De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 5
¡Lástima de nación! Desde que, para desgracia de todo el mundo latino, fué derrotada por Alemania, apenas ha vuelto á dar señales de juicio. Ella, la encantadora, la atractiva, la adorable, se tornó hosca y atrabiliaria. Nos entristeció la vida con una literatura y un arte, que en futuras historias literarias se llamará de la derrota. Su delirio persecutorio tuvo su crisis aguda y terrible en aquel asunto Dreyfus, aun palpitante con el nombre de cuestión judía. ¿No es una pena ver renovarse, en la nación que debía ser faro del mundo civilizado, cuestiones de la Edad Media, y en la moderna, patrimonio de pueblos atrasados como Rusia? Con la inquietud y el malestar de su derrota, con el dolor de su mermado territorio, la nación que fué siempre más generosamente romántica en su política, á última hora y en plena República democrática se vé atacada de furia conquistadora y pone en juego artimañas y habilidades políticas, desacreditadas ya en todo el mundo, hasta en Inglaterra. Por fortuna, ya va siendo verdad práctica y practicada, que la honradez es la mejor política. _Honesty is the best policy_, que han dicho siempre los ingleses, por si los demás gustaban de practicarlo. Pero en estos últimos tiempos hay que convenir en que no son los ingleses los que se creen llamados á intervenir para poner orden en los desórdenes interiores de cualquier pueblo.
Y ahora, la conducta de Francia con España, ¿puede justificarse de ningún modo? Eramos buenos para tapadera de codicias; somos un estorbo á la hora en que se destapan. Mal corresponde, mal ha correspondido siempre Francia á nuestra debilidad por ella. Porque lo cierto es que nunca hemos podido odiarla; hemos sido con ella como esos enamorados de poco carácter, más rendidos á una mujer cuanto más lo desprecia y más se burla de ellos.
Hasta cuando hemos peleado con ella no hemos dejado de admirarla, y nuestro odio se personalizaba en los soberanos ó en los ministros, dejando siempre á salvo nuestra invencible simpatía por la nación francesa. Durante la guerra de la Independencia, la más nacional de cuantas sostuvimos contra Francia, el odio popular se fijaba sobre Napoleón y á él sólo se hacía responsable de la injusta guerra.
Hoy tampoco, aunque no haya un Napoleón en quien fijarse, no queremos ni podemos suponer que es toda Francia nuestra enemiga. Preferimos culpar á unos cuantos políticos, á unos cuantos periódicos, á una parte del organismo, irritada todavía por la funesta derrota, impaciente de glorias y desquites, vengan por donde vengan y sea como sea. Involuntariamente fuimos ocasión ó pretexto para el desastre. Quizás no nos lo han perdonado todavía, aunque parece que lo hayan olvidado muy pronto.
* * * * *
Los más terribles desengaños proceden casi siempre del desconocimiento de la realidad. En la supresión de los Consumos debimos limitarnos á considerar su aspecto estético y nada más. Todos los procedimientos para extraer dinero, como para extraer muelas, son desagradables, pero aquél lo era sobremanera, y aunque algunos aristocráticos escritores opinan que sólo habían de padecer sus molestias matuteros y gente de poco más ó menos, sólo el verlo ya era repugnante; había de salir más caro cualquier otro impuesto y podía darse por bien empleado. Pero hay quien no se conforma con este aspecto artístico y aspiraba ¡loca ceguedad! á un abaratamiento rápido y simultáneo de las subsistencias. ¡Qué desconocimiento del corazón humano en general y de los proveedores en particular!
En todo lo referente á subsistencias, los madrileños estaremos destinados de por vida al papel de víctimas en las aplaudidas obras de repertorio _La corte de los venenos_ y _Robo y envenenamiento_.
Sobre todo, el inocente y parvulillo boquerón ha causado más estragos en estos días que un espantable cetáceo ó aquella mitológica serpiente de mar, tan socorrida como notición de los veranos del antiguo régimen. De la leche no hablemos, porque es antigua enemiga nuestra, y yo creo que la que produce los cólicos es la poca expendida en buenas condiciones, por la falta de costumbre. Cada madrileño llevamos un Mitrídates en esto de irnos haciendo día por día á ingerir toda clase de tósigos.
* * * * *
No sé hasta qué punto la pasión de partido podrá influir en los encomios ó en las censuras á la obra _Carlos II y su corte_, cuyo primer tomo acaba de publicar D. Gabriel Maura y Gamazo. Muy lamentable sería que la pasión interviniera al juzgarla, ocultando al público el verdadero mérito de la obra, haciendo creer á unos y á otros que se trataba de una obra _toda conservadora_. El autor es de los que merecen no pertenecer á ningún partido. En pocos libros de historia parecerá menos el amigo de Platón antes que de la verdad, sin que peque tampoco de esa glacial indiferencia que tan mal sienta en todo arte, aunque este arte sea el de historiar, más cercano á la ciencia.
Bien dice, sobre la noble serenidad del historiador, la simpática emoción del artista. Buena muestra es la descripción del bautizo del príncipe Carlos, modelo de narración histórica y poética al mismo tiempo.
Lo que no comprendemos es, cómo después de leer cualquier libro de historia, hay quien suspira y vuelve los ojos á cualquier tiempo pasado. A ese no le daría mayor castigo que decirle: ¿En qué siglo, en qué época de las pasadas hubiera usted querido vivir? Y cuando hubiera elegido, poderle decir: ¿Sí? Pues va usted á vivir ocho días en ella, nada más que ocho días, y luego, vuelva usted á contarme cómo le ha ido.
XVIII
Si ya es difícil en esta brega literaria agradar á los amigos y complacer á los más halagados en sus ideas ó sentimientos ó vanidades por lo que uno escribe, ¿qué puede uno esperar de los enemigos y de los mortificados?
Dije que las Comunidades religiosas acaso buscaban en Marruecos otras Filipinas, y hay quien muy indignado protesta, diciéndome que nunca las Comunidades han sido tan respetadas en Filipinas y en toda América como ahora, desde que allí no tenemos arte ni parte en el material dominio. No lo dudo, que Ordenes y Comunidades religiosas fueron siempre de condición de gato; ni yo dije que por ellas se hubiera perdido nada; pero, en fin, se perdió con ellas y todo. Por eso creo que, llegado el caso de conquistar nuevos territorios, vale la pena de ensayar si nos iría mejor sin ellas. Porque ellas evangelizarían todo lo posible, pero españolizar no fué cosa mayor, si hemos de juzgar por los resultados. Tampoco dudo que bajo la autoridad de los americanos en Filipinas y de otras Repúblicas en toda América, las Comunidades no presten excelentes servicios. Es cualidad de religiosos españoles ser candilitos de casa ajena. Todo lo que tienen de turbulentos y amenazadores con los Gobiernos de casa, tienen de complacientes y serviciales con los de fuera. Tal vez consista en ellos; tal vez consista en los Gobiernos. De seguro que ningún presidente de los Estados Unidos habrá tenido que decir de las Comunidades lo que, según fama, dijo en cierta ocasión de graves complicaciones don Antonio Cánovas del Castillo, que no era ningún demagogo, aunque hoy andaría á dos dedos de parecerlo, según va todo.
En cuanto á lo que asegura un airado articulista, que gracias á las Comunidades religiosas cobramos los autores dramáticos españoles pingües derechos de toda América... ¡Ay, mi buen señor! Deseche, deseche esas ilusiones del dinero americano. ¡Si los autores españoles no tuviéramos otros rendimientos de los que vienen de América! Y ¡para lo que van á durar! Porque con toda la influencia españolizadora de las Comunidades, con todo eso de los lazos espirituales y la madre y los hijos y demás tópicos de Congresos, banquetes y conferencias hispanoamericanas, ¿sabe usted en qué parará todo ello? Pues en que dentro de algunos años--y quisiera ser mal profeta--media América será yankee y la otra media italiana, con mucho de alemana.
Y lo peor para los autores españoles no es que dejásemos de cobrar lo poco que todavía se cobra de América, sino que tampoco cobrásemos nada en España, gracias á las Comunidades y Ordenes religiosas que han educado á unas cuantas generaciones incapaces de admirar otra literatura que sea tan combatida en sus efectos por los mismos que admiran, sostienen y fomentan la verdadera causa.
* * * * *
¿Por qué razones psíquico-fisiológicas el sentido de la vista y el sentido estético modernos admiten en los trajes femeninos colores y combinaciones de colores que por mucho tiempo habían parecido intolerables al buen gusto y á los ojos? Nada de _academicismo_ en la moda; la paleta de sus artistas no es la paleta académica, de tonalidades y mezclas severamente ordenadas. El color de moda es el más peligroso de los colores: el azul, considerado siempre como divisa arrogante que sólo alguna soberana belleza blanca y rubia podía atreverse á ostentar, sin dar que reir al enemigo, en su doble acepción de demonio y de mujer amiga. Vulgarmente solía decirse: A las morenas, azul en ellas, para que luego el diablo se ría de ellas. Hoy, morenas y rubias, se atreven con el azul, y no es á las morenas á las que peor les dice. El gran pintor inglés Gainsborough, como alarde pictórico, venció en su famoso _Niño Azul_ las dificultades del temible color. Hoy casi todas las mujeres son _niñas azules_, y lo que entonces fué atrevimiento de un artista, hoy sería sujeción á la realidad.
Mis _Lily Elsie_, muy linda artista inglesa, en _El conde de Luxemburgo_, estrenado recientemente en Londres--no siempre han de ir los ingleses á la cabeza de la civilización,--luce un ideal traje del más brillante azul: un azul de cielo andaluz, un azul de turquesa, adornado con plata y menudas rosas de coral; el sombrero, una airosa monterilla del mismo color que el vestido, con enhiestas plumas también azules, y suavizándolo todo un abrigo color malva, un malva de ocaso otoñal, un malva de lejanía, de confín entre cielo y tierra, entre mar y nube.
Y años antes, ¿quién nos hubiera dicho, sin escándalo, que habían de combinarse en elegantes vestidos el morado con el amarillo, el carmesí con el verde, el negro con el botón de oro, el naranjado con el azul? Entre los modistos y los escenógrafos rusos están revolucionando nuestro sentido del color. ¿Se han enterado nuestros pintores y nuestros directores de escena? Las mujeres sí se han enterado. ¡Oh, si fueran en todo tan atrevidas y emprendedoras!
* * * * *
Digamos, como el otro, de los catecúmenos en la iglesia: Por mí, que entren. Bien estarían, ¡oh, mis buenos amigos D. Mariano de Cávia y D. Antonio Zozaya!, el periodismo sin periodistas y la literatura sin literatos y el Arte en general sin artistas, si en esta nueva irrupción, que pudiéramos llamar de los bárbaros, no en el sentido ofensivo de la palabra, sino en el suyo original de gente extraña, los tales aportaran al periodismo, á la literatura y al Arte algo que mejor fuera; esto es, vida, espontaneidad, frescura... Pero, ¡ay!, que nada más literario que un iliterato. Lo sé por experiencia. De continuo recibo dramas y comedias, pues bien, siempre que el remitente me anuncia «Sin estudios de ninguna clase, sin conocer el teatro, he escrito esta obra, inspirada en algo que me sucedió y creo interesante...», se puede asegurar que la obra es un compendio de toda la mala literatura dramática y de todas las triquiñuelas teatrales del peor género, exornado de la más ramplona retórica de folletín. Si todo el que ha pasado por algo supiera decírnoslo, el mundo estaría lleno de grandes artistas. Pero si muy difícil es saber ver, aun es más difícil saber contar. Se refiere el caso de un procesado que, al oir la elocuente oración de su defensor y cómo enumeraba con patéticas frases las desdichas que le habían traído á tan triste pasó, exclamó:--¡Hasta ahora no me había yo dado cuenta de lo que he padecido! Y es que, hasta del propio dolor, es mal intérprete la ignorancia.
Nadie sabe la literatura que hace falta para no parecer literato, ni lo que hay que saber de dibujo para desdibujar. Para ocultar todo arte hay que ser un supremo artista.
XIX
El caso de _La Croix_, periódico de París, órgano conservador y católico, es curiosísimo. Se pasa la vida bombeándonos como país católico, poniéndonos de ejemplo á los empecatados Gobiernos franceses, que han llegado á la separación de la Iglesia y del Estado, y cuando pudiera creerse que somos el mejor modelo que todos los países del mundo debieran copiar, llega la cuestión de Marruecos y, ¡adiós mis pavos!, nos pone de atrasados, de bárbaros y hasta incapaces de Sacramentos, á pesar de todo nuestro catolicismo, que no tiene Muley Hafid por dónde cogernos. ¡Aten ustedes esa mosca por el rabo! De suerte, que muy buenos cristianos, pero en lo demás, cosa perdida; pues sí que es para animarnos á perseverar si son esas las consecuencias de nuestro fervor religioso.
Como los nuestros de á cuarto, tienen los beatos franceses cosas de á _sou_.
Para consuelo nuestro, y en honor del decantado _bon sens_ de los franceses, no toda la Prensa se ha despeñado por el precipicio de las tonterías. Espíritus belicosos se complacen en trasladarnos lo desagradable; justo es consignar que hay quien no ha perdido los estribos y que la razón y el sentido común no han huído todavía de Francia, aunque estén pasando muy malos ratos, como en todas partes, cuando los energúmenos vocean.
El _Diario de los Debates_, _La Humanidad_ y algunos otros periódicos hablan como la razón y la cordura mismas. Bueno es que nuestros energúmenos colonistas, que por aquí también los tenemos, se den por enterados. En Francia, como en España, es deber patriótico y de humanidad no contribuir en lo más mínimo á enconar rozamientos. Un choque entre las dos naciones sería dar que reir á las demás, que no habían de intervenir en favor de ninguna y muy tranquilamente estarían á las resultas. Lo urgente es tirar bien la raya, cerca ó lejos; hasta aquí unos, desde aquí otros. Esas zonas neutrales, esas policías internacionales, esas divisiones de mandos, desde la más remota antigüedad vienen dando el mismo resultado. La diplomacia lo combina todo muy bien, y todo iría perfectamente si, al decir Francia y España unidas, se tratara, en efecto, de una abstracción ideal de las dos naciones, ó si fueran los propios diplomáticos con toda su corrección, exquisitas maneras y excelentes formas los encargados de traer y llevar por esas zonas neutrales. Pero eso de que las buenas relaciones entre dos pueblos y su tranquilidad y su honor estén pendientes de que el último policía internacional, que ni siquiera es francés, ni español en muchos casos, tuvo unas palabras con otro de la misma categoría y casta, francamente, es poner en ocasión cosas que mucho valen para fiarlas en tan poco.
* * * * *
El bailarín, así el de rango francés como el clásico bolero español, el que tuvo su canto del cisne con música de Barbieri: «Aquí viene un bolero muy afligido...», había desaparecido de los teatros. Para el público de nuestros días la presencia de un bailarín era intolerable. Pero todo tiene su renacimiento. La directora de baile de la Opera Cómica, de París, la célebre madame Mariquita, ¡oh, predestinación de los nombres!, ha declarado que se propone restaurar el bailarín masculino en los bailes encomendados á su dirección:--Es una nota necesaria--ha dicho;--es preciso el contraste; el «travestí» es antiartístico, el público empieza á cansarse de las mujeres vestidas de hombre. Claro está que madame Mariquita se atreve á tanto fiada en el triunfo de Nijinsky, el extraordinario bailarín ruso que ha sido la _coqueluche_ de París en las dos últimas temporadas de primavera, que ha inspirado infinidad de crónicas y de versos, de quien ha dicho un poeta:
C'est un monstre ingénu qui naquit pour la gloire.
Y más adelante, cosas de este calibre:
Il met le coeur en doute et l'instinct en danger.
Pero, ¡ay, que todos los bailarines y danzantes no serán Nijinskys! En nada se marca tanto la diferencia de clases como en lo que no tiene clasificación posible.
* * * * *
La Banda municipal es objeto de controversia en el seno mismo del Ayuntamiento. Hay quien la quiere aristocrática; hay quien la quiere popular. Unos quisieran que no tocara nunca de _La Walkyria_ para abajo; otros, del «Himno de Riego» para arriba. Popular, sí; debe serlo. Pero todos sabemos que lo de popular es valor entendido. Cuando decimos teatro popular, música popular, escritor popular, todos sabemos hasta dónde llega esa popularidad y dónde termina ese pueblo. Más allá sabemos que ni el teatro, ni la música, ni el escritor han de ser comprendidos. ¿Que debe aspirarse á que lo sean? Sí, muy bien. Pero si ha de educarse al pueblo artísticamente ha de ser presentándole el Arte con cierto respeto, no poniéndolo á sus pies, sino sobre su cabeza. Que oiga la música, la mejor, cuando de oir música se trate; cuando se trate de bailotear en una verbena ó jolgorio de barrio, con una buena charanga tiene bastante; sobra la Banda municipal, como sobraría la Orquesta Sinfónica en el palacio más aristocrático si sólo de bailar rigodones, valses y cotillón era el caso. Cada ocasión pide su lujo particular; no hay que ser _rastaqueres_, señores concejales.
XX
Nuestra pobre vida, ahogada entre las cuatro paredes de la actualidad prosaica, sólo en lo misterioso halla asidero para lanzarse iluminada hacia donde algo novelesco ó poético se vislumbra. Sabemos que de nada extraordinario somos capaces; sabemos hasta dónde nos llevan nuestras pasiones, nuestros vicios, nuestras maldades y nuestras virtudes; hemos perdido toda ilusión en nosotros mismos, hemos renunciado á ser actores hasta en la propia comedia de nuestra vida; por lo mismo, somos espectadores curiosos de la vida de los demás y esperamos de cualquiera de ellos la emoción que divierta un poco la monotonía de nuestra vida. ¿No hay quien quiera ser héroe, para que, de espectadores, ascendamos, siquiera por unos días, á ser coro de la tragedia?
La muerte de Mad. Lantelme, lindo artículo de París--ciudad única en la fabricación de esas muñecas vivientes, imitación perfecta de todo, de la hermosura, de la elegancia, hasta del talento,--nos defraudaría como espectadores si, en efecto, hubiera sido causada por un accidente de los que llamamos casuales. Y he aquí cómo, hasta cuando queremos poetizar, nos asimos de la más vulgar lógica.
La casualidad es un desenlace, pero no es una explicación. La casualidad es algo que irrumpe por nuestra vida, fuera de todo cauce; algo que, de puro fatal, parece desviarnos de la fatalidad de nuestro destino. Son pocos los espíritus que saben percibir en la casualidad algo que sea lógico y necesario en esa armonía que es toda vida humana.
A nadie le parece buena explicación el accidente casual. Todas las mujeres que envidiaban á la Lantelme, creyéndola muy dichosa, caen ahora en la cuenta de que era muy desgraciada. Menos mal que la muerte pone un poco de moralidad en la vida. Las que más la envidiaban han dejado de envidiarla ahora: «No, no era feliz; no podía serlo--se dicen unas á otras.--La felicidad no es sólo el dinero...» Pero, á estas horas, todas pensarán en el opulento viudo, por si acaso. Todo es poner barandal más alto á las ventanas del yate.
Todos prefieren creer que la linda muñeca de lujo se ha suicidado. Esta explicación, que es más lógica, es, por lo mismo, más vulgar, queriendo ser poética. Hasta en Francia, donde aun florece la tragedia con toda la pompa de sus alejandrinos, se ha perdido el sentido de lo trágico. Buscando la tragedia, se cae en el melodrama.
¿Un suicidio? Según eso, las mariposas efímeras también se suicidan cuando se queman á la luz. No; cumplen su destino: vuelan hacia la luz y se abrasan. Igual, ese bonito juguete, mariposa-mujer con alas de encajes y colores de pedrería, volaba en torno de esas luces deslumbradoras que son el amor, la riqueza, el arte, la gloria... y se abrasó en cualquiera de ellas, tal vez en la que menos calor daba.
* * * * *
Los que no salen de Madrid por sus ocupaciones ó por su gusto--por falta de dinero no será; por esa razón sólo podrían veranear dos docenas de madrileños,--con nada se divierten. En la Ciudad Lineal, unas luchas greco-romanas, que más transcienden á barraca de feria francesa que á Grecia y Roma. En los nuevos Jardines del Retiro, en oposición al clasicismo de la Ciudad Lineal, triunfa el romanticismo con don Jenaro, «el Feo», por mal nombre. Un bufo de la tierra que, sin saberlo, como M. Jourdain, hablaba en prosa, ha traducido muy castizamente excentricidades de _minstrel_ inglés. Con eso, y con el mujerío de verano, un mujerío que se oculta en invierno como los pájaros se ocultan para morir, según el poeta, no se pasa del todo mal en Madrid.
Para los que no pueden vivir sin emociones de Arte, en cualquier tiempo que sea, ahí tienen el Gran Teatro, con una mínima de 40 grados al sol de sus baterías y á la sombra de sus tiples.
Mucho es, aquí, donde todo se copia, que no tenemos ya, al modo de Francia, teatros de la Naturaleza, teatros al aire libre ó teatros de verdura, que de las tres maneras los llaman, aunque en la última acepción ya podríamos competir ventajosamente con los franceses. De verdura tenemos aquí muchos teatros que, si el público tuviera mejor gusto, aun había de justificar más su nombre, sembrando el escenario de hortalizas.
El teatro de la Naturaleza cunde en Francia que es una bendición... de los campos. No hay ciudad de alguna importancia, villa de aguas--traducción literal--villaje,--esto ya es más castizo, aunque no lo parezca,--donde no se represente alguna obra, con montañas y cielo por telón de fondo y árboles seculares por bastidores--suprimidas las bambalinas. Por fortuna, entre los actores franceses, gracias á la frecuente interpretación de sus insoportables tragedias, los hay de hermosa voz y grandes facultades, que les permite ser oídos sin el recurso de la máscara bocina de los actores griegos y romanos.
Lo malo es que, si al principio sólo se representaba en estos teatros obras adecuadas á la grandiosidad de la escena, hoy, por el consumo excesivo, cualquier obra parece buena para servirla en plena Naturaleza. Así se ha representado _La estrella de Sevilla_, de Lope de Vega, y así se representará el mejor día _La dama de las camelias_, que acaso no llegue al quinto acto, expuesta á los cuatro vientos, ó acaso se reponga antes del cuarto con este tratamiento al aire libre.
Lo que sí podrá decir cualquiera en Francia, sin ponderación y sin sacrilegio, cuando quiera recordar que estuvo en un teatro de estos, es que fué allá, donde _Mounet Sully_ dió las tres voces. Como decía un abonado del Real á otro que le preguntaba el lugar de la acción en _La Walkyria_ y era en una representación muy desdichada:
--¿No lo ve usted? Donde Wotan dió los tres gallos.
* * * * *
Los vaticinadores y agoreros de acontecimientos mundiales, barajan sin cesar el nombre de las grandes naciones. Lo que hará Alemania, lo que piensa Francia, la actitud de Inglaterra. Parece que son los tiempos en que se nombraba á los reyes por el nombre del Estado donde eran soberanos. Cuando se decía: Francia se casa; Inglaterra se muere. Hoy esos nombres, con significar mucho, no lo significan todo... Lo que hará Alemania, lo que piensa Francia, la actitud de Inglaterra... Muy bien, sí; pero ¿no convendría más saber lo que harán los alemanes, lo que piensan los franceses y la actitud de los ingleses?
XXI