separación á cencerros tapados y más de un divorcio á cencerrada libre han tenido su origen en estos ensayos veraniegos de libertad.
Un soltero pierde su libertad fácilmente, porque, en la mayoría de los casos, no hay tal libertad. Hay que saber lo que es un padre de familia á la española y la familia que se agrupa á su alrededor en consecuencia, para comprender que cualquier medio es bueno para emanciparse. Y como nuestro terrible padre de familia no comprende que su hijo salga de su casa más que para casarse... pues se casa y en paz, es decir, en guerra, la misma guerra que en la casa paterna; pero en la suya siquiera, puede gritar él más que nadie.
Pero ¡ay! cuando un casado prueba unos días de libertad... matrimonio perdido. Si es el marido quien veranea y la mujer la que se queda en casa, la vida de fonda es para él un paraíso. Aunque los que viven en casa de huéspedes aseguran que se está muy mal en las fondas, crean ustedes que en cualquier casa de huéspedes se está mejor que en la mayoría de las casas de la clase media española. En alimentación y comodidades materiales hay poca diferencia; pero en cuanto á educación y trato y ambiente espiritual, todas las ventajas están en favor de las casas de huéspedes.
En el caso de ser la esposa la que veranea y el marido el que se queda en casa, con ó sin criada, no hay idea del orden que puede reinar en una casa cuando falta quien ponga orden en ella. Este ramo de la limpieza y del buen orden doméstico, que, con la honradez, son los últimos baluartes de las mujeres que no tienen otras gracias, están muy desacreditados desde que se ha caído en la cuenta de que nada hay más en orden ni con más limpieza que los tres lugares justamente en que para nada intervienen las mujeres: un cuartel, un convento de frailes y un barco de guerra.
Por todo esto y otras muchas cosas, no conviene dejar solos á los maridos. En cuanto á las mujeres... ellas vuelven siempre encantadas al hogar, por bien que lo hayan pasado fuera. ¿A quién podrán decir con el tono de superioridad despreciativa que al marido:--¡Como éste es así! ¡Si éste no fuera así!
XXIV
Los que quieran oir, que oigan; los que quieran entender, que entiendan. En algo habíamos de ser precursores. Nuestro género chico, que no tuvo nunca mayor enemigo que sus propios cultivadores, va siendo ya imitado en todas partes. En París son ya muchos los teatros mejor defendidos con variedad de piezas en un acto, que con la obra grande, de tres ó más actos; obra que no suele tener de grande más que las dimensiones, y en donde, por dos ó tres escenas, que vienen á ser en resumidas cuentas toda la substancia de la obra, hay que soportar todo el ripio y cascote, que no es patrimonio exclusivo de las obras en verso. En Londres, autores y actores famosos pasan sin desdorarse del teatro al _music-hall_, y en bocetos dramáticos ó cómicos, _sketches_, ofrecen, ganando en intensidad lo que pierden en extensión, brillante muestra de su talento. Graves autores y críticos protestan contra la innovación, que ellos estiman contra el Arte; pero el público la halla muy de su gusto.
Y hay que abrir los ojos á la evidencia: La obra _grande_, en tres ó más actos, es contemporánea de aquellas novelas en cuatro ó cinco tomos, lectura reposada para todas las largas noches de un largo invierno. Hoy nadie las escribiría, porque nadie había de leerlas. En la vida moderna, hasta los desocupados tienen más ocupaciones que los más activos de otros tiempos. El fracaso de muchas obras muy estimables, la dificultad de sostenerlas en el cartel mucho tiempo, no puede explicarse por su mayor ó menor mérito, sino sencillamente porque es preciso tener muy pocas cosas en qué pensar y ninguna en qué distraerse, para dedicar una velada entera á escuchar á un autor y á unos actores, por muy lindas cosas que nos digan muy lindamente dichas. Pesa mucha literatura sobre la Humanidad, y los autores están en la obligación de decirnos lo más brevemente posible las novedades que tengan que comunicarnos. ¿No es bastante un acto? Los autores y los actores ingleses demuestran que aun el acto es mucho; el _sketch_ les basta para dar al público completa muestra de su arte. El teatro del porvenir será como estos _music-halls_ ingleses á la moderna, donde alterna la cupletista con la gran cantante, el excéntrico con el actor, el baile con la tragedia condensada; donde hay espectáculo y arte, y falta el arte también para todos los gustos; en donde cada espectador puede elegir la hora y el número que le conviene, y al que le convenga verlo y oirlo todo, no fatigará su atención con un mismo tema, y en la diversidad de impresiones hallará el mayor encanto del espectáculo.
Todo el secreto y el arte de ganar dinero como empresario de teatros, consiste en ofrecer al público, no lo que le ha gustado ayer y le gusta hoy, sino lo que le gustará mañana.
En el teatro sólo han podido enriquecerse alguna vez los previsores, los que han sabido anticiparse al gusto del público. Por desgracia suya, aun estos previsores, encariñados con su hallazgo, no saben entender que otro de los secretos del teatro consiste en abandonar un género precisamente cuando más le está gustando al público. En todo lo humano, la cumbre ya empieza á ser decadencia.
¿Qué podrá decirse del género grande, que de puro bajar hasta parece que está empezando á subir? Pero una golondrina no hace verano, ni una ola temporales. El género grande está muerto. Y no es porque las obras sean mejores ó peores, tampoco los actores: ha muerto de grande, de los tres actos y de las tres horas de duración. Y lo sorprendente es que haya vivido tanto y conserve todavía apariencia de vida. ¿Hay algo en la vida moderna á lo que dedique nadie tres horas seguidas de atención? Pero el autor que no es vanidoso, sabe que de esas tres horas, una corresponde á los entreactos, otra á los espectadores, y una, todo lo más, á la obra, si no es día de abono aristocrático.
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Todos los veranos leemos las mismas consideraciones sobre el veraneo y sobre la predilección de los veraneantes por los grandes centros de atracción veraniega, traslado en todo, con un poco más de ventilación, de la vida madrileña.
Y aquí del problema: ¿No se hace vida de campo porque nuestros campos son inhospitalarios?, ó ¿son nuestros campos inhospitalarios porque nadie quiere vivir en ellos?
No es razón pedir á los cortesanos que vayan á pasar molestias, sin la recompensa siquiera de pasar á la Historia como colonizadores. No es razón tampoco pedir á los campesinos que vayan disponiendo comodidades y atracciones, sin la seguridad de que los cortesanos han de acudir á compensar los gastos. El problema es de solución difícil. Alguien ha de empezar. En otras partes, han sido los viajeros los que han hecho el camino, y los huéspedes los hoteles. En España, acaso necesitemos lo contrario. Así empezaron Biarritz y Trouville, en Francia. En España mismo, así empezaron San Sebastián y Zarauz y Deva; así empezaron, más cercanos á Madrid, Cercedilla y otros lugares de la Sierra. Los primeros en acudir pasaron lo suyo; tuvieron, en cambio, el supremo goce de la virginidad.